IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Esperar cualquier cosa se siente como una pérdida de tiempo. Esperar a que Dios se mueva o responda parece aún peor. Sin embargo, Lamentaciones 3 nos muestra que este espacio intermedio —ese territorio entre el sufrimiento y la restauración— tiene un valor que con frecuencia pasamos por alto. El lamento no es señal de fe débil; es, en realidad, uno de los ejercicios más profundos de la confianza cristiana.
Lo que a veces se pierde en la traducción es que los versículos 25 al 27 del capítulo 3 de Lamentaciones comienzan, cada uno, con la misma palabra hebrea: «bueno». Bueno es el Señor para los que en Él esperan. Bueno es esperar en silencio su salvación. Bueno es llevar el yugo en la juventud. Tres veces, la misma afirmación. Dios no está ignorando nuestra espera; la está valorando.
¿Por qué nos cuesta tanto esperar? Porque se siente como no hacer nada. Y ese, precisamente, es el punto. Nosotros no estamos haciendo nada, pero Dios sí lo está. La espera es una de las aplicaciones más exigentes de la fe cristiana: poner la confianza en Dios, depositar la esperanza en Él y reconocer que Él tiene el control cuando nosotros no lo tenemos. Esperamos al Señor porque Él es Dios y nosotros no.
Pero eso no significa que la espera sea sencilla. La incertidumbre puede ocupar demasiado espacio en nuestra mente. Puede robar el sueño y ser lo primero que asalta el pensamiento al despertar. Queremos respuestas. Queremos saber qué está sucediendo, por qué nuestra vida no luce como quisiéramos, qué propósito tiene el dolor. La sensación de impotencia es real y no debe minimizarse.
Sin embargo, en lugar de resistir esta temporada, es posible recibirla como una oportunidad para aprender lecciones que cambian la vida. Por eso Lamentaciones 3:27 dice que es bueno para el hombre llevar el yugo en su juventud (Lm. 3:27): aprender a esperar temprano es un regalo hermoso, aunque no lo parezca en el momento. Esta temporada de espera no es un paréntesis sin sentido; es una época en la que Dios forma y define al creyente. Las lecciones más profundas llegan lentamente, a menudo después de haber agotado todas las alternativas propias, en el punto en que uno está quebrantado y dispuesto a dejarse guiar.
Si hoy te encuentras en esa posición de espera, permite que Lamentaciones te recuerde: esperar no es un desperdicio. En medio del lamento, es posible soltar el control y decir: «Dios, no sé qué estás haciendo ni por qué, pero voy a confiar en que Tú eres Dios y yo no lo soy».
El sufrimiento carga consigo un temor particular: que nunca terminará o que no tiene ningún propósito. Por eso la Biblia es deliberada al afirmar que el sufrimiento no es la palabra final. Las promesas sobre el carácter de Dios y el futuro que Él ha preparado están diseñadas para recordarnos que el dolor no tiene la victoria definitiva.
Lamentaciones 3:31–32 está lleno de aliento: «Porque el Señor no desecha para siempre, sino que si aflige, también tendrá compasión según la abundancia de su misericordia» (Lm. 3:31–32). Todo sufrimiento tiene límites y propósito. El plan de Dios para su pueblo está tejido de compasión y de un amor inquebrantable que no cede ante la tragedia.
A través de las lágrimas, aun podemos creer que la última palabra no ha sido pronunciada.
El lamento no solo llora el quebrantamiento; también mira con expectativa hacia lo que está por venir. Es una forma de protestar contra la tragedia, de decir con convicción: «¡Esto no ha terminado!». El dolor que produce el lamento puede generar un anhelo por el futuro como pocas cosas lo logran.
Uno de mis lugares favoritos para el lamento es el cementerio donde está enterrada nuestra hija Sylvia. Nunca olvidaré la sensación de pérdida al colocar su pequeño ataúd en el suelo frío en pleno invierno. Grabadas en la lápida están las palabras de Job 1:21: «Bendito sea el nombre del Señor». Son una pequeña protesta contra la muerte, un memorial que declara que incluso frente a la mayor pérdida, el Señor será bendecido. Me he parado sobre esa tumba entre lágrimas y he dicho: «¡Esto no ha terminado! Un día Jesús va a hacer que todo esto esté bien».
Volver a esa tumba no es un acto de dolor sin esperanza; es un recordatorio constante de dos verdades: que el Señor ha demostrado su compasión a lo largo de años de dolor, y que vendrá un día en que las tumbas serán vaciadas y la muerte, derrotada. El lamento puede orientar el corazón hacia esa victoria futura. Los creyentes anhelamos el día en que la fe se convierta en vista. Hasta entonces, nos lamentamos con fe, esperamos con fe y declaramos, con cada lágrima, que la última palabra aún no ha sido pronunciada.
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