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"La gran comisión", no la pequeña sugerencia
"La gran comisión", no la pequeña sugerencia

Foto de Ben White en Unsplash

Iglesia y ministerio

"La gran comisión", no la pequeña sugerencia

Predicador Invitado 17 octubre, 2016

Pocas palabras resumen mejor el corazón de Cristo que estas: «Como me envió el Padre, así también yo os envío» (Jn. 20:21). Con esa frase, Jesús no cerró un capítulo; abrió una misión. Una misión que sigue abierta, urgente y personal para cada creyente. A esta misión se la conoce como la Gran Comisión, aunque bien podría llamarse el encargo más importante, la tarea prioritaria o el deseo más profundo del corazón de nuestro Señor.

Lo que llama la atención de este mandato no es solo su contenido, sino su insistencia. Jesús no lo mencionó de pasada ni en un único contexto. Lo repitió una y otra vez, en momentos distintos, ante distintos oyentes, con distintas palabras —pero con un solo mensaje.

Un mandato que aparece en toda la Escritura

Al leer los cuatro evangelios con atención, se observa algo notable: no todos los acontencimientos son registrados por cada uno de los evangelistas. Sin embargo, la Gran Comisión sí está presente en todos ellos, lo cual ya dice mucho de su importancia. Mateo recoge las palabras más conocidas: «Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt. 28:19). Marcos añade la dimensión universal: «Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura» (Mr. 16:15). Lucas vincula el mandato a la historia de la redención: «que se predicara en Su nombre el arrepentimiento para el perdón de los pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén» (Lc. 24:47). Juan lo formula en términos de envío: «Como el Padre me ha enviado, así también Yo los envío» (Jn. 20:21). Y Hechos lo extiende hasta el horizonte más lejano posible: «serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch. 1:8).

Cinco textos. Cuatro libros distintos. Un solo mandato.

Y no era nuevo. Antes de la cruz, Jesús ya lo había anticipado al enviar a los doce: «Y yendo, prediquen, diciendo: "El reino de los cielos se ha acercado"» (Mt. 10:7). Les mostró en vida lo que significaba ir, y luego, resucitado, se los pidió con una solemnidad definitiva. Esto no fue un encargo improvisado; fue el legado deliberado de quien sabía exactamente para qué había venido al mundo.

Una orden personal que demanda una respuesta personal

Hay un ejercicio de imaginación que puede ayudarnos a entender el peso de este mandato. Pensemos en un ser querido —un padre, un hermano, alguien profundamente amado— en sus últimas horas de vida. Si en ese momento nos hiciera un solo pedido, un único encargo, ¿lo ignoraríamos? Seguramente no. Y si ese mismo ser querido, de manera extraordinaria, volviera a aparecer después de su muerte para repetirnos ese mismo deseo, ¿cuánto más dispuestos estaríamos a cumplirlo?

Eso es, en esencia, lo que hizo Jesús. Murió. Resucitó. Y antes de ascender, repitió su encargo. No como recordatorio informal, sino como mandato solemne que define la razón de ser de su Iglesia en el mundo.

La pregunta que este mandato nos dirige es directa e inescapable: si estamos tan seguros de que cumpliríamos el pedido de un ser humano amado, ¿qué nos impide responder de la misma manera a quien debería ser nuestro ser más amado? Él que lo dio todo por cada uno de nosotros, el que murió en nuestro lugar, el que pagó una deuda que no era suya, hoy nos hace el mismo pedido.

No hay esfuerzo tan grande que podamos hacer para cumplir la Gran Comisión que se compare al sacrificio que Él hizo al morir por nuestros pecados para darnos salvación y para que la llevemos hasta el fin del mundo.

La tarea pendiente de la Iglesia tiene dueño —y tiene promesa

La Gran Comisión es, en palabras de Lucas, la consecuencia directa de la muerte y resurrección de Cristo: «Así estaba escrito, que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día, y que se predicara en Su nombre el arrepentimiento para el perdón de los pecados en todas las naciones» (Lc. 24:46–47). Es decir, el evangelio que nos salva es el mismo evangelio que debemos proclamar. No hay separación entre recibir la gracia y llevarla.

Y para quienes temen la magnitud de la tarea, el Señor añade una promesa que lo cambia todo: «Y recuerden, Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del the age» (Mt. 28:20). No vamos solos. Vamos con Él y en Su nombre.

En nosotros está la decisión de obedecer o ignorar este llamado. Pero seamos honestos con lo que las Escrituras dicen: esto no es una sugerencia piadosa ni una invitación opcional. Es una orden. La orden más importante que Jesús dejó a su Iglesia. Y hoy, de manera personal, te la está haciendo a ti: ve, predica, haz discípulos. Empieza en tu Jerusalén. ¿Qué responderás?

Predicador Invitado

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