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Estableciendo prioridades espirituales para el 2023
Estableciendo prioridades espirituales para el 2023

Foto de Fiona Murray en Pexels

Vida cristiana

Estableciendo prioridades espirituales para el 2023

Cathy Scheraldi de Núñez 3 enero, 2023

Al comenzar un nuevo año, es natural hacer una pausa para evaluar si cumplimos las metas del año anterior y qué queremos lograr en el que inicia. Rebajar de peso, hacer más ejercicio, orar con mayor constancia o leer la Biblia con más disciplina figuran entre los propósitos más comunes. Todos pueden ser valiosos, pero existe una verdad que con frecuencia se pierde de vista: el crecimiento espiritual debe ser la máxima prioridad en la vida de los creyentes, porque es lo que orienta y gobierna todas las demás áreas de la vida.

Nuestro comportamiento revela nuestros valores. Encontramos tiempo para lo que verdaderamente valoramos. Podemos creer sinceramente que el Señor ocupa el primer lugar en nuestra vida, pero el apóstol Jeremías nos recuerda que el corazón «es más engañoso que todas las cosas» (Jer. 17:9). Por eso, al planificar el año que comienza, la pregunta más importante no es qué queremos lograr, sino desde qué fundamento lo queremos lograr.

Las creencias que moldean nuestras prioridades

Nuestras prioridades no nacen en el vacío: están impulsadas por nuestros valores, y estos, a su vez, están respaldados por nuestras creencias más profundas. En otras palabras, lo que hacemos con nuestro tiempo dice mucho más sobre lo que creemos que lo que declaramos con nuestros labios. Las acciones hablan más alto que las palabras.

Por eso, cuando planificamos nuestras metas para un nuevo año, es indispensable asegurarnos de que todo parte de principios bíblicos y no de preferencias culturales o personales. Colosenses 3:2 es claro al respecto: «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra». Cuando nuestra mente se enfoca en lo que Dios quiere, las distracciones de la vida pierden su poder para desviar nuestra atención de lo que realmente tiene valor eterno.

Esto también transforma la manera en que evaluamos metas que, a primera vista, parecen puramente prácticas. El deseo de cuidar la salud física, por ejemplo, no es malo en sí mismo; la pregunta es cuál es la motivación que lo impulsa. ¿Se quiere bajar de peso para cuidar el templo del Espíritu Santo y tener la energía necesaria para discipular o evangelizar? ¿O la razón es simplemente lucir bien por motivos mundanos? No hay nada malo en querer verse bien, siempre que las motivaciones sean santas. La diferencia entre una decisión que honra a Dios y una que no lo honra no siempre está en la acción misma, sino en el corazón que la origina.

Elegir lo mejor, no solo lo bueno

Primera de Timoteo 4:7-8 nos ofrece un principio práctico y poderoso: «Disciplínate a ti mismo para la piedad; porque el ejercicio físico aprovecha poco, pero la piedad es provechosa para todo, pues tiene promesa para la vida presente y también para la futura». Este pasaje no condena el ejercicio físico; lo que hace es colocarlo en su lugar correcto dentro de una jerarquía de prioridades. El llamado es a elegir lo mejor, no simplemente lo bueno.

Un ejemplo concreto ayuda a ilustrarlo: si alguien dedica una hora diaria al ejercicio físico, pero solo puede reunir media hora tres veces por semana para estudiar la Palabra de Dios, hay un desequilibrio que no es neutral. Ese desequilibrio revela que se valora más el bienestar físico que la relación con el Señor. Y cuando los afectos están mal ordenados, eso es, en esencia, pecado. No porque el ejercicio sea malo, sino porque ha ocupado un lugar que no le corresponde.

Desafortunadamente, muchas veces estamos buscando algún tiempo que nos sobre para añadirlo a nuestra agenda, cuando en realidad Él es quien hace nuestra agenda y Él nos enseña cuándo y cómo hacer todo.

Cristo no es un punto más en la lista de prioridades del creyente. Él es quien define la lista entera.

Cristo como motivación, agenda y meta

Cuando Cristo se convierte en la motivación central de nuestra vida, todo lo demás se alinea de manera diferente. Sus prioridades pasan a ser las nuestras. Su ley marca la forma en que actuamos. Y Él mismo se convierte en nuestra meta. Es entonces cuando las palabras de Pablo en 1 Corintios 10:31 dejan de ser un versículo para memorizar y se convierten en una realidad vivida: «Si pues coméis o bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios».

Ese es el espíritu con el que los creyentes estamos llamados a entrar en un nuevo año: no buscando tiempo sobrante para dárselo a Dios, sino permitiendo que Él sea quien ordene cada hora, cada decisión y cada propósito. Efesios 5:15-16 resume el llamado con claridad: «Tened cuidado cómo andáis; no como insensatos, sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos».

Aprovechar bien el tiempo no significa tener una agenda más cargada ni más disciplinada según criterios mundanos. Significa caminar en las huellas de Cristo, de manera que en todo —lo grande y lo cotidiano— Él sea glorificado. Cuando Cristo es nuestro todo, cada prioridad encuentra su lugar correcto, y el año que comienza puede vivirse con propósito, claridad y fidelidad.

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.

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