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La importancia de Dios en la familia
La importancia de Dios en la familia

Foto de National Cancer Institute en Unsplash

Familia y relaciones

La importancia de Dios en la familia

Cathy Scheraldi de Núñez 4 julio, 2023

«Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: "Sean fecundos y multiplíquense, y llenen la tierra y sojúzguenla"» (Gén. 1:27-28). Con estas palabras, Dios no solo describía un hecho biológico; estaba estableciendo una institución con un propósito eterno. La familia no fue idea de la cultura ni del Estado: fue diseñada por Dios mismo, y su finalidad va mucho más allá de la convivencia o la procreación.

Que la familia sea una de las primeras realidades que Dios establece tras la creación nos indica su carácter elemental y vital. No es accesorio ni secundario: tiene un propósito concreto en la vida de cada creyente. Tan significativa es esta institución que la segunda persona de la Trinidad eligió entrar al mundo precisamente en el seno de una familia. Jesús, el Hijo de Dios, creció bajo la autoridad de padres falibles y «seguía creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres» (Luc. 2:52). Si él, siendo Dios, se humilló de esa manera, cuánto más deberíamos hacerlo nosotros dentro de nuestras propias familias.

La familia como imagen de las relaciones divinas

La familia terrenal está constituida por tres dimensiones: el matrimonio —un esposo y una esposa—, los hijos, y la familia extendida: abuelos, tíos, primos y las relaciones que de allí se derivan. Estas vínculos son tan importantes para Dios que, al salvarnos, nos incorpora a una familia espiritual. Nada de esto es casual.

El matrimonio, como unidad entre esposo y esposa, está diseñado para reflejar la relación entre Cristo y su iglesia: el amor incondicional, la devoción mutua, la entrega sin reservas. Y la familia en su conjunto debe demostrar la unidad que se contempla en la Trinidad. En ese sentido, el hogar cristiano es una oportunidad concreta de mostrar al mundo el amor, la seguridad, la aceptación, la protección, la provisión, la bondad, la gracia, la misericordia y la mansedumbre que Dios mismo nos prodiga. Es un llamado extraordinariamente elevado para seres con naturalezas pecaminosas y mentes entenebrecidas. Por eso, para estar a la altura de ese propósito, necesitamos la ayuda del Espíritu Santo: su poder y su sabiduría, mediados por el estudio y la aplicación de las Escrituras, que operan en nosotros la transformación de la mente necesaria para seguir a Cristo (Rom. 12:2).

La familia también es el laboratorio donde aprendemos a amar de manera incondicional —con amor ágape— a pesar de nuestras diferencias. Parte de nuestra naturaleza caída nos lleva a pensar que siempre tenemos razón (Prov. 21:2) y a hacer lo que sea necesario para imponer nuestros criterios. Sin embargo, Pablo nos enseña, y la vida de Cristo lo demuestra: nuestra meta debe ser mantener la unidad, «considerando cada uno a los demás como más importantes que a sí mismo» y buscando los intereses del prójimo antes que los propios (Fil. 2:2-4). Este es precisamente el modelo que debemos encarnar como padres y enseñar a nuestros hijos a vivir.

La familia como escuela del carácter de Dios

Uno de los dones más inesperados de la vida familiar es que nos enseña sobre el carácter de Dios al mostrarnos dónde fallamos. Dios, con infinita sabiduría y poder, nos guía pacientemente mientras nos forma a la imagen de su Hijo (Rom. 8:29). La inmadurez de los hijos —su ingratitud, su rebeldía, su falta de discernimiento— es un espejo que nos muestra con sorprendente nitidez cómo nosotros mismos tratamos a Dios. La paciencia que nos exige el matrimonio y la crianza, y en la que tantas veces fallamos, nos revela la superioridad de la paciencia y la bondad que él ha ejercido con nosotros. Sus virtudes son ilimitadas; las nuestras, no. Por eso necesitamos aprender a imitarlo cada día.

Es en la seguridad del amor familiar donde aprendemos a pedir perdón por nuestras incapacidades y faltas, y donde aprendemos a perdonar. Pero hay más: al modelar a Cristo en el hogar, los hijos —y todos los que nos rodean— reciben una imagen más nítida de quién es Dios. Incluso sin palabras, los hijos aprenden a caminar en las huellas de Cristo por el ejemplo que han visto vivido de cerca.

Cuando pensamos que el Dios omnipotente y omnisciente, en su infinita misericordia y bondad, se humilla utilizándonos —personas falibles y pecaminosas— para demostrar al mundo cómo es él, lo único que podemos hacer es humillarnos y adorarle.

Sin Dios, la familia no puede cumplir su propósito

Tener a Dios en el centro de la familia no es una opción piadosa entre otras: es una necesidad absoluta. Sin él, la familia no funcionará, porque le resultará imposible cumplir el propósito para el que fue creada: reflejarlo a él. Ninguna estrategia de comunicación, ningún método de crianza y ningún esfuerzo humano puede suplir lo que solo el Espíritu de Dios puede hacer en un hogar rendido a su Señorío.

Que el Dios omnipotente y omnisciente elija usarnos a nosotros —frágiles, pecadores, limitados— para mostrar al mundo su carácter es, en sí mismo, un acto de gracia incomprensible. Esa realidad no debería generarnos orgullo, sino asombro y adoración. La familia no es solo el lugar donde vivimos: es el lugar donde Dios, en su infinita gracia, nos moldea y nos usa para que el mundo vea algo de quién es él.

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.

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