IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Ezkol Arnak en Pexels
Cathy Scheraldi de Núñez • 4 febrero, 2020
Vivir con los ojos abiertos a la realidad del mundo nos obliga a hacernos una pregunta honesta: ¿estamos realmente preparados para lo que viene? Las noticias de conflictos, desastres naturales y persecución de creyentes no son anomalías históricas; son señales que la Escritura anticipó con precisión. En ese contexto, la perseverancia no es un tema periférico ni secundario para el cristiano. Es, en muchos sentidos, el tema central de la vida de fe.
A primera vista, podría parecer más edificante enfocarse en temas como el amor de Dios o la victoria en Cristo. Sin embargo, cuando se examina la perseverancia con honestidad bíblica, esos mismos atributos divinos aparecen de manera inevitable —y con mayor profundidad—, porque es precisamente en las dificultades donde se revelan con más claridad el poder, la misericordia, la gracia, la justicia y la sabiduría de Dios. Nada es tan dulce como sentir el cuidado del Todopoderoso en medio de la tribulación, llenándonos de paz y confianza al reconocer que Él controla todo (Prov. 19:21) y que está a nuestro favor (Ro. 8:31).
Las palabras de Jesús en Lucas 21 resuenan con una actualidad que no puede ignorarse. Guerras y rumores de guerras, nación contra nación, grandes terremotos, plagas, hambre en diversos lugares, persecución de creyentes —todo ello forma parte de un panorama que Él mismo describió como «el comienzo de dolores» (Mt. 24:8). No se trata de generar angustia ni alarmismo, sino de tomar en serio lo que la Palabra anuncia con toda claridad.
Aunque no podemos saber cuándo llegará el final —pues «para el Señor un día es como mil años» (2 P. 3:8)—, sí podemos afirmar con certeza que cada día que pasa nos acerca más a ese momento. Esta realidad no debería paralizarnos, sino movilizarnos. Y la respuesta bíblica a esa movilización tiene un nombre: preparación. Del mismo modo en que un soldado se entrena antes de entrar en combate —fortaleciendo su cuerpo, aprendiendo a usar sus armas y estudiando a su enemigo—, el creyente está llamado a prepararse para la guerra espiritual en que ya se encuentra inmerso.
Esa preparación tiene tres dimensiones concretas. Primero, fortalecer los músculos espirituales mediante una dieta constante de las Escrituras y la práctica de aplicar en la vida cotidiana lo que se aprende. Segundo, aprender a manejar bien las armas poderosas que Dios ha provisto para mantenerse firme contra las insidias del diablo (Ef. 6:11). Tercero, conocer las maquinaciones del enemigo (2 Co. 2:11) para no caer en sus trampas. Este plan de batalla también exige honestidad personal: reconocer las propias debilidades, identificar las tentaciones más recurrentes y aprender a confiar en el poder de aquel que habita en cada creyente.
Hay algo que solo se aprecia plenamente desde adentro: quien ha atravesado temporadas de dificultad sostenido por la mano de Dios conoce, de una manera que no admite dudas, que Él es fiel. Al contemplar la protección soberana recibida a lo largo del camino, el corazón no puede sino regocijarse y multiplicar su confianza en el Señor. Esa experiencia acumulada llega a un punto en que, sin importar lo que ocurra, «Su amor, bondad y sabiduría han echado fuera el temor» (1 Jn. 4:18).
Nada es tan dulce como sentir el cuidado del Todopoderoso caminando con nosotros, llenándonos de paz y confianza al reconocer que Él controla todo.
Esta confianza no es ingenuidad ni negación de la realidad. Es la convicción arraigada en una promesa inamovible: el plan de Dios está garantizado, porque nadie puede frustrar los planes del Señor de los Ejércitos (Is. 14:27). El cristiano no corre hacia una meta incierta; corre sabiendo que quien lo llama también lo sostiene.
Entonces, ¿cuál es la respuesta práctica a todo esto? Correr de tal modo que ganemos (1 Co. 9:24). Caminar con humildad sobre las huellas de Cristo, siendo obedientes al Capitán, batallando en Su poder, muriendo a los propios deseos y manteniendo los ojos fijos en la meta: que Él, y solamente Él, sea glorificado.
Una vida gastada en hacer brillar a Jesús no pasa desapercibida. Al caminar de manera irreprensible y sencilla, los creyentes se convierten en luz en un mundo de tinieblas, en medio de una generación torcida y perversa, y resplandecen como luminares en el mundo (Fil. 2:15). Esa es la vocación del cristiano en estos tiempos: no sobrevivir, sino resplandecer. Y la certeza que lo sostiene todo es esta: Él ha vencido al mundo (Jn. 16:33), y quienes perseveren hasta el fin serán salvos (Mt. 24:13).
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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