IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Cuando pensamos en la Navidad, nuestra atención suele dirigirse a María, al niño en el pesebre o a los pastores asombrados. Sin embargo, hay una figura que permanece casi siempre en un segundo plano: José. No fue un profeta célebre ni un sacerdote instruido. Era un carpintero de Nazaret, un hombre sencillo y piadoso que se vio envuelto en el acontecimiento más extraordinario de la historia humana. Su historia merece ser contada, no solo como telón de fondo del nacimiento de Jesús, sino como un ejemplo vivo de fe, dominio propio y obediencia radical a Dios.
La Biblia lo describe como un hombre «justo» (Mt. 1:19), y esa breve descripción encierra mucho más de lo que parece a primera vista.
Imaginemos la escena: María, su prometida, regresa de una visita de tres meses a su prima Elisabet (Lc. 1:39) y le anuncia que está embarazada. Para José, el dolor debió ser profundo. Las preguntas que cualquier hombre hubiera formulado eran inevitables: ¿Con quién le fue infiel? ¿Cómo no lo vio venir? ¿Acaso ella vivía una doble vida? Creer que el embarazo era obra del Espíritu Santo requería una fe que, humanamente hablando, estaba más allá de toda razón.
Sin embargo, lo primero que vemos en José no es ira, sino misericordia. La cultura hebrea era implacable con la infidelidad: la ley exigía que los culpables fueran apedreados hasta la muerte (Lv. 20:10). José tenía no solo la razón cultural, sino también el derecho legal de exponerla públicamente. Pero eligió otro camino: quería «repudiarla en secreto» (Mt. 1:19), protegiendo a María del escarnio público. En ese momento, antes de haber recibido ninguna revelación divina, ya estamos viendo el corazón del hombre que Dios había escogido para criar a su Hijo.
Esta reacción no fue accidental. José había aprendido a morir a sí mismo (Lc. 9:23) y a tratar a los demás como más importantes que a su propia persona (Fil. 2:3). Aun antes del nacimiento de Cristo, sus acciones anticipaban lo que Jesús mismo viviría y enseñaría. Aquí comenzamos a comprender por qué Dios lo eligió para asumir el rol más importante de su vida.
Antes de que José tomara alguna decisión definitiva, un ángel del Señor se le apareció en sueños y confirmó lo que María le había dicho: el niño había sido engendrado por el Espíritu Santo, y sería el Mesías prometido (Mt. 1:20). José obedeció. Tomó consigo a María como esposa (Mt. 1:24) sabiendo perfectamente lo que eso significaría: el embarazo pronto sería visible para todos, y tanto él como ella serían considerados inmorales ante el pueblo.
Pero José amó más a Dios que a su propia reputación. Y luego, cuando el ángel completó la revelación —que ese niño era el Salvador del mundo—, es posible imaginar las preguntas que surgieron en su interior: ¿Quién soy yo para esto? No soy sacerdote, no soy experto en las Escrituras, soy solo un carpintero. ¿Podré proveer lo que Él merece? Sin embargo, a pesar de sus posibles inseguridades, José confió en el Dios sabio que lo había llamado, reconociendo que Él proveería todo lo necesario para cumplir ese rol.
La fe de José fue puesta a prueba una y otra vez. Cuando el decreto de César obligó a la familia a viajar setenta millas hasta Belén, con María avanzada en el embarazo, y no encontraron lugar en el mesón, José debió sentir que había fallado como esposo y protector. Sin embargo, Dios estaba cumpliendo sus propias profecías a su manera, recordándoles que «mis caminos son más altos que sus caminos» (Is. 55:9). José había leído las Escrituras y sabía que los planes de Dios no siempre lucen como esperamos.
Más adelante, cuando la vida del niño estuvo en peligro por el decreto del rey Herodes, un ángel volvió a instruir a José en sueños: debían huir a Egipto de inmediato (Mt. 2:13). Sin dudarlo, José tomó a María y a Jesús y partió en medio de la noche. No sabía con exactitud cada paso del camino, pero sabía en quién había puesto su confianza. «El corazón del hombre traza su camino, pero el Señor dirige sus pasos» (Pr. 16:9).
José amó más a Dios que a su propia reputación, y siguió adelante a pesar de lo que el pueblo pudiera decir.
No sabemos con exactitud cuándo murió José. La Biblia menciona a María hasta la muerte de Cristo, pero la última referencia explícita a José aparece cuando Jesús tenía doce años, enseñando en el templo (Lc. 2:46–50). Todo indica que murió joven, antes de ver el ministerio público de aquel hijo que había criado con tanto cuidado y amor.
Y sin embargo, en esa vida aparentemente breve y silenciosa, vemos a un hombre que tomó su cruz cada día (Lc. 9:23) sin importar las circunstancias ni las consecuencias. Un hombre que no buscó protagonismo, que no exigió explicaciones antes de obedecer, que protegió a su familia con valentía y humildad. José nos recuerda que Dios no llama a los perfectos ni a los más preparados, sino a quienes están dispuestos a confiar en Él cuando el camino no tiene sentido. Su vida fue corta, sí, pero fue bien vivida y es, sin duda, digna de imitar.
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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