IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La historia de los magos de Oriente es una de las más conocidas del relato navideño, pero también una de las más ricas en profundidad teológica. Aunque la Biblia dice poco sobre ellos, lo que sí registra es suficiente para revelar lecciones poderosas que Dios ha puesto allí con propósito. El pasaje de Mateo 2:1-12 no es un simple relato de viajeros curiosos que siguen una estrella: es una ventana hacia el plan redentor de Dios, trazado desde la eternidad y desplegado con precisión en la historia.
Lo que resulta llamativo es precisamente el contraste que construye el texto: extranjeros que no pertenecían al pueblo del pacto, que no habían recibido las promesas ni las profecías, realizaron un largo viaje para postrarse ante el niño Jesús y presentarle sus tesoros. Mientras tanto, Herodes —criado como judío, familiarizado con las Escrituras— tramaba su muerte. Este contraste no es accidental. Es la firma de Dios sobre una historia que siempre fue más grande que Israel.
Los magos llegaron a Jerusalén con una pregunta directa: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2:2). La pregunta sacudió a Herodes, y su reacción reveló todo lo que necesitamos saber sobre el choque entre dos mundos que este nacimiento provocó.
Por un lado, el rey del universo, creador y sustentador de todo, recibido en una casa humilde, en un país pequeño y despreciado. Por el otro, Herodes, gobernante de un emporio mundano, habitante de un palacio extravagante, famoso por su brutalidad y por haber ejecutado incluso a sus propios hijos para proteger su trono. La diferencia entre ambos es absoluta: uno vino para servir, el otro exigía ser servido en todo; uno poseía un reino que jamás podría perder, el otro aferraba con violencia un poder temporal y frágil; uno era la Luz del mundo, el otro vivía guiado por las tinieblas, brillando en la fama y la opulencia.
El propio Jesús lo anunciaría años después: «Tengo otras ovejas que no son de este redil; a esas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor» (Jn 10:16). Los magos fueron la primera imagen de esa promesa. Gentiles sin conocimiento del Dios verdadero obedecieron la revelación divina con mayor fidelidad que quien había sido criado dentro del pueblo del pacto. Dios estaba mostrando desde el principio lo que ocurriría en el futuro.
Mateo 2:11 describe los obsequios como «tesoros», y la palabra no es exagerada. Más allá de su valor material, cada uno de estos regalos carga un simbolismo teológico preciso que apunta a la persona y la misión de Jesucristo.
El oro era símbolo universal de realeza. Aunque los magos quizás no comprendían la dimensión cósmica de su gesto, el oro también revestía el lugar santísimo del templo: sus paredes, el altar y el propiciatorio, la tapa del arca sobre la cual descansaba la presencia visible de Dios y donde la sangre del sacrificio era rociada en el día de la expiación (1 R 6:20-22; Éx 25:17, 22). Ofrecerle oro a este niño era, sin saberlo plenamente, reconocer tanto su realeza como su divinidad.
El incienso era en el mundo antiguo un elemento de adoración, reservado para las deidades. Al ofrecerlo, los magos declaraban que este bebé era Dios. Pero el incienso también tenía un papel litúrgico específico: en el templo, el sacerdote lo quemaba cada mañana y cada tarde frente al velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo (Lv 16:11-14; Éx 25:22). Una vez al año, en el día de la expiación, el sumo sacerdote lo llevaba al interior del lugar santísimo. Ese ritual apuntaba al Mediador que haría posible que los pecadores se encontraran con Dios, porque «Dios lo exhibió públicamente como propiciación» (Ro 3:25).
La mirra, en cambio, apuntaba en una dirección distinta y más austera. Era el perfume utilizado para preparar los cuerpos para la sepultura (Jn 19:39). A diferencia del oro y el incienso, que celebran la divinidad y la realeza, la mirra señalaba su humanidad —y más aún, su muerte—. El niño que recibía esta ofrenda nacía para morir, y esa muerte sería el medio de salvación de su pueblo.
Desde que Dios eligió a Su pueblo, nos dio pistas de cómo lo salvaría, y los regalos de los magos nos apuntaban a Su culminación hacia Aquel que nació ese día.
La llegada de los magos no es un episodio pintoresco al margen del relato bíblico. Es parte de la misma historia que Dios ha estado contando desde el principio: la historia de un reino que no tiene fin, de un Rey que vino a rescatar a los que estaban lejos, de una salvación que siempre fue más amplia de lo que cualquiera imaginaba. Los regalos que aquellos hombres abrieron ante el niño Jesús resumían, en tres objetos, la totalidad de lo que Él era y de lo que haría: Rey eterno, Mediador perfecto, Salvador que moriría en nuestro lugar.
La Biblia es la gran historia del reino de Dios con su culminación en la persona y la obra del Mesías Jesucristo. Quienes tengan oídos para oír, que oigan.
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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