IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Cathy Scheraldi de Núñez • 20 diciembre, 2022
Cada año, con la llegada de diciembre, el mundo se llena de luces, canciones y festividades. Sin embargo, en medio de tanto ruido, es fácil perder de vista al protagonista de la historia. María, la madre de Jesús, fue una bisagra entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: el instrumento que Dios usó para traer al mundo a quien cumpliría las profecías del Antiguo Testamento y ofrecería la salvación anunciada en el Nuevo. Su vientre trajo al León de Judá, el Pan de Vida, el Rey de reyes, y a aquel que un día completará su creación con un nuevo cielo y una nueva tierra donde el dolor, el sufrimiento y la muerte desaparecerán, porque la Vida misma reinará.
¿Qué pensaría María si caminara entre nosotros hoy y observara cómo celebramos el nacimiento de su hijo? Así como recordamos a un ser querido con nostalgia en su cumpleaños, imaginemos los pensamientos de aquella mujer que atesoró todos estos eventos, reflexionando sobre ellos en su corazón.
Cuando el ángel Gabriel se apareció a María, le anunció que su hijo sería grande, sería llamado Hijo del Altísimo y reinaría sobre la casa de Jacob para siempre (Lc. 1:32-33). Ella no comprendía del todo lo que aquello significaba; los judíos esperaban un Mesías político que los liberara de la opresión romana. Sin embargo, lo que el fruto de su vientre traería cambiaría infinitamente más de lo que una mente finita podría imaginar. Y aun así, sin entenderlo todo, la incomprensión no fue obstáculo para la obediencia. Ella era sierva del Señor y decidió que, sin importar lo que Él le pidiera, lo seguiría.
Esa obediencia no fue sencilla ni romántica. María fue humillada por los chismes del pueblo, tuvo que viajar noventa millas durante cinco días en su noveno mes de embarazo, y dio a luz entre animales porque no había lugar en el mesón. Luego vinieron los magos, la adoración, y casi de inmediato la huida urgente a Egipto para escapar de la ira de Herodes, quien ordenó matar a todos los varones menores de dos años. Los hijos de sus vecinas y amigas fueron asesinados. María se preguntaba por qué Dios permitía aquello, mientras cargaba la certeza de que su hijo era el Mesías de los judíos.
Con todo, Dios sostenía cada paso. El niño creció en sabiduría y gracia; fue obediente, sensible a las necesidades de otros, amable y cariñoso. No solo recitaba las Escrituras: las vivía. Y cuando llegó el momento, a los treinta años comenzó su ministerio público, rodeado de los apóstoles, amado por las multitudes, hasta que la envidia de los líderes religiosos se convirtió en odio y ese odio lo llevó a la cruz.
Lo que Simeón había profetizado en el Templo —«una espada traspasará tu propia alma» (Lc. 2:35)— encontró su cumplimiento pleno al pie de la cruz. Aquel que era el amor encarnado, que había amado a todos sin excepción, fue tratado como un criminal, torturado y crucificado. Solo después, en el Aposento Alto, cuando el Espíritu Santo abrió los ojos de los discípulos, todo cobró sentido: la segunda persona de la Trinidad, el Rey de reyes, se había despojado de su gloria para venir a la tierra. No para salvar a los judíos de los romanos, sino para salvarnos de la ira de Dios y de nosotros mismos. Todos esos años de sacrificar corderos habían estado apuntando al Cordero de Dios, Jesucristo, que se ofreció en sacrificio por nosotros, pagando la deuda que éramos completamente incapaces de pagar.
Él, la segunda persona de la Trinidad, el Rey de reyes y Señor de señores, se despojó de toda su gloria y vino a la tierra, no para salvarnos de los romanos sino de la ira de Dios y de nosotros mismos.
Y es precisamente desde esa comprensión redentora desde donde María miraría con perplejidad nuestra Navidad actual: la glotonería, las borracheras, los regalos sin fin, los letreros que dicen «Felices Fiestas» como si Él no fuera parte de la celebración. El Creador de todo vino y vivió una vida completamente sacrificial, y nosotros respondemos llenando nuestros deseos carnales como si esa fuera la razón de la temporada.
Jesús fue muy claro: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn. 14:15). Y su mandamiento fue igualmente claro: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt. 28:19-20). La Navidad no es solo una ocasión para intercambiar presentes; es una oportunidad privilegiada para compartir a Jesús con otros, porque Él mismo camina con nosotros, orquestando cada circunstancia, y nos ha prometido que regresará. Nadie sabe el día ni la hora, y precisamente por eso no podemos darnos el lujo de perder tiempo.
Si Cristo regresara esta noche, ¿qué encontraría en tu vida? Que esta Navidad, y todos los años que siguen, nos encuentre compartiendo Su vida con otros. Eso sería el mejor regalo que podríamos ofrecerle al cumpleañero de la fiesta. ¡Feliz Navidad!
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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