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Padres: Un rol dado por Dios
Padres: Un rol dado por Dios

Foto de Vanessa Loring en Pexels

Familia y relaciones

Padres: Un rol dado por Dios

Cathy Scheraldi de Núñez 25 julio, 2023

«…Pero yo y mi casa, serviremos al Señor» (Jos. 24:15). Esta declaración de Josué no fue una aspiración vaga ni una frase motivacional: fue el compromiso firme de un hombre que entendía su responsabilidad delante de Dios como cabeza de su hogar. En un tiempo en que la figura paterna es redefinida, minimizada o simplemente ignorada, volver a las Escrituras resulta no solo necesario, sino urgente.

Cada persona ha sido marcada por la presencia —o la ausencia— de un padre. Esas experiencias moldean profundamente la manera en que nos relacionamos con Dios, nuestro Padre celestial. Precisamente por eso, criar a los hijos «en la disciplina e instrucción del Señor» (Ef. 6:4) no es un ideal romántico, sino una responsabilidad sagrada con consecuencias que se extienden de generación en generación.

Un rol diseñado por Dios, no por la cultura

El rol del padre no nació de convenciones sociales; fue establecido por Dios desde el principio. En Génesis 1:26, Dios encomendó tanto a Adán como a Eva ejercer dominio sobre la creación. Sin embargo, las palabras hebreas utilizadas para designar al esposo y a la esposa revelan una distinción significativa en cómo se expresa ese dominio. La palabra ish —esposo— tiene como raíz la idea de fortaleza; isha —esposa— habla de suavidad, pues fue tomada del hombre. Esta complementariedad no establece jerarquías de valor, sino diferencias de función: el padre está llamado a ser refugio integral, tal como Dios lo es para su pueblo.

Ese refugio no se limita a proveer económicamente. Abarca la protección física, emocional y espiritual del hogar. El padre que ora, que estudia a cada uno de sus hijos y que busca el rostro de Dios con humildad está ejerciendo exactamente el tipo de dominio para el que fue diseñado. Dios le ha confiado la tarea de diseñar una visión piadosa para cada hijo —porque los jóvenes carecen de ella— y de caminar junto a su esposa demostrando los principios bíblicos en las lecciones del diario vivir (Ef. 1:11).

Amor incondicional, sacrificio visible y legado duradero

Llevar a cabo esta tarea requiere algo que va más allá de la disciplina o la autoridad: requiere amor ágape, el amor incondicional con que Dios nos ama. Cuando un padre ama así a su esposa y a cada uno de sus hijos, el hogar se convierte en un lugar seguro, un espacio de paz donde la familia experimenta, de manera concreta y tangible, el amor de Dios. Pero ese amor exige paciencia, humildad y un discernimiento que no se improvisa: viene de buscar a Dios en oración mientras se aprende a conocer a cada hijo en su singularidad, con sus talentos, personalidad, capacidades y dones particulares.

En el Antiguo Testamento, los padres judíos pronunciaban una bendición sobre cada hijo, orientándolo hacia el propósito que Dios tenía para su vida. Ese gesto profético —un hombre mayor y más sabio hablando con intención sobre el futuro de alguien más joven— tiene el poder de cambiar destinos. Los padres de hoy pueden y deben hacer lo mismo: hablar con propósito, bendecir con intención y encaminar a sus hijos por el sendero que Proverbios describe: «Instruye al niño en el camino que debe andar, y aun cuando sea viejo no se apartará de él» (Prov. 22:6).

El sacrificio es parte inevitable de esta vocación. Pero ese sacrificio debe ser visible para los hijos, porque en la infancia los niños idealizan a sus padres y quieren imitarlos. El padre que sirve, que se humilla, que pide perdón cuando falla, está modelando precisamente el tipo de carácter que sus hijos necesitarán cuando enfrenten solos las batallas espirituales de la vida adulta. No basta con evitar los errores graves; se trata de dejar un ejemplo digno de imitar.

Cuando han decidido traer hijos al mundo, es necesario adorar a Dios a través de cuidar a su familia.

La paternidad como acto de adoración y legado generacional

Ser padre no es simplemente una función social ni un rol opcional: es una forma de adorar a Dios. Cuando un hombre elige servir al Señor dentro de su hogar —con su tiempo, su atención, su presencia y su carácter—, sus hijos no solo ven a un buen padre; ven a Dios reflejado en él. Y esa imagen, grabada en los corazones desde la infancia, tiene el poder de vincularlos al Padre celestial de una manera que ninguna instrucción abstracta podría lograr.

Nuestro Padre celestial es el modelo perfecto y definitivo de paternidad justa y sabia. Él es capaz de completar lo que los padres terrenales no pueden alcanzar con sus propias fuerzas. Por eso, el padre que decide honrar al Señor puede confiar en que Dios le dará la sabiduría necesaria para guiar a su familia. Y quienes compartimos el hogar con ellos tenemos el privilegio y la responsabilidad de sostenerlos en oración, actitudes y acciones. Cuando los padres asumen este llamado con fidelidad, no solo forman una familia sana: están construyendo una próxima generación que conoce y teme a Dios.

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.

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