IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La palabra perseverancia se usa con frecuencia en contextos cristianos, pero pocas veces se define con precisión. Perseverar no es resignarse porque no hay otra opción, ni tampoco es quejarse sin cesar por las injusticias de la vida. Perseverar es tomar una decisión consciente de enfrentar la realidad y persistir con esperanza, porque nuestro Dios soberano está en control de todo. Esa distinción importa, y mucho.
El segundo elemento que define la perseverancia es que resulta necesaria precisamente cuando las cosas no son agradables. La persistencia no se necesita en tiempos de calma. Y si algo sabemos con certeza los creyentes es que «en el mundo tendrán tribulación» (Jn. 16:33). Sin embargo, esa misma promesa viene acompañada de una certeza mayor: Cristo ha vencido al mundo, y Él mismo ha prometido nunca dejarnos ni abandonarnos (He. 13:5). El sufrimiento no es el final de la historia; es, con frecuencia, el comienzo de una obra profunda.
Cuando llega la prueba, nadie permanece estático. Siempre hay una decisión, aunque a veces no se perciba como tal: correr hacia Dios y caminar con Él, o huir de Él y enfrentar la vida sin Su protección. El primero es el camino difícil que, paradójicamente, produce los frutos más sólidos. El segundo parece más cómodo, pero deja al creyente expuesto y empobrecido.
Al caminar con Dios en medio de las tribulaciones, algo comienza a ocurrir en el interior. Pablo lo describe con precisión: «nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza; y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado» (Ro. 5:3-5). El proceso no es sencillo, pero sí es real: el dolor, lejos de destruir, puede transformar.
Nuestro instinto más inmediato es evitar el dolor. Sin embargo, Dios en Su sabiduría reconoce que sin él no crecemos, y que tampoco llegamos a ver las mentiras que hemos aceptado como verdades. Por eso el Espíritu Santo trabaja en el creyente un proceso de renovación de la mente (Ro. 12:2), quitando esas falsas certezas y sustituyéndolas por la verdad de Su Palabra. El príncipe de este mundo había cegado nuestros entendimientos (Jn. 12:40), y es a través del sufrimiento producido por las contradicciones entre lo que sentimos y lo que vivimos que Dios revela Su presencia, de manera que aun en medio del dolor podemos tener gozo.
La vida cristiana está llena de paradojas que desafían la lógica humana. Lejos de ser contradicciones, son señales de que estamos en un reino diferente, gobernado por una sabiduría que supera la nuestra. Considera las siguientes realidades:
Como los pensamientos y los caminos de Dios son infinitamente más sabios que los nuestros (Is. 55:8-9), podemos confiar en el Todopoderoso, quien gobierna incluso los sufrimientos para nuestro bien. Y si esto no fuera suficiente, nuestra respuesta ante el sufrimiento tiene el poder de atraer a otros hacia Él.
Cuando un creyente sufre con confianza y con gozo —lo cual es imposible sin Cristo—, quienes lo rodean perciben que hay algo distinto en él, algo que ellos no poseen. El sufrimiento con los ojos fijos en Jesús produce menos dolor que cuando se camina a solas. Y entonces ocurre algo que cambia todo:
Los eventos no necesariamente cambian; lo que cambia es nuestro corazón y, entonces, nuestra reacción a ellos.
Somos embajadores de Cristo (2 Co. 5:20). La pregunta no es si sufriremos, sino cómo responderemos cuando llegue el sufrimiento. ¿Representaremos a Dios tal como Él es, o permaneceremos inmaduros en la fe, atrapados en las enseñanzas elementales? La obra de Dios en nosotros no hace que nuestro esfuerzo sea innecesario; al contrario, lo hace más efectivo. Él transforma el corazón para que la respuesta ante el dolor sea diferente, y esa diferencia es testimonio vivo del evangelio.
Es tiempo de dejar atrás la fragilidad espiritual y avanzar con decisión en la fe, acercándonos a Aquel que dio todo por nosotros. La perseverancia no es heroísmo personal: es confianza activa en un Dios que nunca falla, que trabaja en todas las cosas para bien de quienes le aman y son llamados conforme a Su propósito (Ro. 8:28). Esa promesa es el ancla firme en medio de cualquier tormenta.
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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