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Los planes perfectos del Señor: La Navidad
Los planes perfectos del Señor: La Navidad

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Vida devocional

Los planes perfectos del Señor: La Navidad

Cathy Scheraldi de Núñez 6 diciembre, 2022

Conocemos bien la historia de la Navidad, pero vale la pena detenerse y contemplarla desde un ángulo diferente. ¿Era María más santa que quienes la rodeaban? ¿Era acaso sin pecado? La misma María respondió esta pregunta en sus propias palabras: «Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lc. 1:46-47). Al reconocer su necesidad de un Salvador, ella misma descartaba cualquier pretensión de impecabilidad. Era, sin duda, una mujer piadosa y obediente, pero era una criatura en las manos de su Creador.

Su obediencia incondicional siempre ha resultado admirable. Sin embargo, cuando se lee el relato con los ojos puestos en Efesios 2:10 —«Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas»— se descubre una dimensión mucho más profunda: detrás de cada detalle de aquella noche en Belén, había generaciones enteras de providencia divina moviéndose en silencio hacia un mismo punto.

Siglos de preparación: el linaje que ningún censo podría improvisar

Dios tuvo que orquestar personas, lugares y tiempos a lo largo de generaciones antes de que ocurriera el nacimiento de Cristo. El Apocalipsis revela que el Mesías debía provenir del linaje de Judá (Ap. 5:5), y la genealogía de Lucas 3 confirma que María cumplía exactamente ese requisito. En esa misma lista aparece el rey David, requisito indispensable para que Jesús pudiera ostentar el título de «Hijo de David» y ser el retoño del tronco de Isaí del que habla Isaías 11:1.

El origen humilde de María en Nazaret tampoco fue accidental. Esa ciudad cargaba con el desprecio de sus contemporáneos —el propio Natanael preguntó: «¿Puede algo bueno salir de Nazaret?» (Jn. 1:46)—, y esa realidad cumplía lo anunciado por Isaías siglos antes: que el Mesías sería «despreciado y desechado de los hombres, varón de dolores y experimentado en aflicción» (Is. 53:3). Nazaret no era un escenario elegante, pero era exactamente el escenario necesario.

El profeta Miqueas había escrito setecientos años antes que el gobernante de Israel nacería en Belén (Mi. 5:2). María y José, sin embargo, vivían en Nazaret. ¿Cómo resolvió Dios esa distancia? A través de un decreto del emperador César Augusto, que ordenó un censo y exigió que cada persona se registrara en su ciudad de origen. José era oriundo de Belén, de modo que la pareja emprendió el viaje en los últimos días del embarazo de María. Un edicto imperial, firmado por un César que no conocía al Dios de Israel, se convirtió en el instrumento preciso de una profecía escrita siglos atrás.

De igual manera, Isaías 7:14 había anunciado: «He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel». María era virgen porque aún no había contraído matrimonio con José, pero su compromiso con él fue exactamente lo que hizo posible el viaje a Belén. Y el ángel Gabriel, al anunciarle la concepción, confirmó el cumplimiento del pacto davídico: «El Señor Dios le dará el trono de su padre David; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc. 1:32-33), tal como Dios lo había prometido a través del profeta Natán (2 S. 7:16).

Una obediencia costosa y un pesebre cargado de significado

La respuesta de María a todo esto no fue la de alguien que comprendía cada implicación teológica de lo que estaba viviendo. Era la de alguien que confiaba. Sabía perfectamente que la penalidad para una mujer soltera que quedara embarazada era la muerte por apedreamiento. Si no llegaba a ese extremo, la vergüenza pública en un pueblo pequeño sería devastadora para ella, para José y para su familia. Y aun así, aceptó la voluntad de Dios. Su amor por el Señor sobrepasó el peso de todas esas consecuencias.

El lugar donde nació Jesús tampoco careció de significado. Las casas de aquella época solían tener un aposento alto para los huéspedes y un área inferior donde se resguardaban los animales por la noche. La costumbre era hospedarse en casa de parientes, pero el censo había llenado todos los hogares de Belén. El único espacio disponible era el área de los animales. Allí, entre los corderos que probablemente serían llevados al templo como sacrificios, nació el Cordero de Dios. Y allí, en el lugar donde los animales se alimentaban, fue colocado quien dijo de sí mismo ser el pan de vida. Atípico para un recién nacido cualquiera; extraordinariamente elocuente para quien vino a entregarse a sí mismo por el mundo entero.

El cordero de Dios nació con los otros corderos que posiblemente serían utilizados como sacrificios en el templo y, como Jesús es el pan de vida, fue colocado donde los animales normalmente comían.

Un Dios que declara el fin desde el principio

Al contemplar todo esto, la Navidad deja de ser simplemente una historia hermosa para convertirse en evidencia contundente de la soberanía de Dios sobre la historia. Él mismo lo declaró: «Yo anuncio el fin desde el principio, y desde la antigüedad lo que no ha sido hecho» (Is. 46:10). Su propósito no depende de la cooperación de los imperios ni de la comprensión de sus siervos. Se cumple porque Él lo ha determinado.

Nuestras mentes finitas no pueden abarcar del todo a un Dios infinito, capaz de ver la historia completa antes de que ningún acontecimiento haya ocurrido y de obrar pacientemente, salvando al mundo una persona a la vez. Que esta Navidad nos encuentre con una admiración renovada por la sabiduría de nuestro Creador y Salvador: el Dios que lleva a cabo todo lo que ha planeado, sin que ningún detalle escape de sus manos.

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.

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