IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Cada año, al llegar la Navidad, tendemos a concentrar nuestra atención en las figuras más conocidas del relato: María, José, los magos de Oriente. Sin embargo, hay un grupo de personas que suele quedar en segundo plano, aunque Dios les concedió un protagonismo extraordinario: los pastores. Eran trabajadores ordinarios, sin posición ni influencia, y aun así fueron escogidos para recibir una de las revelaciones más gloriosas de toda la historia. Meditar en ellos no es un ejercicio sentimental, sino una ventana hacia la manera en que Dios actúa y hacia lo que Él espera de quienes lo encuentran.
Los pastores se encontraban en las afueras de Belén, cumpliendo con su trabajo durante las vigilias nocturnas. Era una noche completamente ordinaria hasta que, de repente, un ángel se apareció y «la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor» (Lc. 2:9). En medio de la oscuridad del desierto, la irrupción de esa gloria debió de resultar aplastante. Y no es difícil entender por qué: esa misma gloria fue lo que hizo que Isaías clamara «¡Ay de mí! Porque perdido estoy» (Is. 6:5) al ver tan solo la orla del manto del Señor llenando el templo.
La gloria de Dios produce temor en el ser humano porque expone, sin disimulo, el contraste entre la santidad perfecta de Dios y la pecaminosidad profunda del hombre. Por eso el Señor le dijo a Moisés: «No puedes ver Mi rostro; porque nadie puede verme, y vivir» (Ex. 33:20). La oscuridad de aquella noche en Belén es también imagen de nuestra condición natural: si no fuera porque Cristo irrumpió en nuestra oscuridad, cada uno de nosotros seguiría viviendo en ella sin remedio ni esperanza.
Pero entonces el ángel declaró algo que cambió todo: «No temáis; porque he aquí, os traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo» (Lc. 2:10). Aquel que quitaría el temor había nacido: el amor encarnado (1 Jn. 4:16), que moriría por nuestros pecados pagando una deuda que nosotros jamás podríamos saldar (1 Jn. 4:18). Y es importante notar a quiénes alcanzaría esa paz: no a todo el mundo en términos universales, sino al pueblo de Dios, a aquellos en quienes Él se complace, según resuena en el cántico de los ángeles: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace» (Lc. 2:14).
Conviene precisar qué clase de paz anunciaron los ángeles, porque no se trata de una vida sin conflictos. El mismo Jesús advirtió: «Si el mundo os odia, sabéis que me ha odiado a mí antes que a vosotros» (Jn. 15:18). Seguir a Cristo no elimina los problemas; en muchos sentidos los multiplica. La guerra espiritual continúa, las tribulaciones son reales y el creyente las enfrentará con mayor intensidad precisamente porque ya no pertenece a este mundo. Sin embargo, lo que Cristo ofrece es algo que ninguna circunstancia exterior puede arrebatar: una paz interna que proviene de Él y que el mundo no puede dar ni quitar (Jn. 14:27). Y esa paz interior, vivida en medio de la tribulación, nos transforma en personas que procuran la paz a su alrededor (Mt. 5:9), capaces de vivir de manera diferente frente a un mundo que no comprende de dónde viene esa calma.
Cuando los pastores recibieron el anuncio, no se quedaron donde estaban. El texto dice que «fueron a toda prisa, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre» (Lc. 2:16). No les bastó con saber que el Mesías había llegado; quisieron conocerlo personalmente. Y ese encuentro los cambió por completo. Es imposible tener un encuentro real con Cristo y permanecer igual, porque «las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas» (2 Co. 5:17). Después de ver al niño, «se volvieron, glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se les había dicho» (Lc. 2:20). Salieron siendo evangelistas, no porque tuvieran educación teológica o habilidades retóricas, sino porque habían tenido un encuentro personal con la gloria de Dios. Lo mismo ocurrió con Pedro y Juan: ante el sanedrín no pudieron sino declarar «lo que hemos visto y oído» (Hch. 4:20).
Lo único necesario para compartir a Cristo con otros es una relación personal con Él; ni educación, estatus social, ni elocuencia son necesarios.
Los pastores no tenían la historia completa. No conocían el alcance de la cruz ni comprendían todo lo que aquel niño haría por la humanidad. Pero creyeron lo que el ángel les reveló: ese bebé traería la paz. Y esa fe sencilla fue suficiente. El relato nos deja con preguntas que merecen una respuesta honesta: ¿Ha cambiado nuestra vida desde que conocimos a Cristo? ¿Se nota en la manera en que enfrentamos los problemas, en cómo tratamos a los demás, en el testimonio que llevamos? ¿Somos, como los pastores, personas que salen del encuentro con Dios con algo que no pueden guardar en silencio?
La Navidad no es solo una conmemoración histórica. Es la invitación a recordar que el Rey del universo eligió revelarse a los últimos para demostrar que, en su economía, «los últimos serán los primeros» (Mt. 20:16) y que sus pensamientos y caminos no son los nuestros (Is. 55:8-9). Si Él se manifestó a unos pastores anónimos en medio de la noche, también puede transformar cualquier vida ordinaria, incluyendo la nuestra.
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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