IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Ketut Subiyanto en Pexels
Luis Méndez • 14 febrero, 2020
Dios nos hizo seres relacionales. Desde el principio, la necesidad de cultivar intimidad con nuestros semejantes forma parte de nuestra naturaleza, y la amistad es, ante todo, un regalo de su bondad. El Señor Jesucristo demostró con su propia vida, de manera perfecta, cómo luce un verdadero amigo: amó como nadie en este mundo puede amar, se humilló y renunció a sus privilegios para bendecirnos, dio todo sin esperar nada a cambio, se sacrificó hasta entregar su propia vida en la cruz, y aún hoy intercede por los suyos. Quienes han recibido el don de la fe y han sido regenerados por la obra exclusiva del Espíritu Santo conocen en Jesús la esencia misma de lo que es un amigo. Él es el mejor amigo por excelencia que jamás podremos conocer.
Y sin embargo, en su infinita bondad, Dios también nos ha concedido la bendición de cultivar amistades en esta tierra. Son personas ordinarias a quienes Dios hace extraordinarias para nosotros: nuestras vidas se enlazan a ellas de tal manera que se convierten en parte de nosotros mismos. A ellas las llamamos amigos.
¿Qué caracteriza a una relación tan singular? A continuación se proponen siete rasgos que, aunque no son los únicos, conforman un fundamento sólido de lo que une a dos personas comunes en una relación extraordinaria.
Una extraordinaria conexión en propósito y convicción. Los verdaderos amigos aman lo que Dios ama y aborrecen lo que Dios aborrece. Han aprendido a ver esta vida desde una perspectiva eterna, y lo que principalmente los une es una apasionada adhesión al propósito de Dios en el mundo. El profeta Amós lo expresa con claridad: «¿Pueden dos caminar juntos sin antes ponerse de acuerdo?» (Am. 3:3). En su contexto, ese acuerdo es, ante todo, un acuerdo con la voluntad revelada de Dios.
Una extraordinaria resolución para perseverar juntos. Los verdaderos amigos hacen un pacto de amor para permanecer unidos a pesar de los desafíos de la vida. «En todo tiempo ama el amigo, y el hermano nace para tiempos de angustia» (Prov. 17:17). La amistad en tiempos de abundancia puede conseguirse con facilidad; la amistad incondicional en momentos de aflicción y necesidad solo puede esperarse de quienes te aman por lo que eres, no por lo que pueden obtener de ti.
Una extraordinaria lealtad para consolar y confrontar. Los verdaderos amigos no actúan movidos por el temor, sino por el amor, y esa libertad les permite procurar el bien del otro con genuina motivación. Una amistad real no está exenta de confrontaciones; al contrario, es enriquecida por ellas: «El hierro se afila con el hierro, y el hombre en el trato con el hombre» (Prov. 27:17). Cuando somos tentados a una conducta inconsistente con nuestras convicciones, el verdadero amigo no escatimará esfuerzos para desafiarnos a cambiar: «Fieles son las heridas del amigo, pero engañosos los besos del enemigo» (Prov. 27:6). Y con igual fidelidad, celebran nuestros triunfos y sufren nuestros fracasos, tal como el apóstol Pablo exhorta: «Gocen con los que se gozan, y lloren con los que lloran» (Rom. 12:15).
Una extraordinaria disposición de sacrificio para hacer bien. Los verdaderos amigos renuncian al egoísmo natural que hay en todos nosotros, porque hallan un deleite genuino en servir a quienes aman. El Señor Jesucristo mismo estableció el nivel más alto de este amor: «Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos» (Jn. 15:13). La amistad real no se mide por cuán razonables nos parezcan las demandas del otro, sino por nuestra disposición incomprensible para servirle con gozo.
Una extraordinaria práctica del perdón. Los verdaderos amigos aprenden a pasar por alto las ofensas. En una relación tan íntima, los agravios y los malentendidos son inevitables; no obstante, la relación florece porque está saturada de la gracia de Dios. «El que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos» (Prov. 17:9). Cuando el dolor de la ofensa pesa más que el valor de la amistad, el resultado es distanciamiento en lugar de reconciliación.
Una extraordinaria apertura y aceptación. Los verdaderos amigos se conocen de verdad. Han decidido abrir sus corazones y mostrarse vulnerables ante quienes merecen su confianza, sin necesidad de fingir ni aparentar. Comparten no solo sus circunstancias externas, sino también sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Jesucristo ilustró esta realidad con sus discípulos: «Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero los he llamado amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de Mi Padre» (Jn. 15:15). El grado de intimidad que estamos dispuestos a compartir es una evidencia innegable del nivel de amistad que hemos alcanzado.
Un extraordinario disfrute de su compañía. Los verdaderos amigos se gozan mutuamente. Hay algo inexplicablemente dulce en el simple hecho de compartir con ellos: sus vidas nos bendicen, su ejemplo nos inspira, sus palabras nos estimulan y consuelan. «El ungüento y el perfume alegran el corazón, y el dulce consejo del amigo, a la integridad del alma» (Prov. 27:9).
En una generación donde se evidencia un individualismo y un egoísmo tan marcados, debemos dar gracias a Dios por los amigos que Él nos ha regalado.
En una generación marcada por el individualismo y el egoísmo, la amistad genuina es una gracia que no debe darse por sentada. Debemos dar gracias a Dios por los amigos que Él nos ha regalado, y nuestra oración ha de ser que nos conceda la gracia no solo para perseverar en esas amistades, sino para cultivarlas con mayor profundidad y para la gloria de su nombre.
Luis Méndez nació en Santiago, República Dominicana, y conoció al Señor mientras cursaba estudios universitarios en 1985. Sirvió como diácono en la Iglesia Bautista de la Gracia desde 1987 y fue llamado al ministerio pastoral en 1997, función que ejerció allí hasta 2006. Ese mismo año se trasladó con su familia a Minneapolis, MN, para recibir formación teológica en el Instituto Teológico de Bethlehem Baptist Church, bajo la guía del pastor John Piper. Tras completar sus estudios, sirvió como pastor y anciano hasta 2016. Actualmente forma parte del liderazgo de la IBI enfocado en consejería. Es miembro de ACBC y Life Coach certificado por la AACC, labor que ejerce parcialmente con organizaciones y personas, incluyendo jugadores hispanos de béisbol profesional. Está casado con Vilma desde 1988 y es padre de Raquel, Eva y Luis Jr. Su residencia se divide entre Arizona, EE. UU., y Santo Domingo, R. D
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