IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de cottonbro studio en Pexels
Luis Méndez • 7 marzo, 2018
El llamado central de la vida cristiana es claro: hacer discípulos (Mt. 28:19-20). Independientemente de los ministerios que cada creyente desarrolle, la meta es la misma para todos: la transformación progresiva a la imagen de Jesucristo. Todos los dones, todos los llamados y todas las relaciones que Dios otorga apuntan hacia esa gloriosa esperanza. El matrimonio no es la excepción. La unión de dos personas en una sola carne no es solo un regalo para disfrutar, sino también un instrumento que Dios usa para el crecimiento espiritual mutuo y para el servicio a su pueblo.
En ese marco, la consejería bíblica es discipulado intensivo fundamentado en la aplicación de la Palabra de Dios. Es un ministerio íntimo, complejo y personal, que demanda discernimiento, gracia y sensibilidad para entender, procesar y ministrar apropiadamente. Precisamente por esa exigencia, la participación del cónyuge en este ministerio no es un detalle menor: es una provisión notable de la sabiduría de Dios.
La primera contribución es la más evidente: facilitar el proceso cuando se aconseja a alguien del sexo opuesto. Después de muchos años en el ministerio de consejería, crece la convicción sobre la sabiduría que hay en acompañarse de la esposa —u otra mujer madura en la fe— al aconsejar a una mujer. La Escritura misma apunta en esa dirección: la mujer experimentada en la fe tiene un llamado particular a enseñar, guiar y aconsejar a las más jóvenes (Tit. 2:3-5). Las mujeres enfrentan situaciones y luchas que requieren una comprensión y una empatía particulares, y otra mujer puede ofrecer precisamente eso.
La participación de la esposa en las sesiones de consejería produce beneficios concretos y notables. Permite una comprensión más profunda del problema, ofrece protección para evitar que los afectos se involucren de manera inapropiada, y genera un balance valioso entre la inclinación natural del hombre a gestionar con rapidez y la inclinación natural de la mujer a comprender con pausa y cuidado. Además, su presencia brinda a las mujeres que buscan ayuda una mayor seguridad para compartir situaciones delicadas que naturalmente tienden a producir vergüenza o culpa.
La segunda contribución es igualmente significativa: completar el diagnóstico de la situación. Con frecuencia, en las sesiones de consejería compartida, la esposa ofrece observaciones que enriquecen y completan la comprensión del problema de maneras que el esposo, por sí solo, no habría alcanzado. Dios ha dotado a las mujeres con una percepción particular para captar detalles, matices emocionales y señales que los hombres suelen pasar por alto. Un pastor puede ser advertido, por ejemplo, de su falta de sensibilidad ante las lágrimas de una esposa, o de su impaciencia al no permitir que la persona concluya su relato. Ese punto de vista complementario no corrige al consejero, sino que completa su comprensión y hace más integral la ayuda que se ofrece.
La realidad más humillante —y a la vez más liberadora— de cualquier ministerio es esta: solo Dios cambia el corazón. Por más preguntas acertadas que se formulen y por más fielmente que se ministre la Palabra, la transformación verdadera es obra exclusiva del Espíritu Santo. Eso convierte la oración, no en un complemento del ministerio de consejería, sino en su columna vertebral.
Contar con alguien que ore con el debido entendimiento —que conozca la situación, que comparta el peso de ella y que clame a Dios junto al consejero antes, durante y después de cada sesión— es un regalo inconmensurable. En la experiencia de muchas parejas en el ministerio, los problemas de quienes son aconsejados se convierten en oportunidades para que el matrimonio ore unido, crezca espiritualmente y fortalezca su propia unidad.
Si el llamado principal en la vida cristiana es enseñar y ser enseñados a ser más como Cristo, ninguno de nosotros podrá alcanzar el objetivo con esfuerzos individuales.
El discipulado, por su propia naturaleza, no es un ejercicio solitario. Aprender a pensar como Cristo piensa, a hablar como Él habla y a vivir como Él vivió exige comunidad, corrección mutua y apoyo genuino. En el contexto del matrimonio en el ministerio, esto cobra un significado especial. La gracia, la sabiduría, la ternura y la compasión que el cónyuge aporta no son atributos secundarios: son dones que Dios concede para complementar el llamado y glorificarlo sirviendo a su pueblo. Desarrollar una visión de mayor colaboración en el ministerio no es una estrategia práctica más; es una respuesta fiel a la manera en que Dios ha diseñado tanto el matrimonio como el servicio a su iglesia.
Luis Méndez nació en Santiago, República Dominicana, y conoció al Señor mientras cursaba estudios universitarios en 1985. Sirvió como diácono en la Iglesia Bautista de la Gracia desde 1987 y fue llamado al ministerio pastoral en 1997, función que ejerció allí hasta 2006. Ese mismo año se trasladó con su familia a Minneapolis, MN, para recibir formación teológica en el Instituto Teológico de Bethlehem Baptist Church, bajo la guía del pastor John Piper. Tras completar sus estudios, sirvió como pastor y anciano hasta 2016. Actualmente forma parte del liderazgo de la IBI enfocado en consejería. Es miembro de ACBC y Life Coach certificado por la AACC, labor que ejerce parcialmente con organizaciones y personas, incluyendo jugadores hispanos de béisbol profesional. Está casado con Vilma desde 1988 y es padre de Raquel, Eva y Luis Jr. Su residencia se divide entre Arizona, EE. UU., y Santo Domingo, R. D
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit