IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
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Cathy Scheraldi de Núñez • 6 junio, 2023
«...la esperanza puesta delante de nosotros, la cual tenemos como ancla del alma, una esperanza segura y firme, y que penetra hasta detrás del velo» (Heb. 6:18b-19).
El libro de Hebreos fue escrito para creyentes que atravesaban persecución y luchaban con la duda. Algunos consideraban regresar a los rituales del judaísmo porque su fe se había debilitado. Aunque conocían las Escrituras, habían perdido el enfoque, y el autor los llama a volver a los fundamentos: «Porque habiendo tenido tiempo suficiente para ser maestros, otra vez tienen necesidad de que alguien les enseñe los rudimentos de las palabras de Dios» (Heb. 5:12). Esto es precisamente lo que ocurre cuando la fe no está firmemente asentada en Cristo.
Para los marineros, el ancla no es un lujo; es una necesidad que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Cuando las olas de una tormenta se estrellan contra el barco, es el ancla la que lo estabiliza y lo mantiene en su lugar. Aunque el barco se sacude de un lado a otro, no pierde su orientación porque el ancla está fija. ¡Qué poderosa analogía para la vida espiritual!
En las tormentas de la vida, los creyentes somos sacudidos con frecuencia. Sin embargo, cuando nuestra ancla es Jesucristo, la roca inamovible, Él nos mantiene a flote porque sus promesas son seguras. Una fe superficial es incapaz de sostenernos con firmeza: nos deja expuestos a la duda, al desánimo y, peor aún, a la desobediencia. Pero cuando asentamos nuestra ancla en la fidelidad de un Dios que nunca falla y siempre cumple lo que promete, no seremos temerosos sino confiados y pacientes.
Nuestra esperanza no descansa en nuestra propia capacidad —que falla— sino en Jesucristo, quien penetró detrás del velo como precursor y es nuestro eterno Sumo Sacerdote. Y Él sigue viviendo e intercediendo por nosotros ante el Padre (Rom. 8:34). Dado que Dios no puede mentir (Tit. 1:2) y todas sus promesas son «sí» en Jesucristo (2 Cor. 1:20), cuando nuestra fe está anclada en Cristo, Él se convierte en nuestro refugio. Por eso el salmista declara: «Dios es nuestro refugio y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» (Sal. 46:1).
Aunque Cristo es invisible e intangible, podemos ver cómo cumplió sus promesas en quienes caminaron antes que nosotros: Abraham, Isaac, Jacob, David y muchos más. Ellos tampoco lo vieron con sus ojos ni comprendieron del todo lo que ocurría, y sin embargo obedecieron. Y vimos cómo Dios cumplió su propósito en cada uno de ellos. Por eso podemos confiar en su actuar, aun cuando no lo entendamos.
Hay otro detalle significativo en la metáfora: el ancla se echa fuera del barco, y por eso no es visible. De igual manera, nuestra ancla está puesta en Jesús, quien penetró detrás del velo y entró en el Lugar Santísimo. Nuestra esperanza no está anclada en este mundo, sino en el mundo espiritual que nunca desaparecerá. Él ha asegurado nuestra salvación eterna al reconciliarnos con el Padre.
Esa paz con Dios alimenta nuestra paz interior, nuestra confianza, nuestro gozo, nuestra fe y nuestra esperanza. Todo ello afirma nuestros pasos para obedecer, aun cuando no entendamos lo que viene o lo que está ocurriendo. Y esa seguridad, a su vez, profundiza nuestro amor por Él, lo cual se desborda en amor hacia quienes nos rodean, porque Él es el ancla de nuestras almas.
Cuando la esperanza está firmemente anclada en Cristo, entonces experimentamos aquello que el apóstol Pablo describe:
la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús (Fil. 4:7).
¿Cómo desarrollar, entonces, esta firmeza? En primer lugar, mediante una relación estrecha con Cristo. Quien no ha nacido de nuevo no puede escuchar su voz. Pero incluso para el creyente, eso no es suficiente. Al igual que los destinatarios del libro de Hebreos, no basta con estudiar la Palabra: es necesario meditar en ella, pedir al Espíritu Santo que nos ayude a comprenderla y luego aplicarla a la vida concreta.
También es indispensable caminar junto a la familia de Dios. Quien se aparta de la iglesia y deja de participar activamente en su vida se pone en una posición de peligro, convirtiéndose en blanco fácil para Satanás. El mundo es peligroso y más grande y poderoso que cualquiera de nosotros por separado, pero no más que Cristo. Al caminar hombro a hombro con otros creyentes, podemos estimularnos, exhortarnos e incluso confrontarnos mutuamente para seguir firmemente anclados en la roca inamovible que es Jesucristo.
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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