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El verdadero amor nació en un pesebre: La encarnación de Cristo como la más sublime prueba del amor de Dios por los suyos
El verdadero amor nació en un pesebre: La encarnación de Cristo como la más sublime prueba del amor de Dios por los suyos

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Teología y doctrina

El verdadero amor nació en un pesebre: La encarnación de Cristo como la más sublime prueba del amor de Dios por los suyos

Jenny Thompson de Logroño 13 febrero, 2024

Vivimos en un mundo que se deja arrastrar por la agitación y la búsqueda constante de significado y pertenencia. Desde Génesis 3 comprendemos cómo el ser humano, creado con el propósito de glorificar a su Creador, fue manchado por el pecado y quedó ciego espiritualmente, siguiendo las sombras de todo aquello que parece dar sentido a su existencia. En la temporada navideña, muchos nos aferramos a la imagen de un tierno bebé en un pesebre que desciende del cielo para complacer nuestros deseos, llenándonos con la temporalidad de la música, las buenas acciones y las reuniones familiares. Sin embargo, la historia de la encarnación de Cristo trasciende cualquier festividad. Exige ser contemplada en toda su profundidad teológica y en todo su peso redentor.

El misterio de Dios hecho hombre

El apóstol Juan lo declara con precisión asombrosa: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:14). Pensar que el Hijo de Dios asumió una naturaleza cien por ciento humana sin abandonar su naturaleza cien por ciento divina es encontrarse ante un misterio que desafía toda comprensión finita. Cristo no nació en un palacio haciendo uso ostentoso de su poder divino. Nació en un pesebre, a la orilla de un oscuro camino de Belén, y caminó entre nosotros experimentando como cualquier ser humano las penas y las alegrías que llenan los días de esta vida.

Este descenso voluntario no fue caprichoso ni fortuito. Pablo lo describe con una claridad que debería detenernos: «A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su igualdad con Dios; al contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y, al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!» (Fil. 2:5-8). La encarnación no fue una acción aislada, sino un acto deliberado de amor puro que ocupa el centro de la Historia de la Redención, orquestada por Dios desde la eternidad pasada. Cristo descendió con un propósito claro: reconciliar a la humanidad con Dios. Al asumir nuestra humanidad, se determinó a vivir la experiencia completa de ser humano para redimirnos y restaurarnos con Dios Padre. Como declara Pablo en Gálatas: «Pero cuando llegó el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y sujeto a la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiéramos la adopción de hijos» (Gál. 4:4-5).

El pesebre como símbolo de humildad y servicio

Cabe preguntarse por qué Dios eligió un pesebre como cuna del Salvador del mundo. La respuesta es contundente: en Dios no hay despropósito. Los dolores de parto de María no estaban fuera de los propósitos divinos. Un sencillo recipiente de alimentos para animales se convirtió en un símbolo poderoso de humildad y servicio. Con ese nacimiento modesto, Cristo modeló un liderazgo cuya base no es el poder ni el privilegio, sino el servicio sacrificial. «Así como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos» (Mt. 20:28).

Este modelo no quedó en el pesebre. Durante su ministerio, Jesús lavó los pies de sus discípulos y les dijo: «Si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros. Les he dado un ejemplo para que hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes» (Jn. 13:14-15). Y añadió: «El mayor entre ustedes deberá ser su servidor. Porque el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Mt. 23:11-12). Pablo resume esta verdad con una de las afirmaciones más generosas de toda la Escritura: «Pues ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que aunque era rico, por amor a ustedes se hizo pobre, para que ustedes mediante su pobreza llegaran a ser ricos» (2 Co. 8:9).

La encarnación no fue una acción caprichosa o aislada, sino un acto deliberado de puro amor que es el centro de la Historia de la Redención orquestada por Dios desde la eternidad pasada.

Un llamado activo a morir a uno mismo

La encarnación divina no es una narrativa pasiva que se contempla desde lejos. Es un llamado activo a seguir el ejemplo de Cristo: morir a uno mismo y abrazar la humildad y el servicio. El verdadero amor, tal como se revela en un modesto pesebre, nos impulsa a amar y servir a los demás de manera desinteresada, renunciando a nuestra comodidad en favor del prójimo. Dios es amor, y la encarnación de su Hijo debe llevarnos a reflexionar sobre el amor eterno y redentor de aquel que vivió una vida perfecta para que hoy «todo aquel que en Él crea no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Jn. 3:16). En medio de las complejidades de este tiempo, el pesebre sigue señalando el camino hacia el amor verdadero de Cristo y hacia el significado pleno de su obra en la cruz a nuestro favor.

Jenny Thompson de Logroño

Jenny Thompson de Logroño

Jenny Thompson de Logroño es esposa del pastor Reynaldo Logroño y madre de Celso, Sebastián y Reynaldo. Es licenciada en Administración de Empresas con amplia experiencia en el ámbito escolar. Miembro de la IBI desde 2007, es diaconisa, directora del Ministerio de Escuela Bíblica Dominical y parte del cuerpo de consejeros y del equipo de mujeres Ezer.

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