IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Vivimos en una época en la que exhibir la prosperidad se ha convertido en algo completamente normalizado. Las redes sociales nos exponen a un desfile constante de riquezas ajenas —automóviles, viajes, viviendas, estilos de vida— que despiertan en nosotros anhelos de poseer lo que otros tienen. Lo que resulta aún más preocupante es que este espíritu de prosperidad ha infiltrado también la iglesia: hay congregaciones y llamados «profetas» que, de manera engañosa, presentan a Dios como garante de abundancia material. Sin embargo, nada está más lejos de lo que Su Palabra realmente enseña.
Este no es un problema nuevo. Es, en realidad, una tentación tan antigua como el desierto por el que caminó Israel y tan personal como los cuarenta días que Jesús enfrentó en soledad. Comprender lo que Dios quiso enseñar a Su pueblo en aquel desierto —y cómo Cristo respondió a esa misma tentación— es indispensable para recuperar una visión correcta de lo que significa vivir abundantemente.
Jesús también fue tentado con la promesa de poseer todo cuanto el mundo podía ofrecer. No fue a través de una pantalla, sino de manera directa: Satanás se presentó ante Él durante cuarenta días y le mostró todo lo que podría obtener si tan solo se negaba a sí mismo (Mt. 4:1-11). Los reyes que lo precedieron —incluso el gran David— habían cedido ante tentaciones semejantes. Pero este Rey, el Rey de reyes, comenzó Su ministerio demostrando que los días del enemigo estaban contados.
La respuesta de Jesús fue contundente y deliberada. Al enfrentar cada tentación, recurrió a la misma verdad que Moisés había proclamado al pueblo de Israel en el desierto: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt. 4:4; Dt. 8:3). No fue una respuesta improvisada; fue la declaración de alguien que verdaderamente conocía, creía y vivía conforme a la Palabra de Su Padre. Cristo obedeció a pesar de las circunstancias y a pesar del costo.
Esta verdad nos confronta de manera directa. ¿Estamos enfocados en las verdades bíblicas que han salido de la boca del Señor? ¿O, como el pueblo judío en el desierto, nos inclinamos más hacia lo terrenal? Es una pregunta que merece honestidad, porque con frecuencia los ojos se deslumbran ante lo que el mundo ofrece, y los anhelos insatisfechos desvían la mirada hacia las cosas que se desvanecen.
El problema central no es el mundo que nos rodea, sino la mente que llevamos dentro. Una mente entenebrecida que se alimenta de contenido vacío y desecha lo que dice la Palabra (Ef. 2:3). Y sin embargo, irrumpe en la historia la frase que lo cambia todo: «Pero Dios» (Ef. 2:4). En Su perfecto plan, envió a Su Hijo para librarnos de la ira, despojarnos del pecado e instituir un nuevo pacto en el que podemos confiar en Él plenamente, sabiendo que Su amor nos da mucho más de lo que nuestra mente finita es capaz de desear o imaginar.
Deuteronomio 8:3 lo declara con claridad: lo que verdaderamente necesitamos para vivir es todo lo que procede de la boca de Dios, y eso se halla únicamente en Su Palabra. Que Dios, en Su amor, nos haya dejado Sus preceptos para que pudiéramos vivir plena y satisfactoriamente no es un dato menor: es gloria pura. A pesar de haber sido Sus enemigos, Él decidió entregarnos precisamente todo lo que sale de Su boca para transformar nuestras mentes y capacitarnos para recibir abundantemente lo que Él desea darnos.
Esto no equivale a afirmar que Dios concederá automáticamente riquezas, salud o cualquier otra petición que se le presente. Tampoco equivale a negar que Él pueda hacerlo. Lo que sí puede afirmarse con certeza es que en Jesús tenemos la garantía de que Dios nos dará lo mejor, porque Él obra siempre desde Su amor, gracia y misericordia. La vida abundante que encontramos en Cristo (Jn. 10:10) es una vida de satisfacción y contentamiento plenos en Él. Por eso el gozo que surge al creer esta verdad no es pasajero: es eterno.
No desperdicies tu tiempo buscando abundancia pasajera y falsa en cisternas rotas.
No tiene sentido gastar la vida persiguiendo lo que no puede saciar (Jer. 2:13; Jn. 4:14), cuando Aquel que es el agua viva se ha entregado a nosotros por completo.
Una vida verdaderamente abundante comienza cuando la mente es transformada a través de la Palabra de Dios. Cuando la oración genuina del corazón es «hágase Tu voluntad». Cuando se reconoce que de un Dios bueno no puede provenir nada malo. Quien vive alineado a esa voluntad puede caminar con la seguridad de que la abundancia real, de este lado del sol, consiste en conocerle, servirle y vivir para Su gloria.
Si lo que se busca es esa vida abundante, el camino es claro: conocer al Dios que se adora. Y para conocerlo, es necesario leer la Biblia, creerla, meditarla y vivirla. Como lo recuerda el autor de Hebreos: «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Heb. 12:2). Él es, en sí mismo, la mayor abundancia que existe.
Masiel Mateo es mercadóloga y especialista en marketing digital, dedicada desde 2012 a enseñar cómo usar los medios sociales con un enfoque bíblico. Actualmente sirve como coordinadora de Lifeway Mujeres y dirige una agencia de marketing y producción en Santo Domingo, República Dominicana, su país natal. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde participa en el ministerio de mujeres EZER, y cursa una Maestría en Divinidad con mención en Consejería Bíblica en el SBTS. Puedes seguirla en Instagram (@masielmateo).
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