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Viviendo para Dios como mujer soltera
Viviendo para Dios como mujer soltera

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Mujer e identidad

Viviendo para Dios como mujer soltera

Masiel Mateo 7 noviembre, 2023

Hay frases bien intencionadas que, en ciertos momentos de la vida, duelen más de lo que consuelan. «¡Vive tu soltería! ¡Disfrútala y aprovecha este tiempo al máximo! ¡Esta libertad que tienes no vuelve!» Son palabras que muchos solteros han escuchado de amigos casados, y que —aunque nacen del afecto— pueden aterrizar en un corazón herido de forma muy distinta a como fueron enviadas. La autora de este artículo lo sabe bien: por muchos años vivió la soltería como un castigo, convencida de que el matrimonio era el último escalón a la felicidad total. Lo que cambió su perspectiva no fue una relación, sino una verdad más profunda y más estable.

Esa verdad, antigua y siempre vigente, se encuentra en el primer Salmo. Y merece ser examinada con cuidado.

El Salmo 1 y la fuente del contentamiento verdadero

«¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos (...) sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche!» (Sal. 1:1-2). La palabra bienaventurado significa afortunado, dichoso. Y resulta significativo que la Escritura no describe como dichoso al casado, al que tiene hijos o al que ha alcanzado cierta etapa de la vida, sino al que se deleita en la Palabra de Dios y medita en ella continuamente.

Esta distinción es fundamental. Si la dicha dependiera del estado civil, entonces Dios habría prometido matrimonio a todos sus hijos. Pero no lo hizo. Lo que sí prometió es algo incomparablemente mayor: «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en quien no hay variación ni sombra de cambio» (Stg. 1:17). En el sacrificio perfecto de Cristo, cada creyente ha recibido todo lo que el alma necesita. Ningún anhelo insatisfecho —por legítimo que sea— puede compararse con lo que ya se ha recibido en Él.

La soltería, entonces, es un estado civil, no una identidad. Y la identidad de todo creyente —hombre o mujer, soltero o casado— no radica en su situación relacional, sino en ser hijo adoptado por gracia mediante la fe en el Señor Jesucristo (Jn. 1:12). Como hijos, la herencia prometida no es un cónyuge, sino algo eterno y reservado en los cielos (1 P. 1:4). Recordar esto con frecuencia no es un ejercicio de resignación, sino de orientación: significa anclar el corazón donde realmente se encuentra el tesoro.

De la espera ansiosa a la oración con las manos abiertas

Reconocer estas verdades no suprime el dolor de la espera, pero sí lo reencuadra. Si la tristeza o la sensación de olvido persisten, es posible que el corazón esté buscando en cisternas rotas el agua de vida que solo Cristo puede dar (Jer. 2:13). La respuesta no es la resignación pasiva, sino una oración activa, constante y orientada correctamente.

Orar en la soltería no significa elevar peticiones exclusivamente por un cónyuge. Significa llevar al trono de la gracia las ansiedades, las inseguridades y las preguntas honestas, y pedir con las manos abiertas: más pasión por la Palabra, más amor por la iglesia, mayor docilidad a la voluntad de Dios. Es en esa postura de rendición donde el contentamiento verdadero comienza a tomar forma. Pues quien ora así descubre que su Creador —el mismo que hizo los cielos y la tierra— escucha, consuela y concede «la paz que sobrepasa todo entendimiento» (Fil. 4:7).

Llevar los pensamientos cautivos a la obediencia de Cristo (2 Co. 10:5) requiere disciplina constante, porque la carne encuentra mucho más sencillo asumir que uno está olvidado o que es menos valioso por estar soltero. Pero la máxima recompensa en la vida cristiana no es una relación ni un matrimonio: es Dios mismo. Esta verdad es motivo suficiente para el agradecimiento y el contentamiento en cualquier etapa.

No hay nada que pueda pedirle a Dios que me pueda llenar o satisfacer, porque ya Él satisfizo todos los vacíos de mi corazón en la Cruz del Calvario.

La vida no empieza cuando te casas: este es el momento de Dios

Quizás la trampa más sutil en la soltería no es el dolor, sino la postergación: vivir esperando que la vida «de verdad» comience con el matrimonio. Esa mentalidad convierte el presente en una sala de espera y desperdicia lo que Dios ha dispuesto para hoy.

El Salmo 1 describe al hombre dichoso como un árbol plantado junto a corrientes de aguas, que da su fruto en su tiempo (Sal. 1:3). El árbol no espera trasplantarse para echar raíces: las echa donde está. De la misma manera, quien se deleita en la Palabra de Dios y confía en Su providencia puede florecer aquí, ahora, en esta etapa concreta de la vida. Dios no orquesta las circunstancias de Sus hijos por accidente; las ordena con propósito. Y quien lo comprende deja de vivir mirando lo que podría llegar, y comienza a habitar plenamente lo que ya es.

Así se vive para Dios en la soltería.

Masiel Mateo

Masiel Mateo

Masiel Mateo es mercadóloga y especialista en marketing digital, dedicada desde 2012 a enseñar cómo usar los medios sociales con un enfoque bíblico. Actualmente sirve como coordinadora de Lifeway Mujeres y dirige una agencia de marketing y producción en Santo Domingo, República Dominicana, su país natal. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde participa en el ministerio de mujeres EZER, y cursa una Maestría en Divinidad con mención en Consejería Bíblica en el SBTS. Puedes seguirla en Instagram (@masielmateo).

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