Integridad y Sabiduria
Sermones

Amados hasta el fin

Joan Veloz 23 julio, 2023

El amor de Dios es uno de los temas que más mencionamos los creyentes, pero quizás uno de los menos comprendidos. Muchos han pasado días, meses y años buscando sentirse amados, persiguiendo aprobación en personas o logros, sin entender que el mayor amor es ser amado por Cristo. Juan 13:1 lo expresa con claridad: "Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin". Jesús sabía que le quedaban apenas horas de vida, que sería traicionado, negado, azotado y crucificado. Conocía cada detalle de su padecimiento, y aun así vivió con gozo porque tenía los ojos puestos en algo mayor: redimir a los suyos.

Amar "hasta el fin" no es simplemente una medida de tiempo, sino de intensidad y profundidad. Es amor sin condiciones, sin barreras, sin límites. Jesús no amó en abstracto; su amor se puede palpar en cómo sirvió lavando los pies de sus discípulos, en cómo vivió cumpliendo la ley por nosotros, y en cómo murió cargando sobre sí siglos de pecado acumulado. Al ir a la cruz, no retuvo nada para sí.

La respuesta a este amor debe ser gratitud que brota en adoración, humildad que reconoce que nada hemos hecho para merecerlo, arrepentimiento genuino, amor hacia los demás y una vida de confianza. La historia de Dick Hoyt, quien empujó a su hijo paralítico en más de mil carreras porque quería que experimentara libertad, ilustra el corazón del evangelio: Dios no se cansa de nuestra discapacidad espiritual, sino que nos empuja hasta la meta porque ha decidido amarnos hasta el fin.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Mientras yo meditaba esta semana en qué compartir con ustedes, llegaba a mi mente este tema: hablar del amor de Dios por nosotros. Porque es un tema del cual hablamos mucho, pero es probable que sea uno de los menos entendidos. Y cuando yo pienso en este tema, lo pienso porque muchos de nosotros, por días, por meses, por años, hemos estado buscando el sentirnos amados. Hemos sido intencionales en buscar la aprobación y el valor en otras personas o en otras cosas. Incluso, hay muchos que han vivido sus vidas simplemente por sentir lo que es el amor. Y cuando yo pienso en este tema me doy cuenta que probablemente muchos creyentes están ahí en el día de hoy, que no han conocido que el mayor amor es sentirse amado por Cristo.

Esta semana hablaba con una persona que va a estar compitiendo por un puesto político y él me decía: "Yo salgo a las calles ahora y todo el mundo me conoce. Antes a mí nadie me conocía, ahora todo el mundo me ve en la calle y todo el mundo me ve y me dice: ¿cómo estás?" Y se le veía como este "wow" en la cara, como un gozo en la cara de que me conocen. Yo mirándolo a él y pensando en mí, decía: no hay nada como ser conocido por el Rey de reyes y Señor de señores. Y ese es el que yo sé que me ama y nos ama a ti y a mí.

Yo quiero invitarte que me acompañes al Evangelio de Juan, capítulo 13, versículo 1. Para aquellos que no lo saben, y probablemente la mayoría de los que están aquí no lo saben, este es mi versículo favorito de toda la Biblia. Y de verdad que yo le doy muchas gracias al Señor por las veces que me ha ministrado y me ha animado a través de este texto. Un solo pasaje, un sermón de un solo pasaje, la verdad es que podemos pasar mucho tiempo, semanas, años inclusive, y no agotaríamos lo que este pasaje, lo que Dios quiere enseñarnos a través de este pasaje. Bien dice el proverbio que si tomamos el mar y lo convertimos en tinta, el cielo lo convertimos en un pergamino, se acabaría el mar y se llenaría el cielo para hablar de lo que es el amor de Dios por los suyos.

Acompáñenme a Juan, capítulo 13, versículo 1. Esta es la Palabra de Dios: "Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin."

Padre, te rogamos en esta mañana que Tú puedas ministrar a tu pueblo, que Tú puedas animar a tu pueblo y que tu pueblo pueda salir de aquí entendiendo un poco más el significado de tu perfecto amor, de lo que implica que Tú has amado a los suyos y que los has amado hasta el fin. Sé con nosotros en el nombre de Jesús.

Bien, hermanos, el ministerio de Jesús se acerca a su final. Dentro de unas pocas horas él va a ser traicionado, va a ser vendido, va a ser apresado, negado, juzgado, azotado y posteriormente crucificado. Pero antes de llegar a este momento, hay algo que Dios quiere enseñarnos a ti y a mí. Y nuestro pasaje comienza en el día jueves.

Cuatro días antes de eso, cuatro días antes de ese día jueves, para nosotros o para muchos, es imposible pensar que la historia de Jesús terminaría de esa manera. Para aquellos que lo recuerdan, el día lunes Jesús entró a Jerusalén montado en un burrito. Y entró a Jerusalén y fue recibido por una multitud que lo alababa y gritaba: "¡Hosanna!" Con palmas, batían las manos diciendo: "¡Bendito el que viene en nombre del Señor!" Exaltando el nombre del Señor, porque veían en Jesús a un Salvador.

El día martes Jesús se dispone a ir al templo, y al llegar al templo ve que los hombres han convertido ese lugar en un mercado. Jesús toma un azote y comienza a voltear mesas; se limpiara el templo. Martes, miércoles y jueves, Jesús se dedica a enseñar en el templo, a proclamar el reino de Dios, a confrontar a los falsos maestros, a instruir a aquellos que se creían los instructores.

Y al acabar el día jueves, Jesús llega a este momento. Llegó la noche del jueves, y Jesús decide: "Yo quiero pasar este último tiempo con mis discípulos amados." Los convoca en el lugar que hemos llamado el aposento alto, porque era un segundo nivel, un tercer nivel de una casa, y él se reúne ahí con ellos para pasar esa última noche del jueves.

Pero es interesante que el apóstol Juan nos dice que ese no era un jueves cualquiera; ese era el jueves justo antes de celebrar la fiesta de la Pascua. Estamos a punto ahora de entrar al momento central del peregrinar de Jesús. Y Dios había entretejido su historia de una manera tan perfecta, que el día de su muerte iba a ser el mismo día donde los judíos celebraban la fiesta de la Pascua. Él iba a ser ese cordero que se sacrificaría por el perdón de los pecados.

Y si tú estás aquí en el día de hoy, o nos estás mirando en la transmisión y te preguntas: "¿Qué es la fiesta de la Pascua? ¿No es la Pascua una fiesta de conejos y huevos?" Bueno, eso es lo que han querido hacer de ella el día de hoy, pero la fiesta de la Pascua no es eso. La fiesta de la Pascua es una celebración del pueblo judío, en donde el pueblo se reunía en Jerusalén para sacrificar corderos, para así recordar la matanza de corderos que ellos realizaron en Egipto, cuando Dios envió el ángel de la muerte a acabar con todos los primogénitos de Egipto. Y Dios le dijo al pueblo: "Sacrifiquen corderos y su sangre pónganla en las puertas, de forma tal que el ángel de la muerte pase y sus vidas sean preservadas."

La fiesta de la Pascua era un recordatorio de que Dios es un libertador, de que Dios es un Salvador, y él le decía a su pueblo: "Celébrenlo para que miren atrás y recuerden la obra que yo he hecho. Recuerden que para ustedes ser salvados, un cordero inocente tuvo que ser sacrificado." La fiesta de la Pascua era un memorial de la salvación de Dios que su pueblo realizaba. Y ese cordero que iba a ser celebrado ese viernes no era otro más que Cristo, el Cordero inocente que vendría a cubrir los pecados de su pueblo.

Y ahí nos encontramos. Jesús va a morir el viernes, pero antes de llegar ahí, él tuvo la oportunidad de celebrar esta fiesta con sus discípulos amados. Una celebración que nos dice Lucas en el capítulo 22, versículo 15, que Jesús anhelaba tener. Dice Lucas en el capítulo 22, versículo 15, que Jesús dice: "Intensamente he deseado comer esta Pascua con ustedes antes de padecer." Jesús tuvo la oportunidad de celebrar este tiempo con sus amados.

Pero quizás ustedes se preguntarán: "Pero si la fiesta de la Pascua se celebraba el viernes, ¿por qué Jesús la celebró el jueves por la noche?" Y para aquellos que no lo sabían, los judíos galileos celebraban la Pascua el jueves por la noche, mientras que los judíos de Judea lo hacían el viernes. Es por esto que Jesús tiene esta oportunidad, antes de ir a la cruz, en jueves en la noche, de celebrar con sus discípulos.

Y ahí nos encontramos reunidos alrededor de la mesa. Probablemente algunos peleándose por quién iba a estar sentado al lado de Jesús, quizás otros quejándose de su día: "Mira cómo nosotros enseñando y ellos no nos escuchaban." Probablemente otros simplemente hablaban de las cosas que habían pasado, otros estaban ahí guardando silencio. Y ahí estaban ellos reunidos, momentos antes de que la historia del mundo cambiase para siempre, viviendo sus vidas sin saber lo que estaba por acontecer.

Sin embargo, Jesús sí sabía. Y el pasaje del día de hoy nos lo dice, nos dice que Jesús sabía que su hora había llegado. Él sabía que él tenía quince horas de vida. Él era consciente de que la hora de su sacrificio se acercaba. Él ahora está sentado junto a los discípulos, pero sus ojos están mirando hacia la cruz. Él sabía el dolor que él padecería. Sin embargo, él también sabía que para eso él había venido. Él sabía que eso era parte del plan que él, el Espíritu Santo y Dios Padre habían predeterminado desde antes de la fundación del mundo. El día cuando el Hijo del Hombre pisaría la cabeza de la serpiente para siempre y expondría a potestades y principados haciendo un espectáculo público de ellos, como nos dice el apóstol Pablo en la carta a los Colosenses. La hora había llegado, el momento había llegado.

Y cuando pienso en esto, yo pienso como un reloj de arena. Un reloj de arena que tiene dos cámaras, una cámara arriba de cristal, otra cámara de cristal abajo y una conexión en el medio. Cada grano de arena que cae simboliza los días, las horas, los minutos que le quedaban a Jesús antes de partir. Él era consciente de cada grano, él era consciente de cada momento. Él sabía que era el tiempo de completar su misión. Él miraba el reloj de arena y sabía: "Mi hora ha llegado, para esto he venido."

Y yo cuando pienso en esto, yo me doy cuenta que puedo tomar para mí que el amor de Jesús no fue simplemente ir a la cruz. Jesús me amó inclusive antes de ir a la cruz, porque él vivió su vida, su peregrinar en medio de nosotros, sabiendo detalle a detalle, de forma perfecta, todo cuanto iba a acontecer. Jesús sabía que ese viernes él iba a padecer en manos de los peores pecadores y va a sufrir la peor de las muertes por hombres como tú y como yo. Y honestamente yo no me imagino cómo Cristo no se quebró. Solamente porque es Dios él podía soportar vivir su vida en completa consciencia sabiendo que esto iba a acontecer.

Él era consciente de todo cuanto iba a pasar. Él sabía que uno de sus discípulos, Judas, lo traicionaría. Él sabía que la gente que un día lo aclamaba lo insultaría. Él sabía que los guardias cuando lo tenían prisionero lo escupirían. Otros lo azotarían, que sus ropas le iban a quitar. Él sabía que con corona de espinas lo coronarían. Él sabía que su mejor amigo lo abandonaría, que sus discípulos amados no estarían ahí para él. Que en una cruz terminaría, y traspasado por clavos él moriría. Él sabía que su hora había llegado.

Y es normal preguntarse: "Señor, pero ¿cómo?" Para Jesús hubiera sido justificable haber pasado sus treinta y tres años de peregrinar aquí en medio nuestro deprimido. Hubiera sido justificable pasarse esos treinta y tres años postrado, llorando, cuestionando, quejándose.

Sin embargo, esa no es la actitud que tiene Jesús. Y el autor de Hebreos nos dice la actitud de Jesús posteriormente de ir a la cruz, en el momento de estar en la cruz y previamente al estar en la cruz. Y él nos invita a nosotros a imitarle. Hebreos capítulo 12, versículo 2, dice que puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios.

Por el gozo puesto delante de él, Jesús vivió, padeció, él murió con los ojos puestos en algo mayor, en algo que traía gozo a su alma. Él vivió sabiendo que su dolor y su padecimiento le permitirían redimir y salvar a sus escogidos, a sus amados. Jesús no tenía los ojos puestos en este mundo desechable, sino que él lo tenía puesto en la gloria venidera de la cual él haría parte a aquellos que eran el objeto de su amor. Y por esa razón él estuvo dispuesto a vivir esta vida sabiendo cada detalle de su padecimiento.

Sin embargo, el camino para Cristo no fue una caída espalchada, no fue que él como Dios bloqueó el sensor y dijo: "No voy a sentir dolor". No, fue un camino pedregoso, un camino que trajo sufrimiento a su alma, un camino que le llevó en un momento a ir al Getsemaní y decir: "Padre, pasa de mí esta copa, pero que se haga tu voluntad". Él tenía dolor por lo que iba a sufrir, pero a la misma vez tenía gozo sabiendo lo que su sacrificio traería.

Es muy similar a las madres cuando están embarazadas, cuando se enteran que hay vida en su vientre. Ellas se ponen muy alegres, comienzan a hacer planes, a comprar cosas, a arreglar habitaciones. Pero conjuntamente con ese gozo vienen los dolores: comienza a doler la espalda, vienen las náuseas, los vómitos, los pies se hinchan, algunas comidas no les saben bien, algunas no quieren saber de los esposos, otras tienen que dormir sentadas porque se asfixian. Y eso sin contar el momento del parto, que según los expertos es la combinación de varios dolores al mismo tiempo: dolor de muelas, dolor de cabeza, dolor abdominal, dolor de espalda, todos juntos en un mismo momento.

Mucho dolor, mucho sufrimiento, pero ella se mantiene firme. ¿Por qué? ¿Por qué se mantiene firme y con gozo? ¿Por qué inclusive después de pasar ese dolor dice: "Yo quiero tener otro"? Y algunos dicen otro, otro y otro. ¿Por qué? Porque su corazón está enfocado en algo más grande que el dolor presente. El gozo de traer una nueva vida al mundo, el amor por su hijo, esto le da fuerza en la dificultad.

Y de la misma manera Jesús pone su mirada en la gloria futura, Jesús pone su mirada en lo que este sacrificio va a conseguir: que se redimirá a aquellos que él amó, aquellos que son suyos. Jesús sabía que su hora había llegado, pero no solamente para morir. El apóstol Juan nos dice que Jesús sabía que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre. Era el tiempo del padecer, era el tiempo del morir, pero también era el tiempo de regresar. Regresar a su gloria, a la gloria que siempre tuvo, a la gloria que en un momento cuando él está orando por nosotros en Juan 17 le pide al Padre: "Padre, devuélveme la gloria que tú y yo tuvimos". Es tiempo de regresar al Padre.

Pero él sabe que la dirección para llegar al Padre, cuando él la coloca en Waze, dice: "Dirección al Padre, bajas hacia la muerte, subes por el camino de resurrección, llegas hasta ascensión y te detienes ahí en exaltación donde vas a ser exaltado". Es el camino, y es el camino para ti y para mí también. Queremos llegar al Padre, tenemos que morir, él nos va a resucitar en un momento, ascenderemos con él y posteriormente seremos exaltados disfrutando como hijos suyos. Pero no podemos llegar al Padre sin muerte; para llegar ahí tenemos que pasar por la muerte. Jesús iba a regresar al Padre para disfrutar de la gloria que un día tuvo. Esa es la gloria que cuando vamos al capítulo 17 él ora al Padre y le dice: "Señor, devuélveme la gloria que yo tenía antes de toda la creación, la gloria que yo disfrutaba contigo". Él iba a volver al Padre.

Y ahora, aquí luego de haber dicho esto, Juan nos trae a lo que es el punto central de nuestro tiempo, lo que justifica su venida, la razón de sus padecimientos: el amor por los suyos. Dice Juan que Cristo había amado a los suyos. En el pasado, antes de conocerlos, los amó; en el proceso él los estaba amando, y posteriormente a eso él había prometido que los iba a amar hasta el fin.

El amor se vuelve el tema más común en los próximos cinco capítulos del Evangelio de Juan. Amor, amor, amor, amor, amor, amor, amor, amor. Él comienza con amor en el versículo uno, capítulo trece, y termina con amor en el capítulo 17, versículo 26. Todo para recordarle a su pueblo, recordar a los suyos lo mucho que los ama.

Pero fíjense algo importante que el apóstol Juan especifica aquí. Él dice: "Habiendo amado a los suyos, habiendo amado a los suyos". El teólogo inglés John Owen escribió una vez: "Cristo estima más que el mundo entero, más que el mundo completo, Cristo estima al creyente más malo, al más débil y al más pobre de la tierra". ¿Por qué? Porque el creyente es suyo. Y los suyos son el objeto de su amor, y a los suyos él amará hasta el fin.

Ahora hermanos, cuando nos venimos a la Palabra, leemos esto y decimos: "El Señor nos ama, a los suyos ama, los amó hasta el fin". Cuando lo leemos suena muy bonito, pero ¿lo entendemos? ¿Tú sabes las implicaciones que tiene que Jesús te ame hasta el fin? ¿Tú has interiorizado esa verdad de que él te ama hasta el fin? ¿Tú entiendes lo que significa hasta el fin?

James Hastings, quien fue un ministro escocés, en su comentario de exposiciones del Evangelio de Juan tiene para mí la mejor definición de lo que esto significa. Y yo quiero pedirte que tú escuches palabra por palabra de lo que él dice que significa "hasta el fin", porque de esa manera es que Cristo te ama.

Él dice: "Hasta el fin, esta es la medida del amor del Salvador. Y la frase no significa solamente mientras vivió, sino también en el grado más alto, hasta lo sumo. No es simplemente una medida de tiempo, sino una medida de calidad y la pasión del amor. No es solamente hasta el final de su vida, sino hasta el final del amor, hasta los límites de un amor sin límites. No hay condiciones, ni barreras, ni límites. Coloca el extremo donde quieras o como quieras. Dibuja la circunferencia tan ancha como puedas. Él lo llena todo con su amor. Él amó hasta el fin: hasta el fin de su vida, el fin de nuestra vida, el fin del mundo, el fin del tiempo. Más que esto, hasta el fin de una cosa sin fin, hasta el límite extremo de lo ilimitado, el fin mismo del amor mismo".

Eso significa que nos amó hasta el fin. Y el apóstol Pablo quería que nosotros entendiéramos eso. Y cuando él escribe a los efesios en el capítulo 3, en el versículo 17, él decía: "Amados, yo estoy orando por ustedes". Miren cómo lo dice: "También ruego que, arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces..." Él pide para que podamos entender y tengan la capacidad de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura, la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios.

El apóstol Pablo quería que nosotros entendiéramos esta verdad, que entendiéramos qué implica que somos el objeto de su amor, que somos sus amados. El amor de Cristo por nosotros es un amor inquebrantable, un amor que no tiene grietas. Si él comenzó a amar, él va a amar hasta el fin. Y no importa dónde tú estés hoy, no importa lo que tú estés viviendo hoy, él te ama. Hay momentos que quizás tú no lo puedes sentir, no lo puedes ver, están pasando cosas en tu vida, pero él te ama y te amará hasta el fin.

A. W. Pink, en un comentario que él tiene sobre Juan capítulo 13, dice que él nos ame hasta el fin significa que él nos ama hasta el fin de nuestros fracasos, él nos ama hasta el fin de nuestras rebeliones, él nos ama hasta el fin de nuestra indignidad, él nos ama hasta el fin de nuestra más profunda necesidad.

Hermanos, Jesús no nos amó en abstracto. Su amor no es algo que está solamente en el pensamiento, un ideal. En la muerte de Jesús es algo que podemos palpar, es algo que podemos sentir, es algo que podemos tocar. Incluso, no sé si habías fijado, pero este pasaje que estamos estudiando en el día de hoy es la introducción al momento donde Jesús lava los pies de sus discípulos. Jesús amó a sus discípulos y les amó sirviéndoles, les amó sirviéndoles, de forma tal que ellos no pudieran decir mientras él estuvo con ellos: "Tú amaste de palabras y no de obras".

Y yo imagino ese momento, y hacemos un paréntesis aquí. Yo imagino ese momento: ellos llegaron al aposento alto, probablemente se sentaron corriendo, estaban sudados, probablemente con los pies llenos de lodo, algunos sintiéndose que ellos se habían ganado el cielo por el obrar con Cristo, por la forma como habían administrado, por la autoridad, como en un momento compartieron la palabra. Ellos están ahí sentados, inclusive peleándose entre sí para saber cuál va a ser el que va a sentarse a la derecha o a la izquierda del Padre cuando Cristo esté en gloria. Están ahí creyendo que son superiores.

Y ahí, en ese estado, probablemente —digo probable porque no lo sabemos— ellos decían: "No voy a hacer la obra de un siervo, bajar, desabrochar las sandalias y lavar los pies. Yo no me convertiré en siervo de ninguno, yo no puedo estar por debajo de ninguno". Probablemente ese fue el pensamiento que ellos tuvieron. Pero, ¿quién lo hizo? Cristo. Como él les amó, él toma la vasija, toma la toalla y les lava los pies. Jesús les amó, y es un amor santo, un amor que no podía permitir que lo impuro en sus pies estuviera con ellos.

Jesús les amó sirviéndoles, ahí de manera palpable, pero también les amó de una manera que hemos hablado: les amó viviendo, les amó viviendo, cumpliendo toda la ley de Dios por ellos, para que cuando ellos fueran a la presencia de Dios Padre pudieran ser galardonados con la justicia de Cristo. Pero también les amó muriendo por ellos, pero no muriendo cualquier muerte.

De hecho, muchas veces nosotros miramos a la cruz y pensamos que Jesús murió en la cruz por mí, y lo dejamos ahí. Pero no sabemos lo que esa muerte significó a nivel de dolor para él, no lo sabemos. Dane Ortlund, en su libro "Manso y humilde", él tiene una porción larga de lo que él entiende que fue el sacrificio de Cristo en la cruz, sus implicaciones. Y yo voy a tomarme el tiempo para leerlo, porque honestamente yo traté de resumirlo, pero si le quitaba algo, le quitaba mucho significado a lo que fue su sacrificio y a lo que significó que él te amó a ti y a mí.

Esto es lo que él dice. Esto es una especulación: sin embargo, no creo que haya sido el sufrimiento físico lo que mató a Cristo. ¿Qué es la tortura física en comparación con el peso total de siglos de ira acumulada sobre sí? Esa montaña de horrores acumulados, ¿cómo mantuvo Jesús incluso la cordura al absorber el castigo total de cada pensamiento? En la cruz, Cristo pagó por cada pensamiento pecaminoso que tú y yo hayamos tenido. ¿Cómo pudo absorber el castigo total de cada pensamiento y acto lujurioso proveniente del corazón del pueblo de Dios? Y esto solamente para mencionar un pecado. Quizás fue la desolación lo que finalmente lo llevó a la muerte. Si su rostro sangró al pensar en el abandono de Dios cuando estaba en Getsemaní, ¿cómo habría sido vivirlo? ¿No habrá sido la pérdida del amor de Dios en su corazón, y no la falta del suministro de oxígeno en sus pulmones, lo que lo mató? ¿Quién podría mantener la estabilidad mental al sufrir lo que el pueblo de Dios merecía, el castigo de todos sobre él?

Si bien podemos creer que nuestro Señor, aunque murió en la cruz, no murió por la cruz. Jesús murió por un corazón roto. El gran amor en el corazón del universo estaba siendo rasgado en dos. La luz del mundo se estaba apagando. Y al desahogar esa ira justa, Dios no estaba golpeando a un árbol moralmente neutral. Él estaba hiriendo al amoroso; la belleza y la bondad estaban siendo desfiguradas. Como dice Isaías, él fue azotado y herido de Dios, abatido por nosotros. Hizo esto para que los feos e impíos pudiéramos recibir belleza, paz y perdón. Nuestro cielo a través de su infierno; nuestra entrada en el amor a través de su pérdida.

Esto era lo que significaba amarlos hasta el fin: pasar por el horror de la cruz y beber el torrente de inmundicia, los siglos y siglos de pecado, recibir todo lo que es repugnante incluso ante nuestros ojos. Pero, ¿por qué aceptó pasar por esto? ¿Por qué sufrió la condenación, el horror de ese tormento infernal, cuando era la única persona que no lo merecía? Porque el pasaje de hoy lo dice: porque los amó hasta el fin, porque los amó hasta el fin. Al ir a la cruz, Jesús no retuvo nada para sí; todo cuanto tenía lo dio por amor a los suyos.

Y la pregunta para ti y para mí en el día de hoy, al poder entender un milímetro, al poder ver limitadamente lo que implicó que tú y yo seamos el objeto de su amor, la pregunta para nosotros hoy es: ¿cómo vamos a reaccionar a eso? ¿Cómo mi vida debe mostrar que yo soy el objeto de su amor? ¿Cómo yo voy a salir por esas puertas hoy, a la vez que he sido instruido que el amor del que yo canto, el amor que a mí me hace levantar las manos, es un amor que se ha prometido dárseme hasta el fin de los finales? ¿Cómo vamos a responder? ¿Qué evidencia habrá en nuestra vida?

Lo primero, hermano, que debe haber en nuestra vida es gratitud. Al tú reconocer esto que hemos hablado, lo que debe brotar de ti es adoración a nuestro Dios. Es poder venir delante de él y decirle: Señor, gracias. Pero no solamente de palabras, sino con una vida que muestre tu agradecimiento a él. La gratitud debería ser una respuesta natural, por agradecimiento a lo que él ha hecho por mí. Eso es lo que debe salirme por los poros. Cuando yo entiendo realmente que yo merezco ser condenado, yo merezco recibir la ira de Dios, sí, pero él se interpuso en el medio y cargó sobre sus hombros esa ira, sí, ¿qué voy a hacer? Gracias. ¿Qué voy a hacer? Alabar su nombre. ¿Qué voy a hacer? Proclamar su grandeza donde quiera que llegue, contar de sus maravillas en el trabajo, en mi hogar, en mi vecindario. La gente tiene que saber que yo soy salvo, que yo soy un amado, que Cristo me amó.

Pero muchas veces, hermanos, los creyentes, más que gratitud, hay queja. Más que gratitud hay queja. Hay cuestionamientos a Dios. Pero si yo sé hoy que Dios me ama, que él es bueno y que él es soberano, todo cuanto tengo o no tengo es fruto de su amor por mí. ¿Y qué va a traer eso en mí? Agradecimiento y adoración.

En segundo lugar, cuando yo sé que yo soy el objeto de su amor, en mi corazón debe haber una actitud humilde. Como creyentes, yo debería ser la persona más humilde que pueda ser. ¿Por qué? Porque yo he reconocido que yo no he hecho nada para ser amado. Porque él me ha amado por pura gracia. ¿Quién soy yo? ¿Quién eres tú para que el Rey de reyes y Señor de señores, el Creador de los cielos y la tierra, te ame? ¿Quiénes somos? ¿Qué hemos hecho? Muchas veces vivimos pensando que nos merecemos todo, cuando realmente no hemos hecho nada.

El pastor Lloma Carter, hablando de este tema, dice: toda la gracia y su recordatorio a ti y a mí, toda la gracia, toda la misericordia, todas las bendiciones sin límites, todos los dones, todos los regalos abundantes que son derramados para siempre en aquellos que le pertenecen, son el producto de su amor infinito. Hermano, lo único que nosotros hemos puesto en este proceso de salvación, este plan de salvación, es una cosa: nuestro pecado. Él se ha encargado de hacer todo lo demás, por lo cual él quiere que los suyos vayan humildemente delante de él.

En tercer lugar, debe haber en mí una actitud de rendición y arrepentimiento. Yo debo todos los días tener una actitud de postrarme delante de Dios, de rendir mis planes, mis sueños, mis proyectos, todo rendirlo por completo a él, ponerlo a sus pies. Yo tengo que tener una conciencia real de que por cada pecado que yo cometí, sangre y dolor se pagó. Y tiene que entrar en mí una conciencia de arrepentimiento total, de tener una vida de arrepentimiento.

Cuando yo sé que yo soy el objeto de su amor, yo no puedo simplemente tener momentos de arrepentimiento. Yo debo tener una vida de arrepentimiento, donde yo vengo delante de Dios: Señor, perdóname. Tú no eres digno de que yo peque contra ti de palabra, de hecho, de pensamiento. No, no eres digno, porque tú me amaste demasiado y tu amor no lo merece. ¿Cuántos hijos se asustan y se les abren los ojos cuando alguien les dice: "se lo voy a decir a tu papá"? ¿Por qué? Porque ellos aman a su padre, no quieren deshonrarlo. De la misma manera, en nosotros tiene que haber ese dolor por nuestro pecado. Es ese sentimiento que nos pesa cuando sabemos que le fallamos. Yo tengo que tener una vida de arrepentimiento y rendición.

Yo tengo que tener una vida como la del apóstol Pablo. Él les manda a los gálatas en Gálatas 2:19-20. Él dice, con Cristo... es su actitud de vida. Él dice: con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí. Y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. Como él me ama, yo quiero vivir por él. Como él me ama, yo quiero vivir de una manera que traiga gloria a él.

En cuarto lugar, cuando yo entiendo que yo soy un objeto de su amor, yo vivo amando a los suyos. Yo busco intensamente dar a otros de lo que yo he recibido. Incluso es el segundo mandamiento: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Hermano, ¡cuánto fallamos nosotros! Nosotros muchas veces pensamos que somos dignos de recibir el ser objeto del amor de Dios, de que Dios nos ame, de que Dios nos perdone. Pero si mi hermano peca contra mí, él no es digno de que yo lo perdone, él no es digno de mi amor. Incluso muchas veces nos justificamos y decimos: sí, yo lo amo, pero yo ahora me estoy cuidando, yo tengo que cuidarme, yo lo amo pero de lejos. Bueno, ya se me salió. Hasta ahí llegó el amor. Pero ese no es el mandato que tenemos de Cristo. Ese no es el ejemplo que tenemos de Cristo, que habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin. Al que le negó, al que le abandonó. A ti y a mí, que seguimos pecando contra él.

Y finalmente, y esto es una lista resumida de actitudes, de evidencias que muestran que nosotros somos objeto de su amor, porque serían incontables las cosas que debemos hacer, pero el yo reconocer que soy objeto de su amor debe hacerme vivir confiado y confiable. Cuando yo reconozco que él me ama, yo vivo con esperanza. Yo puedo mantenerme de pie en medio de la adversidad, en medio de cada tribulación. Saber que él me ama me da confianza para yo, independientemente de la situación en la que me encuentre, poder decir: yo estoy seguro, porque el que está conmigo es más grande que todo el mundo. No importa quién se levante en mi contra, no importa lo que me venga, yo puedo estar seguro porque yo he conocido al que está conmigo y está por mí.

Es por eso que el apóstol Pablo, cuando él escribe a los romanos en Romanos 8:38, él dice: yo estoy seguro, yo estoy persuadido, yo estoy convencido —en buen dominicano, yo estoy claro— de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. Yo estoy convencido de eso. Nada me puede separar del amor de Dios, nada. Ni yo mismo, ni yo mismo puedo separarme de su amor. Y hermanos, mientras más nos acercamos a Dios, más confiados podemos vivir.

El apóstol Juan, cuando escribe su carta, dice en 1 Juan 4:18 que el perfecto amor de Dios echa fuera todo temor. Pero si tú vas a caminar cerca de Él, yo tengo que conocerle. El pastor Miguel nos contaba una ilustración la semana pasada, y yo dije: "Bueno, esta ilustración es perfecta para yo poder mostrar este punto."

Esto es muy similar a un niño que le entra a una piscina con salvavidas. Está en la orilla y está en la orilla, empieza a llorar en la orilla. Él está tapando pie, él tiene salvavidas, pero la está llorando. Su papá está en la parte más honda de la piscina y comienza a llamarle: "¡Ven, ven, ven, ven, ven!" Él empieza a nadar a donde su papá, pero mientras va nadando, va llorando, llorando y llorando, hasta que él empieza a acercarse a su papá, el llanto se acaba y una sonrisa sale en su rostro. ¿Por qué? Porque él está junto a aquel que le da seguridad, él está junto a aquel que le ama, y él sabe que ese que le ama no dejará que se hunda.

De la misma manera, hermanos, Dios quiere que estemos cerca de Él, que andemos confiados en Él. Muchos de nosotros hemos querido estar nadando solos, queremos andar como llaneros solitarios, y aunque decimos: "Yo sé que Dios me ama, yo sé que yo soy el objeto de su amor," en la práctica evidenciamos que no le creemos. Decimos: "Señor, yo sé que Tú me amas," pero en la práctica yo muestro que no le he creído.

Y yo quiero decirte esta mañana, hermano: tu Dios te ama, tú eres su amado, tú eres la niña de sus ojos. Él padeció, vivió, murió por ti porque te ama. ¿Qué más tiene que hacer Él para mostrarte su amor? ¿Qué más tiene que hacer Él para recordarnos que Él nos lo ha dado todo? ¿Qué más, cumplir algunos deseos que tenemos? Nosotros como padres no hacemos eso con nuestros hijos. ¿Qué Él tiene que hacer? Él ya ha hecho todo para que tú y yo entendamos que Él nos ama.

Y si tú estás aquí en el día de hoy y tú no puedes sentir que Él te ama, yo quiero decirte que aunque tú no lo sientas, Él te ama. Aunque tú tengas sueños y anhelos no alcanzados, Él te ama. Aunque condiciones económicas difíciles hayan venido a tu vida, Él te ama. Aunque enfermedad ha tocado a tu puerta, Él te ama. Aunque la muerte o quizás el abandono estén en tu vida, yo quiero recordarte: Él te ama y te amará hasta el fin. Te amará hasta el fin.

Permítanme cerrar con una historia, una historia que quizás alguno ya ha escuchado, pero que pudiéramos utilizarla para ilustrar lo que hemos querido traer en el día de hoy. En el año 1962, Dick y Judy Hoyt recibieron en sus brazos a su hijo Rick, quien nació con una parálisis cerebral debido a complicaciones durante el parto. Rick había nacido con el cordón umbilical en su cuello, lo cual le afectó el nivel de oxígeno en su cerebro. Los médicos les dijeron a los Hoyt que su hijo sería un vegetal y que lo mejor sería internarlo en alguna institución y olvidarse de él. Sin embargo, Dick y su esposa Judy decidieron desafiar las expectativas y brindarle a Rick la mejor vida posible.

A medida que Rick crecía, sus padres notaron su inteligencia y su deseo por las actividades físicas, aunque debido a su condición para él era imposible poder realizar cualquier actividad física. A los 11 años, Rick le expresó a su padre su deseo de participar en una carrera benéfica para ayudar a un compañero que había sufrido una parálisis por un accidente. La carrera era de 5 millas. Aunque Dick, su padre, no era corredor, decidió empujar a Rick en una silla de ruedas para cumplir su deseo. Al terminar la carrera, Rick le dijo a su padre: "Papá, cuando corremos siento que mi discapacidad desaparece. Siento que puedo volar, que soy libre."

Esta primera experiencia en carrera fue transformadora para Dick y para Rick. A partir de ese momento, Dick decidió entrenar fuertemente para poder empujar a su hijo carrera tras carrera. Se convirtieron en un equipo inseparable, se convirtieron en el Team Hoyt y participaron en más de mil cien carreras, incluyendo maratones, triatlones, e incluso el Ironman. Cuando corrieron el maratón de Boston, les exigieron que debían clasificar con el tiempo de atletas que eran 20 años menores. Corrieron ese maratón 32 veces.

Rick murió en mayo de este año, y antes de morir él decía: "Anhelo llegar al cielo para poder abrazar a mi papá, para darle las gracias por empujarme siempre hasta la meta, por no rendirse conmigo, por cada sudor, por cada lágrima. Darle las gracias por permitirme volar y haberme permitido disfrutar de tantas victorias. Darle las gracias por haberme amado hasta el fin."

Hermanos, de la misma manera, yo anhelo llegar al cielo para abrazar a Cristo, para darle las gracias por haberme empujado, por no haberse rendido conmigo, por haberme amado de la manera tan profunda como lo ha hecho. Dick Hoyt no se cansó con la discapacidad de su hijo. De la misma manera, Dios no se cansa de la discapacidad espiritual de su iglesia. Él ha decidido empujarnos hasta la meta, y llegaremos a la meta seguros porque Él nos hará llegar a la meta, porque Él ha decidido amarnos hasta el fin.

Padre, gracias. Gracias, Señor, porque podemos poder ver un tantito, poquito de lo que significa que somos el objeto de tu amor. Yo quiero rogarte, Dios, que en el nombre de Jesús, aquel que nos amó, nosotros podamos vivir vidas congruentes a lo que Tú has hecho por nosotros. Padre, que al ver este ejemplo de este padre que no se cansó con su hijo, un padre terrenal pecador, podamos vivir en gozo, en paz, en confianza, viviendo con esperanza, sabiendo que el Dios eterno, el inmortal, de la misma manera nos seguirá empujando hasta que lleguemos a tu presencia, donde proclamaremos a una voz que Tú eres digno, que Tú eres bueno, que Tú eres grande, que la salvación pertenece a nuestro Dios, que toda la majestad es tuya. Gracias por tu amor eterno y gracias por permitirnos escuchar tu verdad. En el nombre de Jesús, amén.

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.