IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Una obediencia parcial es, ante los ojos de Dios, una desobediencia completa. No hay medias tintas con él: o se obedece o no se obedece. Esta verdad queda expuesta con claridad en la historia de Saúl en 1 Samuel 15, cuando Dios le ordena destruir por completo a los amalecitas —pueblo violento que había atacado a Israel en su momento de mayor vulnerabilidad— y Saúl decide cumplir solo parcialmente, perdonando la vida del rey Agag y conservando lo mejor del ganado.
Cuando Samuel lo confronta, Saúl se justifica de dos maneras: culpa al pueblo y disfraza su desobediencia con motivaciones espirituales, alegando que el ganado se guardó para ofrecer sacrificios a Dios. Pero de Dios nadie se burla. Esta tendencia a maquillar el pecado con palabras piadosas sigue presente hoy: el que hace negocios turbios "para proveer a su familia y diezmar", el que no perdona "para cuidar su corazón de gente tóxica", el que deja de congregarse "para orar más en casa". El pecado engendra pecado, y mientras más intentamos limpiarnos solos, más nos embarramos.
La respuesta de Samuel es contundente: obedecer es mejor que sacrificar. Dios no necesita nuestras buenas obras ni nuestros actos religiosos; busca corazones que se rindan a su voluntad. La obediencia no es una carga, sino la respuesta natural de quien ha sido amado primero. Y aunque en Cristo hay perdón cuando fallamos, la gracia nunca es licencia para pecar. Cada desobediencia, por pequeña que parezca, es una afrenta a la soberanía de Dios y trae consecuencias que pueden costarnos lo que más valoramos.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Muy bien, mis hermanos. No sé cómo los demás hermanos lo perciben, pero yo he podido ver a Dios hablando de manera muy particular en estas últimas semanas a nuestra iglesia a través del pastor Miguel. Yo particularmente he sentido cómo Dios ha tomado al pastor Miguel en sus manos y ha hablado a través de él, enseñándonos verdades profundas que necesitamos entender. La semana pasada, Dios habló a nuestra iglesia y nos recordó que la obediencia es importante. Vivir una vida de sometimiento a nuestro Dios es vital.
El pastor Miguel decía, y quiero citar algo que él decía: "Si Cristo es tu Señor, entonces todas las áreas de tu vida deben estar sometidas a su obediencia, ya que una persona verdaderamente salva, un verdadero creyente, es un discípulo de Cristo, y un discípulo de Cristo se conoce por su obediencia." Lo que yo quisiera hacer con ustedes en el día de hoy es tomar este concepto de la obediencia que el pastor Miguel nos compartió la semana pasada y darle un doble clic, ampliarlo un poco, y profundizar un poco más sobre esto.
Para hacer eso, yo quiero tomar una historia que encontramos en el primer libro de Samuel, donde el Señor nos muestra cuál es la obediencia que Él demanda. Y ese es el título de mi mensaje: "La obediencia que el Señor demanda." Por favor, acompáñame al primer libro de Samuel, capítulo 15, estaremos leyendo del versículo 13 al versículo 23.
Parece importante que nosotros podamos entender el contexto antes de leer el pasaje, para una mejor comprensión de lo que vamos a estar exponiendo. Como muchos de ustedes saben, cuando el pueblo de Israel entró a la tierra prometida, ellos empezaron a pedirle a Dios insistentemente: "Danos un rey, Señor, queremos un rey." Y Dios decía: "Pero yo soy su Rey." No, no, no, ellos querían un rey al que pudieran ver, uno que fuera adelante en batalla, uno que los defendiera. Fueron muy insistentes en esto. Y Dios les dice: "¿Ustedes quieren un rey? Está bien, yo les voy a dar un rey." Y Él unge a Saúl como rey sobre Israel.
Saúl es designado como un rey con un propósito: servir al pueblo del Señor. Al mismo tiempo, es un rey para ser siervo del Señor, por lo cual Saúl estaba a disposición de todo cuanto Dios dispusiera para él. Pasados unos años, Dios llama a Saúl y le dice: "Saúl, tengo una misión para ti." Una misión clara, una misión que no admite interpretaciones, una misión que él debía cumplir.
¿Cuál es la misión? La vemos en 1 Samuel 15:2-3. Dios le dice a Saúl: "Ve ahora y ataca a Amalek, y destruye por completo todo lo que tiene. Esta es la misión: destruye por completo todo lo que tiene. Y no te apiades de él; antes bien, da muerte tanto a hombres como a mujeres, a niños de pecho, a bueyes como a ovejas, a camellos como a asnos." La destrucción es clara: "Saúl, yo quiero que tú extermines a los amalecitas."
Algo que nos preguntaríamos es: ¿por qué Dios está siendo tan riguroso con esta gente, llegando incluso a mandar matar a los niños de pecho? Sin embargo, para poder entender esto, nosotros debemos ir un poco más atrás, al libro del Éxodo, y ver un poquito cómo era esta gente. Los amalecitas eran considerados una tribu despreciada, vil, violenta, malvada; un grupo de hombres y mujeres que persiguieron al pueblo de Dios y que se opusieron a los planes de Dios. Al punto de que en el momento de mayor vulnerabilidad del pueblo de Israel, cuando habían pasado el mar, cuando el faraón los perseguía, cuando encontraron un momento de descanso, en medio de la debilidad, en los momentos donde estaban más desprotegidos, los amalecitas atacaron al pueblo de Dios. Era un grupo vil y despiadado.
Y el Señor había prometido en Éxodo 17:14: "Yo borraré por completo la memoria de Amalek de debajo del cielo." Él había prometido esto: "Yo los voy a eliminar." Y después de unos años de permitirles que subsistieran, Dios determinó: "Este es el momento. Ahora voy a eliminar a los amalecitas, y lo haré a través de mi siervo Saúl." Él llama a Saúl y le dice: "Saúl, haz lo que te mando. Ve y destrúyelos a todos."
¿Qué hace Saúl? Saúl toma un grupo de alrededor de 200.000 hombres y sale a batallar contra Amalek. Sin embargo, el concepto de "todos" Saúl no lo tenía muy claro. El relato bíblico nos cuenta que él permitió que el rey Agag, rey de los amalecitas, sobreviviera, y también preservó lo mejor del ganado de los amalecitas. Posterior a esto, posterior a permitir que el rey viviera y que el ganado fuera preservado, es que nos encontramos el relato que queremos compartir en el día de hoy.
Así que, por favor, ahora con ese contexto, acompáñame a 1 Samuel 15:13 en adelante. Esta es la Palabra de Dios:
"Entonces Samuel vino a Saúl, y Saúl le dijo: 'Bendito seas del Señor; he cumplido el mandamiento del Señor.' Pero Samuel dijo: '¿Qué es, entonces, este balido de ovejas en mis oídos y el mugido de bueyes que yo oigo?' Y Saúl respondió: 'Los han traído de los amalecitas, porque el pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de los bueyes para sacrificar al Señor tu Dios, pero lo demás lo destruimos por completo.' Dijo entonces Samuel a Saúl: 'Espera, déjame declararte lo que el Señor me dijo anoche.' Y él le dijo: 'Habla.' Y Samuel dijo: '¿No es verdad que aunque eras pequeño a tus propios ojos, fuiste nombrado jefe de las tribus de Israel, y el Señor te ungió rey sobre Israel? Y el Señor te envió en una misión y te dijo: Ve y destruye por completo a los pecadores, a los amalecitas, y combátelos hasta que los hayas exterminado. ¿Por qué, pues, no obedeciste la voz del Señor, sino que te lanzaste sobre el botín e hiciste lo malo ante los ojos del Señor?' Entonces Saúl dijo a Samuel: 'Yo obedecí la voz del Señor, y fui en la misión a la cual el Señor me envió, y he traído a Agag, rey de Amalek, y he destruido por completo a los amalecitas. Pero el pueblo tomó del botín ovejas y bueyes, lo mejor de las cosas dedicadas al anatema, para ofrecer sacrificio al Señor tu Dios en Gilgal.' Y Samuel dijo: '¿Se complace el Señor tanto en holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? Entiende que el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención, que la grasa de los carneros. Porque la rebelión es como el pecado de adivinación, y la desobediencia es como la iniquidad e idolatría. Por cuanto tú has desechado la palabra del Señor, Él también te ha desechado como rey.'"
Señor, yo te pido que uses tu Palabra, que nosotros podamos entender el llamado que nos haces al obedecer. En el nombre de Jesús, amén.
Hermanos, cuando leemos este texto nos damos cuenta de que estas son palabras duras que Samuel le estaba trayendo a Saúl. Sin embargo, al escucharlas, Saúl pensó que él podía negociar con Dios. Para Saúl, una obediencia parcial estaba bien. Pero para Dios no es así: para Dios, una obediencia parcial es igual a una desobediencia completa. O eres o no eres, o haces o no haces, pero para Dios no hay medias tintas. Y Samuel quería que Saúl entendiera esto, y Dios quiere que tú y yo entendamos esto.
A la luz de lo que hemos visto en este pasaje, lo primero que debemos observar es cómo Dios revela la desobediencia de Saúl y cómo Saúl lo que hace es justificarse. En el versículo 10, un versículo que no leímos, nos encontramos con que Dios le habla a Samuel y le dice: "Samuel, me pesa haber hecho rey a Saúl, porque él se ha apartado de mis mandamientos. Ve y declárале mi voluntad." Y Samuel obedece al Señor y desciende a la región donde estaba Saúl.
Y Saúl, al verlo, ¿qué hace? Como decimos aquí, él se pone adelante. Cuando Saúl ve a Samuel, lo primero que hace es ponerse adelante y decir: "Bendito seas del Señor, he cumplido el mandamiento del Señor." Él se presenta. Antes de que Samuel diga cualquier cosa: "Yo obedecí al Señor." Sin embargo, el mandamiento era claro: "Destrúyelos a todos; que no quede nada ni nadie, todos." Para Saúl, es probable que haber hecho el 95% de la tarea fuera considerado un trabajo completo, pero para Dios no lo es.
Luego de esto, Samuel comienza a hablar y a hacerle preguntas a Saúl, de forma tal que pueda entender lo que había hecho. Y vemos cómo en el versículo 14 Samuel le dice: "¿Qué es, entonces, este balido de ovejas en mis oídos y el mugido de bueyes que oigo?" Yo me imagino la cara de Saúl: "Me descubrieron. Ya Samuel sabe que trajimos las ovejas de los amalecitas. ¿Qué voy a responder? ¿Cuál es la mejor forma de justificar esto?"
Y nosotros vemos aquí que en su justificación, Saúl comete dos grandes males, dos graves errores. El primero es que culpa a otros, y el segundo es que trata de santificar su desobediencia. Versículo 15: "Y Saúl respondió: 'Los han traído de los amalecitas, porque el pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de los bueyes para sacrificar al Señor tu Dios, pero lo demás lo destruimos por completo.'" Saúl le dice: "Samuel, yo cumplí el mandamiento del Señor, pero ellos perdonaron lo mejor del ganado."
Aquí Saúl vuelve a Génesis 3. ¿Qué fue lo que hizo Adán cuando Dios lo confrontó? Acusar a Eva: "La mujer que tú me diste me dio de comer." Culpar a otros. Esto es lo que hace Saúl. Pero a Saúl se le olvidó que de Dios nadie se burla. A Saúl se le olvidó que Dios sabe que él era rey sobre Israel, y como rey tenía una autoridad suprema sobre su pueblo, por lo cual cuando Saúl hablaba, el pueblo obedecía. Nosotros vemos unos versículos antes, en el capítulo 14, versículos 24 al 45, que se nos relata que en un momento Saúl le dice al pueblo: "Tengo un edicto para ustedes: no van a comer ni beber nada hasta que yo no elimine a mis enemigos." ¿Y sabe usted qué hizo el pueblo de Israel? No comió ni bebió nada hasta que Saúl eliminara a sus enemigos. Por lo cual, esta excusa de decir "el pueblo lo trajo" no es más que eso: una simple excusa.
Como decía el evangelista Billy Sunday, las excusas son la piel de la razón, rellena de mentiras. Podemos excusarnos, pero al final lo que hay detrás son mentiras que buscan encubrir mi falta. Él culpa al pueblo, pero también hace algo que es peligroso: justifica su pecado santificando la desobediencia, buscando presentar una motivación piadosa —entre comillas— de por qué se perdonaron las ovejas y los bueyes. Se perdonaron para sacrificar al Señor tu Dios.
Lo que va a quedar claramente de manifiesto, cuando es confrontado, es que Saúl maquilla la desobediencia con una motivación espiritual: "Señor, esto es para ti. Esto es para la gloria de tu nombre. Esto es para que tú seas exaltado." Y como yo decía, hermanos, no hay nada más peligroso que tratar de usar a Dios para excusar nuestra desobediencia. Es algo que vemos que Saúl hace aquí, pero también es algo que tú y yo hemos hecho en algún momento.
Tratamos de maquillar lo que queremos hacer con palabras espirituales que nos hacen sentir que está bien. Algunos nos han comentado en consejería: "Pastor, yo empecé ese negocio, pero para poder hacer este negocio lucrativo tengo que hacer algunas cosas por atrás. Pero con un propósito, pastor: para yo poder ser fiel al mandato de Dios de ser proveedor de mi familia. Tengo que proveer para mi familia y también, pastor, tengo que apoyar a la iglesia a diezmar. Por esa razón yo…" Y hay cierto número que lo maquilla.
Vemos a otras personas que se acercan y dicen: "Yo tengo que perdonar a Fulano, pero al final Dios dice que nosotros tenemos que cuidar nuestro corazón. Tenemos que alejarnos de la gente tóxica —para usar la palabra que está hoy muy en boca—. Yo tengo que alejarme de la gente tóxica y guardar mi corazón para Él, para estar puro para Él, para que Él me use." Algunos que están viendo la transmisión dicen: "Bueno, yo no me estoy congregando, pero yo estoy bien con Dios. Inclusive, el tiempo que tomaría en llegar de mi casa a la iglesia lo tomo para orar, para profundizar en Su Palabra. Que yo no me esté congregando no quiere decir que esté mal con Dios, no. Estoy por una motivación mejor aún."
Hemos visto otros también que se acercan y nos dicen: "Mira, pastor, yo empecé a salir con este muchacho. Yo sé que él no es creyente, pero yo sé que Dios me va a usar para que él conozca a Cristo. Yo puedo ser el instrumento en Sus manos para que haya salvación." Maquillamos la desobediencia con cosas espirituales. Incluso algunos que dicen: "Mira, pastor, yo voy a ciertas actividades, reuniones, y estoy en ciertos grupos de WhatsApp. Yo no me puedo salir de ahí porque yo soy el único faro de luz que tiene ese grupo. Las cosas que mandan ahí son inmorales de manera radical, pero yo digo: no, yo tengo que estar ahí, porque si yo no les predico, ¿quién les predica?" Tratamos de justificar nuestro pecado con motivaciones espirituales.
Tanto así, hermanos —y si ustedes probablemente no me creen esto— yo hace unos años vi a un hermano de nuestra iglesia que estaba apartado del Señor. Yo lo amo, y le digo: "Hermano, yo te veo en las fotos entregado a las cosas del mundo." Y él me dice: "No, lo que pasa es que Dios me ha dado un llamado. Yo soy el predicador de las discotecas." Y es en serio. Sé que se ríen, pero es en serio. "Yo voy ahí con el Evangelio y hablo de Cristo." ¿Cómo fue? Lo triste, hermanos, es que probablemente él estaba sinceramente equivocado. En su pecado estaba tan cegado que entendía que era una motivación correcta. Y así estaba Saúl aquí, entendiendo que podía disfrazar su desobediencia como motivos espirituales. Pero de Dios nadie, nadie, nadie se burla. Y cuando nosotros desobedecemos, vemos que hay que lidiar después con las consecuencias.
Dios habla a Saúl a través de Samuel y le confronta, porque quiere que se arrepienta. Este es el punto número dos: la confrontación de Dios a Saúl. Vemos en el versículo 16: "Dijo entonces Samuel a Saúl: Espera, déjame declararte lo que el Señor me dijo anoche." Saúl, acomódate, siéntate, quítate los zapatos y escucha. "Déjame declararte lo que el Señor dijo anoche sobre ti." Y Saúl dice: "Habla."
"Y Samuel dijo: ¿No es verdad que aunque eres pequeño a tus propios ojos, fuiste nombrado jefe de las tribus de Israel, y el Señor te ungió rey sobre Israel? ¿Y que el Señor te envió en una misión y te dijo: 'Ve y destruye por completo a los pecadores, los amalecitas, y lucha contra ellos hasta que sean exterminados'? ¿Por qué no obedeciste la voz del Señor, sino que te lanzaste sobre el botín e hiciste lo malo ante los ojos del Señor?"
Todos vemos aquí, hermanos, que Samuel le da —como decimos aquí— una dosis de mil miligramos de ubícatex a Saúl. Él quiere ubicarlo, darle claridad: "Recuerda quién eres, recuerda quién te hizo rey, recuerda el mandato, ¿qué pasó?" Samuel hace dos preguntas retóricas a Saúl que Saúl al final solamente podía contestar de manera afirmativa, y estas dos preguntas buscaban evidenciar la raíz de la desobediencia: el orgullo de Saúl. Dios quería mostrar el orgullo que había en el corazón de Saúl.
Vemos que Samuel le pregunta: "¿No es verdad que aunque eres pequeño a tus propios ojos, fuiste nombrado jefe de la tribu de Israel y el Señor te ungió rey sobre Israel?" Cuando Saúl es ungido como rey, al principio se consideraba humilde y pequeño, al punto de que nosotros vemos en 1 Samuel 9:21 que él mismo se dice: "Pero yo soy benjaminita, de la más pequeña de las tribus de Israel, y mi familia la menos importante de todas las familias de la tribu de Benjamín." Saúl se sentía pequeño, sentía que no tenía importancia ni los méritos para ser rey de Israel.
Sin embargo, pasado el tiempo, ya con unos años sentado en la silla —como decimos aquí, con la corona puesta—, con autoridad para mandar, a Saúl se le olvidó quién era. Se le olvidó quién era antes de ser rey y también se le olvidó quién fue el que le designó como rey. Es muy probable, mis hermanos, que para este momento Saúl ya se sintiera su propia autoridad, que ya él podía decidir qué obedecer y qué no, porque entendía que él era rey. Lo peor que le puede pasar a un creyente, sea líder o no, es olvidar su condición de quién era antes de venir a Cristo.
Hermanos, tú y yo estábamos muertos en delitos y pecados. Eso es lo que somos: muertos. En nosotros no hay nada bueno, no hay nada digno que no haya sido dado por Dios. Tienes que entender eso, porque cuando olvidamos nuestra condición inicial de pecadores salvos por gracia, caemos en el peligro de la autosuficiencia y del orgullo. Empezamos a sentir que no necesitamos a Dios, empezamos a sentir que nosotros sabemos lo que debemos hacer, cuando al final nosotros debemos vivir en dependencia del Señor.
Por eso quiero invitarte hoy a que recuerdes de dónde el Señor te sacó, que recuerdes del lodo cenagoso en que estabas en tu pecado, cómo el Señor te sacó de ahí, te limpió con vestiduras blancas y te dijo: "Mío eres tú", porque suyos somos. Tú no eres autosuficiente, yo tampoco. Nosotros dependemos del Señor. Recordar lo que éramos y recordar lo que Él hizo por nosotros nos debe mantener humildes y centrados en Él. Como decía el gran predicador Jonathan Edwards: "La humildad es reconocer nuestra total dependencia de Dios." Hermanos, cuando yo dejo de verme como dependiente de Él, mi obediencia comienza a titubear. Ya yo siento que puedo tomar decisiones por mi cuenta.
Saúl empezó a sentirse autosuficiente. Había olvidado que Dios le había hecho siervo suyo. Él era siervo de Dios, no al revés. Y como siervo, estaba sometido a la voluntad del Señor. Él debía cumplir la misión de Dios, y esta misión fue clara: "Ve y destruye por completo a los pecadores, los amalecitas, y lucha contra ellos hasta que sean exterminados." Misión clara, sin interpretación. Todos es todos. "¿Por qué pues no obedeciste la voz del Señor, sino que te lanzaste sobre el botín e hiciste lo malo ante los ojos del Señor?"
Dios, al final, a través de Samuel —me imagino que con una voz solemne— le dice: "¿Por qué no obedeciste la voz del Señor?" Esta confrontación, hermanos, busca que Saúl se arrepintiera. Busca que Saúl dijera: "Señor, perdóname. Fallé contra ti." Esta confrontación es una muestra del amor de Samuel por Saúl. Preguntándole "¿por qué?", invitándole a mirar su corazón. Aquí Samuel no resalta la desobediencia de Saúl con el propósito de destruirle; busca que él pueda encontrar perdón a través del acto de la gracia divina, y pueda voltearse y reconciliarse con su Señor.
Mis hermanos, cuando nosotros somos confrontados, el propósito no es destruirnos, es restaurarnos. Dios trae personas a nuestra vida muchas veces para confrontarnos, con el propósito de restaurarnos, de que podamos arrepentirnos, pedir perdón y reconciliarnos con Él. Cuando Cristo habla a las iglesias en Apocalipsis 3:19 dice: "Yo reprendo y disciplino a todos los que amo; sé, pues, celoso y arrepiéntete." Aun en el momento de la dureza de corazón, Dios todavía le estaba dando oportunidad a Saúl para que se arrepintiera y reconociera su falta.
Sin embargo, en vez de bajar la cabeza y pedir perdón, Saúl empieza a justificarse. Y se sigue justificando. Y eso lo hace el pecado: el pecado engendra pecado. Mientras más peco, más peco. Y mientras más trato de limpiarme, más me embarró. Eso es lo que Saúl hace aquí. Y llegamos al punto número tres: la defensa de Saúl. Versículo 20: "Entonces Saúl dijo a Samuel: Yo obedecí la voz del Señor y fui en la misión a la cual el Señor me envió. He traído a Agag, rey de Amalec, y he destruido por completo a los amalecitas. Pero el pueblo tomó del botín ovejas y bueyes."
Lo mejor de las cosas dedicadas al anatema para ofrecer sacrificio al Señor tu Dios en Gilgal. Hermanos, no sé si usted se ha dado cuenta, pero ya es la segunda vez que Saúl se refiere a Dios no como su Dios, sino como al Dios de Samuel. Él estaba tan endurecido que ya no se podía ver como un siervo del Señor.
Él le responde a Samuel en medio de la confrontación. Él dice: "Yo fui, sí, una vez más, yo fui, yo fui a la misión". Y así como el pecado en bruto, hermanos, en medio de su defensa, ¿usted sabe lo que hace Saúl? Saúl se incrimina. En su defensa, él presenta argumentos que terminan mostrando que él es culpable. ¿Qué es lo que él dice? "Yo traje a Agag, rey de los amalecitas, y también el botín para ofrecer sacrificio al Señor". Saúl, ¿pero quién es Agag, rey de los amalecitas? ¿Y qué fue lo que Dios te dijo? Que los mataras a todos. ¿Y por qué tú lo trajiste? ¿No se dan cuenta cómo el pecado brota, que aún en nuestro deseo de justificarnos decimos cosas que lo que hacen es autoincriminarnos?
Saúl demuestra aquí, hermanos, que él no entendía el concepto de lo que es la obediencia que Dios le manda. Él entendía que había obedecido porque había cumplido parcialmente el mandato de Dios. Pero como yo dije al inicio, una obediencia parcial es en realidad una desobediencia completa. Dios no acepta una obediencia parcial, ni siquiera porque venga envuelta en buenas intenciones.
Y lo triste, hermanos, es que ese concepto de obediencia parcial, de que yo puedo ser un cristiano a medias, ha permeado la iglesia. Hoy día muchos creyentes viven un cristianismo parcial. Somos creyentes a medias, obedecemos a medias, obedecemos lo que nos conviene y como nos conviene. Cuando Dios dice: "Yo quiero todo o nada". Somos electivos en nuestra forma de relacionarnos con otros, somos electivos en la forma que amamos. Amamos al que me cae bien, amamos al que me hace sentir a gusto. ¿Pero cuál es el mandato? Tú tienes que amar a todos como el Señor te amó. Ama al prójimo como a ti mismo.
Y vemos cómo en Mateo 5:43-46 Cristo hace una exhortación dura. Él dice: "Ustedes han oído que se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen". Wow, ese es el mandato. Ahora, ¿lo vamos a obedecer, lo vamos a interpretar, vamos a ser parciales o completos? Ya sabemos que si somos parciales, estamos mal. ¿Cuál es el llamado? Obedecerlo por completo. Dios nos dice: "Sean santos porque yo soy santo". Nos hace un llamado a la santidad.
¿Y qué vemos hoy? Vemos muchos hermanos que vienen a la iglesia el domingo, pero tienen 10, 20 años luchando con el mismo pecado, con las mismas cosas. Porque no han abrazado de manera obediente el llamado del Señor de alejarse de todo cuanto se aleje de Él. Y la exhortación es clara, 1 Pedro 1:15-16: "Sino que así como aquel que los llamó es santo, así también sean ustedes santos en su manera de vivir. Porque escrito está: sean santos porque yo soy santo". Eso no es interpretativo. Es un mandato.
El pastor Miguel hablaba la semana pasada del llamado que tenemos de ir por todo el mundo y hacer discípulos, enseñándoles a guardar todas las cosas que nos han mandado, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Y cuánto nosotros estamos yendo? ¿Cuánto estamos sosteniendo la soga? ¿Cómo estamos obedeciendo? "Bueno, yo sé, pero es que para yo hacer eso tengo que salir de mis zonas de confort". Es que el cristianismo está llamado a vivir fuera de cualquier zona de confort. Es que el cristianismo está llamado a vivir de manera obediente.
"Pastor, es que yo no sé cómo hacer eso. No sé cómo decirle a una persona: 'Hermano, sin Cristo estás condenado a la perdición eterna porque eres un pecador. Pero el Señor te ama tanto que ofreció un medio para que tú puedas hallar ese vacío, arrepentirte de tus pecados y reconocer la obra de Cristo a tu favor'". ¿Cuánto nosotros no usamos Uber? Yo uso Uber de vez en cuando. Hermano, un Uber es una oportunidad perfecta para predicarle el Evangelio. Puede ser que ese chofer que está ahí sea el que nunca se ha encontrado con una persona que le predique a Cristo. ¿Y tú estás ahí? Seamos obedientes a su llamado de compartir el Evangelio.
Pero ahora algo un poco más difícil. Seamos obedientes en someternos a nuestras autoridades. Aunque tú no lo creas, aunque duela decirlo, las amamos en autoridades. Y aunque a veces sientas que la vida sería mejor sin ellas, Dios te llama a someterte a ellas, porque las autoridades que tenemos fueron puestas por Dios. "Sométase toda persona a las autoridades que gobiernan, porque no hay autoridad sino de Dios, y las que existen por Dios son constituidas". Hermanos, las ordenanzas de Dios son totales. En Dios no hay puntos grises. Es blanco o es negro. Él no deja espacio para que yo quiera interpretar su voluntad a mi manera. En su Palabra encontramos cuál es su voluntad. Y estamos llamados a obedecerla.
Saúl no entendió esto. Él pensó que podía obedecer a su manera y corregir la instrucción de Dios. Y es aquí donde Samuel le revela una verdad oculta para él. Que es nuestro punto número cuatro: la obediencia es mejor que el sacrificio. A Saúl se le olvidó esa gran verdad, que para Dios la obediencia es mejor que el sacrificio.
Versículo 22: "Samuel dijo: '¿Se complace el Señor tanto en los holocaustos y sacrificios como en la obediencia a la voz del Señor? Ciertamente el obedecer es mejor que un sacrificio, y el prestar atención que la grasa de los carneros'". Lo que Samuel debía comprender, y lo que tú y yo necesitamos entender, es que Dios no busca ni necesita nuestras buenas obras. Dios no necesita nuestros sacrificios. Él lo que anda buscando es corazones obedientes, corazones que quieran someterse amorosamente a su voluntad.
Hermanos, nosotros no obedecemos para ganarnos el favor de Dios. Nosotros no obedecemos para ganarnos el favor de Dios. Sino que vivimos una vida de obediencia como respuesta a aquel que nos amó primero. Déjame repetir eso: tú y yo no obedecemos para que Dios se complazca en nuestra obediencia. Nosotros obedecemos en respuesta al amor que Él ha manifestado hacia nosotros. Como Él nos ha amado, ¿qué vamos a hacer? Obedecerle, servirle, darle gloria en todo lo que hagamos, porque Él es digno de nuestra obediencia. La obediencia no es un acto externo. La obediencia es la evidencia de un corazón que ama a Dios, que agradece a Dios, que se somete a Dios.
El sacrificio puede ser valioso, pero si no es acompañado de un corazón humilde y obediente, es simplemente hipocresía religiosa. No importa lo que hagamos, no importa los sermones que prediquemos, no importan las campañas evangelísticas, las ferias que hagamos, las conferencias que hagamos, no importan las obras que hagamos ni lo mucho que donemos. Si al final yo no tengo un corazón sometido a Dios, eso es hipocresía religiosa. Porque al final lo que Dios anda buscando son adoradores que le amen en espíritu y en verdad, que le obedezcan y quieran rendir su corazón por completo a Él.
Hermanos, la adoración no se trata de venir los domingos y levantar las manos con los cánticos que cantamos aquí. La adoración se trata de nosotros rendir nuestro corazón por completo a Él, en humillación y dependencia completa a quien Él es. David entendía esto, y es por eso que cuando él escribe en el Salmo 51:16-17 dice: "Porque Tú no te deleitas en sacrificios; de lo contrario, yo los ofrecería. No te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás". La verdadera adoración no es el acto externo de hacer sacrificios; es un corazón quebrantado que reconoce a Dios.
Y solo a través de este reconocimiento es que podemos adorar a Dios, y solo a través de esta adoración podemos volver a tener armonía con Dios, armonía con nuestro Creador. Porque no sé si tú te lo has contado, pero el hombre vive de espaldas a Dios. Y solo a través de una adoración genuina es que podemos volver a encontrar esa armonía.
Estudiando para este mensaje, yo me encontré con una cita de Dwight Moody, un evangelista de los Estados Unidos, y él decía una verdad que a mí me llamó la atención, que nosotros conocemos, pero que cuando es leída uno dice: "Wow, es verdad". Presten atención a lo que él dice: "Toda la creación está sometida a Dios y obedece su voz, excepto el hombre". Cuando Dios dijo: "Sea la luz", la luz apareció sin demora. Cuando ordenó que las aguas se separaran, lo hicieron. Uno de los grandes testimonios de que Jesucristo es Dios es que Él le hablaba a la naturaleza y la naturaleza le obedecía. Él calmó el mar con su voz, la higuera se secó, los demonios huyeron y hasta la tumba obedeció. Sin embargo, cuando Dios le habla al hombre, el hombre no siempre responde de la misma manera.
Es por eso, hermanos, que si nosotros queremos volver a tener esa armonía con Dios, el hombre tiene que rendirse a su Dios. Mientras toda la creación cumple la voluntad de Dios, el hombre se rebela contra Él, negando su soberanía sobre su vida. Yo no sé si tú lo has pensado, pero eso es lo que tú haces y lo que yo hago cuando desobedezco. Cada vez que yo peco, yo le estoy diciendo a Dios en su cara: "Lo que Tú quieres no es lo que yo quiero, por lo cual voy a hacer lo que yo quiero y no lo que Tú quieres, porque entiendo que lo que yo quiero es mejor para mi vida". Cada desobediencia es una afrenta a la soberanía de nuestro Dios, a la autoridad que Él tiene sobre nosotros.
Sin embargo, cada vez que yo obedezco, yo le estoy diciendo a mi Creador: "Señor, Tú eres mi Dios, yo me someto a Ti". Hermanos, la obediencia es la marca de un verdadero creyente. Es la obediencia lo que demuestra si yo soy creyente o no.
Cuando nosotros vamos a la primera carta del apóstol Juan, en el capítulo 2, versículo 3, él dice: "Y en esto sabemos que le hemos llegado a conocer. ¿En qué? Si guardamos sus mandamientos. El que dice: 'Yo le he llegado a conocer' y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él." La vida cristiana no se trata de hablar bonito, no se trata de lo que yo sienta; la vida cristiana se trata de que yo obedezca, de que yo sea un siervo obediente a su voluntad.
¿Tú te has preguntado alguna vez —y yo me lo pregunté en algún momento de mi vida— si realmente seré creyente? Estas son preguntas importantes que yo tengo que hacerme. Incluso el apóstol Pablo, cuando le escribe a los corintios su segunda carta, les dice: "¡Examínense! Pónganse a prueba, a ver si ustedes están en la fe." Yo creo que preguntas como estas son importantes que yo me haga: ¿realmente soy creyente? Porque no hay nada más triste que llegar el día del juicio pensando que soy un creyente cuando no lo soy. Y es por eso que Juan le dice en su primera carta: usted tiene forma de saber eso, creyente. Claro que hay forma de saberlo: "Sabemos que le hemos llegado a conocer" ¿por qué? Porque guardamos sus mandamientos. Si yo guardo sus mandamientos de manera obediente —valga la redundancia— es una evidencia de que yo le he llegado a conocer.
Pastor, ¿pero por qué para Dios es tan importante que yo le obedezca? ¿Por qué él no me da un chance, un margen para que yo haga lo que quiero hacer? ¿Tú sabes por qué? Porque Dios te ama, porque Dios me ama. Y como él nos ama tan profundamente, él quiere lo mejor para ti y para mí. Nuestro Dios no es un Dios distante que creó la creación y se desentendió de ella; es un Dios cercano que nos tiene por hijos, y como sus hijos él quiere lo mejor para nosotros. Él sabe que la verdadera plenitud, el verdadero gozo, se encuentra en caminar en los planes que él creó para nosotros. Porque este es su mundo, esta es su creación; él sabe por dónde debemos caminar, él sabe cuáles son los caminos minados que debemos evitar, él sabe qué es lo mejor para ti y para mí.
Es por eso, hermano, que yo tengo que entender hoy que la obediencia no es un peso; la obediencia es el camino hacia una vida de libertad, hacia una vida plena. El mismo apóstol Juan, en esta misma carta, en el capítulo 5, versículo 3, dice: "Porque este es el amor de Dios." ¿Cuál es el amor de Dios? Que guardemos sus mandamientos. "Y sus mandamientos no son difíciles, no son gravosos." Los mandamientos de Dios no son difíciles, no son complicados. Nosotros vivimos solamente para él y nada más. Así como un padre pone reglas por el bien de sus hijos, Dios ha puesto mandatos por el bien nuestro, para cuidarnos y protegernos. Yo tengo que entender eso: Dios quiere que yo le obedezca por mi bien.
Yo no sé si en este grupo hay ingenieros o arquitectos, pero probablemente los hay. Ustedes saben que construir es complicado, porque si el que está cumpliendo la tarea no se guía por el plano, ¿qué pasa? Fácilmente toda la edificación colapsa. Si yo me pongo de gracioso y digo: "Bueno, esa columna, vamos a vaciarla un poco más estrecha", o como hay muchos que dicen: "Esa columna no me gusta ahí, vamos a quitarla." ¿Qué pasa? Fácilmente colapsa. De la misma manera, Dios ha determinado que hay columnas, que hay vigas, estructuras que van en un sitio que son inamovibles, y son por nuestro bien.
Yo tengo que entender en el día de hoy que cuando yo no obedezco a Dios, hay consecuencias. Hay consecuencias que son dolorosas y muchas veces duraderas. Y este es finalmente nuestro último punto: el juicio de Dios a la desobediencia de Saúl. Versículo 23: "Porque la rebelión es como el pecado de adivinación, y la desobediencia como la iniquidad e idolatría. Por cuanto tú has desechado la palabra del Señor, él también te ha desechado para que no seas su rey."
Samuel termina esta confrontación a Saúl de una manera directa. Él recuerda que la desobediencia no es un asunto trivial ante los ojos de Dios. El pecado tiene consecuencias y Dios no pasa por alto la rebeldía en el corazón del hombre. Y hermano, como ya habíamos dicho anteriormente, cuando yo desobedezco yo estoy haciendo frente directa a la soberanía de Dios. Y literalmente, rebelión quiere decir eso: una rebelión es un frente directo a la autoridad. Cuando yo desobedezco, yo estoy diciendo: "No, tú no eres mi autoridad." Y cuando yo digo que Dios no es mi autoridad, yo estoy diciendo que Dios no es soberano. Y cuando yo digo que Dios no es soberano, yo sé lo que estoy diciendo: que Dios no es Dios, porque el atributo de atributos es la soberanía de nuestro Dios.
Es interesante aquí que Samuel compara la rebelión con el pecado de adivinación. Y para nosotros quizás la pregunta es: ¿cómo una desobediencia aparentemente inocente puede ser comparada con el pecado de adivinación? En el Antiguo Testamento, la adivinación era vista como una forma de manipular lo sobrenatural para tener conocimiento del futuro, en lugar de confiar en la dirección de Dios. Y lo que está diciendo Samuel aquí es que la rebelión, tanto como la adivinación, busca una sabiduría fuera de Dios, fuera de la voluntad de nuestro Dios. Cuando yo desobedezco, cuando yo me rebelo, yo intento sustituir a Dios como Rey y Señor, y me pongo a mí en el trono. Y por eso es considerada también idolatría, porque una desobediencia, por pequeña que parezca, como yo dije anteriormente, busca ponerme a mí en el trono de nuestro Dios.
Hermano, sí, muchas veces pensamos en desobediencia y vemos cosas grandes. Pero una mentira, una ira mal manejada, una decisión mal tomada fuera de la voluntad de Dios: son desobediencias que tienen un peso y que van a traer consecuencias. Y la verdad, hermanos, es que cuando vemos esta historia, nos damos cuenta de que Saúl pensó que él podía alterar la voluntad de Dios, que él podía hacer las cosas mejor que lo que Dios había estipulado. ¿Por qué matar al rey? ¿Por qué matar lo mejor del ganado? Pero la desobediencia tiene consecuencia. Y vemos cómo Dios trae juicio a Saúl por esa desobediencia: "Por cuanto tú has desechado la palabra del Señor, él también te ha desechado para que no seas su rey."
Con estas palabras, Samuel anunció a Saúl que a partir de ese momento ya no sería rey sobre Israel. Su desobediencia le costó el reino. ¿Pueden tener eso? Una desobediencia le costó a Saúl lo que él más valoraba: ser rey de Israel. Hermano, el pecado, por pequeño e inocente que parezca, puede costarte lo que tú más valoras: tu familia, tus relaciones, tu reputación, tu futuro. Es por eso, hermano, que con el pecado no se juega.
El pastor Miguel Núñez tiene un escrito que yo he mencionado en varias ocasiones y que para mí es de lo mejor que ha escrito —y eso que ha escrito muchas cosas buenas—: se llama "Las 10 leyes del pecado." Si tú no las has leído, yo quiero invitarte a que al salir de aquí puedas buscar en Google "Las 10 leyes del pecado del pastor Miguel", las imprimas y las pegues en el mural de tu cuarto. Y como te levantas en la mañana, las leas todos los días, porque son necesarias para poder entender la magnitud del pecado. La tercera ley dice: el pecado siempre te costará más de lo que querías pagar. Siempre. A Saúl, esa desobediencia le costó el reino.
Y quizás tú te preguntas: "Pastor, pero en este lugar todos somos pecadores. ¿Nosotros, que hemos creído en el Señor, al igual que Saúl, estamos desechados por el Señor?" Hermano, si tú has puesto tu confianza en Cristo, tú nunca serás desechado por tu Dios. Tú eres su hijo amado, y en la cruz él pagó por ti. Pero como tú eres suyo, él quiere que no peques. Y si pecas, él te dice en el capítulo 2: "Hijos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo, el justo." Si pecamos, Cristo está ahí para interceder por nosotros, para hablar por nosotros delante del Padre.
Sin embargo, el tener a Cristo como nuestro intercesor no es una licencia para pecar. Todo lo contrario: el que Jesús sea nuestro intercesor es la razón para yo no querer pecar. ¿Cómo quiero ofender a aquel que vivió la vida que yo no pude vivir? ¿Cómo ofender a aquel que murió la muerte que yo merecía morir? ¿Cómo ofender a aquel que me abraza cuando yo le he dado de lado con mis malas actitudes? ¿Cómo querer ofender a ese que nos ha hecho suyos?
En Cristo, nosotros encontramos el perdón para todos nuestros pecados. Pero en él no solamente encontramos el perdón para nuestra desobediencia, sino también el poder para vivir obedientemente. Porque no sé si lo sabes, pero si tú estás en Cristo, Dios vive en ti en la tercera persona de la Trinidad, dándote lo que tú requieres para que puedas caminar en la verdad, para que puedas cumplir sus ordenanzas. "Pero pastor, a veces es difícil." ¿Tú sabes por qué se te hace difícil? Porque tú estás lleno de otras cosas que no es Dios. Porque hay otras cosas en tu vida que te están controlando que no es Dios. Porque si somos llenos del Espíritu Santo, como nos llama la Palabra a ser, su Espíritu se apodera de nosotros y nos permite obedecerle. Y si pecamos —como vamos a pecar— abogado tenemos en Cristo, que está ahí intercediendo por nosotros.
Hermano, ser del Señor demanda una obediencia completa, no una obediencia parcial. Y yo quiero invitarte a que si tú estás aquí en el día de hoy, no salgas de aquí sin hacer una revisión honesta de tu vida. Abre el espejo de su Palabra y pídele al Señor: "Señor, muéstrame. Muéstrame esas áreas que yo tengo que rendir a ti. Muéstrame esas decisiones que yo tengo que tomar para obedecerte fielmente." Tal vez, como Saúl, tú has estado justificando acciones y pecados. Y tal vez hoy es el día en que Dios te diga: ya. Suficiente.
Hoy es un día especial, un día para nosotros decirnos: "Señor, yo quiero rendirme por completo." Para decirle: "Señor, ya no más. Yo no quiero pecar contra ti, yo no quiero desobedecerte." Porque aunque en Cristo yo soy perdonado, de este lado de la gloria, mi pecado tiene consecuencias, y yo lo voy a vivir. Por lo cual yo quiero, Señor, obedecerte, rendirme a ti.
No salgas de aquí sin pedirle al Señor: "Señor, enséñame a obedecerte." No salgas de aquí sin decirle al Señor: "Señor, transforma mi corazón." Que sea un día donde tú puedas entender que la obediencia no es una carga, sino una respuesta a aquel que nos amó primero.
Señor, gracias. Gracias porque vemos en tu Palabra ejemplos como este, y nos lleva a recordar lo mucho que te necesitamos. Señor, yo te necesito. Mis hermanos te necesitan. Padre, ayúdanos a obedecerte plenamente, a rendirlo todo, todo nuestro ser, toda nuestra alma, todos nuestros planes y sueños, que podamos ponerlos debajo de tus pies.
Es decir: "Señor, yo, todo cuanto quería, cuanto deseaba, cuanto anhelaba, lo pongo delante de ti, y yo quiero tu voluntad antes que la mía." Oh Señor, enséñanos a hacer tu voluntad, enséñanos, Señor, a obedecerte. Danos lo que necesitamos para hacer lo que tú nos pides. Permítenos ver a Cristo como glorioso y buscarte, sirviéndote y entendiendo que Él es digno de nuestro servicio y nuestra adoración.
Oh Señor, que hoy sea un día donde tú puedas hablarnos, no a mi hermano que está al lado, sino a mí. Hoy empieza conmigo, hoy, Señor. Habla a mi corazón de manera tal que yo sepa cómo vivir la vida que tú quieres, una vida que te complazca y te honre. Señor, gracias por esta mañana. Sé con tu pueblo, sé con tu iglesia, en el nombre de Jesús. Amén.
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Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.