IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La iglesia de Cristo no es una colección de individuos independientes, sino un cuerpo orgánico donde cada miembro está vitalmente conectado con los demás bajo una sola cabeza: Cristo mismo. Esta verdad, que el apóstol Pablo desarrolla en 1 Corintios 12, resulta especialmente urgente en tiempos donde el evangelio es pisoteado y la santidad de Dios tratada con desprecio, como se evidenció en la apertura de los Juegos Olímpicos. En momentos así, la iglesia necesita estar más unida que nunca.
El bautismo del Espíritu Santo sella a todo creyente y lo incorpora a este cuerpo único, sin importar su trasfondo étnico, social o económico. Nadie puede excusarse diciendo que su don es de segunda categoría, ni nadie puede enorgullecerse pensando que no necesita a los demás. Pablo ilustra esta interdependencia con el cuerpo humano: si todo fuera ojo, ¿qué sería del oído? Incluso los miembros que parecen más débiles resultan indispensables, como la diminuta glándula pineal que, del tamaño de un grano de arroz, regula el sueño y sostiene la vida. De manera similar, el ministerio de intercesión opera en silencio pero sostiene toda la obra de la iglesia.
Dios diseñó el cuerpo para que no haya división, sino cuidado mutuo: cuando un miembro sufre, todos sufren; cuando uno es honrado, todos se regocijan. La iglesia primitiva vivió esto con tal intensidad que ninguno consideraba suyo lo que poseía. El llamado hoy es a eliminar la crítica, la envidia y el chisme, y cultivar el amor, el perdón y el servicio mutuo. Como dijo Juan Calvino, Cristo es el verdadero fundamento de la unidad; sin comunión con él, no puede haber comunión genuina entre hermanos.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Yo quisiera aprovechar la oportunidad que el Señor me brinda hoy de compartir su Palabra para hablarle a la Iglesia de manera particular. Pero cuando me refiero a la Iglesia, no me refiero solamente a la IBI, me refiero a la Iglesia universal, a todo aquel que ha reconocido que es un pecador que necesita salvación, que ha visto en Cristo como aquel que cumplió la ley a cabalidad de Dios, que vivió la vida perfecta, que fue a la cruz y murió por él, que sabe en su corazón que Dios resucitó a Cristo de entre los muertos como señal de que el sacrificio había sido pagado. Yo quiero hablarle a todo aquel que hoy se considera un hijo de Dios, todo aquel que es un creyente.
Mi mensaje tiene como propósito recordarte a ti, hijo de Dios, que si tú estás en Cristo, tú eres un cuerpo en Cristo y con Cristo. Y esto es particularmente el título de mi mensaje en el día de hoy: una verdad que la Iglesia debe abrazar más que nunca, somos un cuerpo que tenemos a Cristo como cabeza.
En un tiempo donde el satisficer evangelio de nuestro Señor Jesucristo es pisoteado, en un tiempo donde la santidad de Dios es tratada como basura, como el pastor lo mencionaba, como lo vimos también en la apertura de los Juegos Olímpicos, donde vimos a esta gente a través de un acto atroz y vergonzoso denigrar la santidad de Dios. En tiempos como este, la Iglesia necesita estar más unida que nunca, más unida que nunca.
Yo quiero hablarte a ti, hermano, para que tú puedas entender esa verdad. Pero si tú nos visitas en el día de hoy, si estás aquí con tu padre, estás aquí con tu hijo y tu hijo quizás te invitó y no conoces al Señor, este mensaje también es para ti. Porque de lo que vamos a hablar hoy es del cuerpo del cual todos necesitamos ser parte, el cuerpo que nos brinda la verdad que tanto nuestro corazón anhela, ese cuerpo donde podemos escuchar que en Cristo, en Dios, tenemos el perdón para nuestros pecados y que no caminamos en esta vida en soledad, sino que tenemos otros hermanos que caminan con nosotros en esta carrera de la fe.
Una unidad que la Iglesia primitiva, la Iglesia del primer siglo, entendió como necesaria y como imperante, de manera tal que ellos no se veían como individuos independientes uno de otro, sino que se veían como un bloque, un solo cuerpo, que aunque eran diferentes, tenían deseos en algunas cosas diferentes, tenían formaciones diferentes, ellos sabían que en Cristo ellos eran uno.
Yo quiero invitarte a que me acompañes, por favor, a la primera carta a los Corintios, capítulo 12. Estaremos leyendo desde el versículo 12 hasta el versículo 27. Es una porción larga que vamos a estar leyendo, pero que es rica en contenido y con verdades que tú y yo como parte de la Iglesia necesitamos conocer.
Esta es la Palabra de Dios:
"Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, constituyen un solo cuerpo, así también es Cristo. Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres, a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu. Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos.
Si el pie dijera: 'Porque no soy mano, no soy parte del cuerpo', no por eso deja de ser parte del cuerpo. Y si el oído dijera: 'Porque no soy ojo, no soy parte del cuerpo', no por eso deja de ser parte del cuerpo. Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿qué sería del oído? Si todo fuera oído, ¿qué sería del olfato?
Ahora bien, Dios ha colocado a cada uno de los miembros en el cuerpo según le ha agradado. Y si todos fueran un solo miembro, ¿qué sería del cuerpo? Sin embargo, hay muchos miembros, pero un solo cuerpo. Y el ojo no puede decirle a la mano: 'No te necesito', ni tampoco la cabeza a los pies: 'No los necesito'. Por el contrario, la verdad es que los miembros del cuerpo que parecen ser más débiles son los más necesarios.
Y las partes del cuerpo que estimamos menos honrosas, a estas vestimos con más honra. Así que las partes que consideramos más íntimas reciben un trato más honroso, ya que nuestras partes presentables no lo necesitan. Pero así formó Dios al cuerpo, dando mayor honra a los que carecían de ella, a fin de que en el cuerpo no haya división, sino que los miembros tengan el mismo cuidado los unos por los otros. Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan. Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno individualmente un miembro."
Señor, nosotros ponemos tu Palabra en el día de hoy y te rogamos, Señor, que tú puedas hablar a tu iglesia, que tú puedas usar, Dios, a este pecador caído. Señor, que lo único que tiene es la gracia que tú has dado. Habla a los tuyos, Dios, edifícanos, confróntanos, anímanos para poder entender tu verdad. En el nombre de Jesús, amén. Amén.
Mis hermanos, yo quisiera aprovechar en la mañana de hoy tomar prestado lo que el pastor Miguel hizo la semana anterior. El método que él utilizó para exponer la Palabra es que él fue pasaje por pasaje, sacando enseñanza por enseñanza. Yo quiero aprovechar este método porque entiendo que, por la longitud del texto que hemos leído, lo que más puede edificar a la iglesia es que vayamos versículo por versículo entendiendo lo que Dios quiere decirnos a través del apóstol Pablo. ¿Les parece? ¿Me aprueban? Bien, muy bien.
Y hermanos, antes de pasar al pasaje, es bueno que entendamos un poco el contexto. Lo que estamos viendo aquí en el capítulo 12, de los versículos uno al once, el apóstol Pablo está hablando a los corintios acerca de los diferentes dones que la iglesia va a recibir o ha recibido de parte de Dios. Dones que son dados a la iglesia para la edificación del cuerpo. Dones que son distribuidos por Dios de manera voluntaria y como a él le place.
Y ahora aquí, en los versículos que hemos leído, del 12 al versículo 28 —aunque no leímos el 28—, el apóstol Pablo va a explicar acerca de la importancia que tiene cada uno en el cuerpo, sin importar el don que haya recibido. El apóstol Pablo estaba previendo aquí en estos textos que probablemente en la iglesia de Corinto ya había empezado a ver conflictos, porque algunos se sentían muy superiores por los dones que habían recibido y otros se sentían un poco inferiores. Y es probable que ya la iglesia estaba viéndose un tanto fracturada y dividida. Y el apóstol Pablo, para evitar esto, para evitar este conflicto, él quiere recordarles que en Cristo no importa el don que tú hayas recibido: tú eres uno con tus hermanos, tú eres parte de un solo cuerpo, un cuerpo en el cual Cristo es la cabeza.
Y esta es la enseñanza número uno para nosotros, mis hermanos: nosotros somos un cuerpo y Cristo es nuestra cabeza. Versículo 12: "Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, aunque son muchos, constituyen un solo cuerpo, así también es Cristo."
Cuando Pablo escribió su carta a los romanos, él les recordó algo muy similar. Esta no es la primera vez que el apóstol Pablo habla sobre que nosotros somos el cuerpo de Cristo. Él, en Romanos 12 versículo 5, dice así: "Nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros."
Amado, yo quiero decirte en el día de hoy que, aunque no te parezca, si tú estás en Cristo, si tú eres un creyente, tú eres uno con tu hermano. Y no importa si ese hermano te cae bien, no importa si es de tu agrado: tú eres uno con él. En Cristo todos formamos un solo cuerpo, un cuerpo donde Jesús es la cabeza.
El apóstol Pablo, cuando le escribe a los efesios, en Efesios 1:22-23 dice que Dios puso todas las cosas bajo los pies de Cristo y le dio como cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que todo lo llena en todo. Y es importante subrayar esto, hermanos: que nosotros somos el cuerpo de Cristo, pero él es la cabeza. Él es nuestra autoridad, él es quien gobierna. Y no solamente quien gobierna: el Señor es la fuente de vida y el crecimiento para sus miembros. Como parte del cuerpo, para poder crecer necesitamos de la cabeza. Tenemos que estar cerca de nuestra cabeza, dependiendo de nuestra cabeza.
Esta conexión íntima entre Cristo y la iglesia, entre Cristo y su cuerpo, resalta nuestra dependencia de él. Nosotros no podemos vivir alejados de Cristo. Cristo, cuando habla —y el apóstol Juan lo recalca en Juan 15:5—, nos recuerda que él es la vid, nosotros los pámpanos. Alejados de él nada podemos hacer. Como cuerpo, en Cristo nosotros encontramos nuestra unidad y nuestro propósito. Si nosotros estamos en Cristo, nosotros debemos buscar la forma de honrarle en todo lo que hagamos, dependiendo de él y obedeciéndole siempre. Y él ha determinado que él va a ser nuestra cabeza, pero que la vida de este lado del sol no la vamos a vivir separados, sino que nos ha dotado de otros miembros que son nuestros hermanos, que constituyen ese cuerpo.
Mis hermanos, si tú eres creyente, yo quiero recordarte: tú eres un cuerpo con tu hermano, sometido a Cristo, que es tu cabeza.
Enseñanza número dos: estamos unidos unos a otros a través del bautismo del Espíritu. Versículo 13: "Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya sean judíos o griegos, esclavos o libres, a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu."
Y es bueno recalcar, hermanos, que este bautismo del que el apóstol Pablo está hablando aquí no es el bautismo que nosotros celebramos los miércoles, cuando los hermanos vienen, se paran aquí delante, confiesan la obra que el Señor hizo en sus vidas, confiesan que reconocen a Jesús como Señor y Salvador de sus vidas. No, no es el bautismo de agua. Este bautismo al que el apóstol Pablo hace referencia aquí es el bautismo que tú y yo recibimos cuando Dios abre nuestros ojos del corazón, entendemos nuestra pecaminosidad y clamamos a Cristo por auxilio. Decimos: "Señor, sálvame, yo soy tuyo." En el momento en que le aceptamos a él como Señor y Salvador de nuestras vidas.
Y Dios, que nos ama tanto, ha decidido que cuando nosotros nos postramos delante de él, cuando le adoramos de corazón, nos arrepentimos, él ha decidido que él nos va a marcar, nos va a poner un sello diciendo: "Ese es mío." Y ese sello, ¿saben cuál es? El Espíritu de Dios. Efesios 1:13-14: "En él también ustedes —miren cómo le explica el apóstol Pablo—, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de su gloria."
El bautismo del Espíritu es el sello con que Dios nos marca y nos dice: "Tú eres mío, mío eres tú." Y todos los que forman parte del cuerpo de Cristo están marcados, están sellados por él. Y no importa si tú eres judío o griego, esclavo o libre: tú eres uno con tu hermano.
Es interesante que el apóstol Pablo tomó aquí las dos religiones más importantes de la época, los dos grupos sociales: judíos, griegos, esclavos o libres. Y el apóstol Pablo está diciendo: no importa si tu religión te había separado, no importa si tu estado social te había separado, si tú estás en Cristo, tú eres uno ahora, tú eres uno con tu hermano.
Y en pocas palabras, para nosotros hoy aquí, lo que Dios nos dice a través del apóstol Pablo es que no importa si tú eres rubio, moreno, dominicano, suizo, haitiano; si tú eres rico, pobre, clase media, político, doctor, ingeniero, limpiabotas. No importa: si tú estás en Cristo, tú eres uno con tus hermanos. Y esa unidad Dios la ha garantizado a través de su Espíritu. Somos hermanos y debemos vernos como tales.
Enseñanza número tres: aunque somos un cuerpo, somos un cuerpo diversificado pero no dividido. Un cuerpo con muchas partes, pero un solo cuerpo. Versículo 14: "Porque el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos miembros."
En los versos 12 y 13, el apóstol Pablo quiere resaltar la importancia de la unidad, de mantenernos juntos, de entender que dentro del cuerpo de Cristo estamos llamados a estar cohesionados. Y ahora, en el verso 14, él nos va a enseñar que Dios ha decidido, de manera voluntaria y soberana, que todas las partes del cuerpo no sean iguales. ¿Por qué? Porque esa diversidad es necesaria. La diversidad en el cuerpo es necesaria.
El cuerpo humano está compuesto por ojos, nariz, orejas, manos, pies, órganos, riñones, corazón. Muchos miembros, pero todos forman parte de un mismo cuerpo. Y lo importante aquí es que todos son importantes. Todos los miembros del cuerpo son igualmente importantes. Y para que la iglesia pueda cumplir su rol, pueda cumplir su llamado, cada miembro del cuerpo tiene que hacer el trabajo que Dios le ha llamado a hacer. Todos tenemos un rol como miembros del cuerpo de Cristo. Somos un cuerpo, pero muchos miembros.
Enseñanza número cuatro: aunque no lo sientas, si tú estás en Cristo, aunque no lo sientas, aunque no lo quieras, si tú estás sellado con el Espíritu de la promesa, tú eres parte del cuerpo, aun si tú no quieras.
Hacerlo, aún no quieras hacerlo, tú eres parte del cuerpo. Versículos 15-16: "Si el pie dijera: porque no soy mano, no soy parte del cuerpo, no por eso deja de ser parte del cuerpo. Y si el oído dijera: porque no soy ojo, no soy parte del cuerpo, no por eso deja de ser parte del cuerpo."
El apóstol Pablo está aquí presentando una situación hipotética donde el ojo y el oído están hablando, y ellos están en cierto sentido quejándose, diciendo: "Bueno, como yo no soy esto, yo no pertenezco." Confrontando así el apóstol Pablo ese sentido de inferioridad que pudieran tener algunos, que les hacía desconectarse de la iglesia. Pablo quería recordarles a estos hermanos: "Mira, si tú no sientes valor en lo que eres, estás mal, porque quien te ha hecho pie, quien te ha hecho ojo, quien te ha hecho oído, es Dios." Y porque tú así no lo sientas, porque tú no estás conforme con tu don, tú no dejas de ser parte del cuerpo.
Por esto es como si algunos hermanos dijeran hoy día aquí: "Bueno, como yo no tengo este don espiritual, yo realmente no soy parte de la iglesia. Quizá mi don es de segunda categoría. Quizá en la iglesia necesitan otro tipo de personas, hay otros niveles ahí, yo no me siento parte." Mis hermanos, negarse a funcionar como parte del cuerpo no nos hace menos parte del cuerpo, sino nos hace responsables delante de Dios por no utilizar los dones que él nos ha dado de la manera correcta. Tú y yo no tenemos derecho a excluirnos de nuestra responsabilidad dada por Dios, a hacer lo que él ha determinado que somos, porque estamos insatisfechos.
Si Dios te ha dado el don de la predicación, predica. Si Dios te ha dado el don de consolar, consuela. Si Dios te ha dado el don de servir, sirve. Si el don de aconsejar, aconseja. Si él te ha dado el don de dar, da. Si él te ha dado el don de estimular, estimula. Si él te ha dado el don para tú hacer lo que él te ha llamado a hacer fuera de este púlpito, quizá fuera de las paredes de este templo, sino allá afuera, hazlo. Y hazlo con gozo, hazlo dándole gracias al Señor, porque si él te ha dado un don, es por gracia.
Muchos cristianos, hermanos, no han conocido el placer, el privilegio de servir al Señor, porque no reconocen o se niegan a servirle donde Dios les ha llamado, según los dones que Dios les ha dado. Y eso, mi hermano, es desobediencia. Es desobediencia. El Señor nos ha salvado, nos ha santificado, nos ha equipado, no para que nosotros vivamos alejados del cuerpo, sino para que vivamos íntimamente conectados unos con otros, dando de lo que hemos recibido por gracia, sin importar lo que sea.
Sin embargo, hay muchos hoy que prefieren apartarse. Hay muchos hoy que han recibido dones, y porque no sienten que ese don es valioso, no se sienten útiles, prefieren alejarse. Muchos prefieren ver el mensaje por la transmisión, sentarse en sus hogares para no venir y ser parte de la iglesia, porque no se sienten parte. Pero no importa que lo sientas o no: si tú estás en Cristo, tú eres uno con tus hermanos. John Wesley decía que no hay nada menos cristiano que un cristiano solitario. Por esto, hermanos, sin importar que lo sientas o no, yo quiero decirte hoy delante del Señor que utilices tu compromiso con dar de lo que Dios te ha dado, y punto. Y de hacer lo que el Señor te ha llamado a ser, sin importar que otros ni siquiera lo reconozcan, porque tú lo haces para el Señor, para edificar al cuerpo de Cristo.
Enseñanza número cinco: que seamos diferentes, que tengamos diferentes dones, es un regalo para la iglesia. Mis hermanos, nuestras diferencias son un regalo para la iglesia. Versículo 17: "Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿qué sería del oído? Si todo fuera oído, ¿qué sería del olfato?" Pablo está diciendo aquí en esencia: imagínate un cuerpo humano que solamente sea un ojo. Hay unos muñequitos por ahí que se llaman Monsters, Inc., no sé si ustedes los han visto. Que tú lo viste, mi hijo lo viste allá adelante, qué bueno. No me acuerdo el nombre del personaje, algo así que se llama como Mike Wazowski o algo así. Él era un ojo, un ojo. ¿Te imaginas el cuerpo humano siendo solamente un ojo caminando por la calle? No puede caminar. Lo que hace es dar vueltas, y cuando da vueltas, toda la tierra de la calle se le mete en el ojo, y no puede decir que va a lavarse el ojo porque no tiene manos para lavarse el ojo. Es imposible que el cuerpo pueda subsistir siendo una sola cosa.
De la misma forma, la iglesia no puede sostenerse simplemente con un pastor. Es imposible. Por eso Dios ha dotado de dones, de diferentes dones, diferentes personalidades, trasfondos, para que formen parte del cuerpo y de esa manera edificar y complementarnos unos a otros. ¿Qué pasa, mis hermanos, cuando una parte del cuerpo no sirve? Se está enfermo. ¿Qué pasa cuando más de una parte del cuerpo no sirve? Bueno, muchos decimos que esta persona está paralítica, parapléjica. ¿Qué pasa cuando una gran parte del cuerpo no sirve? Se muere. ¿Por qué? Porque Dios ha determinado que el cuerpo no puede funcionar solo, sino que funciona con diferentes órganos, diferentes miembros que hacen diferentes cosas.
De la misma manera, la iglesia, mis hermanos. Muchas de las cosas por las cuales tú te quejas aquí en la iglesia semana a semana se deben, mi hermano, a que muchos de los que tienen que estar haciendo cosas no las están haciendo. Muchas veces nos quejamos: "Yo quisiera que la iglesia los domingos fuera más cálida, más amorosa. Yo quisiera un trato diferente en los parqueos." Muchas veces. Pero, ¿usted qué pasa, mi hermano? Es que los que están llamados a dar ese trato amoroso, ese trato cálido, ese servicio en los parqueos, están aquí sentados, no lo están haciendo. Y el llamado de Dios hoy a nosotros es: hagamos lo que Dios nos ha llamado a hacer, siendo lo que Dios nos ha llamado a ser. Para hacer un cuerpo funcional, necesitamos que las diferentes partes del cuerpo funcionen de manera correcta y todos hagan lo que Dios ha dispuesto.
Enseñanza número seis: Dios es soberano en la distribución de sus dones. Versículo 18, el apóstol ahora va a aterrizar esto, hermanos. "Ahora bien, Dios ha colocado a cada uno de los miembros en el cuerpo según le ha agradado." Yo tengo dos ojos aquí y no aquí porque Dios así lo quiso. Nosotros tenemos una sola boca, por la gracia de Dios, y si tuviéramos más, nos metiéramos en más lío todavía. Porque Dios así lo ha determinado. De la misma manera, es Dios quien ha determinado el rol que cada uno ha de ejercer en el cuerpo de Cristo. Él es el que ha distribuido los dones según su buena voluntad, según le plació.
Yo quiero confesarles, mis hermanos, y serles confiado delante del Señor: yo nunca imaginé que yo iba a ser pastor, se los confieso. Yo nunca perseguí el ministerio pastoral. Yo lo único que hice fue seguir la pasión que Dios me dio por estudiar su Palabra y por amar a su gente. Dios me apasionó por eso, y luego me dio oportunidades para poder pastorear, y ustedes han ido confirmando esto a través de los años. Pero es algo que Dios ha hecho de manera voluntaria, como a él le place. Pero así como él me llamó al ministerio pastoral, a cada uno de nosotros nos está llamando a otra cosa en la iglesia, y yo tengo que entender qué es.
Si tú no estás a gusto con tu rol en la iglesia, si no estás a gusto con el don que has recibido de Dios, yo quiero invitarte a que tú no me des mil vueltas, vayas y hables con Dios. Habla con Dios, póstrate delante de él, pero hazlo con un corazón agradecido, sabiendo que ese don, independientemente de cuál sea, él te lo ha dado como un regalo, como una gracia para ti, porque eso no lo mereces, ni tú ni yo. Y cada don que recibimos tiene un propósito, que es la edificación del cuerpo de Cristo. Dios es el arquitecto de todo esto. Dios es el arquitecto de su iglesia, y él ha colocado a cada persona, cada miembro, en el lugar que quiso. Y lo hizo de una manera tal que cada miembro tuviera que ser dependiente uno del otro.
Y es la enseñanza número siete: Dios ha orquestado y ha hecho que nosotros nos necesitemos unos a otros. Versículos 19-21: "Y si todos fueran un solo miembro, ¿qué sería del cuerpo? Sin embargo, hay muchos miembros, pero un solo cuerpo. Y el ojo no puede decirle a la mano: no te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: no te necesito."
Una de las cosas que a mí me cautiva del apóstol Pablo es que él siempre ataca todos los ángulos posibles que pueden encontrarse en las aplicaciones que los hermanos puedan dar a sus enseñanzas. Nosotros vimos en versículos anteriores que primero le habla a aquellos que pueden sentirse inferiores, aquellos que dicen: "Bueno, porque yo no soy mano, yo no soy parte del cuerpo," aquellos que tienen un sentido de inferioridad. Y ahora él quiere atacar a aquellos que se sienten que son todopoderosos, aquellos que sienten que dentro de la iglesia tienen un don superior a otros y que no necesitan a nadie más, aquellos que dicen: "Déjamelo a mí, que yo pitcheo, paro y bateo, yo no tengo problema, déjamelo a mí." Y el apóstol Pablo nos está diciendo: "No, mis hermanos, no, no, no, no. Tú necesitas a tu hermano."
Es interesante aquí que él utiliza el ojo y la cabeza como ejemplos, y normalmente estos miembros pudieran representar aquí en esencia a aquellos que están en figuras públicas, aquellos que están delante, que tienen liderazgo, que tienen mayor exposición. Y el apóstol Pablo está hablando de liderazgo aquí también: cuídate, cuídate de pensar que tú puedes hacerlo todo; cuídate de menospreciar a aquel que tiene un don inferior, entre comillas, a lo que tú crees que tienes. Hermanos, uno de los graves errores que nosotros podemos caer es pensar que nosotros no nos necesitamos unos a otros. Y no importa si yo soy pastor, si tú eres ujier, si tú limpias en la iglesia, si tú haces otra cosa, de la misma manera como tú me necesitas a mí, nos necesitamos unos a otros.
Y yo quiero decirte hoy públicamente, voy a abrir mi corazón con ustedes: yo les necesito. Los pastores necesitamos a ustedes. El pastor Miguel necesita a ustedes. Ustedes tienen dones, talentos que la iglesia necesita. Muchos de nosotros estamos muy cansados haciendo cosas que no estamos llamados a hacer, porque quien está llamado a hacerlo no lo está haciendo. Yo quiero decirte en el amor del Señor: te necesitamos.
No hay nada más alentador para un pastor que poder encontrar de sus ovejas una palabra de aliento, porque la verdad es, hermano, que el ministerio pastoral es un ministerio muy solitario. Podemos estar rodeados de mucha gente, pero normalmente la gente viene a pedir y pocas veces a dar. Yo quiero decirte hoy, en el amor del Señor, nosotros necesitamos, citamos lo que Dios te ha dado como estímulo a nuestras almas. Por lo cual, seamos un cuerpo y hagamos lo que Dios nos pide.
Enseñanza número ocho: en el cuerpo todos los miembros son necesarios, incluso los que no lo parecen. Todos los miembros son necesarios, incluso aquellos que no lo parecen. Versículo 22: "Por el contrario, es mucho más cierto que los miembros del cuerpo que parecen ser más débiles son los más necesarios". El apóstol Pablo aquí va a hacer una paradoja: la paradoja de que los débiles son los más necesarios. Normalmente, si nosotros vamos a la guerra, no queremos ir con débiles, queremos ir con quienes son fuertes, aquellos que nos van a defender en cualquier caso. Pero en la vida de fe, Dios ha determinado que los débiles son muchas veces más importantes.
Pablo aquí hace una corrección y enfatiza que nosotros debemos darle valor a aquellos hermanos o aquellas partes del cuerpo que muchas veces pasamos desapercibidos, que pensamos que no son importantes. Aquellos servidores que están ahí, que son poco visibles, pero que están haciendo la obra de fe. Mis hermanos, ningún creyente o grupo de creyentes debe minimizar ni despreciar a nadie porque siente que ese don no es tan valioso para el cuerpo de Cristo, porque siente que ese don no es tan relevante para el cuerpo de Cristo. Dios ha hecho su cuerpo y todos sus miembros son importantes.
Ahí me llama la atención que hay un miembro del cuerpo que muchas veces me ha preguntado: "Señor, él solamente está ahí para causarnos dolor", que es el dedo pequeño del pie. Él está ahí para cuando tú pasas por una esquina recordarte que hay emociones. Sin embargo, si tú nos cortas ese miembro, el cuerpo se desbalanceará, se desbalanceará, porque es un miembro importante. Y hay otro miembro mucho más importante aún que nosotros no lo vemos, pero que sin él no podemos vivir, y se llama la glándula pineal. La glándula pineal es el miembro del cuerpo más pequeño que tenemos; el tamaño es más o menos como un grano de arroz. Y la glándula pineal, que está en nuestro cerebro —ahí hay una imagen—, tiene la responsabilidad de secretar melatonina, que es la hormona del sueño. Si esa glándula pineal se afecta o no hace su trabajo, ¿qué pasa? Nosotros no dormimos, y si no dormimos no descansamos, y si no descansamos desfallecemos y morimos. Pequeñita, pero poderosa.
Y yo, pensando en esto, en nuestra iglesia, ¿cuál sería la glándula pineal de la iglesia? Yo no dejo de pensar en el ministerio de intercesión. Mis hermanos, solo tengo un grupo de hermanos que por años se han reunido semana a semana a clamar a nuestro Dios por todo lo que hacemos aquí. Hermanos que bañan de oración todo lo que la iglesia quiere hacer, y nosotros no lo estamos viendo. Ellos se reúnen en un cuartito atrás, muchos lo manejan a través de un chat, pero son ese órgano pequeño que está sosteniendo a la iglesia. Y nosotros los valoramos infinitamente, porque aunque no se ve, es extremadamente necesario. Y para recordarnos eso, recuerda que hay hermanos que tú estás viendo ahí que tienen dones, que no es el pastor, no es el equipador, no son los líderes, que sin eso la iglesia no funciona, sin eso la iglesia no está viva.
Enseñanza número nueve: como todos somos importantes, todos merecemos la misma honra dentro del cuerpo. Como todos somos importantes, todos merecemos la misma honra dentro del cuerpo. Versículos 23 y 24: "Y las partes del cuerpo que estimamos menos decorosas, a estas las vestimos con más honra. Así que las partes que consideramos más íntimas reciben un trato más honroso, ya que nuestras partes presentables no lo necesitan. Pero así formó Dios el cuerpo, dando mayor honra a la parte que carecía de ella".
El apóstol quiere invitarnos ahora a que nosotros recordemos que todos nuestros hermanos tienen un honor y un cuidado que nosotros debemos mantener, y que más aún, aquellos que son más indefensos, a esos nosotros debemos invertirnos más en ellos, cuidarles de una manera más personal e íntima. Dios ha diseñado el cuerpo de manera tal que tanto lo visible como lo invisible sean considerados como valiosos para nosotros, sean considerados como importantes. Sin embargo, Él quiere que nosotros ahora le demos un especial cuidado a aquellas partes que nosotros no reconocemos y valoramos tanto.
Por ejemplo, los pastores. Nosotros los pastores nos sentimos honrados por ustedes, nos sentimos valorados por ustedes. Los líderes se sienten honrados por ustedes. Pero no solamente nosotros nos sentimos honrados; todos debemos sentirnos igualmente honrados y valorados, porque todos formamos parte del mismo cuerpo, todos formamos parte del mismo cuerpo.
Yo quiero invitarte, hermano, a que tú puedas honrar al Señor y dar honra a aquellos hermanos que tú ves que son quizás más indefensos, más débiles. Aquellos hermanos mayores, aquellas viejitas, nuestras viejitas amadas, que tanto nos aman, que dan tanto afecto, que hacen tanto esfuerzo para estar aquí domingo a domingo. Honrémoslas con esto: si ves a una persona mayor, busca la forma de estimularla en amor, porque llegar a ochenta años y estar fiel delante de Dios alabando al Señor, independientemente de las situaciones difíciles que han vivido, merecen que tú y yo podamos decirle: "Gracias por tu testimonio". Y estimula a aquellos hermanos que están enfermos hoy, que padecen hoy. Cuidemos de ellos, oremos por ellos.
El pastor Luis mencionó al inicio del servicio el fallecimiento de nuestro amado Federico. Federico era una persona muy especial para mí, yo le estimaba profundamente. Y yo quiero agradecer a la iglesia, porque nosotros veíamos a Federico sentado allá atrás domingo a domingo, y él nunca estuvo solo. A la hora de salir, siempre había tres, cuatro, cinco hermanos que estaban dispuestos a cargarlo para llevar la silla de ruedas y montarlo en su vehículo. Y esta es la manera como la iglesia debe comportarse: cuidando a los más indefensos, honrando a los que no pueden hacerlo. Y esto es un estímulo que el apóstol Pablo quiere darnos. Recuerda: en el cuerpo todos somos importantes, todos somos importantes.
Y ahora, en el versículo 25, nos va a dar las razones de por qué ha dicho todo lo que ha dicho. Aquí está la razón por la cual él nos ha llamado a vernos como un cuerpo, a entender que somos un cuerpo, a buscar la unidad. Enseñanza número diez: el Señor quiere unidad y cuidado mutuo. Versículo 25: "Para que no haya división en el cuerpo, sino que los miembros tengan el mismo cuidado los unos por los otros". Todo lo que yo he dicho, corintios, tiene un propósito, ¿y cuál es? Que no haya división en la iglesia. No puede haber división en la iglesia. Somos un cuerpo, y un cuerpo que está llamado a cuidar el uno del otro.
Mis hermanos, una iglesia saludable es una iglesia unida, y Dios lo sabe. Una iglesia enferma es una iglesia que se va a autodestruir, y Satanás lo sabe. Y su deseo, desde el día uno, ¿cuál es? Destruir la obra de nuestro Dios. Y el apóstol se encontró con que la iglesia de Galacia estaba pasando algo como esto. Cuando Pablo escribe su carta a los Gálatas, se encontró una iglesia que se estaba dividiendo, una iglesia que había recibido el mensaje del evangelio, pero ahora, por esta doctrina de los judaizantes, se estaban apartando y había dos bandos. Y miren la amonestación que el apóstol les hace en el capítulo 5, versículo 15: "Pero si ustedes se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado, no sea que se consuman unos a otros".
Mis hermanos, tristemente muchos en la iglesia se han olvidado de esta advertencia y han preferido abrazar las críticas, la condenación, en vez de abrazar el mandato de Hebreos 10:24, de considerar cómo estimularnos al amor y a las buenas obras. Hemos preferido muchas veces atacarnos, criticarnos, mordernos, y se nos olvida que cuando hacemos eso nos estamos haciendo daño a nosotros mismos, porque si yo me muerdo la mano, yo lo siento, porque es parte de mi cuerpo.
Y es por esta razón, mis hermanos, que tú y yo debemos ser intencionales, muy intencionales, en buscar preservar la paz. Y déjenme ilustrarlo de esta manera. Había una vez un hombre que estaba hastiado, ya cansado, porque sus hijos todo el tiempo estaban peleando, todo el tiempo en discusión, todo el tiempo en un conflicto. Él llama a sus hijos y les dice: "Miren, mis hijos, miren, yo le voy a dar a cada uno de ustedes una pajilla. Le voy a dar una pajilla de madera a cada uno. Yo les voy a pedir que las rompan". Y los hijos empiezan uno por uno a romper su pajilla, uno por uno a romper su pajilla, uno por uno a romper su pajilla. Y las rompen con tal facilidad que el anciano dice: "¡Wow, muy bien, excelente!". Él toma un grupo de pajillas, las une, y dice: "Tomen, rómpanla". Uno por uno los hijos trataban de romperla y les era imposible. El padre les dice: "Mis hijos, si ustedes se mantienen unidos, nada podrá hacerles daño. Pero si ustedes se dividen, fácilmente serán vencidos, fácilmente serán vencidos". La unidad vence la fuerza.
Y la iglesia de hoy tiene que entender eso: que el anhelo de Dios, el propósito de Dios, es que como familia de fe nosotros seamos uno, unidos, que podamos perseverar en medio de los diferentes ataques que sufrimos, viviendo como un solo cuerpo. Cuando Cristo oró al Padre, este era el anhelo de su corazón. Cuando Cristo está orando en el Getsemaní, allá antes de padecer, Él dice esto: "Pero no ruego solo por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. La gloria que me diste les he dado, para que sean uno, así como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados en unidad, para que el mundo sepa que tú me enviaste y que los amaste tal como me amaste a mí".
Me has amado a mí. Mis hermanos, el deseo de Dios es que su iglesia sea un cuerpo que camine unida, que sea una fuerza unida. Y esta carga que el Señor ha puesto, y esto es una carga, hermanos, que el Señor ha puesto en el corazón de los pastores del día uno, yo quiero compartir esto porque es una realidad. Desde el día uno, desde el día que se plantó esta iglesia, desde el día que comenzamos con el proceso de membresía, el Señor puso en el corazón de los pastores el incentivar a la iglesia a velar por la unidad, a defender la unidad.
Y es por eso, hermanos, que si tú eres miembro de la IBI, tú sabes que cuando completaste el pacto de membresía había un capítulo ahí que hablaba de eso, y yo lo voy a citar. Dice: "Me comprometo a velar por la unidad de la iglesia. Esto implica aceptar, amar, perdonar al hermano cuando sea necesario, de la misma forma que Cristo me ha aceptado, amado y perdonado. Caminar junto a ellos con amor fraternal, orando y sirviéndonos mutuamente, llorando con el que llora, regocijándonos con el que se regocija, soportando así las cargas los unos de los otros."
Hermanos, somos un cuerpo, y del día uno como iglesia queremos que esa verdad rija en este púlpito, en cada uno de ustedes. Y yo estoy convencido que esta es una de las razones, además de la gracia desbordante de nuestro Dios, por la cual en veintiséis años nosotros no hemos tenido una división en IBI. Si uno ha preservado, el Señor nos ha guardado. Mis hermanos, hay un dicho muy popular: en la unidad está la fuerza. Seamos un cuerpo, un cuerpo que se duele con el que sufre, un cuerpo que se regocija con el que se regocija.
Y esta es la enseñanza número once, la última enseñanza: estamos llamados a sufrir con el que sufre y a gozar con el que se goza. Versículo 26: "Y si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; y si un miembro es honrado, todos los miembros se regocijan con él."
Mi hermano, el sufrimiento de un miembro debe afectar a todo el cuerpo. Hoy la IBI está de luto porque la familia Artista del Tran ha perdido un ser amado. Debemos sentir ese pesar. De la misma manera, la victoria de mi hermano debe ser mi victoria, la alegría de mi hermano debe ser mi alegría. Yo no me siento envidioso, yo no siento deseo de tener lo que él tiene. Todo lo contrario, yo alabo a Dios porque Dios le ha bendecido. Y si somos realmente hermanos, un solo cuerpo, debemos vivir de esta manera.
Y de verdad, cuando yo voy a la historia de la iglesia, cuando yo estudio acerca de la iglesia del primer siglo, yo veo que esta era una práctica de la iglesia. Para la iglesia primitiva el ser uno no era algo que nosotros debíamos enseñarles; ellos lo vivían. Miren cómo Lucas redacta esto en Hechos 4:32. Dice: "La congregación de los creyentes eran de un solo corazón y una alma, y ninguno decía ser suyo lo que poseía, sino que todas las cosas eran de propiedad común."
La iglesia primitiva entendió desde el inicio lo que era ser un cuerpo. Esta gente estaba unida en sus corazones, sus almas estaban entrelazadas unas con otras. La alegría de uno era la alegría de todos, el sufrimiento de uno era el sufrimiento de todos. Incluso las posesiones. ¡Ay, nuestras posesiones! Qué difícil de aprender. Nuestras posesiones. Pero esta iglesia consideraba que lo que tenía era de todos, porque ellos eran un solo cuerpo, era una unidad, era un solo bloque.
¿Ustedes se imaginan la iglesia viviendo de esa manera? ¿Ustedes se imaginan una iglesia que camine de esa manera, en esa íntima comunión, en esa dependencia los unos de los otros, sabiendo que no estamos solos, sabiendo que yo tengo un hermano que está velando por mí, orando por mí, apoyándome? ¡Qué bendición sería!
Ahora, quizás usted preguntará: "Pastor, pero ¿cómo logramos eso? ¿Cómo alcanzamos eso?" Dice en mis notas de abajo: ¿Cómo yo alcanzo eso? En primer lugar, para lograr eso yo tengo que amar a Cristo sobre todas las cosas. Yo tengo que ver a Cristo como mi cabeza a quien yo estoy sometido. Juan Calvino decía, en cuanto al vínculo de la unidad: "Su verdadero y principal fundamento es Cristo, sin cuya comunión no puede haber una verdadera unidad." Mis hermanos, si yo no amo a Cristo, si yo no entiendo la obra de Cristo, si yo no reconozco a Cristo como mi Señor, será imposible para nosotros tener esta comunión como hermanos. Esto es vital.
En segundo lugar, yo necesito ser fiel a Dios y cumplir su mandamiento, cumplir el segundo mandamiento. Juan 13:34-35: "Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros; que como yo los he amado, así también se amen los unos a los otros." Y oigan este verso poderoso, un verso que hoy debemos entender a la luz de lo que estamos viviendo: "En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se tienen amor los unos para los otros."
Mis hermanos, el elemento diferenciador entre un discípulo de Dios y un discípulo del mundo es el amor. Un amor que hace que nos perdonemos unos a otros, un amor que hace que nos toleremos unos a otros, un amor que hace que sabemos que, sin importar lo que este hermano esté pasando, esté haciendo, él es parte de mi cuerpo.
"Él es parte de mí, pastor." Pero Mariano me dice: "Pastor, porque ser hermano es demasiado complicado. Es que es todo un lío. Yo lo amo, pero lo quiero lejos, a mil pies." Mis hermanos, la iglesia es un hospital de heridos donde venimos personas que estamos cargadas, que hemos sufrido heridas de batalla en guerra por el pecado, el pecado de otro y por nuestro pecado. Si nosotros venimos a la iglesia pensando que vamos a encontrar un lugar de gente perfecta donde todo el mundo va a actuar de la manera correcta, estamos errados, porque no es así. No es de esta manera. La iglesia está compuesta por un grupo de personas imperfectas que caminan tras las pisadas del único perfecto: Cristo. Eso es la iglesia. Pero no somos perfectos, somos pecadores, y como imperfectos aún así debemos amarnos, perdonarnos, guardarnos y cuidarnos unos a otros.
Mis hermanos, ese hermano difícil, ese hermano complicado de amar, ese miembro del cuerpo que yo quisiera amputarlo de ahí, es muchas veces el gimnasio espiritual que Dios ha traído a mi vida para ejercitar el músculo del corazón, para formar mi carácter a su imagen. Dios quiere que nosotros vivamos en unidad como un cuerpo, teniendo a Cristo como cabeza.
Y permítanme ya para cerrar compartir brevemente algunas prácticas que nosotros debemos eliminar de nuestra vida si queremos ser un cuerpo, y algunas prácticas que debemos traer a nuestra vida de iglesia si queremos ser el cuerpo de Cristo. Hoy, en un hombro, qué no debemos hacer: no debemos menospreciarnos, criticarnos, celarnos, envidiarnos, competir unos con otros, recordar ofensas. "Yo recuerdo que tú me hiciste tal cosa, yo te lo voy a apuntar aquí." Nosotros no usamos una libreta de colmada, mis hermanos. Chismear, prejuiciarnos, airarnos unos con los otros. Eso no tiene sentido.
¿Qué hacemos nosotros? Nos amamos, nos animamos, nos perdonamos, nos alegramos unos con otros, lloramos con los que lloran, nos apoyamos, nos restauramos, nos confrontamos, nos servimos unos a otros. Porque somos un cuerpo, somos un cuerpo los unos para con los otros.
Mis hermanos, mis amados hermanos, recuerden, recuerden esto, versículo 27: "Ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno individualmente un miembro de él." Tú eres el cuerpo de Cristo, y como cuerpo de Cristo Dios te ha llamado en unidad a mostrar al mundo la gloria de Cristo. El mundo va a saber acerca de Cristo, acerca de que nosotros somos discípulos, por la forma como nosotros caminemos unidos, amándonos, cuidándonos unos a otros.
Vamos a orar para cerrar este mensaje. Yo quiero pedirte que hagamos algo diferente en el día de hoy. Yo quiero pedirte que te pongas de pie y que hagamos una oración como un cuerpo, tomados todos de la mano, en señal de que hoy reconocemos que somos un cuerpo delante de Dios. Sin importar nuestra región o clase social, si hemos creído en Cristo como Señor y Salvador de nuestra vida, que hemos creído que Él vivió la vida perfecta, se clavó en una cruz por nuestros pecados, resucitó de entre los muertos, y tenemos la esperanza de que como Él resucitó nosotros resucitaremos con Él. Hoy como un cuerpo vamos a clamar a nuestro Dios.
Padre, gracias. Gracias por el privilegio que nos das, Señor, como iglesia, de poder venir delante de ti como uno, sabiendo que eso somos: somos uno en ti por la obra que tú has hecho en nosotros. Yo quiero orar, Señor, que esta unidad que nosotros evidenciamos hoy aquí, tomados de la mano, sea la unidad que nosotros podamos mostrar al mundo, que nosotros podamos vivir. Esta unidad, que la IBI sea diferente no simplemente por los sermones que predicamos aquí, sino que podamos ser un ente diferenciador por el amor que nos tenemos los unos a los otros. Porque vivimos, Señor, en dependencia de ti, anclado a mi hermano. Que si mi hermano sufre, yo sufro con él. Que si mi hermano tiene necesidad, yo tengo necesidad con él. Que si mi hermano se regocija, yo me regocijo con él. Señor, ayúdanos como iglesia a vivir estos tiempos difíciles que tenemos por delante, a vivirlos unidos, tomados de la mano, corriendo juntos en la carrera de la fe, esperando el día glorioso cuando tú, Señor Jesús, vengas por nosotros. Nosotros estemos delante de ti, Señor. Ese día se acerca, ese día es pronto, y nosotros pedimos, Señor, que tú nos halles fieles haciendo tu obra cuando tú regreses por nosotros. Gracias te damos, Señor, en el nombre de Jesús. Amén y amén.
Mi hermano, que el Señor le bendiga. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que tú puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.