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Sermones

Gratitud: señal de un corazón transformado

Joan Veloz 15 septiembre, 2024

La gratitud genuina es la marca distintiva de un corazón que ha sido verdaderamente transformado por Cristo. En Lucas 17, diez leprosos claman a Jesús pidiendo misericordia, y todos son sanados mientras obedecen la instrucción de presentarse ante los sacerdotes. Sin embargo, solo uno regresa: un samaritano, doblemente marginado por su enfermedad y su origen, que al verse limpio no puede contenerse y vuelve glorificando a Dios a gran voz, postrándose a los pies de Jesús para darle gracias.

La lepra física de aquellos hombres es un espejo de nuestra condición espiritual. La diferencia es que el pecado nos engaña haciéndonos creer que estamos bien cuando en realidad estamos enfermos. Los leprosos sabían que necesitaban sanidad; nosotros muchas veces ignoramos cuán profunda es nuestra necesidad de Cristo. Jonathan Edwards lo expresó así: cuando miraba dentro de su corazón, percibía una maldad más honda que el infierno, y sus propias lágrimas necesitaban lavarse en la sangre de Cristo.

¿Por qué los otros nueve no regresaron? Quizás uno era legalista y priorizó cumplir la instrucción al pie de la letra; otro, impulsivo, corrió a abrazar a su familia; otro más pensó que Dios ya conocía su corazón y no necesitaba expresar nada. Estas excusas nos resultan familiares porque probablemente nos parecemos más a los nueve que al uno. El samaritano no estaba pendiente del milagro sino del hacedor de milagros. Por eso Jesús le dice: "Tu fe te ha sanado". Diez fueron limpiados de lepra; solo uno fue salvo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hermanos, en el día de hoy yo quiero reflexionar junto a ustedes acerca de una historia. Una historia que muchos hemos leído, pero que cada vez que la leemos nos muestra ese carácter transformador que tiene la presencia de Cristo en la vida de aquellos que se encuentran con él. Una historia que muchos hemos inclusive hablado, de la cual hemos enseñado, pero que la leemos y sigue trayendo enseñanzas a nosotros. Y es la historia de los diez leprosos que se encuentran con Cristo, una historia que nos muestra cómo la gratitud es una evidencia de un corazón que ha sido transformado, que ha sido redimido por el Señor.

Es por eso que yo he titulado mi mensaje de hoy: "Gratitud, señal de un corazón transformado". Ya que un corazón que ha sido transformado por el poder del Evangelio, que conoce la profundidad de su maldad, que sabe lo mucho que se le ha perdonado, que sabe lo mucho que ha recibido por Cristo, lo único que le queda es agradecer, dar gracias, glorificar a nuestro buen Dios.

Yo quiero pedirte que me acompañes al Evangelio de Lucas. Estaremos leyendo el capítulo 17, los versículos del 11 al 19. Y esta es la Palabra de Dios: "Aconteció que mientras Jesús iba caminando a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Y al entrar en cierta aldea, le salieron al encuentro diez leprosos y le gritaron: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Cuando él los vio, les dijo: Vayan y muéstrense a los sacerdotes. Y sucedió que mientras iban quedaron limpios. Entonces, uno de ellos, al ver que había sido sanado, se volvió glorificando a Dios en alta voz, cayó sobre su rostro a los pies de Jesús y le dio gracias. Y este era samaritano. Jesús le preguntó: ¿No fueron diez los que quedaron limpios? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No hubo ninguno que regresara a dar gloria a Dios excepto este extranjero? Entonces le dijo: Levántate y vete, tu fe te ha sanado".

Señor, que tu Palabra pueda traer a nosotros el mismo entendimiento que a este hombre, que lo único que él debía hacer era regresar delante de ti, postrarse, adorarte y darte gracias. Sé con nosotros, en el nombre de Jesús. Amén.

El Evangelio de Lucas nos dice que Jesús iba camino a Jerusalén. Jesús ya estaba comenzando lo que era la cuenta regresiva para terminar su ministerio. Él se dirigía al lugar donde él iba a ser apresado y posteriormente asesinado. Y caminando hacia la ciudad de Jerusalén, él decide tomar, dice el texto, por el camino que iba entre Samaria y Galilea. Un camino que, aunque era el más corto para llegar a Jerusalén, era el menos utilizado por los judíos, ya que era un camino peligroso y un camino que transitaba directamente a través de la ciudad de Samaria.

Para los judíos relacionarse con los samaritanos no era buena cosa. Ellos no querían relación con los samaritanos. Ellos consideraban a los samaritanos como un pueblo inmundo, porque ellos entendían que era un pueblo que se había mezclado con los asirios y ya no eran judíos puros. Ellos no querían relación con esta gente. Además de que los samaritanos entendían que el lugar de adoración no era el templo en Jerusalén, era el templo que ellos habían construido. Pero para Jesús esto no era un problema. Para Jesús no era un problema encontrarse con los samaritanos.

Es por esto que dice el versículo 12 y el versículo 13 que él se dirigía y no se aisló. Él entró a una aldea, a cierta aldea, y le salieron al encuentro diez hombres leprosos que se pararon a distancia y le gritaron: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! El pasaje no nos dice a qué aldea entró Jesús. Lo que sí nos dice es que al él entrar y los leprosos sentir la presencia de Jesús ahí, ¿qué ellos hicieron? Ellos fueron al encuentro de Jesús. Y dice el texto que ellos se pararon a cierta distancia donde él pudiera verlos y escucharlos.

Diez leprosos, diez hombres condenados a vivir marginados por su enfermedad. No sé si ustedes lo sabían, pero en los tiempos de Jesús la lepra era una enfermedad altamente temida. Era casi una sombra oscura que podía arrebatarte todo lo que tú amabas. La lepra no solamente era una enfermedad del cuerpo, era literalmente una sentencia de muerte. Tú eras un muerto viviente. Te separaban de tu familia, te separaba de tu trabajo, de tus amigos, de tu pueblo. Incluso tú tenías que salir de tu hogar e irte fuera, vivir aislado.

Ellos vivían presos literalmente. Los leprosos vivían presos en una cárcel invisible. No podían acercarse a nadie. Incluso si alguien se acercaba donde ellos estaban, los leprosos tenían que levantar la voz y decir: ¡Impuro, impuro, impuro! De manera tal que los que estaban acercándose supieran: por ahí hay un leproso, alejémonos de ahí. Estos eran hombres que vivían en una condición de desesperanza.

Tú puedes imaginarte lo que es vivir así. Imaginarte lo que es vivir sabiendo que todo el que te mira tiene repulsión de ti. Que cuando la persona se está acercando donde tú estás, tú tienes que decirle: ¡Aléjate! Imaginas lo que es no poder sentir el abrazo de un ser querido. El no poder ir al templo a adorar, el no poder orar con tus hermanos, el no poder ofrecer sacrificios. Estos hombres no solamente sufrían un deterioro físico, sino también un deterioro emocional, un deterioro también espiritual.

Y al ver a Jesús, al ver a aquel que puede libertarles de su condición, ¿qué es lo primero que ellos hacen? Ellos gritan, dice el texto, gritaron. La Reina Valera dice que ellos alzaron la voz. Y para aquellos que son leprosos, eso era algo muy difícil, hermanos. En ellos gritar a Jesús, alzar la voz para que Jesús los escuchara, fue algo que debió requerir mucho esfuerzo de parte de ellos. Porque la lepra era algo que secaba la garganta, era una enfermedad tan destructiva —o es una enfermedad tan destructiva— que aquellos que la padecen tienen la garganta reseca, por lo cual su voz es muy baja y suele ser muy ronca.

Sin embargo, ellos no perdieron la oportunidad. Vieron al Mesías, al Salvador del mundo, a aquel que puede libertarles, ¡y gritaron! ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros! Es probable que estos leprosos ya habían escuchado acerca de los milagros de Jesús, de las enseñanzas de Jesús, del poder que él tenía para sanar. Recuerden que Jesús ya está terminando su ministerio. Y cuando vieron la oportunidad, no pudieron quedarse atrás. Ellos fueron y clamaron: ¡Ten misericordia!

El pedir misericordia es una acción donde una persona que está en una condición inferior le pide a un superior: ayúdame, socórreme, concede esta petición. Ellos sabían que Jesús podía limpiarlos. Ellos sabían que Jesús podía libertarlos de esa cárcel invisible en la cual ellos estaban, y por eso ellos claman a él. Claman a él con desesperanza.

Yo quería, y pensé traer algunas imágenes de lo que es la lepra, pero luego dije no, porque es algo doloroso. Es algo que quiero invitarte a que no solamente veas el pasaje y leas "los diez leprosos". Busca para que tú veas el daño que trae la lepra, la maldición que pudiera ser esta gran enfermedad.

Sin embargo, nosotros hablamos de la lepra, hablamos de los diez leprosos y decimos: ¡Cuál qué terrible condición! ¡Qué desesperanza vivían estos hombres! Pero yo quiero preguntarte ahora, hablando de nosotros: ¿éramos nosotros muy diferentes a los leprosos? Su lepra era física, pero la lepra del pecado es del corazón. ¿Es la lepra física más dañina que la lepra del corazón?

Muchas veces leemos historias como esta en la Palabra y no nos sentimos identificados. Pensamos: "Wow, los pobres leprosos". Sin embargo, se nos olvida que el pecado es peor que la lepra física. Peor que la lepra física, ¿por qué? Porque el pecado nos hace sentir que estamos bien cuando realmente estamos mal. Estos leprosos sabían que estaban enfermos y que necesitaban ayuda, que necesitaban clamar a un Salvador. El pecado nos hace entender que estamos bien y que no necesitamos a nadie.

Es por eso que hasta que tú y yo no reconozcamos la gran maldad que hay en nuestro corazón, no podremos reconocer la gran necesidad que tenemos de Cristo como Señor, como Salvador y como Maestro. Y esto es lo más importante aquí que yo quiero resaltar en el día de hoy, mis hermanos. Nosotros vemos a los leprosos y ellos saben que están enfermos, por lo cual ellos van delante de aquel que puede sanarlos. Pero tú y yo sin Cristo estamos enfermos, y nuestra única solución, el único remedio para nuestra lepra, es venir a él.

Jonathan Edwards, quien fue probablemente el más grande teólogo norteamericano, entendió la condición de su corazón. Él entendía lo que era la lepra del corazón. Él decía, o dijo una vez: "Cuando veo dentro de mi corazón y percibo su infinita maldad, creo que es un abismo más hondo que el infierno. Cuando oro, peco. Cuando predico, peco. Tengo que arrepentirme de mi arrepentimiento, y mis lágrimas necesitan lavarse en la sangre de Cristo".

Sí, hermanos, nosotros no somos diferentes a los leprosos. Nuestro corazón es una fuente perversa de lepra que tiene el poder de destruirnos, que nos pudre, nos carcomo por dentro. Miren cómo el Señor lo dice en Isaías 64:6: "Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas. Nuestras obras justas son trapo de inmundicia. Todos nos marchitamos como una hoja, y nuestras iniquidades como el viento nos arrastran".

Pero hermanos, si tú estás aquí en el día de hoy, si tú nos ves hoy en la transmisión, yo quiero preguntarte: ¿Tú entiendes realmente la condición de tu corazón sin Cristo? ¿Tú has entendido lo que es el pecado, lo dañino y destructivo que es? ¿Alguna vez has sentido la necesidad que tuvieron estos hombres de clamar al Señor con voz ronca, con llanto, por tu pecado o por el pecado del otro? ¿Has sentido esa necesidad de clamar al Señor y decirle: Señor, Señor, ten misericordia de mí?

Hermanos, nosotros, al igual que los leprosos, necesitamos levantar continuamente la voz y clamar a Cristo. Continuamente pedirle al Señor: Ten misericordia de mí.

Aún los que han sido redimidos por él seguimos pecando y necesitamos pedirle diariamente: "Señor, ten misericordia de mí. Líbrame de mis deseos que no son conforme a tu voluntad. Líbrame del pecado de otro que quiere hacerme daño y alejarme de ti. Señor, ten misericordia de mí." Los leprosos entendieron su condición y clamaron al que podía limpiarlos.

¿Y qué pasó? Versículo 14: "Cuando él los vio, cuando Jesús los vio, les dijo: Vayan y muéstrense a los sacerdotes." Es interesante aquí que Lucas no nos dice "cuando el Señor los escuchó", no, "cuando Cristo los vio". Sin duda el Señor los escuchó clamando por misericordia, pero el texto nos habla de que Jesús los vio. Y probablemente Jesús los vio como ningún otro pudo haberlos visto antes a ellos, porque los vio con los ojos del amor de Cristo. Los vio con compasión, los vio con misericordia, los vio en su enfermedad y quiso socorrerles.

La mayoría de personas, cuando los veían a ellos, ¿qué veían? Hombres enfermos. La mayoría de personas, cuando se acercaban a ellos, ¿qué querían hacer? Salir corriendo. Pero cuando Cristo los ve, los ve con ojos tiernos de compasión. Y al oír esto, yo siento esperanza, mis hermanos, porque nuestro Señor Jesucristo nos sigue viendo de la misma manera. Dice la Palabra de Dios en Hebreos 13:8 que él es el mismo ayer, hoy y siempre; él no cambia. Y así como él vio a los leprosos con compasión, así él sigue viendo a los suyos con compasión y misericordia. Él sigue viendo a aquellos que claman en desesperación a él. Él sigue escuchando a aquellos que no saben a dónde ir. Dice el salmista en el Salmo 34:17: "Claman los justos y el Señor los oye, los libra de todas sus angustias." Jesús sigue viendo nuestras aflicciones; incluso después de salvarnos, él nos sigue intercediendo.

Y hermanos, si tú estás aquí en el día de hoy y te encuentras en una situación de desesperanza, y probablemente en un grupo como este hay algunos que no saben qué hacer, que están desesperados por diferentes situaciones, yo quiero recordarte que el Señor te ve, y a su debido tiempo él responderá a tu oración según su buena voluntad, para la gloria de su nombre y para el bien de tu alma. El Señor responderá. Él vio a los leprosos y los sanó.

Sin embargo, a diferencia de como lo hizo con el otro leproso que el mismo Lucas nos cuenta en Lucas 5:12-13, a quien el Señor puso sus manos sobre él, en este caso el Señor no los toca. Él les da una instrucción, él les dice: "Vayan y muéstrense a los sacerdotes. Ustedes van a ser sanados, pero vamos a poner a prueba su fe." Y yo me imagino cómo ellos debieron haber recibido esta instrucción, porque "yo todavía estoy enfermo, ¿cómo que me presente al sacerdote?"

Es bueno que recordemos que Levítico 14 nos recuerda que cuando un leproso entendía que estaba sanado ya, ¿qué debía hacer? Él debía presentarse al sacerdote. Los sacerdotes tenían una función como inspectores de salud en la época de Jesús. Ellos certificaban: "Ok, estás limpio, puedes reintegrarte a la vida pública." Y Jesús les dice: "Vayan, que ellos certifiquen que ustedes están sanos." Esto es una prueba de fe. Ellos todavía tenían lepra. Imagínense ellos hablando entre ellos: "¿Que vayamos al sacerdote, a los sacerdotes? Pero mira cómo yo estoy. ¿Qué me van a poder decir? Probablemente lo que hagan es que nos recriminen, probablemente lo que hagan es que nos hagan un llamado de atención. ¿Cómo vamos a ir a donde los sacerdotes si aún estamos enfermos?" Seguro esa conversación se dio. "Esto es una locura."

Sin embargo, ¿qué hicieron ellos? Ellos obedecieron. Dice la última parte del verso 14: "Y sucedió que mientras iban, quedaron limpios." Ellos obedecieron. Jesús los envió a los sacerdotes, ellos fueron, y el Señor los sanó. En este caso, hermanos, la limpieza de estos hombres vino acompañada de un gran acto de fe. Ellos confiaron que si Jesús los enviaba, él iba a obrar en ellos y por ellos.

Y bueno preguntarnos hoy: ¿Es tu confianza en Dios tan fuerte que actúas según lo que él dice incluso antes de tener evidencias? ¿Estamos nosotros dispuestos a hacer lo que el Señor nos llama a ser, nos pide hacer, sin asumir los riesgos? ¿Cómo es nuestra fe? Muchas veces nosotros, cuando leemos esta historia de los diez leprosos y el que regresó a darle gracias al Señor, nos enfocamos en el que regresó y le ponemos cruz y raya a los otros nueve. Sin embargo, es probable que los nueve que no se volvieron a Jesús hayan mostrado más fe que muchos de los que estamos aquí en el día de hoy. Hayan mostrado que confiaban más en las palabras de Cristo que muchos de nosotros, que incluso hemos sido redimidos por Cristo. Y tuvieron fe en la compasión y la misericordia del Señor, y fueron limpios.

Ahora, quizás en un grupo como este se pueda dar la pregunta: entonces, ¿ellos fueron limpiados por la fe o porque Cristo quiso limpiarlos? Y la realidad es que cuando vemos en la Palabra el obrar de Cristo, vemos que Cristo salvó a personas que mostraron fe, que clamaron a él, como lo fue la mujer con flujo de sangre que se acercó a Cristo y dijo: "Yo solamente tengo que tocarlo y quedaré sana." Como el centurión que dijo: "Señor, di la palabra y quedará sano." Como la mujer cananea que quería que sanara a su hija. Hay momentos donde Jesús sanó a personas que mostraron fe.

Pero hay momentos que no, que él simplemente sanó porque quiso sanar. Como lo hizo con Malco, cuando Pedro le cortó una oreja. Malco no le dice a Cristo: "¡Sana mi oreja! ¡Sana mi oreja!" No, Cristo viene, le pone sus manos y lo sana. El hombre del estanque de Betesda, el endemoniado gadareno, Cristo los sanó aún sin estas personas mostrar fe. Es más, Cristo revivió personas que estaban muertas porque quiso. Es decir, que Cristo sanó a estos diez leprosos porque él quería sanarlos, pero usó su fe como un medio para sanarlos, como una forma de probar la obediencia de ellos y el gran deseo que tenían ellos realmente de ser sanados por el Señor.

Ahora, vamos a recrear un poquito una vez más en nuestra imaginación. Imaginemos esto: diez de nosotros con lepra vamos caminando camino al sumo sacerdote, y mientras vamos caminando vemos que: "Oh, pero yo me estoy curando, la cara no me duele." Empiezo a ver a los otros que están conmigo. ¿Qué debía haber pasado en ese grupo? Imagínense eso. Esta gente estaba condenada a muerte espiritual, emocional. ¿Ustedes imaginan la alegría que debía haber en esos días, cómo ellos se abrazaban? "¡Sí, estamos salvados!" ¿Te imaginas el júbilo que debía haber en ese grupo de diez hombres?

Sin embargo, en medio de ese júbilo, de esa alegría desbordante, dice la Palabra que solo uno tuvo un corazón transformado. Solo uno entendió: "Yo tengo que volver a dar gracias, yo tengo que volver a adorar a aquel que me sanó." Versículo 15: "Uno de ellos, al ver que había sido sanado, se volvió glorificando a Dios a gran voz." Uno de ellos, al ver que ya no necesitaba tener esta capa, estas telas en su piel, ¿qué hizo? Se volvió corriendo, glorificando a Dios a gran voz. Y este término "a gran voz" es una forma de decir que él iba como si tuviera un megáfono en las manos. Él iba gritando, en buen dominicano, voceando acerca de la misericordia de Dios, acerca del favor de Dios, acerca de cómo Dios era bueno en gran manera, haciendo que otros que estaban a su alrededor pudieran decir: "Mi hijo, ¿qué fue lo que te pasó?" "¡Que el Señor Dios me sanó!" Él no podía callarse el milagro que Dios había hecho en su vida. Él no podía dejar que otros no conocieran que había un sanador, y ese es Cristo.

Hermanos, el Señor nos ha limpiado de mucha lepra. Muchos de nosotros y nuestras conversiones son más silentes que otra cosa. Preferimos callarlo, preferimos escondernos, cuando lo que vemos aquí es un hombre que, al ser sanado, no pudo contener su alegría, y con megáfono en mano iba gritando, iba voceando: "¡Dios es bueno! ¡Dios es grande! ¡Dios es poderoso! ¡Él me ha sanado!"

Mis hermanos, es interesante que cuando nosotros vemos el versículo 14, la Palabra nos dice que cuando los diez leprosos iban caminando hacia los sacerdotes, ellos fueron limpios. Pero este pasaje ahora nos dice que este hombre se dio cuenta no simplemente que había sido limpiado, sino que había sido sanado. Y esta sanación nos habla de que lo que pasó en este hombre probablemente fue algo mayor que en los demás. Este hombre fue sanado no solamente de su lepra física, sino también de su lepra del corazón. Él entendió a dónde debía ir. ¿Y qué dice el versículo 16? Que él se volvió, y al encontrarse con Cristo, ¿qué hace? Él cayó rostro en tierra a sus pies, dándole gracias.

El hombre que venía cantando, vociferando acerca de la gloria de Dios, de lo que el Señor había hecho, cuando ve al que le dijo "ve", no puede contenerse. ¿Qué hace? Se postra rostro en tierra delante de Cristo, reconociendo: "Señor, tú eres mi Señor y yo soy tu esclavo, yo quiero ahora estar a tus pies." El acto de postrarse delante de Jesús no fue simplemente un gesto de gratitud, fue un acto de adoración genuina. Él entendió que no solamente había sido sanado de su lepra física, sino que había tenido un encuentro con el Dios vivo y verdadero, y eso le llevó a postrarse.

Aquí nosotros vemos la relación que tiene la gratitud y la adoración. Porque cuando yo sé lo que Dios ha hecho por mí, yo sé lo profundo de mi maldad, como decía Jonathan Edwards, yo sé lo que merezco, y en cambio veo la gran misericordia que he recibido, eso trae en mi corazón un deseo de gratitud que lleva a querer inclinarme y postrarme. Y esa es la actitud que debe tener nuestro corazón. La verdadera gratitud no se queda simplemente en palabras superficiales, sino que transforma nuestra postura delante de Dios y nos lleva a adorarle en la forma como vivimos, en las cosas que hacemos, en la forma como pensamos.

Un corazón agradecido, mi hermano, no se limita a cuando yo vengo a la iglesia el domingo, a los tiempos de adoración. Un corazón agradecido es uno que agradece en todo tiempo sin importar las circunstancias. Cuando Pablo nos exhorta a través de su carta a los Colosenses, en Colosenses 3:17, él nos dice: "Y todo lo que hagan, todo —cuyo es las palabras— todo lo que hagan de palabra o de hecho, háganlo todo en el nombre del Señor Jesucristo, dando gracias por medio de él a Dios el Padre." Todo cuanto hagan, háganlo en el nombre del Señor dándole gracias.

Al ver la obra que el Señor había hecho en el leproso, no le quedó otra cosa que postrarse y darle gracias. Y eso era algo que le estaba haciendo: dándole gracias. En el original, este término "eucharisteo" es un verbo presente, lo que significa que el leproso estaba constantemente dando gracias. Él estaba con el rostro en tierra a los pies de Cristo diciendo: "Gracias, gracias, gracias." Él estaba en una actitud constante de agradecimiento al Señor.

Hermano, es que como yo decía anteriormente, cuando tú conoces lo mucho que se te ha perdonado, cuando tú conoces de dónde el Señor te ha sacado, ¿qué otra actitud nos queda tener? ¿Qué es lo congruente? Lo congruente es postrarnos y dar gracias. Piensa por un momento: todo lo que nosotros tenemos, absolutamente todo, lo tenemos por la misericordia y la gracia de Dios. Todo. Aun en medio del desierto más profundo que podemos estar, Dios sigue mostrando su gracia y su misericordia para nosotros. Nosotros pecamos diariamente, ofendemos a Dios diariamente, y el Señor sigue teniendo misericordia de nosotros.

Y piensa en esto por un momento: a excepción de algunas personas, todos los que estamos aquí, todos, tenemos más días buenos que días malos, días de buena salud que días enfermos. Hay casos, sí, pero la mayoría podemos decir que Dios ha mostrado su misericordia sobreabundante para nosotros diariamente. Hermano, ¿tú has pensado que salir y llegar a tu casa todos los días es una bendición? Y más viviendo en la República Dominicana, que no nos choque un motorista todos los días, ¡gracias! Nosotros somos sobrevivientes. Es una gran bendición. Por eso tú y yo debemos tener corazones agradecidos todo el tiempo.

Según 1 Tesalonicenses 5:18, el apóstol nos recuerda y nos invita: "Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con ustedes en Cristo Jesús." Pastor, yo quiero saber la voluntad de Dios en mi vida, yo quiero conocer... ¡Cuántas veces no hacemos nosotros la pregunta! La voluntad de Dios es que tú des gracias. Lo dice la Palabra de Dios: la voluntad de Dios es que tú des gracias. Tú y yo debemos pedirle al Señor que transforme nuestro corazón para que tengamos un corazón agradecido que esté dispuesto a agradecer en todo tiempo.

Ruth Bell Graham, quien fue la viuda del evangelista Billy Graham, dijo una vez: "No siempre podemos dar gracias por todo, pero siempre podemos dar gracias en todo." En todo tiempo yo puedo dar gracias. El agradecimiento lleva una vida de agradecimiento. Si tú quieres ser más agradecido, ¿tú sabes lo que tú tienes que comenzar a hacer? Comienza a agradecer. Comienza a dar gracias al Señor por sus bondades.

David afirmó en el Salmo 34:1, y él decía: "Señor, yo bendeciré tu nombre. Bendeciré al Señor en todo tiempo, mi alabanza estará continuamente en mi boca." Este "bendeciré al Señor", aquí usted ve que se refiere a agradecer al Señor por sus bondades, por su misericordia, en todo tiempo, en toda situación, bajo toda circunstancia. Antes, durante y después de la prueba. En los días brillantes, en las noches oscuras, yo agradeceré al Señor por su misericordia y me postraré delante de él.

Piensa por un minuto: para este leproso, esos años bajo la enfermedad fueron seguramente agónicos. Sin embargo, la lepra que parecía su condena se convirtió en su mayor bendición, porque fue el instrumento divino, la llave maestra que lo llevó a un encuentro directo con el Salvador. Y así también pasa en nuestra vida: aquello que creemos que es nuestra cruz más pesada, nuestro mayor sufrimiento, es lo que Dios usa para transformar nuestra historia. Lo que hoy ves como tu mayor tormento puede ser lo que el Señor utilice para convertirlo en tu mayor bendición. Una enfermedad, una condición de salud de un hijo, una pérdida, una crisis financiera, conflictos relacionales, problemas laborales, no importa lo que sea, mis hermanos. Eso que hoy pudiera ser mi mayor tormento puede convertirse en mi mayor bendición, porque la Palabra nos enseña que para los que aman a Dios todas las cosas cooperan para bien, para aquellos que son llamados conforme a su propósito. Así que no importa dónde estás hoy, no importa la prueba que estés viviendo, el Señor puede convertir eso en tu mayor bendición.

Quizás algunos me dirán: "Pastor, pero lo que usted dice es una realidad, pero es duro. Usted no sabe la situación que yo vivo todos los días." Sí, algunos casos así. Pero Dios quiere que esa situación que para ti es un tormento te lleve a sus pies, te lleve a buscarle como el leproso tuvo que hacer. Probablemente los que no tenían lepra no salieron al encuentro de Cristo. ¿Quién lo hizo? El que estaba enfermo.

Charles Spurgeon, quien fue conocido como el príncipe de los predicadores, y ustedes muchos lo conocen, dijo una vez: "No siempre he encontrado fácil practicar este deber de ser agradecido, y esto lo confieso con vergüenza. Cuando sufrí un dolor extremo hace algún tiempo, un hermano en Cristo me dijo: '¿Ha estado dando gracias a Dios por eso?' Respondí: 'Deseo ser paciente y estaría agradecido después de recuperarme.' Pero él me dijo: 'En todo dad gracias. No después de que la prueba termine, sino mientras estás en ella. Y quizás cuando te sientas capaz de dar gracias por ese dolor, entonces ese dolor terminará.'"

Mis hermanos, yo creo que es un consejo profundo y sabio este que este hombre de Dios dio, porque el agradecimiento reconcilia el dolor con la voluntad de Dios. Cuando yo soy agradecido por la prueba, yo puedo decirle: "Señor, yo sé que esta prueba eres tú que la permites en mi vida, y tú eres un Dios bueno, un Dios soberano que tienes el poder para simplemente hacer que esto desaparezca. Pero si aún está en mi vida es porque tú la quieres utilizar para mostrarme tu gracia en medio del dolor."

Hermanos, para poder ser agradecidos en todo tiempo, podemos entender que Dios es soberano, y es algo que Job lo entendió. Nosotros muchos conocemos la historia de Job. Job era un hombre justo delante de Dios. En un momento pierde sus hijos, sus propiedades, su ganado, todo cuanto él valoraba. ¿Y qué hizo Job? Job 1:20-21: "Entonces se levantó Job, rasgó su manto, se rasuró la cabeza, y postrándose en tierra adoró y dijo: 'Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a ella. El Señor dio, el Señor quitó. Bendito sea el nombre del Señor.'" Job, en medio de la prueba, agradecido a Dios, adoró y reconoció que Dios es el que da, Dios es el que quita.

Y mis hermanos, si nosotros somos honestos aquí entre nosotros, en un grupo pequeño de quince personas que estamos reunidos aquí, si somos honestos, nuestra vida está más caracterizada hoy por la ingratitud que por la gratitud. Muchos de nosotros nos quejamos más de lo que damos gracias. Y esto se debe a que nosotros entendemos que merecemos más de lo que recibimos. Y nosotros tenemos que arrepentirnos de esto.

En la parábola del hijo pródigo, el pecado del hijo pródigo, ¿usted cuál fue? Fue la ingratitud. Él no valoró la bendición de su casa, la provisión de su padre, y él prefirió ir a estar con prostitutas gastándose la herencia de su padre. Y hasta que lamentablemente él no cayó en razón y estuvo comiendo algarrobas, es decir, la comida de los cerdos, él no valoró y atesoró lo que él tenía. Y estando ahí, él recordó: "En la casa de mi padre hasta los criados tienen alimento en la mesa, ¡y mira dónde estoy yo!" Lamentablemente muchas veces el Señor tiene que ponernos a comer algarrobas y caer en lo más bajo para nosotros poder reconocer: "Dios, tú eres bueno, tú has sido bueno, tú has tenido gracia para con nosotros." Dios tiene que llevarnos a lo profundo para nosotros decir: "Señor, ten misericordia de nosotros."

¿Cuál debería ser la actitud nuestra? ¿Cuál debería ser la actitud de un corazón transformado que se ha encontrado con el Señor? Habacuc 3:17-18 dice: "Aunque la higuera no eche brotes, ni haya frutos en la vid, aunque falte el producto del olivo y los campos no produzcan alimento, aunque falten las ovejas del aprisco y no haya vacas en el establo, no importa que le falte todo, con todo yo me alegraré en el Señor, me regocijaré en el Dios de mi salvación." Con todo. Esa es la actitud de un corazón transformado, un corazón que entiende que sin importar las situaciones y la condición en que se encuentre, él quiere alabar a su Dios, él quiere agradecer al Señor.

Mis hermanos, en ocasiones el Señor da, en otras Él retiene; en unas sana, en otras sostiene en medio de la enfermedad. En todo estamos llamados a darle gracias. Los diez leprosos fueron limpiados, solo uno regresó a agradecer. Y es interesante que el texto dice que este era un samaritano. El que regresó a agradecer era un samaritano. ¿Por qué esto es importante? Porque como habíamos dicho en la introducción, para los judíos los samaritanos eran un grupo impuro, eran un grupo despreciable. Es decir que este que regresó no simplemente era un leproso que estaba enfermo, sino era un marginado para los judíos. Y ese fue el que regresó a dar gracias. Seguramente nadie esperaría, de los que andaban con Jesús, nadie esperaría que Jesús sanaría a un samaritano, pero Jesús lo hizo. Porque Jesús no hace excepción de personas; todo el que clama a Él, Él le responde.

Al ver Jesús que solamente fue el samaritano el que regresó, dice el versículo 17, Jesús le preguntó: "¿No fueron diez los que quedaron limpios? Y los otros nueve, ¿dónde están? ¿No hubo ninguno que regresara a dar gloria a Dios excepto este extranjero?" Yo imagino que para Jesús hacer estas preguntas debió ser algo doloroso. Él debe haber hecho esta pregunta con tristeza. Le llamó extranjero al samaritano porque él no era un judío. Y esto para Jesús debió ser algo pesado, porque como dice la Palabra: "A los suyos vino, y los suyos no le recibieron."

Esto debió ser algo también chocante para los que estaban con Jesús. Recuerden que Jesús no andaba solo, Él andaba con un grupo de discípulos que, al ver que solamente uno regresó y era el samaritano, debió traer como dudas a su corazón, incertidumbre. Pero por un lado seguro estaban maravillados: "¡Wow! Por allá estaba enfermo, yo lo vi, él era el que estaba en el medio, y mira, está sano." Pero por otro lado estaban chocados al saber que los otros, que eran judíos, que habían escuchado las promesas de Dios, no regresaron a dar gracias.

Y la realidad, hermano, es que algunos de los corazones más agradecidos son descubiertos en aquellas personas que han estado más apartadas y que han estado más en pecado. Un ejemplo de esto lo tenemos en la mujer pecadora. No sé si recuerdan la historia de Lucas 7, esta mujer que unge los pies de Jesús con perfume. Jesús es amonestado: "Pero tú sabes quién es esta mujer, tú sabes lo mucho que ha hecho." Jesús les dice: "Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero aquel a quien poco se le perdona, poco ama." Diez fueron limpiados, uno regresó, y ese que regresó era un samaritano.

Ahora, yo quisiera pensar: ¿cuál ha sido la razón por la cual los otros hombres no regresaron? Ellos vieron que uno se devolvió y que iba con un megáfono dando gloria a Dios. ¿Por qué no se devolvieron? ¿Qué los llevó a seguir su camino? Y lo que yo quiero hacer con ustedes de manera breve es quizás ponerle una personalidad a cada uno de los otros nueve, que les hace a ellos justificar el no regresar. Y vamos a ponerlo creativo aquí, ¿de acuerdo?

Uno de ellos era un legalista. Él dijo: "La instrucción fue 'vayan al sacerdote.' Si no me presento pronto estaré incumpliendo el mandato. Las reglas son las reglas." Él dijo: "Yo tengo que cumplir lo que me dijeron. ¿Cómo voy a regresar? Es un loco ese que se volvió para atrás. El mandato fue 'vayan al sacerdote,' y eso yo voy a hacer."

Otro era un formalista. Él creyó que era suficiente con un "amén." "Me mandaron mostrarme al sacerdote, pues ya eso es suficiente. Eso es lo que yo voy a hacer. Yo soy un siervo obediente."

El tercero era probablemente un sanguíneo, un impulsivo, que cuando vio que estaba sano se emocionó tanto que dijo: "No, yo tengo que ir a mi casa, yo quiero abrazar a mi gente. ¡Ah, yo tengo que ver a mi familia! No, no, yo, cuando vea a Jesús en otro momento yo le agradezco, pero yo tengo que ir con los míos." Estaba tan emocionado que él solamente pensó en llegar a su casa.

El cuarto era un incrédulo. Él desconfiaba del milagro. Él dijo: "Me iré. Pérate, ¿y si esto es temporal? Yo no lo voy a agradecer por adelantado. Voy a esperar porque, ¿y si ahorita cuando yo me levante vuelvo otra vez?"

El quinto era un tipo temeroso. Él pensó: "Jesús está por la zona donde están los leprosos. Yo no me quiero acercar por ahí de nuevo porque se me pega de nuevo. No, no, no, no. Cuando yo vea a Jesús en el templo, yo le doy gracias, pero por ahí yo no vuelvo. Por ahí no me ve nadie."

El sexto era un pragmático. Él concluyó que realmente ya él se estaba sanando. Él dijo: "No, yo me estaba sanando. El ungüento, la medicina que yo me estaba poniendo, ese cocimiento de níspero, hoja de níspero, me hizo un efecto tremendo. Esto fue pura coincidencia."

El séptimo seguro era el socialmente consciente. Él estaba preocupado por lo que los otros pensarían. Él dijo: "Pero, ¿qué si yo regreso? ¿Qué van a decir los religiosos? ¿Que yo soy parte de la secta de Jesús? Yo no quiero problemas con esa gente. Yo mejor me mantengo en mi sitio apartado. Cuando yo vea a Jesús, yo le doy gracias, pero yo no quiero que me mezclen. Yo no quiero tener problemas."

El octavo era un indiferente. Él dijo: "Bueno, es un hombre humilde, Él no necesita que le estén agradeciendo. Y Él está cansado de hacer milagros. Él probablemente ni se acuerda de esto. De aquí en poco me olvida, me olvido."

Y finalmente el noveno es el espiritual. El noveno es el espiritual, el que decía: "Dios sabe lo que yo siento en mi corazón. ¿Por qué tendría que decirle? Él es Dios, Él conoce mi corazón."

Ahora, nosotros nos reímos, pero yo quiero preguntarte: ¿con cuál de estas personalidades te sientes muy identificado? ¿Cuáles de estas excusas que escuchamos son las excusas que tú sueles presentar para volverte a Dios, para postrarte ante Él y hacer lo que Él te pide? ¿Qué es lo que te hablas a ti mismo? ¿Cómo te justificas para no hacer su voluntad y adorarle? Al menos si somos honestos, es mucho más probable que la mayoría que estamos aquí nos parecemos más a los nueve que al uno que regresó. Y eso es triste. Y eso es triste.

Solo este extranjero regresó para adorar y dar gracias. Cuando estaba ahí a los pies de Jesús, Jesús lo ve. Dice el versículo 19 que Jesús le dijo: "Levántate y vete; tu fe te ha sanado." Diez fueron limpios, solo uno fue salvo. Solo uno, y fue aquel que se postró y adoró.

Hermanos, la fe del samaritano no solamente se evidenció en el ir, se evidenció en el regresar. Se evidenció que él no estaba pendiente del milagro, él estaba pendiente del hacedor de milagros. Él no quería simplemente ser sanado, él quería adorar al Dios vivo, al Salvador que él tanto esperaba.

Hermano, tú que estás aquí, tú puedes experimentar la bondad de Dios como la experimenta el mundo. Ya que Dios en su gracia ha decidido mostrar una gracia común, Él ha decidido que salga el sol y la lluvia caiga sobre justos e injustos. Tú puedes experimentar y disfrutar de venir a la iglesia, de ser parte de los dones que Dios ha dado a su pueblo. Sin embargo, la salvación es solamente para aquellos que se vuelven de su vida pasada y se postran delante de Jesús, reconociendo que ellos son pecadores, que ellos están enfermos y que necesitan de la misericordia que solamente Cristo puede dar. Los verdaderos creyentes son aquellos que dan gracias continuamente, aquellos que reconocen quién es Dios, aquellos que reconocen el obrar de Él para con ellos, aquellos que reconocen que todo lo que tienen es por gracia.

Yo quiero invitarte a que te preguntes hoy: ¿qué tú necesitas? ¿Qué más tú necesitas para caer rendido a los pies de Cristo? ¿Qué más Él tiene que hacer por ti? Recuerda que tú y yo estábamos condenados a una muerte eterna. Condenados a una muerte eterna, no a una muerte temporal como los leprosos, una muerte eterna. Y Cristo se hizo hombre, vino a vivir una vida perfecta, la vida que tú y yo no podíamos vivir, y se clavó en una cruz para que, al creer en Él, tú y yo pudiéramos morir salvos. ¿Qué más Él tiene que hacer para que nosotros respondamos en gratitud? ¿Para que nosotros vivamos una vida de agradecimiento constante? ¿Qué más debe hacer?

Mis hermanos, al terminar en el día de hoy, yo quiero invitarte a que te preguntes, entre tú y Dios: ¿a quién te pareces más? ¿Quién más te representa? ¿Uno de los nueve, o el que regresó a dar gracias? Esa respuesta va a cambiar, debe cambiar la forma como tú vives. Es mi oración que al salir de aquí tú puedas decir: "Yo quiero ser ese que regresó. Yo quiero vivir de esa manera, adorándole en todo tiempo, viendo cada oportunidad como una oportunidad de responder en adoración." Cuando el servicio se acabe, es una oportunidad para responder en adoración. Así que los que se vayan cuando yo termine de predicar los vamos a estar fiscalizando. Estoy jugando. Pero el cerrar en adoración es una forma de responder en gratitud, en adoración al Señor. Así que pregúntate: ¿a quién me parezco más? ¿Cómo estoy viviendo?

Es mi oración también que el día de hoy algunos que se hayan visto como leprosos, que han entendido que son pecadores, que necesitan salvación, puedan cerrar sus ojos, clamar a Cristo y escuchar en su corazón a Cristo decirles: "Levántate y vete; tu fe te ha sanado."

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.