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Sermones

Recordar es la cura divina en días de aflicción

Joan Veloz 17 noviembre, 2024

El dolor puede sumergirnos en una oscuridad tan profunda que ni siquiera las palabras de consuelo logran penetrar. Asaf, el autor del Salmo 77, conocía bien esta realidad. Este levita que dirigía la adoración en el templo de Israel atravesaba una agonía tan intensa que sus noches se volvieron vigilias de clamor, sus manos se alzaban sin descanso buscando a Dios, y su alma rehusaba ser consolada. Pensar en Dios, lejos de traerle paz, lo turbaba aún más. La contradicción entre el Dios bueno que conocía y el sufrimiento que experimentaba lo llevó a preguntarse si acaso la diestra del Altísimo había cambiado.

Pero Asaf encontró la cura divina para su aflicción: recordar. Comenzó a traer a su memoria las maravillas antiguas de Dios, su poder sobre la creación, las aguas que temblaron ante su presencia. Recordó cómo el Señor guió a su pueblo a través del mar cuando era perseguido por Faraón, caminando con ellos aunque sus huellas no pudieran verse. El profeta Jeremías experimentó algo similar; en medio de su devastación pudo decir: "Las misericordias del Señor jamás terminan, nunca fallan sus bondades, son nuevas cada mañana, grande es tu fidelidad."

Recordar no elimina la prueba, pero transforma la manera de verla. El creyente puede entonces entender que el mismo Dios que actuó en el pasado sigue presente hoy, acompañando en el valle más oscuro. El que no escatimó ni a su propio Hijo, ¿cómo no estará con nosotros en la tribulación?

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

A manera de introducción, mis hermanos, yo reflexionaba en estos días y recordé cómo en mi niñez escuché muchas veces la frase: "los hombres no lloran". No sé si tú lo escuchaste, pero a mí me lo dijeron muchas veces. Parece de ahí que los hombres no lloran. Una enseñanza que cambió probablemente a toda una generación, haciéndonos ver que el hombre no puede mostrar su dolor, no puede mostrar sentimientos; si está triste debe aguantárselo para dentro.

Y lamentablemente esto fue una enseñanza que, en vez de fortalecer al hombre, lo que hizo fue debilitarlo, porque ahora muchos de nosotros tenemos más dificultad para entender empatía con el que sufre, nos cuesta sentir con el que sufre porque yo no puedo mostrar mi dolor. De la misma manera, pero quizás con otras palabras, muchas congregaciones han enseñado a sus miembros que un verdadero creyente, un hombre, una mujer de Dios piadosos, no tienen por qué sufrir en agonía, no tienen por qué pasar momentos de tribulación; deben estar siempre confiados en su Dios, vivir gozosos, vivir en victoria, como solían decir.

Hace unas semanas atrás, un hermano de la congregación me visitó en la oficina para completar el proceso de membresía en la iglesia. Y no recuerdo cómo llegamos al tema, pero él me decía, hablando, que él se sorprendía de cómo personas lloraban en un funeral, que un creyente no tenía por qué llorar en un funeral, porque él sabía que del otro lado había un mejor lugar para esa persona, que en vez de llorar debía tener gozo, debía tener alegría.

Y yo no les confío, mis hermanos, que al empezar mi caminar con el Señor, yo entendía esa realidad: yo entendía que si yo soy un creyente piadoso, debo estar siempre en victoria, afligido pero siempre gozoso. Sin embargo, cuando uno empieza a caminar con el Señor y a estudiar su Palabra, uno se da cuenta de que el creyente no está exento de tener un dolor profundo en el alma. Llorar y entristecerse por las pruebas no es una señal de falta de fe, sino que es una evidencia de que tú y yo somos hombres y mujeres caídos, humanos, que vivimos en un mundo caído y lleno de dolor.

Un mundo que nos aflige por momentos, que por momentos nos estruja de manera tal y nos aprieta de manera tal que, aún confiando en el Señor, aún sabiendo que Dios es bueno y que Él está en control, nuestro corazón sufre por la situación en la que estamos. Y es por esto que yo, pensando en esta realidad, me preguntaba: ¿cómo es que el creyente entonces está llamado a afrontar los tiempos de dolor y de prueba? ¿Cómo poder glorificar al Señor, darle honra a su nombre en medio de una situación de gran dolor?

La respuesta a esta pregunta la encontré en el Salmo 77. Yo quiero invitarte a que me acompañes al Salmo 77, un salmo que ha sido de gran bendición para mi vida de manera personal en estas últimas semanas, últimos meses; un salmo que me ha ayudado a poder lidiar con la tristeza por situaciones familiares, de trabajo y ministeriales; un salmo que nos invita a ti y a mí a recordar que Dios es un Dios de gracia y un Dios fiel, que nos invita a nosotros a recordar lo que Él ha hecho y, al recordar lo que Él ha hecho, poder afrontar, ahora sí con gozo, los tiempos de tribulación.

He titulado mi mensaje de hoy: "Recordar es la cura divina en días de aflicción". Así que lean conmigo el Salmo 77. Esta es la Palabra de Dios.

"Mi voz elevo a Dios y a Él clamaré; mi voz elevo a Dios y Él me oirá. En el día de mi angustia busqué al Señor; en la noche mi mano extendí sin cansarse; mi alma rehusaba ser consolada. Me acuerdo de Dios y me siento turbado; me lamento y mi espíritu desfallece. Has mantenido abiertos mis párpados; estoy tan turbado que no puedo hablar. He pensado en los días pasados, en los años antiguos; de noche me acordaré de mi canción, en mi corazón meditaré y mi espíritu indaga. ¿Rechazará el Señor para siempre? ¿No mostrará más su favor? ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Ha terminado para siempre su promesa? ¿Ha olvidado Dios tener piedad o ha retirado con su ira su compasión? Entonces dije: este es mi dolor, que la diestra del Altísimo ha cambiado. Me acordaré de las obras del Señor; ciertamente me acordaré de tus maravillas antiguas. Meditaré en toda tu obra y reflexionaré en tus hechos. Santos son, oh Dios, tus caminos; ¿qué dios hay grande como nuestro Dios? Tú eres el Dios que hace maravillas; has hecho conocer tu poder entre los pueblos. Con tu brazo has redimido a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José. Las aguas te vieron, oh Dios; te vieron las aguas y temieron; los abismos también se estremecieron. Derramaron agua las nubes, tronaron los nubarrones; también tus saetas se dispararon por todos lados. La voz de tu trueno estaba en el torbellino; los relámpagos iluminaron el mundo; la tierra se estremeció y tembló. En el mar estaba tu camino y tus sendas en las aguas inmensas, y no se conocieron tus huellas. Como rebaño guiaste a tu pueblo por mano de Moisés y de Aarón."

Señor, nosotros vamos a leer tu Palabra; te rogamos, yo te pido que tú uses a este pecador caído, Dios, para poder hablar verdad a tu pueblo y consolar a aquellos que hoy necesitan de ti. Ayúdanos a recordar, en el nombre de Jesús. Amén.

Amén, mis hermanos. En el año 1999 ocurrió un suceso en lo que es la ciudad de La Guaira, en Venezuela, un suceso que muchos llaman "el deslave", porque debido a una catástrofe de la naturaleza una gran parte de la ciudad quedó sepultada bajo tierra por un deslizamiento. Nos cuenta una historia verídica acerca de un músico muy cercano a Porfi Valera, quien era —o es— el líder de una banda de salsa que se llama Adolescentes. Este músico, que era cercano a él, se encontró debido al deslave en una situación de gran aflicción.

Nos cuenta la narración que en un momento, cuando la Guardia Nacional estaba tratando de rescatar personas, se encuentra a esta persona enterrada. Y cuando lo estaban rescatando, este hombre solamente decía: "Por favor, máteme, por favor máteme." Y la guardia que lo estaba tratando de rescatar le decía: "¿Pero cómo te vamos a matar? Te vamos a rescatar, tranquilo, cálmate", trataban de animarlo. Pero mientras iban desentierando, se dieron cuenta de que este hombre, este músico, tenía en cada mano a uno de sus hijos que estaba enterrado, ya muerto. Y él, en desesperación y agonía, quería que le quitaran la vida; no quería vivir con ese dolor.

Dice la historia que se cuenta que cuando Valera, el músico, el líder de esta banda, se encontró años después con este hombre, todavía lo veía aturdido. Y debido a esto, él decidió componer una canción que se llama "Recuerdos", una canción que trata de reflejar el dolor profundo que este padre tenía al saber que sus hijos no regresarían. Y en la canción, Valera dice lo siguiente: "Me duele el alma, me duele el cuerpo, no sé cómo explicarlo", como una forma de dar a entender el dolor que él veía en este hombre al perder unos seres tan amados.

Y la verdad, hermano, es que el dolor puede sumergirnos en una depresión en la cual no encontramos consuelo. Y Asaf, en el salmo que acabamos de leer, está atravesando una agonía muy similar a la de este hombre: una agonía que se muestra en desesperación, gran tristeza, gran dolor. Pero a diferencia de este hombre del cual se hizo esta canción, Asaf encontró algo que tú y yo necesitamos para poder lidiar con la prueba y el dolor, y ese algo es recordar. Asaf, en medio de la tribulación, entendió que la única manera de poder salir de la desesperanza es recordar la obra de nuestro Dios.

La Palabra no nos dice por qué sufría Asaf. Lo que sí nos dice y nos muestra es que su sufrimiento era real, era profundo, y era un hombre que mostraba un corazón devastado. Para aquellos que no conocen al personaje, Asaf es autor de la Palabra de Dios; alrededor de doce salmos fueron escritos por Asaf. Este hombre era un levita, un siervo del Señor, que tenía como responsabilidad dirigir la adoración en el templo de Israel. Cuando David era rey, Asaf era el líder de adoración. En pocas palabras, en términos nuestros, Asaf era el pastor de adoración de ese tiempo.

Y como siervo del Señor, en medio de su dolor, él abre su corazón al Señor; él no se calla su dolor y clama a Dios. Vemos cómo en los versículos 1 al 4 él dice: "En el día de mi angustia busqué al Señor; en la noche mi mano se extendía sin cansarse; mi alma rehusaba ser consolada. Me acuerdo de Dios y me siento turbado; me lamento y mi espíritu desfallece. Has mantenido abiertos mis párpados; estoy tan turbado que no puedo hablar."

Como les decía, no hay duda de que este hombre está sufriendo. Y a este tiempo de dolor él lo llama "el día de su angustia", sugiriendo que este no era un simple momento de tristeza, no era una prueba más; esto era un día de gran dolor, un tiempo de gran dolor. Él estaba en lo profundo, él estaba totalmente devastado. Y en su dolor, en su tristeza, él nos dice qué hace: "En el día de mi angustia busqué al Señor; en el día de mi dolor clamé a mi Dios."

Pero la forma como lo hace no es simplemente: "Yo busqué al Señor, tuve una oración, me senté con un devocional", no. Él dice que lo hizo de una manera intensa: "En la noche mi mano se extendía sin cansarse." La tristeza de Asaf era tan profunda, su deseo de encontrar respuesta en Dios era tan profundo, que él no descansaba. Cuando otros estaban durmiendo en las noches, cuando él debería estar descansando, dice que estaba clamando al Señor. Estaba con los brazos alzados pidiendo socorro, clamando auxilio: "Señor, devuélveme la paz, háblame."

Asaf sabía que el único que podía sacarlo de la condición en la que él estaba era Dios. Por esa razón él no busca socorro en otra fuente; él va a la fuente donde puede encontrar verdadero auxilio, que es nuestro Dios. Y ahí él está clamando, clamando a su Dios. Y dice: "Mi alma rehusaba ser consolada."

Nada de lo que me puedan decir, nada de lo que yo pueda leer, ningún pasaje, ninguna palabra bonita, ninguna otra canción puede consolar mi corazón. Él estaba en una condición donde entendía que nada que pudieran decirle podía cambiar su condición en ese momento. ¿Tú te has sentido así alguna vez? ¿Alguna vez tú te has sentido en una situación donde no puedes ser consolado, donde sientes que por más palabras que te digan, por más ficheros de versículos que te den, tú sigues en dolor? Y tú conoces que lo que te están diciendo es verdad, tú sabes que es verdad, pero aun así el dolor sigue allí.

Y tú no quieres que sea así. En tu tristeza, tú quieres salir de allí, tú quieres leer la Palabra, tú quieres leer el texto y que automáticamente el dolor se vaya, pero no pasa. Tú recitas los pasajes en tu mente: "Señor, tú dices en tu Palabra: 'Por nada estén afanosos, antes bien, con acción de gracias, súplicas, sean conocidas nuestras peticiones delante de ti, y el Dios de paz guardará nuestro corazón y nuestra mente en Cristo Jesús.'" Tú citas los pasajes: "Señor, tú guardarás en completa paz aquellos corazones que en ti perseveran, porque en ti han confiado." Los recitas una vez, pero el dolor no se va. El dolor no se va. El dolor sigue ahí, profundo en el corazón.

Yo me recuerdo en el año 2013, cuando mi esposa y yo tuvimos la prueba de perder nuestro segundo hijo. Personas venían a nosotros y nos mostraban afecto, nos trataban de consolar, nos daban pasajes, pero hermano, yo le puedo decir que, al igual que Asaf, en ese momento mi alma no quería ser consolada. Lo que yo anhelaba era que Dios me hablara, y yo poder entender: "Señor, ¿por qué tú permitiste esto en nuestra vida?" Eso es lo que yo anhelaba. Yo anhelaba poder escuchar la voz de Dios hablándome, diciéndome: "Mi hijo, todo va a estar bien." Pero la realidad es que las cosas no pasan de esa manera.

Y en la desesperación, uno empieza a buscar de Dios, a buscar de Dios, pero como no encuentra respuesta, inconscientemente empezamos a dudar del amor de Dios por nosotros. Empezamos a preguntarnos: ¿y de verdad el Señor nos ama? Y si somos transparentes delante de Dios, nosotros hemos pensado eso en algún momento. Por la situación de dolor, por nuestra condición caída, por no tener una perspectiva como Dios la tiene, nosotros hemos cuestionado su fidelidad. Y ahí estaba Asaf, cuestionando a Dios.

Veamos en el versículo 3 qué dice él: "Me acuerdo de Dios y me siento turbado." Amados, recordemos que Asaf era un hombre que conoció a Dios, que sirvió a Dios, y que en medio de su desesperanza, al pensar en la bondad de Dios, al pensar en cómo Dios es un Dios fiel, ver dónde estaba le llevaba a turbarse. Él se preguntaba: "Señor, ¿pero dónde estás? ¿Por qué esto me pasa a mí? ¿Por qué permites esto en mi vida? Si yo he querido honrarte, si yo he querido servirte, ¿por qué tú permites esto en mi vida?" Asaf en este momento estaba luchando con la contradicción acerca de quién es Dios y la situación en la cual él se encontraba.

Para Asaf, en ese momento, pensar en Dios, en vez de traerle consuelo, lo que le traía era turbación. No poder escuchar la voz de Dios, ver a Dios distante en lo que sentía, lo dejaba turbado. El silencio de Dios para Asaf herería todo profundamente en su corazón. Este término, hermano, "turbado", que usa la Palabra aquí, implica que Asaf estaba en una agitación profunda. Esta contradicción que le estaba viviendo entre lo que él siente y lo que él sabe de Dios no era algo que le llevaba a reflexionar de manera pasiva. No, él estaba en una agitación profunda luchando por entender a Dios. Él tenía un torbellino en su mente y su corazón en ese momento.

Dice James Montgomery Boice, quien fue un pastor y teólogo estadounidense, acerca de este texto: "La turbación de Asaf demuestra que incluso los creyentes más firmes pueden sentirse sacudidos cuando sus expectativas sobre Dios no parecen alinearse con su providencia. Hay momentos en la vida del creyente en los que el conocimiento de la grandeza y la bondad de Dios pueden intensificar el sufrimiento, no porque Dios haya cambiado, sino porque nuestras circunstancias nos hacen dudar de su cercanía o su disposición a actuar en nuestro favor." Para Montgomery Boice, la lucha de Asaf era una evidencia de que nosotros, como humanos, llegamos a momentos donde esta experiencia de dolor nos llega a desorientar, nos llega a turbar de tal manera que no sabemos ni qué hacer ni qué pensar.

Y Asaf dice: "Me da mi turbación, ¿qué hago? Me lamento y mi espíritu desmaya." Al no poder entender la obra de Dios, al no poder entender a Dios obrando en el sufrimiento, lo único que le quedaba a Asaf era llorar amargamente. Y es importante, hermanos, que entendamos que Asaf no está quejándose delante de Dios de manera rebelde; él simplemente, de una manera honesta, está abriendo su corazón al Señor. Él está siendo transparente delante de Dios, él no duda de Dios, él no esconde su angustia, él habla directamente a Dios. Aunque siente que su presencia está distante, él sigue trayendo su corazón desbordado delante de Dios: "Señor, yo estoy mal, yo estoy triste, yo estoy sufriendo, mi espíritu desmaya."

Este concepto de que su espíritu desmaya es una forma de decir: "Mi espíritu está desfalleciendo, ya yo no tengo fuerzas, ya yo no puedo luchar más." Así está Asaf, sin fuerzas para luchar. Es como si hubiera corrido un maratón de cien kilómetros y sus pies y su corazón dijeran: "Ya no puedo más, no puedo más." Pero es importante, hermanos, que entendamos —y es bueno resaltarlo aquí— que Asaf no está negando su fe en este tiempo. Él está luchando porque tiene fe. El que no tiene fe no estaría ni siquiera luchando; él diría: "Ya esto es caso perdido." Pero Asaf tiene fe en Dios, tiene fe en que Dios puede sacarlo, en que Dios puede libertarlo, por eso él buscaba al Señor, por eso él clamaba delante del Señor.

Y él entendía, en su aflicción, que era Dios quien lo tenía ahí donde estaba. Miren cómo dice el versículo 4: "Has mantenido abiertos mis párpados; estoy tan turbado que no puedo hablar." Señor, eres tú quien has mantenido abiertos mis ojos; yo no puedo ni siquiera dormir, mi agonía es tan profunda que mis ojos no encuentran descanso. En otras palabras, Asaf está diciendo: "Dios, Señor, yo estoy aquí porque tú lo has permitido, y esto que está pasando en mi vida ha impedido que yo pueda siquiera dormir. Mi salud emocional, mi salud espiritual, mi salud física se ven afectadas por esta situación, de manera tal que ahora mismo yo no encuentro descanso, yo no puedo ni siquiera ordenar mis ideas por lo turbado que estoy."

¿Tú te has sentido así alguna vez? ¿Alguna vez te has sentido tan abrumado que el sueño se escapa, que es imposible conciliar el sueño, que incluso te dan pastillas para dormir pero eso no hace nada? Tu mente no para de pensar, tu mente no para de imaginar, pensamiento tras pensamiento, posibilidad tras posibilidad, buscando razones, sin poder descansar. Padres, ¿cuál de ustedes no se ha sentido agobiado al ver a un hijo enfermo, en una situación delicada de salud? Ustedes sin sosiego, no porque no tengan fe en que Dios puede sanarlo, sino porque su hijo —el objeto de su amor— está afectado en su salud, y por más que tú tratas, no puedes descansar, no puedes cerrar los ojos. Y así está Asaf en este momento, tan turbado que no podía descansar, consumido en su angustia.

Y ahora vemos cómo, del versículo 5 al versículo 10, él empieza a reflexionar y a expresar las dudas que hay en su corazón. Él empieza a cuestionar la situación en la que se encuentra. Dice el versículo 5: "He pensado en los días pasados, en los años antiguos; de noche me acordaré de mi canción, mi corazón meditará y mi espíritu indagará." Y luego pregunta: "¿Rechazará el Señor para siempre y no mostrará más su favor? ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Ha terminado para siempre su promesa? ¿Ha olvidado Dios tener piedad, o ha retirado con su ira su compasión? Este es mi dolor: que la diestra del Altísimo ha cambiado."

Asaf comienza a meditar en los tiempos cuando él disfrutaba de la bendición ministerial. Él comienza a traer a su mente esos días de gozo cuando disfrutaba de una comunión cercana con Dios, cuando no había pruebas. Incluso él se acuerda de los tiempos de adoración: "Me acordaré de mi canción, mi corazón meditará y mi espíritu indagará." Se recordaba cuando él en el templo cantaba al Señor, cuando él lideraba al pueblo en adoración al Señor. Y meditar en esto y ver dónde estaba le traía cuestionamientos, cuestionamientos que le llevaban a querer profundizar más. Él dice: "Mi espíritu indaga, mi espíritu quiere seguir profundizando en las razones del porqué, quiere seguir yendo más profundo, no quedarse en la superficialidad, buscar respuesta a la ausencia de Dios en medio de mi dolor."

¿Por qué Dios no se hace presente? Es lo que Asaf está cuestionando aquí. ¿Por qué Dios no viene en mi auxilio? Y él se pregunta: "¿Rechazará el Señor para siempre? ¿No mostrará más su favor? ¿Ha cesado para siempre su misericordia? ¿Ha terminado para siempre su promesa? ¿Ha olvidado Dios tener piedad, o ha retirado su compasión?" Para Asaf no era coherente esto, y es por eso que concluye en el versículo 10: "Entonces dije: este es mi dolor, que la diestra del Altísimo ha cambiado." La única razón lógica para el dolor que le estaba pasando, para el tiempo de aflicción que estaba viviendo, era que Dios había cambiado, que Dios no era el Dios bueno, misericordioso, lleno de gracia y verdad que él creía, que sus promesas habían cambiado.

En lo profundo es su dolor. Asaf está interpretando erróneamente, y su queja está condicionada por esa realidad. El dolor que él tenía era tan profundo que, en ese momento, no podía ver con claridad que estaba interpretando las cosas no en base a la realidad de quién Dios es, de sus promesas y de lo que Él es, sino en base a cómo se sentía en el momento.

El pastor hacía referencia al barro y al alfarero. Imaginen por un minuto que el barro pudiera sentir emociones. ¿Cómo crees tú que se sentiría el barro al ser moldeado, puesto en el horno? Sentiría mucho dolor. Pero la forma de ser un instrumento útil en manos de Dios es pasar por eso. De la misma manera, hermanos, Asaf no estaba viendo, y nosotros muchas veces no vemos, que Dios utiliza estos tiempos de dolor para trabajar en nosotros, para formar su imagen en nosotros.

Pero quién Él es no cambia. Hermano, no importa cómo tú te sientas, no importa lo ancho, lo largo, lo profundo, lo duradero de tu aflicción, Dios no cambia. Dios no cambia; Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos de los siglos. Él seguirá siendo fiel, Él seguirá siendo bondadoso, Él seguirá siendo justo. Malaquías 3:6 nos dice: "Porque yo, el Señor, no cambio." El Señor no cambia.

Y por la gracia de Dios, Asaf pudo entender eso; él pudo entender esta verdad y comenzó a recordar. Dios en su gracia tiene una muestra de favor más hacia Asaf y le permite entender: Asaf, lo que tienes que hacer es recordar, recordar, recordar, recordar. Y ahora en el versículo 11 nos trae a ver cómo Asaf empieza a recordar; él empieza a ingerir la cura, la vacuna, la medicina dada por Dios para que nosotros lidiemos con esos días de aflicción.

Dice el versículo 11: "Me acordaré de las obras del Señor; ciertamente me acordaré de tus maravillas antiguas. Meditaré en toda tu obra y reflexionaré en tus hechos. Santo es, oh Dios, tu camino. ¿Qué Dios hay grande como nuestro Dios?"

Asaf comenzó a recordar. Él dice: "Ciertamente recordaré." Lo que tengo que hacer es volver atrás y recordar lo que el Señor ha hecho. Y él empieza a recordar lo que él llama "tus maravillas antiguas." Asaf está recordando que Dios no solo es el Dios de Israel, sino el Dios de toda la creación. Cuando él se refiere a sus maravillas antiguas, está recordando que Dios fue quien creó todo cuanto existe. Y así como Dios ha sido fiel desde el principio, seguirá siendo fiel hoy.

Mis hermanos, el mejor remedio para la tristeza es meditar en la gracia de Dios, en lo que Dios ha hecho en los tiempos pasados. El recuerdo de lo que el Señor ya ha hecho por nosotros nos fortalece para poder esperar en lo que Él hará. Si no recordamos lo que Él ha hecho, no podremos confiar en sus promesas.

Y Asaf ha comenzado a recordar. Y en ese proceso de recordar, ¿a qué conclusión llega? A esta: "Santo es, oh Dios, tu camino. ¿Qué Dios hay más grande que Tú?" En ese proceso de recordar, llega a su mente el pensamiento de que, Señor, no hay otro Dios más grande que Tú, más poderoso que Tú, más digno de gracia que Tú; no hay otro como Tú. No hay nadie más grande que nuestro Dios.

Y en el Antiguo Testamento nos encontramos con otro hombre, otro profeta de Dios, otro siervo del Señor, que nos muestra cómo en medio de su depresión profunda la única solución que él encontró para su alma abatida fue recordar, fue recordar lo que el Señor ha hecho. En Lamentaciones nos encontramos a un profeta de Dios tan deprimido, o más deprimido, que Asaf, pero que en su dolor el Señor en su gracia le permite voltear los ojos y mirar hacia arriba.

Por cuestiones de tiempo no voy a leer todas las Lamentaciones, pero simplemente escucha brevemente cómo estaba Jeremías cuando escribió las Lamentaciones. Dice el versículo 1: "Yo soy el hombre que ha visto la aflicción a causa de la vara de su furor. Él me ha llevado y me ha hecho andar en tinieblas y no en luz." Versículo 4: "Ha hecho que se consuma mi carne y mi piel, ha quebrado mis huesos, me ha sitiado y rodeado de amargura y de fatiga." Versículo 7: "Con muro me ha cercado y no puedo salir. Ha hecho pesadas mis cadenas. Aun cuando clamo y pido auxilio, él cierra el paso a mi oración." Versículo 10: "Él es para mí como un oso en acecho, como león en lugares ocultos. Ha desviado mis caminos y me ha destrozado, me ha dejado desolado." Versículo 15: "Él me ha llenado de amargura, me ha embriagado con ajenjo. Ha quebrado con cascajo mis dientes, me ha hecho revolcarme en el polvo. Mi alma ha sido privada de la paz. He olvidado la felicidad."

Mis hermanos, yo no sé si tú puedes entender lo que Jeremías está haciendo aquí, pero esto es un hombre que está profundamente quebrantado, profundamente devastado. Sin embargo, él no se queda ahí; él recuerda. Y lo que él recuerda lo levanta. Versículo 21: "Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza: que las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades; son nuevas cada mañana. Grande es tu fidelidad. El Señor es mi porción, dice mi alma; por tanto en Él espero. Bueno es el Señor para los que en Él esperan, para el alma que le busca. Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor."

Jeremías recuerda. En medio de su dolor, él recuerda, y esto le da esperanza en medio de la aflicción. Él recuerda que las misericordias del Señor jamás terminan; "jamás" quiere decir que Dios es una fuente inagotable de misericordia. Sus bondades nunca fallan, hermanos, nunca en absoluto; quiere decir que Dios nunca falla, no hay una posibilidad de que Dios falle, porque grande es su fidelidad. Y por esa razón, porque yo puedo entender esto del carácter de Dios, yo puedo esperar en silencio en medio del dolor; yo puedo esperar en silencio la salvación del Señor.

Jeremías recuerda, y esto es lo que le pasa a su alma. Sin embargo, es importante que veamos que, aunque Jeremías recuerda, aunque Asaf recuerda, esto no cambia la condición en la que se encuentran. La prueba no desaparece; el recordar no hace que la prueba se esfume. Lo que hace es que yo veo el tiempo de aflicción de una manera diferente. Ahora yo puedo ver la prueba no como un tiempo de tortura, sino como un tiempo donde Dios está trabajando y mostrando su gracia y favor en mí.

Yo puedo ver la prueba y entender: Señor, yo sé que esta prueba no te tomó de sorpresa, porque Tú eres omnisciente. Señor, yo sé que esta prueba no se escapa de tu control, porque Tú eres soberano. Y también yo sé que si Tú estás permitiendo esta prueba en medio de este tiempo de dolor, es por un propósito mayor, porque Tú eres un Dios bueno que me ama.

Jeremías recuerda el carácter fiel de Dios; Asaf recuerda las obras del Señor. Y recordar es lo que le da a ambos la capacidad de sobrepasar el tiempo de dolor. Miren cómo sigue diciendo Asaf en los versículos 14 al 18 acerca de lo que Dios ha hecho: "Tú eres el Dios que hace maravillas; has hecho conocer tu poder entre los pueblos. Con tu brazo has redimido a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José. Las aguas te vieron, oh Dios; te vieron las aguas y temieron. Los abismos también se estremecieron, derramaron agua las nubes, tronaron los cielos; también tus saetas se esparcieron por todos lados. La voz de tu trueno estaba en el torbellino, los relámpagos iluminaron al mundo, la tierra se estremeció y tembló."

Ahora que Asaf ha comenzado a recordar, está recordando quién es Dios. Está recordando que el Dios a quien él se está dirigiendo no es un ser cualquiera; es un ser con poder y autoridad, un ser fiel, un ser poderoso. Y en su reflexión está mostrando ahora que Dios tiene control absoluto de la naturaleza, diciendo: Señor, las aguas delante de Ti no pudieron quedar estáticas; ellas temblaron. Los truenos y los relámpagos declararon tu majestad, la tierra misma se estremeció delante de tu presencia.

Y este entendimiento acerca de Dios es lo que le permite a Asaf esperar. Recordar estas cosas es lo que le permite entender: Señor, el Dios que eres, el Dios que siempre ha actuado, el Dios que ha mostrado poder en el pasado, seguirá mostrando su poder en el presente y ha garantizado para mí un mejor futuro.

Sin embargo, Asaf no termina este salmo sin recordar de manera personal el trato de Dios para con los suyos. Él no termina este salmo sin recordarnos que en medio de la tribulación Dios está cercano a los suyos. Versículos 19 y 20: "En el mar estaba tu camino y tus sendas en las aguas inmensas, y no se conocieron tus huellas. Como rebaño guiaste a tu pueblo por mano de Moisés y de Aarón."

En pocas palabras, lo que Asaf le está diciendo a Dios en oración es: Señor, yo sé que en el momento más oscuro de tu pueblo, cuando tu pueblo estaba siendo perseguido para ser destruido por Faraón, cuando tu pueblo estaba en el desierto en medio de la persecución y entró al mar, Tú estabas ahí con ellos. Tus huellas no pudieron verse, pero Tú estabas ahí con ellos, acompañándoles en la hora más oscura, porque Tú eres un Dios que camina y guía a los suyos.

Asaf estaba reconociendo que aun en el silencio y en la soledad, Dios está ahí con los suyos. Yo quiero recordarte esto: aunque tú no puedas ver a Dios en medio de tu aflicción, Dios está ahí contigo. Él lo ha prometido; estará ahí contigo. Isaías 43:1 al 3 dice: "Mas ahora, así dice el Señor, tu Creador, oh Jacob, y el que te formó, Israel: No temas, porque yo te he redimido; te he llamado por tu nombre, mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te cubrirán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, y la llama no te abrasará. Porque yo soy el Señor tu Dios, el Santo de Israel, tu Salvador."

Asaf entendió que no importa lo profundo de su dolor, no importa lo lejano que pudiera sentir al Señor, Él estaba ahí con él, porque Dios es un Dios cercano. Asaf termina este salmo donde lo inició. Sus conclusiones y sus entendimientos acerca de Dios los presenta en el versículo 1, el cual intencionalmente no leí hasta ahora, porque miren lo que Asaf concluye luego de su aflicción. Dice el versículo 1: "Mi voz se eleva a Dios y a Él clamaré; mi voz se eleva a Dios y Él me oirá." Hermano, después de una lucha profunda con el dolor, la duda y la oscuridad, Asaf llega a una conclusión: Dios escucha. Dios escucha.

Nosotros vemos que a lo largo de este salmo Asaf muestra que en su angustia él podía clamar a Dios, y nosotros vemos cómo esa desesperación es transformada en esperanza al recordar la obra de Dios. Hermano, este es un salmo que nos invita a comprender que aunque atravesemos momentos de incertidumbre y de dolor, Dios no está distante; Él escucha nuestras oraciones. Asaf no solo encuentra consuelo en el hecho de que Dios le escucha, sino que en la profundidad de su sufrimiento él encuentra consuelo en que Dios, además de que escucha, también responde, y responde en Su tiempo perfecto, en el tiempo cuando debe hacerlo. Hermano, en los días de aflicción, recordar la obra de Dios y Su carácter es lo único que puede darnos esperanza. Solo Dios. Recordar lo que Él ha hecho.

Yo quiero invitarte a que te preguntes: ¿cuáles maravillas de Dios puedo recordar en mi vida hoy que me den esperanza en medio del dolor? ¿Qué verdad puedo traer a mi mente y a mi corazón en medio de la aflicción que estoy viviendo en este momento? Yo quiero darte una —hay cientos en la Palabra—, pero yo quiero invitarte a que me acompañes a Romanos 8:32. Si tú quieres encontrar una razón para tener paz en medio de tu tribulación, recuerda esta verdad. Recuerda esta verdad: "El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?"

Hermano, aquel que no negó lo que Él más amaba, aquel que no negó a Su Hijo, el Hijo que no negó Su vida, que se despojó de Su gloria por amor a ti, ¿no estará contigo en medio de tu tribulación? ¿No te va a acompañar en tu valle de sombra? Hermano, nuestro Dios es el buen pastor, y Él ha prometido que aunque andemos en valle de sombra de muerte, no tenemos por qué temer mal alguno, porque Él estará con nosotros. Él estará con nosotros.

Si tú estás pasando un tiempo de dolor hoy, o quizás estás en un tiempo bueno en tu vida, no importa dónde estás —ya sea en aflicción o en buen tiempo—, tú necesitas hacer las mismas cosas, y es recordar, recordar, recordar. Ser intencional en llenar tu mente, en meditar en Su Palabra, en formar tu corazón, para que cuando lo necesites tú puedas, como Jeremías, decir: "Señor, lo único que yo puedo hacer en este tiempo es traer a mi corazón la verdad de quién Tú eres. Lo único que yo puedo hacer es recordar que Tú eres un Dios de gracia. Lo único que puedo hacer es recordar que en Ti yo tengo esperanza. Lo único que puedo recordar es que Tus misericordias jamás terminan, que nunca fallan Tus bondades, que son nuevas cada mañana. ¡Qué grande es Tu fidelidad!"

Hermano, el mismo Dios que guió a Su pueblo a través del Mar Rojo es el mismo Dios que hoy está contigo en tus días de aflicción. Nuestro Dios no cambia. Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos de los siglos, y Su fidelidad se afirma. Él seguirá caminando con nosotros, Él seguirá acompañándonos, Él seguirá guiándonos. Que al meditar en Su verdad, que al recordar quién Él es y lo que ha hecho, tú y yo podamos encontrar la paz que nuestra alma necesita.

Señor, gracias. Gracias por hablarnos al corazón en el día de hoy. Gracias por recordarnos, Señor, que la cura perfecta para mis días de dolor, para mis días cuando estoy turbado, es recordar, recordar lo que Tú has hecho, recordar quién eres, recordar quién soy yo para Ti. Yo quiero pedirte, Dios, que nos permitas hoy poder traer estas cosas a nuestra mente y corazón, y poder usarlas en el tiempo que sea necesario, sabiendo siempre que Tú eres un Dios que nunca fallará, que nunca has fallado, y que no importa dónde yo esté, has prometido estar conmigo todos los días hasta el día final. Sé con Tu pueblo, Señor. En el nombre de Jesús, amén.

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Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.