IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La obediencia cristiana no debería ser una lucha constante contra la voluntad de Dios, sino un deleite que brota del amor profundo por Cristo. Esta es la tensión que el sermón plantea desde el inicio, usando una ilustración de la mitología griega: Ulises tuvo que ser amarrado al mástil para resistir el canto de las sirenas, pero Jasón contrató al músico Orfeo, cuya música era tan superior que los marineros ni siquiera querían escuchar a las sirenas. Del mismo modo, el cristiano no necesita cadenas externas que lo frenen, sino un amor por Cristo tan intenso que los atractivos seductores del mundo palidezcan en comparación.
El pasaje de Lucas 7 ilustra este principio con claridad. Una mujer conocida como pecadora en la ciudad entra a la casa de Simón el fariseo y, rompiendo toda convención social, riega los pies de Jesús con sus lágrimas, los seca con su cabello y los unge con perfume costoso. Simón, que se consideraba piadoso, no había ofrecido a Jesús ni agua para sus pies ni un beso de bienvenida. La diferencia entre ambos radica en cuánto se sabían perdonados: la mujer conocía la profundidad de su pecado y por eso amó mucho; Simón, creyéndose justo, amó poco.
El problema, señala el pastor Núñez, es que no vemos lo odioso de nuestro pecado y por eso no apreciamos lo costoso de nuestro perdón. Cuando Cristo se convierte en el tesoro supremo del corazón —no solo en el perdonador útil o el protector conveniente—, la obediencia deja de ser carga y se transforma en gozo. Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, como mencionó el pastor Luis Arnicio, ayer fue el aniversario número 27 de nuestra iglesia. Recuerdo ahí en la Sarasota todavía, cuando ese primer domingo verano nos reunimos hacia la nueva mañana. Tuvimos un primer servicio en inglés para la congregación que tenía ya un tiempo reuniéndose ahí, a que estaba tomando su pastorado en ese momento. Y al mismo tiempo estábamos iniciando un par de horas más tarde el primer servicio en español de nuestra iglesia, la Iglesia Bautista Internacional, como se sigue conociendo hasta el día de hoy.
En estos dos últimos días he estado pensando, rumiando muchas de las bendiciones de Dios, lo impresionante que Él ha sido con nosotros por pura gracia. Y al mismo tiempo recordando, porque necesitamos recordar esas cosas también, algunas de aquellas dificultades, escollos en el camino. No solamente cosas como el fuego que destruyó toda la iglesia que trajo una mayor bendición, y aquí estamos, post-fuego, post-incendio, como fruto de esa gracia que nos visitó. Pero también recordando a personas que estuvieron con nosotros, incluyendo en posiciones de liderazgo, que hoy no lo están. No solamente que no lo están, sino que no están en los caminos de Dios. Y no sé cuánto a ustedes les puede doler, pero particularmente a mí me duele. Otros que estaban caminando muy de cerca y hoy están quizás en la periferia. Otros que estaban con nosotros y partieron, están con el Señor hoy en día, pero con esos nos gozamos, celebramos, aplaudimos sus vidas, y qué bueno que entraron en el descanso de nuestro buen Dios.
Y así, eso es de amente. Yo creo que, como han dicho secularmente, el pueblo que olvida su historia está condenado a vivirla de nuevo. Bueno, yo no quiero olvidar nuestra historia como iglesia, porque Dios nos ha ido llevando y enseñando y corrigiendo y dirigiendo todo el tiempo. De manera que yo pensé que era un buen momento, primer domingo del año 2025, celebrando en el día de ayer los 27 años de la iglesia, poder pausar y reflexionar una vez más acerca de cómo seguir corriendo esta carrera cristiana y cómo seguir creciendo conforme a Su imagen.
Y parte de lo que yo voy a hacer en el día de hoy es compartir con ustedes, creo que hago parte de esto todos los domingos, pero de manera especial en este domingo, principio de año, compartir con ustedes mucho de lo que yo he aprendido del estudio de la Palabra de manera regular y ya por muchos años. Incluso no solamente de forma regular, sino de forma intensa. Pero al mismo tiempo poder compartir lo que el Espíritu de Dios a través de Su Palabra me ha enseñado, cómo me ha discipulado, cómo me ha corregido, cómo me ha confrontado, y eso produce una enseñanza que yo creo que necesita ser compartida. Y al mismo tiempo lo que he aprendido de gente que me ha predicado, que me ha predicado en mi vida, que quiero que me sigan predicando, y de otros que han ido delante cientos de años escribiendo cosas que quedaron ahí como legado, frases, libros. Y todo eso ha ido impactando mi mente, mi corazón, pero me ha ido ayudando a entender mucho mejor la carrera cristiana, la labor pastoral, la dificultad de la labor pastoral y muchas otras cosas.
De manera que es mi deseo continuar enseñándote y motivándote a deleitarte en hacer la voluntad de Dios. Oye lo que no he dicho: motivarte a aceptar la voluntad de Dios. No, eso lo hacen los ciudadanos de un dictador en una nación. No, a deleitarte en hacer la voluntad de Dios. Y por eso el título de mi mensaje en el día de hoy es: si amas a Cristo, tu obediencia será tu deleite. Piensa por un momento lo que yo acabo de decir. Piensa primero si obedecer es verdaderamente un deleite o es una lucha continua, porque lo que yo estoy diciendo es que si amas a Cristo, tu obediencia será un deleite.
No sé cuántos de ustedes están familiarizados algo con la mitología griega. En la mitología griega hay una serie de dioses extraños con emociones humanas, personajes de diferentes tipos naturales. Pero hay una historia que yo creo que es muy buena para ilustrar algo de inicio en esta mañana. En esa historia hay un personaje de nombre Ulises, capitán de barco. Él tiene que viajar a lo largo, verdad, de los mares, o a través de los mares. Pero él conoció, o oyó relatos, de que había una isla donde habitaban sirenas, y el cántico de las sirenas era extremadamente encantador, impresionantemente encantador. Había un problema, sin embargo, y es que aparentemente las historias contaban que los marineros todos se sentían tan increíblemente atraídos por este cántico que irresistiblemente terminaban yendo a la isla, pero al llegar se encontraban con estos increíbles monstruos que se comían a las personas. Recuerda que es una mitología, varada historia de la mitología griega.
Ulises entonces pensó que él quería oír este cántico, y al mismo tiempo no quería ser comido por estos monstruos. Él contrató un equipo de marineros e hizo un acuerdo con ellos. El acuerdo era el siguiente: ellos se iban a tapar sus oídos con cera, de manera que ellos no iban a oír el cántico, pero él no se iba a tapar sus oídos. Pero ellos tenían que amarrarlo antes de pasar por la isla, y no importa cuánto él gritara, pidiera, llorara, ellos no lo iban a desamarrar y no iban a obedecer sus deseos o sus órdenes. Pues trato hecho. El día llegó, ellos zarparon. Cuando comenzaron a pasar por la isla, Ulises comienza a oír el cántico de estas sirenas y comienza a agitarse y quiere que lo desaten, y grita y llora y pide que lo desaten, pero los marineros cumplieron su palabra. De manera que pasaron por la isla y lo lograron, pero no porque Ulises tenía un deseo interno de no ir a la isla, sino porque hubo algo externo que lo frenó y lo obligó en contra de su voluntad a seguir adelante.
En la mitología griega había otro personaje de nombre Jasón. Y Jasón conocía la historia y conocía lo que Ulises había hecho, y él decidió que iba a lidiar con eso de otra manera. Él conocía a un músico de nombre Orfeo, y Orfeo era el mejor músico que se pudiera encontrar en cualquier lugar. Así que él contrató a Orfeo, y la música de Orfeo era superior a cualquier otra música. Entonces se emprendieron el viaje, todo el mundo con los oídos descubiertos. Pero cuando estaban acercándose a la isla, le pidió a Orfeo que comenzara a tocar su música, y su música encantó, por así decirlo, a los marineros, a Jasón mismo, de tal forma que el cántico de las sirenas cuando comenzó a oírse palideció prácticamente. Ya ni siquiera querían oírlo, estaba estorbando la música que venía de la persona de Orfeo. Y ellos quedaron tan estupefactos ante esta música, la dulzura de la música, que ellos continuaron a lo largo de la isla, la pasaron y pudieron triunfar porque escucharon un cántico con el cual no había competencia.
Yo creo que es una excelente ilustración, porque el mundo tiene diferentes cánticos y ofertas seductoras que atraen a las personas, incluyendo a los cristianos. Y los cristianos son encantados por esta música hasta que llegan a la isla, este lugar donde ellos querían ir, y terminan siendo destruidos por estos monstruos de pecado, si me permiten personificar el pecado como Pablo hace en Romanos 7:11, que habla de que el pecado me engañó y me mató.
La verdad es que muchas veces no lo decimos, pero lo pensamos: un gustazo aunque después venga un trancazo. El problema es que eso puede ser verdad cuando tú comes y quizás luego te pesa haber comido tanta caloría. El problema es que cuando del pecado se trata, muchas veces es un gustazo y una muerte. Y si no me crees, tú lees en Génesis otra vez.
El lunes de ayer hablaba otra vez con mi esposa acerca de estas cosas, porque las rumiamos a veces en voz alta. Y hablamos de que lo increíble es que nosotros sabemos lo que Dios ha enseñado, y sabiendo lo que Dios ha enseñado, obramos en contra de lo que sabemos una y otra vez. Le decía: mientras más años pasan, más entiendo Jeremías 17:9. Más engañoso que todo es el corazón, pero no es el de los otros, el mío. Y sin remedio, sin remedio, sin cura. Algunas traducciones dicen que el corazón es incurable. ¿Quién lo comprenderá? De hecho, en el Antiguo Testamento Dios le dice a Israel más de una vez: tu mal es incurable. Yo he tratado de sanar tu herida y no he podido.
Y aparentemente los deseos de la carne son más poderosos que las razones que nosotros tenemos en nuestra mente, o más poderosos que la razón humana. Y uno de los problemas es que nuestros deseos son irracionales, y como son irracionales, tienen la capacidad de hacer un bypass, pasar por alto la razón y mover la voluntad engañando a la razón.
Amenos, Dios es mi testigo, yo vivo continuamente examinándome, no para latigarme, sino para saber dónde y a qué grado pueda haber algo de mí que se ha desviado. Y eso es lo que tengo que decirte, y que quizás tú no lo sabes, o no lo has pensado, o quizás no lo has admitido: lo que se esconde en nuestros corazones y que ocultamos a otros revela quiénes nosotros somos realmente. Incluso mis malas acciones, las que sean, cuando son conocidas, todavía no han revelado la iniquidad que se esconde en mi corazón. De manera que no hay nadie que no sea Dios y tú que puedan conocer lo que está ahí dentro del corazón.
De tal forma que si tú no usas la Biblia, como leía en este fin de semana, primordialmente como un espejo para ti, y la usas mayormente como un arma para disparar a otros, nunca vas a lograr cambiar en el interior de tu ser. Por eso es que Dios juzga el corazón y no mis acciones. Lo que tú no sabes de mí, lo que yo no sé de ti, es lo que revela realmente quiénes tú y yo somos.
Entonces, ¿qué es lo que necesitamos? Recuerda la ilustración, ¿verdad? No es algo externo, no es mi papá, mi mamá que me prohíbe, no es el pastor o la iglesia que me impide. Yo necesito algo más que eso. Bueno, necesitas la morada del Espíritu Santo, sí, pero es que cristianos con la morada del Espíritu Santo, después de nacer de nuevo, han naufragado una y otra vez, y lo hemos visto en los últimos años.
Y la respuesta es: yo necesito un cántico que sea mucho más encantador que el cántico que el mundo tiene y que me seduce continuamente. Tú y yo necesitamos un amor incondicional e incomparable en nuestro interior por —escucha bien— por la persona que nos compró a precio de sangre. Ahí está el meollo de tu obediencia, de su obediencia y de la mía también.
A cada momento, cada vez que yo peco, de la manera que sea —de pensamiento, de palabras, de obras—, yo estoy revelando que hay algo ahí afuera que es más valorado, más atesorable, que el amor que yo pueda tener por mi Salvador. Y ese es el amor por mi Salvador que puede vencer el amor por los ídolos que el mundo nos ofrece.
Si tú me preguntaras: "¿Dónde yo aprendí eso?", yo pudiera decirte toda la Biblia, pero hay una frase de Cristo en el Sermón del Monte que es cardinal, que revela todo lo que yo estoy hablando, que lo resume. Escucha: "Donde esté tu tesoro, ahí estará también tu corazón." Cuando entendí, el problema es que mi corazón no está en el tesoro. Cristo está en otras cosas, en otras actividades, en algo que yo quiero hacer. Ese no es mi tesoro. Cuando Cristo sea mi tesoro, mi corazón estará con él todo el tiempo. Él se constituye en el combustible y en el motor de mi obediencia, pero yo necesito atesorar a Cristo por encima de todos los tesoros del mundo.
¿Recuerdas la música de Orfeo? ¿Cómo venció la música de las sirenas? Hasta que Cristo no sea valorado por encima de cualquier otra persona, de cualquier otro deseo, de cualquier otro emprendimiento, de cualquier otra oferta que el mundo me haga, yo continuaré cayendo de rodillas ante los ídolos del mundo y en sus altares que nosotros mismos hemos construido. Cada pecado que cometemos revela que atesoramos algo por encima de Cristo, porque donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón. Y lamentablemente Cristo no es el tesoro de la mayoría de los hijos de Dios.
Yo estoy diciendo que yo he aprendido esto, yo he visto esto en mi vida, en la vida de otros, y entonces comencé a cambiar. Y si no me crees, si piensas que no, que Cristo es tu tesoro, ¿por qué nosotros luchamos continuamente para pasar breves momentos hablando con Cristo? ¿Por qué es una lucha? ¿Por qué es una lucha encontrar el tiempo y el deseo para leer, estudiar, escudriñar su revelación, pero yo tengo múltiples horas diariamente para leer las redes sociales? ¿Por qué la mayoría es vencida con frecuencia por el pecado si Cristo es mi tesoro y donde esté mi tesoro ahí va a estar mi corazón? ¿Por qué?
El meollo del asunto es que nosotros le damos valor a aquellas cosas que amamos; justamente las amamos porque les dimos valor. Escucha: le entregamos nuestro corazón a aquellas cosas que atesoramos. Eso es como es. Nosotros valoramos algo primero, luego amamos eso, y después que lo amamos le entregamos el corazón porque lo amamos. Cuando yo atesore a Cristo, yo voy a amar a Cristo, y cuando yo ame a Cristo yo le voy a entregar mi corazón, y mi obediencia será mi deleite.
Esa fue mi introducción. El mensaje comienza ahora.
Lucas 7, versículos 36 al 50: "Uno de los fariseos pidió a Jesús que comiera con él, y entrando él en la casa del fariseo, se sentó a la mesa. Había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume, y poniéndose detrás de él, a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume. Pero al ver esto, el fariseo que lo había invitado dijo para sí: 'Este hombre, si fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora.' Jesús le dijo: 'Simón, tengo algo que decirte.' 'Dime, Maestro,' le contestó. 'Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta, y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos entonces lo amará más?' 'Supongo que aquel a quien le perdonó más,' respondió Simón. Y Jesús le dijo: 'Has juzgado correctamente.' Y volviéndose a la mujer, le dijo a Simón: '¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para mis pies, pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama.' Entonces Jesús le dijo a la mujer: 'Tus pecados han sido perdonados.' Los que estaban sentados a la mesa con él comenzaron a decir entre sí: '¿Quién es este, que hasta perdona pecados?' Pero él dijo a la mujer: 'Tu fe te ha salvado, vete en paz.'"
Recuerda el título de mi mensaje: si amas a Cristo, tu obediencia será tu deleite.
La historia tiene tres personajes. Está Simón, el fariseo. Hay una mujer identificada como mujer pecadora en la ciudad; no se sabe mucho de ella, algunos han pensado que quizás se trataba de María Magdalena, pero no sabemos, puede ser. Y está Jesús, el personaje principal.
El fariseo, obviamente, era judío. Él es quien invita a Jesús a su casa a comer, a cenar. Si era fariseo, probablemente se consideraba un hombre piadoso y se consideraba superior a los gentiles, sin lugar a dudas. Nosotros no sabemos con qué intención él invitó a Jesús a cenar ese día; externamente parecía un buen gesto. Sin embargo, solamente Cristo conocía lo que se escondía en su corazón. Y recuerda que lo que se esconde en el corazón tuyo y mío es lo que revela quiénes verdaderamente somos.
Lo que sí estamos seguros es que no era la intención de Simón honrar a Cristo, porque no siguió ninguna de las costumbres protocolares y culturales del momento. De eso lo sabemos. La costumbre era, en esa época, que si tú tenías un invitado en tu casa, tú lo recibías poniendo la mano en su hombro, sobre todo si era un hombre, y entonces lo besabas en la mejilla o en la frente quizás. Eso fue lo primero que Simón no hizo.
Era común que estas cenas ocurrieran en esa época en un espacio abierto, una especie de terraza abierta, y era permitido culturalmente —algo un tanto extraño— que la gente pudiera venir y acercarse y quedarse alrededor escuchando las conversaciones. Si eso te parece extraño, yo te pido que pienses en esto: no hace mucho yo estaba reunido con un grupo de ustedes, de los jóvenes de aquí, y entra una pareja que estaba de otra iglesia, iglesia hermana cercana, de IBSJ, que está en la India. Y ellos contaban que ellos alquilaron una casa y que pocos días después el dueño de la casa vino y, sin preguntar nada, fue y abrió la nevera para ver lo que tenían dentro de la nevera. Eso es chocante para nosotros, y como que ni siquiera yo no lo creyera si no me lo contara alguien que lo vivió. Entonces, si eso es cierto hoy, imagínate el venir y sentarte alrededor de una mesa en alguna terraza abierta para escuchar conversaciones; eso era común y aceptable.
Es esa costumbre, verdad, que la mujer aprovecha para venir y entrar a la casa y ponerse detrás de Jesús. La mujer se ha identificado en la historia como una mujer pecadora. De hecho, en el pasaje que leímos, ella es mencionada como tal en el versículo 37, es mencionada como tal en el versículo 39, y luego Jesús, en el versículo 47, habla de que sus pecados son muchos. De manera que todo esto junto da la impresión de que probablemente su estilo de vida era conocido, y muchos especulan, yo creo que con cierta razón, que quizás era un estilo de vida conocido por su promiscuidad. "¿Qué clase de mujer?", dijo Simón. "Si este hombre fuera profeta —no es profeta nada—, si él fuera profeta supiera qué clase de mujer es la que él está tocando." Eso es como peyorativo. Y de hecho, Phil Ryken, en su comentario, dice que el texto en el original sugiere que la palabra que Simón usó tenía como cierto tono sexual cuando habla de tocarla. Lo que se escondía en el corazón de Simón era mucho peor que lo que se veía. Simón lució muy cortés, pero por dentro era algo muy distinto.
Esta mujer, bien, el texto dice —te lo leo otra vez—: "Con un frasco de alabastro con perfume, y poniéndose detrás de él, a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume." Bueno, hace dos mil años atrás, y todavía hoy en esa cultura del Medio Oriente, tú no te reunías con hombres en público a menos que fueran tus familiares, y aun eso con cuidado.
Imagínate lo repelente que eso debió haber sido. Es más, el 3 de enero la ministra de Asuntos Exteriores de Alemania va a Siria junto con el ministro de Asuntos Exteriores de Francia a reunirse con representantes de las nuevas autoridades de Siria —creo que ustedes desconocen todo lo que ha ocurrido en Siria recientemente—, y dichas autoridades rehusaron estrecharle la mano a Annalena Baerbock, la ministra de Alemania, simplemente porque era mujer. Dale para atrás dos milenios en el pasado. Imagínate lo que representó para esta mujer: uno, asociarse en público con hombres; dos, ir a los pies; tres, soltarse su cabellera, lo cual no ocurre ni siquiera hoy en público; cuatro, regar sus pies con sus lágrimas; cinco, secar los pies con sus cabellos.
Esta mujer dejó ver externamente lo que ella estaba sintiendo por la persona de Jesús internamente, y lo que había en su interior la movió a su devoción por Jesús. Como la música de Orfeo que movió a los marineros para que pasaran de largo y se olvidaran de las ofertas del mundo, esta mujer había tenido las ofertas del mundo y las había experimentado, había quedado vacía. Pero ahora había algo en su interior que la movió por encima de todo lo que había experimentado anteriormente, y ahí está, a los pies de Jesús, con una devoción completa.
Lo que había en su interior hizo que ella se olvidara de la crítica de los demás, hizo que ella se olvidara del costo del perfume, hizo que se olvidara de las prohibiciones sociales, hizo que se olvidara del polvo de los pies de Jesús. La gente en esa época caminaba con sandalias abiertas y las calles todas eran de tierra. La gente que limpiaba los pies de tus invitados solamente eran esclavos o siervos contratados por el dueño de la casa, porque eso era una tarea considerada muy baja, por así decirlo. Pero esta mujer no va a buscar agua para limpiar sus pies; el agua sale de su interior con sus propias lágrimas. Y allá no va a buscar una toalla para no ensuciarse y secar los pies, ella usa su cabellera.
Lo más probable es que estos hombres pensaron como Judas cuando Judas estuvo presente cuando María, la hermana de Lázaro y de Marta, hizo algo similar, ya seis días antes de la crucifixión de Cristo, el sábado anterior. Y cuando Judas lo vio dijo: "Este derroche de dinero pudo haberse evitado y el perfume haberse vendido y dado el dinero a los pobres", como si eso hubiera sido verdad el corazón de Judas. Pero esta mujer no consideró el derroche de este perfume como un derroche de dinero; ella estaba derramando su corazón por el Maestro.
Y Jesús, conociendo lo que se escondía en el corazón de Simón, Jesús escuchó, por así decirlo, lo que Simón pensó: "Si este hombre fuera profeta, sabría qué clase de mujer lo está tocando, pues es una pecadora". Le dice Jesús: "Simón, tengo algo que contarte, algo que preguntarte. Mira, había un hombre que tenía dos deudores; uno debía cincuenta denarios y el otro debía quinientos denarios. Y él entendió que ninguno de los dos podía pagarle y decidió perdonarle la deuda a ambos. Ahora tú tienes una idea, Simón: ¿cuál de esos dos tú crees que le amaría más?" Simón responde: "Bueno, yo pienso que aquel a quien le perdonaron más". Y Jesús dice: "Tú has contestado correctamente".
Yo, cuando volví a revisar estas palabras, pienso: ahí está. Es que tú y yo tenemos la idea de lo que nos ha perdonado, y como no creemos que se nos ha perdonado tanto ni la gran cosa, pues no amamos tanto. Esta mujer sabe de dónde la están sacando, esta mujer sabe dónde ella había estado, y esta mujer ahora encontrar perdón a los pies de Jesús produjo en ella un amor grande porque sus pecados eran muchos. Sabes qué, hermano, tus pecados son tantos como los de ella, y los míos también, y el costo de perdonar su pecado es el mismo que se ha pagado por el tuyo y por el mío. Cuando entendamos cuánto nos ha perdonado y se nos sigue perdonando, vamos a amar mucho, y nuestra obediencia será nuestro deleite.
Ahí está, hermano. Cuando Jeremías escribió que tu corazón y el mío son incurables, no era del pueblo de Israel solamente que estaba hablando, sino del corazón del ser humano. Jesús aprovechó la oportunidad para confrontar a Simón y le dice: "Simón, déjame decirte lo que esta mujer ha hecho. Déjame decirte: cuando yo vine aquí a tu casa, tú no me diste agua para lavar mis pies". Que solamente no era lo acostumbrado, que alguien iba a lavar los pies, pero tú ni siquiera me diste agua para yo mismo habérmelos lavado. No hiciste eso, Simón.
Y tú sabes, Simón, también lo acostumbrado es que cuando tú llegas a la casa, tú pones la mano en el hombro de tu invitado y le das un beso. Tú no me diste un beso. Simón, vamos a hablar claro: si no me invitaste aquí para honrarme, ¿tú para qué me invitaste aquí? Para probarme, para encontrar falta, y ya comenzaste a encontrarla. El texto no dice eso, pero tú puedes más o menos pensar en esa dirección.
Y esta mujer... Bueno, Simón, también se acostumbra que tú recibes a tu invitado con un ungüento, un ungüento de olor, o lo unges con aceite. Tú no hiciste eso tampoco, Simón. Yo sé lo que se esconde en tu corazón. Tú puedes dar otra idea a otras personas que te conocen por fuera, pero yo sé quién tú eres.
¿Qué hizo la mujer? Ella lavó mis pies. No fue a buscar agua, no. Ella sacó el agua de su interior; fueron sus lágrimas. Ella no fue a buscar una toalla, no. Fue su cabellera que ella usó. Pastor, ¿pero los cabellos para limpiar pies sucios de tierra? Sí. Es que esta mujer sabía que su corazón estaba más sucio que los pies de Jesús. Tu corazón también, y el mío también, ha estado más sucio que los pies de Jesús. Por eso es que ella no sale a buscar una toalla; ella sabe dónde ha estado.
Sabes, Simón, como tú te crees piadoso, tú crees que yo no necesito perdonarte. Es más, probablemente pienses que tú ni siquiera necesitas arrepentirte. Pero sé que tú no me amas. Es que, hermano, todos los días... Tú me has oído decir esto, pero no me voy a cansar hasta el último día: yo me arrepiento al final de cada uno de mis días, porque todos los días tú y yo ofendemos a Dios, pecamos contra Dios todos los días. Pero sabes qué, no nos arrepentimos porque tampoco pensamos que hemos pecado gran cosa. "¿Y qué yo hice hoy?" Por eso no amamos mucho.
¿Qué dice la Palabra? Si no fuera por tus misericordias, ya yo hubiese sido consumido. Yo no hubiese llegado a la iglesia hoy; me hubiese carbonizado si no fuera por su misericordia. Cuando tú ya has saboreado eso, la dulzura de su perdón, por misericordia, por gracia, tú le vas a amar mucho. Pero tienes que ver lo odioso de tu pecado para saber lo costoso de tu perdón. Déjame decir eso otra vez: tienes que ver lo odioso de tu pecado para apreciar y valorar lo costoso de tu perdón.
Por eso es que pensamos, cuando alguien nos dice que debiéramos hacer algo, equis o ye o más allá, por eso pensamos que esa demanda no es necesaria para ser cristiano. No es necesaria que sea para ser cristiano. Sí es necesaria si tú le amas mucho. Un millón de veces me he dicho en mi cabeza —bueno, hiperbólicamente hablando—: o sea, ¿que Jesús puede dejar su gloria, pero tú no puedes dejar tal cosa porque eso no es necesario? Bueno, Él tampoco lo necesitaba. Entonces, ¿Jesús puede dejar su gloria en un momento dado y tú no puedes dejar esa cosita de aquí que tú sientes bien y está destruyendo tu práctica?
De eso es de lo que está hablando. ¿Jesús puede dejar su gloria pero tú no puedes dejar tu profesión porque esa profesión es más valiosa que eso? Sí. ¿Jesús puede dejar su gloria pero yo no quiero dejar este hábito o esta práctica o este hobby o las redes sociales? Ponle nombre, porque eso varía. No olvides: donde esté tu tesoro, estará tu corazón. Jesús atesoró el salvar personas, se desvistió de su gloria, muertas en delitos y pecados. Él atesoró eso. Y ¿sabes qué? Ahí puso su corazón, y vino y me salvó, y dio su sangre, y me sacó de donde yo estaba.
Hermanos, tú necesitas... Yo quiero animarte hoy, al principio del año 2025, pero que lo hagas hoy y todos los días: comprométete a destruir los ídolos de tu corazón. No me digas que no tienes ídolos. No hay una persona que no tenga ídolos. Esa persona se llama Cristo Jesús, y por eso cumplió con su Padre todo el tiempo. La única razón por la que nosotros no cumplimos con Dios, no obedecemos todo el tiempo, es porque hay ídolos que nos llevan a la desobediencia, porque hay ídolos que tienen mi corazón y lo tienen más que Jesús en cada momento donde yo no he podido complacer.
Pero tenemos otro problema: es que sufrimos de amnesia. No de magnesia, de amnesia. O sea, lo que esa amnesia era: pérdida de la memoria. Pero es selectiva la pérdida de memoria. Y yo escucho el mensaje hoy, renuncio hoy, y mañana se me olvidó qué fue que renuncié, porque mañana estoy en lo mismo otra vez. Pero las otras cosas que consumen mi tiempo, mi energía, mi emoción, no se me olvidan. Yo las practico todos los días, o con frecuencia por lo menos. Pero si tú y yo mantuviéramos los ojos puestos en Jesús... Eso es exactamente la recomendación del autor del libro de Hebreos: que tú tengas tus ojos puestos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe. Entonces mis ojos se mantendrían en mi primer amor, y estos cánticos del mundo, los atractivos seductores que brillan, yo no los voy a ver, porque mis ojos están puestos en Jesús.
Y ese es el otro problema que tenemos. Algo que Al Mohler, el presidente del Southern Baptist Theological Seminary, dice: que todos nosotros tenemos déficit de atención teológica. Si has oído de déficit de atención, tienes un hijo inquieto o un adulto inquieto que no se concentra frecuentemente, va de una cosa a otra. Él dice que nosotros tenemos déficit de atención teológico, y es que nosotros tenemos dificultad en enfocarnos —iba a decir permanentemente, pero voy a evitar la palabra permanente— de enfocarnos genuinamente y consistentemente en Dios, o en Cristo, y solo en Cristo. Y continuamente estamos siendo distraídos por estas ofertas y por nuestros ídolos.
Tim Keller, en su libro Counterfeit Gods —está en español, creo que se llama Dioses falsos o ídolos falsos, algo así— dice que un ídolo es cualquier cosa que absorbe tu corazón y tu imaginación más que Dios. Es cualquier cosa en lo que esperas encontrar lo que solo Dios puede darte. Algo que te da seguridad que debería dártela Dios, eso es un ídolo. Algo que tú disfrutas más que lo que disfrutas a Dios, claro que son ídolos. Algo que te lleva a pecar de manera recurrente sabiendo lo que Dios ya ha revelado, claro que son ídolos.
Y sabes qué es interesante, cuando tú estudias toda la Biblia y haces la teología bíblica del asunto: la palabra ídolo abunda en el Antiguo Testamento, con teniendo dioses ajenos, lo que hacían esfinges y demás. En el Nuevo Testamento aparece la palabra ídolo, pero porcentualmente es muchísimo menos. Entonces, ¿qué es lo que aparece? La palabra deseos. ¿Y por qué? Bueno, en la medida en que el cristianismo impactó verdad la cultura, la gente no estaba construyendo tanto como nosotros. No estamos construyendo tantas esfinges ni estatuas, no. Entonces, ¿cuál es la relación entre deseos en el Nuevo Testamento e ídolo en el Antiguo Testamento? Es que nuestros deseos construyen nuestros ídolos en el altar de nuestra mente. Y de hecho, en Colosenses 3:5 se habla de estos deseos que Dios considera idolatría.
Ahora hay otro problema. Nosotros, al final, no conocemos al Jesús de la Biblia. No, nosotros conocemos a un Jesús que es útil para la vida. Como dice John Piper, es útil para la vida, muy útil. Y así entonces hacemos un Jesús que enjuicia menos, condena menos, no tanto, más benevolente. Yo he tenido conversaciones donde me dicen: "No, porque mi Jesús... en serio, un Jesús más perdonador que el que tú me estás presentando". Bueno, ese Jesús frecuentemente es otro ídolo, porque no es Jesús.
Escúchenlo, lo que John Piper predica en su libro "La Vida de la Mente y el Amor de Dios": "Las personas que reciben a Cristo no lo reciben como supremamente valioso. Lo reciben simplemente como perdonador de pecados porque aman estar libres de culpa, y como salvador del infierno porque aman estar libres de dolor, y como sanador porque aman estar libres de enfermedades, y como protector porque aman sentirse seguros, y como dador de prosperidad porque aman ser ricos, y como creador porque quieren un universo personal, y como Señor de la historia porque quieren orden y propósito. Pero no lo reciben como algo extremada y exclusivamente valioso. No lo reciben como lo hizo Pablo cuando habló del valor incomparable de conocer a Cristo mi Señor. No lo reciben como realmente es: más glorioso, más hermoso, más maravilloso, más satisfactorio que todo lo demás en el universo". Fin de la cita. No lo aprecian ni lo atesoran ni se deleitan en él.
Yo no me puedo deleitar en lo que no conozco o en quien no conozco, y yo no puedo amar a lo que no conozco o a quien no conozco por lo que es. Pero tenemos que deleitarnos en él. Si él te ha perdonado, cántale al Cordero que venció. Si él te ha perdonado, vive para el Cordero que venció. Si él te ha perdonado, revela al Cordero que venció en tu vida.
La mujer de la historia ya sabía quién podía condenarla, pero ya también sabía quién podía perdonarla, porque es la misma persona. El que te puede condenar y quien te puede salvar o perdonar. Y ella fue a los pies de Jesús con arrepentimiento y con devoción, y el Jesús de la Biblia la perdonó.
Déjame decirte algo. Fíjense otra vez en el contexto cultural que te describí, lo que era inaceptable. Imagínate, eso que yo te describí es inaceptable aún en Santo Domingo, República Dominicana: que alguien venga a tu mesa y comience a besar los pies de este maestro y regarlos con sus lágrimas y luego secarlo con la cabellera. Aún en culturas en Estados Unidos, Europa, sería prácticamente inaceptable también, extraño. ¿Tú piensas que esta mujer que se atrevió a hacer eso dos mil años atrás va a tener alguna dificultad en obedecer a Jesús posteriormente? ¿Tú no crees que la que se deleitó en esas condiciones a los pies de Jesús se deleitaría por el resto de su vida siguiendo a Jesús? Porque le amó mucho. Su obediencia sería el mayor deleite que ella pudiera experimentar.
Tú recuerdas la respuesta de Jesús a otro fariseo, contada en otra ocasión, por otro evangelista, en este caso Mateo, capítulo 22. Un fariseo viene y le dice: "Maestro, ¿cuál es el mayor mandamiento de la ley de Dios?". Y Mateo 22:37-40 dice lo siguiente: "Y él le contestó: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento. Y el segundo, semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas".
Hermanos, todas las enseñanzas, todas las observaciones, motivaciones, prohibiciones en este libro, todas, absolutamente todas, dependen del primer mandamiento de la ley de Dios. No hay nada que no esté bajo la sombrilla de ese primer mandamiento. ¿Y qué es? Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, sin competencia, con toda tu alma y con toda tu mente.
"Mateo, pero no entendí bien, ¿qué implica amar a Dios con todo mi corazón?". Ok, voy a ver si entendemos juntos ahora. Amar a Dios con todo tu corazón implica que tu corazón se deleita en las cosas que deleitan el corazón de Dios, que tu corazón llora por las cosas que llora el corazón de Dios: los oprimidos, los pobres, los que menos tienen, las prostitutas. Me encantó leer el reporte del ministerio Rahab de nuestra iglesia, que van los miércoles en la noche a trabajar con aquellas que necesitan salvación.
Amar a Dios con todo tu corazón implica que no hay cosas en tu corazón que tú desees más que a Dios. Déjame decirte algo, hermano: que no hay nada en tu corazón, ni siquiera este púlpito, ni siquiera mi profesión de pastor, que yo ame más que a Dios. Que no hay cosas, que no hay personas que yo no esté dispuesto a dejar por Dios. ¿Me escuchaste? Que no hay persona, no hay cosas que yo no esté dispuesto a dejar por Dios.
Cuando este hombre quiso seguir a Jesús y se le dijo: "Bueno, ven y sígueme", y él le dice: "Mira, déjame ir a enterrar a mi padre primero". No era que el padre se estaba muriendo. En esencia, la expresión en ese momento implicaba: "Yo tengo un padre y ya ha avanzado en edad. Déjame irme con él, déjame estar con él, déjame atender los asuntos. Cuando él se muera, cuando sea, y yo lo entierre, yo vengo y te sigo". Y Cristo dijo: "El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es apto de seguirme". El reino de los cielos no acepta competencia, ¿me entiendes? Que no hay relación que esté por encima de tu relación con Dios.
Allí lo decía de esta manera: amar a Dios con todo tu corazón es estar convencido de que nuestra felicidad, y yo voy a agregar, y seguridad, está en él solamente, solamente. Si pensamos en Dios para que él me dé la mitad de mi felicidad y en otras cosas para que nos den la otra mitad de mi felicidad, yo tengo un corazón compartido, y Jesús no acepta competencia.
Ahora déjame decirte algo más. Cuando Cristo respondió la pregunta de cuál es el primer mandamiento de la ley de Dios, lo que hizo fue citar a Deuteronomio 6:4-5 prácticamente literalmente. Ahora, interesante que en Deuteronomio el texto dice que debes amar a Dios con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu fuerza. En el Nuevo Testamento Cristo cita a Deuteronomio y le agrega la palabra "mente". Ahora, si había alguien que tiene la posibilidad de editar el texto, es el autor. ¿Quién va a cuestionar al autor cuando él edita? Créanme, que los que nosotros que hemos escrito libros editamos nuestros textos un millón de veces antes de enviarlo. Y Cristo agrega la palabra "mente". Yo no creo que hizo eso a la ligera. No, no, no, no. Es que, como decía alguien, Dios no solamente quiere la fe de tu mente, él quiere los afectos de tu corazón. Porque una vez tú tienes la fe de tu mente real, verdadera, vibrante, y lo amas con tu mente, te será mucho más fácil obedecerlo de corazón. Ok, déjame decir eso otra vez: cuando lo logras amar con tu mente verdaderamente, te será mucho más fácil obedecerlo de corazón.
Ahora, yo necesito conocer a Cristo, el Dios de la Biblia, pero para eso yo necesito pedirle a Dios que ilumine el texto de la Palabra para yo entender, que me abra los ojos del entendimiento. ¿Tú recuerdas lo que el apóstol Pablo oró por los efesios? Que Dios les abriera los ojos del entendimiento para que ellos pudieran comprender la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor de Dios. Pablo sabe que cuando yo comprenda la benevolencia del corazón de Dios, yo tendré una motivación interna para obedecerlo que no va a ser debilitada por los cánticos de las sirenas del mundo. Y yo voy a llegar a valorarlo por lo que él es, por lo digno que él es. ¿Tú escuchaste las canciones? La palabra "digno" más de una vez que cantamos antes del servicio, antes, perdón, de la predicación. Digno es él, el Cordero que venció.
Entonces, ¿cómo yo amo a Dios con mi mente? Bueno, ¿cómo lo uso esa mente? Es una mente resuelta a hacer su voluntad. Es una mente decidida, fija en sus propósitos. Es una mente que no se deja moldear con las corrientes de este mundo, lo que el mundo opina, lo que está de moda, lo que la gente dice, lo que brilla, lo que atrae. No, no, no, no, no, no. Es solamente que prefiere ser transformada por medio de la renovación de la Palabra de Dios. Es solamente que no pierde tiempo en trivialidades, prefiere gastarse en las profundidades de la sabiduría de Dios. El que ama a Dios como tú y yo debemos no va a luchar con la obediencia de manera tan seria y tan frecuente como ocurre.
Escucha al salmista en el Salmo 40:8: "Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío". ¿Cómo? El salmista no dice: "Bueno, tú eres soberano, ¿cómo no va a ser? Yo me someto a tu voluntad". No, no. Es que me deleito en hacer tu voluntad. "Pastor, eso es difícil". Bueno, es difícil hasta que esto ocurra. Segunda parte del mismo verso: "Tu ley está dentro de mi corazón". No es simplemente que está en mi mente, no es que yo la recuerdo, es que tu ley ya moldeó mi corazón, es que tu ley moldeó mi razón, mis emociones, mis sentimientos, mis deseos. El salmista no se resignó a hacer la voluntad de Dios, el salmista no aceptó la voluntad de Dios, él se deleitó en hacer la voluntad de Dios.
Cuando tú lees el Salmo 119, el salmo más largo que tenemos, cinco veces el salmista dice: "Me deleito en tu ley", o "tu ley es mi deleite", o "tus mandatos", o "tus mandamientos", o "tus preceptos", dependiendo de las palabras, pero eso significa la misma cosa. Salmo 119, versículos 24, 77, 92, 143, 174. ¿Tú crees que él se deleitaba en la ley de Dios, en el mandamiento de Dios? Por eso lo repite. Y por eso su ley está en su corazón, y como está en su corazón, hacer su voluntad fue su deleite.
Volvamos a la mujer de la historia. Yo necesito ir trayendo esta conclusión. ¿De dónde surgió su devoción? Bueno, ya te dije: necesitas ver lo odioso de tu pecado para ver lo valioso de tu perdón. Necesitas ver a Dios que dio su vida por la mía, su desnudez y vergüenza en la cruz por mi cobertura de santidad, su crucifixión como criminal por mi adopción como hijo, su humillación por mi glorificación.
Hermano, tú necesitas pensar en esas cosas, tú necesitas rumiar esas cosas, porque si no, tu amnesia las va a olvidar. Y cuando las olvides no las vas a valorar, y cuando no las valores comenzarás a desear otra vez. Tú y yo necesitamos rumiar acerca de su compasión, su misericordia, su gracia, su amor, su benevolencia, su paciencia. Tú habla de lo paciente que Dios ha sido contigo y lo impaciente que nosotros somos con otros. Su benevolencia todos los días.
Hermano, tienes que pensar que Jesús amó tu alma incondicionalmente desde la eternidad pasada y ha estado cuidando que tú llegues a nacer y vivir y crecer para convertirte. Amó tu alma. Sabes que otros te aman por lo que tú puedas darles o por lo que ellos puedan quitar de ti, no Jesús. No te amó por lo que tú podías darle, no te amó por la adoración que tú podías darle, no, sino por lo que él te quería dar. ¿Tú puedes creer eso? Jesús te buscó, no porque tú querías lo que él tenía. Te buscó porque tú no sabías ni querías recibir lo que él quería darte, y que luego tú ibas a aquilatar y a atesorar.
Él primero te ama. Luego te usa para su gloria y luego te deja experimentar el gozo de hacer o de ser usado por él. La gente nos usa sin amarnos. No, Jesús te ama. Después que te ama y te deja saber lo valioso que eres, ya lo dejó ver en la cruz. Entonces te usa, y después que te usa, te dice: "Ahora te voy a dar el gozo de saber, de verte como instrumento usado por Dios."
Cuando tú y yo amemos a Jesús de esa manera profundamente, hermano, tú le vas a dar tu vida por su persona, por su Palabra, por su gloria, por su causa, por su iglesia. ¿Qué es lo que tú no vas a hacer por él, por su reino y por cualquier otra cosa que tenga que ver con Jesús? Y esas cosas serán tu deleite.
¿De dónde más yo saco esta idea de que si amas, tú obedecerás y eso será tu deleite? Porque Jesús lo dijo con otras palabras en el aposento alto. Ahora, antes de dormir yo no me consigo. Ya hay premisas que están muy claras en mi vida y esas premisas me han ayudado a entender muchas cosas, un montón. Y si ellas no están, también se hace difícil entender.
Pero cuando Jesús dijo a los discípulos antes de partir: "Si ustedes me aman, si me aman, obedecerán mis mandamientos." Oye lo que Jesús no dijo. No dijo: "Si me aman, va a ser más fácil obedecer," lo cual es cierto, pero no es algo que él dijo. No dijo: "Si me aman, es posible que obedezcan." No, lo fraseó de manera incuestionable: "Si me aman, obedecerán mis mandamientos." Tenlo por seguro.
Ellos no le amaron como debían amarle, no le obedecieron. Lo amaron después, pero antes no; lo abandonaron. Tú no abandonas lo que amas, tú no abandonas la persona que tú amas, nunca jamás es posible. Ellos lo abandonaron. Ellos luego dieron su vida por la causa, después que llegaron a amarle, después que llegaron a comprender lo que Jesús hizo en la cruz, que tú y yo todavía necesitamos entender mucho mejor.
Y esta mujer, esta mujer fue movida por el Espíritu de Dios a convicción de pecado. Cuando ella llega a los pies de Jesús, yo estoy convencido —eso no lo dice, pero estoy convencido— que ella estaba llorando justamente porque estaba llorando su pecado y estaba sintiendo un perdón de parte de Dios que Dios le hizo sentir sobrenaturalmente. Porque no sabemos todo lo que Dios hace hasta cuando alguien manifiesta su fe, y al final Jesús le dice: "Mujer, tu fe te ha salvado, vete en paz." En otras palabras: "Tú viniste aquí movida por tu fe y has puesto tu fe en mí como perdonador de pecado, vete en paz."
Si has nacido de nuevo, hermano, Jesús te ha dicho lo mismo. Si has nacido de nuevo, vete en paz. Pero si tú escuchas a Jesús decirte "vete en paz," entonces tú y yo debiéramos decir: "Gracias, Jesús, y mi amor te honrará. Tu gracia me ha perdonado y ahora en mi vida mi amor te honrará." ¿Te imaginas que todos los días tú te puedas levantar diciendo: "Este es un día para honrar el amor de Jesús por mí y exhibir mi amor por él"?
Tienes que atesorar a Jesús, valorar a Jesús, no de manera primaria, sino de manera exclusiva. Porque quizás lo tengo en primer lugar, pienso yo, pero tengo otras cosas de primer lugar también. No, no, así no. De manera exclusiva, supremamente, que no haya nada que yo valore, atesore, quiera, desee, busque, que esté por encima de su persona en mi amor por él y todo lo que se relaciona con él. Cuando yo lo conozca, cuando tú lo conozcas por lo que él es, no por lo que te ha hecho, por lo que él es como lo más glorioso de todo el universo, entonces tú y yo viviremos en obediencia y disfrutaremos las bendiciones de mi obediencia para con él, mejor dicho.
Padre, gracias. Padre, tu Palabra está llena de revelación para nosotros. Señor, decía, y mi pensamiento fue interrumpido por mí mismo, pero decía que hay premisas en mi vida, y una de esas premisas es que yo no consigo que tú hayas diseñado una vida para tu siervo que sea una vida de carga, después que tú nos invitaste a aquellos que estábamos cargados y cansados a venir a ti. Y yo he llegado a entender que si eso es como tú diseñaste mi vida cristiana, para ser descargado por ti, que entonces yo necesito amarte, y después que te ame mi obediencia será mi deleite. Y yo viviré descargado y yo voy a vivir ligero en tu presencia, porque he venido a ti cargado y cansado y tú me has hecho descansar.
Comienza en mí, Señor, empieza en mí. Yo no puedo hablar por otros, Dios, yo solamente puedo hablar por mí. Empieza en mí y empieza todos los días conmigo, temprano en la mañana, y al final del día yo puedo regresar a ti. Yo empiezo en ti y yo termino en ti al final del día. Y que cada día sea una nueva experiencia de renovación de mi amor por ti, para que tú seas el único tesoro en mi vida, porque ahí va a estar mi corazón. En tu nombre, Jesús. Lo ponemos de pie y se lo cantamos ahora.