IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La providencia de Dios es quien determina el curso de nuestras vidas, no nuestros planes ni circunstancias. Pablo quería llegar a Roma, pero tenía claro que no se pertenecía a sí mismo: rogaba por los creyentes romanos mientras pedía que la voluntad de Dios lo llevara hasta ellos. Antes de llegar a Roma, debía pasar por Jerusalén llevando una ofrenda para los santos que sufrían hambruna. Su plan incluía casi cinco mil kilómetros de viaje: Corinto, Jerusalén, Roma y finalmente España. Con los peligros de la época —naufragios, salteadores, persecuciones— solo la providencia de Dios podía sostenerlo.
Lo que hizo posible esa ofrenda ilustra la provisión divina. Las iglesias de Macedonia —Tesalónica, Filipos, Berea— dieron más allá de sus posibilidades estando sumergidas en profunda pobreza. Tuvieron que suplicarle a Pablo que no les quitara el privilegio de participar. El secreto, explica el apóstol, fue que primero se dieron al Señor; después de eso, dar todo lo demás resultó fácil. Cuando alguien se entrega completamente a Dios, entiende que no posee nada y por tanto no pierde nada al dar.
Pablo pidió oraciones específicas: ser librado de sus enemigos en Judea, que su ofrenda fuera aceptada y llegar a Roma con gozo. Las tres peticiones fueron respondidas, aunque no sin sufrimiento. Fue golpeado, encarcelado, perseguido, pero nunca estuvo resentido ni deprimido. Entendió que los sí y los no de la vida son los sí y los no de Dios. Cristo prometió que en este mundo tendríamos tribulación, pero que en Él tendríamos paz. Esa paz interior, que trasciende el entendimiento, es posible cuando creemos lo que Dios ha revelado y vivimos sometidos a su voluntad.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Voy a dar inicio a mi mensaje de esta mañana, pero primero voy a decirte dónde estamos. Recordarte algunas cosas del pasado para que podamos seguir en el libro de Romanos y concluir el capítulo 15. Mi mensaje está en ese capítulo 15, del versículo 22 al 33, y con eso concluimos ese capítulo.
Permíteme recordarte, refrescar tu memoria, acerca de algunas cosas que dijimos ya hace un tiempo atrás, en enero del 2024, cuando comenzamos esta serie, si mal no recuerdo. Pablo recibió un llamado para ministrar a los gentiles y predominantemente a lugares donde Cristo no había sido predicado, y hablamos de eso en el mensaje anterior. El mensaje a Pablo fue muy específico. Pablo fue tirado al piso cuando iba buscando cristianos a quienes regresar a Jerusalén; iba camino de Damasco y entonces es invadido por el Señor. Queda ciego, llega a esta casa donde fue instruido que fuera, en la calle Derecha, así se llamaba, y ahí entonces recibió la visita de Ananías, a quien Dios le habló para que fuera a orar por Pablo y le abriera los ojos.
Cuando Ananías oró por él, le recordó —o Dios más bien habló a través de Ananías— que él sería un testigo del Evangelio delante de los gentiles, de los reyes, y aun delante de los israelitas. Notaste el orden: ser testigo de los gentiles, de los reyes, y en tercer lugar de los israelitas. Ese es el llamado de Pablo. El llamado a los gentiles fue confirmado por Pedro, Santiago, también llamado Jacobo, que eran los pilares de la iglesia de Jerusalén, porque él relata en el primer capítulo de la carta a los gálatas que en un momento dado subió a Jerusalén, visitó a Pedro, visitó a Jacobo, porque él quería estar seguro de que este llamado que había recibido realmente había venido de parte de Dios, y ellos confirmaron el llamado que él había recibido.
Pablo, en el capítulo uno de esta carta, menciona también que él tenía mucho tiempo orando por ellos. Escucha cómo lo dice en Romanos 1:9: "Dios me es testigo de cómo sin cesar hago mención de ustedes, siempre en mis oraciones, implorando que ahora al fin, por la voluntad de Dios, logre ir a ustedes." Al fin, por la voluntad de Dios. Notaste que Pablo tiene claro que él no se pertenece; él quiere ir a Roma, pero no vive conforme a su propia voluntad, y está rogando por ellos, pero al mismo tiempo está pidiendo a ver si la voluntad de Dios lo hace llegar hasta Roma. Tiene claro quién él es, tiene claro quién Dios es, tiene claro cómo se supone que viva, cómo se supone que ministre.
Pablo está evangelizando lugares donde Cristo no ha sido predicado, pero él tiene claro también que quien lo tiene ocupado en esos territorios, impidiéndole llegar a Roma, es exactamente Dios. Y yo creo que esto es algo que nosotros necesitamos recordar todo el tiempo: la providencia de Dios es quien determina el curso de nuestras vidas.
Escucha lo que Pablo escribió en Romanos 1:13: "No quiero que ignoren, hermanos, que con frecuencia he hecho planes para ir a visitarlos, pero hasta ahora me he visto impedido." Él ha hecho los planes y los planes no han dado resultado; se ha visto impedido. Bueno, ¿qué lo impidió? Nosotros podemos pensar en asuntos terrenales que quizás fueron la causa instrumental de que él no pudiera ir, pero la causa final es Dios. Quien le ha impedido llegar a Roma es, número uno, la voluntad de Dios, y juntamente con eso —que es básicamente lo mismo—, el llamado que Dios le ha hecho a predicar en estas regiones no evangelizadas.
Con eso entonces quiero que podamos ver Romanos 15:22-33, porque aquí hay cosas que van a conectar con lo que acabo de explicar. Así dice la Palabra de Dios: "Por esta razón muchas veces me he visto impedido de ir a ustedes" —lo cual ya lo había dicho en el capítulo uno—. "Pero ahora no quedan ya más lugares para mí en estas regiones, y puesto que por muchos años he tenido un gran deseo de ir a ustedes, cuando vaya a España los visitaré, porque espero verlos al pasar y que me ayuden a continuar hacia allá, después de que haya disfrutado un poco de su compañía. Pero ahora voy a Jerusalén para el servicio de los santos, pues Macedonia y Acaya han tenido a bien hacer una colecta para los pobres entre los santos que están en Jerusalén. Sí, tuvieron a bien hacerlo, y a la verdad que están en deuda con ellos, porque si los gentiles han participado de sus bienes espirituales, también están obligados a servir a los santos en los bienes materiales. Así que cuando haya cumplido esto y les haya entregado esta ofrenda, iré a España, llegando de paso a verlos, y sé que cuando vaya a ustedes iré en la plenitud de la bendición de Cristo. Les ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que se esfuercen juntamente conmigo con sus oraciones a Dios por mí, para que sea librado de los que son desobedientes en Judea, y que mi servicio en Jerusalén sea aceptado a los santos, y para que con gozo llegue a ustedes por la voluntad de Dios y encuentre confortante reposo con ustedes. El Dios de paz sea con todos ustedes. Amén."
Yo no sé si notaste que hay múltiples ideas entre esas líneas, pero yo voy a tratar de verlas en su conjunto, y creo que hay dos palabras que básicamente resumen todo el contenido de ese pasaje: la providencia y la provisión de Dios. Ese es el título de mi mensaje: la providencia y la provisión de Dios.
Hablamos un poquito de la providencia de Dios. De nuevo, es esta providencia la que tiene a Pablo ocupado e impedido de llegar a Roma, realizando su labor en territorios donde Cristo aún no había sido predicado. Ahora, quizás algunos de ustedes están menos familiarizados con el concepto de lo que es la providencia de Dios. Cuando hicimos la serie sobre los atributos de Dios —yo creo que salió como libro—, nosotros tomamos un capítulo para hablar de la providencia de Dios, pero déjame darte una definición más.
John MacArthur, en su comentario de Romanos, dice que la providencia de Dios es el control soberano que Dios ejerce sobre todas las cosas, y que no es ejercido ese control por medio de milagros, sino a través del ordenamiento complejo de todos los eventos naturales para que lleven a cabo su voluntad, y al mismo tiempo sin que su providencia interfiera con el ejercicio personal de la voluntad de cada uno de nosotros. De forma que, mientras Él lleva a cabo su providencia, Él sigue siendo soberano y tú y yo seguimos siendo responsables de todos nuestros actos, incluyendo nuestros pecados.
Déjame darte una ilustración de la misma Biblia. En un momento dado, el profeta Balaam estaba recibiendo una oferta de parte del rey Balac para que maldijera a Israel, y él dijo que no podía. Luego el rey Balac le envió un nuevo mensajero con una oferta de dinero o de riquezas materiales mayor, y él dijo que iba a reconsultar con Dios. Balaam no estaba bien. En un momento dado, Dios quería detenerlo en su camino y le habla por medio de su burra. Dios usó la burra de Balaam para detener a Balaam, pero sabes que pudo haber usado una enfermedad, pudo haber usado un accidente, pudo haber sido asaltado —los salteadores eran comunes en esa época en las rutas de viaje—. Todos esos eventos, cualquiera que hubiese sido el caso, habrían actuado bajo la providencia de Dios.
Entonces, en resumen, cuando hablamos de la providencia de Dios, esto es lo que tú debes recordar: Dios sostiene todas las cosas. Dios gobierna todos los eventos —todos, no hay uno solo fuera—. Dios ordena todos nuestros pasos sin interferir con el ejercicio personal de nuestra voluntad. Él ordena el ejercicio de mi voluntad con el ejercicio de su voluntad, para que al final, aun en su voluntad permisiva, termine ocurriendo lo que Dios planificó que ocurra. Y todo eso ocurre todo el tiempo, en todo lugar, en la vida de toda persona, en todas las circunstancias y para su gloria. ¿Ok? Con ese entendimiento podemos seguir avanzando en el texto.
El segundo punto es la provisión de Dios. Pablo explica que antes de llegar a Roma tiene que llegar a Jerusalén, que él tiene la obligación de llevar una ofrenda a los santos de Jerusalén. Él escribió esa carta a los corintios desde Corinto, y entonces el plan era este: voy desde Corinto a Jerusalén, 1.300 kilómetros más o menos; de Jerusalén, voy a Roma, 2.400 kilómetros más o menos; y de Roma, voy hasta España, 1.100 kilómetros, para un total de 4.800 kilómetros. El plan era: llego a Jerusalén, entrego la ofrenda, voy a Roma, quisiera ser refrescado ya por ustedes, ustedes me abastecen, me ayudan, me envían a España.
España está ubicada exactamente donde está en el día de hoy. Era el extremo occidental del Imperio Romano, una región lejana, hacia donde también fue Jonás —bueno, se ha dado la historia de Jonás—: cuando Jonás se devolvió en sentido contrario a donde Dios quería que fuera, él fue en dirección de España; ahí fue donde Dios lo detuvo, exactamente; él fue en dirección contraria. En esa época España ya tenía un comercio muy activo y era una nación muy influyente. Pero Pablo quería llegar hasta allá. La pasión que Pablo tenía por predicar el Evangelio a los que iban camino a la perdición, a una perdición eterna, era tal que nada lo iba a detener.
Probablemente quería llegar a España, plantar una iglesia, más de una, y que España, estando en el extremo occidental de Europa, pudiera entonces servir para que otras naciones escucharan el Evangelio, tal cual lo hizo en el área de Asia Menor, lo que hoy conocemos como Turquía. Ahora ponte a pensar: 4.800 kilómetros, Corinto, Jerusalén, Roma, España, con los medios de comunicación que había en aquella época. Solamente la providencia de Dios pudo llevarlo a esos lugares. Con todos los peligros, Dios lo protegió en múltiples ocasiones. Lo rescató de naufragios, de las manos de sus enemigos, judíos y gentiles, y en otras ocasiones lo sostuvo en medio de la escasez; lo sostuvo también para que pudiera soportar el ataque de esto que Pablo declara como mensajero de Satanás para que lo abofeteara continuamente, no fuera a ser que Pablo se enorgulleciera.
Yo no sé si tú recuerdas bien todos los peligros por los cuales Pablo pasó, porque en todos estos viajes nunca la mano de Dios impidió que estos peligros ocurrieran. No solamente que ocurrieran, sino que él fuera afectado por los peligros. Lo que Dios garantizó en su fidelidad es que él estuviera con Pablo. Escucha cómo Pablo describe en 2 Corintios 11:27 su currículo de viajes: "Con frecuencia en viajes, en peligros de ríos, peligro de salteadores, peligro de mis compatriotas", que son los judíos, "peligro de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligro entre falsos hermanos, en trabajos y fatigas, muchas noches de desvelo, en hambre y sed, con frecuencia sin comida, en frío y desnudez." Guarda eso ahí, porque vamos a regresar a esa idea que acabamos de presentarte.
Pablo tenía claro que el Evangelio de Cristo, escrito con sangre, que le dio la vida, valía el riesgo de todos los peligros. Él tenía claro que la causa de Cristo de alcanzar a los perdidos también lo valía. También tenía claro que el viaje de Cristo de la gloria a la cruz, de la gloria a la vergüenza, fue mucho más largo, mucho más tortuoso, más peligroso y más doloroso.
Por otro lado, Pablo está explicando que él tiene que llegar a Jerusalén antes de llegar a Roma, porque tiene que llevar una ofrenda de parte de las iglesias en Macedonia. Y aquí hay algo que quizás no sepas, o no recuerdes, o no habías conectado: Pablo nos habla de esa ofrenda, de la recolección de esa ofrenda, de cómo se dio y quiénes la dieron. En la misma segunda carta de Pablo a los Corintios, en el capítulo 8, versículos 1 al 5, déjame leerte: "Ahora, hermanos, les damos a conocer la gracia de Dios" —subráyalo— "la gracia de Dios que ha sido dada en las iglesias de Macedonia."
Las iglesias de Macedonia van a hacer algo, pero lo van a hacer porque Dios les dio una gracia especial: la provisión de Dios y la providencia de Dios. "Pues en medio de una gran prueba de aflicción abundó su gozo, y su profunda pobreza sobreabundó en la riqueza de su liberalidad, porque yo os testifico que según sus posibilidades, y aún más allá de sus posibilidades, dieron de su propia voluntad." Más allá de sus propias posibilidades. "Por cuanto las iglesias, sumergidas en profunda pobreza, suplicándonos con muchos ruegos el privilegio de participar en el sostenimiento de los santos, y esto no como lo habíamos esperado, sino que primeramente se dieron a sí mismos al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios." Ahí está la clave: se dieron al Señor, y de ahí en adelante todo lo demás es fácil.
El problema es que nosotros no nos acabamos de dar al Señor. Le damos al Señor una parte de nuestro tiempo, de nuestros dones, de nuestros talentos, una parte de nuestras posesiones, una parte de nuestras energías, pero hay una parte que queremos reservar para nosotros por si acaso. Porque creemos que ya hemos dado suficiente. Esta gente no lo vio así. Estaban pasando una gran aflicción, dice Pablo, en medio de una profunda pobreza. Tan profunda era su pobreza que Pablo no quería que ellos dieran. Tú tienes a un apóstol diciéndoles: "No, no, no, no den." Y ellos, como acabo de leerte, tuvieron que suplicarle a Pablo que no les quitara la oportunidad de dar. Eso es lo que dice el texto: el privilegio de dar para el sostenimiento de los santos en Jerusalén.
Escucha lo que Pablo dice: "Yo ni pensé que ellos iban a hacer algo así, y esto no como lo habíamos esperado." Yo no quería que ellos fueran a dar; yo conocía su pobreza. Pero en el versículo 5, Pablo explica qué fue lo que pasó: ellos se habían dado al Señor, y ya entendieron que no poseían nada. De manera que cuando ellos le dieron a Pablo, no perdieron nada, porque ya lo habían dado todo; se dieron a la voluntad de Dios. Eso habla de la providencia de Dios. Pero luego dieron para otros, y eso habla de la provisión de Dios, porque frecuentemente la provisión de Dios llega a nosotros por medio de instrumentos humanos. De eso estamos hablando: de la providencia y la provisión de Dios.
Es impresionante, porque las iglesias de Macedonia son iglesias gentiles, como la tuya. Ellos están haciendo una colección en medio de su pobreza para hermanos judíos que habían creído, pero que estaban viviendo en Jerusalén y que estaban en gran dificultad. Hablamos de las iglesias de Macedonia; quizás tu pregunta sea: ¿cuáles eran esas iglesias? Nosotros sabemos cuáles son: Tesalónica, Filipos y Berea. Conocemos esos nombres bien, y estas iglesias que nosotros conocemos bien son las que han dado de su pobreza. De hecho, los bereanos son aplaudidos por Dios, porque ellos, cuando Pablo les predicaba, escudriñaban las Escrituras en medio de su pobreza para ver si lo que Pablo estaba enseñando era cierto.
La pregunta es para ti y para mí, porque tenemos que traer el texto a nuestra vida. Lo que estoy haciendo ahora es traer el texto a tu vida y a la mía. ¿Qué se requiere para dar abundantemente, especialmente cuando eres pobre? Quizás puedas pensar: "No, lo que se requiere es ser rico." No, no, no, no. Porcentualmente, muchas veces los que menos tienen dan más que los que más tienen. Pero hay varias cosas que se requieren.
En primer lugar, se requiere gratitud y reconocimiento: que no importa lo mucho o lo poco que tengas, si eres seguidor de Dios, lo que tienes no es tuyo; es algo que has recibido. Lo cantamos: "Todo lo que tengo proviene de tus manos." Todo, absolutamente todo proviene de Sus manos, y es para compartir, incluyendo mi vida. Se requiere fe en el Dios proveedor, no en ese de afuera, para yo poder dar y no temer que mañana no voy a tener. Pero también se requiere entendimiento de los propósitos de Dios.
Déjame ilustrar eso de que se requiere fe en el Dios proveedor para poder dar con liberalidad. El profeta Elías es enviado por Dios a una viuda de Sarepta, fuera de Israel. Él llega y le dice a la viuda que le dé algo de comer. La viuda le dice que a ella le queda una porción de aceite y harina que solo da para ella y su hijo. Elías entiende que Dios lo ha enviado y que hay algo que Dios quiere hacer ahí, porque esa viuda de Sarepta, de alguna forma, Dios también en Su providencia la había elegido para ese momento. Elías le habla acerca de quién él es y le dice: "Dame de comer, que Dios te va a bendecir." Esta mujer le dio a Elías de lo único que tenía para un día, y tuvo que ejercitar una fe en Dios para poder recibir las bendiciones de Dios. Y tú sabes qué ocurrió: para el resto de los días que Elías estuvo con ella, el aceite y la harina siguieron fluyendo continuamente; Dios lo siguió multiplicando. Imagínate.
Ahora, hermanos, para que no vaya a confundirse ni vaya a confundir la magnesia con la gimnasia: esto no es el evangelio de la prosperidad, que tú das para que Dios te devuelva más. No, no, no, no. El evangelio de la prosperidad dice que tú le das a Dios y cuando le das, eso activa la ley de la fe, y que la ley de la fe obliga a Dios a devolverte con creces. Eso es una herejía de los falsos maestros, como Benny Hinn, Cash Luna, Guillermo Maldonado y muchos otros. Tenía que decirse, y se dijo. Esa es la realidad.
Ahora, hermanos, si no confiamos en Dios, nunca voy a tener suficiente tiempo para darle al otro. No voy a tener tiempo para detenerme a ayudar al prójimo ni tendré suficientes recursos económicos para dar, y mucho menos para dar mucho más allá de mis posibilidades. ¿Con qué fe voy a hacer eso? A veces lo que nos falta no es un recurso; es fe. Escucha las palabras de John Wesley: "Gana todo lo que puedas." Ahí hacemos así: "¡Wow, qué bueno!" "Ahorra todo lo que puedas." "¡Wow, qué bueno!" "Da todo lo que puedas."
Hermanos, hay una cosa: no trates —mejor dicho, no te atrevas— a ahorrar el dinero que le pertenece a Dios. Cuando ahorras el dinero que le pertenece a Dios, eso corrompe tu mente, tu corazón y todo lo que tienes. Y muchas veces las consecuencias no las veo en mí en la primera generación, sino en la segunda y la tercera generación. Hermanos, darle a Dios es tu mejor inversión, es tu mejor banco. Dar es verdaderamente tener.
Escucha lo que dijo este predicador famoso, evangelista norteamericano del siglo XIX, que probablemente no conoces por su nombre: Henry Ward Beecher, muy conocido y prominente evangelista. Creo que está inscrito en su lápida: "Lo que yo gasté, lo tuve. Lo que yo guardé o ahorré, lo perdí. Lo que yo di, todavía lo tengo." Lo que yo di todavía lo tengo, porque ya no lo tengo en mi mano, pero lo que guardé, cuando me morí, lo perdí. Lo que di es el único dinero que vuelves a ver: el dinero que invertiste en el banco del reino de los cielos.
El versículo 27, el texto de hoy. Escucha cómo Pablo trata de explicar lo que las iglesias de Macedonia hicieron: "Sí, tuvieron a bien hacerlo, y la verdad es que están en deuda con ellos, con los judíos, porque si los gentiles han participado de sus bienes espirituales, también están obligados a servirles a los santos en los bienes materiales."
Si ustedes fueron bendecidos por los audios, y ahora hablamos de eso, entonces por cosas espirituales de ellos, ahora les toca a ustedes bendecirlos a ellos con cosas materiales. Ustedes están en deuda, les dice. Bueno, ¿qué fue lo que recibimos de ellos? Bueno, el texto de la Palabra dice que uno de los salmos dice que la salvación viene del Señor. El Mesías vino de entre ellos, era judío. Todo el Antiguo Testamento y todo lo que se escribió en relación con esa nación fue para mi beneficio. Todo eso fue escrito en hebreo y para la nación judía. Los profetas del Antiguo Testamento eran judíos, los apóstoles del Nuevo Testamento fueron judíos.
Y Pablo, ayudando a los gentiles a digerir esto, les escribe a los efesios en el capítulo 2, versículos 11 al 13. Les dice: "Por tanto, recuerden que en otro tiempo ustedes, los gentiles, dice Pablo, estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, extraños a los pactos con Abraham, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo." ¿Será que ustedes estaban, nosotros estábamos? "Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes que en otro tiempo estaban lejos han sido acercados por la sangre de Cristo."
Pero eso no es la única forma como Pablo trata de dejarnos ver quién vino primero. En el capítulo 11 de Romanos, cuando estuvimos estudiándolo, vimos los versículos 23 y 24, pero pueden leer todo el capítulo y todavía mejor. Pablo llama a Israel el olivo cultivado, el olivo natural. Nos llama a nosotros los gentiles ramas silvestres, que no estábamos en el olivo, y que nosotros, que somos ramas silvestres o fuimos ramas silvestres, fuimos injertados en el olivo cultivado o el olivo natural representado por la nación de Israel. Y por eso es que Pablo les dice de nuevo: el que recibió lo espiritual también está obligado a servir a los santos en sus bienes materiales. Te bendijeron primero de una manera, tú los bendices después de otra manera.
Todo eso habla acerca de la provisión de Dios, que es parte del título de mi mensaje, pero habla también de la providencia de Dios, porque Dios en su providencia le dio gracia a la iglesia de Macedonia, que no estaba siendo perseguida y que no estaba en tanta hambruna como se estaba pasando en el Medio Oriente en ese momento. Nosotros sabemos que alrededor del año 58 de nuestra era, por la historia lo sabemos, se desató una gran hambruna en todo el área de Palestina, particularmente en Israel, y por las persecuciones estos hermanos fueron expulsados y dejados sin sustento. Pablo dice: "Yo tengo que llegar allá, estos hermanos están mal, yo tengo una ofrenda." Pero no es como que iba a tomar un vuelo, no, esta ruta era de peligros y vicisitudes.
Y Pablo dice entonces en el versículo 28: "Así que cuando haya cumplido esto y les haya entregado esta ofrenda, iré a España, llegando de paso a verlos, y sé que cuando vaya a ustedes iré en la plenitud de la bendición de Dios." Pablo tiene claras sus prioridades. Número uno: llegar a Jerusalén, entregar la ofrenda, hacer algo por nuestros hermanos para que tuvieran qué comer. Número dos: cuando pueda ya liberarme de mi compromiso, me voy a Roma. Y lo daba como número tres: estar en Roma, ser refrescado por los hermanos, y quizás ya me puedan ayudar para que siga hacia España.
Ahora, Pablo sabe que estas cosas no se hacen de manera individual, sino que la familia de Dios se supone que se apoya mutuamente. Escucha lo que dice en los versículos 30 al 33: "Les ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que se esfuercen juntamente conmigo en sus oraciones a Dios por mí, para que sea librado de los que son desobedientes en Judea y que mi servicio a Jerusalén sea aceptado por los santos, para que con gozo llegue a ustedes por la voluntad de Dios y encuentre confortante reposo con ustedes. El Dios de paz sea con todos ustedes, amén."
Yo no sé si tú encontraste riqueza en esta Palabra que acabamos de hablar, pero vamos a ver si podemos desempaquetar esos versículos. Yo no sé si encontraste también palabras que te llamaran la atención, porque hay varias palabras que a mí me llaman la atención. Y la primera es esta: "Les ruego que se esfuercen juntamente conmigo en sus oraciones." Orar no es siempre natural. Yo tengo que esforzarme, tengo que esforzarme porque la inclinación natural de nosotros es siempre resolver nosotros mismos. Yo me la sé, yo tengo experiencia, yo he pasado por ahí, yo sé lo que te digo. "Fulano, créeme que yo sé lo que te digo", ese es el problema. Entonces tengo que esforzarme para vencer mi propia inclinación.
Por otro lado, todos ustedes tienen obligaciones legítimas que son urgentes. El problema está en que cuando tú atiendes lo urgente —tus hijos, tu trabajo, algo de oficina, lo que tú quieras— cuando tú atiendes lo urgente sin haber atendido lo prioritario, la calidad que le das a lo urgente es altamente deficiente, sino pecaminosa. Porque no puedo atender lo urgente si no hablé con Dios primero. "Separados de mí, nada podéis hacer." Miguel, tú no puedes ver pacientes separados de Él. Tú no puedes hacer consultas, ni las complejas ni las simples. Tú puedes hacerlo, pero no te irá bien si lo haces sin depender de Él.
Yo tengo que esforzarme porque frecuentemente queremos darle a Dios tres minutos de oración y un año de beneficio. Ni los seguros médicos son tan baratos. Eso no funciona. Y en eso consiste esforzarme, frecuentemente, porque nuestras mentes no están en las cosas de arriba. Nuestras mentes están en las cosas de aquí abajo, en lo terrenal. Esa es la razón, eso es lo que explica por qué frecuentemente nosotros estamos pidiendo por las cosas terrenales, y a veces incluso lo único que pedimos son cosas terrenales, cuando Cristo ya me dijo: "No, no, no, tú tienes que buscar a Dios primero. Lo terrenal, solo la añadidura; déjame eso a mí, yo me encargo, yo lo conozco."
Mira lo desfasadas que están nuestras mentes. Pedro quería apartar a Cristo de la cruz para que no muriera en ella, como tú has oído muchas veces. Jesús lo reprende, lo reprende y dice: "¡Quítate de delante de mí, Satanás!", porque Satanás lo estaba usando. Todos nosotros hemos sido usados por Satanás en algún momento, de alguna manera, unos más, unos menos, unos más frecuentemente, unos menos frecuentemente, incluyendo al apóstol Pedro. Pero Cristo le dice a Pedro: ¿Por qué Satanás lo está usando? Porque solo tiene puestas las cosas de los hombres y no las cosas de Dios. Es el anzuelo: cuando Satanás me hace dependiente de las cosas terrenales —"la añadidura"—, este es un blanco fácil. En buen dominicano: estoy pan comido, y se va detrás de ti.
Pablo les dice: "Esfuércense juntamente conmigo." Pablo está confiando en la providencia de Dios para llegar a España cuando la voluntad de Dios lo permita. Ahora, Pablo, al planificar, sabía lo que haría primero, lo que haría en segundo lugar, lo que haría finalmente, todo sujeto a la voluntad de Dios. Esa es su providencia. Y sabes qué: Pablo planificó, pero eso no le impidió orar. Usualmente lo que nosotros hacemos es que no planificamos, tampoco oramos. A última hora hacemos un plan, o quizás lo hacemos desde el principio, pero confiamos en ese plan para que las cosas salgan como fueron planificadas. Y aun en el caso de Pablo, él planificó y muchos percances estuvo en el interín. Por eso Pablo les pidió que se esforzaran orando, y dijo cosas específicas por las cuales él quería que oraran.
Petición número 1, versículo 31, primera parte: que sea librado de los que son desobedientes en Judea. Pablo sabe que el cristianismo estaba encontrando oposición en todos los lugares. Pablo estuvo en múltiples regiones y múltiples ciudades; nunca pudo predicar con libertad, siempre encontró oposición. Pablo va a Filipos, planta la primera iglesia en el continente europeo y cae preso. Pablo había estado en Salónica, lo estaban persiguiendo y tuvo que salir corriendo. Llegó a Berea y ahí tuvo que escapar escondido; hubo que bajarlo por una ventana para que no lo mataran. De Berea fue a Atenas. Cuando llegó a Atenas, se burlaron de él, no lo dejaron ni siquiera terminar el sermón. De Atenas, Pablo sale y llega a Corinto. En Corinto se rieron de él. Llegó a Listra en una ocasión, lo apedrearon y lo dieron por muerto. Lo dejaron tan mal físicamente que dijeron: "Ese murió." En Jerusalén había salido de allí porque había sido considerado un blasfemo y transgresor. Eso es antes de regresar a Jerusalén esta vez.
Entonces, escucha: en la providencia de Dios, ni las prisiones, ni las persecuciones, ni las apedreadas, ni las burlas, ni las falsas acusaciones detuvieron a Pablo en ningún momento ni en ningún lugar. De hecho, Dios le reveló a Pablo que cuando él fuera a Jerusalén la próxima vez —que es donde él quiere llegar— él esperaba aflicciones y prisiones. Eso está en el libro de los Hechos. Tú puedes conectar las cartas de Pablo a múltiples porciones del libro de los Hechos. Hechos 20:22-24: "Ahora yo, ligado en espíritu, voy a Jerusalén, sin saber lo que allá me sucederá. Salvo esto, lo único que yo sé: que el Espíritu Santo solemnemente me da testimonio en cada ciudad diciendo que me esperan cadenas y aflicciones."
Ponte en el lugar de Pablo. Yo estoy orando y el Espíritu Santo me da una revelación. Voy para, digamos, Santiago —segunda ciudad de nuestro país, para que me entiendan los de afuera—. El Señor te dice: "Tienes que ir a Santiago." Lo único que te advierte, lo único que te va a dejar saber, es que te esperan cadenas y aflicciones. Yo creo que si estabas de rodillas te paras inmediatamente y dices: "No, así no."
Pablo tiene esa revelación de que les esperaban cadenas y aflicciones, pero de ninguna manera estimó su vida como valiosa para sí mismo. Claro que no, él se la dio a Dios; ahí está la clave. Si no me doy a Dios, yo no voy a poder hacer las cosas que Dios quiere que yo haga. "No la estimo como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús para dar testimonio, solemnemente, del evangelio de la gracia de Dios."
Yo creo que Pablo probablemente pensó: si Cristo fue expuesto a la vergüenza de los hombres en una cruz en Jerusalén, fue traspasado y latigado, claro que yo estaría dispuesto a ser rechazado por la causa de Cristo. Entonces Pablo quería que oraran para que él pudiera llegar a Roma, y que Dios lo librara —no dice necesariamente de las dificultades, porque él sabía que ya le esperaban—, que lo libraran de las manos de ellos, y en un momento veremos si eso ocurrió.
Pero él pidió también, en segundo lugar, que los hermanos pudieran recibir su ofrenda con gozo. El texto de Hechos 21:17 dice que cuando los hermanos fueron al puerto lo recibieron, y que lo recibieron precisamente con regocijo. Luego esos hermanos, algunos de los ancianos que estaban ahí recibiéndolo en Jerusalén, lo acompañaron para que fuera a ver a Santiago —el medio hermano de Jesús—, que era el pastor principal de la iglesia. Entonces, después de poder saludarlos, él comenzó a relatarles a estos judíos creyentes, incluyendo a Santiago, todo lo que Dios había estado haciendo entre los gentiles.
Entonces Pablo, después de eso, ya cumplió fielmente con la ofrenda, visitó a Santiago, habló de lo que Dios estaba haciendo, y ¿qué hizo? Fue al templo, como siempre. Pablo iba al templo cuando citaba en Jerusalén, o iba a una sinagoga cuando citaba fuera. Y ahí se armó una bronca; comenzaron a pelear, y ese fue el punto donde a Pablo lo arrastraron hacia fuera del templo y lo estaban golpeando. El comandante Claudio vio que había un revuelto alrededor del templo, no sabía lo que estaba pasando ni siquiera quién era Pablo, pero se apersonó al lugar y le quitó a Pablo de aquellos que lo estaban abusando y que pudieron haberlo matado, de manera que Pablo fue librado de aquellos por los cuales él había estado pidiendo que fuera librado de sus manos. En ese momento, Pablo fue librado también.
Pablo entonces está ahora preso, y el gobernador del momento era Félix. Félix deja a Pablo preso en Cesarea dos años. Mientras tanto, la carta ya fue enviada a Roma, la carta llegó a Roma, y dos años después Pablo está preso todavía en Jerusalén. Félix termina su término como gobernador y sube Festo. Pablo le dio el testimonio de su conversión a Félix y a Festo, pero cuando se lo dio a Festo, fue en ocasión de una visita que había hecho el rey Agripa II. Festo y el rey Agripa oyeron el testimonio de conversión de Pablo por medio del Señor Jesucristo. ¡Wow! ¿Se recuerdan cuando fue llamado Pablo, que él testificaría delante de gentiles, de reyes y aun de los judíos?
Pablo se da cuenta de que los judíos tienen una trama contra él; lo quieren matar. Él entonces apela al César, y como él era ciudadano romano, pues no había forma de negar el derecho que él tenía. Pero nota la orquestación de los eventos en la providencia de Dios. "Tú vas a dar testimonios delante de reyes y gobernadores": ahí está Pablo, delante de Félix, de Festo, del rey Agripa, pero también de los gentiles, que es lo que él ha estado haciendo. Nota cómo Dios toma a Claudio, un inconverso, para salvar a Pablo de manos de los judíos, y ahora cuando Festo está como gobernador, usa a Festo —después que Pablo pidió que lo mandaran al César— para arreglar el viaje de Pablo hasta Roma siendo custodiado.
¿A dónde era que Pablo quería llegar? ¡A Roma! Si había que mover cielo y tierra y usar a los gentiles para proteger a Pablo para llegar a Roma, él va a llegar a Roma. Nota una vez más la oración de los hermanos y la mano de Dios; y la mano de Dios no impidió que Pablo sufriera indeciblemente, pues es parte de su soberanía y de su providencia.
Resulta que en otra ocasión Pablo fue informado por un sobrino, el hijo de su hermana —dice el texto de Hechos—, de que había un complot para matarlo cuando fuera trasladado hacia el concilio, y los judíos estaban en el camino esperando. Pablo se lo comunica al comandante, y el comandante manda a Pablo con una escolta de 200 soldados. El enemigo mejor protegido, casi como un presidente, con 200 soldados de escolta: la providencia y la provisión de Dios.
Y Pablo llegó. Fíjate bien en todo el currículo de sufrimiento de Pablo; yo te digo un resumen en 2 Corintios 11, todos los insabores. Lo impresionante es que, a pesar de todo eso —escuchen, porque te estoy hablando de ti, pero también me estoy hablando a mí—, Pablo nunca estuvo decepcionado, desilusionado, airado, entristecido, deprimido o resentido. Claro que no. ¿Para qué me voy a resentir por una circunstancia, si es Dios en su providencia el que la está permitiendo para hacer algo en mí?
Nosotros nos quejamos casi todos los días. Andan en Santo Domingo manejando en el tráfico, pero ahora, cuando estaba fuera, me decía para mis adentros: todo lo que he notado es que el que se queja del tráfico es porque tiene un carro, y en vez de quejarse debería dar gracias a Dios por poder tener un carro. Hermano, esto es la verdad. Lo que pasa es que nosotros no acabamos de entender quién es el que maneja el mundo.
Claro que Pablo no quería pasar por esas circunstancias. No es que Pablo estuviera diciendo: "Tengo un deseo de pasarla mal." Claro que no. Cristo tampoco quería llegar a la cruz, pero Cristo hizo lo que Pablo aprendió luego y terminó haciendo. En el Getsemaní, como yo le digo, "Señor, mira, esto es mi deseo, que pase de mí." Eso es lo que tienes que decirle a Dios: "Esto es mi deseo, pero al final que se haga tu voluntad y no la mía, porque tú eres el Amo y yo soy quien te sirve." Eso es lo que nosotros necesitamos hacer.
Hermano, acábate de aprender, de recordar: los síes y los noes de la vida son los síes y los noes de Dios. No es de otra manera, pero no lo creemos. Tú has sabido la historia: aparentemente en un lugar, comenzaron con una iglesia y poco tiempo después montaron una taberna al lado, y ahí había música, tragos y bebidas hasta altas horas de la noche, y la iglesia ya no sabía qué hacer porque interferían con su funcionamiento. Entonces hablaron con el dueño de la taberna, y el dueño dijo que no, que no iba a mover su taberna ni iba a cambiar el horario. Les dijo que él era el dueño de su taberna. Y ellos dijeron: "Bueno, ahora oraremos." Él respondió: "No me importa, yo soy ateo." Bueno, dos o tres semanas después de estar orando, vino un tornado y se llevó la taberna. El dueño de la taberna demandó a la iglesia. Van al juzgado; aquí está la iglesia con su representante y sus acusadores, y entonces el dueño de la taberna le dice al juez que ellos son los culpables de lo que le pasó a su taberna, y los cristianos dijeron: "¡Nosotros no, nosotros no hicimos nada!" Y dice el juez: "Este es el caso más extraño que yo he tenido: un ateo que cree en Dios y unos cristianos que no creen en el poder de la oración."
Los síes y los noes de la vida son los síes y los noes de Dios. Yo puedo resentirme, yo puedo deprimirme; tú puedes hacer lo que quieras, saltar, brincar; al final, los decretos de Dios son inmutables. Hermano, tú sabes —porque lo hemos hablado desde el púlpito— cuatro meses y unos días con este problema de la voz, y mil otras cosas y efectos colaterales de medicamentos y demás. Sabes que todos los días yo me recuerdo a mí mismo: esto va a continuar hasta que Dios lo quiera. Yo puedo hacer todo y debo hacerlo, pero va a parar cuando Dios determine que ya terminó su trabajo conmigo; y si lo deja, que sea parte de mi aguijón en la carne, y Él tiene que seguir trabajando conmigo.
Hermano, tú puedes obedecer, pero si tú obedeces a la manera de Jonás, eso no es realmente una obediencia. Tú vas a obedecer, pero no estabas sometido, y sabes que ni siquiera puedes disfrutar lo que normalmente produciría mucho gozo. ¿Cuánto yo daría por ir a una ciudad como Nínive y que Nínive entera se convierta? ¡Wow! El instrumento de Dios para ver un avivamiento; yo estoy orando por un avivamiento en Latinoamérica y todavía no acabo de verlo, tengo la esperanza de verlo, pero no acabo de verlo. Y Jonás lo vio y siguió airado. O tú puedes obedecer a Dios como Pablo lo hizo y disfrutar, a lo largo del camino, todo el tiempo, la bendición de Dios y la mano de Dios.
Pablo pidió una oración —como yo te dije— de que su ofrenda fuera aceptada, y ocurrió. Pidió una oración de que fuera librado de las manos de sus enemigos, y fue librado, no de las circunstancias; pasó a través de la circunstancia y entonces fue librado. La petición número 3, versículo 32: "Que con gozo llegue a ustedes por la voluntad de Dios." Pero fíjate bien, ¿te encontraste algo ahí que te llamó la atención? Pablo quiere llegar allá, sabe que es por la voluntad de Dios, pero escucha bien: él quiere llegar con gozo. Ya le dijeron que en Jerusalén esperaban aflicciones y cadenas; a pesar de eso, "yo quiero llegar con gozo a Roma, y entonces pueda reposar un poco ahí." Y esa parte de la oración fue respondida, porque fue enviado por este gobernador Festo a Roma custodiado. El gobernador en Roma lo pone en una prisión domiciliaria por dos años, como dice Hechos 28. Pero lo mejor de todo era que no estaba en esa prisión domiciliaria solo; dice que por dos años todo el que quería ir a visitar a Pablo pasó por ahí, porque él tenía libertad de que todo el mundo lo pudiera visitar. ¡Wow!
Ahora, lo impresionante es cómo él cierra esta porción de las Escrituras. Él dice —versículo 33—: "Y el Dios de paz sea con todos ustedes. Amén."
En este capítulo 15 que estamos estudiando, Pablo llama a Dios de diferentes maneras en un solo capítulo. En el versículo 5, "el Dios de la paciencia y el Dios del consuelo". En el versículo 13, "el Dios de la esperanza". Y ahora, en el versículo 33, "el Dios de paz".
Ahora bien, ¿cómo el Dios de paz? ¿Cuál fue la paz que Pablo tuvo, si vivía en peligro de mar, en peligro de salteadores, en peligro de sus compatriotas, peligro de los gentiles, peligros en los ríos, peligros en las ciudades? No, lo que él no tuvo fue paz exterior con todos aquellos que tampoco tenían paz con ellos mismos, por eso le estaban persiguiendo. En su interior, Pablo estuvo en paz.
Él entendió, pero no solamente entendió: Pablo creyó y luego vivió lo que tú y yo entendemos, pero frecuentemente, usualmente, no creemos; y como no lo creemos, no lo vivimos. Cristo anunció a los discípulos en el aposento alto, antes de morir. En Juan 16:33, Cristo les dijo: "En este mundo tendréis tribulación o aflicción", dependiendo de la traducción, "pero en mí tendréis paz". Primero dice "en mí tendrán paz" y luego dice "pero en este mundo tendrán tribulación". No importa si le invertimos el orden.
Hermanos, este es un mundo de tribulación. No nos asombremos cuando tengamos aflicciones, dificultades, tribulación; como dirían en inglés, así es como es, y no hay otra. Pero la paz que trasciende el entendimiento, de la que hablamos, esa es la paz que tú puedes tener en Él en medio de la tribulación. "No entiendo cómo tú estás tan en paz." Claro, porque la paz que yo tengo en medio de todo este bullicio no es algo que se entiende, es algo que se disfruta cuando tienes una comunión íntima con Dios; pero no solamente eso, cuando le crees a Dios lo que Él ha revelado, ya sea a través de apóstoles, profetas, o del mismo Cristo Jesús.
Nosotros vamos a vivir la voluntad de Dios, lo quiera yo o no lo quiera, fuera del pez grande que se tragó a Jonás o dentro del pez grande que se tragó a Jonás. Jonás por lo menos obedeció, pero sabes que si no hubiese obedecido, aún en su ira se lo hubiese tragado a otro pez; y si no, sabrá Dios lo que Dios hubiese hecho con él. Jonás obedeció, pero no disfrutó su obediencia.
Nosotros estamos aceptando la providencia de Dios, la soberanía de Dios y la voluntad de Dios, que Él define como buena, agradable y perfecta. Si la voluntad de Dios no te parece buena, el problema no es su voluntad, es que tengo un corazón malo. Si la voluntad de Dios, la que sea, en las dificultades que sean, no te parece agradable, el problema no son las circunstancias, sino cómo reacciona el santo ante las circunstancias. Si la voluntad de Dios no te parece perfecta, no hay otra mejor ni superior; tus ideas o las mías nunca serán mejores y superiores que las de Dios. Pero uno juega a Dios, juega a ser Dios de su propia vida, y es como dice el refrán dominicano: "Siga adelante, la coge de gabela, nos vemos en la curvita." Yo te espero más adelante.
Si hay algo que yo quiero, es que cuando me esté alejando y Dios me jale la soga, yo responda al primer jalón. No sé si tú tienes perro y si quieres disciplinarlo correctamente, pero esa que tú vas con el perro y el perro frecuentemente quiere ir lo más rápido o quiere ir para donde tú no quieres ir, y tú le das un jalón y él cede, pero él quiere seguir hacia adelante. Y sabes que hay momentos en que tú tienes que darle un buen jalón. No, hermano, yo no quiero llegar a eso: primero porque no soy perro, y segundo porque yo imagino que esos jalones de Dios duelen; y si no me están doliendo hoy, me dolerán después.
Hermano, lo que Dios no te da no lo puedes tener, no lo puedes tener; y Él buscará la forma de que no lo tengas, y frecuentemente entonces el no tenerlo es peor que tenerlo. Nuestro Dios es un Dios bueno, fiel, compasivo, amoroso, benevolente, que siempre tiene en mente mi mayor bien en mis peores circunstancias.
Eso incluye mi afección respiratoria. Un Dios lo sabe, porque le he dicho: "Si tú quieres que viva con esto, yo vivo con esto, y lo voy a vivir gozosamente. Tú me compraste, yo no soy mío, yo no me pertenezco, yo soy tuyo; haz lo que tú quieras." Cuando subía, resbalé, me quedé ahí momentáneamente, como algunos vieron, muchos vieron, todos vieron. Es ok, es parte de vivir, y parte de decir: "Él estaba en control también." Eso te va a dar mucha paz para vivir, y despertarte todos los días y acostarte en paz.
Padre, gracias. Gracias por tu Palabra, gracias por tu revelación. Gracias por tu Espíritu que nos habla, que a través de la Palabra nos recuerda la Palabra; perdón, a los que habiendo sido recordados no obedecen la Palabra. Señor, tú eres un Dios fiel; lo hemos cantado, tú eres un Dios fiel. De hecho, si no fuera por tu misericordia, que es una expresión de tu fidelidad, ya hubiésemos sido consumidos.
De esta mañana, cuando yo me desperté hasta ahora, tú tienes razones para hacerme desaparecer de este planeta, pero tienes razones también para seguirme amando; y la realidad es, Dios, que si soy hijo tuyo, tú me amas más de lo que yo puedo pensar o imaginar, y yo soy más pecaminoso de lo que puedo pensar o imaginar. Gracias por amarme como soy, pero gracias por amarme para no dejarme como soy. Sigue trabajando en mi vida y en la vida de cada uno de los estudiantes, en esta iglesia y en cualquier otra iglesia.
Grande es tu fidelidad. Tu pueblo dice: Amén, amén.