IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El fruto del espíritu no es un adorno de la vida cristiana, sino su misma posibilidad. Sin él, no podemos amar a Dios ni al prójimo, no podemos ser buenos padres ni buenos cónyuges, no podemos madurar ni vivir en libertad. Es un conjunto de virtudes que el Espíritu Santo desarrolla en nosotros, que reflejan el carácter de Cristo y que nos permiten experimentar una vida más plena: más libre del poder del pecado, más gozosa, con menos tropiezos y menos consecuencias. La obediencia a la palabra acelera su desarrollo, como el abono en una tierra fértil. Las circunstancias difíciles —el desierto, el fuego, la carencia, el rechazo— no son obstáculos sino instrumentos que el Espíritu usa para cultivar ese fruto en nosotros.
El amor encabeza la lista porque es central a toda la vida cristiana. Pero no se trata del amor como sentimiento, sino como acción. Cuando 1 Corintios 13 dice que el amor es paciente, el original usa verbos: el amor se comporta pacientemente, actúa con bondad. Es un deseo interno de dar lo mejor de uno mismo para el bien del otro, aunque eso implique la peor de las experiencias. Cristo lo demostró en la cruz: dio su compañía, su enseñanza, su sangre, su vida. El amor verdadero comienza como oferta y se convierte en persecución amorosa del que rechaza lo que se le ofrece.
Este amor puede falsificarse. Un amor interesado, que busca beneficio propio, pasa por genuino pero no lo es. Sus enemigos son el orgullo y el egoísmo: el orgullo pregunta cómo lucimos en lugar de cómo se sienten los demás; el egoísmo encuentra el servicio demasiado inconveniente. La prueba del amor auténtico es que ve la falla del otro pero permanece, consciente de la viga en el propio ojo. Como señala el pastor Núñez, la dificultad que tenemos para amar refleja cuánto hemos entendido realmente la cruz.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¡Muy bien! Nosotros continuamos en nuestra serie basada en la epístola a los Gálatas. Y en esta serie el apóstol Pablo está abordando diferentes cosas, pero en los últimos dos capítulos, en el capítulo 6 donde estamos ahora, el apóstol dio un giro hacia la práctica de la enseñanza. Ya no tanto acerca de su biografía, como lo hizo en el capítulo uno y dos, no tanto acerca de temas teológicos y definición de salvación y cómo eso se da, pero ahora les está hablando de implicaciones de esa enseñanza.
Y hablamos la semana pasada, de manera más o menos extensa yo diría, de cómo el apóstol Pablo nos animaba a los gálatas y por tanto a nosotros a caminar o andar en el Espíritu, y hablamos de una forma bastante específica de lo que eso significaba. Ese fue el versículo 16 y versículo 17. Entonces hablamos de cómo los deseos del Espíritu, los deseos de la carne que todavía está en nosotros, cómo se oponen esos deseos unos a otros, y cómo entonces eso muchas veces termina haciendo que yo no haga lo que yo quiero hacer, yo no haga aquello que me había propuesto hacer.
Y luego el apóstol Pablo entonces dio una lista diversa, variada, de lo que él entendía, no de forma exhaustiva sino de manera de ilustración, eran obras de la carne en las cuales nosotros no debiéramos andar. Y había una lista ahí que implicaba sexualidad humana desenfrenada, pero luego él pasó a pecados como más respetables o aceptables entre nosotros porque fueron parte de la vida de muchos creyentes aunque no debieran, y ahí mencionó celos, envidias, pleitos, disensiones, enojos. Todas esas son cosas de la carne.
De manera que, como el Espíritu vive en nosotros y la carne todavía está con nosotros, lamentablemente con cierta regularidad se da una combinación de obras de la carne que debieran ir mermando cada vez más, y fruto del Espíritu, la obra del Espíritu, que debiera ir en aumento en la medida en que nosotros maduramos. Es como si dentro de nosotros hubieran dos árboles distintos: un árbol malo del cual vienen frutos malos, la carne, y un árbol bueno, el Espíritu, del cual nosotros recibimos fruto u obras buenas.
Eso que yo acabo de decir se parece o es un derivado directo de las palabras de Jesucristo cuando dijo en el Evangelio de Mateo: "Por sus frutos los conocerán." En otras palabras, tú miras un árbol o miras una persona y puedes tener una idea de qué tipo de árbol es o qué tipo de persona es. "¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos ni un árbol malo producir frutos buenos."
De manera que nosotros pudiéramos decir que todo pensamiento, intención, motivación, conducta que no complace a Dios en cualquier grado es una obra de la carne. Hay otra forma de explicarlo, y de esa misma forma cualquier intención, motivación, obra, pensamiento que termina honrando a Dios en cualquier grado es fruto del Espíritu obrando en nosotros.
Esa es parte de lo que Pablo está tratando de transmitir cuando escribe en varios pasajes. Este es uno de ellos, en Romanos 7:18: "Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne..." Ahí directamente hablando, para estar consciente y quiere que entendamos: "En mi carne no habita nada bueno." La carne no puede producir nunca jamás, es imposible, una obra buena. Hasta el punto, dice Pablo, que el querer está presente en mí, pero el hacer el bien no está. Cuando lo hago es porque algo ha venido de afuera y me ha empoderado para hacerlo, y eso que ha venido de afuera es el Espíritu de Dios, pero en mi carne nada bueno hay.
De esa misma forma, Pablo ahora se está refiriendo en otros pasajes que voy a leer rápidamente, se está refiriendo a la obra del Espíritu cuando dice lo siguiente: "Con Cristo..." Gálatas 2:20, "...he sido crucificado. Ya no soy yo el que vive." ¿Cómo que no eres tú el que vive? No, no soy yo. "Pero Cristo vive en mí, y la vida que ahora vivo en la carne..." La vivo en la carne, claro, porque esto es mi carne, yo vivo esa vida en esta carne, pero esa vida la vivo por la fe en el Hijo de Dios. En otras palabras, hay una vida que me toca vivir de este lado de la eternidad, la estoy viviendo, y muchas veces termino complaciendo a Dios, pero esa vida que yo vivo la vivo por fe, y la fe la he puesto en Cristo Jesús que me ha dado el poder del Espíritu para poder vivir una vida distinta a la vida que vivía en la carne o que pudiera todavía intermitentemente vivir en la carne. Pablo dice: "No, ya yo fui crucificado con Cristo, ya yo no vivo, ya no soy yo el que vivo, esa vida de la carne ya yo no la llevo. Ahora Cristo vive en mí." Él está haciendo referencia directa al poder del Espíritu esperando en él.
Igual cuando le escribe a los filipenses en 4:13, dice: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece." Obviamente eso no es de la carne. Cuando le dice a los romanos que en mi carne nada bueno hay, y entonces si todo lo puedo, puedo en Cristo que me fortalece, ¿cómo es que lo puedo? En el Espíritu.
Teniendo todo eso, porque nosotros estamos pasando de las obras de la carne que mencionamos el mensaje anterior a lo que él ahora llama el fruto del Espíritu, y que yo quiero que tú leas conmigo a partir de Gálatas 5:22-23. Recuerda que en la sección anterior o el pasaje anterior la lista era de las obras de la carne: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías y cosas como estas, en las cuales nosotros no debiéramos andar.
Inmediatamente después: "Pero..." ¿Ok? Este es el contraste, esta es la palabra comparativa. Esas son las obras de la carne, "pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio." Escucha ahora, porque él venía hablando de la ley, la ley, la ley, la ley: "Contra tales cosas no hay ley, porque los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos." Esta es otra vida, es otra cosa muy diferente a lo que habíamos visto hasta ahora.
Yo quisiera en esta mañana básicamente abordar dos puntos. Uno: ¿qué es el fruto del Espíritu? Porque es la primera frase en el versículo 22: "Pero el fruto del Espíritu es..." y luego las clases que lo caracterizan. Para así nosotros poder entender eso mejor. ¿Qué es el fruto del Espíritu? ¿Cuáles son las implicaciones de que ese fruto del Espíritu esté conmigo o no esté conmigo? Punto número uno. Y punto número dos, entonces vamos a tomar esas nueve virtudes que forman el fruto del Espíritu, vamos a tomar la primera: el amor.
De manera que yo voy a comenzar con la frase "el fruto del Espíritu." ¿Qué es? Yo voy a proponer que es una virtud o conjunto de virtudes que el Espíritu Santo desarrolla en nosotros, que reflejan el carácter de Cristo y que nos permiten vivir la vida cristiana más plenamente. ¿Qué es el fruto del Espíritu? Es un conjunto de virtudes que el Espíritu Santo desarrolla en nosotros, que reflejan esas virtudes, reflejan el carácter de Cristo, y que cuando yo las tengo me permiten vivir la vida cristiana más plenamente.
La pregunta es, para no dejar nada en el aire: ¿qué significa una vida cristiana más plena? ¿A qué nos referimos? Bueno, pudiéramos hacer todo un mensaje acerca de eso, pero brevemente es una vida más libre, más libre de la influencia y el poder del pecado en mí; más gozosa, porque si tengo menos poder e influencia del pecado en mí, obviamente el gozo será más abundante; de menos tropiezos. Eso es una vida más plena, y por consiguiente de menos consecuencias. ¿No quieres una vida así? ¿No quieres una vida de menos tropiezos, de menos consecuencias, más libre y más gozosa? Yo creo que todos nosotros quisiéramos eso. Bueno, eso es posible: no viviendo por la carne, pero sí viviendo en y por el Espíritu.
Ahora, hay alguna cosa que yo necesito entender de ese fruto del Espíritu. El fruto del Espíritu se desarrolla en nosotros en la medida en que nosotros obedecemos la Palabra. De manera que yo tengo un rol en que esos frutos aparezcan en mí. Entonces, eso es como anotación número uno con relación al fruto del Espíritu y cómo se forma, cómo se desarrolla, cómo surge, cómo yo lo busco: bueno, necesito empezar a obedecer la Palabra. La obediencia acelera el desarrollo del fruto del Espíritu en nuestras vidas.
Nota cómo lo dije: lo acelera. ¿Por qué lo dije de esa manera? Porque el fruto, porque el Espíritu Santo que mora en mí, de alguna manera lo va a ir produciendo, a las buenas o a las malas, pero siempre será para lo bueno. Pero la pregunta es si yo me quiero ir a Nínive por aire o por ballena. El Espíritu está tratando de hacerme llegar de una u otra forma, pero se puede acelerar, y mi obediencia lo acelera.
Es imposible desarrollar el fruto del Espíritu sin el uso de la Palabra de Dios. Eso es una imposibilidad. Poca palabra, poco fruto. Mucha palabra aplicada, la palabra aplicada, mucho fruto. Esta palabra es la semilla, no solamente la semilla que da origen a la vida eterna; es la semilla que sigue cultivando la vida eterna que me entregaron. Si la palabra es la semilla, ¿quién tú piensas que es la tierra? Nosotros, donde las semillas se siembran, en nosotros. ¿Y quién tú piensas que es el jardinero? El Espíritu Santo.
La semilla, la tierra, el jardinero. Las circunstancias a través de las cuales yo tengo que atravesar, sobre todo a las que el Espíritu me lleva, no forzosamente pero muy intencionalmente, es la palabra que me ha buscado. Son el abono para la producción del fruto del Espíritu. Que el desierto, el fuego, el calor, la carencia, la soledad, el rechazo, el desprecio, ellos abonan el terreno, y el Espíritu lo usa justamente para desarrollar su fruto en nosotros.
¿Cuál es la diferencia entre dones y fruto del Espíritu? Porque hemos oído ambas frases, están en la Biblia. Bueno, los dones son dados de manera específica a cristianos específicos. Yo no tengo todos los dones, tú no tienes todos los dones, ninguno de nosotros se supone que tenga todos los dones. De manera que conforme a tu llamado se te han dado dones, y los dones son para edificar el cuerpo de Cristo.
El fruto del Espíritu es algo completamente diferente, aunque está relacionado. Porque el fruto del Espíritu se supone que es para todo cristiano. No es que alguien tiene el fruto del amor y el otro lo que necesita es el fruto del gozo, por así decirlo, la virtud del gozo. No, no, no. El fruto del Espíritu es para todos los hijos de Dios. Los dones son específicos: uno los tiene y otros no.
Y por otro lado, aunque el fruto del Espíritu me permite vivir la vida cristiana, no es tan específico como los dones en el sentido de que los dones son dados para ministrar al cuerpo de Cristo y edificar el cuerpo de Cristo. El fruto del Espíritu eventualmente termina siendo eso, pero más bien termina empoderando los dones. Alguien con el don que tú quieras, el don de enseñanza, si no tiene el fruto del Espíritu, su don de enseñanza se ve debilitado, sin lugar a dudas. En la medida en que el fruto del Espíritu está presente en esa persona que tiene el don de enseñanza, en esa misma medida su don se ve empoderado por el fruto del Espíritu. De manera que esto es esencial: que tú y yo tengamos el fruto del Espíritu es vital.
Como ya acabo de mencionar, nosotros somos la tierra donde la semilla es plantada, pero esa tierra tú y yo podemos ser muy fértil o podemos ser de mala calidad. Una tierra fértil quizá produce el sesenta por uno, el cien por uno. Una tierra de mala calidad, todavía estoy hablando de cristianos porque el fruto del Espíritu solo se puede dar en cristianos, pero quizá solamente produce el treinta por uno o el diez por uno.
Entonces, ¿qué es una tierra fértil? Yo quiero sugerir que una tierra fértil es un cristiano sumiso, un cristiano obediente, o dispuesto a obedecer. Quizá no ha obedecido todavía, pero dispuesto a obedecer. Por tanto, cuando esa semilla cae, cuando esa semilla es escuchada hoy en este mensaje, cuando él sale de aquí tiene una decisión a obedecer. Eso es un terreno fértil, porque cuando tú aplicas la palabra es cuando el fruto comienza. Tú aceleras el fruto del Espíritu en ti. Un terreno de mala calidad es un cristiano orgulloso, testarudo, desobediente, en donde el fruto se va a ir produciendo pero con trabajo.
Entonces eso nos da una idea de qué es el fruto del Espíritu: es un conjunto de virtudes que reflejan el carácter de Cristo y que nos permiten vivir la verdadera vida cristiana más plenamente.
Ahora déjame hablar un poquito, antes de entrar en la primera virtud del fruto del Espíritu, déjame hablar un poquito de la necesidad del fruto del Espíritu. Y hemos hablado un poco de eso. Tú tienes que ver el fruto del Espíritu como un regalo de Dios, algo que Dios da a sus hijos para que ellos puedan no solamente complacerlo a Él, pero para reflejarlo a Él, y para que puedan vivir más en libertad. Ya lo mencionamos. Entonces, en este sentido, no cultivar el fruto del Espíritu es como despreciar el regalo que Dios quiere darte. No cultivar el fruto del Espíritu es como decirle a Dios: "Yo sé que tú quieres darme amor, pero yo en realidad deja eso. Yo sé que tú quieres darme gozo o bondad o benignidad, no, pero yo estoy bien así."
El fruto del Espíritu es vital porque tú recuerdas que Cristo dijo que su carga es ligera, su yugo es liviano. ¿Te acuerdas de eso? Sin el fruto del Espíritu ni es liviano ni es ligero. De hecho, los mandamientos se hacen gravosos, literalmente hablando. En ausencia del fruto del Espíritu, sus mandamientos son gravosos. Una cosa presupone la otra en la vida cristiana.
La presencia o el desarrollo del fruto del Espíritu, nosotros glorificamos a Dios, pero no solamente glorificamos a Dios, complacemos a Dios. "En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto." Incluye el fruto del Espíritu. Recuerda que estamos hablando de las implicaciones del fruto del Espíritu, que es la frase con la que comienza nuestro texto hoy.
Entonces, no podemos vivir el satisfacer el Evangelio en la vida diaria sin el fruto del Espíritu. Sin él, es una imposibilidad. El fruto del Espíritu es el resultado de la llenura del Espíritu. La llenura del Espíritu se traduce en fruto del Espíritu, y la llenura del Espíritu es el resultado de una vida rendida a Dios y de una vida inmersa en su Palabra. Y esas cosas casi son sinónimas: una vida rendida a Dios y una vida inmersa en su Palabra resulta en llenura del Espíritu. La llenura del Espíritu resulta en el fruto del Espíritu. El fruto del Espíritu resulta en la posibilidad de vivir el Evangelio en la vida diaria.
Date cuenta de la necesidad de ese fruto en ti, en mí. Y por fuera de la Palabra yo no puedo vivir una vida de sometimiento a Dios. Entonces es imposible, porque la Palabra es la que me da convicción, la que me hace crecer, la que me enseña a discernir la verdad del error, la que me lleva por el camino de la luz. Y ahora tú puedes ver la necesidad del fruto, pero la necesidad de la llenura, la necesidad de la Palabra para vivir el Evangelio. Ese Evangelio del cual tú y yo hablamos tiene que hacerse vida en nosotros. Tiene que no solamente ser entendido para poder ser explicado, tiene que hacerse vida en nosotros. Y Dios es complacido cuando nos ve vivir el Evangelio y no solamente recitar el Evangelio.
Por eso Dios nos regaló el fruto del Espíritu, para que yo pueda tener todas mis relaciones en su lugar. Mi relación vertical con Dios y mi relación horizontal con el hermano depende del fruto del Espíritu. Es como que sin esto yo no puedo vivir la vida cristiana, y Dios lo sabe. Por eso es que el Espíritu vino a morar en mí, a producir el fruto del Espíritu, para reflejar la imagen de Dios y para poder vivir la vida que Dios compró para mí, que Dios quiere que yo viva. Déjame darte algunas ilustraciones prácticas de lo que no puedes hacer sin el fruto del Espíritu.
Tú no puedes amar a Dios sin el fruto del Espíritu. La primera virtud es amor, vertical y horizontal. Tú no puedes amar a tu hermano, a tu prójimo, sin el fruto del Espíritu. Pero resulta que Dios definió toda la vida, Cristo definió toda la vida, en términos de mi amor a Dios y mi amor al prójimo. No puedo hacer eso sin el fruto del Espíritu. No puedo ser un cristiano maduro sin el fruto del Espíritu, porque un árbol cuando está en su niñez, voy a decir en su adolescencia, no tiene ni flores. Y cuando tienes el árbol ya con frutos es cuando ya es un árbol maduro. Lo mismo con el cristiano.
Si tú eres un padre de familia o una madre de familia, tú eres cristiano, tú no puedes ser un buen padre sin el fruto del Espíritu. Tú necesitas amor y tú necesitas benignidad y tú necesitas mansedumbre y tú necesitas dominio propio para criar a tus hijos. Y yo no puedo ser un buen cónyuge sin el fruto del Espíritu. No puedo amar a mi esposa incondicionalmente, o tratar de por lo menos, y ella no puede respetarme como la Palabra le manda sin el fruto del Espíritu. Tú ves cuán práctico eso es. Yo no puedo ser un buen pastor sin el fruto del Espíritu. Quizás puedo traer un buen mensaje un día, pero un buen pastor no es un mensaje, es una vida, es un mensaje en palabras y en hechos. Yo no puedo ser un buen hermano en la fe sin el fruto del Espíritu.
Es más, déjame resumirlo porque ya como que los cansé: yo no puedo tener ninguna buena relación de ningún tipo, ni con Dios, sin el fruto del Espíritu. ¿Cómo es que no voy a dedicar mi vida a cultivarlo y a desarrollarlo, cuando toda mi vida depende de que eso esté presente? Mira, es más o menos así: un cristiano sin el fruto del Espíritu luce más como un inconverso con obras de la carne. ¿Me entendieron? Yo creo que el silencio me dijo o no me entendieron o los asusté. Pero un cristiano sin el fruto del Espíritu, después de un tiempo porque sea las veinticuatro horas otra cosa, luce más como un inconverso con obras de la carne.
El fruto del Espíritu habla de dos cosas: de lo que soy, que soy un discípulo de Cristo, pero habla también de quién soy, de Dios, que me dio su Espíritu que está ahora desarrollando su fruto. Habla de lo que soy y habla de quién soy, a quién le pertenezco.
Ahora, el fruto del Espíritu puede ser falsificado. Yo recuerdo cuando primero llegué a Santo Domingo en el año 97. Llegamos en el 97, pero entre el 97 y el 98, con un grupo que se reunía en casa, hicimos una serie sobre un libro que se llama "La mente de Cristo". En ese libro T.W. Hunt y Claude King tienen un capítulo, bueno, en su libro de trabajo, porque tiene su libro y un libro de trabajo, que habla de la falsificación del fruto del Espíritu. Se deja a mediarte algunas ilustraciones de cómo ese fruto del Espíritu pudiera ser falsificado como los billetes y pudieran pasar como verdaderos como los billetes, a menos que alguien te haga cierto experticio para diferenciarlos.
El amor ágape, por ejemplo, o el amor incondicional, pudiera ser confundido con el amor interesado que alguien tiene por otra persona. Pero al final le amo tanto porque yo tengo un interés en esa persona que me va a favorecer a mí. "No puedo vivir sin ti", pero al final, ¿quién es el favorecido? O tú quieres darle a otra persona de una manera que, en cierta medida, quizás ella no pueda vivir sin ti, que no es la idea tampoco de que se haga dependiente de ti, pero es algo que tú le has podido dar tanto que es realmente la otra persona quien te necesita.
El gozo pudiera ser fingido y ser más bien como un emocionalismo de alguna circunstancia que salió bien: hasta una casa que pude comprar, un préstamo que me dieron, me aprobaron. La paz que el Espíritu te da pudiera ser falsa también, porque quizás es más falta de decisión e inseguridad e inactividad, entonces como que no hago nada. "Voy, pero ¿qué pacífico?" No, qué inactivo es. De manera que eso es una falsificación. La paciencia también pudiera ser más conformidad y temor a tomar riesgos. Entonces: "No, yo estoy orando", pero me paso quince años orando y no acabo de hacer. Bueno, esa no es la paciencia de que la Biblia habla. La benignidad quizás es más bien flojera, falta de carácter.
La bondad pudiera ser enmascarada y ser más bien una actitud para obtener un beneficio de otro. Gente que es bondadosa con Juan, con Pedro, sí, pero Juan o Pedro representan algo que yo puedo tener de él mañana, ya sea una posición, su recomendación, su aprobación, dinero, lo que tú quieras. La fe: "Yo me lanzo", pero es más bien fe en la fe. Yo tengo una fe de que yo lo voy a conseguir, pero no porque yo tengo fe en Dios. Entonces eso luce como el fruto del Espíritu, pero no lo es. Eso es una falsificación. De la manera que lo desarrollemos quizás podamos ver un poquito más en detalle.
La mansedumbre quizás es cobardía, quizás que no tengo, como dicen en inglés, los intestinos, las agallas diríamos nosotros en español. Pero parecería como que es una mansedumbre. No, es falta del valor cristiano que el Espíritu vino a darnos a nosotros, un espíritu de valentía. Y el dominio propio quizás sea una restricción de cosas que no estoy haciendo enfrente de personas que no me conviene, pero que una vez ya no están conmigo, pues yo incurro en las mismas conductas, porque ahora la persona que me interesa que no vea mi conducta o no escuche mi vocabulario no está presente. Te das cuenta cómo nosotros podemos falsificar el fruto del Espíritu como se falsifican los billetes.
Nunca se me olvidó cuando enseñé esa lección, porque a lo largo de la vida, a lo largo del tiempo de discipulado y a lo largo de consejería, tú puedes ver lo real de lo falsificado. Y es importante. Yo necesito ver eso yo mismo, porque yo mismo pudiera descubrir que tenía algo falsificado, que me habían engañado a mí mismo.
Entonces, en esencia, quería cubrir en esta primera parte del mensaje el fruto del Espíritu, la necesidad de desarrollarlo, y en este último caso, verdad, lo que son las falsificaciones de ese fruto.
Ahora yo quisiera comenzar a ver, en el tiempo que nos queda, la primera virtud del fruto escrito por Pablo, que es el amor. Y algunos de ustedes que han estado conmigo aquí pudieran decir: "Bueno, vamos a hablar del amor otra vez". Bueno, si el amor de Dios es infinito, ¿hasta cuándo tendríamos que estar hablando de este amor? Hasta que entramos en gloria. Y ¿por qué tenemos que seguir hablando acerca de esto? Es como la pregunta que le hicieron, creo que fue a Moody en una ocasión. Él cerraba siempre como con un llamado a la salvación, y ese llamado tenía que ver con que tienes que nacer de nuevo. Y un día entonces alguien se acercó y le dice: "Moody, pero ven acá, pastor, ¿por qué usted siempre está hablando de que hay que nacer de nuevo?" Y él dice: "Porque tú tienes que nacer de nuevo". Entonces, de la misma manera, ¿por qué es que estoy hablando continuamente de amar? Porque tú y yo tenemos que amar.
Entonces, ¿qué es el amor? Yo te voy a dar una definición que no es la definición, no creo que exista tal cosa. Es mi definición cuando pensé en Cristo y cómo Él quiere que yo vea eso en mí. Entonces, es un deseo interno de dar a la otra persona lo mejor de ti para su bien, aun si eso implica la peor de las experiencias para tu vida. Me voy a decir eso otra vez: es un deseo interno que nació internamente, no lo motivó nada afuera, que nació internamente, de dar a la otra persona lo mejor de ti para su bien, para su mejor bien, aun si eso implica la peor de las experiencias para tu vida.
¿Qué tal si pones eso a través de Dios? Ahora, Dios tenía un deseo y nos dio lo mejor de Él. Y cuando nos dio lo mejor de Él, nos dio lo mejor de Él para mi mejor bien, ¿o no? Pero mi mejor bien implicó la peor de las experiencias para su Hijo, clavado en un madero.
Ahora estamos hablando de amor acá, pero ahora estamos hablando de amor incondicional. Y ese amor incondicional, sigo pensando en Dios para que yo lo pueda ver, entonces me como se debe dar. Yo tengo que duplicar esto, intentar duplicarlo, tratar de duplicarlo. Ese amor incondicional comienza haciendo una oferta. En otras palabras, conozco a Pedro, a María, y le hago una oferta. ¿Cuál es la oferta? Te quiero dar lo mejor de mí para tu mejor bien. En este caso, Dios comienza haciendo una oferta de salvación. Pero resulta que una vez hecha la oferta, ese hombre ofertado no quería lo que Dios le estaba dando. Y entonces la oferta inicial se convierte en una persecución de parte del amante, o sea, del que ama, por el amado, ofreciéndole lo que él o ella no quiere.
¿Y dónde nosotros vemos eso hoy? En la historia del pueblo judío, en la historia de la iglesia, cómo Dios persiguió a su pueblo. Un profeta tras otro, tras otro, tras otro. Lo envía al exilio, se va con ellos al exilio, regresa del exilio, sigue con ellos. Porque lo que comenzó como una simple oferta se convirtió en una persecución, para así decirlo, porque el que ama está convencido de que este mejor bien tú lo estás rechazando porque tú no entiendes lo que te estoy ofreciendo.
Y así, a raudales, Dios estaba dando. Cristo amó dando. Le dio su compañía a los discípulos, le dio su amistad, le dio su enseñanza, le dio su corazón, le dio su mente, le dio su servicio, le dio sus promesas, le dio su sangre, le dio su vida. Te das cuenta lo que es amar. Amar es dar. Amar no es simplemente un sentimiento de "ay, chuchichita, amor, cuánto no puedo vivir sin ti, mi amorcito". No es nada de eso. Esa es una dimensión del amor que debe formar parte de este otro amor que es el amor ágape.
El amor ágape es extraño, porque el verdadero amor ágape sigue amando en ausencia de la respuesta del otro. Los padres pueden testificar de eso acerca de sus hijos. ¿Cuántos hijos pródigos no han empacado y se han ido de sus hogares? Y los padres siguen amando, amando y sufriendo en su ausencia. Pero el amor incondicional no es despertado por ninguna condición que el otro tenga.
El amor de Dios no fue despertado por nosotros porque lo hiciéramos tan hermoso por dentro y por fuera. No, de manera que no había nada en nosotros que despertara el amor de Dios. Él lo dice a los pueblos en Deuteronomio: "Yo no te amé porque tú eres más grande entre los pueblos; de hecho, tú eres más pequeño de los pueblos. Yo te amé porque te amé." Imagina qué clase de respuesta: "Señor, ¿y por qué tú me amaste?" "Porque te amé." "Pero, ¿qué fue lo que viste en mí?" "Nada. Te amé." "Pero, ¿por qué tú decidiste amarme?" "Porque yo decidí amarte."
Entonces, ¿qué te puede testificar eso? Los padres que han adoptado sus hijos: lo vi, la vi, le amé. "¿Y qué?" "No, yo quería, yo quería amarle." Y eso te da una idea de que el amor ágape, incondicional, surge más desde adentro, desde el carácter del que ama, que desde las condiciones hermosas del amado. Nosotros no teníamos nada y Dios fue movido a darnos, a darnos a su Hijo.
Hermano, si hay un área en la que nosotros cojeamos una y otra vez, es en el área del amor. ¿Y sabes que el amor es central a la vida cristiana? El amor es vital a la vida cristiana. El amor es el centro, es la esencia, es la vida misma de la vida cristiana, la vida en abundancia. La vida cristiana entera está construida sobre la base del amor: ama a Dios, ama al prójimo. Ahí está resumida toda la Biblia.
¿Qué pasa cuando nosotros no amamos? ¿Tú sabes qué pasa? Pasa lo que siempre pasa. Sin amor nosotros evitamos a los demás. ¿No has evitado tú nunca a alguien? Que, mano, sé sincero. Condenamos a los demás, acusamos a los demás, no servimos a los otros, nos dividimos del resto, nos alejamos del resto del mundo, de todo el mundo; solo cuestión de tiempo. Sin amor nos denunciamos unos a otros, nos mordemos unos a otros, sangramos, despreciamos al que no es como nosotros y no cuidamos al que lo necesita. ¿Tú piensas que el amor es central, esencial, vital en la vida cristiana? Claro, donde mi amor, escúchalo, ocurre lo que siempre ocurre.
Aaron Menikoff escribió un libro titulado "Character Matters" o "El carácter importa". Él habla de que el amor tiene dos enemigos, y creo que hablamos recientemente de algo similar: el orgullo y el egoísmo. Él habla y menciona que el orgullo pregunta cómo lucimos nosotros, en vez de cómo se sienten los demás. Al orgullo, dice Menikoff, le importa más el sentido de importancia del líder, le interesa más, que la santificación de la congregación. A un pastor con orgullo le interesa más su sentido de importancia que la santificación de la congregación que él dirige.
A eso que dice Menikoff yo agregué lo siguiente: el orgullo hiere, el amor sana; el orgullo divide, el amor une; el orgullo crea enemigos, pero mira lo que hace el amor: toma al enemigo, lo ama, lo convierte en su amigo, y cuando hace eso acaba de destruir al enemigo. El orgullo crea los enemigos, el amor continúa amando hasta el punto de que frecuentemente convierte al enemigo en amigo, y ahí queda destruido el enemigo, como decía Abraham Lincoln.
El amor presupone una entrega; el orgullo no está dispuesto a entregarse porque está convencido de su superioridad sobre el otro. El orgullo quiere llevarte a la gloria, el amor quiere llevarte a la cruz. El orgullo desea que te laven los pies, el amor te lleva a lavar los pies de los demás. El orgullo te lleva a pelear para ganar; el amor asume la pérdida de todo tipo, de todo tipo. Está dispuesto a perder la comodidad, el argumento, la posición, el dinero. Eso es lo que Pablo les dice a los corintios cuando se están demandando en la corte, llevando unos a otros a la corte. Dice: "¿Por qué tú mejor no asumes la pérdida? Deja la corte y asume la pérdida." Eso es exactamente a lo que Pablo está apuntando.
Entonces, el orgullo es uno de los enemigos del amor y el egoísmo es el otro enemigo del amor, porque para el egoísmo el servicio es demasiado inconveniente y hasta doloroso. El egoísmo no está dispuesto a hacer eso, pero el amor no busca lo suyo. Mientras está el egoísmo en nosotros, estamos pensando en mi tiempo, mi conveniencia, mi lugar, cuando me convenga. Pero Primera de Corintios 13:5 creo que dice que el amor no busca lo suyo. El egoísmo no sabe amar, porque el amor es darse a la otra persona, a sí mismo. El que tiene dificultad en amar no quiere aprender a amar, porque amar se aprende. No quiere orar para amar. Pero tanto el orgullo como el egoísmo son obras de la carne, no son obras del Espíritu.
Yo quiero que tú puedas entender que antes de Cristo ascender hasta lo sumo, tuvo que descender hasta nosotros: primero en un vientre, después en un pesebre, después en una cruz, después en una tumba, y después Él ascendió hasta lo sumo. En el reino de los cielos el camino hacia arriba está hacia abajo. No hay corona sin cruz, ni para la segunda persona de la Trinidad.
El amor es la evidencia de que nosotros hemos entendido la cruz. En otras palabras, la dificultad que tú y yo tenemos en amar es el reflejo de que tú y yo no hemos entendido la cruz, o no hemos entendido las implicaciones de la cruz. Quizás la entendí para nosotros: "Bueno, sin la cruz no puedo ser salvo, sí." Pero la cruz no se detiene ahí, porque la cruz fue la cruz de Cristo para todos nosotros, y luego ese Cristo me dijo: "Bueno, tú toma tu cruz." En otras palabras, que esto te sirva de modelo, de ejemplo, de cómo se supone que tú debes vivir la vida cristiana. Es una vida cruciforme: tu amistad, tus relaciones, tu trabajo, tu púlpito, tu iglesia, tu crianza de hijos, tu matrimonio. Es una vida cruciforme, en forma de cruz.
Y si no, ¿qué sigue? El amor es básicamente una emoción. No, Pablo dice que el amor es... Tú conoces en la Palabra de Dios cuál es el capítulo donde mejor se define el amor, ¿verdad? ¿Cuál es? Primera de Corintios 13, y comienza: "El amor es paciente", y tú puedes seguir: "bondadoso". ¿Cuál es la diferencia entre lo que dice nuestro idioma y lo que se refleja, se entiende en el original? En nuestro idioma conoces que "el amor es paciente", eso es un adjetivo; "el amor es bondadoso", eso es un adjetivo. En el original no es un adjetivo, no es un nombre, es un verbo. De manera que cuando el texto de Primera de Corintios 13 dice que el amor es paciente, la idea es: el amor se comporta —y ahí está el verbo, la acción— pacientemente. No me está hablando de emociones, no me está hablando de sentimientos, aunque yo no digo que no hay emociones ni sentimientos porque todos los sentimos cuando amamos a alguien. Lo que estoy diciendo es que es algo que trasciende la emoción y trasciende el sentimiento. Es algo mucho más grande porque es algo que es Dios quien lo hace.
Entonces, cuando la Palabra de Dios comienza a definir el amor como paciente, esa paciencia tiene que ver con la lentitud con la que nosotros reaccionamos a las fallas de los demás. Si tú tienes un padre o una madre, o una persona que no tenga hijos, que tú dices que es paciente con los niños, es porque cuando ve a los niños fallar, en vez de actuar en un impulso y regañarlos y maldecirlos, es lenta para reaccionar, porque el amor se comporta pacientemente.
Pero luego, cuando el texto de Primera de Corintios 13 dice que el amor es bondadoso, la bondad ahora tiene que ver no con la forma como reaccionamos, sino con la forma como accionamos. Veo a alguien en necesidad y quiero ayudarlo. Es más, si no veo a nadie en necesidad, quiero ayudar a alguien en necesidad y estoy loco por encontrar a alguien, porque la verdad la bondad tiene que ver con la forma como accionamos; la paciencia, con la forma como reaccionamos.
Los autores del libro "The Cross Before Me" —La cruz delante de mí— dicen que la verdadera prueba de la bondad es que tú ves, ves la falla, se refieren, pero tú permaneces. Tú te quedas, tú permaneces involucrado con el otro, profundamente consciente —escucha ahora— de la viga que hay en tu propio ojo. Tú ves la falla, pero tú te quedas, y te quedas porque tú estás consciente de que en tu ojo hay una viga, y la paja del otro no puede hacer que yo salga corriendo.
Amar es un verbo. A nosotros nos llamó a accionar y no a sentir. Después que acciones, tú sientes. Pero el mundo está ya cansado de sentimientos y de cartas bonitas que luego se rompen a los tres años, ya sea de amores o de matrimonios. No, así no.
Escucha cómo Juan lo dice en Primera de Juan 3:17-18, para que puedas entender que el amor es un llamado a accionar: "Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua." No es así como frecuentemente... Escúchame: "Te quiero, chico, chico", de palabra y de lengua. "Sino de hecho y en verdad." En otras palabras, muéstrame con hechos lo que dices en palabras. Mi llamado es a la acción y no al blablablá. Bueno, que tus palabras concuerden con tu acción, a la gloria de Dios. Así es como debe ser, pero no palabra solamente.
De hecho, Juan lo prohíbe: hablar del amor en términos de palabras o de lengua en ese texto. Y me llama Dios, lo hace a través de Juan, a amar de hecho, a amar de hecho y en verdad, como Cristo en la cruz. Nota que la Palabra de Dios no dice en Juan 3:16 que tanto amó Dios al mundo que sintió. ¡Vaya! No. Tanto amó Dios al mundo que accionó, que dio. Pero cuando Dios dio, dio lo mejor de sí: a su Hijo unigénito, para el bien del otro, para que todo aquel que crea en Él no se pierda. Para el mejor bien del otro. Ya ves qué quiero decir con eso, porque estoy tratando de mostrar que el amor se proyecta hacia afuera.
El verdadero amor no es interno solamente; si es verdadero, no se queda dentro, es proyectado hacia afuera. Nosotros fuimos creados para proyectarnos hacia afuera, nosotros fuimos creados para imitar a Dios. De hecho, mejor dicho, fuimos creados para reflejar a Dios. Si tú sabes que Dios es un ser proyectado hacia afuera todo el tiempo... Cuando Dios proyectó su ser hacia afuera, ¿sabes qué nos dio? La creación que proclama su gloria. Se proyectó hacia afuera y resultó una creación que proyecta su gloria, como decía Edwards, de regreso a Él.
Cuando Dios proyectó su imagen y semejanza hacia afuera, tú sabes qué resultó: Adán y Eva. Nosotros resultamos cuando Dios proyectó su imagen y semejanza. Cuando Dios proyectó lo brillante de su ser hacia afuera, fue la luz. Tú sabes que antes del sol y antes de la luna había día y había noche. ¿Quién tú piensas que le dio esa luz a la creación? Dios. Cuando Dios proyectó su amor y su gracia y su misericordia, nos dio a su Hijo, como ya lo mencioné: primero en un vientre, luego en un pesebre, luego en una cruz, luego en una tumba, y después nos dio al mismo Hijo en gloria, resucitado, el que estuvo muerto y ha vuelto a la vida, y que hoy vive por los siglos de los siglos.
Dios es un ser proyectado hacia afuera, y el cristiano debe ser un ser llenado por Dios, tan lleno que entonces se rebosa, y al rebosarse, el ser se proyecta hacia los demás. Pero lo que los demás reciben es el rebosamiento de Dios en la vida de un cristiano. Se necesita vivir en comunión con Dios.
Entonces, amar es el deseo desinteresado de llenar las carencias de otro, ¿escuchaste? Amar es un deseo desinteresado de llenar las carencias de otro. Eso tiene que ver con el otro; tiene que ver más contigo de manera primaria. Y nosotros fuimos alambrados —esa es la palabra—, nosotros fuimos alambrados, estructurados hermosamente, maravillosamente, dice el Salmo 139, pero ¿sabes qué? Para vivir en proyección hacia los demás. Tú hacia mí, yo hacia ti. Es así como nosotros estamos alambrados. Nosotros estamos alambrados para yo proyectarme hacia ti y darte a ti, y tú proyectarte hacia mí y darme a mí.
Lamentablemente, por nuestra naturaleza caída, nosotros distorsionamos eso. ¿Y qué pasó? Que nos proyectamos hacia afuera, pero para quitarte a ti, para que tú me des, para yo recibir, para yo ser el beneficiado, ¿no? Así no funciona, porque ya eso no se llama amor, se llama egoísmo. Nosotros fuimos alambrados, nosotros fuimos hechos una comunidad. Como la Trinidad es una comunidad y mantiene su unidad desde la eternidad, de manera que nosotros fuimos estructurados de manera semejante.
Mira la diferencia entre el amor y todo lo demás. Vamos a imaginarnos una balanza. De este lado vamos a poner el amor y lo vamos a dejar solo, el amor en ese lado de la balanza. De este lado, ¿tú sabes qué está de este lado? Está la venganza, está el rencor, la falta de perdón, la crítica, la condenación, la murmuración, la calumnia, el juicio, la maquinación, la manipulación. Nada de eso corresponde al amor, absolutamente nada.
Entonces, en esa balanza imaginaria en la que tú y yo estamos pensando ahora, te voy a decir qué sigue ahí: ahí está el orgullo, el prejuicio, el egocentrismo, el sentido de superioridad, la autojusticia, la comodidad, el creerme merecedor. Aquí está el amor solo, por sí solo, valga la redundancia. De manera que esto es cómo el amor no se comporta, y esto es cómo el amor se comporta: está solo en una categoría, por sí solo.
Y yo menciono todo eso por una sola razón: es que todo lo que está aquí en este lado de la balanza es precisamente lo que me impide amar. Por eso decía que el amor tú lo puedes cultivar, se aprende, se crece en él; si no, no fuera un fruto. Por eso yo necesito amar, no solamente para reflejar a Dios, para complacer a Dios. Escucha, porque 1 Juan 4:20 me dice: si no amas a tu hermano a quien has visto, no puedes amar a Dios a quien no has visto. Entonces, ¿cómo vivo la vida cristiana si no amo a Dios? Si no amo a Dios, no amo a mi hermano. Pero si no amo a mi hermano, ¿no es una evidencia de que no amo a Dios? ¡Uy, esto está feo para la película!
Entonces, ¿cómo lo amo? ¿Cómo amo a mi hermano? ¿Cómo amo al prójimo? Olvídate de tu hermano ahora, porque tu hermano es alguien que ha nacido en la fe. No, al prójimo. Ama al prójimo como a ti mismo. Bueno, ¿cómo es la palabra comparativa? Amar al prójimo como a ti mismo. ¿Cómo amo al prójimo? No es tan difícil. Pregúntate cómo yo me amo a mí mismo.
¿Por dónde comienzo? Bueno, primero tengo que amar a Dios, ok, luego me voy a amar a mí mismo. Pero cómo yo me amo a mí mismo me da alguna solución, ¿es ok? Tú tratas de llenar tus propias necesidades; haz eso con el prójimo. "Bueno, pastor, pero ya usted le está poniendo difícil, porque cuando yo estoy muy ocupado..." Pero no cuando se trata de ti. Tú no te condenas, tú no te criticas, tú no difamas de ti mismo, tú no te calumnias, tú no expones tus faltas; trata de hacer eso con el prójimo. Tú eres paciente contigo mismo, ¿o no? Tú y yo somos bien pacientes con nosotros; sé paciente con tu prójimo. ¿No es como a ti mismo que lo quieres amar? Tú cuidas de ti mismo; trata de cuidar del prójimo. Tú no te rechazas a ti mismo; bueno, no rechaces a tu prójimo. Sí, ¿o está bien? ¡Ajá!
Esas son ilustraciones. Yo creo que con eso está bien. Pero mientras yo esté buscando lo mío —mi tiempo, mi espacio, mi necesidad, mi comodidad, mis intereses—, así no va a poder ser.
Nosotros de manera conveniente hemos definido el prójimo. ¿Te acuerdas del samaritano que se paró y ayudó al herido que estaba ahí dejado por muerto, y el levita y el sacerdote pasaron y no hicieron nada? Y eso Cristo lo usó, la parábola, para ilustrarles a ellos quién era el prójimo, porque supuestamente los fariseos no sabían quién era el prójimo, aunque está enseñado desde el Levítico. Entonces déjame decirte algo.
Nosotros amamos al prójimo, pero mira cómo nosotros amamos: al prójimo que piensa como yo, amamos al prójimo que acepta mis ideas, amamos al prójimo que se somete a mí o a mi liderazgo, amamos al prójimo que me sigue, al prójimo que me hace sentir bien y me reconoce, al prójimo que me aplaude, al prójimo que no interfiere con mis planes. ¡Ese es un prójimo nice! ¡Nice amar a ese prójimo! ¿O no es?
El problema es que no fue a esos prójimos que me llamaron a amar solamente. No, especialmente me llamaron a amar a los que no piensan como yo, a los que no me aman. Porque cuando Cristo me llamó a amar, escucha lo que dice en el Sermón del Monte: "Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos." ¡Eh! ¡Un momento, un momento! "Y orad por los que os persiguen." ¿Por qué Tú quieres que yo ame a mis enemigos? No entiendo. A ver si lo haces Tú: amigos, y destruyes al enemigo, ¿no?
Es más que eso. Escucha: "Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos." ¡Escucha ahora! "Para que..." Ahí está la frase que me dice la razón: "para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos." Una buena evidencia de que eres hijo de Dios es que amas a tu enemigo.
Yo postearía en tu Instagram: no ames tanto la verdad que termines odiando a tu prójimo, que es portador de la imagen de Dios. ¿Ves cómo que no tiene sentido? Porque vemos ahora a los cristianos en las redes sociales atacándose, mordiéndose y devorándose, y yo digo: supuestamente en aras de la verdad. ¿Amas tanto la verdad que devoras y matas y criminalizas a tu hermano por quien Cristo dio su sangre? No, esa no es la verdad lo que estás amando; estás amándote a ti. Tú amas a través de la verdad y tú dices la verdad a través del amor, pero no lo puedes separar.
La marca distintiva de mi discipulado es mi capacidad para amar a otros, incluyendo a mis enemigos. Las divisiones, los alejamientos, las enemistades, la separación y los enfriamientos son originados por una sola cosa: las obras de la carne. Nada más. Ahí no hay nada del fruto del Espíritu en esas cosas.
Y de nuevo, para que tú puedas entender, quiero recordar lo que yo dije en el día de hoy, qué es el amor: tú mira la cruz y trata de crear una definición que tenga que ver con Dios. Porque el amor es ese deseo interno en la persona de dar lo mejor de sí para el mejor bien del otro, independientemente de las experiencias o circunstancias que me toque vivir. Y Cristo puso eso en despliegue en la cruz.
Me interesa leer una cita de Jonathan Edwards: "El amor de Cristo fue de tal manera que se gastó —spent en inglés— que se gastó a sí mismo por nosotros. Su amor no consistió meramente en sentimientos, ni en esfuerzos ligeros, ni en sacrificios pequeños, sino que mientras nosotros éramos sus enemigos, aun así Él nos amó de tal manera que tuvo un corazón para negarse a sí mismo y asumir los esfuerzos más extraordinarios y pasar por los peores sufrimientos para beneficio nuestro." Esa es la definición. "Él renunció a su propia comodidad y tranquilidad e interés y honor y riqueza, y se hizo pobre y despreciado, y no tuvo donde descansar su cabeza. Y lo hizo por nosotros." ¡Wow!
Padre, gracias. Perdón por malentender tan mal lo que es el amor, lo que es amar, lo que es el amor de Dios. Perdónanos por nuestra definición tan humana de lo que es amar. Y al mismo tiempo, gracias por darnos la convicción, el entendimiento, la enseñanza a través de tu Hijo: en un madero, en un pesebre, en un vientre, en una tumba, de lo que implica amar. Gracias porque Él es nuestro modelo; nos dejó huellas para seguir sus pasos. Gracias por empoderarnos para amar como Él amó, ayúdanos a renunciar al yo, a nosotros, a lo que me conviene, para poder abrazar lo que Tú deseas para mí. Y gracias por estar más interesado que yo en desarrollar el fruto del Espíritu, de lo que yo pudiera estar. En el precioso nombre de tu Hijo Jesús. Amén.
Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida.
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