IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La salvación descansa sobre una promesa que Dios no puede quebrantar, no sobre una ley que nosotros invariablemente quebrantamos. Este es el corazón del mensaje que el apóstol Pablo defiende en Gálatas 3: la promesa hecha a Abraham y a su descendencia —Cristo— antecedió a la ley por 430 años, y nada posterior puede invalidar lo que Dios ya había ratificado de manera unilateral.
Cuando Dios estableció su pacto con Abraham, lo hizo con un pagano que no lo buscaba y que habitaba al otro lado del Jordán adorando dioses falsos. La gracia estuvo presente desde el principio. Y para sellar esa promesa, Dios hizo algo extraordinario: mandó a Abraham cortar animales por la mitad —como se acostumbraba para ratificar pactos— pero luego lo puso a dormir. Solo Dios pasó entre las mitades, asumiendo sobre sí mismo las consecuencias si el pacto se rompía. Dios sabía que Abraham no podía cumplir, así que pasó también en su lugar. Siglos después, cuando la descendencia de Abraham falló, fue Cristo quien murió en la cruz cumpliendo lo que aquel pacto anticipaba.
El problema del ser humano es que no termina de comprender cuán profunda fue la caída. Todos nuestros pensamientos, motivaciones, incluso nuestro amor y nuestras oraciones están teñidos por el pecado. Por eso es imposible que las obras contribuyan a la salvación. Si la herencia dependiera de una ley, ya no dependería de una promesa. Pero Dios se la concedió a Abraham —y a nosotros en Cristo— por pura gracia.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
¿Cómo era de esperar? Semanas atrás habíamos titulado, o que titulamos, "Defendiendo y definiendo el Evangelio". Dos palabras grandes: defendiéndolo y definiéndolo. Mucha confusión en nuestros días acerca de lo que es una cosa y de lo que no lo es. Por las cosas que nos distanciamos, que no forman parte del Evangelio, cuando el Evangelio debiera estarnos acercando. Hemos estado caminando a lo largo del libro, de la carta, de la epístola de Pablo a los Gálatas. Y hace cinco domingos atrás, con compromisos internacionales, así como por días de vacaciones, esa serie fue interrumpida.
Como algunos recordarán, la carta que Pablo escribió fue motivada porque de pronto le llegaron reportes de que los gálatas habían sido seducidos por falsos maestros llamados judaizantes, que habían comenzado a enseñar la necesidad de las obras de la ley para la salvación, o por lo menos la necesidad de dichas obras para que pudiéramos recibir, juntamente con la gracia de Dios, la salvación en Cristo Jesús. Pablo no podía creerlo, estaba estupefacto, estaba atónito. Dice él al principio de la carta de que en un corto tiempo ellos hubiesen olvidado algo tan esencial, como cuál es el instrumento, cuál es el camino, el medio de salvación.
Y obviamente es imposible que yo pueda resumir, antes de exponer el texto de hoy, todo lo que habíamos dicho en mensajes anteriores. Pero yo voy a hacer un intento por lo menos de mencionar títulos de mensajes anteriores con una línea o dos acerca de lo que cubrimos ahí, como una manera de conectarnos, de reganar contexto, de saber exactamente dónde estamos para poder seguir hacia adelante.
Miren, comenzando ahora, nuestro primer mensaje fue titulado "Cuando el Evangelio está en juego", porque los gálatas, como ya mencionábamos, habían comenzado a pensar otra cosa, otra forma de salvación que había quedado atrás. No porque había una forma de ser salvo por medio de las obras, pero era como lo habían entendido, pero habían aprendido ya mejor y lo estaban olvidando.
Luego vimos "Cuando tu ministerio es cuestionado", fue el segundo título del mensaje, porque los falsos maestros que introdujeron falsas enseñanzas obviamente necesitaban cuestionar a Pablo, no a su carácter, de forma que cuando él enseñara pues no se le pusiera atención. Y Pablo les recordó que después de tres años en Arabia él fue y subió a Jerusalén y vio a Pedro, vio a otros líderes de la iglesia, y ahí él entendió que debía continuar predicando el Evangelio.
Tercer mensaje: "Cuando Dios endosa tu ministerio". La vez Pablo vuelve a referirse a otra ocasión, catorce años después, cuando él volvió a subir a Jerusalén para hablar con Pedro, para hablar con Jacobo o Santiago, el que escribió la carta de Santiago, la misma persona, y presentarles la idea de que Dios lo había llamado a un ministerio a los gentiles. Y ellos se lo aprobaron y lo endosaron, y de ahí el título de "Cuando Dios endosa tu ministerio".
El cuarto: "Cuando un líder compromete el Evangelio". Quizás algunos recuerden de cómo Pablo narra que hubo que confrontar al apóstol Pedro cuando él comenzó a no comportarse a la altura del Evangelio, porque ahora no quería juntarse con gentiles después que él mismo había introducido la idea de que los gentiles heredarían salvación. Y por eso Pablo pensó que le estaba comprometiendo el Evangelio.
Cinco: "Cuando la salvación necesita ser explicada otra vez". Si la olvidaron, tengo que explicársela de nuevo. No tengo otra forma de hacerlo que no sea volver a los principios fundamentales de la salvación en términos de que esto es algo por gracia y no por obras de la ley.
Seis: "Cuando la fe necesita ser ilustrada". Y el apóstol Pablo se va al Antiguo Testamento, usa el personaje de Abraham, de quien va a estar hablando otra vez, entonces ilustra de qué manera cuando Abraham creyó, eso le fue contado por justicia y por salvación.
Y número siete: "Cuando Cristo fue hecho maldición para mi bendición". En ese mensaje, en esencia vimos cómo Cristo nos sustituyó en la cruz, pagó por nuestros pecados, de manera que su muerte fue penal, Él pagó, y al mismo tiempo su muerte fue sustitutiva, Él tomó mi lugar. Y Él fue hecho maldición para que yo pudiera ser hecho bendición.
En esencia, el tema de toda esta carta por un lado es, como dijimos, la defensa y la definición del Evangelio, y por otro lado es la diferenciación entre lo que es la salvación por gracia versus lo que pudiera ser, porque nunca ha sido, la salvación por obras. Toda la carta tiene que ver con todo esto, y específicamente con esto último que yo acabo de decir.
Juan Calvino, comentando sobre esta carta y sobre esto que yo termino de mencionar, él dice lo siguiente diferenciando la ley y la gracia: "La ley justifica aquel que obedece o cumple todos los mandamientos." Levante la mano, ¿cuál de nosotros está planificando cumplir todos los mandamientos? ¿O cumple todos los mandamientos? "Mientras que la fe justifica aquellos que están destituidos de todo mérito de obras y confían en Cristo solamente. El ser justificado por nuestro mérito y por la gracia de otro son ideas irreconciliables." No es como "yo entiendo que la salvación es por gracia, pero yo también te puedo explicar que la salvación es por obras". No, estas cosas son irreconciliables. Si es por gracia, no es por obras; si es por obras, no es por gracia, como Pablo explica en la carta a los Romanos.
Y esto que yo estoy mencionando fue el tema central de la Reforma protestante, un poco más de quinientos años atrás, que celebraremos otra vez en este mes de octubre. Treinta y uno de octubre es el día en que tradicionalmente se está memorando, se ha memorado, la Reforma protestante. Y el tema de esa Reforma protestante es el tema de la carta a los Gálatas: la salvación por fe en Cristo Jesús.
Hay muchas otras cosas que yo pudiera decir, lo que hemos venido cubriendo, pero yo no tengo ese tiempo, de manera que los voy a introducir al tema o al título de mi mensaje en el día de hoy: "Cuando la promesa estuvo por encima de la ley". Cuando la promesa estuvo por encima de la ley. La promesa dada por Dios, la ley dada por Dios, y la promesa fue superior a la ley.
Algo que es contradictorio, que yo he observado, es que yo creo que los seres humanos, y sobre todo nosotros que somos cristianos, como que entendemos que es una imposibilidad para nosotros cumplir con todos los mandamientos de Dios. Incluso es imposible para nosotros cumplir uno solo a lo largo de toda la vida. Y sin embargo, al mismo tiempo, de alguna manera tenemos una inclinación a creer que las obras contribuyen de alguna forma a mi salvación. Y cuando yo no creo eso, otras veces entonces termino creyendo que mi obediencia, que son obras, son las que me hacen meritorio de las bendiciones de Dios. Mi obediencia me coloca en una posición para recibir las bendiciones de Dios, pero una vez recibidas tengo que recordar que son inmerecidas, porque mi obediencia siempre es imperfecta y siempre es pecaminosa, por tanto mi obediencia no puede ser meritoria.
Y yo creo que el meollo del asunto está en el hecho de que no acabamos de entender cuán profunda fue la caída de la raza humana a partir del momento en que Adán y Eva cayeron. Yo creo que no acabamos de entender eso. Yo lo he dicho otras veces, lo he dicho con otras palabras, pero déjame decirlo, déjame articularlo una vez más: todas las facultades del ser humano están teñidas por el pecado.
¿Cómo cuáles, pastor? Todos tus pensamientos, todas tus intenciones, todas tus motivaciones. "No, pastor, porque yo tengo, mira, yo lo pasé por la Biblia, yo lo oré, le pregunté a otros hermanos." Sí, pero le preguntaste a otros hermanos pecadores también. Todos tus sentimientos y emociones, el amor que tú tienes por tu esposo, por tu esposa, por tu hijo, todo ese amor está teñido por el pecado. Nuestros deseos, nuestras metas, nuestras oraciones, nuestras asistencias a la iglesia hoy, nuestras enseñanzas bíblicas. O sea, lo que usted está haciendo ahora, lo que yo estoy haciendo ahora, es que el pecado nunca ha salido de mí. Y por tanto yo no puedo hacer nada que no esté teñido de pecado. Yo estoy aquí no por mi obediencia, no por mi justicia; yo estoy aquí por pura gracia, predicando esta Palabra que yo no merezco predicar, pero que en la gracia de Cristo Jesús Él me permite y llena la diferencia que a mí me hace falta.
Si entendíamos eso, jamás se nos ocurriría pensar que las obras pueden contribuir a mi salvación, o que mis obras pueden hacerme meritorio de bendiciones de parte de Dios. Y eso es un entendimiento vital.
Entonces, antes de leer el texto de hoy, hay tres palabras que yo quiero definir, porque las tres están en el texto y necesitamos entenderlas antes de llegar al texto. La palabra pacto, en el hebreo la palabra es *berit*, y qué significa: un acuerdo. En esencia sería como lo más sencillo. En griego la palabra es *diatheke*, que significa disposición, testamento, voluntad. De manera que un pacto es un acuerdo, usualmente entre dos personas, pero obviamente puede ser entre más personas, que encierra una o más promesas de un tipo o de otro.
Dios estableció pactos distintos a lo largo de la historia redentora. Todos los pactos que Dios estableció los hizo de manera unilateral, y Él mismo estableció las condiciones del pacto, condiciones que en su caso serían incondicionales, valga la redundancia. Es la condición que es incondicional, valga la paradoja, la aparente contradicción.
La primera palabra es testamento o pacto. La palabra promesa básicamente es un ofrecimiento que alguien hace acerca de algo, bajo ciertas condiciones o sin condiciones, pero es una promesa que yo hago, o es la expresión de una voluntad. En este caso, la promesa de Dios es la expresión de su voluntad, expresando lo que Dios quiere y se propone hacer llegado el tiempo. Y la tercera palabra, la palabra ley o la Ley, resumida en diez mandamientos, cuya esencia refleja el carácter de Dios. Pacto, promesa, ley: ahí están las tres palabras. Y con eso yo quiero leer entonces Gálatas 3, del versículo 15 al 18.
"Hermanos, hablo en términos humanos." Pablo está como bajando de lo teológico a lo práctico. "Hermanos, hablo en términos humanos: un pacto, aunque sea humano, una vez ratificado, nadie lo invalida ni le añade condiciones. Ahora bien, las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendencia." Nota esta aclaración de Pablo: no dice "a las descendencias", como refiriéndose a muchas, sino más bien a una, "y a tu descendencia", eso es lo que dice, es decir, Cristo. "Lo que digo es esto: la ley que vino 430 años más tarde no invalida un pacto ratificado anteriormente por Dios como para anular la promesa, porque si la herencia depende de una ley, ya no depende de una promesa, pero Dios se la concedió a Abraham por medio de una promesa."
En esencia, Pablo está diciendo que la salvación es una obra de gracia ofrecida por medio de una promesa que Dios hizo de manera unilateral a Abraham y su descendencia en singular, y de eso voy a hablar en el momento. Si tú conoces la historia de Abraham, sabrás, inmediatamente concluirás, que esto fue de gracia desde el principio, porque el libro de Josué nos dice que Abraham habitaba del otro lado del Jordán, adorando dioses paganos con sus familiares como el resto de la nación. Y que un día, a pesar de que Abraham no estaba buscando a Dios, un día Dios se le apareció y Dios le habló a Abraham y le dice: "Vete de tu tierra y de entre tus parientes y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré."
Tú puedes ver ahí la gracia de Dios en operación. Dios no se le apareció a Taré, el padre de Abraham; no se le apareció a su hermano; se le apareció a Abraham. Y a partir de ese momento Dios comienza a llevar a Abraham a través de un camino donde él pudiera reafirmar la promesa, mostrarle mejor la promesa en un momento que Abraham era no más que un pagano. Es obvio que Dios salió en búsqueda de Abraham; Abraham no estaba buscando a Dios. Es obvio que Dios tenía en mente a una persona y no a cualquier persona; tenía en mente a una persona de una familia y no a cualquier miembro de esa familia. Y con esa idea entonces comencemos a analizar el texto de hoy.
En el versículo 15 el apóstol Pablo explica la inmutabilidad del pacto como resultado de una promesa. En el versículo 16 encontramos la explicación de a quién Dios le hizo la promesa, ¿a quién es? El versículo 17: Pablo explica cómo, al llegar la Ley, la Ley, aunque vino de parte de Dios, no podía reemplazar la promesa; ya la promesa estaba establecida. En el versículo 18 Pablo vuelve a articular más o menos las mismas ideas, pero al mismo tiempo nos deja ver que sería una contradicción, o mejor dicho, que es una contradicción pensar en términos de la gracia y de la Ley al mismo tiempo, porque lo que es una no es la otra, y lo que es la otra no es la una, tan literalmente hablando.
Entonces, en el versículo 15 Pablo comienza diciendo: "Estoy hablando en términos humanos." En otras palabras: no me estoy encumbrando a lo teológico, lo conceptual, no estoy pensando en la estratósfera; ahora mismo yo quiero bajar al plano humano de cómo es que esto se da entre nosotros. De hecho, la Nueva Traducción Viviente lo tiene de esta forma: "Amados hermanos, el siguiente es un ejemplo de la vida diaria. Así como nadie puede anular ni modificar un acuerdo irrevocable, tampoco en este caso." Lo que la Nueva Traducción Viviente traduce como "acuerdo irrevocable", la Biblia de las Américas lo tiene como un pacto. Ahora bien, un contrato y una promesa o un pacto no son la misma cosa. El contrato, perdón, si usted lo recuerda, tiene cláusulas y tiene cláusulas condicionantes: si esto pasa, aquello; y si no pasa, lo otro. Pero no es ese el caso con el pacto. Cuando un pacto ha sido establecido, y sobre todo un pacto que está establecido por Dios, las condiciones y las promesas permanecen inalterables, porque Dios es inmutable, Malaquías 3:6.
Todo lo que Dios ha hecho refleja su esencia, de manera que si Dios hace un pacto, ese pacto tiene que reflejar lo que Dios es. Si Dios hace la naturaleza, el mundo, la creación, los cielos cuentan la gloria de Dios. Si Dios inspira la Palabra, la Palabra es autoritativa, la Palabra es infalible, la Palabra es inerrante, la Palabra es poderosa, porque tiene que reflejar la esencia de Dios. Recuerda que todo lo que Dios ha hecho lo ha hecho para revelar su carácter. No hay absolutamente nada que Dios haya hecho, incluyendo el envío de su Hijo, que no sea para revelar su carácter.
Cuando tú conoces el carácter de Dios, tu carácter es cambiado, 2 Corintios 3:18. "¿Y por qué mi carácter no acaba de cambiar, pastor?" Porque conoces acerca del carácter de Dios, pero no conoces el carácter de Dios. El conocer el carácter de Dios de manera natural cambia tu carácter y el mío. De manera que los pactos de Dios, incluyendo este del que estamos hablando, revelan su carácter, y de manera particular la inmutabilidad de nuestro Dios. Y así es como es con ese pacto y con los que siguieron.
Cuando Dios estableció sus pactos en el Antiguo Testamento y en el Nuevo, Dios lo hizo de manera unilateral, como ya dijimos: basado en su fidelidad para llevarlo a cabo, ahí está su carácter; basado en su inmutabilidad para no cambiarlo, ahí está su carácter; basado en su omnipotencia para mover cielo y tierra, y tierra y cielo, para que el pacto o la promesa pudiera ser cumplida.
No voy a entrar en el análisis del versículo 15 de cómo los griegos, los romanos y los hebreos entendían los pactos. Es complicado; hay mucha discusión acerca de esto en la academia. Pero yo creo que la mejor ilustración en este caso es pensar en términos de un testamento. Yo hago un testamento, lo firmo, lo sello, lo guardo, se hace legal, yo me muero, luego lo abren, y al abrirlo, sabes que, a menos que mi testamento contradiga las leyes de la nación, ese testamento nadie más lo puede cambiar. Si eso es verdad en cuanto a mi testamento, imagínate en el caso de Dios.
De hecho, el autor de Hebreos, en el capítulo 6, del versículo 17 al 19, habla de que Dios quería mostrar a los herederos —esos somos nosotros— la inmutabilidad, y usa esa palabra, de sus propósitos. Ninguna de estas palabras son creadas por mí; salen del texto de Hebreos 6:17 al 19. Dios quería mostrar su inmutabilidad, la inmutabilidad de sus propósitos. Escucha: ¿por qué es imposible que Dios mienta? De manera que parte de la forma como Dios mostró su inmutabilidad, la imposibilidad de que Él pudiera mentir, fue precisamente haciendo pactos que Él cumplió.
Dios hizo una promesa y la única persona que podía cambiarla era Dios, y Él no lo hizo. Porque como bien leyó el pastor Luis en 2 Timoteo 2:12-13, se nos dice que si nosotros somos infieles, Dios permanece fiel. Este sería el momento ideal para Dios decir: "No, ese fue mi pacto, esa fue mi promesa, tú fuiste infiel, no estoy obligado a cumplir lo que yo juré." El problema es que cuando Dios juró algo, no lo juró en base a lo que yo soy, a lo que yo pienso, a cómo yo obedezco. Dios lo juró en base a su carácter. Dios me ama en base a lo que Él es. Dios me promete en base a lo que Él es, independientemente de lo que yo soy. Como Abraham, un pagano, Dios fue movido a amarlo por su carácter. La infidelidad habla de cómo nosotros somos; la fidelidad habla de cómo Dios es. Y el énfasis a lo largo de toda la historia redentora es que Dios permanece fiel en medio de la pecaminosidad de su pueblo.
Escucha lo que dice el libro de Deuteronomio 7:9: que Dios es fiel y que guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones con aquellos que lo aman y guardan sus mandamientos. En inglés hay una expresión que no traduce tan bien en español, que se habla de "covenant love", como el amor del pacto. Y esa expresión habla como de un amor terco, como obstinado, en seguir a aquellos que son suyos hasta el final. Es la palabra "hesed" o "jesed" en el hebreo.
Y ciertamente, cuando tú ves cómo Dios persigue, por así decirlo, en su amor de pacto, "covenant love", al pueblo de Israel, a pesar de su desobediencia una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez... ¿No es como te ha perseguido a ti y a mí a pesar de nuestras desobediencias una y otra vez, una y otra vez? Ciertamente luce como un amor obstinado por ti, por el pecador. Y tú no pienses que hay algo en mí que origina, que provoca ese amor obstinado de parte de Dios. Claro que no. Hay algo en Él que lo provoca. Hay algo en Dios que lo genera, que es completamente extraño, incomprensible para nosotros.
Esa es una de las razones por la que a mí me encanta, me deleito en el Antiguo Testamento: es la manera como revela el carácter de Dios de una forma extraordinaria. Los autores del Antiguo Testamento humillan, como dicen en inglés, "the high and mighty", en términos de cómo ellos conocían el carácter de Dios. Esta gente escribió de otra manera, oró de otra manera, perseveró de otra manera, creyó de otra manera. Dios es fiel a su pacto, a lo que ha jurado, a su carácter, a su esencia. Pero hay otra razón por la que Dios es fiel: además de ser fiel en sí mismo, su esencia, Él es así, es que Él nos ve y tiene compasión.
Él nos ve en nuestros pecados y Él odia lo que yo hago. Esta es la palabra: Él odia lo que yo hago como pecado. Al mismo tiempo, Él odia lo que mi pecado me está causando, me está trayendo las consecuencias. Y junto con ese rechazo que Él siente hacia lo que yo hago, al mismo tiempo, al ver cómo yo sufro por cosas que yo mismo hago, Él se compadece de mí. Y su compasión lo mueve a su fidelidad. ¿Escuchaste esto? Su compasión lo mueve a su fidelidad.
La pregunta sería entonces, avanzando en el texto de hoy, el versículo 16: ¿a quién fue que dijo la promesa? El versículo 16 dice claramente: "Ahora bien, las promesas fueron hechas..." ¡Ah! Ahí viene. "...a Abraham y a su descendencia." Ahora, Pablo está claro hasta ahí, que si lo deja ahí nos vamos a confundir, y él dice: "No dice 'y a las descendencias', como refiriéndose a muchas." No está en plural lo que Pablo está diciendo, sino más bien a una, en singular. Y Pablo también está consciente como que si lo deja quizás nos vamos a confundir otra vez. Y entonces él dice: "Sino más bien a una," dos puntos. Y dice esto, lo que dice: "Y a tu descendencia," es como decir, como Cristo. Si no te queda claro: la promesa fue hecha a Abraham y a Cristo. Para que esa promesa no se cumpliera, Dios tendría que fallarle a Abraham y a su Hijo al mismo tiempo, lo cual es una imposibilidad doble.
Las próximas preguntas serían, aunque ya la entendían: se la hizo a Abraham y se la hizo a Cristo. ¿Cuándo hizo Dios esa promesa a Abraham y qué fue lo que le prometió? Pregunta uno. ¿Cuándo hizo Dios esta promesa a su Hijo y qué fue lo que le prometió? Pregunta dos. ¿Están conmigo todavía?
En Génesis 12:3 nosotros leemos: "En ti, Abraham, serán benditas todas las naciones de la tierra." Y en Génesis 12:17 nosotros leemos cómo la tierra que Abraham estaba pisando, donde él estaba, la tierra de Canaán, cómo Dios le dice que esa tierra sería de él y su descendencia. Por eso recibió el nombre de la tierra prometida: Dios le prometió una tierra. Entonces Dios le promete a Abraham, uno, una tierra; y dos, le promete bendecir a todas las naciones de la tierra en su descendencia. Y vamos a llegar más adelante.
Se ve en Génesis 12 cómo Dios no deja las cosas poco claras, sino que quiere que entendamos, porque lo que está tratando es revelarse a sí mismo. Él ratifica esa promesa en Génesis 15. Y en Génesis 15, tan típico de nosotros, te encuentras a Abraham dudando de Dios, cuestionando a Dios. Y te encuentras a Dios, tan típico de Dios, entendiendo a Abraham. Y Abraham le dijo: "Oh Señor Dios, ¿cómo puedo saber que la poseeré?" Como nosotros estamos de este lado del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque ya lo tenemos todo, yo puedo ir a decir: "No, no responda, Dios, yo le voy a decir a Abraham. ¿Cómo yo voy a saber que tú la vas a poseer? Oh Abraham, simplemente porque ya Dios lo dijo, y Dios no puede negarse a sí mismo, y Dios es fiel, y la promesa que Él hace, promesa que Él cumple." Pero Dios está entendiendo a Abraham. Esto lo estoy poniendo yo, obviamente. Abraham, bien, estamos en Génesis y te falta mucha revelación. Te voy a decir.
Y le dice: "Mira, Abraham, tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón." Raro. Es que ahora él después tomó todos estos y los partió por la mitad y puso cada mitad enfrente de la otra, pero las aves no las partió. Esas son las instrucciones de Dios. El texto simplemente me está diciendo lo que Abraham hizo. Más adelante entonces el texto me va a describir qué pasó con esos animales. Pero antes de llegar ahí, el versículo 18 dice: "Aquel día hizo un pacto, el Señor hizo un pacto con Abraham diciendo..." Esta es la ratificación: "A tu descendencia," palabras, no descendencias, "he dado esta tierra." Esta es la tierra prometida, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates.
Entonces en Génesis 12 Dios hace la promesa; Génesis 15, Dios ratifica la promesa. Cuando Dios hizo esta promesa a Abraham, en el tiempo que es narrado en Génesis 12 y Génesis 15, promesa que es ratificada a Isaac, promesa que es ratificada a Jacob, ¿qué le prometió? Bueno, le prometió una tierra desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates. Pero le prometió algo más: a través de su simiente, Dios le hizo promesas espirituales a Abraham, porque Él bendeciría a todas las naciones de la tierra.
Entonces esto es más o menos cómo luce a la luz de toda la revelación bíblica: las promesas temporales y por tanto terrenales que Dios hace a Abraham, como la tierra prometida, se las hizo a todos sus descendientes, creyentes y no creyentes. Todo el mundo entró a la tierra prometida, simbólico todavía de una tierra prometida futura, pero todo el mundo entró. Ahora, las promesas espirituales y por tanto eternas que Dios hace a Abraham se las hizo a sus descendientes espirituales.
¿Cuál era la diferencia entre los descendientes de Abraham en general y los descendientes espirituales de Abraham? Tal Pablo les explica, Romanos 2, los descendientes en general de Abraham estaban todos circuncidados en la carne, como todavía ocurre hoy. Los descendientes espirituales de Abraham están circuncidados también, pero a nivel del corazón, y por tanto ahí entran judíos y gentiles, porque es la obra del Espíritu obrada en nosotros. Entonces, ¿qué le promete a Abraham? Bueno, le promete una tierra, una promesa temporal, algo donde ellos incluso llegaron a entrar, y le promete eso a todos los descendientes de él. Pero le promete cosas espirituales que están relacionadas, vamos a llegar ahí más adelante, a su descendencia, y en esa descendencia Él bendeciría a todas las naciones de la tierra.
Ahora, el uso de los animales cortados en dos. Esto, bueno, en la antigüedad, hemos explicado esto otra vez, pero no todo el mundo lo entendió, no todo el mundo estaba aquí, otro lo entendieron y ya se le olvidó, de manera que ahora para que lo recuerden y no se les olvide lo explico más. No, tendrá que ser explicado una y otra vez. En la antigüedad los pactos no se escribían. No teníamos computadora, no teníamos ni siquiera maquinilla de escribir, el typewriter, no había nada de eso. Entonces, ¿cómo se hacían? Se cortaban. Entonces se cortaba un animal o más de uno, se ponían las mitades una enfrente de la otra. Si yo hice un pacto con José, entonces José y yo, de repente, cortamos el animal o los animales, contestigos, pasamos en medio de las mitades, nos comprometíamos a llenar los requisitos, las promesas que habíamos jurado delante de los testigos, y al mismo tiempo entonces estamos testificando que si yo faltaba a las promesas del pacto cortado, yo merecía ser cortado en dos y morir. ¿Estamos bien, verdad? Entonces, si hago un pacto con José, José y yo tenemos que pasar por en medio del pacto, ¿ok?
Bueno, Abraham, Dios le dice: "Corta estos animales." Bueno, Abraham lo hizo, Abraham obedeció. Y llegó el día, cuando, o llegó el momento más bien, cuando algo tenía que pasar. Llegado el momento, hay una columna de humo, una antorcha de fuego más bien, que pasa en medio de las dos mitades. Pero antes de eso pasar, Dios tomó a Abraham y lo puso a dormir, que cayó un sueño profundo. Ahora vamos a ratificar el pacto, el pacto con Abraham, pero entonces cómo va a pasar Abraham si se le está durmiendo. La antorcha de fuego tipifica a Dios. ¿Quién está pasando? Uno. Sí, el problema es que yo sé que Abraham no puede cumplir el pacto. ¿Cómo que dicen en nuestro país? ¿Con qué fuerza se casa? ¿Se casa quién? Bueno, ya no voy a decir el dicho. ¿Con qué fuerza se casa alguien que no puede? ¿Cómo puede Abraham cumplir el pacto? Yo, Dios, unilateralmente voy a pasar, y yo voy a pasar por él también, de manera que si Abraham falla, yo voy a morir en su lugar.
Entonces tú sabes por dónde vamos, ¿verdad? ¿A qué está apuntando? Y Abraham falló, obviamente. ¿Quién pasó en su lugar? Dios. ¿Qué tendría que pasarle a Abraham? Tenía que morir, cierto. Pero como él no pasó y Dios sí, llegaba el momento: su simiente fue y se crucificó en la cruz en lugar de Abraham.
Ahora, el pacto fue hecho a Abraham y fue hecho a tu simiente, a Cristo. Entonces, ¿qué fue lo que le prometieron a Cristo y cuándo se lo prometieron? Bueno, a Cristo asumimos que se le prometió en la eternidad pasada, porque la Palabra de Dios revela más de una vez que es el Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo, en lo que se llama el pacto de redención, covenant of redemption, el pacto de redención. En el momento, la Trinidad se reunió y se determinó que el Hijo vendría a crucificarse en la cruz. En la eternidad pasada se determinó eso y ahí se le hizo la promesa.
¿Qué fue lo que le prometieron? Entonces, al Hijo, bueno, yo creo que Juan 17 lo deja ver: la oración del Hijo al Padre, la oración de Dios, cuando Dios Hijo le oró a Dios Padre, la oración intertrinitaria. Dos versículos nada más para no leer todo el capítulo 17. El versículo 6: "He manifestado tu nombre a los hombres del mundo que me diste. Eran tuyos y tú me los diste, y han guardado tu palabra." Juan 18:6: "Así se cumplía la palabra que había dicho: de los que me diste no perdí ninguno."
Dios Padre le hizo una promesa al Hijo de darle una humanidad redimida que por el resto de la historia pudiera alabarle, bendecirle, cantar sus alabanzas, pudiera reconocerlo, de manera que al nombre de Jesús toda lengua confiese y toda rodilla se doble, y confiese que Él es Rey sobre el cielo y tierra y sobre los que están debajo de la tierra. De forma que esa es la promesa: una humanidad redimida por el sacrificio en la cruz. Hasta el punto que cuando Cristo fue y derramó sangre y compró gente de todo pueblo, tribu, lengua y nación, Dios le estaba entregando de una vez y para siempre a su Hijo la humanidad que Él redimió.
Tú y yo somos, no ninguna otra cosa que no sea, una ofrenda de amor del Padre a su Hijo: la novia de mi Hijo. Por eso el Padre le llama de esa manera: "Desposé a la Iglesia con mi Hijo." Increíble.
Si tú tuvieras un hijo como Cristo, con todos los atributos de la divinidad, ¿tú lo casarías con una mujer pecadora, infiel? Nunca en la vida. Solo Dios le dio una iglesia pecadora a su Hijo para que la sangre del mismo Hijo la limpiara y la hiciera como él, porque lo veremos como él es y seremos como él es. Imagina tus privilegios, tus bendiciones, la gracia de nuestro Dios.
El versículo 16 nos deja ver parte de los atributos de Dios otra vez, porque lo que Dios le promete a Abraham, ya lo dijimos, lo prometió por gracia. Ese es uno de sus atributos. Pero lo que Dios le promete a su Hijo no solo lo promete por gracia, porque él se lo merecía. Entonces, ¿cómo solo prometió? Por amor a su Hijo. Dios revelando su carácter.
El versículo 17 lo que dice es esto: la ley que vino 430 años más tarde no invalida un pacto ratificado anteriormente por Dios. Si no puede Dios, que lo hizo, ¿cómo va a ser suficiente para anular la promesa? El propósito de la promesa, ¿sabes cuál fue? Garantizar la salvación, porque lo que Dios promete, Dios cumple. El propósito de la ley no fue para redimir al hombre. No vamos a entrar ahí, pero la semana que viene, Dios mediante, vamos a hablar del propósito de la ley. Pero la ley fue dada por causa de la transgresión de los hombres, nada más. No fue dada para que me redimiera, porque yo no la puedo cumplir. El único que la cumplió fue Cristo Jesús.
El versículo 18: porque si la herencia —la salvación sería la herencia— depende de una ley, ya no depende de una promesa. Ahí está la contradicción de que hablamos. Pero Dios se la concedió a Abraham por medio de una promesa.
Philip Ryken, el presidente de Wheaton College, lo simplifica de esta manera, hablando sobre la epístola a los Gálatas y de este pasaje en particular: "Salvación en Cristo no depende de una ley que nosotros invariablemente quebrantamos; descansa sobre una promesa que Dios no puede quebrantar." Otra vez: salvación en Cristo no depende de una ley que nosotros invariablemente quebrantamos; descansa sobre una promesa que Dios no puede quebrantar.
Nuestro amor es variable. Nuestros compromisos son poco confiables y nuestras promesas dependen tanto de lo que nos toque. En otras palabras, somos tan variantes que cuando Dios jura un amor incondicional por nosotros y hace compromisos inmutables a través de promesas inquebrantables, cuando nosotros las leemos, las escuchamos, tendemos a no creerlas. Dios es tan diferente a nosotros.
Bueno, déjame decirlo con un buen refrán de nuestro país, no sé si se conoce en otro: "Como el ladrón juzga por su condición." Nosotros juzgamos a Dios por la nuestra. De manera que cuando Dios habla de ese amor inquebrantable y de esas promesas que no pueden ser variadas, inmutables, y que nos ama incondicionalmente, continuamente, cuando nosotros comenzamos a desobedecer, comenzamos a preguntar: "¿Y será verdad que Dios me ama? Yo creo que ya Dios no me ama, porque mira, tengo un tiempo en dificultad y Dios como que no me bendice, Dios como que no oye mis oraciones." Todo eso son cuestionamientos acerca del carácter de Dios por una sola razón: así es tu corazón. Pero no puedes juzgar a Dios por tu corazón.
Es cierto que el ser humano ha pecado infinitamente contra Dios. Y también es cierto que nuestras obras finitas y manchadas por el pecado jamás podrían satisfacer la santidad de Dios. Sí, pero es que la santidad de Dios no la satisfago yo, no la satisfice yo; la satisfizo su Hijo, que es igual, infinitamente santo, infinitamente obediente, como lo mostró.
Pablo habla extensamente acerca de Abraham. Lo hace aquí en Gálatas, lo hace con los romanos, sobre todo en los capítulos 3 y 4, quizá en parte del 5, pero 3 y 4 definitivamente, por dos razones. Número uno: los judíos se equiparaban. Habría consolidaciones. Entonces, en su día entendían: "Abraham, tú eres salvo, ¿no?" Hay religiones así también, ¿no? Llamadas cristianas también. Ven acá, tú perteneces a esa religión, ya tú eres salvo, ¿no? Si tú eres evangélico, tú no eres salvo necesariamente. Si tú te llamas evangélico, no eres salvo necesariamente. Si eres nacido de nuevo, sí.
La otra razón por la que Pablo usa a Abraham es porque la literatura judía enseñaba que Abraham fue justificado por las obras de la ley, cuando nunca la Palabra de Dios dice algo semejante. Y por eso entonces muchos concluían que ser descendiente de Abraham era suficiente.
En Romanos 4, como ya yo te mencioné que Pablo retoma el argumento acerca de Abraham, Pablo dice lo siguiente en el versículo 4: "Al que trabaja, el salario no se le cuenta como gracia, sino como deuda." De manera que cuando tú trabajas, yo te pago al final de mes; eso es salario, yo no te lo doy por gracia. La justicia demanda que yo te pague. Y eso es lo que Pablo está tratando de explicar.
Pero la fe es diferente, totalmente diferente, porque el trabajo llama la atención sobre el trabajador y sobre el trabajo que hizo. La fe es totalmente diferente, porque la fe no llama la atención sobre el obrero, sino sobre aquel que promete y sobre aquel en quien el obrero ha confiado. ¿Se entendió eso? El trabajo pone la luz sobre el trabajador y su obra; hay que pagarlo, el trabajo se lo merece. La fe pone el enfoque, el énfasis sobre la persona en quien se ha confiado.
Mira cómo Pablo trata de explicar eso en Romanos 4:12-16. Se lo voy a leer de la Nueva Traducción Viviente porque te va a ser más fácil en una leída poderlo captar: "Y Abraham —ahí estamos con Abraham otra vez— también es el padre espiritual de los que han sido circuncidados de corazón, obviamente, pero solo si tienen la misma clase de fe que tenía Abraham antes de ser circuncidado. Obviamente, la promesa que Dios hizo de dar toda la tierra a Abraham y a sus descendientes no se basaba en la obediencia de Abraham a la ley, sino en una relación correcta con Dios, la cual viene por fe. Si la promesa de Dios es solo para los que obedecen la ley, entonces la fe no hace falta."
¿Para qué la fe? Si la promesa de Dios es solo para los que obedecen la ley, lo que hace falta es mucha obediencia. Bueno, trata. En ese caso la fe no hace falta y la promesa no tiene sentido, pues la ley siempre trae castigo para los que tratan de obedecerla. La ley ofrece castigo para los que tratan de obedecerla. ¿Y cómo es eso? Claro, porque yo voy a tratar de obedecerla, pero yo la voy a violar, y de manera recurrente. Entonces, ¿qué se supone que me toque cada vez que yo violo la ley? Castigo. Entonces esta traducción abre un paréntesis: la única forma de no violar la ley es no tener ninguna ley para violar.
Y entonces, bueno, Cristo vino, Cristo vino y cumplió la ley para nosotros. De manera que tu salvación no se da porque tú cumplas la ley de Dios; tu salvación se da porque Cristo cumplió la ley por ti y tú has puesto la fe en Cristo Jesús.
Entonces, ¿no tenemos que obedecer? Claro que tenemos que obedecer. Pero Cristo dijo cómo y por qué: "Si me amáis, obedeced mis mandamientos." Y entonces, si no obedezco tus mandamientos, no te amo lo suficiente. Y si no te amo lo suficiente, bueno, tú sufres las consecuencias de una relación conmigo que pudiste haber disfrutado de mejor manera. Yo, en mi fidelidad, voy a ver cómo trato con tu desobediencia hasta que tú entres en gloria.
Y para concluir, el versículo 16 dice: "Así que la promesa se recibe por medio de la fe."
Ahora, en la medida que traigo esto a un cierre, la fe que es el medio de la salvación debe involucrar algunas cosas para poder entender. Número uno: involucra una convicción firme que produce un reconocimiento de la verdad revelada. Hay una convicción; esa convicción produce un conocimiento de esta verdad revelada. Esa es la fe verdadera. Número dos: hay una rendición a la verdad. Cuando tú comienzas a buscarle la quinta pata al gato, como decimos nosotros en nuestra cultura, para tratar de ver de qué manera tu desobediencia como que encaja dentro de la verdad revelada, obviamente ya el mero ejercicio es pecaminoso. Yo necesito rendirme a la verdad revelada. Rendirme, esa es la palabra. Y finalmente implica una conducta inspirada y consistente con esa rendición. No: "Pasó, yo me rendí, pero esta es mi vida." No, no. Aquí está la rendición, aquí está mi vida. Yo tengo que poner esas dos cosas en congruencia: rendición y mi vida.
De manera que ahora, en la medida que nosotros estamos literalmente cerrando el mensaje, te voy a recordar que esta promesa que se le hizo a Abraham y a Cristo, en términos de la revelación bíblica, no fue a Abraham la primera vez que una promesa de este tipo se oye. No. La primera promesa aparece en Génesis 3:15. Recuerda: "Pondré enemistad entre tú y la mujer" —hablando Dios a la serpiente— "y entre tu simiente, la simiente de la serpiente, y su simiente, la simiente de la mujer. Él te herirá en la cabeza y tú lo herirás en el talón." Desde ese momento en adelante comenzó la historia redentora a activarse, por así decirlo.
Entonces, los descendientes de la serpiente no son más que aquellos que siguen a Satanás. Y los descendientes de la simiente de la mujer, la descendencia de la mujer, no es más que Cristo Jesús, nacido de María la virgen, como la Palabra de Dios lo atestigua. Eso fue la promesa en la antigüedad.
En la plenitud del tiempo, dice Gálatas 4:4, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley. ¿Escuchaste? Para que redimiera a los que estaban bajo la ley. Si estaban bajo la ley, estaban bajo condenación. Para que recibiéramos la adopción de hijos. La adopción de hijos viene a través de Cristo Jesús, el Hijo, y él es enviado precisamente para que nos saque de la maldición de la ley, como Pablo le llama.
Entonces ahora ya yo no soy simplemente alguien que sigue una religión. Yo no soy un discípulo lejano, yo no soy un fanático, yo no soy un cliente, yo no soy un aficionado, yo no soy alguien que simpatiza con Jesús. No, yo soy un hijo de Dios, del Dios Altísimo.
Y ahora como hijos, como hijos que somos, lo único que nos toca hacer es poder decir a todo pulmón que Él, que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros, a Él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús, por todas las generaciones, por los siglos de los siglos, amén. Este es nuestro canto, este es nuestro sello, esto es cómo celebramos su obra de redención, esto es cómo decimos: gracias por la promesa y el cumplimiento de la promesa en tu Hijo Jesús.
Padre, gracias, gracias porque desde la antigüedad Tú revelaste quién Tú eras, revelaste lo que te proponías, revelaste quién vendría y revelaste lo que nosotros llegaríamos a ser. El Dios que se le reveló a Moisés, Yahvé, Yo Soy, es el Dios que envió a su Hijo. Y tan cerca estaban Tú y ese Hijo que todo aquel que vio al Hijo, vio al Padre. Gracias que en la plenitud del tiempo también le veremos como Él es y seremos como Él es. Gracias, Padre, gracias, Hijo, gracias, Espíritu de Dios. En tu nombre, amén.
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