Integridad y Sabiduria
Sermones

Cuando la ley nos empujó y unió bajo la cruz

Miguel Núñez 24 octubre, 2021

La ley de Dios nunca fue diseñada para salvar, sino para preparar. Como un guardián en una prisión que vigila cada movimiento, o como un tutor que guía a un niño hasta la adolescencia, la ley cumplió su función temporal: revelar el pecado con tal claridad que el ser humano se sintiera incapaz de librarse por sus propias obras, empujándolo así hacia Cristo. Y aunque parezca contradictorio, quienes vivieron bajo esa ley rigurosa nunca la vieron como maldición. David, quien sufrió las consecuencias de violarla, escribió: "Cuánto amo tu ley... más dulce que la miel". Entendieron que era expresión del amor de Dios, un recurso de protección.

Pero ahora que Cristo vino y cumplió la ley, algo extraordinario ocurrió: fuimos unidos a él. Esta unión con Cristo significa que sus méritos son nuestros méritos, su resurrección garantiza la nuestra, y donde él está sentado, nosotros estamos sentados. El creyente que peca ya no peca contra la ley, sino contra el amor de un Padre que entregó a su Hijo por él. Un joven explicó una vez por qué no iría a cierto lugar que su padre desaprobaba: "No tengo miedo de que él me hiera; tengo miedo de herirlo a él".

Bajo la cruz desaparecen las divisiones que la humanidad ha construido: no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer. Todos los que están en Cristo forman un solo pueblo, herederos según la promesa hecha a Abraham.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a celebrar la palabra de Dios. A moler, a otra tarde rumiarla y después a disfrutarla.

Bueno, yo creo que aquellos que han estado con nosotros pueden recordar que hemos estado enfatizando el tema central de la carta de Pablo a los Gálatas, que es la justificación por la fe en contraposición a la salvación por las obras de la ley. Judaizantes que negaban las enseñanzas de Pablo, Pablo que contravenía las enseñanzas de los judaizantes. Y vimos entonces cómo estos, aparentemente, habían hecho llegar hasta Pablo una pregunta: que si la ley realmente no servía para salvación, entonces cuál era el propósito de la ley. Versículo 19, lo vimos la semana pasada: ¿para qué fue la ley?

Pablo comienza a responder inmediatamente, algo que cubrimos también en el mensaje anterior. Pablo dice: fue añadida a causa de las transgresiones. Pero quiero que sepas, yo te voy a decir, fue añadida a causa del pecado. Pero al mismo tiempo, Pablo continúa y dice: pero fue agregada, traída, revelada, hasta que algo pasara, hasta que viniera la descendencia a la cual había sido hecha la promesa. Esta descendencia, en singular, es Cristo Jesús. De manera que la ley sirvió un propósito por un tiempo; la temporalidad de la ley vimos la semana anterior.

Y hablamos incluso cómo los reformadores, de manera muy particular Juan Calvino, hablaba del primer uso de la ley, el segundo uso de la ley, el tercer uso de la ley. Y el primer uso de la ley dijimos que era poner de manifiesto tu pecado de una manera clara, de una forma tan evidente que tú te sintieras culpable, derrotado, incapaz de poder deliberar o librar por medio de las obras de la ley. Para que en algún momento revelado Cristo, tú pudieras correr hacia Cristo, y antes de que Cristo fuera revelado, como un Abraham, pudieras creer y que te fuera contado por justicia. De manera que la ley tenía la función primaria de servir de espejo de lo que era el carácter de Dios, y al mismo tiempo de servir de espejo donde tú pudieras verte y ver que realmente estabas tan mal que solamente te quedaba Dios por esperanza. Primer uso de la ley; no voy a entrar a los otros usos porque ya lo vimos.

Martín Lutero, es una frase ya vista pero estoy tratando de ponerte en contexto y en conexión con lo que hoy sigue, decía que la verdadera función y el uso principal y más apropiado de la ley es revelar al hombre su pecado, su ceguera, su miseria, su maldad, su ignorancia, su odio y desprecio por Dios, la muerte, el infierno, el juicio y la muy merecida ira de Dios. De manera que una vez eso revelado, tú pudieras salir corriendo para el Redentor y encontrar el sentido a la redención por gracia. La ley, resumida en los diez mandamientos, revela el carácter moral de Dios de una manera perfecta, incapaz de cumplirla para cada uno de nosotros. Y esa incapacidad de poderla cumplir es la que nos empuja entonces hacia la cruz. Y eso es exactamente como yo he titulado mi mensaje hoy: cuando la ley nos empujó y unió bajo la cruz.

Y con eso yo quiero que leas conmigo Gálatas 3, del versículo 23 al 29. Esta es la palabra de Dios: "Antes de venir la fe, estábamos encerrados bajo la ley, confinados para la fe que habría de ser revelada. De manera que la ley ha venido a ser nuestra guía para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por la fe. Pero ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo la guía. Pues todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que fueron bautizados en Cristo, de Cristo se han revestido. No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos son uno en Cristo Jesús. Y si ustedes son de Cristo, entonces son descendencia de Abraham, herederos según la promesa."

El texto tiene una estructura bastante simple, aunque hay algunas ideas ahí quizá un tanto complejas de entender. Pero la estructura es sencilla: hay una explicación inicial de la temporalidad de la ley que, en esencia, Pablo está como cerrando ese argumento. En segundo lugar, hay dos ilustraciones de cómo funcionó la ley: una en el versículo 23, otra en el versículo 24. Y finalmente hay una explicación de cómo la ley nos empujó y nos unió bajo la cruz, independientemente de la raza, de la jerarquía o estatus económico de la sociedad, independientemente del sexo o género que cada quien pudiera tener.

Entonces vamos a comenzar cerrando la idea de la temporalidad de la ley que inició en el mensaje anterior. Pablo dice que antes de venir la fe, y cuando habla de venir la fe se está refiriendo antes de que Cristo viniera, en quien tú pones la fe. De manera que la enseñanza de que el justo por la fe vivirá estaba en el Antiguo Testamento, Habacuc 2:4 lo dice, pero no era la enseñanza clara, no era una enseñanza central, cardinal; era algo que estaba como todavía por ser revelado. Y ahora Pablo está diciendo que antes de venir la fe, algo pasó, algo pasó en relación a la ley. De manera que yo tengo que entender ahora qué fue lo que la ley hizo antes de que Cristo apareciera para cumplir la ley, para que esta pudiera quedar atrás.

Bueno, el versículo 23 que yo te leí lo dice de manera clara. Te lo voy a leer otra vez: "Estábamos encerrados bajo la ley, confinados para la fe que habría de ser revelada." Estábamos ahí como guardados, confinados, estábamos encerrados, dice el texto. La Nueva Traducción Viviente dice: "Estábamos vigilados por la ley." Y la Nueva Versión Internacional dice: "La ley nos tenía presos."

Pablo está haciendo algo que explicamos también el domingo anterior: él está haciendo uso de una figura del habla, la personificación. Pablo está personificando la ley. Y la Nueva Traducción Viviente dice que la ley nos estaba vigilando; es como que la ley era un guardián en una cárcel que vigilaba qué era lo que nosotros íbamos a hacer, y nos decía lo que podíamos y no podíamos hacer. Y cuando hacíamos algo que no estábamos supuestos a hacer, como que nos señalaba. Y por eso la Nueva Versión Internacional dice que la ley nos tenía presos.

Nos tenía presos porque, primero, la ley era quisquillosa, por así decirlo. De cualquier falta, por pequeña que fuera, era señalada y habría consecuencias de haber violado la ley. Todo estaba estipulado: así es como te tienes que comportar y no puede ser de otra manera. Y era tan detallista que cuando tú lees Santiago 2:10, tú te percatas de lo siguiente: "Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero falla en un punto, se ha hecho culpable de todos." O sea, Santiago dice que si la ley tenía, no sé, tres mil preceptos y yo cumplía mil novecientos noventa y nueve y fallaba en un punto de la ley, yo era culpable de haber violado toda la ley absolutamente. Eso es como era, porque era la ley de Dios, en singular, no las leyes de Dios. Y en el Antiguo Testamento no hay ninguna afirmación en ningún pasaje de la Biblia que se refiera a las leyes de Dios; más bien los estatutos, los preceptos. Pero en cuanto a la ley de Dios, una. Si violabas un punto, eras culpable de haber violado toda la ley.

Ahora, la ley fue dada por Dios y la gracia fue dada por Dios. Y sin embargo, no estaban en el mismo campo. La ley revela más la justicia de Dios, pero la gracia, la misericordia. Y el acto de violar la ley merece ser castigado. Y la palabra dice en el texto leído que estábamos confinados para la fe que habría de ser revelada. O sea, que la salvación por fe todavía era como futura, por lo menos la revelación. Y mientras tanto, estabas ahí como un prisionero siendo vigilado por la ley. Esa es la idea, personificando la ley.

Entonces, la primera ilustración que Pablo usa de cómo funcionó la ley es esta: la ilustración de una prisión.

La segunda ilustración que Pablo usa para ayudarnos a entender cómo funcionó la ley aparece en el versículo 24, y extiéndome un versículo más: "De manera que la ley ha venido a ser nuestro ayo." La Nueva Biblia de las Américas dice "nuestra guía"; la Biblia de las Américas, la versión anterior, le llama "ayo". Ahora lo explico. De manera que la ley ha venido a ser nuestro ayo o nuestra guía para conducirnos a Cristo. Entonces, eso es exactamente lo que la ley estaba supuesta a ser, a fin de que seamos justificados por la fe. Pero ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo ayo o bajo la guía, como dice la Nueva Biblia de las Américas.

Un ayo, en la Grecia antigua, en la Roma antigua, era en esencia una especie de mentor, como una nodriza. Y personas de cierto nivel económico le asignaban a su hijo una persona, usualmente un hombre, una persona que iba a guiar a este niño hasta su adolescencia. Y él iba a llevarlo al área o al lugar de instrucción todos los días. Lo llevaba, lo esperaba, esperaba que él terminara, luego lo regresaba. Era responsable de llevarlo y traerlo. Tenía que protegerlo, cuidarlo. Cada vez que pienses lo que esa persona hacía, piensa en lo que la ley se suponía que hiciera: protegerte, cuidarte, instruirte, hasta que vinieras a la fe, hasta que Cristo llegara.

Y este ayo o este mentor era un siervo, un esclavo bien educado, porque había médicos y otras profesiones que vivían como esclavos en la antigüedad. Y esta persona estaba supuesta incluso a dar algunas reglas de conducta, de ética, de conducta ética en tu vida. De tal forma que él también servía como un pedagogo, alguien que te enseñaba. Y esa era la función de la ley: que pudiera enseñarte los caminos de Dios.

Como bien dice Warren Wiersbe, el tutor no era el padre del niño, y la ley no fue quien le dio vida a ese niño, no fue quien le dio vida al pueblo hebreo. El niño que estaba bajo la tutoría tenía un padre que le dio vida; ese es Dios, quien le da vida al pueblo hebreo. Pero tenía un tutor. La ley fue un tutor que te instruía, que te guiaba, que te protegía, que te cuidaba, que evitaba que tropezaras. De manera que, aunque la ley no te dio vida, te crió. El tutor no le dio vida; el padre del niño le dio vida, pero el tutor lo crió. Lo llevó desde la niñez hasta la adolescencia. Esa es la segunda ilustración: él era responsable de que este niño alcanzara una cierta madurez.

Y de esa misma forma, Dios estaba esperando el devenir del tiempo, pero al mismo tiempo llevando al pueblo hebreo hasta cierta madurez para que pudieran entender mucho mejor la venida de Cristo. A lo largo de los años, la ley había dispuesto el llevar a cabo una serie de sacrificios que tenían que hacerse todos los días, múltiples veces, y no paraban. Y la razón era que, a pesar de que esos sacrificios podían como detener la ira de Dios por un tiempo, no podían descargar la conciencia del pecador. Y como no podían descargar la conciencia del pecador, había que continuar llevándolos a cabo todos los días.

A pesar de todo eso, a pesar de la rigurosidad de la ley, a pesar de que la ley te vigilaba como un soldado en un guardián, en una prisión, a pesar de que la ley era meticulosa, era estricta, no te pasaba una, el pueblo hebreo nunca entendió la ley como una maldición, nunca entendió la ley como algo pesado. Al contrario. De hecho, cuando el pueblo se fue al exilio, los escribas, los fariseos en sus inicios, entendieron que ellos estaban exiliados por haber violado la ley. Y cuando el salmista escribe, gente que vivió bajo la ley, tú lees cosas como esta: "¡Cuánto amo tu ley!". El salmista entendió que la ley de Dios, con toda su rigurosidad, era una expresión del amor de Dios. Era, al igual que el tutor, algo que estaba tratando de cuidar tu vida, algo que estaba tratando de señalar por dónde debías transitar y por dónde no debías transitar, tratando de evitarte consecuencias.

El salmista dice en el versículo 34 del mismo Salmo 119: "Dame entendimiento para que guarde tu ley y la cumpla de todo corazón". El salmista sabe que el problema no está en la ley; él necesita entenderla mejor para poderla guardar. Y él estaba también interesado en no cumplirla simplemente externamente, sino que a la hora de cumplirla hubiera una disposición interna de querer cumplirla. Y él dice: "Dame entendimiento para que la cumpla, pero que la cumpla de todo corazón". No sintió la ley como una imposición, no sintió la ley como una restricción, la sintió como un recurso de protección.

Si tú quieres saber la razón para la que estoy haciendo esto, por una sola razón: estoy haciendo un paréntesis a propósito, porque como que ya estamos dejando la ley a un lado para ir pasando a otra porción de este texto y de la carta a los Gálatas. Pero antes de yo salir de la ley, en vista de que la ley ha ganado una mala reputación en nuestros días, yo quería hacer un paréntesis y ayudarte a ver cómo la gente que tuvo que vivir bajo la ley llegó a ver la ley. Porque si la ley la dio Dios, no pudo haber sido mala. De hecho, Pablo dice que la ley fue buena y fue santa y fue justa. Y el salmista la vio así, la declaró así, escribió acerca de ella de esa manera.

Escucha a David, quien violó la ley y sufrió las consecuencias de haber violado la ley. Escucha a David cómo él se expresa acerca de la ley en el Salmo 19. Si tú quieres un resumen del Salmo 119, que tiene 176 versículos, si tú quieres un resumen bastante apropiado o preciso del Salmo 119, tú puedes leer el Salmo 19, cuatro versículos, del 7 al 11. Está ahí todo lo que el otro salmo dice en esencia.

Escucha lo que David escribió en el Salmo 19: "La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma; el testimonio del Señor" —es otra palabra para la ley— "es seguro, que hace sabio al sencillo". Es perfecta porque la ley del Señor tiene instrucción para todas las áreas de la vida. Es perfecta porque sana el alma. No te puede salvar, pero puede sanar tu alma, puede llevarte a los caminos de Dios otra vez, puede hacerte regresar a donde estabas antes de haberte descarriado. Hace sabio al sencillo porque la sabiduría tiene que ver con vivir conforme a los propósitos de Dios para llevar a cabo su voluntad. La ley tenía este propósito justamente: que tú pudieras entender la voluntad de Dios y pudieras tratar de vivir en medio de ella, de manera que al sencillo lo hacía sabio.

"El testimonio del Señor es seguro". Claro que es seguro: te habla verdad, no te promete una cosa que no te va a entregar, no distorsiona la realidad, te dice las cosas como son. Y en ese sentido también contribuye a desarrollar tu sabiduría. "Los preceptos del Señor", dice David, "son rectos". ¿Que agravian el corazón? No, que alegran el corazón. David entendía que el gozo viene de Dios, y entendía también que el gozo viene de Dios en la manera que nos mantenemos dentro de la voluntad de Dios.

Y mientras escribía y desarrollaba el texto, me acordé que recientemente estuve en Puerto Rico en una reunión de pastores con otro pastor, un hombre, José Luis Mercado. Y él decía a los pastores que estaban ahí, eran como unos cuarenta en ese tiempo de conversación, que él ha dicho a su esposa que si él cae en un tiempo prolongado de no gozo, que lo cuestione, que le pregunte qué está pasando. Y yo creo que lo estaba diciendo, me parece como muy lúcido, como muy agudo, porque él entiende que como la ley del Señor alegra el corazón, mucho más debe hacerlo el evangelio. Y eso es lo que David estaba diciendo.

Y él dice: "El mandamiento del Señor es puro, que alumbra los ojos". El mandamiento de Dios, la ley de Dios, trae luz en medio de esta oscuridad: la oscuridad alrededor de mí, la oscuridad dentro de mí, la oscuridad en mi mente, la oscuridad en mi corazón. Cuando yo leo la ley de Dios, yo puedo ganar cierto entendimiento y volver, volver a dar sensatez. "El temor del Señor es limpio, que permanece para siempre". Claro que es limpio, es puro; el dador es puro, es santo. "Los juicios del Señor son verdaderos, todos ellos justos". David estaba consciente: "Sabes qué, aunque yo pase por esta atribulación, yo sé que el problema no ha estado con la ley. Lo que Dios me ha aplicado a mí es justamente lo que yo merezco". Y él dice: "Tus juicios son justos, oh Señor, no son cuestionables, no son dudables".

Mira qué más dice David: "Los preceptos del Señor son deseables, más que el oro, sí, más que mucho oro fino; más dulces que la miel y que el destilar del panal". Ya estaba pensando: esta gente probó la ley, no el evangelio, la ley, y dice que la ley era más dulce que la miel. ¿Te imaginas? Y a nosotros nos toca probar la ley sin el evangelio hoy en día. ¿Cuál sería nuestra conclusión, nuestro veredicto? Esta gente conoció algo acerca de la ley de Dios que Pablo conoció cuando le llama buena y perfecta, y santa y justa. David fue alguien que cosechó consecuencias amargas, pero dice: "Aun así, tu ley es dulce. El problema no es la ley; el problema es mi pecaminosidad".

Y luego él concluye esa parte del Salmo 19 diciendo: "Además tu siervo" —eso es él— "es amonestado por ellos, por tus preceptos". Él ve la amonestación como algo bueno. "En guardarlos hay gran recompensa". David dice: cuando tú tratas de guardar la ley, el resultado es que Dios te recompensa en tu obediencia. Y por eso es que él ve la ley como el ayo era visto: como alguien que te protege, que te guía, que te ayuda a madurar, que te lleva de un estado, de una edad a otra edad, para que luego otro continúe. Ese fue el propósito de la ley. En esencia, David dice que la ley era limpia, eterna, verdadera, justa, deseable, dulce. Salmo 19.

De manera que la ley fue un regalo de Dios, pero fue un regalo de Dios cuyo propósito primario, después de ilustrarte tu pecado, fue preparatorio, temporal, para luego empujarnos a todos a Cristo y juntarnos bajo la cruz. Entonces ahí están las dos ilustraciones, por así decirlo, de la ley: nos tenía en prisión y era un ayo, un guía, un tutor, hasta llevarnos a Cristo. Pero quise hacer ese paréntesis para que pudiéramos terminar con una mejor idea de los beneficios de la ley.

Pero ahora Pablo está diciendo lo que ha pasado. Cuando yo estuve enseñándoles a ustedes justamente, les estaba enseñando que ahora ya estábamos más allá de la ley y algo había pasado. Versículo 25: "Pero ahora que ha venido la fe, ya no estamos bajo el ayo". Ya no estamos bajo el guía, pues todos hoy son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús. Ahora que llegó la fe, ahora que llegó la oportunidad y quedó ampliamente demostrado que la salvación es por fe en Cristo, ahora que llegó eso, pues ahora ya se quedó el ayo, el tutor, la ley se quedó atrás. Y una razón es, como lo sabemos, porque lo que la ley no pudo hacer —hacerte hijo de Dios— ahora sí tú puedes llegar a ser hijo de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús.

El autor de Hebreos lo dice claramente en el capítulo 8, hablando de Cristo. Veamos lo que dice al final del capítulo 8: "Cuando Dios dijo un nuevo pacto, ha anticuado al primero". El primer pacto, la ley de Moisés, quedó atrás. El nuevo pacto en su sangre, la redención en Cristo representa el nuevo pacto, y es en ese nuevo pacto que tú puedes llegar a ser hijo de Dios.

Hay una falsa idea, lo hemos dicho otras veces, de que todos los hombres y mujeres son hijos de Dios. La Palabra dice categóricamente: no. Dios es el Creador, por un lado, de todas las criaturas; sí, eso es verdad, solamente hay uno de todo el universo, de hecho. Dios es el Juez de todos los hombres y de todos los seres angelicales; eso es verdad. Dios es el gobernante de toda la creación. Pero Dios es Padre única y exclusivamente de aquellos que se encuentran en Cristo Jesús.

De hecho, el Evangelio de Juan, capítulo 1, versículos 12 y 13 dice: "Pero a todos los que lo recibieron, les dio el derecho de llegar a ser" —porque no lo eran— "hijos de Dios". Y antes de eso, ¿qué eran? Criaturas. "Es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios". Al hombre no se le ocurrió ser salvo, al hombre no se le ocurrió venir a Dios, al hombre no se le ocurrió nacer de nuevo, ser regenerado. No, eso es algo que vino de la voluntad de Dios. Y entonces Dios nos adoptó dentro de su familia de una manera muy especial.

Déjame decirte algo una vez más de Warren Wiersbe. Me pareció muy aguda su observación con relación al creyente y al incrédulo, a la ley y ahora nosotros que no estamos bajo la ley. Escuche: un incrédulo que peca es una criatura pecando contra su Creador. Está ahí, vamos, bien. Un cristiano que peca es un hijo de Dios pecando contra su Padre. Escucha ahora: el incrédulo peca contra la ley, la ley escrita en su corazón. El creyente peca contra el amor de Dios. La ley quedó atrás. Cristo cumplió la ley. Quizás cuando peco no pierdo mi salvación, pero pecas contra el amor de Dios que entregó al Hijo por ti por amor. Y eso le agrega dimensión a mi transgresión, definitivamente.

Antes de venir a Cristo estábamos apartados, separados de Dios. No teníamos parte en las bendiciones de Dios, en los pactos de Dios. De hecho, es exactamente lo que Pablo dice en Efesios 2:12-13. Recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora, ahora ustedes efesios que están en Cristo, ahora en Cristo Jesús —es la frase clave—, ustedes que en otro tiempo estaban lejos han sido acercados por la sangre de Cristo.

Antes de Cristo, la frase que mejor caracteriza nuestro estado en ese pasaje es "sin esperanza". El que está sin Cristo, su única esperanza hoy es morir para luego enfrentar la condenación eterna. No tienes esperanza. Así estábamos. Pero en Cristo, dice Pablo, hemos sido acercados, hemos sido parte del nuevo pacto en la sangre de Cristo.

Y ahora entonces él me deja ver en el versículo 27 cómo ha ocurrido lo que yo acabo de describir, cómo ha ocurrido mi adopción. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Los que fueron bautizados en Cristo, ese no es el bautismo de agua, es el bautismo del Espíritu. Cuando el Espíritu Santo vino a morar en mí, cuando yo nací de nuevo, entonces yo soy bautizado por el Espíritu, y Pablo le explica eso a los corintios. Entonces, en ese momento yo soy incorporado a la familia de Dios, soy adoptado como hijo de Dios, y cuando yo vengo a hacer este otro bautismo en agua, yo simplemente estoy simbolizando algo que el Espíritu de Dios ya hizo en mí en el interior. Se supone que sea de esa manera.

Pero Pablo está diciendo que si fuiste bautizado en Cristo, entonces de Cristo fuiste revestido. En otras palabras, Cristo ahora te ha dado su santidad, te ha dado sus méritos, y es por esa santidad que tú puedes entrar al reino de los cielos. A eso es que teológicamente se le llama nuestra unión con Cristo. Es un concepto fundamental por años y años y años. Es probablemente de las doctrinas más hermosas de la Biblia, porque implica que todo lo que Cristo hizo puede ser cargado a mi cuenta, y todo lo que Cristo es, de alguna manera, eventualmente yo seré, de alguna manera, de alguna forma.

Cristo cumplió la ley, te puedes contar como alguien que cumplió la ley. Escucha, porque realmente si entiendes tu unión con Cristo y la aprecias y la valoras y puedes entender todo lo que es y todo lo que te dará, tú no necesitas más nada para vivir una vida de obediencia. Cristo cumplió la ley, la ley fue contada a mi favor. Te puedes contar como alguien que cumplió la ley a cabalidad. Sus méritos son mis méritos, literalmente hablando. Cristo pagó por el pecado de los hijos de Dios, puedes contar que tu pecado fue pagado. Cristo resucitó, tú puedes garantizar que tú vas a resucitar en él, con él. Cristo está sentado a la diestra del Padre hoy en día. La Palabra de Dios nos dice que nosotros estamos sentados en los lugares celestiales en Cristo, con Cristo. Hoy en día, hoy estoy sentado en Cristo, porque la unión con Cristo es real, no es virtual, es real.

Lo que Cristo herede nosotros lo heredamos. De hecho, por eso nos llaman en el Nuevo Testamento coherederos con Cristo. ¿Te imaginas? Lo que el Padre le entregue al Hijo, a mí me entrega, porque estoy en él, estoy unido con él. Cristo es llamado Hijo de Dios, Dios me llama hijo de Dios. Cristo dijo "yo soy la luz del mundo", y antes de irse nos expresó "ustedes son la luz del mundo". ¿Cómo es que voy a ser la luz del mundo? Porque tú estás en mí y yo soy la luz del mundo, por tanto tú eres la luz del mundo.

Eso es increíble, eso es extraordinario. Eso es como para decir... La frase "unión con Cristo" no aparece en la Biblia, es verdad, pero tampoco aparece la palabra "Trinidad", y asimismo no aparece la palabra en ningún lugar "Iglesia" de esa manera, y no aparece una serie de cosas. Eso no dice que sea menos real. Una de las doctrinas más preciadas de toda la Biblia es nuestra unión con Cristo. El teólogo John Murray escribió: "La unión con Cristo es la verdad central de toda la doctrina de la salvación". Central. El teólogo Anthony Hoekema escribió: "Una vez que tus ojos han sido abiertos a este concepto de la unión con Cristo, tú lo encuentras prácticamente en todos los lugares del Nuevo Testamento".

La frase "en Cristo" aparece más de 90 veces en el Nuevo Testamento, sin contar la frase "en él", que es equivalente, sin contar la frase "en quien" —"en quien tenemos redención", como dice literalmente Efesios 1:7—. Y en esa unión con Cristo, la Palabra de Dios nos dice que nosotros en Cristo somos justificados (Romanos 8:1), santificados (1 Corintios 1:2), llamados (1 Corintios 1:9), hechos vivos (Efesios 2:5), hechos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17), adoptados (Gálatas 3:26), elegidos (Efesios 1:4-5).

¿Tú te puedes imaginar todo lo que implica el estar en Cristo? Tú eres elegido, tú eres llamado, tú fuiste hecho vivo, tú fuiste hecho nueva criatura, a ti te adoptaron, a ti te eligieron. Y como si eso no fuera suficiente, nosotros encontramos a Cristo, que quizás sea la persona que primero enunció la idea de que estamos en él, cuando él dijo: "Yo soy la vid, ustedes son los pámpanos". Yo soy el tronco, ustedes son las ramas. ¿En dónde están las ramas? Están en el tronco. ¿Dónde están los pámpanos? En la vid. ¿Quién es la vid? "Yo soy la vid, ustedes están en mí. Separados de mí nada podéis hacer". ¿Por qué? Porque estáis en mí, y es en mí que tú haces todo lo que haces, no lo puedes hacer separado.

Si esto no fuera suficiente, Cristo dice en Colosenses 1:18 que él es la cabeza y nosotros somos el cuerpo. Tú puedes ver todo lo que implica estar en Cristo. Pedro dice que Cristo es la piedra angular en su primera carta, capítulo 2:5, y nosotros somos como piedras vivas. Jesús es el novio y nosotros como la Iglesia somos la novia. ¿Alguna vez has visto un novio que viene a casarse sin la novia? No, imposible.

Gálatas 2:20 dice que fuimos crucificados con Cristo. ¿Cómo que fuimos crucificados? Tú estás en Cristo. Si él fue crucificado, cuéntate crucificado. Si él fue enterrado, cuéntate enterrado. Si Cristo resucitó, cuéntate resucitado. ¿Qué no entiendes? ¿Qué no entiendes de ser enterrado? ¿Qué no entiendes de ser resucitado? Lo que a Cristo le pasó, a mí me pasa. Lo que Cristo ya tiene, yo tengo. Él está sentado, yo estoy sentado en lugares celestiales.

Y es el estar en Cristo lo que a mí me da la oportunidad de beneficiarme de la morada del Espíritu. Es lo que a mí me permite ser guiado por el Espíritu (Romanos 8). Es lo que me permite ser santificado por el Espíritu (2 Corintios 3 y Gálatas 5:22-23). Es lo que me permite perseverar hasta el final. Tú y yo vamos a perseverar hasta el final porque estamos en Cristo. Fuera de Cristo, perecemos. Si estás en Cristo, estás protegido por Cristo.

Escúchame, Cristo está por ti si tú estás en él. Para que algo te ocurra, tiene que ocurrirle a Cristo primero. Para que alguien te pueda atacar y vulnerarte, tiene que vulnerar a Cristo primero. Si alguien te persigue, está persiguiendo a Cristo, porque tú no estás separado de Cristo. Sábelo, sábelo. "¿Por qué me persigues?" "Yo no te estoy persiguiendo, Señor". "Sí, me estás persiguiendo, porque toda esa gente que tú estás persiguiendo está en mí, y cuando los persigues a ellos me persigues a mí".

Entiende tu privilegio de estar en Cristo. El estar en Cristo te hace linaje escogido, real sacerdocio, nación santa. No tienes que llegar a serlo, ya lo eres. Lo que necesitas es comportarte como tal. La unión con Cristo permitirá que en el futuro —esto es increíble— reines con él. ¿Tú sabes lo que es eso? Cristo va a reinar, pues yo voy a reinar, porque yo estoy en él. De qué manera yo no sé, pero yo voy a reinar de alguna forma, de alguna manera, en algún momento, en algún lugar. Yo voy a ser parte del reinado porque estoy en Cristo.

Y entonces es el estar en Cristo lo que trae la conclusión de que ahora no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos los que están en Cristo han creído en Cristo y son hijos de Dios. Porque todos sois uno en Cristo Jesús. En otras palabras, cuando Cristo nos ve, nos ve como uno solo, porque somos un solo pueblo. Y si sois de Cristo, entonces sois descendencia de Abraham, herederos según la promesa.

Pablo menciona las tres áreas que usualmente han producido división a lo largo de la historia: la raza (conflicto racial), la disparidad o separación de estatus económico (jerarquía, castas en la India), y la superioridad de un género que se ha creído superior al otro género. Ya no hay judío, ya no hay griego. William Barclay, en su comentario sobre Efesios, dice lo siguiente: "La barrera entre judíos y gentiles era absoluta. Si un judío se casaba con un gentil, se llevaba a cabo un funeral como si se hubiera muerto". ¿Te imaginas? Tal contacto con un gentil era el equivalente a la muerte. Entonces vamos a un funeral. Hasta entrar en la casa de un gentil era contraer impureza ritual.

En el primer siglo hay oraciones que quedaron hechas por fariseos que decían: "Señor, te doy gracias por tres cosas: una, que no me hiciste gentil; dos, que me hiciste ser hombre y no mujer; y tres, que me hiciste no ignorante como el esclavo." Y todavía queda un sermón de un ministro presbiteriano de los años de 1600 que le decía a los amos y a los esclavos —a los esclavos les decía—: "Si llegas al cielo, no pienses que tú vas a estar junto con tu amo. Va a haber una pared que los va a separar, y por esa pared habrá un huequito por donde tú podrás contemplar a tu amo." Yo no agradezco por esas corrientes, porque no entendieron la cruz. La cruz es donde Cristo nos unió; al pie de la cruz no importa tu color, no importa tu estatus, no importa tu jerarquía. No hay diferencia entre unos y otros.

Eso no implica que no puedas tener una cultura judía, que no puedas tener una comida judía, que no puedas vestirte como judío, o que no puedas tener una cultura gentil o griega o dominicana con vestimentas, vocabulario y frases. No, no implica eso. Estamos hablando de que no hay derechos humanos o privilegios humanos que unos tengan y otros no tengan, porque bajo la cruz eso no cabe. No hay esclavo ni libre.

En otras palabras, amos y esclavos del primer siglo: la Palabra le dio tiempo. Por así decirlo, con su paciencia permitió como que la esclavitud fuera deshaciéndose poco a poco. Pero tú conoces la carta a Filemón, ¿verdad? Tú conoces a Onésimo. Onésimo era un esclavo que se le había escapado a Filemón, y Pablo le escribe y le dice —tú sabes que Filemón, dicho en otras palabras—: "Yo, tú no puedes tratarlo así, y eso se acabó. Recíbelo como tu hermano, y si él te debe algo por haberse escapado, cárgalo a mi cuenta. Yo me hago responsable. Ponle mi tarjeta de crédito, Filemón."

De manera que no hay razón para considerarte superior. Hoy en día pudiéramos decir entre un jefe y un empleado. Puede, dentro de esta idea, haber jefes y empleados, hay directores, hay presidentes. Sí, puede ser que una compañía le conceda ciertos privilegios a directores y presidentes que no se los concede a otros, por asunto de funcionalidad en una sociedad destilada de la gloria. Pero en términos de privilegios humanos y derechos humanos, no. Si ese jefe es responsable en su compañía de brindarle comida a su empleado, él no debe sentirse en ningún momento que tiene el privilegio de comer mejor que ellos si él brinda la comida, porque es un asunto de dignidad humana. Puede ser que coma diferente, pero no porque te sientas privilegiado de que tú lo puedes hacer; tiene que ser por otras razones.

No hay hombre ni mujer. El hombre y la mujer fueron diseñados distintos, para roles distintos, funciones distintas. De manera que no estamos hablando de que cuando decimos que no hay hombre ni mujer, estamos hablando de que ahora el hombre se puede considerar mujer y la mujer se puede considerar hombre, como se predica hoy en día. No estamos hablando de eso. El hombre es un hombre y la mujer es una mujer. No hay nada intermediario, no hay nada después del hombre, nada después de la mujer. Pero Dios los diseñó diferente. Sí, tienen diseños diferentes, sus cerebros funcionan diferente, sus hormonas funcionan diferente. No puede ser que tengan el mismo rol que llenar y responsabilidades.

Pero eso no implica que como hombre yo no pueda en mi casa hacer cosas que mi esposa usualmente hace, o que ella en un momento dado no pueda hacer algo que yo usualmente hago. Funcionamos como funciona la Trinidad: el Padre no se colgó en la cruz, el Padre no es el que mora dentro de nosotros. El Padre eligió un grupo de personas, el Hijo justificó a aquellos que el Padre eligió, y el Espíritu Santo santifica a los que el Padre eligió y el Hijo justificó. Diferentes funcionalidades dentro de la Trinidad, tres personas funcionando de maneras distintas. Pero el hombre no es superior a la mujer en lo más mínimo, y la mujer feminista no es que pueda considerarse superior al hombre, aun si hace cosas mejor que el hombre, como muchas veces puede ocurrir.

Hay un nuevo entendimiento bajo la cruz, hay un nuevo entendimiento de la dignidad humana porque estamos en Cristo. Cristo levantó la dignidad del hombre, la dignidad del esclavo, la dignidad del empleado, la dignidad del gentil, la dignidad de todo el mundo, y lo hizo por amor. No puede ser que yo haya recibido una especie de amor tan extraordinaria y quiera pasar a otros un amor empobrecido. Quizás yo no tengo la capacidad de amar como Dios, pero tengo que pedírselo.

Cuando el apóstol Juan les escribe en su primera carta, capítulo tres, hay esa frase muy sencilla que tantas canciones han escrito acerca de ella, pero dice: "Miren cuán gran amor nos ha otorgado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios, y eso somos." Pero resulta que esa palabra ahí, "cuán gran", ¿sabes lo que significa en el original? Literalmente: "¿De qué país? ¿De qué región?" Como que Juan está diciendo: "Este amor que el Padre nos ha otorgado para llegar a ser hijos, ¿de qué región es? ¿De qué país es?" No tiene comparación. No hay lugar en el universo donde tú lo puedas encontrar que no sea en Dios exclusivamente. Pero no había otra forma de traducirlo, de manera que las traducciones lo tienen de esa manera: "Miren cuán gran amor."

Y ahora pueden entender mejor cuando Worsby dice que el cristiano, cuando peca, no peca contra la ley; peca contra el amor, contra el gran amor con el que el Padre nos atrajo.

Quizás esta historia —creo que es real, pero no sé si fue exactamente así— nos puede ilustrar algo acerca de ese amor. Se habla de un grupo de adolescentes que estaban reunidos, y entonces querían irse a otro lugar después de esa reunión. Y había una pareja de novios. El varón le dice a la hembra: "No, yo me voy a ir a la casa porque mi padre no aprueba del lugar." Y la novia le dice: "¿Tú tienes miedo de que tu padre pueda herirte de alguna manera al llegar a la casa?" Y él dice: "No, realmente no. Yo tengo miedo de herirlo a él." ¿Es así como tú y yo pensamos cuando queremos pecar? ¿Tienes temor reverente de herir el amor de Dios que depositó en Cristo Jesús?

¿De qué país, de qué región es este amor que el Padre nos ha otorgado, que nos ha hecho hijos de Él? Rebeldes, esclavos del pecado, ahora hijos de Dios. Esclavos que no podían sentarse a la mesa con el amo, ahora sentados a la mesa con Dios. Esclavos destituidos de cada beneficio posible, ahora herederos de todo, porque lo que el Unigénito de Dios hereda, yo heredo.

De manera que la adopción de parte de Dios nos colocó en Cristo y nos unió con Cristo de tal manera que es como si no hubiera diferencia entre Cristo y nosotros cuando estamos en Él, cuando tiene que ver con beneficios. ¿Te imaginas cómo, si nosotros entendiéramos eso, aquilatáramos eso, rumiáramos eso, cómo nosotros viviéramos? ¿Cómo veríamos? ¿Cómo serviríamos? ¿Cómo les serviríamos? ¿Cómo entregaríamos nuestras vidas? Es, como dirían en inglés, extraordinario. Es como "beyond comprehension"; es más allá de lo que tú puedes comprender lo que Dios ha hecho con nosotros en Cristo Jesús.

Y por consiguiente, ahora en Cristo no hay ni judío ni griego, ni dominicano ni haitiano, ni africano ni asiático, porque somos uno en Cristo Jesús. No hay hombre ni mujer, no hay esclavos ni libres.

Yo creo que este es un buen mensaje en un momento como el que estamos viviendo, donde hay tanta tirantez, donde hay tanta tensión racial, sobre todo en Estados Unidos y algunos otros lugares similares. Entonces se habla tanto de la teoría crítica de la raza —no entro en detalle— y donde de nuevo ha surgido esta división racial. Yo creo que es un buen momento para nosotros recordar, a la luz de este texto, que en Cristo nada de eso tiene lugar, que eso ofende el amor de Dios. Puede violar la ley de Dios, pero ofende el amor de Dios, porque estando tú alejado, de Él has recibido sin ninguna limitación, por así decirlo. Y que nosotros queramos poner limitación a mi hermano, a mi hermana...

Yo quisiera hacer algo que lo pensé temprano esta mañana, de manera ilustrativa, para terminar orando y después cantando una última canción. Pero yo me imagino que es posible que nosotros tengamos representantes de diferentes naciones. Yo lo voy a ir mencionando, y si hay algún representante de esa nación, le voy a pedir que suba aquí arriba. Y creo que tenemos suficiente espacio entre el espacio de arriba y algunos de los escalones, más que suficiente espacio para guardar cierta distancia. ¿Tenemos alguien de Canadá aquí en el día de hoy, en este momento? ¿Tenemos alguien? Una persona solamente, ok. ¿Estados Unidos? Bueno, de esa yo tengo porque tengo mi esposa aquí. Ven para acá, por favor. ¿De México? Ok, pueden subir. ¿Haití? Por favor, vamos a llegar ahí. Ok, ¿Puerto Rico? Y pueden guardar sus distancias si quieren. Puerto Rico, gracias. ¿Jamaica? La República Dominicana, yo estoy aquí, entonces ya estamos representados. ¿Cuba? Ok. ¿Venezuela? Yo sé que tenemos gente de Venezuela aquí. ¿Colombia? ¿Costa Rica? ¿Perú? ¿Bolivia? ¿Brasil? ¿Argentina? ¿Chile? ¿Guatemala? ¿El Salvador? ¿Honduras? ¿Nicaragua? ¿Panamá?

Ya la verdad que tenemos gente de todo pueblo, tribu, lengua y nación.

España, España, Portugal, algún asiático, África —aunque tenemos asas aquí que pudieran representar el norte de África también—, pero alguien de África, ¿ok? Australia. ¿Quién se me quedó? Yo pensé en alguien de Asia, ¿eh? Europa, bueno, tenemos España y Portugal, pero alguien más de Europa, Italia, ¿ok? ¿Algún otro europeo? No mencioné Oceanía, pero sería raro eso. México lo mencioné al principio, pero nadie pasó, yo creo. ¿No faltó un mexicano? Sí, bueno, Francia está en Europa.

Bueno, tenemos gente de diferentes naciones en Cristo Jesús. No hay ni hombre ni mujer, ni judío ni griego, ni esclavo ni libre, representado por estos hermanos nuestros bajo la cruz de Cristo unidos: un solo pueblo, un solo Dios, un solo Rey, un solo bautismo, un solo Espíritu, una sola verdad. Nuestra unidad es en Cristo. La división es contra Cristo y peca contra el amor de Cristo que nos unió.

Y sí, era hora de orar, pero antes de orar es posible que durante la exposición de la Palabra el Espíritu de Dios haya obrado y que alguno de los que estamos aquí, independientemente de la nacionalidad, quizá encontró que estaba fuera del camino de salvación y quisiera entregar su vida al Señor hoy. Si hay alguien aquí entre nosotros, yo te voy a pedir que te pongas de pie y te quedas, y vamos a quedarnos con este grupo que está aquí. Alguien que en el día de hoy quisiera entregar su vida al Señor para salvación. O aun si no puedes pasar aquí, si alguien entiende que el Espíritu de Dios le transmitió eso ahí donde está, cuando oremos puedes orar en tu interior y hacer lo mismo y entregar tu vida al Señor.

Padre, gracias. Es una hermosa forma de demostrar que en Cristo Jesús uno somos, que no hay lugar para superioridad, inferioridad, división. En Cristo Jesús Tú nos has unido por medio de la cruz, porque derramaste un amor extraordinario que Juan, al escribir, decía: ¿de qué país, de qué región, de dónde, en qué lugar tú vas a encontrar algo que no sea en Dios?

Ayúdanos a recordar que estamos en Cristo con todos nuestros beneficios en Cristo Jesús. Gracias por la morada del Espíritu, la guía del Espíritu, la preservación del Espíritu, la iluminación del Espíritu, la hermandad en Cristo. Padre, gracias por mis hermanos y mis hermanas. Gracias por dármelos como parte de la familia. Gracias por darme yo haber sido dado a ellos también como parte de la misma familia.

Gracias porque Tú hiciste en Cristo lo que la ley no podía hacer, lo que nuestra carne no podía cumplir. Tú lo hiciste en Cristo, en la carne, cuando Él se encarnó, que cumplió la ley y derramó sangre, de manera que hoy yo no tenga que perecer bajo la ira tuya, sino ser bendecido bajo tu amor. Padre, Señor, gracias por aquellos que han entregado su vida a Ti. Bendíceles.

Ahí donde estás simplemente puedes decir: Señor, perdona mis pecados en base a los méritos de Cristo. Te pido perdón por mi transgresión. Yo entiendo que tu sangre me ha limpiado. Gracias por limpiarme. Yo te digo, Señor, hoy te digo: mi Dios, mi Señor, mi Redentor. Y hoy te digo, Señor Jesús: esta vida no es mía, es tuya. Tómala, cuídala, presérvame, ayúdame a recordar.

Tu ley es la que me protege porque me enseña lo que te complace, pero hay que recordar aún más a Cristo que la cumplió. Y ayúdame a recordar que por el amor tuyo yo estoy en Ti, para que no peque contra tu amor que me ha cubierto.

Y ahora queremos terminar celebrando, cantando, dándote gracias y alabanza porque Tú eres digno de toda adoración. En tu nombre, Jesús. Amén.

Gracias, podemos regresar a nuestros asientos. Que Dios les bendiga. Gracias por estar aquí en esta mañana. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.