Integridad y Sabiduria
Sermones

La ley de Moisés vs la ley de Cristo

Miguel Núñez 14 noviembre, 2021

La ley de Moisés contenía más de seiscientos mandamientos, pero la ley de Cristo se resume en dos: amar a Dios con todo el corazón, alma, mente y fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. El segundo mandamiento es semejante al primero porque el prójimo lleva la imagen de Dios. Violar esa imagen es violar la reverencia que le debemos al Creador mismo. Esta es la transición que Pablo hace en Gálatas: de la teología de los primeros cuatro capítulos hacia la práctica de la fe. Los judaizantes querían arrastrar a los creyentes de regreso a un sistema de obras que ni ellos mismos cumplían ni entendían. Los legalistas de hoy hacen lo mismo: condenan con una ley que no practican.

La parábola del buen samaritano ilustra cómo el sacerdote y el levita usaron la ley ceremonial para evadir la ley moral. Temían contaminarse tocando a un hombre que parecía muerto, así que pasaron de largo. La ley ceremonial pregunta qué me pasa si ayudo; la ley moral pregunta qué me pasa si no ayudo. El samaritano, despreciado por los judíos, fue quien tuvo compasión, esa palabra que en el original griego habla de un sentimiento profundo en las entrañas.

Jesús veía las multitudes y se conmovía porque veía imágenes de Dios heridas, sedientas, sin pastor. Donde los discípulos veían inconvenientes, Cristo veía oportunidades de reflejar el carácter del Padre. El pastor Núñez lo resume así: el ADN de todo pecado es el egocentrismo, vivir para uno mismo en lugar de vivir para aquel que murió y resucitó por nosotros. Solo el Espíritu puede capacitarnos para sentir lo que nuestra carne jamás sentiría y amar sin condición por amor a Cristo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El primer servicio que hemos venido recorriendo la carta a los Gálatas, y hemos descubierto los primeros cuatro capítulos. Ahora como que la carta comienza a tomar otra dirección, no distinta, sino de una manera muy paulina, donde él toma sus primeras porciones de las cartas y habla de forma teológica para luego entonces irse a la parte práctica de la teología que él discutió. El acceso en Romanos, por ejemplo, 11 capítulos hablando de teología pura. En el capítulo 12, entonces —10 capítulos, perdón— bueno, depende de cómo lo veamos, verdad, porque Romanos puede ser dividido en tres, y en eso como que mi mente ahí se confundió un poco. Pero si lo miras de tres maneras, cuando llegamos al capítulo 8, Pablo comienza a hacer cierta práctica de lo discutido y dice: "Por consiguiente, no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús."

Sin embargo, si divides Romanos en dos, va del capítulo 1 hasta el capítulo 11 completo, y en el 12 Pablo habla de una manera similar: "Yo os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos." Él está tratando de decirnos: ahora toda la teología que yo desempaqué en 11 capítulos, ahora yo quiero que tú veas cómo eso se lleva a la práctica. Hace lo mismo ahora en Gálatas: cuatro capítulos hablando de teología, alguna de esa parte fue pesada. Pero ahora Pablo está listo para continuar, y entonces en vez de entrar directamente al capítulo 5 y tratar de descender de donde estábamos, yo pensé que sería una buena idea hacer un puente, un puente que nos permita ver la conexión entre los primeros cuatro capítulos y los próximos dos.

Un puente que nos permita entender un poco mejor todavía la ley de Dios, la ley de Moisés dada por Dios, versus algo que Pablo dice en el Nuevo Testamento, y es que nosotros no estábamos bajo la ley sino bajo la ley de Cristo. Le dice eso a los corintios, vuelve y le dice eso a los gálatas en Gálatas 6:2. Y nosotros necesitamos entender qué es esto de la ley de Cristo, porque la ley de Moisés, aunque le llamamos de esa manera, fue dada por Dios; al final es la ley de Dios también. Sin embargo, hay como una cierta diferenciación entre una y otra. Entonces, antes de irnos a la parte práctica de Gálatas, lo que yo voy a hacer en el día de hoy es precisamente ayudarles a ver cuál es esa ley de Dios versus —y decía que en vez de "versus" ahí debería tener una "y", porque la ley de Dios no puede ser contraria a la ley de Cristo— lo que necesitamos es entender una y otra. Entonces este es el mensaje puente entre los capítulos 1 al 4 de Gálatas y los capítulos 5 al 6.

A lo largo de la exposición hemos estado hablando de los judaizantes: personas del mundo judío con su judaísmo como religión, que quizás abrazaron la fe cristiana pero que no estaban dispuestos a desabrazar el judaísmo. Importante: estaban insistiendo en que los creyentes de la iglesia de la región de Galacia tuvieran que abrazar el judaísmo, y ellos resumían todo el judaísmo —por lo menos para la discusión de esta carta— en la circuncisión. De manera que cuando ellos insistían en la circuncisión, no estaban insistiendo simplemente en el mero acto, sino en todo lo que estaba detrás: las obras de la ley para poder ser salvos.

Los judaizantes de antes son los mismos, en cierta medida, que los legalistas de hoy. De otra manera: los judaizantes no entendieron la ley, no cumplieron la ley tampoco, y de esa misma manera los legalistas del mundo cristiano ni entienden la ley ni cumplen la ley, pero te condenan con la misma ley que ellos ni cumplen ni entienden. Por otro lado, hay un grupo de creyentes, de cristianos, denominados antinomistas —"anti": contrario; "nomos": ley— que están en contra de la ley, que quieren un libertinaje, que quieren vivir según mi criterio, según yo sienta, según yo piense, a lo Frank Sinatra, a lo "a mi manera." Eso tampoco entiende la ley, pero tampoco entiende la gracia.

Y luego está Pablo, que está tratando de predicar una salvación por gracia, ayudándonos a entender que por medio de esa salvación por gracia es que yo vengo a disfrutar de la morada del Espíritu, y la morada del Espíritu nos da a nosotros el poder para comenzar a obedecer la ley de Dios. Déjame decir eso otra vez: la salvación es por gracia; por medio de esa gracia, la morada del Espíritu viene a mí, y el Espíritu entonces, ya morando en mí, me da poder por gracia para comenzar a obedecer la ley de Dios.

Pero nosotros necesitamos entender esa ley. La ley de Dios es una sola; sin embargo, para ayudarnos a entender la ley como se vio en el Antiguo Testamento, como se vivió, los teólogos han dividido la ley —que no son tres, es una— pero la han dividido en tres para ayudarnos a entender. Es como Dios y las tres personas: en ese caso no es para ayudarnos a entender sino porque es la realidad; en este caso es una ley, y luego hay tres divisiones hechas por los hombres para ayudarnos a entender esa ley.

Entonces estaba la ley ceremonial, o leyes ceremoniales, que apuntaban a Cristo, que tenían que ver mucho con las fiestas, tenían que ver con los rituales, las ceremonias: lavado de las manos, lavado de los pies antes de comer, antes de sentarse a la mesa tenías que hacer ciertas cosas, antes de ofrecer un sacrificio tenías que lavarte las manos, antes de ir al templo en el día de reposo tenías que lavar tus ropas, tenías que bañarte. Las leyes ceremoniales. Y ahí los fariseos y los escribas y los judaizantes tenían licenciatura, maestría, doctorado, PhD, pero se quemaban en todos los exámenes.

Luego estaban las leyes civiles —o judiciales— como su nombre dice: las leyes que ayudaban, ilustraban o mandaban qué hacer en caso de violaciones. Cuando tú matabas a alguien, se suponía que tu sangre debía ser derramada; por ciertos delitos se suponía que tú debías ser apedreado. En esos casos ellos no eran tan buenos exigiendo eso, porque no hay muchos registros en la historia de Israel de que apedrearon a mucha gente por violaciones de ciertos pecados —no que no los hay, pero son escasos— de manera que su área de concentración era las leyes ceremoniales.

Y luego entonces la ley moral, resumida en los Diez Mandamientos. Todo eso formaba parte de la ley. Cuando Cristo vino, vino a enfatizar la ley moral, porque las leyes ceremoniales se quedaron atrás con la venida de Cristo: apuntaban a Cristo, Cristo llegó, ya no hay razón para celebrarlas. Las leyes civiles fueron dadas a Israel como nación, para Israel; Cristo vino para todas las naciones, terminaron las leyes civiles. Pero la ley moral permaneció.

Entonces yo quiero comenzar a explorar esta ley moral a la luz de la ley de Cristo, porque es la ley de Cristo la que es congruente con la ley moral del Antiguo Testamento. En una ocasión, Cristo tiene un encuentro con fariseos y escribas. Te la voy a leer; te voy a leer el encuentro de Mateo 22, a partir del versículo 34:

"Los fariseos se agruparon al oír que Jesús había dejado callados a los saduceos. Uno de ellos, intérprete de la ley —es decir, un escriba— para poner a prueba a Jesús le preguntó: 'Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?' Y él le contestó: 'Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.'"

En esencia, Cristo estaba diciendo: ¿se saben cuáles son los Diez Mandamientos que resumen la ley? Los primeros cuatro tienen que ver con Dios. El gran mandamiento de la ley de Dios es este: amarás al Señor tu Dios con toda tu mente, todo tu corazón, toda tu alma y toda tu fuerza. Ahora el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Como que el segundo es semejante al primero: el primero tiene que ver con Dios, el segundo tiene que ver con el hombre. Precisamente porque el segundo tiene que ver con la imagen de Dios en el hombre, y por tanto es semejante al primero; ahí está la semejanza. Y si cumples esos dos, ya habrás cumplido con el resto de la ley y de los profetas.

Esa es la ley de Cristo. Si quieres saber de qué ley de Cristo estaba hablando Pablo cuando escribe a los corintios y en Gálatas 6:2, esa es. Esa ley de una u otra manera estaba en el Antiguo Testamento, y Cristo lo ilustró.

En otra ocasión —para que tú puedas ver— se le acercó otro individuo representando a un grupo de personas. Yo quiero leerte ahora ese texto de Lucas 10, comenzando en el versículo 25:

"Cierto intérprete de la ley se levantó y, para poner a prueba a Jesús, dijo: 'Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?'"

Es una pregunta. Nota el experticio de Jesús, siempre respondiendo una pregunta con otra pregunta. Y Jesús le dijo: "¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?" Tú quieres saber qué se hace para heredar la vida eterna; dime primero qué está en la ley. "Respondiendo, dijo: 'Amarás al Señor tu Dios'" —¿te suena familiar?— "'con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente, y a tu prójimo como a ti mismo.'" Él sabe exactamente lo que Cristo le respondió a otra persona en otro contexto. "Entonces le dijo: 'Has respondido correctamente; haz esto y vivirás.'"

Escuchen: "Pero queriendo él justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: '¿Y quién es mi prójimo?'" Y Jesús dijo: "Ajá, déjame ver si yo entendí lo que tú estás tratando de hacer." Porque si hubo algo en que los escribas eran expertos —y déjame volver: los escribas de nosotros hoy en día— es encontrar dónde es que la ley no se aplica a mí, en qué caso la ley se aplica a ti pero mi caso es distinto. Ahí nadie nos gana. Y como Jesús es Jesús, dice: "Déjame darle la vuelta a esto."

Jesús continúa, versículo 30: respondiendo, Jesús dice: "Ahora hablamos. Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó" —solo un trayecto extremadamente peligroso, tortuoso, muchas curvas, muy desierto, tan peligroso que todavía en el...

En la década de 1930 de nuestra época se decía que era un trayecto que tú no debías hacer solo de noche. Cierto hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de saltadores, los cuales, después de despojarlo y darle golpes, se fueron dejándolo medio muerto. Por casualidad, cierto sacerdote bajaba por aquel camino y cuando lo vio, pasó por el otro lado. Del mismo modo también el levita, cuando llegó al lugar y lo vio, pasó por el otro lado del camino.

Los religiosos, el sacerdote y el levita, el pastor de hoy, el diácono de hoy, lo vieron y le pasaron por el lado. Pero cierto samaritano, nada religioso, que iba de viaje, llegó donde él estaba y cuando lo vio tuvo compasión. Acercándose, le vendó sus heridas, derramando aceite y vino sobre ellas, y poniéndolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un mesón y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al mesonero y dijo: "Cuídelo, y todo lo demás que gaste, cuando yo regrese se lo pagaré."

Aquí viene algo extraordinario: Jesús raramente respondía las preguntas directamente. Aquí viene la pregunta. El intérprete le había hecho una pregunta: "¿Quién es mi prójimo?", y Cristo le cuenta una parábola y luego dice: "¿Cuál de esos tres piensas tú que demostró ser prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" El intérprete de la ley respondió: "El que tuvo misericordia de él." Y Jesús le dijo: "¿Ves tú lo mismo?"

Tú quieres saber quién es tu prójimo, pero lo que andabas buscando era ver a cuál prójimo es que tú no tienes que ayudar, porque en ese caso la ley no se aplica a ti. Y Cristo dice: "Mira la parábola. Ahora, además, tengo una pregunta para ti: ¿cuál de los tres, el sacerdote, el levita y el samaritano, demostró ser prójimo para el hombre que estaba medio muerto?" En otras palabras, escriba, lo que yo quiero es que tú te sitúes como prójimo para los demás. Olvídate de quién es tu prójimo.

El sacerdote y el levita le pasaron por el lado e hicieron un mal uso de la ley. Esto fue lo que ellos hicieron: la ley ceremonial les decía que si tocaban a un hombre muerto, y a lo mejor ya estaba muerto, aunque el texto dice que estaba medio muerto, quedarían inmundos por siete días y no podrían ir al templo. Las ceremonias eran más importantes que la vida. De manera que encontraron la excusa perfecta y encontraron cómo definir quién no es su prójimo.

Ellos hicieron uso de la ley ceremonial para violar la ley moral. Porque la ley ceremonial pregunta: "¿Qué me pasa a mí si yo hago algo por este hombre? ¿Me puedo quedar contaminado?" La ley moral pregunta: "¿Qué me pasa a mí si yo no hago algo por este hombre?" Porque el segundo mandamiento, semejante al primero, dice: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Y si tú fueras el que está ahí tirado y no te ayudan, algo te va a ocurrir.

El legalista está continuamente buscando lo que en inglés se llama el loophole, para encontrar dónde la ley no se aplica. De manera que mi caso es distinto. Es como cuando yo voy manejando y alguien toca el vidrio pidiéndome algo, y yo digo: "Esa gente lo que anda buscando es dinero para después gastarlo en vicios; en este caso no se aplica a mí, ese no es mi prójimo." O: "Los vecinos de aquel lado de la frontera son así; esos no son mi prójimo, no se aplica." O: "No es mi prójimo porque esa persona tiene un niño cargando, pero lo que pasa es que hay quien los alquila y después el dinero no es para ellos." Pero tú no conoces a esa persona. "No, pero alguien me dijo que vio en una ocasión... una señora que otra persona le dijo... hace casi seis meses..." Por tanto, esa también es igual, aquí no se aplica, yo estoy fuera del segundo mandamiento de la ley de Dios.

No estamos tan lejos del sacerdote y el levita de la parábola. "Maestro, ¿cuál es el más grande mandamiento de la ley?" "Amarás a Dios con toda tu mente, todo tu corazón, toda tu alma y toda tu fuerza; y el siguiente, semejante, no igual pero muy parecido: amarás al prójimo como a ti mismo." El primero tiene que ver con Dios y el segundo con la imagen de Dios en el hombre.

¿Y qué tiene todo esto que ver con Gálatas? Todo. Absolutamente todo. Leímos en Gálatas 3:28 que en Cristo, ahora bajo la ley de Cristo, no hay ni griego ni judío. De manera que no hay samaritano ni judío. Los judíos odiaban a los samaritanos, pero eso ya no existe, porque todos somos portadores de la imagen de Dios, no importa cuál sea su procedencia, no importa cuál sea su relación contigo. Literalmente hablando, el samaritano tuvo compasión. El problema es que la falta de compasión niega la imagen de Dios en el otro, y eso no es poca cosa.

En el Nuevo Testamento, Santiago dice que es inútil decirle algo a alguien porque no tiene qué comer, y no irle a salir con que voy a orar por ti, porque eso no se come, con eso no se llena. Cuando tú lees los Diez Mandamientos, el sexto mandamiento dice: "No matarás." Esa es la capa de arriba del mandamiento. Recuerda que los mandamientos tienen la letra de la ley y el espíritu de la ley. Cristo vino a enseñar el espíritu de la ley, porque ellos solamente conocían la letra. Y Cristo dice: "Cualquiera que le diga 'idiota' a su hermano, o 'raca', sin razón, está en peligro del fuego del infierno." Porque el sexto mandamiento no está ahí simplemente para que no mates al otro; está ahí para proteger la dignidad del ser humano que está en el prójimo, no importa si es tu esposa, tu esposo, tus hijos, tu amigo, tu enemigo, la persona que te maldice o la persona que te bendice.

Esa es la razón por la que Cristo dijo que debiéramos amar a nuestros enemigos: precisamente porque tu enemigo tiene la imagen de Dios, y hubo un momento en que tú eras enemigo de Dios. Romanos 5 dice que Dios te amó en tu enemistad con Él. En la parábola, el samaritano, que conocía menos que el intérprete de la ley, fue el que tuvo compasión; tuvo lo que frecuentemente nosotros no sentimos por el otro.

La compasión, en el original, es la palabra griega splanchnízomai, y tiene que ver con las entrañas: el corazón, los pulmones, el hígado, los intestinos. Es algo profundo. De manera que la compasión es un sentimiento profundo; es como una metáfora para referirse a algo que tú sientes en tu interior. Lo que Jesús sintió cuando vio a las multitudes y fue movido a compasión es simplemente la expresión externa del amor interno que tiene una imagen de Dios por otra imagen de Dios. Él amaba a las multitudes porque estaban formadas por múltiples imágenes de Dios, una a la vez, y su amor por ellos lo movió a la compasión.

Cuando Él vio gente con hambre, quiso darle de comer. Cuando vio personas enfermas, a unos les devolvió la vista, a otros los paró y los hizo caminar, a otros les devolvió la audición, a los leprosos los limpió. Cuando vio a personas llorando porque habían perdido a sus seres queridos, les devolvió a sus seres queridos: a Lázaro lo llamó de ultratumba, al hijo de la viuda lo levantó y se lo entregó a su propia madre. Jesús fue conmovido por el dolor del otro; Jesús sintió lo que el otro sintió.

El gran teólogo del pasado B. B. Warfield escribió un libro que es de dominio público, se llama en inglés The Emotional Life of Our Lord Jesus Christ, y la observación a la que él llega cuando examina la vida emocional del Señor Jesucristo es que la característica número uno es la compasión, por encima de todas las demás. Si tú analizas la vida emocional de Jesucristo, la compasión es lo que sobresale: la compasión que tú y yo frecuentemente no tenemos, la compasión que la ley de Moisés interpretada por los escribas no te permitía tener, la compasión que tú solamente puedes experimentar, número uno, si estás bajo la ley de Cristo, y número dos, si estás empoderado por el poder del Espíritu para que Él te capacite para sentir lo que tu carne jamás llegaría a sentir.

Y está tan claro en las Escrituras que ofender la imagen de Dios en el otro, aun en un enemigo, no es una falta pequeña. Es la razón por la que Cristo dice: "Si te maldicen, bendice; si te piden la capa, da la túnica; si te dan en una mejilla, pon la otra; si te piden que vayas una milla, ve dos." Y tú dices: "¿Y qué gano con eso?" Cristo responde: "¿Quién ha hablado de ganancia? Mostrarás que eres hijo de vuestro Padre que está en los cielos." En otras palabras, la única manera como tú puedes mostrar, como tú puedes reflejar aquello para lo cual fuiste creado, es reflejando el carácter de Dios.

Cuando tú haces eso, eso es exactamente como Dios te ha tratado. De manera que esa es la razón por la que vas a hacer lo que te estoy diciendo que debes hacer: porque hay una necesidad de que reflejes aquello para lo cual fuiste creado. Y la razón de aquello para lo cual fuiste creado está en Génesis 1: fuiste creado a imagen y semejanza de Dios. No hay ninguna otra forma de estar satisfecho, con gozo y en paz en la vida, que no sea reflejando aquello para lo cual fuiste creado. Y eso para lo cual fuiste creado es única y exclusivamente la reflexión del carácter de Dios a un mundo en oscuridad. Eso es exactamente lo que tú y yo necesitamos recordar.

La ley de Cristo: "Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo", porque el segundo es semejante al primero. La ley de Cristo nos motiva a respetar y amar la imagen de Dios en el otro. Y de hecho, cuando tú respetas la imagen de Dios en el otro, muestras reverencia por Dios, que tiene su imagen en ese otro. Es una forma mejor de decirlo: violar o ignorar la imagen de Dios en el otro niega el Evangelio, es contrario al Evangelio. Cuando viola la imagen de Dios en el otro, el Evangelio queda negado. Cuando tú no prestas atención a la imagen de Dios en el otro, tú no

Reflejas a Cristo, y si no reflejas a Cristo no reflejas el Evangelio, y no reflejas que has creído en el Evangelio. Y eso es precisamente detrás de lo que Pablo está con los gálatas. Gálatas, ustedes escucharon el Evangelio, comenzaron a caminar bien en el Evangelio, estaban bien en el Evangelio, y ahora de repente vienen unos judaizantes y quieren venderles otra vez las obras de la ley. Y después que estaban libres, ahora quieren esclavizarlos nuevamente, después que habían sido libertados. No, gálatas, una y otra vez: no sé quién los confundió, quién los desvió, quién los hizo comprar una mentira como esa.

Esta idea de amar al prójimo como a ti mismo y de la imagen de Dios está en múltiples pasajes de la Biblia. Tú la encuentras en Levítico 19:18, en Lucas 10:27, en Mateo 5:43, Romanos 13:9, Mateo 19:19, Gálatas 5:14, Mateo 22:39, Santiago 2:8, Marcos 12:31. Santiago dice: no, no puedes con los mismos labios con que adoras a Dios maldecir a tu hermano. No, no hay un punto ahí, porque ese otro es portador de la imagen de Dios. Santiago quería que yo entendiera, que tú entendieras, la razón por la cual mis labios no pueden decir una cosa de un lado y otra cosa de otro lado.

Jesús desembarcó, vio a las multitudes —imágenes de Dios, imágenes de Dios, imágenes de Dios, imágenes de Dios— y tuvo compasión de ellas, porque las vio angustiadas y abatidas, sin rumbo, sin dirección, sin salvación, sin propósito, sin significado, sin quien las sostuviera, sin quien las alentara, sin quien les brindara una palabra de consolación. Porque en realidad eran ovejas sin pastor. Así están, tan intimidadas. Y cuando Jesús vio a la multitud y tuvo compasión, en una ocasión por lo menos comenzó a enseñarles muchas cosas.

Pero resulta que ya era tarde. Sus discípulos se le acercaron diciendo: "El lugar está desierto y ya es muy tarde. Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor y se compren algo de comer." En otras palabras, despídelos para que resuelvan. Pero respondiendo Él les dijo: "Dadles vosotros de comer." Cómo Jesús sintió compasión en el que resolvieron el problema. Cómo los discípulos no sintieron compasión: que resuelvan ellos. Y Cristo dice: no, yo las vi, yo vi cosas que ustedes no vieron. De manera que siéntense, vamos a darles de comer.

Vieron la misma gente, el mismo día, en las mismas condiciones, a la misma hora. Yo sé que los discípulos no tenían reloj, pero permítame la analogía. Los discípulos vieron el reloj y dijeron: "Es tarde." Cristo vio el corazón y dijo: "Están heridos." Viendo el reloj, los discípulos dijeron: "Devuélvelos." Cristo, viendo el corazón, dijo: "Siéntenlos, porque no hemos terminado, porque hay que hacer algo."

Mientras más entras en ti mismo, más frecuentemente te sientes interrumpido, y todo te parece una interrupción, una molestia, una quitada de tiempo. Y Jesús, que conoce nuestros corazones y conoce nuestro autocentrismo, nuestro egocentrismo, permite múltiples interrupciones tratando de decirme: "¿Sabes qué? ¿Hasta cuándo vas a tener los ojos puestos en ti mismo, en tus necesidades? ¿Y cuándo vas a comenzar a ver las necesidades del otro?" Es que ese otro está muy mal. Precisamente si tú piensas que está mal, y tú piensas que sabes cuál es la razón y cuál es la causa, entonces ¿por qué no le ofreces el tratamiento y la cura?

Porque para nosotros sentir compasión es tener los ojos puestos en los demás. Y yo te he dicho esto otras veces: no importa cuál sea tu pecado, no importa cuál sea mi pecado, el ADN de ese pecado es el egocentrismo. No importa cómo tú lo veas, no importa cuál sea el pecado —pequeño, grande, como tú lo puedas catalogar—, hay una sola razón por la que estamos cometiendo ese pecado: es porque somos todavía egocéntricos. ¿Cómo lo sé? Pablo lo definió en 2 Corintios 5:15: "Para que aquellos que ahora viven ya no vivan para sí." Ahí está el egocentrismo. ¿Entonces qué hago, Pablo? ¿Cómo me curo de eso? "Sino que vivan para aquel que murió y resucitó por ellos."

Cuando yo peco —y claro que peco—, cuando yo peco, hay una sola razón para que estoy pecando: porque en ese momento yo no estoy viviendo para aquel que murió y resucitó para mí, yo estoy viviendo para mí. El ADN del pecado es el egocentrismo. Y eso es exactamente la razón por la que no encuentro la imagen de Dios en el otro, y la misma razón por la que no siento compasión por ese otro.

Las enfermedades movieron a Cristo a compasión. El hambre movió a Cristo a compasión. Los endemoniados movieron a Cristo a compasión, y los libertó. Y tú sabes qué movió a Cristo a compasión casi como ninguna otra cosa: el yugo religioso que los fariseos, los saduceos y los escribas impusieron sobre la población. Lo que los legalistas de su época impusieron sobre ellos, nunca cumpliendo el estándar que ellos querían que otros cumplieran, todo el tiempo tratando de encontrar de qué manera en mi caso la ley no se aplica y en tu caso sí, en mi caso no. Como en la parábola del fariseo, y el samaritano, y el levita, y el sacerdote.

Y es la razón por la que Cristo dice: "Venid a mí, de esa gente, todos los que estáis cargados y cansados." No solamente los que estaban cargados y cansados de su pecado, sino los que estaban cargados y cansados del yugo religioso, por cientos de años imponiéndoles una ley que ellos no tenían la capacidad de cumplir, que ellos no entendían y mucho menos cumplían. "Venid a mí." ¿Y qué tienes para nosotros? "Yo tengo un yugo liviano y mi carga es ligera", no como el yugo de ellos.

¿Y cuál es ese yugo? "Tengo una ley." No tengo 600 mandamientos como la ley de Moisés —600 y tantos mandamientos—, tengo dos. ¿En serio? Sí, dos. Tú amas a Dios, tú amas al prójimo. Contra tales cosas no hay ley. ¿Tú quieres ver otra vez cómo actúa esto de la imagen de Dios, y cómo actúa la ley de Cristo, y por qué es que Pablo está insistiendo en que ya no estamos bajo la ley de Moisés sino bajo la ley de Cristo? Te voy a dar otro encuentro de Cristo para que lo podamos ver.

Cristo está en Judea, al sur. Tiene que ir a Galilea, que está en el norte. Pero para ir a Galilea, si tiras una línea recta, pasa por Samaria. Los judíos, como odiaban a los samaritanos, o se iban por el lado del mar Muerto o se iban por el lado de la costa, pero nunca por el medio. Pero en esta ocasión el texto dice que Cristo tenía que pasar por Samaria. No, no tenía que pasar por Samaria porque había otros dos caminos que eran igualmente viables, pero Cristo tenía una cita en Samaria.

Los judíos odiaban a los samaritanos. Es la razón por la que Juan y Jacobo tan fácilmente pudieron decir, en el día que no lo quisieron recibir en Samaria —hemos hablado de esto en otras ocasiones—: "¿No quieren recibirte, Maestro? ¿Tú quieres que hagamos bajar fuego del cielo que los consuma, a todos estos impuros, a todo este grupo?" Eso se dijo de los esclavos, que no tenían almas. Eso se dijo hace apenas 100 años de personas, que no tenían almas. Eso se dijo de los indios de nuestro país, que no tenían almas. Lo dijo gente que decía creer en Cristo.

Cristo comienza a caminar a Samaria y se encuentra con una mujer samaritana. En la mente de los judíos, ella es enemiga de ellos. Número uno: estos son unos samaritanos, imagino que el encuentro los irritó. Número dos: las mujeres no tenían ningún valor en la época de Cristo, nada, cero. Manera que los judíos vieron una mujer sin valor, samaritana, sin dignidad, impura, y encima buscando agua. Y Cristo se pone a hablar con ella. Los discípulos van a buscar algo que comer, y Él dice: "Vayan ustedes, yo me quedo hablando con ella." Me imagino que quedaron irritados. Pero Cristo ve a esta mujer y, como Él no estaba bajo los prejuicios que ellos sí estaban, nos recuerda que necesitamos recordar que estamos en Cristo, y que en Cristo no hay ni hombre ni mujer —Gálatas 3:28—.

Y como Gálatas lo reduce a esto: pues ahora no hay aquí hombre ni mujer, ni griegos ni judíos ni samaritanos, entonces Cristo no está frente a una de esas categorías; está frente a otra imagen de Dios. Y ve que esta imagen de Dios ha sido abandonada por cinco maridos que probablemente la usaron, y que ahora tiene un marido que, aunque el texto no lo dice, probablemente no la está tratando bien tampoco, porque no era la costumbre. Cristo vio una imagen de Dios herida, que esta mujer portaba, en necesidad de redención —no tanto de agua, de redención—. Él vio una mujer que estaba más sedienta espiritualmente que físicamente.

Y los discípulos, que vieron otras cosas, ellos vieron el pecado y su consecuencia: cinco maridos. Se airaron. Pero Él estuvo en compasión. Yo creo que esa palabra es como si tú la divides —también nos sirve de recordatorio—: "com-pasión". Tú debes sentir el dolor del otro; con pasión debes ser movido, pasionalmente, a hacer algo por el otro que está en dolor.

Es a esto a donde Pablo no quiere que saquen a los gálatas. Pablo no quiere que tomen a los gálatas y los arrastren para atrás otra vez a estos prejuicios donde había hombre y mujer, judíos y samaritanos. No, no, no, no. No es simplemente la circuncisión, es mucho más que esto. Pero ellos vieron la misma mujer. Sí, muchos tienen ojos pero no ven lo que otros ven, porque no perciben la realidad de atrás.

Para nada. Unos ven pero no se conduelen, porque el egocentrismo no les permite ver la necesidad, porque si la veo, a lo mejor me siento cargado de culpa de que no hice nada, y yo no quiero vivir así, entonces no veo. O la veo pero justifico por qué no debo ayudar. Otros ven y no hacen nada porque hacer algo representaría un inconveniente, y como es inconveniente, y como yo no voy a decir —porque nosotros no somos tan transparentes y francos para decir— "no, es que es un inconveniente para mí ayudar", no, le voy a buscar de qué manera la ley, el segundo mandamiento, la ley de Cristo en este caso, no se aplica, por lo menos para mí. Otros ven y usan la fe cristiana, la misma fe.

Cristiana para no hacer nada, como hicieron los norteamericanos en los años de mil ochocientos con la esclavitud. Los norteamericanos cristianos que incluso decidieron no hablar de esto en la iglesia porque iban a dividir la iglesia: "No vamos a hablar del segundo mandamiento, la ley de Dios, porque si hablamos del segundo mandamiento, la ley de Dios, podemos dividir la iglesia. Mejor agradaremos a Dios y no a los miembros de la iglesia." En Europa, totalmente contrario: en la misma época no le podía hablar a un creyente de poseer esclavos, lo cual no era un problema en Norteamérica. La realidad es que es mucho más cómodo vivir sin interrupciones; a mí me sería más cómodo, pero no es más bíblico.

El manto es bíblico. Jesús subió todo el tiempo lo que los discípulos no podían ver, y fue movido por amor a ayudar al otro, al prójimo. Tú sabes que lo hemos dicho otras veces, no voy a dejar de decirlo: cuando tomé la última respiración, el amor complica tu vida, complica la vida del que ama, incluyendo la de Cristo, y descomplica la vida del amado. Y eso fue cierto en la vida de Cristo: los discípulos querían vidas simples, pero Cristo quería vidas conforme a la imagen de Dios.

La imagen de Dios en ti, redimida, debiera de forma natural sentir compasión, porque lo que ocurre es que la imagen de Dios, si ya ha sido redimida, debiera sentir por las cosas que Dios siente. Y esa imagen de Dios ve otra imagen de Dios en necesidad y dice: "Aquí hay que hacer algo, no importa si es hombre, mujer, samaritano o judío." Es el amor de Dios en nosotros que mueve mi imagen de Dios a hacer algo por tu imagen de Dios. Por eso el apóstol Pablo dice que de ahora en adelante, después que conoció a Cristo, ya no podía ver a nadie según la carne. Él anteriormente no tenía compasión: perseguía a los cristianos, dio su aprobación para que mataran a algunos cristianos, y quizá incluso llegó a matarlos él mismo, quién sabe. Pero él decía: "Cuando yo veía las cosas según la carne, ya yo nací de nuevo; ahora conozco la ley de Cristo, y ahora conozco que tengo que amar a Dios y tengo que amar al prójimo, y que el segundo mandamiento es semejante al primero, y no puedo decir que cumplo con el primero sino cumplo con el segundo, porque esos dos mandamientos no están despegados: sino cumplo con el segundo, no cumplo tampoco con el primero." Eso es lo que Pablo había enseñado a los corintios a través de lo que el Evangelio le enseñó: obedecer a Dios por amor a Dios.

Entonces hay cosas de la compasión que yo necesito entender. Tú no puedes aprender compasión en un libro. No. Tú no puedes aprender compasión en una biblioteca de veinte mil volúmenes, y que todos los volúmenes hablen de compasión; jamás lo vas a aprender. Tú vas a aprender compasión cuando… le hablaba a un grupo de pastores aquí atrás el otro día: cuando un día tú tengas que entrevistar a una persona —esto es una ilustración simplemente real de mi propia vida—, entrevistar a una persona y preguntarle: "¿Estás limpio de drogas ahora?" "Sí." "¿A qué edad tú comenzaste a usar drogas?" "A los seis años." "¿A los seis años? ¿Pero tú no sabías lo que eran las drogas?" "No, pero mis padres eran drogadictos y me las inyectaban." Te he compartido eso en otras ocasiones, pero simplemente quiero recordarte: en ese día yo casi oí —no estoy esperando oír la voz del diablo ni de Dios, pero es como si lo hubiese oído— que Dios me decía: "Eso es para que no juzgues lo que no conoces. Lo que tú no conoces, lo que tú no entiendes, no lo juzgues, porque este fue un adicto sin saberlo, aunque posteriormente tuvo la oportunidad de salir de eso."

Tú no aprendes compasión a menos que estés no solamente con personas en dolor, sino tratando de entender su dolor. Y como nosotros no vivimos así, sino que tratamos de comprender nuestro propio dolor, nuestra propia dificultad, nunca aprendemos compasión, porque nuestra tendencia es a querer que se tenga compasión con nosotros. Tu tendencia y la mía. La compasión, para yo experimentarla, yo tengo que estar centrado en el otro; tengo que ser otro-céntrico, no egocéntrico, sino considerar al otro como superior a mí mismo. Eso es como tú comienzas a experimentar la compasión.

En tercer lugar, la compasión toma en cuenta las consecuencias que el otro experimentaría si yo no hago algo por él. Si no intervengo, ve la necesidad humana, quiere llenarla, considera las consecuencias de yo no hacer nada. Mientras la respuesta de Jesús fue una de compasión, la respuesta de los discípulos frecuentemente fue una de condenación. ¿Y por qué somos así? Porque los que aún viven todavía siguen viviendo para sí mismos, por nuestro egoísmo. Cuando la compasión es expresada, no es más que el amor interno por la imagen de Dios en el otro. Pero es que la Biblia no me da chance, no me da un espacio, ni un solo espacio para odiar a ninguna persona; no me da una molécula de espacio, porque no hay personas humanas que no sean portadoras de la imagen de Dios, y no hay personas humanas que no puedan ser redimidas de su condición, y mucho más si ya Cristo pagó por sus pecados, pagó sangre por ellos.

El problema del egoísmo es que el egoísmo —si lo personificamos— él no se inmuta por nadie, por nada. Él no tiene sentido de urgencia: "Ah, se puede dejar, hay que esperar." "¿Pero que te están esperando?" "Pero tiene una hora esperando." "Bien, yo estoy ocupado, yo voy después." No tiene sentido del tiempo, no tiene sentido de urgencia: "Cuando se pueda." Pero ¿cuándo se puede? No cuando yo pueda; él, yo… El egoísmo. Y Cristo nos está diciendo: si el Evangelio verdaderamente te ha definido —no si tú sabes cuál es la definición del Evangelio, sino si el Evangelio ha definido tu vida—, entonces se supone que ya tú no ves a nadie —subraya: nadie— según la carne. De manera que ahora toda persona es una portadora de la imagen de Dios, y tú estás ahí para reflejar —si tú conoces a Cristo, tú estás ahí para reflejarle a esta persona que conoce o no conoce a Cristo— cómo verdaderamente luce la imagen de Dios redimida en el hombre, de tal manera que ahora tú estás llevando a cabo el propósito para el cual fuiste creado en el primer lugar: llenar la tierra de la imagen de Dios.

"Creced y multiplicaos." No creas que cuando el Señor Dios dijo "creced y multiplicaos" fue porque lo que quería era llenar la tierra de su imagen. De manera que tu mejor motivación para tener hijos es querer contribuir a llenar la tierra de la imagen de Dios en este planeta. Esa es la razón. De hecho, es lo que Malaquías dice: que Dios hizo uno, ¿con cuál intención? Para que pudiera tener Dios una descendencia para Él. Si esa es tu motivación, ¡gloria a Dios! Para eso Dios creó la unión del hombre y la mujer.

Tú puedes ver hasta dónde puede llegar el egoísmo y la manera de distorsionar la ley de Dios. En la época de Jesús, en el primer siglo, había gente —judíos— que supuestamente adoraban al Dios creador, que pensaban que era mejor que los nacimientos de gentiles no se produjeran, porque habría un gentil más en la tierra. Y Dios decía: "No, yo quiero una imagen más de Dios en la tierra." Ese fue el propósito. De manera que Dios envía este mensaje para hacernos reflexionar, capacitarnos a reflexionar primero, y luego capacitarnos por medio de la morada de su Espíritu a reflejar la imagen de Dios en nosotros a otros que también son portadores de la misma imagen, de tal manera que otros puedan escuchar el mensaje de salvación y luego verlo en nuestras vidas, de manera que verdaderamente nosotros podamos mostrar el poder del Evangelio cuando hace residencia en un ser caído y lo transforma de tal manera que de repente en luz se ve como una persona completamente diferente, porque la imagen de Dios ahora está haciendo lo que estaba supuesta a hacer: amar sin condición por amor a Cristo.

¡Padre, gracias por tu mensaje! Gracias porque a través del Evangelio tú nos arraigaste, nos sembraste en la verdad. Pero luego el mundo tiene vientos, y mi egocentrismo tiene tendencias, y los vientos del mundo y mi tendencia a quererme arrancar yo mismo de donde fui plantado —o de otros, como los judaizantes que querían venir a desarraigar, a desplantar, si pudiera decirlo, a los gálatas del terreno donde tú los habías plantado—, todas esas cosas están ahí afuera. Yo nos ayuda a luchar contra ellos para la gloria tuya, la exaltación de tu Hijo, y para que se pueda decir que hay una iglesia que entiende lo que implica ser portadora de la imagen de Dios y portadora del Evangelio, y dar testimonio del poder de transformación de dicho Evangelio. Gracias por tu guardar en Cristo Jesús. Y su pueblo dice: Amén. Bendiciones.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.