Integridad y Sabiduria
Sermones

El camino a la verdadera prosperidad (parte 2)

Héctor Salcedo 11 enero, 2009

La persona verdaderamente bendecida no es quien disfruta de una vida sin problemas ni quien da rienda suelta al placer, sino quien se aleja del pecado y fundamenta su vida en la Palabra de Dios. El Salmo 1 presenta dos caminos hacia la felicidad: uno que busca satisfacción en el consejo del mundo y termina como paja que se desvanece, y otro que encuentra deleite en la ley del Señor y permanece como árbol plantado junto a corrientes de agua, estable, fructífero y siempre fresco.

Alejarse del pecado no basta para agradar a Dios. Quien simplemente no fuma, no bebe y no hace daño a nadie se queda en un moralismo vacío. Jesús lo dejó claro: el problema no es solo el acto pecaminoso, sino las actitudes del corazón. El monje que se aísla del mundo puede evitar el pleito, pero sigue siendo iracundo por dentro. La verdadera transformación ocurre cuando la Palabra de Dios llena el corazón, porque entonces el pecado se aparta naturalmente. Como escribió el salmista: "En mi corazón he atesorado tu palabra para no pecar contra ti."

Lo que distingue al bienaventurado es que su relación con la Escritura no es una disciplina forzada sino un deleite genuino. El salmista encontraba gozo en los primeros cinco libros de la Biblia porque veía a Dios a través de ellos. Para meditar más en la Palabra no se necesita más disciplina, sino más amor por ella. Y ese amor viene cuando pedimos a Dios que abra nuestros ojos para ver las maravillas de su ley.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a leer los primeros tres versículos del Salmo 1, que es donde se describe esta persona, la persona bienaventurada, porque a partir del 4 al 6 se refiere a la otra persona que no es bienaventurada, los impíos o los pecadores. Pero solo vamos a dejar fuera esa parte en el mensaje de hoy; del 1 al 3 vamos a leer: "Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche. Será como árbol plantado firmemente junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y su hoja no se marchita; en todo lo que hace, prospera."

Cuando uno lee este Salmo es evidente que hay algunas enseñanzas que rápidamente vienen a la vista. En primer lugar, la persona bienaventurada no es la persona que disfruta de condiciones óptimas en su vida, no es la persona que disfruta de cero problemas, cero dificultad, no es la persona incluso que le da rienda suelta al placer en su vida. La persona bienaventurada desde el punto de vista de Dios es una persona, primero, que se aleja y rechaza el pecado en todas sus formas en su vida, y número dos, es una persona cuya vida es dirigida por la Palabra de Dios: "en su ley medita de día y de noche". He ahí el corazón de la bendición de Dios. Dios me dice: una persona que ha decidido alejarse del pecado, pero que también ha decidido buscar en la Palabra la dirección para su vida. En esas condiciones entonces, bajo esas circunstancias, la persona es bendecida y es descrita en el mismo Salmo como un árbol plantado junto a corrientes de agua.

Esta figura nos trae a la mente la estabilidad de la que disfruta un árbol que es plantado junto a corrientes de agua. Así es la persona bienaventurada. Así es la persona que se aleja del pecado y que se aferra a la ley de Dios: es una persona estable, es una persona persistente, es una persona que permanece en el tiempo. Pero más aún, es una persona que da su fruto a su tiempo. O sea, es una persona que tiene una vida fructífera de la cual otros se alimentan, de la cual otros comen. Y más aún, es una persona cuya hoja no se marchita. Su vida está en un estado de frescura, en un estado de satisfacción, en un estado de plenitud constante, permanente, no porque no hay sequía, no porque no hay problemas —las hay—, pero aún en esas condiciones, esa hoja no se marchita, reflejando la frondosidad de una vida que se fundamenta en Dios.

Y yo diría que de eso es, en esencia, de lo que nos habla el Salmo 1: de la persona bienaventurada, las condiciones para ser bienaventurada y cuáles son las características de su bienaventuranza. Su estabilidad, su firmeza, su fructificación, su condición de frondosidad en el tiempo, independientemente de las circunstancias que la persona experimente.

Pero el Salmo también nos habla de la fórmula, por así decirlo, de la verdadera satisfacción en la vida. Y si hay algo que caracteriza a todos los seres humanos —entre paréntesis, yo estoy haciendo un recuento de la semana pasada para poder entrar, digamos, a esta semana o al versículo base del día de hoy—, el Salmo también hace un recuento de lo que es la verdadera felicidad. ¿En qué consiste la verdadera felicidad? Y si hay algo que nos caracteriza a los seres humanos, si hay una búsqueda que es común a todos nosotros, es que todos deseamos sentirnos plenos, satisfechos, felices. Esa es una aspiración, yo creo que legítima, de todo ser humano.

En lo que diferimos no es en el objeto de la búsqueda. Todos buscamos la felicidad. Decía Blaise Pascal que aún hasta los que se suicidan están en búsqueda de la felicidad; lo que pasa es que entienden que matándose llegan a un lugar mejor. Pero aún eso, los que llegan al punto de la desesperación para cometer un acto como el suicidio, están en la búsqueda de la felicidad. La diferencia, entonces, radica no en lo que buscamos, sino en la forma como lo buscamos. No todos buscamos la felicidad y la plenitud y la satisfacción de la misma manera.

Y en este Salmo se nos describen dos maneras claramente diferentes de buscar la felicidad y la plenitud en la vida. Unos la buscan por el camino del pecado, por el camino del deleite, por el camino del placer. Ese es el tipo de gente que el versículo 4 dice que son como la paja. No permanecen. Sus obras son desvanecidas, no pasan la prueba de la eternidad. Lo que hicieron aquí no pasa a la eternidad; al contrario, pasa como condenación. Pero los que buscan la felicidad y la satisfacción en la vida como Dios la define, alejándose de aquello que Dios ha definido como malo —el consejo de los impíos, el camino de los pecadores, la silla de los escarnecedores— y aferrándonos entonces a la ley de Dios, estos permanecen en el tiempo. Y se nos abre en el versículo 5 que frente al juicio habrá una asamblea de los justos, porque Dios conoce el camino de los justos, dice el texto.

Entonces, claramente, diferimos en la manera de buscar la felicidad. El mundo la busca de una manera; el creyente, el justo, la busca de otra manera. Y esa es la esencia y es parte de lo que hablamos la semana pasada.

Decíamos que estas tres condiciones —en primer lugar, no andar en el consejo de los impíos, ni caminar en el camino de los pecadores, ni sentarnos en la silla de los escarnecedores— nos ilustran una progresión en la vida de pecado. Lo primero que yo hago es que yo comienzo a oír el consejo de los impíos. Yo escucho su consejo, le presto atención a lo que el mundo tiene que decirme en todas las áreas de mi vida: en la crianza de mis hijos, en la forma de manejar mi matrimonio, en la forma de manejar mi trabajo, cómo trato a un empleado. El mundo tiene opiniones de todo lo que yo hago. Ese es el consejo de los impíos. Le presto atención, y si no tengo cuidado, prontamente estaré en el camino de los pecadores. Le presto atención al consejo, ahora estoy haciendo lo que ellos hacen, porque me dejé llevar del consejo. Pero si entonces ese hábito pecaminoso, esa forma de manejar mi vida sigue siendo un hábito en mí, un hábito pecaminoso en mí, yo eventualmente estaré en la silla de los escarnecedores. Y ya es el, digamos, el grado más extremo de oposición a la ley de Dios, donde yo vivo una vida abiertamente contraria a lo que Dios quiere y no me importa.

Hay una progresión en el pecado, y si no nos cuidamos, si prestamos oído al consejo de los impíos, eventualmente caminaremos como el pecador, y también quedaremos como aquellos que se oponen a Dios, los escarnecedores.

Ahora bien, decíamos que esa es la primera condición para el hombre bienaventurado: se aleja de todo eso. Se aleja del consejo, se aleja de la forma, del estilo de vida del mundo, el camino de los pecadores, se aleja de la silla de los escarnecedores y aquellos que se oponen a Dios. Él se aleja de todo eso. Él lo evita. Pero él no se queda ahí, porque si se quedara ahí fuera un mero moralista. ¿Cuánta gente no conocemos nosotros que sencillamente evita el pecado? No hacen lo malo. Hay una expresión típica: "Bueno, yo no fumo ni bebo ni le hago mal a nadie". Y la mayoría de la gente entiende que si está en esa condición están bien. Increíblemente, el ser humano entiende que él está bien con Dios si él ni fuma ni bebe ni le hace daño a nadie. ¡Qué bajo el estándar para yo entender que eso me da los créditos suficientes para una buena relación con Dios!

Este individuo no es un mero moralista. Él no simplemente se aparta del pecado alejándose del consejo, del camino, de la silla de los escarnecedores. No. En la ley del Señor está su deleite, y en ella medita de día y de noche. Hay algo que evitar, pero hay algo que perseguir. Para la verdadera piedad, la vida bendecida por Dios, no solamente evita lo malo, sino que persigue lo bueno, persigue lo santo, persigue a Dios.

Hay algo interesante también en esta idea de buscar en la Palabra el deleite y de que el bienaventurado tiene su deleite en la Palabra de Dios. Y es que cada persona tiene su concepto de Dios. Cristianos y no cristianos. Aún los ateos —los ateos tienen su concepto de Dios, que es un Dios inexistente—, pero tienen su concepto de Dios. Pero la mayoría de la gente, y quizás el concepto más común, entiende que cada quien se puede relacionar con Dios de la manera que lo entienda más correcta. Como que Dios no tiene protocolos, Dios no tiene instrucciones, Dios no tiene disposiciones a través de las cuales nosotros podemos acercarnos a Él. Bueno, no importa, como sea. Este Salmo nos dice que la forma de buscar a Dios no es conforme a mi propio concepto, sino deleitándome en la ley del Señor. Habla específicamente de que la piedad y la vida que Dios bendice, el único Dios verdadero bendice, es aquella que se aleja del pecado, pero que lo busca conforme a su Palabra, a su ley.

Y Juan Calvino, hablando de esto en uno de sus comentarios sobre el libro de los Salmos, nos dice lo siguiente: "El salmista no pronuncia simplemente como felices a aquellos que temen a Dios, que son muchos, sino que destaca la verdadera piedad como el estudio de la ley de Dios, enseñándonos que Dios solo es correctamente servido cuando su ley es obedecida". Y entonces ahí se enmarca quizás la verdadera piedad o la verdadera religión. El Dios verdadero me llama a alejarme del pecado, pero a seguirlo conforme a su ley.

Pero el otro error en el que incurre la gente, o las personas que creen que alejándose del pecado ya eso es suficiente para con Dios, que si se alejan de las actitudes y las vidas —más que las actitudes, de los actos pecaminosos— ya están bien con Dios, lo encontramos en Mateo 5, 6 y 7, el famoso Sermón del Monte de Jesús. Donde Jesús hace un señalamiento muy agudo a los fariseos, a los escribas, a los sacerdotes, y les dice: "Ustedes oyeron que se les dijo: No matarás. Pero yo les digo que todo aquel que se enoje contra su hermano ya es homicida". Habla del adulterio también.

Ustedes oyeron que se les dijo: "No cometerás adulterio", pero yo les digo que todo el que codicia a una mujer en su corazón ya cometió con ella adulterio. En otras palabras, el pecado para Dios no es solamente el acto de pecar, es la actitud que me conduce al acto. Entonces, ¿qué es lo que pasa? Aquellos que entienden que alejarse de los actos pecaminosos ya les da crédito frente a Dios. Mi pregunta es: ¿cómo está el corazón de esa persona?

Porque el monje que se aparta a un rincón del mundo y se aleja de la sociedad para ser santo, ¿ustedes creen que al alejarse de la gente se hace santo? Bueno, quizás me evite el pleito, quizás me evita que yo mate a uno, pero yo sigo siendo tan iracundo en el corazón como lo era cuando estaba aquí abajo. Quizás se evita que yo vea la mujer o la televisión que me tienta, pero sigo siendo tan lujurioso en el corazón como lo era antes. El problema del pecado no es solamente el acto pecaminoso, son las actitudes e inclinaciones del corazón.

Entonces sí puede ser que tú ni fumes ni bebas ni le hagas daño a nadie, pero esa no es la pregunta. La pregunta es si en tu corazón hay actitudes e inclinaciones que te hacen un ser pecador, y las tienes, porque Dios así nos define como pecadores a todos.

Entonces, esta confusión aclarada, la conclusión a que nos conduce este salmo, el Salmo 1, nos da dos condiciones. Para el hombre, la mujer bienaventurada, para que una persona sea bendecida por Dios plenamente: primero, alejarse del pecado; luego, seguir la ley de Dios. Pero en el fondo, al final, todo se concentra en ser fiel y deleitarnos en la ley de Dios, porque cuando la ley de Dios sea nuestro deleite, el pecado será apartado.

El salmista, en el Salmo 119:11, lo decía de la siguiente manera: "En mi corazón he atesorado tu palabra para no pecar contra ti". O sea que el acto de alejarme del pecado no es diferente a deleitarme en la Palabra. Si me deleito en la Palabra, me alejaré del pecado naturalmente, no me costará. Por eso es que al moralista se le hace tan difícil alejarse del pecado. Por eso es que al que quiere cambiar un hábito pecaminoso le es tan complicado cambiar ese hábito pecaminoso, sea del plano que sea: sea del plano sexual, sea del plano de la bebida, de un vicio, de una adicción, sea del plano de las actitudes de ira, de falta de paciencia. Por eso es tan difícil, porque el cambio viene del corazón. Si el cambio se da en el corazón, no hay problema: cambia la actitud, cambia el acto.

Pero, ¿quién cambia el corazón? ¿Quién cambia el corazón? La Palabra de Dios. Juan 17:17: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad". Entonces, toda esta bienaventuranza del Salmo 1 radica en aquella persona cuya vida se fundamenta en la Palabra de Dios. Y esa persona busca consejo en la Palabra de Dios para todo lo que tiene que ver con su vida, en cualquier aspecto: familiar, laboral, profesional, ciudadano. Cualquier aspecto de la vida está correctamente abordado en la Palabra, y si yo tengo el suficiente interés de buscar la voluntad de Dios para cada área de mi vida, yo voy a tener consejo para saberla vivir de una manera que agrade a Dios. Eso es en sentido general, algunas ideas generales sobre el Salmo 1.

Entremos entonces sobre lo que es el versículo 2 del salmo, que es el foco del mensaje de hoy. La semana pasada vimos lo que implicaba alejarnos del pecado. Esta semana quiero ver qué implica entonces, no solamente lo que evito, sino lo que busco: "Sino que en la ley del Señor está su deleite, y en su ley medita de día y de noche". ¿Qué implica eso en términos prácticos? ¿Qué significa?

Obviamente el versículo tiene dos partes. Una donde se nos habla de que en la ley del Señor está el deleite de esta persona bienaventurada, y dos, aquella parte que dice que medita en ella de día y de noche. La primera parte, que dice que en su ley está su deleite, nos habla de lo que esa persona siente por la revelación de Dios: siente deleite, afecto por ella. La segunda parte nos dice lo que esa persona hace con la Palabra de Dios: medita en ella. Y es natural y es lógico que una persona que se deleite en la Palabra medite en ella.

Eso no es una verdad solamente para la Palabra de Dios, es una verdad quizás universal. Aquello que ocupa tu mente es lo que te deleita o lo que te preocupa. Al final, la preocupación es como un deleite negativo, porque es lo que te deja pensando, pensando, pensando. La ansiedad sobre un problema, una circunstancia difícil. Pero lo que ocupa tu mente es lo que te apasiona, positiva o negativamente.

Obviamente la persona que se deleita en la ley del Señor va a meditar en ella de manera natural. Lo mucho que yo medito en la Palabra de manera natural indica que el deleite está, mi deleite está. Y si yo medito muy poco, si la meditación en mi vida sobre la Palabra y sobre Dios es escasa, entonces me está hablando de que me falta disciplina personal para meditar más, o me falta amor por la Palabra para deleitarme en ella y meditar.

Salmo 119, versículo 97: "¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación". Si la amamos, meditamos en ella. Y a veces, cuando yo he tenido que hablar de las disciplinas espirituales, no sé si ustedes han oído el término, se refieren al estudio de la Palabra, a la comunión y oración con Dios. Muchos autores se han referido a estas prácticas, estos hábitos saludables, buenos, de estudiar la Palabra y tener comunión con Dios, como disciplinas espirituales.

Para mí particularmente no me gusta ese término de disciplinas espirituales, porque nos dice como que relacionarnos con Dios a través de su Palabra y a través de la comunión y la oración tiene más que ver con un acto de mi voluntad que de mi corazón. Yo tengo que obligarme más que lo que deseo. Y bíblicamente no es así que luce. Bíblicamente, el irme a la Palabra de Dios es más un deleite. El estar en la presencia de Dios orándole es más un deleite que una obligación.

Obviamente no quiero descartar lo valioso que es la disciplina personal en estas áreas. O sea, eso es parte de lo que Pablo le dice a Timoteo, y Pablo le escribe a varias iglesias, que nos entrenemos para la piedad, que seamos diligentes en el estudio de la Palabra. Segunda de Pedro nos dice que deseemos como niños infantes la leche espiritual, que es la Palabra de Dios. La disciplina tiene un espacio, pero cuando lo que primordialmente me lleva en mi vida devocional a tener oración y a tener estudio de la Palabra es la voluntad y no el amor, hay un problema con mi corazón. No tengo afecto por las cosas de Dios, no tengo aprecio por las cosas de Dios.

El salmista decía: el bienaventurado es aquel que tiene un deleite en la ley de Dios. Y por eso a mí me gusta hablar más que de disciplinas espirituales, me gusta hablar de los deleites espirituales: el deleite del estudio de la Palabra, el deleite de la comunión con Dios. Es un deleite, bíblicamente hablando.

Y muchas veces ese deleite va a requerir que seamos disciplinados, porque nuestra humanidad y nuestra debilidad... Aun los mayores santos han tenido momentos de depresión espiritual. Salmo 42, Salmo 103 nos hablan de eso: "Bendice, alma mía, al Señor, y no te olvides de ninguno de sus beneficios". Es el salmista hablando a su alma, porque su alma aparentemente se había olvidado de lo grande que es Dios. Nos habla de la depresión espiritual en la que muchas veces el bienaventurado entró.

Entonces, ciertamente, aunque debemos perseguir un deleite en nuestra comunión y estudio de la Palabra, no es menos cierto que muchas veces vamos a carecer del mismo por nuestras debilidades, por nuestras imperfecciones. Eso no nos debe frustrar ni nos debe hacer sentir tan culpables; es parte de la realidad humana.

Yo me pregunto: ¿qué te atrae a ti a tu momento devocional? ¿Te atrae la satisfacción y el deleite de encontrarte con Dios, o te atrae más la culpa y la responsabilidad como cristiano de estudiar la Palabra? ¿Qué te atrae? Yo creo que es un buen signo de dónde está nuestro corazón y dónde está nuestro deleite.

Ahora, ¿qué sucede cuando tú no te deleitas en la ley del Señor? Tú te vas a deleitar en otra cosa, porque nosotros somos seres que siempre tenemos afectos, y eso es lo que conduce nuestra vida. ¿En qué nos deleitamos? Si no me deleito en Dios, me deleito en otra cosa, pero hay un deleite. No hay un ser humano totalmente insípido.

Bueno, Buda dijo que la salvación o la iluminación llega cuando el ser humano es capaz de desprenderse de sus deseos. Buda observó el mundo y dijo: "Hay demasiado sufrimiento. Pero la gente sufre porque no tiene lo que desea. El problema es que deseamos demasiado". Y Buda llegó a la conclusión de que la iluminación llega cuando yo no tengo afecto por nada. "Se me murió mi mamá, bueno, no tengo afecto por nada", literalmente. Buda llegó a abandonar a su esposa y su hijo para buscar la iluminación. Los dejó en la India y él se fue a China. Se desprendió de todos sus afectos. Claro, no sufría, pero tampoco se emocionaba. Insípido, totalmente insípido.

Pero el ser humano en general es un individuo lleno de pasiones, deleites y afectos. Y cuando la Palabra de Dios no llena tu corazón, lo va a llenar otra cosa. Spurgeon lo decía de esta manera: "Si no llenas la medida con trigo, el enemigo la llenará con paja. Si el río no fluye con agua fresca, pronto correrá con moho pestilente". Ocúpate de tener algo que valga la pena en lo cual deleitarse. Ocúpate de que tu deleite sea algo que valga la pena.

A veces, cuando yo veo las pasiones y los afectos de esta generación, pregunto: ¿cuál es tu deleite? "La música". ¿Por qué? ¿Cuál es el objetivo de que tu deleite sea la música? ¿Para dónde tú vas? ¿Tú eres músico? "No, pero mi pasión es la música". ¿Cuál es tu deleite? "El baile". Un día he pasado esta olla leyendo el perfil de alguien: "Tus personajes favoritos: Chapulín Colorado y Jesucristo". Pérate, pérate. Esta persona ha perdido el sentido de apreciación y de poner cada cosa en su lugar. ¿Chapulín Colorado y Jesucristo son los dos personajes favoritos?

Hay algo insípido en esta generación. Muchas veces no nos estremecen el corazón las cosas de Dios, las cosas profundas. Estamos más bien buscando cosas superficiales que nos relajen, que nos hagan sentir cómodos, que nos tranquilicen, pero no cosas que nos estremezcan. La palabra de Dios nos estremece cuando podemos apreciarla como realmente es. "En tu palabra está mi deleite", decía el salmista. Y ojo, en el momento que se escribe el Salmo 1, lo único que existía eran los cinco primeros libros de la Biblia.

O sea que lo que el salmista está diciendo es: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio. ¿Cuántos de aquí han leído Levítico? ¿Números? ¿Qué es lo que el salmista veía que nosotros no vemos? Porque sus afectos estaban encendidos con estos libros, porque él veía a Dios a través del libro. Él veía a Dios a través del libro, a Dios actuar. A Dios en Números, Dios contando su pueblo. En Levítico, él veía a Dios construyendo su tabernáculo, a Dios ordenando todas las disposiciones de su sacerdocio, de su liturgia. Él veía a Dios a través de la ley. Claro, tú lees y te dices: "Yo te veo a ti a través de ella, te veo a ti, veo tu santidad, tu perfección, veo tu grandeza".

Génesis 1:1. ¿Cuántas veces no hemos leído ese pasaje? Génesis 1:1: "En el principio creó Dios los cielos y la tierra". ¿Y qué seguimos? ¿No te paras ahí? ¿Por qué un versículo que diga "en el principio creó Dios los cielos y la tierra", versículo que nos habla del poder de Dios, a veces no lo vemos, no nos estremece el corazón? Pasamos, seguimos de largo. Con estos primeros cinco libros de la Biblia, el salmista quedaba extasiado con la palabra de Dios.

El Salmo 119, les exhorto que lo lean completo para que ustedes se den cuenta lo que es un canto a la palabra de Dios. Completo. Yo traje solamente un extracto de algunos versículos, son más de 150 versículos. Un extracto del Salmo 119 de lo que la palabra significaba para el salmista. Versículo 14: "Me he gozado en el camino de tus testimonios más que en todas las riquezas". Esta generación necesita oír eso. La iglesia cristiana necesita oír eso, que me gozo más en tu palabra que en la riqueza. Versículo 16: "Me deleitaré en tus estatutos y no olvidaré tu palabra". Versículo 24: "También tus testimonios son mi deleite, ellos son mis consejeros". Versículo 35: "Hazme andar por la senda de tus mandamientos porque en ella me deleito". Versículo 47: "Y me deleitaré en tus mandamientos, los cuales amo". Versículo 70: "Su corazón está cubierto de grasa", hablando del pecado, "pero yo me deleito en tu ley". El 97, uno de mis preferidos: "¡Cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación". Versículo 103: "¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras, más que la miel a mi boca!". Versículo 131: "Abrí mi boca y suspiré porque anhelaba tus mandamientos". Versículo 143: "Angustia y aflicción han venido sobre mí, pero tus mandamientos son mi deleite". Y sigue, y sigue, y sigue, y sigue.

¿Qué afecto, qué amor, qué era lo que él veía que yo no veo? De hecho, él le pidió a Dios en el mismo Salmo 119 que le dé nuevos ojos para ver su ley. Lo dice de la manera siguiente, Salmo 119:18: "Abre mis ojos para que vea las maravillas de tu ley". Hay maravillas que nosotros no estamos percibiendo por diversas razones, pero no nos deleitamos en la ley de Dios, no nos damos cuenta de su majestad, de su grandeza, de su perfección, no nos damos cuenta de su infalibilidad, no nos damos cuenta de su inerrancia, de su exactitud, de su gracia expresada a través de las palabras: la historia de creación, redención y victoria de un pueblo redimido por Dios. Esto es la Biblia. Y él le pedía a Dios, y Dios respondió esta oración al salmista.

En el Salmo 19, no 119, el salmista da como un resumen del 119. Y oigan lo que el salmista escribe acerca una vez más de la ley de Dios: "La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma. El testimonio del Señor es seguro, que hace sabio al sencillo. Los preceptos del Señor son rectos, que alegran el corazón. El mandamiento del Señor es puro, que alumbra los ojos. El temor del Señor es limpio, que permanece para siempre. Los juicios del Señor son verdaderos, todos ellos justos. Deseables más que el oro, sí, más que mucho oro fino, más dulces que la miel y que el destilar del panal". Este hombre vio las maravillas de la ley de Dios. En esos primeros cinco libros de la Biblia él vio perfección, restauración, seguridad, sabiduría, rectitud, limpieza. Vio en los primeros cinco libros de la Biblia.

Entonces yo creo que la oración se extiende a nosotros y debería extenderse a nuestro Señor: "Abre nuestros ojos para que veamos las maravillas de tu ley, y que yo pueda entender lo que tú has revelado a través de ella, que yo pueda entender que si yo he de ser santo y si yo he de cambiar mi vida, no es a través de ningún otro mecanismo que no sea tu palabra". El dominio propio ayuda, el dominio propio ayuda, pero la convicción que me sostiene detrás de la tentación es la palabra, no tanto el dominio propio. Es el temor de Dios basado en su palabra que me sostiene a través de las dificultades de la vida.

Entonces, este hombre tenía una condición y una relación con la palabra que yo aspiro y que yo deseo tener también. Lo grande es que en esta primera parte del versículo 2 del Salmo 1, "en la ley del Señor está mi deleite", también nos contrasta con una aparente contradicción desde el punto de vista del mundo. El mundo entiende que seguir a Dios, pedir a Dios, el mundo entiende que la palabra de Dios es todo menos deleite. Es restricción, es coartar la libertad, es una camisa de fuerza, es una visión cerrada de la vida. Pero el salmista lo define como un deleite. ¿Quién tiene la verdad? La verdad la tiene obviamente la palabra de Dios.

Verdaderamente hay gozo en seguir a Dios. ¿Y no dijo Jesús que esto es una cruz? ¿Y no dijo Jesús que esto es una muerte al yo? "El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y sígame". Eso tiene que doler, eso tiene que producir tristeza. Lo paradójico es que el salmista dice: "El gozo del Señor es mi fortaleza". En el proceso de la muerte al yo no nos pasa como Buda, que se nos van los afectos, pero Dios cambia los afectos. Me cambia el afecto de lo que era del mundo a lo que es de Dios, y ahora lo de Dios me entusiasma. Y ahora dejar de ser así porque a Dios le ha agradado me produce gozo, aunque es una muerte al yo, pero es una cosa extraña.

Y cuando uno explica eso es una necedad para el mundo: "No, es una hipocresía usted". Dios cambia el afecto. Antes yo deseaba aquello, ahora deseo esto. No me da trabajo ser santo, me apasiona ser santo. Y alguien decía, yo he dicho esa expresión varias veces, pero a mí se me quedó marcada en la mente cada vez que la leo: todo lo que hace un hombre santo lo hace feliz. La santidad definida por el Salmo 1, alejarme del pecado y aferrarme a la ley de Dios, la santidad es el camino a la verdadera plenitud de la vida.

John Piper tiene 30 años predicando eso. 30 años el ministerio de John Piper, Desiring God (Deseando a Dios), tiene un eslogan que dice: "Dios es más glorificado en nosotros cuanto más satisfechos estamos en Él". John Piper dice, y no es una idea de John Piper, es una idea bíblica, que Dios no es glorificado cuando la criatura, nosotros, obedecemos obligados. Dios es glorificado cuando la criatura obedece gozosamente.

Esa es la esencia del mensaje de ellos, y yo lo plasmé de esta manera: el amor por Dios no se trata entonces de una renuncia del deleite. El amor por Dios no es una renuncia del deleite, seguir a Dios no es una renuncia del deleite, sino que es la búsqueda del deleite en lugares y situaciones que el mundo no conoce. O sea, es una búsqueda del deleite de una manera totalmente diferente a como el mundo la conoce, pero que al final el deleite del mundo no es deleite en nada. Es efímero, es temporal, es superficial, no estremece el corazón de nadie.

Cuando yo tengo esta relación con la palabra, hermanos, el resultado natural es que yo medito en ella de día y de noche. Claro, tu palabra es mi deleite, tu ley es mi deleite, tu voluntad expresada en tu palabra es lo que amo, quiero hacer eso. Ahora yo medito en ella. Entonces, para meditar más en la palabra yo no necesito más disciplina, necesito más amor por la palabra. Y como yo tengo eso, como yo me pongo en una condición en la que yo tenga afecto, amor... Porque yo no creo un afecto. A veces cuando hay este tipo de mandatos en la palabra, ¿cuál es el primer mandamiento? "Amarás al Señor tu Dios sobre todo tu corazón". Y uno se pregunta: "¿Pero cómo yo puedo generar, crear amor en mi corazón? Eso es una cosa que surge, no es una cosa que yo creo". Claro, hay que entender que aquel que ama a Dios de esa manera es porque el Espíritu de Dios lo ha regenerado y le ha dado un afecto por Dios. Ahora yo puedo cumplir el primer mandamiento.

¿Cómo me deleito en la palabra? Bueno, Dios puede darnos eso. Dios puede darnos un deleite por su palabra, y puede haber varias razones por las que yo no tenga ese deleite. La primera razón, la más, quizás una de las más comunes, aunque mucha gente no lo crea así, es que quizás yo no soy creyente. Quizás yo no soy un cristiano genuino, yo no he recibido el Espíritu de Dios en mi corazón, y por lo tanto yo estoy leyendo correspondencia ajena. Y no lo entiendo, porque me están hablando aquí de una salvación, una redención, una justificación, un amor por mí. ¿Qué es eso? Yo no entiendo eso. Claro, no lo puedo entender. Literalmente es lo que dice la palabra. Miren, lo dice de esta manera, 1 Corintios 2:14: "Porque el hombre natural no acepta las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad, y no las puede entender, porque se disciernen espiritualmente". ¡Qué clarito es! El hombre natural, que no tiene el Espíritu de Dios, no puede entender la palabra. Punto.

Hay algunas cosas, porque la palabra no es ilógica. Hay algunas cosas que son ilógicas, pero bíblicas. O sea, ilógico, por ejemplo, que un ser absolutamente suficiente en sí mismo haya muerto en una cruz por gente que no lo estaba buscando. Eso es ilógico, pero eso es lo que dice la palabra. Eso es lo que dice aquí: para él son locura. ¿Qué es esto? Él no las puede entender.

Si esa es la condición de algunos que están aquí, la solución es sencilla, entre comillas: arrepentimiento y venir delante de Dios y decirle: "Señor, yo no te conozco realmente. Yo he ido a la iglesia por tradición, por costumbre. Yo creo que es importante ir a la iglesia, pero esta no es el afecto principal de mi corazón. Yo voy porque mi esposo va, porque mi esposa va, porque mi hijo quiere ir. Yo creo que la sociedad está tan dañada que es mejor estar en una comunidad como esta, pero tú no eres mi Señor." Y si esa es mi condición, yo leo la Biblia y yo no entiendo. Esa es la primera razón.

La segunda razón posible es que, si soy creyente, es posible incluso que no la aprecie y no tenga afecto por la palabra porque primero no veo sus maravillas. No veo sus maravillas, como el salmista las veía. ¿Y por qué no veo las maravillas de la palabra si yo tengo el Espíritu de Dios en mi corazón? Bueno, porque Dios espera que yo le pida que me dé entendimiento por su palabra. Tú estás haciendo esa cara que pone uno como que la gente que no entiende, y por qué explica una cosa. ¿Por qué yo tengo que pedir a Dios que me dé entendimiento para su palabra si se supone que él quiere que yo entienda su palabra?

Bueno, lo que pasa es lo siguiente. ¿Por qué tú oras? Tú oras por lo que para ti es importante, ¿verdad? Bueno, cuando tú vas donde Dios y le pides que te dé entendimiento por su palabra, ahora Dios dice: "¡Ahí te quiero, valorando mi palabra, orando porque te dé entendimiento de mi palabra!" Ahora sí te voy a dar entendimiento. Salomón, en la bendición de Dios, le pidió sabiduría para gobernar a su pueblo. Pero, ¿no se supone que, como por default, Dios lo debió llenar de sabiduría cuando lo escogió como rey? No, pero cuando Salomón lo pidió, expresó el afecto de su corazón, el deseo de su corazón: "Dame sabiduría." Y Dios ahora fue que le dio sabiduría con gusto.

Entonces, yo no tengo entendimiento, pidámosle entendimiento a Dios, que él se dé cuenta que yo valoro el entendimiento, que lo deseo, que lo quiero, que lo persigo. Pero preferimos a veces permanecer en una penumbra, en una lectura superficial de la Biblia, y leemos cuatro páginas diarias según el plan diario, las pasamos, y ya, leímos la Biblia, cumplimos. No, hay todo un tesoro de sabiduría y de dirección que estamos desperdiciando.

El salmista oró por esto. Esto no es algo que yo me inventé. Salmo 119:12: "Bendito tú, oh Señor, enséñame tus estatutos." Versículo 27: "Hazme entender el camino de tus preceptos y meditaré en tus maravillas." Y este me gusta mucho, el 34: "Dame entendimiento para que guarde tu ley y la cumpla de todo corazón." Se dan cuenta que es algo que hay que pedir. Es algo que carecemos muchas veces: entendimiento, iluminación. ¿Por qué? Porque no ponemos atención a la palabra de Dios.

En el Nuevo Testamento pasó en diversas ocasiones que Cristo tuvo que darle, y Dios tuvo que darle, entendimiento a los discípulos para que entendieran ciertas cosas. Jesús hablaba en parábolas. Le dijeron: "Señor, ¿y por qué todo más en parábola si nadie te entiende?" Mateo 13:13. "Bueno, yo lo hago así para que no entiendan." ¿Y cómo es eso? Había un grupo que Cristo no quería que entendieran, pero les dijo: "Pero vengan, que yo a ustedes les voy a explicar." ¿Por qué? Porque ustedes sí quieren entender. El que quiere entender la palabra busca el entendimiento y lo pide a Dios.

Número dos. En Mateo 16, versículo 17: "¿Quién dicen los hombres que soy yo?" Jesús les pregunta a sus discípulos. "Bueno, uno dice que el que vino de nuevo, y otro Elías, otro Juan el Bautista." "¿Y por ti, quién dices que yo soy?" "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente," responde Pedro. "Pedro, bienaventurado eres, porque esto no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos." Dios le iluminó el entendimiento a Pedro.

Entonces, necesitamos ser iluminados con entendimiento para entender lo que Dios quiere, lo que Dios dispone en su palabra. Como ya dije hace un momentito, también necesitamos pedir que Dios abra nuestros ojos para ver las maravillas de su ley. Señor, nosotros no necesitamos más información. No necesitamos una nueva revelación. Más doctrinas que sean reveladas por otra... no. Necesitamos entender la que ya tenemos, y créanme, la que ya tenemos es suficiente para morirnos y habrá cosas que no habremos entendido. Necesitamos nuevos ojos para ver la palabra de Dios como verdaderamente valiosa e importante.

Es lo que significa deleite en el original: algo valioso, algo que es importante para mí. Yo me acerco a la palabra con el entendimiento de que la salvación está en ella, de que hay vida en la palabra, como dice uno de los evangelios, que cuando Cristo hablaba había vida en sus palabras. Si eso es lo que yo voy a buscar a la palabra de Dios, yo lo voy a encontrar. Pero además de eso, Juan 17:17 nos dice que si nosotros vamos a cambiar, a mejorar nuestra relación con Dios, de alguna manera va a ser a través de la palabra de Dios. "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad."

Entonces, cuando yo voy a la Biblia, yo tengo que preguntarle a la Biblia inductivamente, como dicen en el método de preguntarle a la Biblia: ¿Qué dice? ¿Qué hay aquí? ¿Qué promesa hay? ¿Qué verdad contiene? ¿Qué pecado me dice este texto que debo evitar? ¿Qué falsa señal se debe corregir? Esta promesa que me prometen aquí, ¿es para mí o está condicionada a otras condiciones? Eso es preguntarle a la Biblia inductivamente.

Como leímos en el Salmo 1, tenemos dos domingos leyendo el Salmo 1, los primeros tres versículos. "Bienaventurado ese hombre." ¿Qué es bienaventurado? ¿Qué significa que no anda en el consejo de los impíos? ¿Quién es el impío? ¿Cuál es su consejo? ¿Y los escarnecedores quiénes son? Ah, los que se burlan, los que se oponen a Dios. Ah, ok. Y además, ¿qué tiene que hacer además de alejarse de esa gente, de esos hábitos? Tiene que apreciar la palabra de Dios el bienaventurado. ¿Tú quieres ser bienaventurado? Aférrate a la palabra. Cuando eso suceda, serás como árbol plantado junto a corrientes de agua. Inductivamente, de tres versículos extraemos, exprimimos el jugo.

El mandato al creyente, hermanos, con respecto a la palabra no ha sido "lean las escrituras." ¿Cuál ha sido el mandato? Escudriñen las escrituras. El que la lee y no escudriña no está obedeciendo. Eso es así. Entonces, cuando nos vamos a la palabra, en el original escudriñar significa excavar como buscando un tesoro. Pablo dice en muchas de sus cartas que el misterio que estaba escondido desde los siglos antiguos ha sido revelado, y que era Cristo, en el cual están todas las sabidurías, está concentrado en Cristo. O sea, una revelación Dios nos ha sacado. Y cuando nos vamos al Viejo Testamento a entender el Viejo Testamento por lo que ya sabemos del Nuevo, encontramos tanta verdad ya.

Lamentablemente, la iglesia primitiva leía Génesis y nunca había oído Génesis 3:15, la promesa del Mesías. Quizás nunca, no sé si un iluminado lo vio, pero quizás no lo vieron nunca. Quizás no vieron en el ejemplo de José un tipo de Cristo: aquel que fue, que bajó de su estado de privilegio en su casa, se fue, cayó preso, pasó el sufrimiento y luego fue levantado a la gloria. De Jesús, un tipo de Cristo. Había gente que no podía haber visto ese tipo porque Cristo no había sido revelado. Hay tesoros en la palabra que nosotros no encontramos a menos que la escudriñemos.

¿Y por qué Dios lo hace de esa manera? Yo creo que hay una razón muy sencilla de por qué Dios escondió estas verdades en su palabra y no están claras. Si la Biblia fuera un manual: "Cuando te sientas airado, número uno, perdona al que te ofendió. Número dos, dile tales palabras. Número tres, un abrazo. Número cuatro, vete de la casa." Si fuera así, la gente se leyera el manual y dijera: "Ya, leérmelo, eso es todo." Dios escondió sus verdades para que nos rete a buscarlas, a escudriñarlas. Qué interesante se hace el trabajo de escudriñar cuando sabemos que vamos a encontrar tesoros. Ese es el mandato: escudriñen las escrituras, escudriñen las escrituras. No leerlas, no pasarle por encima, escudriñarlas.

Tenemos que leer, tenemos que orar por eso, porque Dios nos dé un afecto especial por su palabra. Para que así podamos decir como el salmista: "Tu deleite," o "mi deleite es en la ley del Señor." Ese es el hombre, la mujer bienaventurada. "Lámpara es a mis pies tu palabra y luz para mi camino." ¡Cuánta confusión! ¡Cuántas falsedades hay hoy en día andando por ahí! Si tuviésemos conocimiento de la palabra, no hubiesen tales falsedades.

Ayer yo leía el comentario de Calvino, de Juan Calvino, acerca del libro de los Salmos. El comentario de Juan Calvino del libro de los Salmos tiene mil páginas. Y yo me preguntaba: pero ¿cómo es posible que esta gente, sin computadora, sin internet, sin comentarios? Porque era... Calvino sabía griego, sabía latín, sabía hebreo. ¿Quién le había dado eso? Bueno, Dios, por el hombre, trabajo. Y yo le comentaba a Charvel ayer, a mi esposa, que cuando Dios produce la Reforma en el año 1517 y sale la Biblia un poco más adelante impresa por primera vez —el primer libro impreso en la historia del ser humano fue la Biblia— y sale impresa, Dios entonces capacitó una serie de hombres a lo largo de Europa y también en otros lugares que tenían la habilidad y la capacidad para exprimir la palabra a un punto que uno se queda como abrumado. ¿Cómo este tipo escribió mil páginas del libro de los Salmos? Y leerlo da gusto. Da gusto, no hay desperdicio. Había que haber dicho lo que él dijo.

Por más adelante viene la otra generación de los avivamientos en Estados Unidos, Inglaterra, con Spurgeon y Jonathan Edwards y esta gente. Entonces, sumo conocimiento. Cuando uno reúne toda la obra de Spurgeon y de Jonathan Edwards, o de Spurgeon, ciento ochenta volúmenes de trabajo sin una computadora. Escudriñar las Escrituras, porque en ella está la vida, nuestra vida.

Que en satisfechas mi de ley te esté y yo seré entonces bienaventurado.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.