IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El pueblo de Israel acababa de experimentar una victoria militar concedida por Dios frente al rey de Arad. Era un momento propicio para la gratitud y el regocijo. Sin embargo, cuando el camino hacia la tierra prometida los obligó a rodear la tierra de Edón, la impaciencia los venció. Se quejaron contra Dios y contra Moisés, llamaron "miserable" al maná que los había alimentado fielmente durante décadas, y añoraron Egipto como si la esclavitud hubiera sido preferible. Esta era ya la séptima queja registrada en el libro de Números, evidencia de un mal arraigado en el corazón humano: la desconfianza en los caminos de Dios y la incapacidad de ver su provisión.
La respuesta divina fue inmediata y severa. Serpientes venenosas invadieron el campamento, y muchos murieron. El pueblo reconoció su pecado, pidió intercesión, y Dios respondió con una solución paradójica: no quitó las serpientes, sino que ordenó a Moisés fabricar una serpiente de bronce y levantarla sobre un asta. Todo mordido que la mirara viviría. No había ritual, ni esfuerzo, ni intermediario. Solo una mirada confiada bastaba para recibir sanidad inmediata y completa.
Esta imagen encuentra su cumplimiento en las palabras de Jesús a Nicodemo: "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que en él cree tenga vida eterna." Cristo es la serpiente levantada. Todos hemos sido mordidos por el pecado, y la prescripción divina sigue siendo la misma: mira y vivirás. Nadie puede mirar por otro; es un acto personal de fe. La salvación no depende de nuestro desempeño, sino enteramente del poder y la gracia de Dios manifestados en la cruz.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, pues buen día, hermanos. El Señor sea con nosotros en esta tarde. Yo quisiera hablarles de plano, contarles o exponerles el título que le he colocado al mensaje de hoy. Es un título que yo creo que recoge bastante bien la idea del mensaje, y lo van a ver al final: "Una mirada que salva", basado en el pasaje de Números 21, del versículo 4 al 9.
Antes de entrar en materia, de entrar en el texto que nos corresponde estudiar en el día de hoy, quisiera introducir el pasaje y las verdades que vamos a compartir con algunas ideas. Ustedes seguramente han escuchado que se dice que uno aprende más del ejemplo que del discurso. Se dice que se aprende más de las acciones que de las palabras. Incluso aún los malos ejemplos son instructivos para nosotros, porque indican con claridad el camino que no es el camino que no debemos tomar.
Y precisamente eso es lo que hace el apóstol Pablo en la carta a los corintios, en su capítulo 10, cuando comenta algo con respecto al pueblo de Israel y a su travesía por el desierto. Todos conocemos que pasaron 40 años en el desierto, y Pablo les comenta a los corintios lo siguiente, en el capítulo 10, versículos 5 en adelante: "Sin embargo, Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, y por eso quedaron tendidos en el desierto."
Escuchen ahora: "Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros, a fin de que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron. No sean, pues, idólatras como fueron algunos de ellos, ni forniquemos como algunos de ellos fornicaron, y en un día cayeron veintitrés mil. Ni provoquemos al Señor como algunos de ellos lo provocaron y fueron destruidos por las serpientes, ni murmuréis como algunos de ellos murmuraron y fueron destruidos por el destructor."
Vuelve a decir Pablo: "Estas cosas les sucedieron como ejemplo, y fueron escritas para enseñanza nuestra, para quienes ha llegado el fin de los siglos. Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga."
¿Se dan cuenta cómo Pablo indica que las cosas que le sucedieron al pueblo de Israel por su travesía en el desierto, en dos ocasiones en este pasaje, dice que fueron escritas como ejemplo para nosotros, para que aprendamos de su mal ejemplo y que no caigamos en las mismas cosas en que ellos cayeron? Precisamente en el día de hoy lo quisiera estudiar y profundizar en uno de esos incidentes, en esas cosas que les sucedieron en el desierto, y que entonces traigamos esas enseñanzas a nuestras vidas.
De hecho, el incidente que vamos a estudiar en el día de hoy Pablo lo comenta en su pasaje a los corintios. Leamos entonces Números 21:4-9 para que veamos de qué se trata el incidente que quiero que estudiemos hoy. Nos dice el texto: "Partieron del monte Or por el camino del Mar Rojo para rodear la tierra de Edón, y el pueblo se impacientó por causa del viaje. Y el pueblo habló contra Dios y Moisés: '¿Por qué nos ha sacado de Egipto para morir en el desierto? Pues no hay comida ni agua, y detestamos este alimento tan miserable.' Y el Señor envió serpientes abrasadoras entre el pueblo, y mordieron al pueblo, y mucha gente de Israel murió. Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: 'Hemos pecado porque hemos hablado contra el Señor y contra ti. Intercede con el Señor para que quite las serpientes de entre nosotros.' Y Moisés intercedió por el pueblo. Y el Señor dijo a Moisés: 'Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un asta, y acontecerá que cuando todo el que sea mordido la mire, vivirá.' Y Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre el asta, y sucedía que cuando una serpiente mordía a alguien y este miraba a la serpiente de bronce, vivía."
Ese es el incidente que yo quisiera que estudiáramos en el día de hoy. ¿Se pudieron haber fijado, se fijaron que en Corintios Pablo le dice en su capítulo 10, en uno de los versículos que leímos, que en un momento dado el pueblo de Israel provocó al Señor y el Señor envió serpientes al pueblo, una plaga de serpientes al pueblo?
Pero inmediatamente antes, o sea, justamente antes de esto que pasa aquí, el pueblo de Israel estaba disfrutando de un buen momento. Si leemos los versículos anteriores —o sea, leímos del cuatro en adelante, pero si leemos del uno al tres— oigan lo que estaba ocurriendo, lo que estaba viviendo el pueblo de Israel en ese momento: "Cuando el cananeo, el rey de Arad, que habitaba en el Néguev, oyó que Israel subía por el camino de Atarim, peleó contra Israel y le tomó algunos prisioneros. Entonces Israel hizo un voto al Señor y dijo: 'Si en verdad entregas a este pueblo en mis manos, yo destruiré por completo sus ciudades.' Y oyó el Señor la voz de Israel y les entregó a los cananeos, e Israel los destruyó por completo a ellos y a sus ciudades. Por eso se llamó aquel lugar Horma."
¿Se percataron? Israel acaba de disfrutar una victoria en respuesta a su voto al Señor. Ellos le hacen un voto al Señor y le piden que les conceda la victoria. Ellos sabían que su victoria estaba en el Señor, no en su fuerza, no en su poderío. De hecho, ellos eran un pueblo nómada que iba por la región, por las tierras de Canaán, conquistando pueblos que estaban establecidos. Pero este pueblo nómada, en muchas ocasiones sufriendo algunos padecimientos, conquistó muchísimos pueblos, y en este caso ellos hacen un voto al Señor, el Señor les concede la victoria.
Por lo tanto, yo diría: bueno, era un buen momento, era un momento de regocijo nacional. Ante una situación difícil, ellos claman a su Dios, Dios les responde según su petición. La ocasión era propicia para alabar a Dios, para agradecerle, para sentirse en deuda con Dios. Esto era lo normal, es lo que esperaba cualquiera que estuviese en ese momento, en esa ocasión. Pero de manera sorprendente —chocante, yo diría— lo que leemos es todo lo contrario.
Luego de su victoria, ellos entran en una queja e impaciencia, y se quejan contra Dios y contra Moisés. Lo leímos, ¿verdad? Se quejan contra el alimento detestable que ellos recibían de parte de Dios todos los días, que era el famoso alimento conocido como maná. Nos dicen entonces que el pueblo de Israel se sintió impaciente, habló contra Dios y Moisés, y expresaron un lamento de por qué los habían sacado de Egipto, un lamento de que no había comida ni agua —lo cual era una mentira clara, porque ellos habían sido alimentados y provistos de agua hasta ese momento— y expresan que detestan el alimento que Dios les había provisto.
Una de las razones por la que el libro de Números es tan importante y tan relevante para los creyentes es porque sus relatos se parecen mucho a nuestras vidas. El pueblo de Israel se encuentra en un momento de su vida que se parece mucho al momento en el que nosotros nos encontramos los creyentes. Ellos habían sido liberados de Egipto, pero todavía no llegan a donde debían llegar, a la famosa y esperada tierra prometida. Ellos están en ese intervalo, rumbo a la tierra prometida. Mientras tanto, Dios había indicado que los había colocado en el desierto porque Él quería hacer una obra en ellos. Él les dice literalmente en Deuteronomio 8:2: "Yo te saqué al desierto para humillarte, para probarte y para ver lo que había en tu corazón."
Y ahí estamos nosotros. Nosotros estamos en un tránsito, habiendo sido liberados del pecado, camino a nuestra tierra prometida —por así decirlo—, donde disfrutaremos del reposo eterno. Pero mientras tanto, Dios nos tiene aquí, humillándonos, probándonos y exponiendo lo que hay en nuestro corazón, con el propósito de forjar la imagen de Cristo en nosotros. Entonces los relatos del pueblo de Israel, que está en esa travesía, se parecen a las experiencias que nosotros tenemos en nuestras propias vidas.
Increíblemente, como usualmente pasa también con nosotros, luego de la victoria reciente frente al rey de Arad que acabamos de leer, ellos caen en un desánimo, en una impaciencia, en una inconformidad, en una murmuración contra Dios mismo. Ellos tenían en este caso, dice el texto, que pasar por Edón. Pero si se percataron, dijimos que tuvieron que irse por el camino del Mar Rojo para rodear la tierra de Edón. ¿Qué fue lo que pasó ahí? Bueno, ellos iban a su tierra prometida y tenían que pasar por Edón, que era un pueblo conocido en ese momento, pero para evitar pasar por ahí y evitar un conflicto con el pueblo de Edón —porque ya habían perdido el permiso; al rey le dijeron: "No, no pasen por aquí; si pasan por aquí los voy a atacar"— entonces Moisés y el liderazgo del pueblo decide rodear la tierra de Edón para evitar la guerra.
Y este pueblo entonces, que está siguiendo a Moisés y al liderazgo, se impacienta. Y yo diría que humanamente lo podemos entender, ¿por qué? Porque ellos tienen ya 38 años en el desierto, están casi llegando, y casi llegando les dicen: "No, tienes que desviarte." En serio, ¿a caminar más de lo que hemos caminado? Claro, esta no es la generación que salió de Egipto; la generación que salió de Egipto ya casi toda murió en el desierto. Estos son los hijos de los que salieron de Egipto, pero ya están impacientes, están ansiosos por llegar, quieren que las cosas que Dios les ha dicho, les ha prometido, se den en sus vidas. Y cualquier coincidencia con nosotros, ¿verdad? Nosotros queremos que las cosas se den, queremos tener las cosas que entendemos que merecemos o que se nos han prometido o se nos han dicho, y nos impacientamos en el camino y cuestionamos estas vueltas de Dios en nuestras vidas que no entendemos.
"Pero si Dios nos acaba de conceder la victoria sobre el rey de Arad, ¿por qué no nos concede la victoria con los de Edón también? ¿Por qué tenemos que bordear a Edón y no podemos vencerlos a ellos también?" Y Dios dice: "No, en este caso yo tengo otro plan, tengo otra instrucción que ustedes deben seguir." Ante esta negativa del rey de Edón de que no iban a pasar por ahí, ellos debieron decir: "Nuestro Dios sabrá. Él sabe mejor que nosotros. El mismo que nos sacó de Egipto, que nos ha conducido por toda esta tierra, por todo este desierto por 38 años, y aquí estamos vivos, nos sabrá conducir sanos y seguros hasta nuestro próximo destino." Pero ellos no dijeron eso.
Se impacientaron, como les dije, se quejaron del maná, y dijeron del maná algo que hasta ese momento no habían dicho: dijeron que era un alimento miserable, dijeron que lo detestaban. Esta murmuración, este cuestionamiento, no era la primera vez que ocurría en el pueblo de Israel. Eso es un mal que estaba sembrado en sus corazones, y es un mal que está sembrado en el corazón del pecador. La queja, la murmuración contra lo que Dios ha dispuesto para sus vidas, para nuestras vidas, es algo normal para nosotros.
Esta ocasión que nosotros leímos aquí, de Números 21, es la séptima ocasión de queja en el libro de Números que leemos, la séptima. Se quejaron en Números 11 contra la falta de carne, y Dios les mandó carne hasta que se saciaron, literalmente —en dominicano— hasta que se hartaron. En Números 12, Miriam y Aarón se quejan del liderazgo, se quejan de Moisés y de su matrimonio con una mujer cusita y de su liderazgo también. En Números 14, ellos divisan la tierra prometida —la primera generación divisa la tierra prometida, están ahí, ya la ven—: "Vamos a mandar espías a que exploren la tierra." Los diez espías —que eran una representación del pueblo, del mismo pueblo que había visto a Dios abrir el mar, vencer a los egipcios, traer plagas— le cogen miedo al pueblo que está en la tierra prometida y dicen: "No, no podemos ir para allá porque nos van a acabar." Y Dios dice: "¿Por qué desconfían de mí? ¿Por qué dudan? ¿Por qué se inquietan? ¿Por qué no se tranquilizan? Yo estoy con ustedes."
Entonces en ese capítulo 14 de Números —de hecho es como un pivote en todo el libro de Números— porque a partir de ahí Dios dice en el capítulo 14: "Ustedes no van a entrar a la tierra prometida. Por cada día que estuvieron explorando la tierra con los espías, van a tener un año ambulando por el desierto. Van a entrar los hijos; ustedes no van a entrar." En Números 16 vuelven y se quejan; Coré, Datán y Abiram protagonizan una rebelión. En Números 17 vuelven y se quejan, en el capítulo 17.
En Números 20, vuelven y se quejan porque no hay agua en Cades. Dios les da agua. En Número 21, lo que leímos hoy, estaban inconformes, en desacuerdo con el camino que Dios había dispuesto para ellos. Y cada vez que leemos estas cosas del pueblo, nos distrae, pensemos en lo análogo, en lo que es esto con nosotros. Estaban inconformes, en desacuerdo con el camino que Dios había dispuesto para ellos.
Más aún, el maná mismo, la provisión fiel, la provisión necesaria de Dios para ellos, les pareció detestable al punto de llamarlo alimento miserable. De hecho, la raíz de esa palabra "miserable" es la misma raíz de la palabra "maldito". Es como que yo dijera: "¡Detesto este maldito alimento!" Es rebelde, es ingrato. El corazón humano cuestiona los caminos de Dios, no ve la provisión de Dios, y estamos convencidos de que nosotros tenemos mejores opciones para nuestras vidas que las que Dios nos ofrece. De hecho, se dirigieron la pregunta: "¿Y por qué nos sacaron de Egipto? En Egipto estábamos mejor."
Y si nos ponemos a pensar, eso no es raro en nosotros también. Con frecuencia nosotros desconfiamos de la sabiduría de Dios para nosotros, dudamos de Su bondad con vergonzosa frecuencia. Y la forma en que manifestamos esto es que vamos por la vida murmurando contra lo que Dios ha dispuesto para nosotros. Pensamos que somos víctimas de las circunstancias si no reconocemos que Dios orquesta nuestras vidas, y nos sentimos más víctimas de las circunstancias que nos ocurren, y no nos vemos como lo que somos: objetos del amor de Dios.
La queja de Israel no es por sus difíciles circunstancias, que son difíciles, y como son difíciles, nuestras circunstancias también. La queja proviene de un corazón orgulloso, ingrato y rebelde, y sobre todo desconfiado, desconfiado de Dios. "No confío en lo que Tú estás haciendo, Dios, en mi vida. No confío en eso." Y sorprende mucho entonces, como les dije, que ellos hayan hecho alusión a que era mejor permanecer en Egipto. ¿No se recuerdan la brutal esclavitud que vivieron, que experimentaron en Egipto? Ahí había una brutal esclavitud. No había esperanza de liberación, no había esperanza de liberación de ninguna manera. De hecho, ellos duraron cientos de años clamándole al Señor.
Ellos están en el desierto porque le clamaron a Dios. Y ciertamente Egipto tenía ciertas facilidades, pues eran esclavos, pero en el desierto ellos carecen de ciertas cosas. Sin embargo, cuentan con la protección de Dios, con Su nube de día, con Su columna de fuego de noche que les ilumina el calor, con Su dirección y guía, y sobre todo con la esperanza de que entrarán en la tierra que mana leche y miel.
Sin duda, hermanos, que la insatisfacción y el cuestionamiento a los caminos de Dios dependen mucho de que yo sea capaz de apreciar de dónde Dios me sacó y de ilusionarme hacia dónde Dios me lleva. Cuando yo vea de dónde Dios me sacó y dónde estaría yo si el Señor no hubiese tenido misericordia de mí, y yo aprecie eso, y yo me ilusione con la tierra que mana leche y miel hacia donde me dirijo, yo diré: "Gracias, Señor. No importa el desierto." No es reforma que quite el gozo, pero ellos no tuvieron esa actitud. Ellos cuestionaron, se quejaron, despreciaron la provisión de Dios, no se percataron de la fidelidad de Dios, la despreciaron, y eso fue muy serio para Dios.
¿Y por qué digo que fue muy serio? Porque fíjense que en el versículo 6 de Números 21 se nos dice: "Y el Señor envió serpientes abrasadoras entre el pueblo, y mordieron al pueblo, y mucha gente de Israel murió." O sea, esta gente se rebeló, dijo que el maná era detestable, y Dios, sin mediar palabra, sin advertencia alguna, nos dice el versículo 6: "Y el Señor envió serpientes abrasadoras." Este término de serpientes abrasadoras, la Reina Valera lo traduce como "serpientes ardientes" y la Nueva Traducción Viviente como "serpientes venenosas". Lo que se entiende era un tipo de serpiente cuyo veneno producía una inflamación ardorosa en el cuerpo, que se sentía que la persona se estaba como quemando. Y hay venenos así, hay serpientes así. Piensen también que ellos estaban en el desierto, lo que hace doblemente aflictivo este tipo de veneno de este tipo de serpiente en este caso.
Y como pasó con muchos de los actos sobrenaturales de Dios en el pasado, Dios usaba elementos naturales, pero los usaba de manera poco común. Recuerden la plaga de sapos que Dios le envió a Egipto: eran sapos normales, naturales, pero los envió en manadas incontables. Aquí pasó lo mismo. Esto era una serpiente normal, quizás común en la región, pero Dios la concentró como una especie de plaga en ese momento y la mandó al pueblo. Se nos dice que muchos murieron; no se sabe cuántos murieron, pero mucha gente murió.
Pero piensen no solamente en las muertes ocurridas, sino en la congoja y la angustia de los que no habían sido mordidos por las serpientes, que estaban ahí en el campamento. Y estos animalitos, a los que la mayoría de nosotros les tiene cierto rechazo, verdad, aquí las serpientes uno les tiene como un asco, como un desprecio. Es un animal, perdóneme, con aquellos que quizás son amantes de las serpientes, porque cada cabeza es un mundo, pero feo. Volviendo al punto: ellos estaban angustiados. Las serpientes se arrastraban hacia el campamento, se introducían en sus cabañas, en sus casas, en sus camas. Aquellos que no habían sido mordidos tenían que tener un miedo abrumador. Y si esto duró varios días antes de que ellos fueran donde Moisés a pedirle ayuda y pedirle que intercediera para que Dios interviniera, yo me imagino el cuadro de gente que no durmió con esta angustia, con esta preocupación de si alguna serpiente se iba a introducir en su cama, en su lugar de trabajo, y los mordía, y pues ahí quedaban.
Esa situación de angustia, de preocupación, de desesperación, es el punto ideal. Cuando estamos así, ahí se acude a Dios. En Números 21:7, la primera parte dice: "Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: 'Hemos pecado, porque hemos hablado contra el Señor y contra ti.'" Increíblemente, el pueblo fue despertado habiendo recibido la consecuencia de su pecado. El juicio de Dios por su pecado hizo que el pueblo abriera los ojos, entendiera el mensaje, entendiera que estaba mal delante de Dios, y reconociera su pecado de manera inmediata.
No siempre pasa así. A veces Dios está tratando con nosotros situaciones y nosotros no abrimos los ojos tan rápido como debemos abrirlos, no reconocemos nuestro pecado tan rápido como deberíamos reconocerlo. Pero Dios, que es un Padre fiel, un Padre comprometido con nuestra formación y santificación, continúa trabajando en nosotros hasta que nosotros abramos los ojos. De ahí que en el libro de Hebreos, capítulo 12, versículo 7, lo que nos dice la Palabra hablando de la interacción de Dios con Sus hijos dice: "Es para su corrección que sufren. Dios los trata como a hijos, porque ¿qué hijo hay a quien su padre no disciplina?"
No todas nuestras aflicciones son parte de la disciplina correctiva de Dios. En este caso, el caso de los israelitas, esto era parte de su disciplina correctiva: ellos se habían equivocado, habían pecado contra Dios, y Dios aplica Su disciplina correctiva. Pero en ocasiones Dios aplica una disciplina que no es correctiva sino formativa, que no se debe a un pecado que hayamos cometido, sino a una virtud que Dios quiere formar en mí. Eso también ocurre. O sea, no todo lo que nos aflige es porque nos hemos equivocado.
De hecho, la Palabra está clara en un momento dado. Jesús se encuentra con un ciego de nacimiento, y los discípulos vienen y le preguntan al Señor Jesús: "¿Quién pecó, éste o sus padres?" O sea, ¿esto es una disciplina correctiva? ¿Pecaron sus padres o pecó él? Y Jesús dice: "No, ni pecó él ni pecaron sus padres. Este hombre nació ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él." O sea, hay ocasiones en las que las aflicciones nuestras también son para que cuando Dios nos dé la liberación, Él se vea glorificado. En este caso era una disciplina correctiva. Dios les impone la disciplina, y qué bueno que ellos vieron claramente lo que Dios estaba queriéndoles decir, aceptaron y admitieron su pecado, y se arrepintieron de su pecado.
Entonces el pueblo acudió a Moisés, le confesó su pecado, y agrega el versículo 7 en su segunda parte: "Intercede con el Señor para que quite las serpientes de entre nosotros." Y Moisés intercedió por el pueblo. Esto lo había hecho ya en repetidas ocasiones: Moisés intercedía delante de Dios por el pueblo de Israel. Moisés prefigura a nuestro Señor Jesús. Jesús es nuestro intercesor delante de Dios Padre, es el mediador, dicho sea de paso, el único mediador entre Dios y el hombre, Jesucristo hombre. Romanos 8:34 lo dice en estos términos: "¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún el que resucitó, el que además está a la derecha de Dios, y que también intercede por nosotros." La semana pasada escuchábamos eso, que Cristo le habla a Dios Padre de mí, de mí. Eso es una cosa gloriosa, maravillosa.
Entonces el pueblo de Israel reconoce su pecado, viene, acude a Moisés, le pide a Moisés que interceda, Moisés intercede, y entonces en Números 21:8 leemos la respuesta de Dios, la sorprendente respuesta de Dios: "El Señor dijo a Moisés: 'Hazte una serpiente abrasadora y ponla sobre un asta, y acontecerá que cuando todo el que sea mordido la mire, vivirá.'" Y Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre el asta, y sucedía que cuando una serpiente mordía a alguien y este miraba la serpiente de bronce, vivía.
Sorprendente la respuesta. ¿Y por qué sorprendente? Bueno, lo primero que sorprende es que Dios respondió con una solución. ¿Y por qué sorprende eso? Bueno, porque, como les conté y les dije, esta era la séptima ocasión que en el libro de Números leemos de una queja contra Dios, contra Moisés y contra el liderazgo. Este era un pueblo de dura cerviz, un pueblo rebelde e ingrato. Dios pudo haber dicho justamente: "No esperen de mí ninguna solución. Lidie cada uno con sus serpientes." Y no pudiéramos acusar a Dios de injusto.
Dios hubiese actuado justamente. La solución que Dios propone nace de su gracia, nace de su compasión, nace de su misericordia, nace de su corazón dadivoso y bondadoso hacia nosotros. Y eso sorprende: que Dios escuchara y atendiera su súplica.
Charles Spurgeon, hablando de esa respuesta, dice lo siguiente: "A pesar de todas estas provocadoras rebeliones y detestables atrocidades del pueblo de Israel, el Señor aún escuchó su oración y se compadeció de ellos. Esto es verdaderamente asombroso, muy propio de Dios. Se podría haber pensado que el Señor habría cerrado sus oídos a sus oraciones, ya que ellos habían cerrado sus oídos a sus amonestaciones. Pero no: Él tenía un corazón de padre, y ver sus dolores conmovió su alma. El sonido de sus clamores venció su corazón y los miró con compasión. Su ira más feroz hacia su propio pueblo es una llama temporal, pero su amor arde para siempre como la luz de su propia inmortalidad."
¡Qué maravilla! Nosotros sabemos que un corazón contrito y humillado que se ha arrepentido, Dios no lo desprecia. No importa cuántas veces yo me he equivocado contra Dios, no importa cuántas veces yo haya pecado: un corazón contrito y humillado que se ha arrepentido delante de Dios, Él no lo desprecia. Y eso es lo primero sorprendente en esta respuesta de Dios.
Pero lo segundo sorprendente es que la solución divina parece paradójica. Parece paradójica. Ellos le pidieron a Dios que les quitara las serpientes: "Moisés, dile a Dios que nos quite las serpientes." Pero Dios no les quita las serpientes. Dios le dice a Moisés: "Haz una serpiente, confecciona una serpiente de bronce, colócala en una asta y ponla a la vista." Le dice literalmente: "Haz una serpiente abrazadora, ponla en una asta, y acontecerá que cuando todo el que sea mordido la mire, vivirá." Y Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso sobre la asta, y sucedía que cuando una serpiente mordía a alguien y este miraba la serpiente, vivía.
Moisés, aquí, no parece que haya indicación de que Dios le dijera el material con el que debía hacer la serpiente. Pero sí: Moisés escogió el bronce. El bronce, cuando es recién trabajado, cuando está recién pulido, es un metal refulgente, un metal que brilla, que se ve a la distancia. Posiblemente eso era conveniente, además de ser un material blando y fácil de trabajar. Posiblemente serán las razones por las que Moisés escoge este tipo de material.
Pero lo que sí me llama la atención es que Dios le proveyera una serpiente cuando lo que se estaba buscando era sanidad de las serpientes. Dice este autor: "¿No era, al parecer, una burla sangrienta invitar a los enfermos a buscar el remedio en la misma cosa que producía sus dolores? Lo que causaba su muerte podría darles vida." Resulta paradójico. Pero piénsenlo de la siguiente manera: también Dios estaba aquí instruyendo a su pueblo.
Ellos acababan de decir que el maná, la provisión diaria de Dios, era un alimento detestable, era un alimento miserable. Entonces Dios toma algo como la serpiente, verdaderamente detestable, y de hecho en la cultura judía era detestable la serpiente. Recuerden que la serpiente fue el animal usado por el tentador en Génesis 3. La cultura judía detesta la serpiente, no solamente por la condición de odio que nosotros mismos le tenemos, sino porque en su historia ya saben qué representa, hasta cierto punto, el mal. Y Dios toma entonces una figura de algo verdaderamente detestable y lo hace un instrumento de vida y de salvación.
"¡Wow! Ustedes detestaron el maná, que es mi provisión para la vida. Yo ahora les presento algo detestable para que ustedes tengan vida y salvación. Les estoy enseñando cómo trabajo yo, cómo funciono yo." Pero, entre paréntesis, más adelante lo vamos a ver: esto está apuntando a algo más. Hay algo también detestable cuando vemos a Cristo en la cruz, al verlo clavado ahí, ensangrentado, ofreciendo su vida por nosotros. Pero en lo detestable, humanamente hablando, encontramos vida y encontramos salvación.
Y lo segundo que sorprende, entonces, es esta paradójica solución divina: la sabiduría de Dios.
Lo tercero que sorprende de la solución divina, y es aquí donde esta historia alcanza su punto más sublime y glorioso, es la simpleza de cómo se producía la sanidad y la vida. La simpleza. La serpiente metálica no tenía que ser llevada a la casa del mordido, ni el mordido tenía que desplazarse donde estaba la serpiente metálica. No había necesidad de que un sacerdote tomara la serpiente metálica por el asta y que un sacerdote tuviese algún tipo de ritual que santificar a la serpiente o santificar al mordido. No se le pide al mordido ni a la familia que hagan ningún tipo de oración especial. Nada de eso. No hay nada alrededor de la serpiente metálica que implique esfuerzo humano, que implique trabajo humano.
El mordido, aquel que temblaba del dolor del veneno, que sentía el ardor en su cuerpo, que reconocía que su condena estaba dicha, que sabía que dentro de poco moriría, solo se le dijo: "Mira y vivirás." Y el mensaje es claro, hermanos. El mensaje para ellos es claro, y para nosotros es claro también. A ellos se les dijo, a través de esta solución: "Tu sanidad, tu vida, tu salvación no depende de nada que tú hagas. Depende totalmente del poder y la gracia de Dios, que ha hecho posible que con una simple mirada una escultura, mal hecha, sane y dé vida." Eso es lo que está diciendo el mensaje de la serpiente de bronce.
E increíblemente, era un remedio cien por ciento eficaz. Hoy sabemos que las medicinas, aún las mejores, los mejores remedios hechos por el hombre, no son cien por ciento eficaces. Hay organismos que no trabajan igual, que no funcionan igual, que no responden igual. Incluso hay efectos secundarios de los remedios humanos. Aquí no hay ningún tipo de efecto secundario, y no hay ningún porcentaje de falencia. El remedio era cien por ciento eficaz para todo aquel que miraba la serpiente de bronce, sin importar qué tan grave era la condición del mordido, ni si había sido mordido por más de una serpiente. Tampoco importaba si había pasado una hora, dos horas, diez horas de haber sido mordido. Si la persona estaba viva y miraba, vivía.
Pero una cosa más: el mordido tenía que mirar. No podía decirle a su mamá: "Mamá, mire por mí." No podía pedirle a nadie que lo hiciera por él, ni a su congregación, ni al sacerdote más cercano que era su amigo: "Mira, tú puedes mirar por mí." No, no, no, no. Era un asunto personal. Tú tienes veneno en tu cuerpo, tú quieres ser sanado, tú miras la solución divina, y la solución divina, a la que Dios le imprime el poder, te da salvación y sanidad. Y en todos los casos, cuando el mordido miraba, su sanidad era inmediata y total. Inmediata y total.
¿Y por qué les digo que este es el punto culmen, el punto más sublime y glorioso de esta historia? Porque si nos trasladamos unos mil quinientos años más adelante, nos encontramos con Jesús en Juan 3, hablando con un líder religioso de nombre Nicodemo. Y con Nicodemo, Jesús comienza a compartir cómo una persona puede ser salva, cómo una persona puede obtener y alcanzar la salvación.
Nicodemo era un líder religioso, era parte del Sanedrín, que era la cúpula del liderazgo religioso. Era un fariseo, un estudioso de la ley, conocedor de la ley. Se acerca a Jesús de noche para no ser avergonzado, y nos dice el texto que Jesús está intercambiando con él. Y Jesús le comienza a decir: "Nicodemo, nadie que no nazca del agua y del Espíritu, que no nazca de arriba, puede ver el reino de Dios." Y Nicodemo dice: "¿Cómo así?" "Si tienes que nacer de nuevo, Nicodemo." Y Nicodemo le dice: "¿Pero cómo puede un hombre nacer de nuevo siendo viejo? ¿Cómo puede acaso entrar en el vientre de su madre de nuevo y nacer de nuevo?" Y Jesús le dice: "Estás tan perdido, Nicodemo."
Y si siguen leyendo un poquito más abajo en la misma historia con Nicodemo, en el versículo 14 de Juan 3, Jesús le dice: "Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo aquel que en Él cree tenga vida eterna." ¿Saben cuál es el versículo que viene ahora? "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna."
¿Lo entienden? ¿Nicodemo lo entiende? ¿Qué es lo que Jesús le está diciendo? Jesús le está diciendo: "Nicodemo, yo soy la serpiente de bronce. Tú estás mordido por el pecado, y todo ser humano está mordido por el pecado. Yo soy la serpiente que fue levantada en el campamento de los judíos, a la cual había que mirar para vivir." Ese es el mensaje.
Y hermanos, todos nosotros hemos sido mordidos por el pecado y tenemos la vida envenenada. Nuestra condición es una condición de mortandad: dentro de poco tiempo estaremos muertos físicamente, pero ya lo estamos espiritualmente. Y así como la serpiente de bronce fue levantada y la prescripción divina fue "mira y vivirás", la prescripción para nosotros, como los pecadores que todos somos, es: "Mira a Cristo y vivirás." No hay necesidad de hacer nada más. Habrá ciertamente que el que mira a Cristo y vive, su vida cambiará. Pero la vida no se cambia para vivir; no: el que vive cambia su vida.
Y eso es lo que se nos pide. La pregunta que nos queda es esa: ¿Vas a mirar? No es tu mamá, no es tu cónyuge, no es tu papá, no es el pastor amigo, el sacerdote amigo quien mira por ti. Nadie llega al cielo agarrado de otro. No. Cristo ha sido levantado como aquel que fue clavado en una cruz, como la serpiente que representaba una maldición, un aspecto detestable. Sí: el mismo Cristo dice en Isaías 53 que su físico fue desfigurado a tal forma que la gente no quería verlo, era detestable. Pero eso que es detestable para nosotros, lo que a Dios le costó, fue el pago por nuestros pecados. Y por Él nosotros tenemos entrada a la gloria celestial.
Por eso cantábamos: "Precioso manantial." A veces yo me pregunto, estando aquí cantando esa canción que me toca el corazón de manera especial: el que no ha tenido una comprensión de lo que implica la sangre de Cristo, que no sabe cómo es eso de la sangre de Cristo que me limpia de todo pecado, ¿qué será para esa persona cantar eso?
Precioso manantial de sangre. Es como... puede parecer mórbido. Así que, si yo entiendo que el manantial de sangre se vertió por amor, para beneficio del pecador que ahora, inmerecidamente, por pura gracia, al mirar a Cristo obtiene salvación, yo tengo que cantar: "Precioso manantial, precioso manantial de la sangre de Cristo, que limpia mi maldad."
Y así como el judío miraba instantáneamente y, satisfecho, quedaba levantado, regocijado, con esperanza nueva —"¡Ahora voy a la tierra prometida!"—, de la misma manera nosotros, cuando miramos al Salvador, a Cristo en la cruz, que vertió su sangre por mí, por mi pecado, yo digo: "Gracias, Señor. Gracias por tu sacrificio. Gracias por tu sangre vertida." En ti está la vida y la salvación. Esa es la solución, hermanos. Cristo dijo: "Yo soy la serpiente." La solución es mirar con fe, confiados en que en Él tenemos el perdón y la redención.
El Señor sea con nosotros. Vamos a orar. Queridos hermanos, yo quisiera cerrar orando y dejarlos pensando en estas cosas. Después de la última canción yo voy a volver a subir, y voy a preguntarles a aquellos que no han mirado a Cristo como Señor y como Salvador, porque no han puesto su fe y su confianza para su salvación en el Redentor. Yo quiero preguntarles: "¿Qué vas a hacer?" Y ahí luego cerramos el culto de hoy.
Señor, gracias. Gracias por tu Palabra. Gracias porque a unos y a otros, estando perdidos, Tú nos orientas, Tú nos guías, y Tú nos dices cómo encontrar la salida de nuestro estado de perdición. Oh, Señor, el pecado nos ha mordido, pero Tú has provisto una solución; una solución que depende completamente de tu poder y no se apoya en nosotros. No depende de nuestros desempeños, no depende, Señor, de nuestras buenas intenciones. Depende de Ti, y solo de Ti.
Oh, Señor, yo quiero pedirte que esta verdad que hemos expuesto hoy cale en el corazón y en la mente de muchos. Abre nuestros ojos, Señor, para entender que necesitamos mirarte verdaderamente. Hay una mirada que salva, y es la mirada confiada en Cristo como Señor y Salvador. Gracias, Señor. Bendecimos tu nombre. Amén y amén.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.