Statamic
Sermones

El corazón que Dios no desprecia

Héctor Salcedo 20 julio, 2025

Ninguno de nosotros es inmune al pecado. No importan los años en la fe, el conocimiento teológico acumulado ni las victorias espirituales alcanzadas. David lo demuestra con claridad devastadora: cuando cometió adulterio con Betsabé, no era un joven impulsivo sino un rey maduro, consolidado en su gobierno, admirado como líder espiritual y considerado un hombre conforme al corazón de Dios. Estaba en el mejor momento de su vida, y aun así cayó estrepitosamente. Como resume el apóstol Pablo: el que cree que está firme, tenga cuidado no sea que caiga.

El Salmo 51 nace de esa caída. Escrito inmediatamente después de que el profeta Natán confrontara a David, este salmo no ofrece una fórmula para volver a Dios, sino que revela la condición del corazón que Dios no rechaza. David no apela a su historial de fidelidad ni a sus logros pasados; apela únicamente a la piedad, la misericordia y la compasión divinas. Reconoce sin titubeos su responsabilidad usando nueve veces el pronombre "mis" para describir sus transgresiones, maldades y pecados. Acepta como justas las consecuencias anunciadas por Dios. Y no se conforma con confesar: pide ser transformado desde adentro, porque sabe que a Dios no le satisface la confesión vacía sino el cambio genuino.

El corazón contrito y humillado, dice el salmista, Dios no lo despreciará. Como el hijo pródigo que regresa sin méritos, o el publicano que desde lejos solo puede decir "ten piedad de mí, pecador", quien reconoce su pobreza espiritual encuentra en Dios riqueza inagotable de perdón y gracia.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Pues bien, hermanos, habiendo orado por el mensaje de hoy, les confieso que me siento como el escalador que está a punto de escalar el monte Everest. El pasaje el cual pretendo predicar es un pasaje que ha intimidado a muchos predicadores, mucho mejores que yo, en el pasado y en el presente, y es el Salmo 51. Lo vamos a leer un poco más adelante, pero sí decir que en una ocasión el predicador conocidísimo Charles Spurgeon, que produjo de hecho una obra de nombre "El tesoro de David", que es un comentario de los Salmos y que se considera su obra maestra, decía que cuando le tocó predicar el Salmo 51, duró días en que lo leía y no escribía una sola línea, porque el Salmo le parecía tan grande, las verdades ahí expuestas le parecían tan altas, que sentía que caminaba en tierra santa y no se atrevía a hablar. Imagínense yo cuando leí esa cita del pastor Spurgeon. Pues yo estoy aquí, como dije más temprano, con más temor y temblor que con confianza, así que el Señor sea con nosotros y nos acompañe.

Pues bien, déjenme introducir precisamente el Salmo 51. Es un salmo de David, y David es sin duda alguna uno de los personajes bíblicos más conocidos y más admirados. Es aplaudido y considerado un modelo de valentía por haberse enfrentado al famoso enemigo acérrimo del pueblo de Israel, Goliat, de nacionalidad filistea, y se calcula que David tenía apenas unos 15 años cuando enfrenta al gigante. Era un hombre también, un joven virtuoso en la música, era tocador del arpa, un arpa instrumento sumamente complejo de tocarse, poeta, compositor. Muy probablemente también tenía una voz muy melódica y cantaba, o sea que era todo un artista. Sabemos que escribió más de 75 salmos, y los Salmos sucede que es el libro más conocido de la Biblia y más citado, tanto dentro del cristianismo como fuera del cristianismo. Hombre devoto a Dios, líder nato, descrito por el mismo profeta Samuel como un hombre conforme al corazón de Dios.

Y precisamente ese profeta, el profeta Samuel, era el que estaba vivo cuando David pues iniciaba su carrera como rey ungido y posterior rey nombrado. David fue ungido por Samuel luego de que Dios descartara a Saúl por su insubordinación y su desobediencia, pero David duró 15 años para asumir el trono. Y esos 15 años estuvo huyendo de una feroz persecución que desató contra él el rey Saúl, que por lo visto quería que David se fuera joven al cielo. Durante ese tiempo de persecución y de dificultad, Dios prueba a David, Dios desarrolla su liderazgo, Dios hace de la fe de David una fe profunda. Y en ese tiempo también la fama de David se extendió por toda la tierra de Israel, y se extendió su fama como hombre capaz, como guerrero valiente, como líder espiritual. Luego de un tiempo de formación difícil, complicado y largo de unos 15 años, David asume el reinado a la edad de los 30 años y gobierna por 40 años.

El reinado de David es considerado la referencia de lo que es un buen gobierno o un buen reinado. Todos los reyes posteriores a David se sitúan o se ubican con respecto al reinado de David; él es el punto de referencia, la plomada contra el que se comparaba todo rey posterior. David trajo paz frente a sus enemigos, unió toda la nación bajo un fuerte liderazgo espiritual, y además de eso trajo la prosperidad en todas las esferas de la nación.

Pero David no era un hombre perfecto, como nosotros conocemos. Además de ser conocido por las cosas que hizo y las hazañas que logró, David también es conocido por sus tropiezos y por sus caídas, por sus equivocaciones y pecados, que están expuestos en el libro de los Salmos y en otros libros de la Biblia. El más conocido es el tropiezo, la equivocación y el pecado en que cayó cuando cometió adulterio con Betsabé. Es la más escandalosa de sus caídas, y a pesar de lo vergonzoso que es este incidente, ha quedado registrado en detalle en la Escritura para que sin duda alguna nosotros también derivemos de ese incidente muchas lecciones y muchas enseñanzas para nuestra vida.

Esa es precisamente mi intención en el día de hoy: que podamos nosotros reflexionar juntos en las lecciones de este incidente en particular y en la reacción que David tuvo una vez fue confrontado con este incidente en su vida. El Salmo 51 precisamente va a ser la base de mi mensaje, y yo quisiera, antes de entrar en el Salmo, hacer algunas observaciones iniciales o sacar algunas lecciones iniciales del trasfondo de este Salmo, de lo que da origen a este Salmo que, como ya mencioné, fue el incidente con Betsabé que David tuvo en su vida.

Y digamos que la lección número uno que nosotros podemos extraer de esto que ocurrió, que es por todos conocido, es que ninguno de nosotros, hermanos, ninguno de nosotros es inmune al pecado. No importan los años que tengamos en la fe, no importa el conocimiento teológico que nosotros tengamos, no importa las victorias espirituales que hayamos logrado, no importa la estabilidad que en un momento dado tengamos. Todos nosotros somos vulnerables, débiles, frágiles espiritualmente hablando ante la tentación y ante el pecado.

Y la vida de David es un ejemplo de eso. Cuando esto ocurre en la vida de David, él no era un muchacho ya. No estamos hablando del adolescente que fue ungido para ser rey, ni siquiera estamos hablando del rey que asume su trono a los 30 años. Estamos hablando que el incidente con Betsabé posiblemente ocurre 15 o 20 años después que David es rey. David estaba ya consolidado en su reinado, se encontraba en un buen momento de su gobierno. De hecho, tan buen momento era que en la ocasión en la que los reyes salen a la batalla, a la guerra, David decidió quedarse en Jerusalén porque ya contaba con un equipo militar, ya contaba con un equipo de gobierno que se podía hacer cargo de esas cosas, y él decidió delegar eso.

Estamos hablando que David era un hombre en ese momento maduro, cronológicamente, emocionalmente, un líder espiritual conocido y admirado, un líder gubernamental y militar consolidado. Yo diría un hombre considerado sabio, donde posiblemente ya en ese momento habían acontecido muchos eventos en su vida que lo habían llevado a escribir muchos de los salmos que hoy conocemos. Y es en esas condiciones óptimas, ideales de la vida de David, en que David cae estrepitosamente en el más famoso de sus pecados, en el más infame de sus pecados.

Como lo resume un autor de manera muy concisa: David codició a la esposa de su prójimo, cometió adulterio, embriagó al esposo, lo hizo matar y luego encubrió todo el asunto durante al menos un año. Si uno lee la descripción de lo que David hizo y no conoce quién David era, uno diría: "Eso es un perverso, un degenerado". Pero choca el uno leer esta descripción de este evento, incidente y caída de la vida de David, y decir que este era el hombre que tenía un gobierno consolidado, que era un líder espiritual al que Dios había bendecido, al que Dios había llamado "un hombre conforme a mi corazón". Es chocante.

Pero esto habla a gran voz de nuestra vulnerabilidad espiritual, de la debilidad que nosotros tenemos ante tentaciones en nuestra vida, y del cuidado por tanto que debemos tener con nuestros caminos, con nuestras decisiones, con las cosas que deseamos, con los impulsos que sentimos. ¡Qué gran cuidado debemos tener! Si un hombre como David, en el momento que se encontraba, pudo caer de esta manera vergonzosa, dolorosa. Esta es la mejor ilustración del mandato de Pablo a los corintios en 1 Corintios 10:12: "El que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga". El que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga. Conocemos ese pasaje. La pregunta es: ¿cómo me estoy cuidando? ¿Cómo te estás cuidando? Tú y yo, ¿cómo nos estamos cuidando de aquellas cosas que nos seducen, que nos atraen y que son contrarias a la voluntad de Dios? Hermano, camina con cautela. Caminemos con cautela. Sospecha de ti mismo. No te expongas a lo que tú sabes es atractivo para ti y que es contrario a la voluntad de Dios.

Pero más aún, quisiera desde ya dejar dicho que no circunscribamos las caídas espirituales a estos grandes incidentes y estos grandes pecados muy visibles, porque hay muchas cosas, zorras pequeñas, que forman parte de nuestro diario vivir a las cuales les damos lugar y que representan una caída en pecado también. Y esa es la primera lección que nosotros podemos derivar de esta triste historia y triste incidente de David con Betsabé.

La segunda lección es: hermano, déjate confrontar, recibe la reprensión. Si todos podemos caer, todos deberíamos estar dispuestos a ser confrontados. En 2 Samuel capítulo 12 leemos el momento en que Natán confronta, el profeta Natán confronta al rey David con su pecado con Betsabé. Y sabemos cómo Natán lo hizo. Natán entró de una manera muy diplomática, muy didáctica. Natán le cuenta una historia, una parábola, en la que un señor recibe un invitado, y como forma de agasajar a su invitado manda a matar no una de sus ovejas y de su ganado, sino una ovejita que tenía su siervo, la única ovejita que tenía su siervo.

Y cuando Natán le cuenta esa conmovedora historia a David, la reacción de David fue la siguiente, en 2 Samuel 12:5: "Y se encendió la ira de David en gran manera contra aquel hombre". Porque qué fácil nosotros nos airamos con el pecado cuando lo vemos en otro, cuando lo vemos allá, pero no cuando lo vemos aquí. "Y dijo a Natán: Vive el Señor, que ciertamente el hombre que hizo esto merece morir, y debe pagar cuatro veces por la cordera, porque hizo esto y no tuvo compasión". Entonces Natán dijo a David: "Tú eres aquel hombre".

¡Wow! Impresiona que David, siendo rey, le permitiera a Natán decir eso. Y es glorioso ver que David, en lugar de resistirse, de esconder su pecado, de negarlo, de justificarlo, dijera: "He pecado contra el Señor". Esa es la segunda lección que nosotros vemos en este incidente.

Nosotros deberíamos estar mucho más dispuestos de lo que habitualmente estamos para ser confrontados, no necesariamente por el pastor o por los líderes de la iglesia, sino también por los que están a nuestro alrededor: por nuestros cónyuges, nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos. Son personas que están a nuestro alrededor y por tanto ven nuestro caminar, ven nuestro proceder. A veces observan cosas o se quejan de cosas de nosotros, y ante las quejas o la observación, nosotros levantamos barreras y nos defendemos en lugar de decir: "He pecado contra el Señor, contra ti, perdóname". Qué fácil somos de repeler la reprensión, de repeler la confrontación. Qué equivocados estamos cuando hacemos eso.

Hermanos, lo tercero que debemos tener en cuenta que pasó en este incidente, y que es una lección para nosotros, es que en nuestros desvíos el Señor nos sale a buscar. Dicho de otra manera, en nuestros desvíos te encontrarás a Dios de frente. El primer versículo de 2 Samuel 12, cuando Natán va a reprender a David, oigan lo que dice: "Entonces el Señor envió a Natán a David". No fue que a Natán se le ocurrió ir donde David. Quizás Natán ni quería ir. ¿Quién quiere ir a decirle al rey que está mal, que ha cometido una falta grave delante de los ojos de Dios? Era un secreto a voces, pero nadie quería decírselo de frente. Pero Dios, en su bondad, nos confronta, nos lleva a verdes pastos cuando nosotros lo que queremos es irnos por el acantilado.

Recientemente, de hecho, yo veía un video muy breve. No sé en qué escenario, pero parecería una cultura rural, una zona rural, donde hay unas ovejitas que están voluntariamente entrando a una chimenea prendida en fuego. Y él, que es el dueño de las ovejas, posiblemente el pastor, las halaba por las piernas queriendo sacarlas del fuego, y la ovejita queriendo entrar voluntariamente al fuego. Y la nota decía: "Lo que tenemos que hacer, o lo que tiene que Dios hacer con nosotros y nuestro pecado". Nosotros queriendo entrar voluntariamente a aquello que nos quema, y Dios sacándonos de esas cosas. Hermanos, en nuestros pecados Dios nos sale a buscar.

Y yo no conozco cada realidad aquí presente, pero yo estoy seguro que aquí habemos algunos que tenemos que salir de ciertos lugares, dejar ciertas cosas, romper ciertas relaciones, dejar ciertas prácticas, darle espalda a maneras de proceder que son ofensivas a Dios. Y vamos a ponerlo así: esta es una manera, desde aquí, en la que Dios te está diciendo "sal de ahí", en la que Dios, hasta cierto punto, está haciendo lo mismo que hizo con Natán. Te están viendo, nos están viendo. Alguien que nos diga, porque yo he sido profundamente ministrado por este salmo, por este salmo: ¿qué hay en tu vida, qué hay en mi vida que necesita ser corregido, a lo que necesito darle la espalda? Evalúate, piénsalo, mírate. No mires el pecado del otro, mira el tuyo. Debo ver el mío para poder corregir mis caminos.

Y con estas tres lecciones de trasfondo —la primera, que cualquiera de nosotros es vulnerable al pecado; la segunda, que deberíamos estar más dispuestos a ser reprendidos; y la tercera, que Dios nos buscará y nos traerá a Él aun incluso cuando nosotros estamos ciegos a nuestras propias faltas— cuando esto pasó en la vida de David, la mayoría de los comentaristas entienden que el Salmo 51 se escribió inmediatamente después que Natán salió del encuentro con David, que el salmo fue la oración con la que él respondió a la confrontación, y lo hizo prácticamente de manera inmediata.

Este comentarista del pasado, Albert Barnes, dice lo siguiente con respecto a esta composición del Salmo 51: "Podemos suponer que el registro de sus sentimientos se hizo sin demora, porque el salmo lleva todas las marcas de haber sido compuesto bajo el sentimiento más profundo, y no del resultado de una reflexión tranquila".

En este salmo vemos a David derramado delante de Dios, arrepentido profundamente por su pecado, con el anhelo de restaurar su relación con Dios, de volver a su relación con Dios. Y este salmo no describe una fórmula para nosotros volver a Dios, como si fuera una especie de cábala de "haz esto para que vuelvas a Dios". No, este salmo presenta la condición de un corazón que viene a Dios y que Dios no rechaza. ¿Cuáles son las condiciones de ese corazón que Dios acoge a pesar de lo que ese corazón ya ha hecho? Y eso es lo que queremos aprender en este salmo. ¿Cuál es ese corazón que Dios no desprecia? Y ese es precisamente el título de mi mensaje de hoy: ¿Cuáles son las actitudes y la manera de pensar del corazón que Dios no desprecia?

Yo quisiera que camináramos entonces por este salmo y comencemos a leerlo. Quisiera leer incluso el título mismo que el salmo lleva. Y como dato interesante, yo indagaba si este título —miren el título que lleva el salmo: "Para el director del coro. Salmo de David, cuando después que se llegó a Betsabé, el profeta Natán lo visitó"— lo interesante es que ese título está en el original. O sea, ese título aparentemente lo puso el mismo David. David quería que su falta fuera conocida. De hecho, el salmo fue incluido dentro del himnario del pueblo de Israel como un corazón arrepentido, profundamente arrepentido. David entendía que él no tenía nada que esconder. Si ya Dios lo sabía, ¿ya qué escondo? Él quería que otros aprendiéramos de lo que fue la más infame de sus caídas.

Leamos desde el versículo 1 hasta el 12, luego el 16 y 17: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas. Yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre. Tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría. Purifícame con hisopo y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría; haz que se regocijen los huesos que has quebrantado. Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí. No me eches de tu presencia y no quites de mí tu Santo Espíritu. Restitúyeme el gozo de tu salvación y sostenme con un espíritu de poder". Versículos 16 y 17: "Porque tú no te deleitas en sacrificio, de lo contrario yo lo ofrecería; no te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito. Al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás".

Es evidente que esto lo redacta, lo ora, un hombre con un profundo sentido de conciencia de su pecado, que apela a Dios, que viene a Dios sabiendo que no merece nada de Dios. Su primera expresión, el primer versículo, es: "Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis transgresiones". El corazón que Dios acoge, que no rechaza, el corazón arrepentido, sabe que el perdón nunca se merece. El perdón siempre es una concesión que se da por gracia.

David no apela a su condición anterior de hombre conforme al corazón de Dios. David no apela a las victorias espirituales y nacionales que él ha logrado delante de Dios. David no hace alusión a que "Señor, yo siempre he caminado bien delante de ti". No, David apela a la piedad, a la misericordia y a la compasión de Dios. Las tres palabras tienen que ver con que le está pidiendo a Dios: "Dios, no me trates como yo merezco ser tratado en este momento. Yo merezco tu juicio, yo merezco tu condenación, yo merezco tu rechazo, pero yo no apelo a tu justicia ni apelo a tu rectitud; yo apelo a tu piedad, a tu misericordia y a tu compasión".

De hecho, otras traducciones, cuando traducen la palabra misericordia, hablan de "misericordias". Fíjense que dice "conforme a tus misericordias, conforme a lo inmenso, a lo inmedible, a lo infinito de tu compasión". Y obviamente las misericordias es porque los pecados son muchos a ser perdonados. Él sabe que Dios no le debe un buen trato, y la única forma de enmendar sus caminos delante de Dios no es haciendo algo por Dios. Únicamente es por el gesto que Dios quiera tener hacia él de favor y gracia. Es por eso que él pide a Dios que la respuesta de Dios sea conforme a su misericordia, conforme a lo inmenso de su compasión.

David se acerca a Dios de la misma manera que lo hizo el hijo pródigo cuando regresa a su casa. Muchos de nosotros conocemos, la mayoría conoce, la historia, la parábola del hijo pródigo en Lucas 15, una parábola que el Señor Jesús enseñó precisamente ilustrando la disposición del Padre para recibir al pecador arrepentido. Y la historia dice que este hijo, en un momento dado, le dice a su padre: "Padre, dame mi herencia, dame la parte que me corresponde, yo quiero ir a disfrutar de ella". En otras palabras, en la cultura eso significaba: "Padre, a mí me importa lo que pase contigo, por mí te mueres, pero a mí dame lo mío".

Y después de este trato irrespetuoso, desafiante de este muchacho, él se va con toda su herencia y disfruta de ella —entre comillas, "disfruta" de ella—, se la despilfarra en deseos, en placeres, en impulsos. Y cuando no le queda nada, entra en razón, comienza a entender las riquezas que sí tenía en la casa de su padre y la cual él no valoró. Y entonces, al entrar en razón, dice: "Iré donde mi padre y le diré: 'Padre, ya no soy ni digno de ser llamado hijo tuyo; hazme como uno de tus trabajadores. No me des ningún trato especial, yo no lo merezco. Señor, yo no lo merezco. Padre, yo simplemente quiero que tú me acojas como uno de tus trabajadores, porque incluso uno de tus simples trabajadores está mejor que como yo estoy'". Él reconoció su absoluta necesidad, su absoluta pobreza, su indignidad de que su padre lo viera con favor, y simplemente le pide: "Trátame como uno más, Padre".

Y leemos en Lucas 15, versículo 22: "Pero el padre dijo a sus siervos: Pronto, traigan la mejor ropa y vístanlo, pongan un anillo en su mano y sandalias en sus pies. Traigan el becerro engordado, mátenlo, y comamos y regocijémonos. Porque este hijo mío que estaba muerto ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado." El regocijo del padre ante aquel hijo que viene arrepentido, sabiendo que ha fallado y que no merece nada de su padre. El padre entonces es magnánimo, generoso, abundante en su respuesta y le dice: "Te acojo, hijo."

¿Cuántos de nosotros quizás han tenido un hijo ingrato? Han tenido un hijo desafiante, han tenido uno que desperdició parte de nuestra fortuna. Y a veces hemos dicho: "Ahora tú vienes, ahora tú quieres que yo te reciba. Debiste pensarlo mejor." Pero el Padre celestial no es así. Al corazón contrito y humillado, Dios no lo despreciará. Dios lo acoge, Dios lo recibe, Dios lo abraza.

Y la petición que David le hace en el versículo 1, al final, es: "Borra mis transgresiones." Quítalas del registro, que no quede señal de que yo las cometí. Y eso es algo, hermanos, que sabemos que no lo hacemos nosotros; lo hace Dios. Y Dios borra las transgresiones con la sangre de su Hijo Jesús en la cruz. Nuestro registro, como dice Pablo en una de sus cartas, el documento de querella que estaba contra nosotros ha sido colgado o clavado en la cruz con Cristo, y ya no hay acusación contra nosotros.

Hermanos, el que pide perdón no pretende merecer nada. Es una arrogancia pensar que yo merezco el perdón. Es por definición algo inmerecido que yo pido para que se me conceda por pura misericordia y compasión, sea de Dios o sea de alguien que yo ofendí. Mi actitud debe ser de completa humildad y rendición ante aquel que yo ofendí. Ese es un corazón que Dios no desprecia.

Pero un corazón que Dios no desprecia, un corazón arrepentido también —y esta es la segunda enseñanza que podemos sacar de este salmo— es que este corazón reconoce sin titubear tanto su responsabilidad como la gravedad de sus faltas delante de Dios.

Miren la redacción que David hace de este salmo. Si leemos en el versículo 1 hasta el 5 y luego el 9, él dice lo siguiente: "Borra mis transgresiones. Lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis transgresiones y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas. Yo nací en iniquidad y en pecado me concibió mi madre. Esconde tu rostro de mis pecados y borra todas mis iniquidades."

Nueve veces: mis, mis, mis, mis pecados, mis iniquidades, mis transgresiones. Nueve veces ese pronombre: mi, yo, mío. Fui yo, yo soy el culpable, nadie más. No fue Betsabé, no fue Urías, no fue el día, no fueron las circunstancias. Fui yo que cometí esto, yo soy el culpable. En pecado me concibió mi madre; yo soy malo desde que nací, Señor. Y esta admisión de su responsabilidad es clave para la limpieza del pecador. De hecho, 1 Juan nos dice que si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Sí, pero tiene que haber un reconocimiento y una confesión, una admisión de lo que yo he hecho.

Fíjense que David no ahorra palabras. Él usa diferentes palabras para referirse a su falta. En el español hay tres palabras que son utilizadas, de hecho cuatro, que son utilizadas para hablar de la variedad de términos que David usa en el hebreo para describir su falta. En el español tenemos la palabra transgresión, maldad, iniquidad y pecado. En el hebreo son tres palabras: pesha, avón y jatá. David usó casi todas las palabras que el hebreo tenía para hablar de su falta, de su pecado y de su caída. Es como que le está diciendo a Dios: "Yo he hecho todo lo malo que alguien puede hacer; lo he hecho yo."

Él no quería que nada quedara debajo de la alfombra. Él quería exponerlo todo, vulnerarse con todo, decirlo todo claramente, admitir su falta delante de Dios. No se trata de un error, no se trata de una equivocación. De hecho, usa una de las palabras más fuertes para describir pecados que el hebreo tenía, que es la palabra transgresión. La palabra transgresión es asociada a la palabra rebelión. Señor, yo me rebelé contra ti, te di la espalda, lo hice a voluntad, sabiendo lo que hacía.

Y hermanos, tenemos que ser honestos: la gran mayoría de nuestras faltas son cometidas con conocimiento de causa. Nosotros sabemos lo que estamos haciendo. Sabemos cuándo ofendemos a alguien, sabemos cuándo hablamos de manera dura y desconsiderada, sabemos cuándo somos egoístas, cuándo somos orgullosos, sabemos cuándo somos lujuriosos, sabemos cuándo apreciamos más las cosas de este mundo que las cosas de Dios. Sabemos, y sabemos, y sabemos. Eso es una transgresión delante de Dios, y lo único que nos queda es decir: "Señor, perdóname. Yo reconozco mi transgresión, yo reconozco mi pecado, yo reconozco mi maldad delante de ti."

Y está claro que el aprecio que tengamos por nuestro Salvador será mayor mientras más claro tengamos la gravedad de nuestras faltas. Mientras yo minimice lo que hago, mientras yo reduzca lo que pasa en mi corazón, el aprecio por la salvación de Dios en mi favor no va a ser completo ni total. Este no es el caso de David. Él no trata de justificarse, no trata de alegar que las circunstancias lo condujeron a ello, no culpa a otros. Fue su sola decisión.

Y hermanos, es que nosotros podemos ser tentados, pero nadie nos obliga a pecar. El libro de Santiago dice claramente: "Cuando sean tentados, no digan que Dios los está tentando. Dios nunca es tentado a hacer el mal y jamás tienta a nadie. La tentación viene —dice Santiago— de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran." La palabra en el original que usa ahí es como una carnada que nos atrae porque nos gusta. De esos deseos nacen los actos pecaminosos, y el pecado, cuando se deja crecer, da a luz la muerte. Ese es el proceso.

Una de las cosas que este salmo nos enseña es que el corazón arrepentido es un corazón que admite completamente su responsabilidad y reconoce que lo que ha hecho es grave.

En tercer lugar, un corazón que Dios no desprecia, el corazón arrepentido, acepta como justas las consecuencias que Dios impone. El corazón arrepentido acepta como justas las consecuencias que Dios impone. Versículo 4: "Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas."

Un dato que tenemos que recordar, importantísimo para entender este punto, es que cuando David escribe el Salmo 51, ya Natán, además de confrontarlo, le anunció la consecuencia que Dios iba a imponer producto del pecado. Natán le dio su, vamos a decirlo así, su panegírico. Le llegó su panegírico a David.

Y en 2 Samuel 12:7-14 vemos esto. En el versículo 9 en particular, ya cuando Natán va a entrar a declarar las consecuencias, le dice lo siguiente: "Porque has despreciado la palabra del Señor haciendo lo malo ante sus ojos..." Miren, miren cómo lo ve Dios este asunto, cómo ve Dios nuestro pecado: es un rechazo a su palabra y hacemos lo malo delante de sus ojos. Dice Natán: "Has matado a espada a Urías heteo, has tomado su mujer para que sea mujer tuya, y a él lo has matado con la espada de los amonitas. Ahora pues, la espada nunca se apartará de tu casa. De tu misma casa levantaré el mal contra ti, y aún tomaré tus mujeres delante de tus ojos y las daré a tu compañero, y este se acostará con tus mujeres a plena luz del día. Por cuanto con este hecho has dado ocasión de blasfemar a los enemigos del Señor, ciertamente morirá el niño que te ha nacido."

Luego de conocidas estas consecuencias, habiendo escuchado estas consecuencias, él escribe el versículo 4, que lo voy a leer ahora de otra traducción para que entendamos bien qué es lo que David está diciendo. El versículo 4 dice lo siguiente: "Queda demostrado que tienes razón en lo que dices y que tu juicio contra mí es justo." Señor, lo que tú traigas sobre mi vida producto de mi pecado está bien. Si así tú lo entendiste, es lo que merezco. Tú eres justo.

Pero hermanos, a nosotros no nos hace mucha gracia cuando Dios trae consecuencias sobre nuestra vida por nuestros desvíos y pecados. Desde que se tiene conocimiento de la Biblia, el libro del Génesis dice: "El día que pecares, ciertamente morirás." Una de las primeras cosas que Dios le dijo al ser humano desde el principio es que todo pecado tiene consecuencias. A veces no nos gustan las consecuencias del pecado que cometemos, pero son las consecuencias del pecado que ya nos fueron anunciadas. Nos resentimos contra Dios, pensamos que los mandatos de Dios son imposiciones arbitrarias que coartan nuestra libertad y el disfrute de la vida, y no lo vemos como restricciones sanas para la plenitud de la vida. Malinterpretamos a Dios, torcemos su palabra, vivimos como nos place, y luego nos quejamos de las consecuencias que acarrean nuestros actos.

Oigan lo que dice Proverbios 19:3, un proverbio muy poco conocido, que no sé por qué es tan poco conocido porque dice una gran verdad: "La gente arruina su vida por su propia necedad y después se enoja con el Señor." La gente arruina su vida por su propia necedad y después se enoja con el Señor. El ser humano escoge el pecado, pero Dios impone las consecuencias. Así es que funciona. El Señor, su ley es clara, su amor está ahí. Devolvámonos, y lo que Él traiga sobre nuestra vida es justo y necesario. El corazón arrepentido acepta las consecuencias del pecado que comete, porque Dios es justo.

Número 4, hermanos: el corazón arrepentido, el corazón que Dios no desprecia, no solo confiesa, cambia. No solo confiesa, cambia. El versículo 6 dice: "Tú deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría."

Versículo 10: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí". Al Señor le agrada nuestra confesión, pero no está complacido solo con la confesión. A Él le agrada la confesión, pero se complace con el cambio; Él quiere transformación en nosotros. De hecho, eso lo vemos hasta en las relaciones entre seres humanos con gente que amamos.

Cuando yo le fallo a alguien, cuando yo cometí un pecado contra alguien y le pido perdón por la falta cometida, le pido perdón, pero luego hago lo mismo por lo que le pedí perdón, la persona se resiente contra mí y dice: "Pero tú me estás cogiendo de relajo. ¿De qué sirve que me confieses y que me pidas perdón si no cambias?" De hecho, eso pudiera ser una especie de manipulación para lograr la relación sin un cambio profundo. El arrepentimiento bíblico es un cambio de dirección, es una transformación del corazón. Yo suelto una mentira que creía y abrazo una verdad, y ahora mi vida es diferente.

Y eso pasa cuando entonces le pido perdón a una persona a la que ofendí y esa persona ve indicios de cambio, entonces la persona dice: "Tú eres confiable, yo puedo construir una relación contigo". Sí, qué bueno. Bueno, Dios con más razón. A Dios no le convencen las confesiones vacías sin intención de cambio. Hubiese sido una confesión vacía si el salmista no pide: "Señor Dios, cámbiame por dentro. Yo necesito cambiar, yo necesito ser diferente".

Y el pastor Charles Spurgeon, hablando de esta cita de que tú deseas la verdad en lo más íntimo, él dice: "Autenticidad, sinceridad, santidad verdadera, fidelidad del corazón, estas son las exigencias de Dios. A Dios no le interesa la pureza fingida. Él mira la mente, escudriña el corazón, examina el alma". Ahí empezamos nosotros a pensar que estamos engañando cuando decimos una cosa que no estamos sintiendo y que no cambiamos por dentro. El Santo siempre ha valorado al ser humano en base a su naturaleza interior, nunca por lo que aparentan o por lo que profesan exteriormente.

De hecho, cuando David fue ungido como rey, el profeta Samuel va a la casa paterna de David, y cuando ve uno de los hermanos de David, que era un hombre grande e imponente, Samuel dice: "Es este el hombre". Y Dios le dice inmediatamente: "Ey, tú estás equivocado. Yo no miro como el ser humano ve; yo no miro la apariencia exterior, yo miro el corazón".

Entonces Dios quiere que en nosotros haya un hambre de cambio, de transformación, y David sabe que esa pureza no la produce él, la produce Dios. Y hoy en día, en este tiempo de la historia de la redención, nosotros tenemos al Espíritu Santo dentro, que es quien nos cambia desde adentro, nos produce impulsos y deseos nuevos que no teníamos antes. Impulsos que podemos desobedecer, pero están ahí. Y el libro de Gálatas nos estimula a que rindamos nuestra vida a los impulsos que el Espíritu produce. Pero muchas veces nosotros dejamos que la carne gane, porque la carne sigue poniendo impulsos. La pregunta es qué impulsos vamos a seguir. ¿Qué deseos van a decidir nuestra vida? Y los impulsos del Espíritu son cada vez más fuertes mientras más nos nutramos de esta Palabra.

Jesús ora por sus discípulos en Juan 17, y nosotros conocemos este pasaje. En Juan 17:17 le pide al Señor: "Padre, santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad". El instrumento de cambio, de transformación por excelencia en la vida del creyente es la Palabra de Dios. Yo cambio una verdad a la vez, en la medida que esta revelación me va cambiando mi manera de pensar y de entender la vida, de entender el mundo, de ver lo que realmente vale, de qué se trata la vida, cómo es Dios, cómo soy yo, cómo es el pecado. Y yo voy entonces aprendiendo a caminar; eso es lo que me cambia, una verdad a la vez. Esa es una respuesta a la oración de David de ser cambiado desde el interior; el Señor lo está haciendo en mí, poco a poco, en la medida que su Espíritu trabaja en mí.

Quiera Dios que nosotros nos rindamos a su trabajo, que abandonemos la lucha, que dejemos el pulso. Digamos: "Señor, gobierna en mí. Ayúdame a decidir por tus deseos y no por los míos, en cada momento, en cada ocasión".

Y número cinco, queridos hermanos, por último: el corazón que Dios no desprecia, el corazón arrepentido, a pesar de todo lo que ha hecho, tiene plena confianza en que Dios le acepta. Yo no quisiera que nos vayamos de aquí hoy con una nota luctuosa, cabizbajo, pensando qué hacemos ahora. No, lo que haremos es volver a Dios, porque el corazón contrito y humillado Dios no lo desprecia.

El salmista tiene esa confianza y afirma categóricamente en el versículo 16: "Porque tú no te deleitas en sacrificio; de lo contrario, yo lo ofrecería. No te agrada el holocausto. Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; el corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás".

Increíblemente, en uno de los primeros mensajes del Señor Jesús, Mateo 5, el famoso Sermón del Monte, donde está la porción de las bienaventuranzas, la primera bienaventuranza dice: "Benditos..." ¿Quiénes son los benditos? La primera bienaventuranza: "Los pobres en espíritu, pues de ellos es el reino de los cielos". ¿Y quiénes son los pobres en espíritu? Bueno, el Salmo 51 describe un hombre pobre en espíritu.

David acude a Dios sabiendo que él no tiene nada que dar a Dios: "Señor, yo no tengo nada que darte; todo viene de ti". Si ustedes leen el Salmo y ven los verbos, miren los verbos de David: "Ten piedad de mí. Lávame por completo. Límpiame de mi pecado". Sigue pidiendo: "Purifícame con hisopo. Lávame y seré más blanco que la nieve". ¿Se habían percatado de ese detalle? David no pide ser tan blanco como la nieve; él pide ser más blanco que la nieve. ¿Qué es más blanco que la nieve? ¿Tú has visto la nieve? Yo vi la nieve ya muy viejito yo, pero vi la nieve y me impresionó. ¡Qué blanca es la nieve! David dice: "Señor, purifícame con hisopo y seré limpio. Lávame y seré más blanco que la nieve. Hazme oír gozo y alegría. Esconde tu rostro de mis pecados. Borra mis iniquidades. Crea en mí... Renueva un espíritu recto. No me eches de tu presencia. Restitúyeme el gozo. Sostenme con tu poder. Líbrame de delitos de sangre". Dios, eres tú, eres tú; yo no tengo nada que aportar. Yo soy pobre en espíritu. Tú eres rico en compasión, en misericordia, en poder, en gracia, en perdón, en amor. Es de ti que dependo, Señor. Así es, Señor.

Y entonces, como hizo el hijo pródigo que vino donde su padre sin ya el dinero de la herencia, ya no le queda un centavo: "Padre, yo no soy digno de ser llamado tu hijo. Hazme como uno más". Pero ese mismo formato de petición se repite en la parábola del publicano y el fariseo en Lucas 18. El fariseo viene delante de Dios y ora: "Oh Señor, gracias porque tú no me has hecho pecador como los demás hombres. Soy así, soy asá, soy justo, diezmo y hago demás".

Y dice Jesús, enseñando, que luego viene un publicano, un recaudador, que era lo peor de la escala moral de la sociedad. Y dice que desde lejos, sin alzar su mirada, se golpeaba el pecho diciendo: "Ten piedad de mí, pecador". La misma frase con la que David comenzó el Salmo 51, en el versículo 1: "Ten piedad de mí, oh Dios". Y dice la parábola, Jesús enseñando en Lucas 18: "Les digo que ese fue justificado, mas aquel no, porque todo el que se exalte será humillado, y todo el que se humille, todo el que reconozca su pobreza, será exaltado".

De eso se trata, hermanos. Yo no sé cuál es la condición de cada uno de nosotros. David era un asesino, un adúltero, un mentiroso, un hipócrita en este momento de su vida, pero acude a Dios y dice: "Yo sé que no seré rechazado, porque tu gracia y tu bondad y tus misericordias son inconmensurables; en ti me refugio".

Nosotros, hermanos, no sé digo cuál es nuestra condición, de dónde tenemos que salir, qué tenemos que dejar, de qué nos tenemos que arrepentir. Revisa tu vida. Si tú no conoces a Cristo, ese es el momento ideal para que tú le digas: "Señor, yo he vivido de espaldas a ti. Yo realmente, para mí tú eres una figura importante, pero no mi Señor. Yo no tengo relación contigo, yo no te he dado la importancia que tú tienes, y mis pecados son muchos". Ahora, con este Salmo, dile al Señor: "Conforme a lo inmenso de tu compasión, conforme a tu gran misericordia, yo vengo a ti y te pido perdón por todo lo que yo soy".

Por supuesto que tengamos a Cristo y estemos también en prácticas, en lugares, en ocasiones en las que, si son conocidas, darían vergüenza. Si son expuestas y escritas y las leemos, nos causarían rubor. Si ese es el caso, no nos queda otra que venir a Dios arrepentidos, humillados, admitiendo: "He fallado, he pecado, me he equivocado, me he rebelado, y es culpa mía, no es culpa del otro". Y pidámosle perdón al Señor.

Así que con esa reflexión, pues terminemos en oración, y cada uno revisando su corazón.

Oh Señor, delante de ti estamos. Tus ojos, oh Señor, recorren toda la tierra para fortalecer a aquellos cuyo corazón es completamente tuyo, dice tu Palabra. El mismo salmista en el Salmo 139 dice que no tenemos lugar a donde huir de tu presencia; no importa a dónde yo me esconda ni qué yo esconda en mi vida, está expuesto frente a ti, delante de ti.

Así que, Señor, yo te quiero pedir que tú traigas convicción, que tú traigas al arrepentimiento a muchos en el día de hoy, que producto de esta reflexión de tu Palabra, no de mi mensaje, de tu Palabra, tú, Señor, penetres en lo más profundo de nuestros corazones y nos expongas y nos hagas conocer qué hay dentro de nosotros. Y cuando lo veamos, Señor, nosotros podamos decirte: "Perdóname, límpiame, oh Señor. Borra mis transgresiones, no mires mis pecados, quita tus ojos que son puros y santos de mis caminos". Señor, desciende en el corazón de muchos aquí. Permite que el corazón de muchos sea rodeado por tu gracia, rodeado por tu perdón, rodeado por tu misericordia, y que el gozo de muchos pueda ser restituido al saberse perdonados.

Señor, en ti estamos, en tus manos estamos, y encomiendo a cada alma que está aquí, Señor, para que tú seas con ella, en el nombre de Jesús.

Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.