IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La salvación no es asistencia divina para personas que necesitan mejorar; es rescate para personas que están muertas. Esta verdad, desarrollada por el pastor Héctor Salcedo a partir de Tito 3:3-7, confronta la tendencia humana a minimizar la gravedad de nuestra condición caída. Pablo describe al ser humano sin Cristo con precisión incómoda: necios, desobedientes, extraviados, esclavos de placeres, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros. No es una imagen bonita, pero es exacta. Y el apóstol se incluye a sí mismo en la descripción.
Frente a esta realidad deplorable aparece la conjunción más gloriosa del texto: "pero". Alguien llamó a estos "peros divinos" los obstáculos de Dios en el camino del hombre al infierno. Lo que motivó a Dios a actuar no fue nada en nosotros, sino todo en él: su bondad, su amor hacia la humanidad —literalmente "filantropía" en el original— y su misericordia. A diferencia de la filantropía humana, que busca mejorar imagen o sentirse bien, Dios no necesitaba nada de nosotros. Actuó a pesar de lo que éramos, no por causa de ello.
El proceso de salvación que Pablo describe es tan radical que equivale a un nuevo nacimiento. Así como Jesús llamó a Lázaro estando muerto y en descomposición, diciéndole "sal fuera", Dios ha hablado a nuestros corazones muertos y nos ha dado vida. El resultado transforma completamente nuestra identidad: ya no somos delincuentes espirituales con una ficha criminal, sino hijos amados, justificados por gracia, herederos de vida eterna. Contemplar esta obra, sostiene el sermón, es el combustible que nuestra vida espiritual necesita para recobrar el gozo y el fervor que tan fácilmente se disipan.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El domingo de la semana pasada, el pastor Miguel nos predicó un mensaje titulado "La misericordia de Dios en la elección de los suyos", basado en Romanos 9 del 14 al 29. En ese mensaje, el pastor Miguel nos mostraba al apóstol Pablo en Romanos 9, desde el versículo 14 al 29, usando un método de exponer conocido como diatriba. Y él explicaba que la diatriba consiste en cuando un expositor, exponiendo un punto, anticipa objeciones imaginarias de la audiencia y trata entonces de imaginarse las preguntas y de refutarlas en su exposición.
En ese pasaje, al exponer sobre la verdad de que algunos somos salvos, Pablo anticipa que definitivamente habrá algunos que objeten eso como injusto, como reprochable a Dios. Y su respuesta inmediata y enfática es en Romanos 9:14: "De ningún modo". Y sigue diciendo el apóstol Pablo, citando el Viejo Testamento, porque él dice a Moisés: "Tendré misericordia del que yo tenga misericordia y tendré compasión del que yo tenga compasión. Así que no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia".
En otras palabras, ante la posible objeción, contra la objeción de que la salvación de Dios de algunos es injusta, Pablo dice: imposible, Dios nunca en ninguna circunstancia actúa injustamente. Más bien tiene que ver con el hecho de que Dios ha aplicado su soberana misericordia y compasión a algunos. Entonces dice Pablo: la salvación no depende del hombre, no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios quien tiene misericordia.
Y está clarísimo lo que Pablo quiere indicarnos en este pasaje, hermanos: que nuestra salvación, nuestra redención, la maravillosa obra de nuestro Dios, quien ha decidido de una manera totalmente incomprensible para nosotros tratarnos bien, mirarnos con favor, extendernos su mano, salvarnos, no por nada que nosotros hayamos hecho, sino a pesar de lo que nosotros hemos hecho. Y yo estoy plenamente convencido de que contemplar, valorar, atesorar, asombrarnos cada día por lo que Dios ha hecho por nosotros es el combustible principal de nuestra vida espiritual. Es el combustible principal para que nuestras vidas adquieran el brillo que están llamadas a tener y dejar atrás la dejadez espiritual con la que muchos de nosotros vivimos.
El reflexionar en la obra de Dios por nosotros es el combustible para que en todo momento nosotros experimentemos el gozo que tan fácilmente se disipa ante las dificultades de la vida. Estas reflexiones en la obra de Dios son necesarias para tener el ímpetu que nosotros necesitamos para ser la sal y la luz en un mundo insípido y en un mundo oscuro. Esa obra de Dios, si la meditamos, si le damos mente como decimos nosotros, nos haría recobrar el fervor de proclamar la buena nueva de salvación, aquella que nos salvó. Meditar en ella, hermanos, calmaría nuestras ansiedades ante las incertidumbres de la vida. Saber que Dios está por nosotros, verlo, meditarlo, valorarlo, haría eso. Sin duda que poner atención a la melodía de la salvación, que fue una figura que utilizó el pastor Miguel en uno de sus mensajes anteriores, poner atención o más atención a la melodía de la salvación hará que la melodía que entona el mundo no nos seduzca ni nos persuada.
Por todo eso, hermanos, es mi deseo que nosotros profundicemos a través de otro texto del apóstol Pablo, no ahora a los romanos sino a Tito, en su carta, que profundicemos en lo que Dios ha hecho por nosotros. En el inmerecido buen trato que Dios nos ha concedido, que hemos recibido de parte de él. Y en su oración, que él quiera asombrarnos, que él quiera abrir nuestros ojos para percatarnos de la bondad con la que Dios nos ha tratado, con la generosidad con la que él nos ha rodeado, y que podamos salir, como decíamos, llenos en nuestro tanque espiritual, por así decirlo. Permítanme orar por este momento.
Señor, venimos delante de ti y como cantábamos: asombrosa es tu gracia, asombroso es tu favor, maravilloso amor por mí. Señor, yo te quiero pedir que además de que me acompañes en la medida que expongo tu verdad, hay algo que yo no puedo hacer, que ninguno de nosotros puede hacer por más que se lo proponga, y es hacer tiernos nuestros corazones a tu verdad. Abrir los ojos del corazón para que nosotros podamos percatarnos de lo que tú quieres decirnos, para que nosotros podamos de una manera fresca ver tu obra en nuestro favor y poder salir asombrados y encantados con lo que tú has hecho por nosotros. Señor, acompáñanos en este tiempo y que tu verdad caiga en terreno fértil, arado y trabajado por tu Espíritu. En tu nombre, Señor. Amén y amén.
Quisiera que me acompañaran, hermanos, a leer en la carta a Tito en su capítulo 3, los versículos del 3 al 7. El apóstol Pablo le dice a Tito lo siguiente: "Porque nosotros también en otro tiempo éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y en envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros. Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor hacia la humanidad, él nos salvó, no por las obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, que él derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia fuéramos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna". Amén.
De manera increíble, desde el versículo 4, y esto es como dato gramatical, es una sola oración hasta el versículo 7. Es como que Pablo no puede dejar de contar o no puede parar de contar lo que Dios ha hecho por nosotros. Y como es usual en el apóstol Pablo, dice mucho en pocas palabras. Esta porción es un resumen perfecto, compacto, preciso del evangelio de salvación. Y el mensaje central es en el versículo 5 cuando comienza y dice: "Él nos salvó". Es el mensaje central de este texto.
Yo quiero que vayamos precisamente al pasaje y hagamos varias preguntas a ese pasaje para poder exprimir alguna de las verdades o sacar alguna de las verdades que contiene. En primer lugar, la primera pregunta es: ¿por qué tuvo Dios que salvarnos? ¿Por qué tuvo que ser así? Porque dice el versículo 5: "Él nos salvó". Y la respuesta corta es nuestra condición, la deplorable condición en la que nosotros nos encontrábamos, así lo requería nuestra condición.
La iniciativa de Dios no es solo gloriosa. El hecho de que Dios haya extendido su mano no es solo algo asombroso y maravilloso, sino que era indispensable que fuera así. Aun para el mejor de nosotros, y pongo ese "mejor" entre comillas, aun para el mejor de nosotros era absolutamente necesario que la iniciativa de salvación procediera de Dios.
El pastor Miguel en el mensaje anterior seguía diciendo: si nosotros nos viéramos a nosotros mismos por lo que realmente somos, deberíamos regocijarnos en el hecho de que Dios tiene misericordia con algunos y no aplica su justicia a todos, porque todos somos merecedores de su juicio. Y a esa frase yo quiero darle un doble clic a través de este mensaje. Si nosotros fuéramos conscientes de lo que es nuestra condición, de lo que realmente somos y cómo es que realmente somos, o cómo es que realmente éramos aquellos que hoy estamos en Cristo, y los que no están en Cristo cómo es que son según la Palabra, bueno, Pablo nos lo dice en el pasaje que acabamos de leer.
Fíjense que el versículo 3 Pablo dice: "Porque nosotros también en otro tiempo..." Y ahí comienza su descripción precisa, concisa: "Éramos necios, desobedientes, extraviados, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y en envidia, aborrecibles y odiándonos unos a otros".
¿Cómo te sientes cuando tú escuchas eso? ¿Cuál es nuestra reacción cuando nosotros encontramos o leemos esta descripción de nuestra condición antes de Cristo, o de nuestra condición si no estamos en Cristo? Esta es la imagen sin retoques del ser humano. Aquí no hay Photoshop, aquí no hay arreglos. Así somos. Y ciertamente no es bonita, pero es absolutamente precisa.
Y claro que si bien algunos no manifestamos todos los rasgos mencionados en la lista en la misma medida, no todos tenemos todos estos rasgos en la misma medida. Lo cierto es que según la Palabra nuestra carne tiene el potencial de exhibir todos esos rasgos, incluso exhibir aquellos rasgos que para nosotros resultan odiosos verlos en otros. Nosotros somos capaces también de exhibirlos y tenerlos.
Yo me alegro mucho de que Pablo, cuando comienza su descripción, comienza diciendo: "Porque nosotros también en otro tiempo éramos". El apóstol Pablo no se excluye de su descripción. Él se ve ahí, él sabe que esto es algo que le aplica a él en su condición antes de Cristo. Y yo me pregunto si nosotros nos vemos ahí. Esta es una descripción aguda, detallada, incómoda. Incómoda. Parece como una acusación. Y yo no creo, hermanos, que se requiera mucho tiempo para explicarla. Lo que sí se requiere es mucha humildad para aceptarla. Porque está claro, todos los términos son a todas luces entendibles, pero obviamente para honrar el texto tengo que pasar a explicar qué implica cada uno de estos términos, de estas palabras, estas frases que Pablo usa para describir nuestra condición antes de Cristo.
Y él hace uso de tres categorías, y las vamos a ver en paz. En primer lugar, él habla de la condición interna del ser humano. En segundo lugar, él habla de la forma de vida del ser humano. Y en tercer lugar, él habla de las relaciones del ser humano.
¿Cuál es la condición interna? La condición interna es que nosotros somos necios, desobedientes y extraviados. Esa es la condición interna del ser humano. Y aquí la necedad no tiene que ver con testarudez. Es el significado usual como nosotros entendemos la palabra necedad: testarudez, ser una persona intransigente, obtusa, cabecidura. Esa no es el significado en el original de esta palabra. El libro de Proverbios denomina al necio no como el testarudo sino como el insensato.
La persona que vive insensatamente, sin aplicar sabiduría, carece de sabiduría, su vida está guiada por criterios superficiales y terrenales a la hora de tomar decisiones. Vive sin juicio moral. Ese es el necio según este pasaje. Y esa es la primera, el primer adjetivo que Pablo le entrega, le otorga al ser humano sin Cristo, a nuestra condición, a cómo éramos nosotros antes de venir a Cristo. Es razón por la cual Dios tuvo que salvarnos.
Pero la segunda expresión que usa es que nosotros no solamente somos necios, nosotros también éramos desobedientes. Y profundizando en esta palabra me llamó la atención que literalmente el desobediente, ustedes saben lo que significa en el original: impersuadible. Es una persona que no se deja persuadir, que no se deja convencer de hacer algo. Es una persona que se autogobierna, que autodetermina lo que quiere hacer. Es alguien que intencionalmente ignora la autoridad.
Y la razón por la que la desobediencia para Dios es tan despreciable es porque en el fondo la desobediencia implica una desconfianza. El desobediente no solamente rehúsa la autoridad por rebelde, no, es porque él cree que tiene un camino superior, que a él le es preferible. Eso fue lo que pasó en el Edén. Adán y Eva fueron rebeldes, sí, desobedecieron, sí, pero en el fondo lo que había fue una desconfianza en Dios. Ellos no confiaron en la palabra de Dios y determinaron que el camino que ellos habían observado era preferible, superior, y por eso decidieron hacerlo.
Entonces el hombre internamente es necio, es desobediente, y la tercera característica o adjetivo que Pablo usa para describir al ser humano es que es extraviado. Claro, en esta condición de falta de sabiduría, de desobediencia y desconfianza somos vulnerables al extravío. La palabra en el original ahí es "planáo", de donde viene planeta, de donde viene plane, avión, que vuela, que está divagando, que va por los aires. Claro, el insensato, el necio que no atiende consejo, el desobediente que no confía en lo que se le dice, en lo que Dios establece, en lo que la autoridad dice, él es como una veleta que se deja llevar y se extravía.
De ahí que el ser humano sin Cristo es descrito como una oveja perdida que debe ser buscada, debe ser traída de vuelta y guiada por el buen camino, sino permanecemos en nuestro extravío. De ahí que Dios tiene que salirnos a buscar. Él vino a buscar lo que se había perdido, Él vino a encontrarnos en nuestro extravío. De no encontrarnos Dios, no tendríamos nosotros la forma de regresar a Él.
Y esta es la descripción que Pablo da de la condición interna del ser humano. El ser humano es necio, es desobediente, está extraviado o perdido. Pero luego pasa a contarnos entonces cómo vive ese hombre y nos dice que este hombre vive como un esclavo de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia. ¿Qué descripción es la que se nos da aquí? Es de esperar que una persona con la condición interna que se acaba de describir se diga de él que es esclavo de placeres y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia.
Así vive, básicamente gobernado por sus apetitos, por sus impulsos, por lo que quiere hacer, por lo que siente hacer. La búsqueda de experiencias y sensaciones lo gobierna. Atiende más su carne, pone más empeño y disciplina en atender y cuidar su carne que en cuidar su alma. Así vive el ser humano cuando no tiene al Señor, cuando no tiene a Cristo. Esa es nuestra condición caída en la que nos encontramos. A mucho de lo que el ser humano llama disfrute, Dios lo llama esclavitud.
Y quiero que pongamos atención a algo que puede ser sutil para algunos en esta descripción, y es el hecho de que a veces el problema no está en el placer que disfrutamos. Puede ser que los placeres, algunos de ellos, son legítimos y válidos. El problema es que con frecuencia unos placeres y deleites otorgados por Dios se convierten en nuestros ídolos. Y no son pecaminosos en sí mismos, pero desvían nuestro corazón de la devoción al Dios verdadero. Queremos buenas cosas, pero las queremos demasiado, decía alguien. Se convierten en ídolos para nosotros. Y esa es la forma como vivimos, sujetos a nuestros impulsos, a nuestras emociones, a nuestros deseos, sin considerar otras cosas.
Y de esta manera entonces Pablo pasa a describir cómo entonces nos relacionamos. Claro, una persona gobernada por sus pasiones, por sus deseos, por sus instintos, por lo que quiere, por lo que siente, es una persona que va a inflamar todas sus relaciones. Y dice entonces que estas personas, esclavos de deleites y placeres diversos, viviendo en malicia y envidia, son aborrecibles y odiándonos unos a otros. O sea, somos odiados por otros y odiamos a otros. Ese es el estado natural en que las relaciones del ser humano se desarrollan.
Algunos pueden decir: "Bueno, ese no es mi caso, yo no vivo así, por el veredicto de Dios he oído es otro". Hermanos, aún las relaciones más puras del ser humano sin Cristo, aún las relaciones más puras que tú tenías, incluso las que tú tienes hoy en día luego de conocer a Cristo, aún esas están afectadas por tu egoísmo, por mi egoísmo, por mi orgullo, por mi resentimiento, por mis chismes, por mis impaciencias, por mis mentiras, por mis miedos, por mis pecados. Y nuestro relacionarnos es inflamado por la condición en la que nos encontramos.
Es lamentable la forma como el ser humano se relaciona con otro. Vuelvo y digo, quizás hay algunos que se defiendan e indiquen: "Bueno, yo no me relaciono así, no es que yo vivo odiando a la gente, la gente me vive odiando a mí seguro". Pregúntate si tú has amado al otro a lo largo de tu vida como te amas a ti mismo, que es el mandamiento que hemos recibido para relacionarnos con los demás: amar al otro como te amas a ti mismo, amar al prójimo de esa manera.
Entonces esta descripción, hermanos, no es bonita, pero es precisa. Dice cómo el ser humano se encuentra internamente: es un necio, es un desobediente, está perdido. Dice cómo vive: sujeto a sus impulsos, a sus deseos, a sus intereses, a lo que él quiere. Y eso conduce entonces a un mundo relacional totalmente inflamado y dañado, donde el odio es lo que lo caracteriza más que la gracia y la bondad y la generosidad. Así estábamos.
Yo quisiera leer una cita que les puedo decir que como cita en un sermón es relativamente larga, pero es extremadamente edificante y no quiero dejarla fuera. Es una descripción de nuestra condición humana y cerraría este primer punto con el que quiero continuar al segundo. Una cita extraída del libro "Manso y humilde" de Dane Ortlund. En el capítulo dos él dice lo siguiente:
"¿Cuál es la condición natural del ser humano? Por un lado resplandecemos en gloria, la imagen de Dios nos inunda, construimos, creamos arte, amamos, trabajamos, dominamos este mundo. Pero por otro lado también estamos arruinados. La antigua rebelión de nuestros antepasados edénicos fluye a través de cada generación, sus trágicas repercusiones infectan todos los aspectos de nuestra existencia. Inevitablemente nuestros cuerpos se envejecen y enferman, pero lo más insidioso y molesto de todo esto es que nuestras mentes y corazones han sido infectados. Anhelamos lo prohibido, celebramos la desgracia de los demás, acumulamos en lugar de dar. En resumen, construimos toda nuestra vida alrededor del trono del ser. Los humanos caídos somos fábricas de impureza. Por un lado los que confesamos a Cristo con rapidez admitimos la realidad del pecado, pero lo minimizamos. 'Nadie es perfecto', decimos rápidamente, 'todos cometemos errores'".
Martyn Lloyd-Jones explica, esto es una cita dentro de la cita: "Nunca sentirás que eres un pecador, porque hay un mecanismo en ti como resultado del pecado que siempre te defenderá de cada acusación". Es como si tuviéramos una enfermedad que uno de sus síntomas es que nos sentimos saludables. Es por eso que la Biblia con frecuencia habla de la pecaminosidad humana como ceguera.
"Una razón por la que algunos cristianos permanecen superficiales toda su vida es que no se permiten, a lo largo de sus vidas, ver cada vez con más profundidad la realidad de lo que son. No es solo nuestra inmoralidad lo que refleja el mal interior, o sea, no es solo lo malo que hacemos, incluso nuestra moralidad, las cosas buenas que hacemos, están llenas de maldad".
¿Esto te parece algo negativo? Es necesaria esta descripción. Considera tu propia vida. Piensa en un acto de servicio que hiciste ayer en favor de alguien. En el fondo, ¿lo hiciste realmente por esa persona o como una forma de mejorar tu percepción frente a otros? No respondas tan rápido. La forma con que saludaste con alegría al llegar a la iglesia, después de pensar, ¿está alimentada más bien porque quieres que los otros piensen bien de ti, o por un genuino interés en el prójimo? ¿No sería entonces, como dijo San Agustín, un vicio vestido de virtud? Y muchas veces esas son nuestras buenas obras: vicios vestidos de virtud.
El punto en todo esto, y con esto concluyo, es que debemos encontrarnos cara a cara con lo que realmente somos, abandonados en nuestra propia capacidad. La salvación cristiana no es asistencia, es rescate. El Evangelio no toma nuestro bien y nos completa con la ayuda de Dios. El Evangelio nos dice que estamos muertos y desgraciados. En el caso de la salvación cristiana, no nos está potenciando, nos está resucitando.
Y habiendo escuchado esto, ahora entendemos por qué tuvo Dios que salvarnos, ¿no es verdad? ¿Por qué tuvo Dios que aplicar su misericordia sobre algunos? Y por esa misericordia deberíamos regocijarnos al ver lo que realmente somos.
Pero la segunda pregunta que le tenemos que hacer al texto es: ¿por qué o qué motivó a Dios a salvarnos? ¿Qué fue lo que hizo que él se moviera, que él se inclinara, que él extendiera su mano? Y lo vemos en el versículo 4. Luego de la descripción que Pablo nos da del ser humano, nos dice: "Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor hacia la humanidad, él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia."
Bueno, cuando Pablo pasa a explicar el buen trato que Dios nos ha concedido a los que somos salvos, usa la gloriosa conjunción "pero". Y yo le doy tantas gracias a Dios que ahí no está un "por lo tanto", ni "por lo cual", ni "en consecuencia". Alguien llamó a los "peros" divinos, oigan esto, los obstáculos de Dios en el camino del hombre al infierno. Este es un "pero" que representa un obstáculo de Dios para que no vayamos al infierno. Tú eres así, pero no vas a seguir así.
En otras palabras, hermanos, el trato de Dios hacia nosotros no es la consecuencia natural, lógica y justa de nuestra condición perversa y de nuestro mal proceder. No, no, no. Dios tuvo otros motivos que lo condujeron en otra dirección, una dirección que es incomprensible para nosotros. Y es una dirección que nosotros no podíamos iniciar por nosotros mismos.
¿Cuáles fueron esos motivos? ¿Cuáles fueron esas razones por las que Dios se interpuso en nuestro camino al infierno? Bueno, el texto nos dice, son tres. El versículo 4 dice: "Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor hacia la humanidad, nos salvó, no por las obras de justicia que hubiéramos hecho, sino conforme a su misericordia." Su bondad, su amor, su misericordia. Si era imposible que nosotros fuésemos rescatados y salvados de nuestra condición caída, es porque el amor y la bondad de nuestro Dios, que siempre habían existido, finalmente se manifestaron en el original, brillaron cuando Dios en la persona de su Hijo vino a este mundo, enfrentó nuestras iniquidades cara a cara y venció su terrible poder para que nosotros también pudiéramos vencer.
Esto que dice Pablo de que la bondad y el amor de Dios se manifestaron, bueno, se manifestaron en Cristo y se manifiestan en nosotros también cuando él nos ha extendido el llamado a la salvación. En la historia se manifestaron en Cristo, en la venida de Cristo, en su vida, su muerte y su resurrección. Es donde brilló su bondad con mayor destello, es donde brilló su misericordia con mayor destello, es donde brilló su amor con mayor destello.
Y aquí Pablo nos habla de la bondad de Dios. La bondad de Dios es esa disposición amable de alguien que se deleita en contribuir con la felicidad de los demás. Eso es lo que significa en el original, es una disposición amable que se deleita en contribuir, pero no es un sentimiento nada más. Literalmente es definida también como benevolencia en acción. La bondad de Dios es su acción de traer felicidad, de traer gozo, de traer plenitud, de traer salvación, de traer alivio a nuestras vidas.
Y Pablo dice que la bondad de Dios se manifestó, pero también se manifestó el amor de Dios por la humanidad. Y en el original, ¿saben cuál es esa palabra? Filantropía. Significa literalmente afecto por la humanidad, amor por la humanidad. El diccionario Webster define la filantropía como la buena voluntad hacia los semejantes, especialmente el esfuerzo activo para promover el bienestar humano. Y eso es una buena manera de definir el acto salvífico de Dios. Fue un acto filantrópico.
A diferencia de la filantropía humana, ustedes han visto en los periódicos gente que son llamados filántropos, ¿verdad? Que tienen instituciones filantrópicas. ¿Qué es lo que significa? Lo que significa es que son empresas, instituciones o personas que están dedicadas a hacer bien a otros. El detalle es que la mayoría de las acciones filantrópicas en el mundo, hechas por personas o individuos o empresas o gobiernos, si es que podemos decir que un gobierno puede ser filantrópico, es que muchas de esas iniciativas, la mayoría si no todas, se hacen por un interés secundario. Por el interés de mejorar la imagen pública, de elevar lo que llaman el goodwill de una marca, de hacer quedar bien a un individuo o del individuo sentirse bien él haciendo ese acto filantrópico.
Pero cuando yo hago un acto filantrópico con el interés de sentirme bien o quedar bien o subir la imagen pública de mi empresa o de mi persona, ¿realmente puede ser considerado un acto filantrópico? ¿Lo que me movió fue netamente el amor y el afecto por las personas en necesidad? Bueno, no nos salgamos de ahí. Lo que sí estoy seguro es que Dios no necesitaba de nosotros. Dios no necesita mejorar su imagen pública. Dios no necesita que el goodwill de la marca del cielo mejore. Y aun así accionó en su bondad y en su amor a favor de nosotros. Dios es, desde mi punto de vista, el único y verdadero filántropo del universo.
Y es una acción que lo hace tan hermoso cuando lo pensamos, que sin necesidad alguna, Dios se moviera, se inclinara y extendiera su mano ante nuestra condición deplorable y caída.
Pero la acción de Dios de moverse hacia nosotros no fue solamente motivada por su bondad y por su amor, sino que también nos menciona el versículo 5 que fue conforme a su misericordia. La misericordia implica compasión que se abstiene de castigar a un ofensor. El pastor Miguel hablaba de eso la semana pasada, que fue producto de la misericordia de Dios que él se abstuvo de aplicar su justicia sobre nosotros. Claro, su justicia cayó sobre Cristo. El pecado del hombre, del ser humano, nuestro pecado no ha sido indultado, ha sido pagado. Alguien pagó por nosotros y ese fue Jesús.
Entonces la misericordia, vuelvo y digo, es la compasión que se abstiene de castigar, aun cuando la justicia lo exige, a un ofensor. Y el hecho de que Pablo indique que nosotros hemos sido receptores de la misericordia de Dios implica que nosotros somos culpables. Implica que somos merecedores de su justicia, pero Dios ha decidido abstenerse de aplicar su justicia sobre nosotros, y la justicia de Dios ha caído sobre el Hijo, para que entonces nosotros podamos disfrutar de su bondad y de su amor.
Por eso debo enfatizar algo que quizás algunos notaron, y es que, más bien, debo agregar, que en la medida que Pablo va desarrollando la idea de que fue también producto de su misericordia, de camino él dice que él nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiésemos hecho, sino conforme a su misericordia. Pablo quiere dejar claro que en la salvación, la acción del hombre no juega ningún rol. Fue su amor, fue su bondad, fue su misericordia. Y él aclara: no fueron tus obras, no fue lo que yo hice, no fue lo que yo logré, es lo que Dios ha hecho que ha permitido que nosotros seamos salvos.
Si la salvación fuera un producto manufacturado debería tener un sello que dijera "Made in God". La salvación es un acto de Dios, y hermano, no es paga sino dádiva, no es algo que se logra, es algo que se recibe. Y se recibe por fe en el único que lo merece todo y que murió por nosotros, nuestro Señor Jesús.
Efesios 2, Pablo hace una extremadamente importante frase cuando dice: "Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes sino que es don de Dios, no por obras, para que nadie se gloríe."
Muchos increíblemente han tomado esa expresión o ese pasaje y lo han convertido en algo negativo para la fe cristiana, y han dicho: "Bueno, entonces las obras no sirven para nada. ¿Para qué obedezco entonces? ¿Para qué hago buenas obras? ¿Para qué vivo de manera decente, de manera íntegra, de manera santa, de manera seria, de manera honesta? ¿Para qué sirve mi devoción a Dios? Yo voy a vivir mi vida y voy a apelar a la gracia de Dios que es la que me salva, porque por fe somos salvados por medio de la fe, ¿verdad? Es así que somos salvados, entonces no hay necesidad de las obras, hay gracia."
Hermano, si yo entiendo las cosas de esa manera, yo estoy torciendo las Escrituras, y posiblemente el Espíritu Santo no está en mí.
¿Para qué sirven nuestras buenas obras si no nos salvan, si no nos ganan ningún punto, ningún mérito, si Dios no nos concede su favor producto de lo que hacemos? Entonces, ¿para qué sirven nuestras buenas obras?
En primer lugar, le sirven a nuestro prójimo, que está muy necesitado de tu bondad, de tu generosidad, de tu amor, de tu afecto. En segundo lugar, sirven para reflejar las virtudes del Dios que nos llamó. Hemos sido llamados de las tinieblas a su luz admirable para anunciar las virtudes de aquel que nos llamó. Las buenas obras, hermanos, son buenas para nosotros también, porque traen gozo y plenitud a nuestras almas. Las buenas obras fueron el diseño original de Dios para nuestras vidas, y vivir el diseño es lo que trae plenitud a nuestras vidas.
Pero las buenas obras también son una manera de expresar gratitud y adoración a aquel que nos salvó. Y vivir de una manera íntegra, santa, pulcra, responsable, devota a Dios, es la única respuesta lógica a lo que Dios ha hecho por nosotros. Pablo lo llama "mi respuesta racional" en Romanos 12:1, mi respuesta racional a las misericordias de Dios.
Entonces, no, las buenas obras no me salvan, pero son buenas. No son requisito, pero son resultado de mi salvación. Son evidencia de la obra de Dios en mi vida. Son la clara manifestación, la manifestación externa de una obra de Dios interna en mí.
Pero el que confía en sus buenas obras para su salvación es como el ganadero que le pone una guirnalda, un adorno, al toro que va al matadero. Es en vano.
Entonces hermanos, hemos visto en el pasaje, bueno, ¿por qué Dios tuvo que salvarnos? Por nuestra condición. Éramos insensatos, desobedientes, extraviados. Lo que condujo a una forma de vida que lamentablemente estaba gobernada por nuestros deseos y deleites que se convirtieron en nuestros ídolos. Y eso condujo a un mundo relacional totalmente inflamado.
Esa condición implicó que, a menos que Dios no hiciera algo por nosotros, nosotros no íbamos a poder hacer nada por nosotros mismos. En esa condición Dios nos salva, no movido por lo que nosotros éramos, sino a pesar de lo que éramos. Y nos salva por su bondad, por su amor, por su misericordia. Como vimos, no por algo que nosotros pudiéramos haber hecho, sino por lo que Él es.
Pero, ¿cómo Dios hace esto? ¿Cómo es que Dios nos ha salvado? ¿Cuál es el proceso que Él ha utilizado? Y aquí en el pasaje seguimos leyendo en la segunda parte del versículo 5, que verdad Él nos salvó conforme a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo, que Él derramó sobre nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Señor. Ese fue el procedimiento que Dios utilizó.
Según el pasaje, Dios nos salva por medio de una acción del Espíritu Santo en nosotros, que consiste en que el Espíritu Santo viene a nosotros, nos regenera y nos renueva. Son las dos palabras, los dos verbos que usa: que Él nos regeneró, de la regeneración, y la renovación por el Espíritu Santo.
Y esto es lo mismo que Jesús le indicó a Nicodemo cuando Nicodemo se le acercó y estaba interesado en conversar cosas espirituales con Jesús. Y Jesús le dice: "Nicodemo, nadie puede ver ni entrar en el reino de Dios a menos que nazca de nuevo." Y a Nicodemo le dio un cortocircuito intelectual: "¿Cómo así? ¿Cómo puede una persona nacer de nuevo? ¿Cómo puedo yo entrar en el vientre de mi madre otra vez?" Ahí Nicodemo hizo una regresión y se convirtió en un niño como de cuatro años, porque es una pregunta de un niño de cuatro años: "¿Y cómo yo puedo entrar en el vientre de mi madre de nuevo?"
Es incomprensible lo que pasa en el corazón cuando nosotros somos renovados, regenerados por el Espíritu Santo. Es tan dramático lo que debe pasar en nosotros para nosotros ver el reino de Dios, que Jesucristo lo llama nuevo nacimiento. Y es un nuevo nacimiento. Es la regeneración del alma. Es la resucitación de un muerto espiritual. La Palabra lo llama que soy hecho una nueva criatura. Las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas. Increíble.
Yo sé que la Biblia misma usa la palabra conversión en ciertas ocasiones. Pero si somos precisos, nuestra redención es más que una conversión. Es un cambio esencial en nuestra naturaleza. Dios literalmente nos hace nacer de nuevo.
El momento en el que Dios nos salva es descrito por Pablo como si fuera el mismo acto creativo que Dios hizo cuando comenzó el mundo y vino a crear la luz. Oigan cómo Pablo lo pone en 2 Corintios 4, cuando dice, 2 Corintios 4 versículo 6: "Que Dios, quien dijo que haya luz en la oscuridad" —eso fue cuando en la creación, en el principio, sea la luz— "Dios que dijo que haya luz en la oscuridad, hizo que esta luz brille en nuestro corazón para que podamos conocer la gloria de Dios que se ve en el rostro de Jesucristo." El mismo poder que hizo que la luz viniera a existencia, el mismo poder creativo que hizo que la luz fuera posible, es el que ha dicho a nuestros corazones: "Sea la luz." Y entonces hemos adquirido nueva vida.
Hermanos, lo que ha pasado con nosotros en la salvación es análogo a lo que le pasó a Lázaro. Todos conocemos la historia de Lázaro, de la resurrección de Lázaro, el único muerto que resucitó además de Cristo que conocemos el nombre: Lázaro. Estando muerto —oigan bien— estando muerto, mire la analogía entre nosotros, estando muerto, en estado putrefacto, deshecho, en un estado de descomposición, escuchó la voz del Señor Jesús cuando le dijo: "¡Lázaro, sal fuera!" Y su cuerpo se recompuso y recobró sus facultades y salió caminando.
De la misma manera nosotros, en nuestro estado de mortandad espiritual, nuestro Señor, fruto de su bondad, de su amor y de su misericordia, nos ha llamado a gran voz y nos ha dicho: "¡Sal fuera!" Y nuestros tejidos espirituales han sido restaurados y ahora somos capaces de movernos hacia Dios, algo que no éramos capaces de hacer antes. Gracias, Señor, por tu salvación. ¡Oh, maravilloso su amor por mí! ¿Cómo puede ser? Gracias, hay salvación en la gracia del Señor.
Y todo esto, hermanos, lo recibimos por la maravillosa mediación de nuestro Señor Jesús. Todo esto es gracias a su vida, a su muerte, a su resurrección, a su trabajo por nosotros. El versículo 5, segunda parte, y el 6 dicen: "Por medio del lavamiento de la regeneración y la renovación del Espíritu Santo." El momento en el que Dios dice: "Sea la luz," el momento en el que Dios dice: "Sal fuera de los muertos, te traigo de los muertos, te revivo y te saco y formo estructura en ti y formo tejido vivo en ti otra vez," espiritualmente hablando. En ese momento, entonces, dice el versículo 6 que Él derramó ese Espíritu Santo abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador.
Cristo es el único y válido mediador de todo esto. Por eso es que es el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre si no es a través de Él. Por eso es.
Y así como José, hermanos, José allá, hijo de Jacob, se ganó el favor del faraón y disfrutó de su confianza, y todo el reino de Egipto fue puesto a los pies de José, y todas las riquezas de Egipto eran administradas por José, y gracias a José toda su familia, sus hermanos, su padre, su madre y toda su familia pudieron venir a Egipto y habitar en medio de la abundancia; de la misma forma, nuestro Jesús, como Hijo amado de Dios, contando con toda la confianza del cielo y siendo la autoridad sobre todo lo que existe que le ha sido conferida por el Padre, intercede por nosotros. Por medio de Él recibimos todas las bendiciones del cielo. Jesús es nuestro José, quien está en el reino y nos hace llover sus bendiciones.
Y entonces, hermanos, después de esta obra que ha acontecido, que no ha dependido de nosotros sino completamente de Dios, gracias a la mediación de nuestro Señor Jesús y gracias a la acción poderosa del Espíritu en nuestros corazones, ¿cuál es el resultado? ¿Cuál es el resultado? El versículo 7: "Para que, justificados por su gracia, fuéramos hechos herederos según la promesa de vida eterna."
¿Tu condición en el versículo 3? ¡Olvídate de eso! Dios ya no te ve así, no me ve así; me ve como justo. ¿Ese historial? ¿Cómo le decimos aquí cuando alguien tiene un historial en la policía? Una ficha. Esa ficha... De hecho, Pablo usa ese concepto y dice que el decreto con acusaciones contra nosotros ha sido clavado en la cruz por nuestro Señor. Y ya no somos considerados lo que somos, delincuentes espirituales, sino que ahora somos hijos amados, herederos de vida eterna. Increíble, increíble. Adiós a la gloria por su salvación y por su obra en nosotros.
Hermanos, si esto fue un doble clic a lo que el pastor decía, cuando nosotros adquiramos una mayor conciencia de lo que somos, aplaudiremos la obra que Dios ha hecho en nosotros. Y la ha hecho por pura gracia. Su bondad, su amor y su misericordia se han combinado, se han conjugado para hacernos, a otros que éramos muertos espirituales, ahora hacernos vivos, darnos vida en Cristo y poder entonces tener una esperanza de gloria en el futuro.
Vamos a orar. Señor, alabado seas. Nuestras palabras, Señor, definitivamente se quedan cortas para exaltar, para reconocer, para agradecer lo que Tú has hecho por nosotros por medio de tu obra de redención. Oh, Señor, gracias, gracias, gracias de todo corazón. Gracias por inclinarte. Gracias, Señor, porque no nos dejaste como estábamos, sino que nos has alcanzado y nos has encontrado en nuestro extravío y nos has traído a ti, Señor. Bendecimos tu nombre, Señor. Abre nuestros ojos a la maravilla de tu obra, danos comprensión espiritual de lo que Tú has hecho. Ayúdanos a aquilatar tu favor y permítenos, oh Señor, vivir conforme a lo que entendamos. En el nombre de Jesús, amén.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.