Integridad y Sabiduria
Sermones

Clávalo en tu corazón: en Dios no hay tinieblas

Reynaldo Logroño 30 octubre, 2022

Dios es luz, y en él no hay absolutamente ninguna tiniebla. Este mensaje, que el apóstol Juan proclamó con urgencia desde su posición como último testigo ocular del ministerio de Jesús, sigue confrontando a la iglesia hoy. Juan no escribió desde la teoría: él vio a Cristo, lo contempló detenidamente durante años, recostó su cabeza sobre su pecho, lo vio crucificado y tocó su cuerpo resucitado. Frente a los falsos maestros gnósticos que pretendían divorciar lo espiritual de lo físico para justificar el pecado, el anciano apóstol fue categórico: no hay tonos grises. O se camina en luz o se camina en tinieblas. Si alguien dice tener comunión con Dios pero practica el pecado, miente.

La luz de Dios revela dos cosas: su verdad y su santidad. Mientras más cerca estamos de él, más claramente vemos nuestra condición de pecadores y nuestra necesidad de arrepentimiento. Pero aquí entra la belleza del evangelio: si andamos en luz, la sangre de Jesús nos limpia continuamente de todo pecado. Tenemos un Dios fiel y justo que perdona cuando confesamos, y un abogado ante el Padre cuando caemos.

¿Sentimos verdadera repulsión por nuestro pecado, o nos hemos acomodado en él? La cruz responde esa pregunta. Dios aborrece tanto el pecado que envió a su Hijo a morir para liberarnos. Como escribió alguien anónimo en el siglo XVI: "No me mueve el cielo prometido ni el infierno temido; me mueve verte clavado en una cruz". Ese amor debe mover nuestro corazón a aborrecer lo que él aborrece y caminar en su luz.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bueno, como siempre digo, un privilegio poderme parar aquí.

La Reforma protestante fue un movimiento que surgió dentro de la Iglesia católica que buscaba principalmente cuestionar las prácticas que estaba haciendo la iglesia, que muchos entendían se estaban alejando de los principios del Evangelio, se estaban alejando de los fundamentos de la doctrina apostólica. Mucho conocemos la historia, y esos sacerdotes como Lutero no querían dividir la iglesia; lo que querían era crear un movimiento dentro de la iglesia que inclinara toda la Iglesia católica a volver a sus raíces, a volver a sus pilares.

Pero esa no era la primera vez que la iglesia se veía amenazada por doctrinas que estaban cambiando los valores fundamentales del cristianismo. De hecho, a lo largo de su historia, la iglesia ha recibido muchísimos ataques, tanto en el plano externo como en el mismo siglo I, en la época de los apóstoles. No tenemos solamente que leer el libro de los Hechos o ver algunas de las cartas de Pablo y vamos a ver que los apóstoles enfrentaron opiniones, doctrinas de pastores que salían dentro de la iglesia con opiniones personales que distaban muchísimo del Evangelio predicado por Cristo.

Me gustaría que el día de hoy nos detengamos a meditar en una de esas luchas ministeriales que pasaron en el primer siglo, sobre todo la que luchó el apóstol Juan al final de su ministerio. Hoy vamos a revisar la primera carta del apóstol Juan haciendo énfasis en el capítulo 1, pero sobre todo vamos a hacer mucho hincapié en los versículos del 5 al 7. Pero me gustaría que antes de leer el pasaje, como yo sé que es un pasaje muy conocido, nosotros revisáramos algunos elementos que nos van a poner en contexto de lo que estaba viviendo el apóstol Juan cuando escribió esta primera carta de Juan.

Y lo primero que voy a mencionar, lo más obvio: ¿quién es este Juan que escribe esta carta? Bueno, es Juan el apóstol, no es Juan el Bautista, no es otro Juan. Este es hijo de Zebedeo, el hermano de Jacobo. Juan, el más joven de los discípulos de Jesús, estaba en sus tempranos veinte cuando Dios lo llamó, cuando Cristo lo llamó a servir con él. Con su hermano Jacobo y con Pedro eran los tres discípulos más cercanos al Maestro. Este Juan fue al que Jesús, junto con su hermano Jacobo, lo bautizó como hijos del trueno. Y ustedes se imaginan que ese apodo no tiene nada que ver con que tenía un carácter dócil y apacible.

De hecho, el Evangelio de Lucas recoge una ocasión en que mientras Jesús iba con sus discípulos visitando algunos pueblos, hubo un pueblo que no lo quisieron recibir, y Juan y Jacobo se acercaron a Jesús y le dijeron: "Nada más tienes que darnos la orden y mandamos, bajamos fuego del cielo." O sea, ya ustedes entienden por qué el sobrenombre de hijos del trueno.

Pero también Juan es el autor del Evangelio que lleva su nombre, y él lo escribió más de cincuenta años después de haber vivido el ministerio de Jesús junto con él, entre el año 80 y 90 después de Cristo. Pero también este Juan es el autor de no solamente Primera de Juan, sino Primera, Segunda y Tercera de Juan. Y según los historiadores, él escribió estas tres epístolas unos cuantos años después de escribir su Evangelio. Las escribió mientras él era el pastor de la iglesia de Éfeso, que era la iglesia principal de Asia Menor y servía como ente aglutinador de todas las demás iglesias de Asia Menor. Luego, unos años más tarde, entre el 94 y el 96, este mismo Juan es el que escribe el libro de Apocalipsis, pero ya lo escribe exiliado en una pequeña isla de Patmos.

Entonces es importante que entendamos y tengamos en cuenta que estamos hablando de dos Juan diferentes: el jovencito de veinte años que sirvió con Jesús, y este anciano pastor de más de cincuenta años en el ministerio que está escribiendo estas epístolas. Él ha servido de ser el consultor de toda la iglesia de Asia Menor. Él está hablando no solamente a ovejas, sino a otros pastores más jóvenes, y lo hace con un lenguaje fraternal, con un lenguaje incluso como un padre, como un abuelo. En varias ocasiones en la epístola él se refiere a quienes están leyendo su carta como "hijitos míos."

Sin embargo, no nos dejemos confundir, porque la gracia y la ternura del lenguaje del apóstol en esta carta no resta nada de autoridad a su mensaje. En esta carta vamos a ver un apóstol Juan enérgico, un apóstol Juan absoluto, contrastante, que no anda con rodeos. Él va a presentar en esta carta los fundamentos de la fe; lo hace con gracia, pero lo hace con mucha claridad. Vamos a ver cómo él distingue que no hay tonos grises: o es blanco o es negro, o tú estás en la luz o estás en las tinieblas. Si no es verdad, es mentira. Si no es un maestro de Dios, es un falso maestro. Si tú no vives como hijo de Dios, tú no eres un hijo de Dios. Así que él dice de manera muy graciosa: "Hijito mío, examínate. No sea que tú mismo te estés engañando."

Pero el apóstol Juan en este momento también es el último testigo ocular del ministerio de Jesús. Es la voz creíble, autoritaria y autorizada de la Iglesia primitiva. Y todos los demás pastores de las iglesias de alrededor de Asia venían a él a comentar lo que estaba pasando en sus respectivas iglesias. Y Juan está recibiendo algo que crea en él un sentido de urgencia. Falsos maestros se habían levantado desde dentro de la misma iglesia, contaminados por corrientes y pensamientos filosóficos que habían comenzado a infectar la iglesia con falsas doctrinas.

Todas estas ideas que comenzaron a permear la cultura de la iglesia posteriormente recibieron el nombre de gnosticismo. Y principalmente los gnósticos consistían o decían lo siguiente. Pongan atención. Los gnósticos promovían el dualismo, afirmando que el cuerpo, la materia, era inherentemente mala y que el espíritu era intrínsecamente bueno. Por lo tanto, era imposible que cualquier tipo de deidad pudiese habitar en un cuerpo humano sin perder su naturaleza buena. Estos falsos maestros predicaban que el cuerpo físico de Jesús no era real, sino que solamente parecía real, que era una especie como de aparición. Otros gnósticos afirmaban que el espíritu del Cristo descendió en Jesús en el momento del bautismo, pero que lo abandonó momentos antes de la crucifixión. O sea, que quien fue crucificado fue un hombre común y corriente.

Pero peor aún, este dualismo que profesaban los gnósticos planteaba que había un divorcio entre lo material y lo espiritual. Por lo tanto, y aquí viene un gran problema, entendían que el pecado cometido en el cuerpo no tenía ninguna relación o efecto en el espíritu de la persona. Así que el desenfreno total y la inmoralidad era permisible y no afectaba absolutamente de manera negativa tu estatus espiritual. Como resultado de esa manera de pensar, quería decir que el amor entre los hermanos, el servicio en la congregación, la comunión con los hermanos, no tenía ningún tipo de valor espiritual porque eran manifestaciones y expresiones netamente físicas, horizontales.

Los gnósticos también decían que el conocimiento elevado, la verdad más alta, era solamente conocida por unos pocos privilegiados que tenían el conocimiento místico de la verdad. Y solamente ese grupo exclusivo de hombres místicos podía juzgar todo el conocimiento y, por lo tanto, eran los únicos autorizados a evaluar la revelación de Dios.

Imagínense el sentido de urgencia que debió haber tenido el apóstol Juan. "Yo soy el único apóstol que queda con vida. Yo soy el único que puede levantar la mano y decir: no, no es así, no es así, yo estuve ahí. Yo necesito que mis pastores jóvenes y mis iglesias entiendan y estén claros qué fue lo que exactamente sucedió hace cincuenta años. Yo necesito que todos estos pastores entiendan cuáles son los fundamentos de nuestra fe."

Como vimos, Juan escribió esta carta años después de haber escrito su Evangelio. De hecho, el Evangelio de Juan fue el último Evangelio en ser escrito. Cuando él lo escribe, ya Juan conocía los demás Evangelios y sabía que los demás Evangelios estaban siendo rodados por todas las iglesias de Asia. Y las iglesias conocían el Evangelio de Mateo, el Evangelio de Marcos y el Evangelio de Lucas. Por lo tanto, Juan se esforzó en escribir un Evangelio que tuviese información que quizás los otros tres evangelistas no hayan escrito. Por eso él se concentra más, en vez de contar cronológicamente lo que pasó en el ministerio de Cristo, él se enfoca en las enseñanzas de Cristo a sus discípulos.

De hecho, él mismo dice en el Evangelio de Juan cuál fue el propósito de escribirlo. Dice Juan, capítulo 20, versículos 30 y 31: "Y muchas otras señales hizo también Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro, pero estas, las que yo escribí, se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer tengan vida en su nombre."

¿Qué está diciendo? "Yo pudiera escribir páginas y páginas y páginas y páginas de lo que yo viví con Jesús en el tiempo que estuvo en la tierra. Ustedes se cansarían de leerme. Pero yo he preferido escribir solamente aquellas que apuntan al propósito principal del ministerio del Maestro: que ustedes que van a leer esto crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que al creerlo puedan recibir la vida eterna en su nombre."

Y a pesar de que Juan escribió un Evangelio de solo veintiún capítulos, él escribe ahora esta carta, y esta carta es como un resumen ejecutivo. Es como que le está diciendo a algunos pastores: "Mira, yo no sé si en tu iglesia ustedes leen o se van a leer lo completo, quizás se cansa tu iglesia de escuchar. Yo te voy a escribir una carta que contiene el resumen de lo que yo entiendo que tu iglesia debe conocer, ahora que tenemos una amenaza grande de un movimiento gnóstico. Solamente tiene cinco capítulos. Es más, yo te voy a escribir el primer capítulo para que, si tú les lees ese capítulo, puedan entender de qué se trata el Evangelio, de qué se trata lo que nosotros creemos."

Entonces, con esto en mente, entendiendo lo que está en el corazón de Juan, yo quiero que nosotros leamos el primer capítulo de la Primera Epístola de Juan.

Voy a leer primero los primeros cuatro versículos. Voy a leer en la Nueva Biblia de las Américas, Primera de Juan capítulo uno, del uno al cuatro. Dice el apóstol Juan: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que han tocado nuestras manos, esto escribimos acerca del Verbo de vida. Y la vida se manifestó; nosotros la hemos visto y damos testimonio, y la anunciamos a ustedes: la vida eterna que estaba con el Padre se manifestó a nosotros. Lo que hemos visto y oído les proclamamos también a ustedes, para que también ustedes tengan comunión con nosotros. En verdad nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos estas cosas para que nuestro gozo sea completo."

Desde el primer versículo de la epístola, Juan establece su autoridad: "Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que han tocado nuestras manos." Es de eso que yo voy a escribir, acerca del Verbo de vida. Juan está diciendo: "Yo lo escribo porque yo puedo; de hecho, soy el único que puede ahora mismo. A mí no me lo contaron, yo lo vi. Pero no solamente que yo lo vi, sino que yo lo contemplé." Y me encanta que la palabra "contemplar" que se usa ahí en el original es una palabra que tiene la misma raíz de la palabra "teatro". Entonces él está diciendo: "Yo me senté detenidamente, sin ningún tipo de interrupción, a contemplar al Maestro. Yo estuve ahí fijándome en lo que hacía, y no lo vi solamente una vez, lo vi todos los días durante varios años."

"Yo vi al Maestro, me detuve, reflexioné con lo que hacía. Yo lo vi a Él demostrando su poder. Yo lo vi convirtiendo el agua en vino. Yo lo vi multiplicando panes. Yo lo vi sanando enfermos. Yo lo vi caminando sobre el mar. Yo lo vi ordenándole al viento que se pare. Yo lo vi resucitando muertos."

Pero también diría Juan: "Yo lo vi cansado. Yo lo vi llorando. Yo lo vi lavándome los pies. Yo lo vi sangrando. Yo lo vi crucificado." Usted se viene, imagina la escena: este hijo del trueno, parado delante de la cruz, viendo a ese que él sabe que tiene todo el poder del universo, al Rey de reyes, al Señor de señores, viéndolo ahí destruido, indefenso. Y Juan quizás apretándose los puños diciendo: "Déjame, déjame hacer algo. Vamos a borrar esta gente de la faz de la Tierra." ¿Ustedes se imaginan la escena y la impotencia que debería sentir ese muchacho, viendo a ese Maestro todopoderoso sin hacer absolutamente nada que él creyera?

Pero él no se quedó ahí. Él dice: "Yo lo toqué, yo recosté mi cabeza sobre su pecho, yo sentí sus latidos." A lo mejor él ayudó a las mujeres que estaban ahí a transportar el cuerpo de Jesús; eso no lo sabemos. A lo mejor cuando Cristo se le apareció a Tomás, le dijo a Tomás que metiera su mano en su llaga, a lo mejor Juan fue junto con Pedro: "Yo primero también, yo quiero tocar también." Lo importante es que él dice: "Yo lo toqué." ¿Qué, como si él estuviera diciendo? "Señor gnóstico, a mí no me venga con cuento, que era un fantasma, que era una aparición. ¡Ese era Dios hecho hombre!"

Juan está hablando con el corazón. Fíjense como dice el versículo 2: "Y la vida se manifestó; nosotros la hemos visto, damos testimonio, la anunciamos a ustedes: la vida eterna que estaba con el Padre y se manifestó a nosotros." Él está diciendo: "Hijitos, el Verbo de vida se manifestó. Dios se hizo hombre. No se dejen engañar. Yo doy testimonio, yo estuve ahí. Dios mandó a su Hijo, y todo aquel que crea en Él va a tener vida eterna." Yo se lo acabo de escribir en el Evangelio.

Pero miren qué esperanza tan preciosa. Él sigue diciendo en el versículo 3: "Lo que hemos visto y oído les proclamamos también a ustedes, los que no estuvieron ahí, para que también ustedes tengan comunión con nosotros los apóstoles. En verdad nuestra comunión es con el Padre y con el Hijo Jesucristo." Él está hablando ahí en nombre de todos los apóstoles, todos los testigos oculares. Ustedes están diciendo: "Miren, ustedes no lo vieron, pero si ustedes creen en lo que nosotros hemos proclamado, nosotros que lo vimos, ustedes van a tener la misma comunión con el Padre y con el Hijo que nosotros tenemos. Si creen, es exactamente igual como si lo hubiesen visto." Imagino que ahí Juan recordó cuando lo oyó a Jesús decirle a Tomás: "Porque me has visto has creído; dichosos los que no vieron y sin embargo creyeron."

Y el versículo 4 termina esta idea diciendo: "Les escribimos estas cosas para que nuestro gozo sea completo." Juan dice: "Hijitos, si ustedes creen en el mensaje proclamado por nosotros los apóstoles, nuestra misión está cumplida. Yo, que soy el último, puedo morirme tranquilo. Nuestro gozo se da completo."

Ahora Juan sigue diciendo: ¿Cuál es ese mensaje que Juan dice que está proclamando y que entiende que es vital para la iglesia? El versículo 5: "Y este es el mensaje que hemos oído de Él y que les anunciamos: Dios es luz y en Él no hay ninguna tiniebla." En Él no hay ninguna tiniebla. Doble negación, para que en el original hay tres negaciones. Literalmente lo que dice en el original es: "No hay absolutamente ninguna tiniebla en Él."

Entonces, ¿qué dice Juan? ¿De dónde viene mi mensaje? Del mismo Cristo. Él mismo lo dijo. Yo se lo puse en el Evangelio que ustedes ya han leído. "Jesús les habló otra vez," Juan 8:12, "diciendo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida."

Y sigue Juan en la epístola, aquí en el versículo 6, diciendo: "Si decimos," y le dejo el original, "como si a alguno se le ocurre decir que tenemos comunión con Él a nivel espiritual, pero andamos a nivel físico, conductual, en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad." Juan es enfático: este es el mensaje, Dios es luz y en Él no hay ninguna tiniebla. No puede haber comunión con Dios y las tinieblas. Es imposible. Por definición, la oscuridad es ausencia de luz. No pueden coexistir. Si Dios está alumbrando, tú no puedes, mi hermano, vivir en las tinieblas.

Y este símbolo de la luz nos ayuda a entender a Dios en dos sentidos diferentes: podemos entender un poco de su claridad, de la verdad que hay en Él, y de su santidad. En el primer sentido, de la claridad y la verdad, nosotros sabemos que la luz permite ver todo claramente. Podemos ver las cosas como son verdaderamente porque la luz ilumina todos los lados o facetas de las cosas. En este sentido, Dios es luz que se revela a sí mismo y a nosotros. En Cristo, Dios reveló su carácter, sus atributos y su plan. Juan se lo oyó decir al mismo Cristo y lo escribió en Juan 15:15: "Los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre."

Dice el versículo 5 de la epístola: no hay absolutamente ninguna tiniebla en Él. Dios no se esconde en las sombras para que algunos pocos místicos exclusivos puedan encontrarlo. Dios se manifiesta clara, abierta, franca y amorosamente a todos, a todos los que han recibido a su Hijo Jesucristo y, por lo tanto, poseen su Espíritu Santo.

Pero también, aparte de su claridad, este símbolo de luz nos ayuda a entender a Dios en el sentido de su santidad. Y en este sentido, Juan nos está diciendo que como Dios es luz, no tiene la más mínima partícula de tiniebla espiritual en Él. Es decir, la definición que Juan nos da de Dios implica una perfección moral infinita. R.C. Sproul dice que cuando usamos la palabra "santo" para describir a Dios, tendemos a agregar su santidad a un listado de características o atributos. Pero menos que decir, dice Sproul, cuando la palabra "santo" es aplicada a Dios no significa solo un atributo. Al contrario, Dios es llamado santo en un sentido general; la palabra es usada como un sinónimo de su deidad. Es decir, "santo" se refiere a todo lo que Dios es.

El Antiguo Testamento, en Levítico, lo judío tiene un nombre para Dios que era "Jehová Mekadishkem," que significa "el Señor que santifica, el Señor que aparta." Miren respecto a eso lo que dice Sproul: "El término 'santo' se refiere a la trascendencia de Dios, por la cual Él está por encima y más allá del mundo. Dios puede acercarse y consagrar cosas terrenales y hacerlas santas. Su toque repentinamente convierte lo común en especial." Con esto confirmamos que nada en este mundo es santo en sí mismo; solo Dios puede hacer algo santo, solo Dios puede santificar. Cuando nosotros llamamos santo a algo que no es santo, cometemos el pecado de la idolatría. Le damos a las cosas comunes el respeto, la admiración, el homenaje y la adoración que solo a Dios pertenece. No solamente que Dios es santidad, sino que Él tiene la potestad de hacernos a nosotros santos. ¿Eso no es glorioso?

Cuando Juan nos dice que Dios es luz, Juan nos está diciendo que mientras más cerca estamos de Dios, más podemos vernos como realmente nosotros somos, porque Dios es verdad. Él nos está diciendo que mientras más cerca estamos de Él, más podemos ver nuestra condición de pecado, porque Él es santo. Cuando Dios nos ilumina, lo primero e inmediatamente lo que nosotros vemos es nuestra condición de pecadores y la gran necesidad que tenemos de arrepentimiento y salvación.

Pero Juan no se queda ahí. Aquí entra de nuevo la belleza del evangelio, versículos 7 al 9: "Pero si andamos en la luz como Él está en la luz, tenemos comunión los unos con los otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado. Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Pero si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad."

¡Qué glorioso Salvador! Que aunque pudiendo, no se bajó de la cruz, para que nosotros pudiésemos tener comunión con Él, con el Padre y con nuestros hermanos. Este versículo 7 tiene dos verbos que no están ahí por casualidad.

Dice: "Si andamos en la luz, tenemos comunión unos con otros." Y ambos verbos están en un presente continuo; implica una acción constante, no momentánea, no ocasional. No es que yo ando en luz y luego me salgo del camino. No es que hoy yo soy santo y mañana no. Es continuamente.

Imagínense un grupo de personas que van caminando juntas por un camino que está perfectamente iluminado, con una fuente de luz tan perfecta que no genera ningún tipo de sombras. El sol, que es la fuente de luz más poderosa que conocemos, como viene de un solo lado, genera sombra del lado opuesto al objeto que le está dando. Imagínense una fuente de luz de Dios que no crea ninguna sombra porque viene de todos los lados igual. Imagínense una fuente de luz tan perfecta que no genera sombra, una fuente tan perfecta de luz que permite ver las formas exactamente como son, una luz tan perfecta que revela todas nuestras imperfecciones y defectos, no importa qué tan mínimas sean. Una luz tan perfecta que nos muestra exactamente las irregularidades del camino, que nos muestra exactamente los obstáculos que vamos a enfrentar.

Andar en luz significa andar en la verdad. Andar en luz implica andar en santidad. Andar en la verdad implica estar dispuesto constantemente a no engañarme a mí mismo y verme como Dios me ve. Pero andar en santidad implica reconocer mi pecado y dirigirme al fiel y justo para buscar su perdón. No una vez al año, no una vez a la semana: siempre, cada vez que sea necesario.

Pero yo les dije que en ese principio había dos verbos. El otro es "tenemos comunión unos con otros." Tener comunión unos con otros implica estar dispuestos también a que los otros puedan verme también como verdaderamente yo soy.

Ahí como que se está complicando. Tener comunión unos con otros implica estar dispuestos a recibir con gozo cuando el que está caminando conmigo se acerca a mí y me diga cosas como esta: "Mi hermano, te estás alejando de la luz. Mi hermano, tú no te estás dando cuenta, pero tú estás tratando de hacerte sombra a ti mismo." O: "Hermano, mira, perdóname que yo caminando junto a ti intenté hacerte sombra en un momento." O cuando un hermano se nos acerca y diga: "Hermano, se ve clarito, delante de ti viene una piedra enorme que tú no vas a poder brincar. No trates de brincarla, vete por un lado."

Tener comunión unos a otros implica que nosotros vamos a caminar con un pueblo de Dios que va a estar pendiente de nosotros, orando por nosotros, pero viendo nuestro caminar, y nosotros el de ellos. Y en ese caminar el pecado va a ocurrir muchas veces, más de lo que nosotros quisiéramos, porque mientras estemos en este mundo caído y en este cuerpo caído nosotros no podemos evitar pecar. Y Juan termina diciendo en el capítulo uno, versículo 10: "Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos a Él mentiroso, y su palabra no está en nosotros."

Pero hermano, si estamos caminando en la luz, el pecado no puede ser una práctica constante en nuestras vidas. Dios nos da tres herramientas para que podamos luchar contra la práctica del pecado. Primera herramienta: la verdad y la santidad de Dios nos guiarán como su luz. Nosotros tenemos guía todo el tiempo en verdad y en santidad. Nosotros vamos a ver cuáles cosas tenemos que evitar, cuáles cosas no tenemos que hacer, si somos sinceros. No tenemos por qué engañarnos porque lo vamos a saber. Número dos: su pueblo camina con nosotros para ayudarnos en el camino. Y por si fuera poco, número tres: el Fiel y Justo está en nosotros para limpiarnos y levantarnos cada vez que nos caigamos en el camino.

Pero grande es la apostilla que Juan nos regala como un bono. En buen dominicano, nos regala como una ñapa. Si ustedes leen el primer versículo del capítulo siguiente, el capítulo dos, oigan lo que dice: "Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Y si alguien peca, tenemos abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo."

Hermano, el pensamiento gnóstico del primer siglo trató de restar importancia a la práctica del pecado. Trató de invalidar el sacrificio expiatorio de un Dios cien por ciento Dios y cien por ciento hombre. Quince siglos después, los reformadores lucharon en contra de corrientes filosóficas diferentes, pero que al final tenían objetivos muy similares. Por ejemplo, había corrientes dentro de la Iglesia Católica que querían minimizar los efectos del pecado otorgando la posibilidad de comprar el perdón de los mismos. Incluso se podía comprar el perdón después de muerto. También querían minimizar el sacrificio expiatorio de Cristo ofreciendo diferentes caminos que permitían reconciliar la relación del pecador con Dios. También querían convencer a los feligreses de que el conocimiento profundo de Dios era un privilegio exclusivo de solo algunos pocos: papas, cardenales, y que solo esos pocos tenían la capacidad de discernir y de interpretar el significado de la Biblia.

Pero hombres como Martín Lutero encontraron en las Escrituras pasajes como este de Primera de Juan y fueron confrontados con la verdad de que no se puede caminar con Dios estando en tinieblas. O se está en la luz o se está en oscuridad. De ahí que el movimiento reformador acuñó su frase de esperanza: "Post tenebras lux." Después de las tinieblas, la luz. La luz desplazará a las tinieblas.

Pero ellos también fueron confrontados con la verdad de que no se puede encontrar gracia, perdón y salvación de Dios si no es únicamente creyendo en el sacrificio de su Hijo. No se puede tener una relación con un Dios tres veces santo y practicar tranquilamente el pecado.

Martín Lutero cuenta en su autobiografía que en la celebración de su primera misa, luego de ser ordenado sacerdote, él estaba haciendo todo, iba muy bien, hasta que llegó el momento en que el sacerdote en la misa católica se levanta y va a consagrar la hostia y el vino para hacer lo que los católicos dicen que se llama transubstanciación, que se supone que es cuando el sacerdote convierte el pan y el vino literalmente en el cuerpo y la sangre del Señor. Y dice Martín Lutero que él subió sus brazos y cuando iba a hablar, su boca se frisó, comenzó a temblar, su frente comenzó a sudar copiosamente. Y miren cómo lo escribe: "Cuando yo estaba a punto de decir las palabras 'nos ofrecemos a ti, el Dios vivo, eterno y verdadero', me quedé estupefacto y aterrorizado. Y pensé para mí mismo: ¿Con qué lengua voy a dirigirme a tal majestad, si todos los hombres deberían temblar incluso ante la presencia de un príncipe terrenal? ¿Quién soy yo para levantar mis ojos o mis manos hacia la majestad divina? Los ángeles lo rodean. Uno solo de sus movimientos hace temblar la tierra. ¿Y yo, un miserable y pequeño enano, diré 'yo quiero esto' o 'yo pido aquello'? Yo, que soy polvo y ceniza, lleno de pecado, ¿estoy hablándole al Dios vivo, eterno y verdadero? ¿No saben que Dios habita en una luz inaccesible? Nosotros, criaturas débiles, ignorantes, queremos probar y entender la incomprensible majestad de la indescifrable y maravillosa luz de Dios."

Lutero entendió que había un abismo insalvable entre Dios y él, entre Dios y el hombre. Pero pensaba que al Dios justo solo le quedaba una sola opción: castigar al hombre injusto. Hasta que se topó con el apóstol Pablo y su carta a los Romanos. Romanos 1:17: "Porque en el satisfacción. No en otro lugar, sino en el Evangelio, la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá."

Entonces escribe Martín Lutero: "Entonces entendí que la justicia de Dios es esa justicia por la cual, a través de la gracia y la pura misericordia de Dios, nos justifica por la fe. De ahí en adelante sentí como si hubiese nacido de nuevo y hubiese entrado por las puertas del paraíso. Toda la Escritura tomó un nuevo significado, y donde antes la justicia de Dios me llenaba de odio, ahora llegó a ser para mí amorosamente dulce, de una forma que no la puedo explicar. Este pasaje de Pablo fue para mí la puerta del cielo."

Lutero entendió que Dios es luz y no puede habitar en las tinieblas, pero que su amor por su pueblo es tan grande que hizo lo que ameritaba para que su gracia y pura misericordia nos justificara por la fe y pudiéramos tener comunión con Él.

Hermano, quizás tú nunca habías oído el término gnosticismo, o quizás lo habías oído pero no te había interesado saber de qué se trataba. O quizás sí habías oído de la Reforma, pero ves la Reforma como un período oscuro de la iglesia, muy lejano, que no tiene quizás ningún tipo de relación con tu vida ni con nuestra iglesia hoy.

Déjame decirte algo hoy: la iglesia sigue bajo los mismos ataques del pasado. Pero déjame ser más personal, porque muchas veces cuando decimos "la iglesia está bajo ataque", por algunas razones no nos sentimos aludidos. Entendemos que los ataques a la iglesia son ataques que se hacen a templos, o son ataques que se hacen a misioneros en la selva, o son ataques que se le hacen a pastores. No, que tienen que ver contigo. Yo quiero decirte algo: tú estás bajo ataque. Tu matrimonio está bajo ataque. Tu familia está bajo ataque. Tu fe está bajo ataque.

Hay corrientes hoy que nos dicen que un Dios de amor no puede castigar el pecado. Que ese divino niño amoroso no puede castigar el pecado. Que ese papá Dios con esa barba blanca que está entre nubes sonriendo no puede castigar el pecado. O quizás has oído corrientes que minimizan el pecado haciéndote creer que al final Dios va a hacer un balance entre tus obras buenas y tus obras malas, y si el balance da azul, no hay condenación. Bueno, la Biblia no dice eso. La Biblia dice que no hay ninguna condenación solamente para los que están en Cristo Jesús. No es por mi obra, es por la obra de Él. Dice: "Los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu." O lo que es lo mismo: los que no andan en tinieblas, sino que andan en su luz.

Pero quizás has oído que andar en luz para muchos significa andar por la vida sin problemas, en victoria total, sin pruebas, sin deudas, sin enfermedad. Eso no es andar en luz. Otros quieren convencernos de que nosotros tenemos la opción: Dios puede ser nuestro Salvador, pero no necesariamente tiene que ser nuestro Señor. Tenemos un Dios que te deja elegir: "¿Tú me quieres como el Salvador de tu alma? Me tienes. ¿Tú no me quieres como el Señor de tu vida? No te preocupes." ¿Les suena al divorcio que hacían los gnósticos? Igualito. Otros están siendo engañados porque creen que es suficiente llevar el sacrificio de Cristo en la cruz en una cadenita colgada del pecho, y es suficiente. Eso me protege, eso me hace salvo.

Mas nosotros hemos intentado caminar en la luz, pero muchos caminan en la luz haciéndose ellos mismos sombra. Porque increíblemente nos molesta tanta luz. Me molesta tanta verdad. Me molesta tanta santidad. No es necesario. Y aunque no lo aceptemos públicamente, hemos pretendido caminar en algo de tinieblas. No, eso es imposible. Nosotros hemos minimizado la consecuencia del pecado en nuestras vidas. Hemos aprendido a engañarnos y encontrar culpables en otros, en otras circunstancias. En pocas palabras, nosotros hemos perdido la repulsión por el pecado. Hemos perdido la repulsión por el pecado.

Una vez estaba hablando con un pastor amigo y él me contaba que a lo largo de los años, ya adulto, él comenzó a generar una alergia por los mariscos que no tenía en su juventud. Y yo le dije: "Wow, me imagino que cuando tú hueles marisco, cuando tú ves marisco, tú tienes que..." Así, así. "Sé que no. Me encanta cómo huele. Me encanta cómo se ve. Me encanta su sabor. Ahora, de que yo me acuerdo lo malo que yo me pongo cuando me lo como, no quiero saber de eso. No puedo ni verlo." Y como pastor, al fin me dijo: "Qué pena que no nos pasa lo mismo con el pecado. Qué pena que aunque el pecado nos atraiga, nos sepa bien, no nos acordamos de las consecuencias de nuestro pecado y lo aborrecemos. Qué pena."

Pregúntate: ¿Tú realmente sientes repulsión por el pecado? Pero yo no te estoy hablando del pecado que tú ves en las noticias: el asesino de su esposa, el violador de una...

Ni el que robó en un banco. Ni siquiera estoy hablando de la repulsión por el pecado de ese hermano que cayó ante la prueba de la lujuria. No, tú sientes repulsión por tu pecado, por ese pecado que nadie más lo sabe sino tú y Dios. ¿O tú estás cómodo en él? Cuidado si tú estás, como dice el versículo 10, en tu vida sin decirlo, haciendo a Dios mentiroso. Cuidado si tú estás caminando, intentando caminar en luz por años y años, viniendo a toda la actividad de la iglesia, pero vives según una práctica constante de los mismos pecados día tras día, mes por mes, año tras año.

Cuando te pase por la mente que Dios puede ser permisivo con ese pecado tuyo personal, recuérdate a ti mismo lo siguiente, clávalo en tu corazón: Dios aborrece de tal manera el pecado que envió a su Hijo a morir en una cruz para que tú fueras libre de él. Clávalo ahí.

Mira como dice Hebreos 2 del 2 al 4: "Pongamos nuestros ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Consideren, pues, a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no se cansen ni se desanimen en su corazón. Porque todavía en su lucha contra el pecado ustedes no han resistido hasta el punto de derramar sangre."

Ahora, hubo uno que en su lucha contra nuestro pecado derramó sangre y murió para que con su sacrificio ni tú ni yo tengamos que ser crucificados y no tengamos que pagar por nuestro pecado. Juan te está diciendo: "Hijo, por el amor de Dios, imagínate tú delante de ese Cristo crucificado. Ponte a pensar en lo que Él aborrece el pecado, que Él se clavó para que tú no pagaras la consecuencia de tu pecado. Mira lo mucho que lo aborrece." Olvídate de todo. Él quiere que tengas comunión contigo y te pide: "Sé como yo, aborrece el pecado." ¿Tú necesitas una mejor razón que esa? Yo quiero aborrecer el pecado simplemente porque yo quiero tener comunión con mi Dios, y mi Dios lo aborrece.

Hay un soneto que se escribió en el siglo XVI, un soneto anónimo, aunque aparece atribuido a muchos autores, probablemente es anónimo, que más que un poema es una oración. A mí me encanta y yo quiero leerla, y que ustedes la usen como una oración, porque yo creo que el Señor usó a esta persona para escribir esto. Dice el soneto: "No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tú me mueves, Señor; muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido; muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiera infierno te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera."

¡Wow! Así es que yo quiero amar a Dios. Por eso es que yo quiero aborrecer mi pecado, porque Él lo aborrece. Aunque no hubiese cielo, aunque no hubiese infierno, yo solamente quiero estar con Él donde sea. Y Él solamente me pide: "Anda en mi luz, aborrece el pecado. Anda en mi luz y aborrece el pecado."

Bueno, inclinen su cabeza. Vamos a orar, vamos a meditar en esto. Vamos a pedirle al Señor que cambie nuestro corazón. Vamos a pedirle al Señor: "Señor, devuélveme el aborrecimiento por mi pecado. Dame el entendimiento profundo de lo que te duele mi pecado. No me dejes tranquilo, Señor, viviendo cómodamente en la sombra. Padre, ayúdame, Señor, a vivir en tu luz, donde yo no te puedo engañar, donde yo no puedo engañar a mi hermano, y donde yo no puedo engañarme a mí mismo. Señor, ayúdame a recurrir al Fiel y Justo cuando me caiga, Padre, porque Tú me conoces, Señor, y sabes que me voy a caer. Pero qué bendición que ahí está Él, que está tu Espíritu para levantarme, limpiarme, Señor."

"Padre, no podemos vivir una vida en luz que no sea la tuya, Señor, porque es muy difícil. Por eso queremos pedir que Tú nos capacites, Señor, que Tú nos hagas entender, que Tú nos pongas como Juan al pie de la cruz y podamos ver ese sacrificio tuyo, Señor, y que sea real. Y como Cristo dijo, Señor, que creamos aunque no lo hayamos visto."

"Señor, nosotros necesitamos más Juanes en esta época, Señor, que proclamen tu evangelio. Nosotros necesitamos más Luteros, Señor, que claven en la puerta de los corazones de los inconversos tu Palabra, Señor. Nosotros necesitamos más personas anónimas como las que escribieron esta oración, Señor, que tengan un compromiso tal contigo que su vida sea diferente y que cambie todo a su alrededor. Pero no lo vamos a lograr si no estamos conscientes, Señor, que nuestra única esperanza está en ti, vale, que Tú eres el único que podías llenar ese gran abismo que había entre nosotros y tu gloria, Señor."

"Padre, ahora te vamos a cantar, y queremos cantarte, queremos adorarte, Señor, y darte gracias porque clamamos desde la oscuridad y Tú nos rescataste, Señor. Te vamos a cantar, Padre, que Tú te vestiste de nuestro pecado para que nosotros nos vistiéramos de tu justicia, Señor. Pero te queremos pedir, Padre, que lo que cantemos ahora, Señor, sea una adoración que continúe el resto de nuestra vida, el resto de nuestro día, el resto de nuestra semana, y que no acabe, Señor. Padre, no lo podemos hacer solos, te necesitamos. Ayúdanos a conocerte más, Padre, y ser mejores hijos tuyos, para tu gloria. En Cristo Jesús. Amén."

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Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño sirve como uno de los pastores de la Iglesia Bautista Internacional. Ha servido en diversas áreas del ministerio —Consejería Prematrimonial, Grupos Pequeños, Escuela Bíblica Dominical, Ministerio de Cárceles y Conferencias Por Su Causa— y actualmente dirige los Ministerios Juveniles y la Escuela Bíblica Dominical junto a su esposa. Es licenciado en Publicidad con maestría en Gerencia de Mercadeo, graduado del Instituto Integridad & Sabiduría y certificado en Educación Cristiana. Casado con Jenny Thompson, es padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr.