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Sermones

Una vida de esperanza

Reynaldo Logroño 19 mayo, 2024

La esperanza cristiana no es simplemente esperar que un día estaremos con el Señor mientras vivimos desconectados de él hasta entonces. Es mucho más que eso. Como un niño que sabe con certeza absoluta que su padre vendrá a buscarlo —no porque sea posible, sino porque conoce a su padre— así es nuestra esperanza: una expectación segura basada en quién es Dios, no en nuestras circunstancias. El significado bíblico difiere radicalmente del secular: mientras el mundo habla de deseos y posibilidades centradas en el hombre, la Escritura habla de garantía y seguridad que dependen enteramente de Dios.

Primera de Pedro revela que esta esperanza incluye una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita, protegida por el mismo poder que resucitó a Cristo. Pero hay algo que podría incomodarnos: las pruebas y aflicciones forman parte del diseño. No están ahí por capricho divino, sino para confirmar la realidad de nuestra fe. Si las pruebas sirven para eso, vale preguntarse: ¿cómo me estoy comportando en medio de ellas? El poder de Dios nos capacita para experimentar gozo incluso en la aflicción —algo que el mundo no puede comprender.

Un experimento con ratas mostró que aquellas rescatadas repetidamente del agua nadaban hasta ochenta horas, mientras las que nunca conocieron una mano salvadora se ahogaban en quince minutos. Al eliminar la desesperanza, luchaban por vivir. Nuestro Dios nos saca de la prueba cuando no resistimos más, una y otra vez, enseñándonos a confiar en esa mano. Una vida de esperanza no es contemplación pasiva: es vivir con sobriedad y santidad, sabiendo que todo viene de un Dios amoroso que quiere hacernos más semejantes a su Hijo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El tema de hoy tiene que ver con un tiempo que pasé hace algunas semanas, donde tuve la oportunidad de compartir con una familia de la iglesia que había perdido a un ser querido. Gracias a la señora José, del querido que había aceptado al Señor. Y realmente en esa meditación que tuve pude compartir un pasaje muy usado por los pastores que trabajan o que tienen que servir en las funerarias, en los memoriales.

Y es un pasaje que se encuentra en la primera carta a los Tesalonicenses, capítulo 4, versículos 13 al 14. Pasaje muy conocido que dice lo siguiente —voy a estar leyendo en la Nueva Versión Internacional de la América—: "Pero no queremos, hermanos, que ignoren acerca de los que duermen, para que no se entristezcan como lo hacen los demás que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús."

Y nosotros hemos oído eso una y otra vez: no se entristezcan como lo hacen los demás, los que no tienen esperanza. Y para mí fue un buen tiempo donde me detuve en eso, y decía: "Sí, es obvio que no nos entristecemos igual." Estamos despidiendo a un ser querido que te conoció, que te aceptó, y tenemos la certeza de que ahora mismo él está mejor de lo que estaba antes. Pero también tenemos la certeza de que él está mejor incluso que nosotros, por más que tengamos, porque él está con su Señor.

Y aunque tenemos una separación física, no nos entristecemos como los que no tienen esperanza. Y sabemos que la Biblia no nos manda a que seamos estoicos, porque el mismo Señor Jesús lloró cuando vio a su amigo Lázaro muerto, y lo iba a resucitar. Pero nos entristecemos de una manera diferente.

Ahora bien, donde me quedé reflexionando fue lo siguiente. Muchas veces nosotros pensamos que esa esperanza, esa vida eterna, no tiene nada que ver con lo que pasa en nuestro día a día, mientras estamos aquí vivos. Y aunque nosotros no lo digamos, creemos que la esperanza del cristiano es muy similar a la esperanza que tiene un hijo cuando su papá lo lleva a la escuela.

El papá lleva a su hijo al colegio puntualmente todas las mañanas. Lo deja en la puerta, el papá se despide de su hijo con un "Dios te bendiga, mi hijo, que tengas un buen día." El niño entra, toma sus clases, conversa con sus amigos, escucha a sus profesores, sale al recreo, come su merienda, vuelve a tomar clases, etc. Y al final del día, el niño tiene la seguridad de que su papá lo viene a recoger, como él lo prometió, para llevarlo al hogar.

Pero el niño sabe que durante todo el tiempo que transcurrió desde que su papá lo dejó en la puerta de la escuela hasta que el papá lo pase a recoger, su papá perdió todo tipo de conexión con él y todo tipo de comunicación. Mientras el niño está en el colegio, el hijo quedó de su cuenta, por decirlo así.

Bueno, así no funciona la esperanza. Aunque el resultado final de nuestra esperanza es esa misma certeza de que estaremos toda una eternidad con nuestro Salvador y Señor, una vida de esperanza es algo más que simplemente una vida de espera. Es más que eso. Una vida de esperanza tiene características particulares, tiene características diferenciables y reconocibles que se ven aquí, de este lado de la gloria.

O sea, hoy nosotros quisiéramos ver en un pasaje, sobre todo de la Palabra, cómo la Escritura nos habla de este concepto que es muy conocido por nosotros. Pero vamos a hacer un énfasis tomando en consideración lo que estos textos nos dicen sobre cómo una vida de esperanza tiene que verse aquí en el día a día. El lunes, el martes, el miércoles, el jueves, el viernes y el sábado, no solamente el domingo.

Vamos a ver que nuestra esperanza tiene implicaciones que afectan todo lo que hacemos. Vamos a ver que la vida del que tiene esperanza no puede ser igual a la vida del que no la tiene. Nos entristecemos, sí, pero no como los que no tienen esperanza. Sufrimos, pasamos por luchas, pruebas y tiempos difíciles, sí, pero con un propósito eterno. Nos divertimos también, pero la fuente de nuestro gozo es diferente que la del mundo. Vamos a ver que nuestra esperanza nos habla de cómo es nuestro Dios, y vamos a ver si tuvimos nosotros algo que hacer para obtener esa esperanza. Veremos que nuestra esperanza nos instrumenta, nos capacita para ver todo de una manera diferente.

Pero antes de ver todo eso, vamos a comenzar viendo qué significa el término esperanza. Si vamos al Diccionario de la Real Academia Española, vamos a encontrar esta definición: esperanza es un estado de ánimo positivo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea. Es un estado de ánimo positivo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea.

Sin embargo, mira la definición del Diccionario de Temas Bíblicos de Manser y Powell sobre la esperanza bíblica. Dice: "La esperanza es una expectación segura y confiada en la futura fidelidad y presencia de Dios." Sigue diciendo la definición: "El horizonte de la esperanza cristiana se extiende más allá de la muerte hasta la eternidad preparada por Dios mismo. Es una realidad que está garantizada por Jesucristo."

Se puede ver que, aunque es el mismo término, hay dos conceptos que son bastante diferentes. Secularmente, por definición, el término esperanza implica estado de ánimo, deseo, posibilidad, y todo gira en torno al hombre. Depende del hombre, de su estado de ánimo, de qué es lo que desea y de si se da una posibilidad. O sea, que la esperanza es usada muy frecuentemente en el mundo para referirnos a algo que puede o no puede ocurrir.

Por ejemplo: "Tengo esperanza de que me va a ir bien en este examen." Eso es una posibilidad, algo que yo deseo. "Tengo mi esperanza puesta en este candidato, en este jugador, en este negocio, en este hijo mío." O puede ser una esperanza más genérica: "Tengo esperanza de que las cosas van a mejorar." O, para seguir usando el ejemplo del niño y el papá, imagínense que el niño dice algo así: "Tengo la esperanza de que a mi papá no se le va a complicar con el tránsito, no se le va a dañar el vehículo, y podrá venirme a buscar a tiempo al colegio."

Pero como vimos, el significado bíblico de la palabra esperanza es diferente. La esperanza bíblica implica seguridad, garantía, y depende de Dios. De nuestra parte solamente hay expectación. No contemplación, expectación. La expectación implica acción. No es un simple deseo. Y siguiendo con el ejemplo del niño y el padre en el colegio, en este caso la esperanza del niño, si fuera bíblica, fuera la siguiente: "Yo sé, porque sé, porque sé, y estoy seguro de que mi papá va a venir a buscarme en el preciso momento que él lo tiene planeado. Y aunque he hecho mis actividades normales, me he pasado todo el día imaginando cómo será ese momento cuando vuelva a encontrarme con él."

¿Ven la diferencia? Esa es nuestra esperanza. Por definición, nuestra esperanza está basada en las promesas de Dios. Por lo tanto, no hay ninguna duda de que serán cumplidas. No depende de nosotros, sino de Dios.

Veamos lo que escribió el apóstol Pablo a los Romanos hablando sobre la fe y la esperanza de Abraham. Romanos capítulo 4, versículo 17, dice lo siguiente: "Como está escrito: 'Te he hecho padre de muchas naciones', delante de aquel en quien creyó, es decir, Dios, que da vida a los muertos y llama las cosas que no son como si fueran." El versículo 18: "Abraham creyó en esperanza contra esperanza, a fin de llegar a ser padre de muchas naciones, conforme a lo que se le había dicho: 'Así será tu descendencia.'" El versículo 19: "Y sin debilitarse en la fe, contempló su propio cuerpo, que ya estaba como muerto, puesto que tenía como cien años, y también la esterilidad de su esposa Sara." El versículo 20: "Sin embargo, a pesar de eso, respecto a la promesa de Dios, Abraham no titubeó con incredulidad, sino que se fortaleció en fe dando gloria a Dios, estando plenamente convencido de que lo que Dios había prometido, poderoso era también para cumplirlo."

El abra —alabado sea el Señor—. Bueno, Señor, yo no sé con quién tú cuentes, pero yo sé que no es conmigo ni con mi esposa. Ahora, yo sé quién tú eres. Tú eres el Dios que da vida a lo que está muerto y que llama las cosas que no son como si fueran. Yo creo en ti. Mi esperanza está en ti.

Abraham creyó, Abraham no dudó, sino que fortaleció su fe. Porque no era un problema de él, ni de su deseo, ni de su capacidad; su esperanza dependía de Dios. Y eso es lo primero, hermano, que tú debes entender: que nuestra esperanza no depende de nosotros, nuestra esperanza depende del Dios que da vida a lo que está muerto y del Dios que llama las cosas que no son como si fueran. Depende de Él.

Entonces, ¿tú conoces un mejor lugar en donde depositar tu esperanza? ¿Un lugar que sea más seguro, más confiable o más poderoso?

El apóstol Pedro escribió su primera carta a un grupo de creyentes que se encontraban esparcidos por diferentes regiones del Imperio Romano, como mencionó el pastor Chacho. Y lo primero que él hizo en su carta fue recordarles en qué consistía su esperanza. Porque sabía que eran iglesias que estaban lejos de su familia, en lugares extraños; se sentían débiles, se sentían pobres, y podían desenfocarse. Yo quiero recordarles cuál es su verdadera esperanza.

Vamos a leer un pasaje que está en el capítulo 1 de Primera de Pedro, comenzando del versículo 3 al versículo 21. Dice lo siguiente: "Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, reservada en los cielos para ustedes."

Y mediante la fe, ustedes son protegidos por el poder de Dios para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo. En lo cual ustedes se regocijan grandemente, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, se han afligido con diversas pruebas, para que la prueba de la fe de ustedes, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, se halle que resulte en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo.

A quien sin haber visto ustedes lo aman, y a quien ahora no ven pero creen en Él, y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de su fe la salvación de su alma. Y acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a ustedes, diligentemente inquirieron y averiguaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu Santo dentro de ellos al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que les seguirían.

A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos sino a ustedes en estas cosas que ahora les han sido anunciadas mediante los que predicaron el Evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo, cosas de las cuales los ángeles anhelan mirar. Por tanto, preparen su entendimiento para la acción, sean sobrios en espíritu, pongan su esperanza completamente en la gracia que se les traerá en la revelación de Jesucristo. Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como Aquel que los llamó es Santo, así también sean ustedes santos en toda, toda, toda su manera de vivir.

Porque escrito está: "Sean santos, porque yo soy Santo." Y si invocan como Padre a Aquel que imparcialmente juzga según la obra de cada uno, condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación. Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo. Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en los últimos tiempos por amor a ustedes. Por medio de Él son creyentes en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes sean en Dios.

¡Gloria a Dios! Fíjense qué texto tan confortador, qué manera de recordarle a la iglesia dónde está su esperanza y en qué consiste esa esperanza. Yo quisiera que nosotros nos sumerjamos en ese texto comenzando del versículo 3. Vuelvo y leo los primeros dos versículos: "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para obtener una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchitará, reservada en los cielos para ustedes."

Lo primero que Pedro nos recuerda es lo mismo que nos decía Pablo en la carta a los romanos: todo depende de quién. De Él. Miren cómo están conjugando los verbos. Primero dice "según su gran misericordia", ¿la misericordia de quién? De Él. "Nos ha hecho nacer de nuevo", ¿quién nos ha hecho? Él. A una esperanza viva mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. ¿Quién lo resucitó de entre los muertos? Dios, por su poder. "Para obtener una herencia." Si nosotros la obtenemos, ¿quién nos la dio? Él, Él nos la dio.

Entonces, en esos dos versículos nosotros vemos tres elementos importantes que tienen que ver con nuestra esperanza. Número uno, nuestra esperanza no depende de nosotros, depende de Dios. Dos, nuestra esperanza es un regalo, es una gracia otorgada por la misericordia de Dios y avalada por el poder que Él demostró al resucitar a Cristo de entre los muertos. Y tres, nuestra esperanza incluye una herencia, y dice ahí que no es cualquier herencia, que es una herencia incorruptible, inmaculada y que no se marchita.

Incorruptible quiere decir que en sí misma, en su naturaleza, no se puede corromper. Entonces, habrán visto la historia de esas familias muy acaudaladas que guardan todo su dinero en cajas fuertes y se olvidan de ello porque no lo necesitan, y cuando vienen a buscar el dinero 40 o 50 años después, ¿qué encuentran? Nada, polvo. El orín se lo comió, porque hay una herencia que era corruptible. Pero dice también que es inmaculada, o sea que no le cae una mácula, que no hay nada externo que la pueda ensuciar. No solamente en su naturaleza no se corrompe, sino que no hay nada externo que la pueda manchar. Y dice ahí que no se marchita.

¿Cuánto quisiéramos ver la belleza de una flor, de una rosa, de una orquídea, que durara años? ¿Se lo imaginan? Tú siembras una orquídea, un jardín de rosas en tu patio, y sabes que la orquídea tiene cinco o seis años florecida. Pero lamentablemente su belleza es muy efímera porque se marchita. Está diciendo que la herencia de nosotros no es como la flor, no se marchita.

Pero vamos a seguir leyendo. Versículo 5: "Mediante la fe, ustedes son protegidos por el poder de Dios para la salvación que está preparada para ser revelada en el último tiempo", cuando Cristo vuelva. O sea, lo que está diciendo es que el mismo poder que pudo resucitar a Cristo de entre los muertos nos protege, y esa protección viene de dos maneras diferentes. Primero, nos garantiza que nadie nos puede robar esa herencia y que el día final podemos reclamarla sin temor a que nos hayan descalificado. No nos van a decir: "No, perdón, ya no te toca, aparecieron otros familiares más cercanos, esa herencia ya no es tuya." Ese poder nos garantiza eso, que esa herencia nadie nos la va a quitar. Pero también nos protege porque su poder, su omnisciencia, su omnipotencia y su soberanía están con nosotros a través del Espíritu Santo en el diario caminar. Ese es el poder, el mismo poder que resucitó a Cristo de entre los muertos.

Pero sigamos leyendo. Versículos 6 al 9: "En lo cual", o sea en esta verdad, en esta verdad de que somos protegidos por el poder de Dios, "en lo cual ustedes se regocijan grandemente, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, se han afligido con diversas pruebas, para que la prueba de la fe de ustedes, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, se halle que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo, a quien sin haber visto ustedes lo aman, y a quien ahora no ven pero creen en Él, y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de su fe la salvación de su alma."

Esos versículos son preciosos porque hablan mucho de que nos regocijamos, de tener la salvación, de que amamos al Señor. Pero yo no sé si a ustedes les pasa, a mí me hubiera encantado que la segunda parte del versículo 6 y todo el versículo 7 no estuvieran ahí: esa parte que dice que nos hemos afligido por diversas pruebas, que hemos sido probados por fuego, aunque diga que es por poco tiempo. Como que no, como que ese versículo intermedio no debió haber sido inspirado por Dios. Como que debió haber sido así: "En lo cual ustedes se regocijan grandemente", y brinca, "amando a Jesucristo sin haberle visto, pero creen en Él y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo como resultado de su fe la salvación de su alma." Perfecto, lo imprimo y lo pongo en mi oficina.

Pero, hermano, ese versículo intermedio que está ahí tiene un propósito: darnos esperanza. Primero, ese versículo intermedio nos recuerda que toda nuestra vida, no importa cuántos años vayamos a vivir, es poco tiempo comparado con esta herencia, con el tiempo que tendremos con el Señor. Y si nosotros somos justos con nosotros mismos, vamos a saber que aunque tengamos 15, 20, 50, 70 u 80 años, no todos nuestros años los hemos pasado en aflicción. Si usted está aquí esta mañana, es muestra de que el Señor ha sido fiel con usted.

Pero segundo, ese versículo intermedio también nos recuerda que las pruebas tienen un propósito eterno, tienen un propósito. No están ahí porque al Señor le da la gana que nosotros suframos; tienen una razón de ser. Y me encanta cómo lo dice el pastor John MacArthur en su comentario. Dice lo siguiente: "El propósito de Dios al permitir las pruebas consiste en confirmar la realidad de la fe de cada creyente, pero el beneficio inmediato de esta prueba de fuego es para el creyente más que para Dios. Si un creyente sale aprobado y no deja de confiar en el Señor, puede estar seguro de que su fe es genuina."

Entonces, con las pruebas el Señor nos confirma, y nosotros también nos confirmamos, si somos del Señor. Así que, querido hermano, conserva esto. Dios, voy a decirte ahora: escríbete una nota y ponla por ahí, aunque no sea de manera literal sino en tu corazón, para que la veamos al final del sermón. Y escribe lo siguiente: si las pruebas tienen el propósito de Dios de confirmar la realidad de tu fe, revisa cómo te estás comportando en medio de tus pruebas. Si las pruebas tienen el propósito de Dios de confirmar la realidad de tu fe, revisa cómo te estás comportando en medio de tus pruebas. Hazte la siguiente pregunta: el día que Jesucristo se revele a todo el mundo, ¿mi fe traerá alabanza, gloria y honra a mi Señor como resultado de que permanecí firme en medio de mis pruebas? ¿Mi fe traerá alabanza, gloria y honra a mi Señor como resultado de que permanecí firme en mis pruebas? Hazte esa pregunta.

Pero lo grande es que Pedro no se quedó ahí, sino que en ese versículo 6 también nos muestra una de las grandes paradojas de la esperanza cristiana: el gozo. El gozo en medio de la aflicción. Entonces, la aflicción en la prueba no solamente es una realidad, aunque por poco tiempo, y tienen un propósito, sino que él dice que el poder de Dios nos capacita para tener gozo en ese proceso. Como que Pedro está diciendo lo siguiente, y voy a parafrasear el versículo.

El poder de Dios que nos protege nos permite vivir con un gozo constante, que en el original significa "regocijarse grandemente", un gozo que no se acaba mientras nos encontramos luchando con nuestras aflicciones, ayudados por ese mismo poder. Lo que está diciendo es: tú puedes tener el gozo, porque el que te está sacando de esa prueba soy yo, soy yo.

Cuando Pedro escribe esto, no lo escribe de manera teórica; Pedro lo había vivido. Hay un pasaje en Hechos, capítulo 5, versículos 40 al 42, donde vemos una de tantas situaciones en que Pedro y los apóstoles se vieron inmersos, y dice lo siguiente: "Y después de llamar a los apóstoles, los azotaron y les ordenaron que no hablaran más en el nombre de Jesús, y los soltaron." Los apóstoles, pues, salieron de la presencia del concilio, ¿de qué forma? Regocijándose, de que hubieran sido considerados dignos de sufrir afrenta por el Nombre. Y todos los días, en el templo y de casa en casa, no cesaban de enseñar y proclamar el evangelio de Jesús como el Cristo.

Regocijándose. Eso es lo que se llama esperanza contra esperanza, igual que la que tuvo Abraham; la tuvieron también Pedro y los apóstoles. Pero también así pasó con Pablo y Bernabé. Más adelante, en el libro de los Hechos, en el capítulo 13, nos encontramos lo siguiente: "Pero los judíos instigaron a las mujeres piadosas y distinguidas y a los hombres más prominentes de la ciudad, y provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé, y los expulsaron de la región." Entonces estos sacudieron el polvo de sus pies contra ellos y se fueron a Iconio. Y viene el versículo 52: "Y los discípulos estaban continuamente llenos de ¿qué? De gozo y del Espíritu Santo."

Es que ellos sabían en quién estaba su esperanza. Dice el mismo Pablo en la segunda carta a los Corintios, capítulo 6: "Nosotros servimos a Dios, ya sea que la gente nos honre o nos desprecie, sea que nos calumnie o que nos elogie. Somos sinceros, pero nos llaman impostores. Nos ignoran, aun cuando somos bien conocidos. Vivimos al borde de la muerte, pero aún seguimos con vida. Nos han golpeado, pero no nos han matado. Hay dolor en nuestro corazón, pero siempre tenemos alegría. Somos pobres, pero damos riquezas espirituales a otros. No poseemos nada y, sin embargo, lo tenemos todo." ¡Wow! Ellos sabían dónde estaba su herencia incorruptible. Eran hombres que tenían vidas de esperanza, y no solamente vidas de espera.

Vamos a continuar leyendo el texto, versículos 10 al 12: "Acerca de esta salvación, los profetas que profetizaron de la gracia que vendría a ustedes diligentemente inquirieron y averiguaron, procurando saber qué persona o tiempo indicaba el Espíritu de Cristo dentro de ellos al predecir los sufrimientos de Cristo y las glorias que seguirían. A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a ustedes, en estas cosas que ahora les han sido anunciadas mediante los que les predicaron el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo, cosas a las cuales los ángeles quisieran mirar." En esos tres versículos está diciendo: miren, esta esperanza que tuvieron los profetas, la esperanza que anunciaban de que iba a venir un Salvador, todos ellos hablaron para ustedes. Nosotros, lo que estamos predicando ahora en este tiempo, en el Nuevo Testamento, no solamente estamos diciendo lo mismo, que esa esperanza ya llegó, sino que usted está viendo que la estamos viviendo nosotros. Los ángeles quisieran, quisieran participar de esta esperanza.

Entonces él dice: ya escucharon bien cómo se vive una vida de esperanza; le toca a usted hacerlo ahora. Y dice Pedro en el versículo 13: "Por lo tanto, preparen su entendimiento para la acción." Lo que recordamos en la Reina Valera, que dice ahí: "Ceñid los lomos de vuestro entendimiento", como cuando se recogía la túnica para correr y no tropezarse. Preparen su entendimiento para la acción. Sean sobrios en espíritu. Pongan su esperanza completamente en la gracia que les traerá la revelación de Jesucristo.

Está diciendo: se acabó el juego, se acabaron los ensayos, se acabó el entrenamiento, viene la carrera. Enfócate. Enfócate en lo que es importante. O como si fuera un soldado: se acabó el entrenamiento y llegó la guerra. Concentración; es tu vida la que está en juego. Llegó el momento, no te disperses. Quita de tu cabeza todo pensamiento que no vaya de acuerdo a tu esperanza, porque dice ahí: pongan su esperanza, ¿parcialmente? No. ¿Qué dice? Pongan su esperanza completamente en la gracia que les traerá. Enfócate en tu esperanza.

Y por si tú no lo tienes claro, tu esperanza está en Jesús, en su venida, en su carácter. Que nuestra esperanza está en Jesús lo cantamos, lo predicamos, y puede parecer obvio. Pero muchas veces no esperamos en Jesús, sino en otras cosas que no son Jesús. O, peor aún, muchas veces pensamos que sí, que nuestra esperanza está en Jesús, pero tenemos un entendimiento incorrecto de cómo funciona esa esperanza. Y Pedro nos está enseñando aquí que la esperanza bíblica no se basa en nuestra conveniencia, no se basa en nuestros deseos, no se basa en nuestros anhelos, porque si fuera así, las aflicciones no fueran parte de ella, y mucho menos incluiría gozo en medio de la prueba. Ese es un tipo de esperanza que yo diseñaría para mí. Pero Pedro dice que esto es una realidad.

Y Pedro nos lo ilustra, saben, con lo vivido por su maestro. Que dice el apóstol Juan que dijo Jesús, Juan 16:33: "Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán tribulación, pero ¿qué? Confíen, yo he vencido al mundo." Para que en Cristo tengamos paz en medio de la aflicción. Esa paz en medio de la aflicción es la que nos permite comprobar que somos de Él cuando tenemos confianza y esperanza en Cristo. Cuando podamos experimentar lo que les dice a los filipenses: esa paz que sobrepasa todo entendimiento. Esperanza contra esperanza. Una esperanza que el mundo no entiende porque es contraria a él. Confíen, yo he vencido al mundo. Lo dijo en pasado ya: yo vencí. Él prometió, Él lo aseguró y Él venció.

Ahora bien, hemos visto que la esperanza bíblica se basa en las promesas de Dios. Pero ¿dónde encuentro yo las promesas de Dios? En su Palabra, en los evangelios. Por lo tanto, mi hermano, un requisito para nosotros es conocer su Palabra, estudiar su Palabra, conocer el carácter de nuestro Dios, para que nosotros podamos discernir cuándo algo es congruente con Dios y cuándo no. Si nosotros no estudiamos profundamente la Palabra, y no solamente un devocional, o peor aún, como he oído a algún cristiano decir por ahí: "Un versículo al día mantiene al diablo alejado." Con un versículo al día no se mantiene al diablo alejado; ni siquiera nos mantiene más cerca de Dios. Mientras más conocemos y dependemos de Él, más le deseamos y le adoramos; mientras más conocemos su plan y su propósito redentor. Pero si nosotros no estamos ahí, corremos el gran riesgo de basar nuestra esperanza en conceptos mal interpretados de la Palabra, y cometemos uno de los mayores pecados: adaptamos el consejo de Dios a nuestro propio consejo, y se nos olvida que Dios no es como nosotros.

Y en los últimos versículos del pasaje, el apóstol Pedro continúa diciendo: ¿no? ¿Cómo luce ese hijo de Dios que tiene puesta la esperanza completamente en Cristo? Dice el versículo 14: "Como hijos obedientes, no se conformen a los deseos que antes tenían en su ignorancia, sino que así como aquel que los llamó es santo, así también sean ustedes santos en toda su manera de vivir, porque escrito está: 'Sean santos, porque yo soy santo.'" Y si invocan como Padre a aquel que imparcialmente juzga según la obra de cada uno, condúzcanse con temor durante el tiempo de su peregrinación. O sea: si ustedes dicen que son hijos del Santo, y ustedes saben cómo el Santo juzga, compórtense como hijos de Él, con temor.

"Ustedes saben que no fueron redimidos de su vana manera de vivir heredada de sus padres con cosas perecederas como oro y plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha: la sangre de Cristo. Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a ustedes. Por medio de Él son creyentes en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes sean en Dios."

Hermano, una vida de esperanza no es una vida de contemplación a la espera de la venida del Señor. Una vida de esperanza se caracteriza porque es sobria y santa. Pero es una sobriedad y una santidad que no viene de nosotros; sale del llamado del Santo. Es un carácter que heredamos por ser redimidos con la preciosa sangre del Cordero sin mancha. Por eso estamos llamados a ser santos; es una cualidad de vida propia de aquel que ha recibido en su corazón el sacrificio de amor de nuestro Señor Jesucristo.

Y no sé si se fijaron, pero el versículo 21 termina muy similar a como Pedro comienza el versículo 3. Dice el versículo 21: "Por medio de Él son creyentes en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que la fe y la esperanza de ustedes sean en Dios." Eso dice: que son creyentes en Dios. ¿Y cómo comenzaba el versículo 3? "Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien según su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva." Una vida de esperanza solamente es consecuencia de un nuevo nacimiento, de la esperanza bíblica, de la esperanza de Cristo. No de la esperanza que nos convierte, a los ojos del mundo, en una persona positiva o emprendedora. La esperanza bíblica solamente puede venir si hay un nuevo nacimiento.

Entonces, ¿qué aprendimos nosotros en este pasaje? Bueno, primero aprendimos que nuestra esperanza no depende de nosotros. Y si ustedes solamente aprendieron eso, está bien: no depende de nosotros, depende de Dios.

Segundo, no hicimos nada para conseguirla; es un regalo, es una gracia otorgada por Su misericordia y avalada por el poder que Dios demostró cuando resucitó a Su Hijo entre los muertos. Tercero, nuestra esperanza incluye una herencia que vimos que no es cualquiera: es incorruptible, inmaculada y no se marchita. Cuarto, nuestra esperanza se basa en las promesas de Dios, no en nuestros anhelos; en las promesas de Dios. Por lo tanto, necesitamos conocer Su Palabra, Su carácter y Su plan redentor.

Quinto, el poder de Dios hace que en nuestra vida de esperanza podamos tener el gozo en medio de la fricción. No nosotros, no nos vamos a volver más optimistas, como yo dije; es el poder de Dios el que hace que tengamos gozo en medio de la prueba. Sexto, una vida de esperanza implica que seamos sobrios y santos. Y muy importante, séptimo: una vida de esperanza solamente nace de un corazón redimido.

¿Recuerdas el posit que te dije que lo iba a dar para el final? Yo lo tengo aquí. Si las pruebas tienen el propósito de Dios de confirmar la realidad de tu fe, revisa cómo te estás comportando en medio de tus pruebas. Pregúntate: el día que Jesucristo se haya revelado a todo el mundo, ¿mi fe traerá alabanza, gloria y honra a mi Señor, como resultado de que permanecí firme en mis pruebas?

Una vida de constante lucha y fracaso ante las mismas pruebas, ante las mismas tentaciones, ante las mismas circunstancias, puede ser, mi hermano, indicativo de que tú realmente no estás en Cristo. No estás viviendo con el poder de Aquel que da vida a lo que está muerto. Pero Él sigue siendo ese Dios que da vida a lo que está muerto. Si tú no estás seguro de que estás luchando con la fuerza del Espíritu Santo y no con la tuya, no dejes pasar un día más. No dejes pasar un día más.

Y de vez en cuando me gusta terminar con una historia. En los años 50, un científico norteamericano que se llamaba Curt Richter tenía su laboratorio en la Universidad de Johns Hopkins y solía hacer experimentos que son un tanto crueles, donde usó ratas para estudiar sus reacciones ante el estrés. En uno de esos experimentos, Richter tomó un grupo de ratas domésticas, son aquellas que nacen, crecen y mueren en el laboratorio. Las metió en recipientes de vidrio llenos de agua, de los cuales no podían escapar, para observar cuánto tiempo sobrevivían nadando.

Richter se mantenía observando las ratas y, justo antes de que pareciera que iban a morir, las sacaba, las sostenía un rato en la mano, las ponía de nuevo en su hábitat y al rato volvía y las ponía en el agua. Vean lo que escribió Richter: "Así, al sacar las ratas cada vez que estaban a punto de morir, ellas aprendieron rápidamente que la situación en realidad no era desesperada. Y a partir de entonces, cada vez que las volvíamos a meter, duraban mucho más tiempo luchando, intentando escapar, y no daban señales de darse por vencidas."

Sigue diciendo Richter: "Ese pequeño interludio marcaba una gran diferencia. Las ratas que experimentaban un breve respiro nadaban mucho más, algunas más de 80 horas." Miren lo que él dice: "Al saber que no estaban condenadas, que la situación no estaba perdida, que era posible que una mano amiga las salvara, luchaban por vivir." Y dice: "Tras eliminar la desesperanza, las ratas no mueren." ¿Él hablando de esperanza? Tras eliminar la desesperanza, las ratas no mueren.

Richter modificó el experimento e introdujo en los recipientes ratas recién atrapadas en las calles y escribió: "Lo más sorprendente fue que las ratas salvajes, que suelen ser fuertes y excelentes nadadoras, se ahogaron en los primeros 15 minutos después de ser sumergidas en los frascos." Parecería, a punto de Richter, que contrario al decir popular, la esperanza no es lo último que se pierde, sino lo primero.

Hermanos, nuestro Dios no es un científico jugando con nosotros en Su laboratorio, pero nuestro Dios nos saca de la prueba cuando sabe que no resistimos más, y lo hace una y otra vez. Y en nuestro proceso de santificación aprendemos a confiar en esa mano que nos va a sacar de la prueba. Y cada vez duramos más, entendemos más, porque ponemos nuestra mira en nuestra esperanza, en nuestra herencia, y nos recordamos a nosotros mismos que esto es un poco de tiempo, un poco de tiempo.

Ese debe ser el modo en que nosotros vivimos nuestra vida: una vida de esperanza, no de espera, donde cada día nosotros podamos ver que debemos ser sobrios y santos porque estamos en tiempo de guerra, y tenemos que estar enfocados y entender que todo cuanto venga viene de un Dios amoroso y fiel que quiere hacernos cada vez más parecidos a Su Hijo, aunque al final, como quiera, Él va a ver adelante a Su Hijo cuando nos mire a nosotros.

Ahora pregúntate: si alguno de ustedes se identifica más con una de las ratas de la calle, que tienen fuerza, que son luchadoras, que se han tirado el mundo por delante, pero que saben que no tienen a nadie, mucho menos a un Dios que les va a tender la mano, y ha llegado un momento en su vida donde dice: "Yo no tengo salida." Yo sé que no nos gusta compararnos con una rata, pero veámonos en esas dos situaciones.

Yo quiero que nosotros, todos, cerremos los ojos y oremos a nuestro Dios. Digámosle: "Señor, yo quiero tener la certeza de que yo estoy en Cristo, de que yo tengo una vida de esperanza, de que mi esperanza, aunque yo creo que está armada por mi conocimiento de la Palabra, puede ser que yo haya adaptado Tu Palabra para mi bienestar, para mis anhelos, para mis gustos. Señor, yo no lo quiero hacer, porque yo no quisiera que en el último día Tú me digas: 'No te conozco.' Yo quiero tener la certeza de que yo soy Tu hijo."

"Y yo estoy cansado de luchar y nadar con mis propias fuerzas y de saber que nadie me va a rescatar. Yo quiero tener esa certeza de que mi Dios está por mí y que mi esperanza está en Jesús. Padre, Tú conoces el corazón de cada hijo Tuyo que está aquí, porque Tú lo formaste desde antes de la fundación del mundo. Yo te pido que Tú no nos dejes salir de aquí igual, sino que nosotros podamos entender que podemos tener la certeza de que el Dios que da vida a lo que está muerto es nuestro Dios, y que solamente tenemos que ir adelante y decir: 'Padre, yo quiero poner mi confianza en Ti.'"

"Yo quiero aceptarte como mi Salvador. Yo quiero vivir una vida de esperanza, y yo puedo decir: 'Tú eres mi Señor.' Yo quiero tener una vida donde todos vean que estoy pareciéndome a Tu Hijo. Padre, yo quiero eso en mi vida. Yo te necesito porque yo solo no puedo. Padre, ayúdanos a entender que necesitamos de Ti en cada prueba, que en la medida en que somos débiles, somos más fuertes en Ti." Y como dice la canción que vamos a cantar: fuerte en Él el débil sobre la tempestad, Tú eres Rey.

Mi esperanza está en Jesús, solamente en Jesús, en Su sangre, en Su rectitud. De nada ni de ninguna otra cosa yo dependeré; solamente en Su nombre confiaré. Padre, te necesitamos. En Cristo, amén.

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Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño conoció al Señor en 1980 y es miembro de la IBI desde 2007. Ha servido en Consejería Prematrimonial, GPS, Escuela Bíblica Dominical, Ministerio de Cárceles y Conferencias Por Su Causa. Desde 2010 dirige, junto a su esposa, la Escuela Bíblica Dominical, y desde 2017 es director del Ministerio Integridad & Sabiduría. Licenciado en Publicidad con maestría en Gerencia de Mercadeo, graduado del Instituto Integridad & Sabiduría y certificado en Educación Cristiana. Casado con Jenny Thompson desde 1993; padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr. Casado con Jenny Thompson desde 1993; padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr.