Statamic
Sermones

El poder engañador de la oportunidad

Reynaldo Logroño 28 enero, 2024

Las oportunidades, igual que las riquezas, no son pecaminosas en sí mismas, pero pueden engañar nuestro corazón cuando se presentan envueltas en urgencia. Vivimos en un mundo diseñado para la velocidad: todo es instantáneo, esperar se considera opcional y la paciencia ha dejado de ser imprescindible. La filosofía detrás de la tecnología moderna nos repite que mientras más pronto, mejor, que si lo piensas mucho pierdes tu oportunidad, que dejarse llevar por las emociones es lo natural. Pero a mayor velocidad, menor capacidad de reacción. Como una cámara con obturación rápida, terminamos enfocados solo en nosotros mismos, incapaces de ver lo que hay alrededor.

La historia de Esaú y el plato de lentejas en Génesis 25 ilustra las estrategias que Satanás usa para engañarnos: espera que estemos cansados con las defensas bajas, nos presenta exactamente lo que nuestra carne desea, nos convence de que será solo un poquito, transforma nuestros gustos en necesidades urgentes, y finalmente exige una decisión inmediata. Jacob le dijo a Esaú "véndeme hoy tu primogenitura", sin darle tiempo para orar, meditar o buscar consejo. Y Esaú, convencido de que se moría de hambre, despreció una herencia eterna por algo pasajero. Tanto que su pecado lo marcó para siempre: a él y a toda su descendencia se les conoció como Edom, que significa rojo, por aquel guisado.

La respuesta no está en huir del mundo sino en mantener la mirada puesta en la recompensa celestial. Como Moisés, que rehusó los placeres temporales del pecado porque consideraba mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto. Cuando el mundo presione por decisiones inmediatas, vale recordar: ¿de qué sirve ganar el mundo si se pierde el alma?

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hace un par de semanas nosotros fuimos confrontados, ministrados desde este púlpito por el pastor Miguel, con un sermón que él tituló "El poder engañador de las riquezas terrenales". Y en el sermón el pastor nos mostraba, a través de la carta de Santiago, cómo las riquezas, a pesar de no ser en sí mismas pecaminosas, pueden engañar nuestro corazón, nublar nuestro entendimiento, de forma que todo nuestro entorno y las circunstancias se vean de una forma diferente. El pastor Miguel decía: "Las riquezas no son en sí mismas pecaminosas, pero buscarlas sí lo es. Si han de llegar, que sea Dios quien las envíe". Y seguía diciendo el pastor: "Santiago nos enseña que no podemos ser tan carnales de poner nuestra confianza en algo que es tan pasajero como las posesiones de este mundo". Y realmente fue un principio que yo sé que nos trabajó a muchos. O sea, Dios lo sabe.

Yo quisiera el día de hoy analizar otro elemento que también es parte fundamental en nuestras vidas, igual que las riquezas, que en sí mismo tampoco es pecaminoso, pero que también puede llegar a tener un gran poder engañador. Y yo me refiero a las oportunidades. Por eso he querido copiar el mismo esquema del título del pastor y he llamado a mi sermón "El poder engañador de la oportunidad".

El mismo concepto de oportunidad puede ser engañador por el origen de su palabra. Si nosotros vamos al diccionario de la Real Academia, nos vamos a encontrar que la Academia definió oportunidad como lo que se presenta y actúa en el momento conveniente. Y también dice que es una ocasión favorable o conveniente. Y este concepto de conveniencia normalmente lo asociamos con conceptos beneficiosos, positivos. Aprovechar una oportunidad implica tener inteligencia, implica ser sabio, implica ser habilidoso, implica pensar fuera de la caja, implica ser diferente y salir del montón. Una persona que aprovecha las oportunidades es asociada a una persona de éxito, porque normalmente las oportunidades son escasas, temporales, con tiempo limitado, y no todos tienen la habilidad de aprovecharlas.

Eso quiere decir que aprovechar la oportunidad implica rapidez, implica velocidad. Y la velocidad es algo a lo que todos nos hemos acostumbrado. Vivimos en el mundo de la velocidad. Y cuando digo nos hemos acostumbrado, me refiero a nosotros los mayores de 40 años, porque todos aquellos que nacieron en los años 80 y tuvieron su adolescencia a finales de los 90 y principios de 2000, no tuvieron que acostumbrarse porque ellos nacieron rápidos. Estos adultos son la generación que creció con el internet, que en sus casas siempre hubo un control remoto, no saben lo que es pararse a cambiar un canal, son aquellos que tuvieron celulares de jóvenes, no se imaginan lo que es esperar meses para recibir una carta de esa tía que vive en Europa. Y mucho menos imaginan lo que es tomar un curso por correspondencia, o esperar toda una semana para ver el siguiente episodio de mi serie favorita.

Pero nosotros los mayores de 40 nos hemos tenido que adaptar a esa velocidad, y no solamente nos hemos adaptado, sino que la hemos asimilado como parte intrínseca de nuestras vidas. Vivimos en una sociedad donde esperar se ha convertido en solo una opción, y por lo tanto la paciencia se ha convertido en una virtud que no es imprescindible. Estamos viviendo en un mundo que ha sido desarrollado tecnológicamente y filosóficamente hacia la búsqueda de lo inmediato, hacia la búsqueda de lo instantáneo.

La tecnología por un lado cada vez nos ofrece mejores herramientas para hacer todo rápido. Cada vez tenemos más productos instantáneos. Hace ya muchos años comenzamos con el café, pero ¿por qué tienes que esperar que suba la greca? Lo mueves como el chocolate y ya. Y siguieron apareciendo las comidas, tú puedes tener esa comida en microondas, todo rápido. Ya no hay que hacer filas en los bancos necesariamente, ya no hay ni siquiera que trasladarse, las tiendas online han facilitado la vida, las operaciones financieras las podemos hacer desde nuestro propio teléfono, los medios de transporte cada vez son más rápidos. Pero todos esos avances tecnológicos obedecen a una filosofía de vida que otorga un valor protagónico a la velocidad.

Y la filosofía detrás de esa tecnología es: mientras más pronto, mejor; aprovecha ahora; todos los procesos son tediosos; siempre habrá una manera de hacerlo más fácil y más rápido. Esa filosofía nos dice que el éxito radica en encontrar una forma más corta de llegar al mismo lugar. Y nos enseña que si todo lo hacemos más rápido, podremos hacer más cosas y lograr más. Pero también nos acostumbra a la idea de que si lo piensas mucho, pierdes la oportunidad. Y nos dice: no esperes, esperar es lo contrario a disfrutar. Y esa filosofía ha creado un mundo donde las personas se olvidan de las cosas que toman tiempo en producirse. Olvídense de carreras universitarias largas, olvídense de construir una relación que lleve tiempo, porque esperar es lo contrario a ser feliz.

Pero ¿qué busca el mundo detrás de esta manera de vivir? ¿Qué hay detrás de esta manera de operar? Bueno, que todos nos adaptemos a su ritmo, a su velocidad. Pero interesante, el mundo no lo dice así: "Adáptate", porque tiene menos atractivo. Romanos 12:2, no, no, no. Adáptense al mundo, no. Lo hace más sutil. Dice: "¡Oye, eres libre! ¿Que nadie te diga cómo tú tienes que hacerlo? Tú mismo pones tu velocidad. Yo te he creado una plataforma que tú puedes elegir cómo hacerlo, tú lo puedes hacer más rápido". Y no caemos en cuenta que a mayor velocidad menor es la capacidad de reacción.

Todos hemos visto esos videos, esos accidentes, donde vemos por ejemplo un accidente a 50 kilómetros por hora. ¿Cuál es su resultado? Y si ese vehículo en vez de 50 va a 100 kilómetros por hora, o a 150 kilómetros por hora. O si yo voy a 50 kilómetros por hora y se me atraviesa un animal, ¿cuántos segundos tengo para reaccionar? Y ¿cuántas fracciones de segundo tengo si voy a 100 en vez de a 50, o a 150? Y no nos damos cuenta que nos acostumbramos a una velocidad que no nos permite reaccionar.

Pero este mundo veloz nos dice: piensa en el presente, no en el futuro. Y claro, como todo va tan rápido, no hay manera de que yo pueda pensar en el presente y además en el futuro. Entonces me dice: no te preocupes, cuando tu futuro se vuelva presente, ahí lo manejamos. Concéntrate en tu presente. Pero no nos damos cuenta que mientras más rápido decidimos, menos meditamos las consecuencias. Y todos hemos acuñado una frase o la vivimos en la práctica que dice: "Es mejor pedir perdón que pedir permiso". Yo lo hago. Si da nuevo problema o consecuencia, vemos cómo lo resolvemos. La velocidad hace que nos mantengamos enfocados en nosotros mismos, solamente en nosotros.

Y escribiendo esa frase, me acordé de cómo funcionan las cámaras fotográficas. Las cámaras fotográficas tienen un obturador que es como un ojo que se abre y se cierra. Cuando está abierto, toma la información que está detrás del lente, y cuando se cierra, deja de tomarlo. Entonces, cuando una cámara tiene una velocidad de obturación muy lenta, se queda abierta y tiene chance de obtener información de todo lo que está viendo el lente. Y por lo tanto, puede captar con nitidez no solamente lo que esté en foco, sino todo lo que está alrededor. Pero cuando usamos una velocidad de obturación rápida, entonces solamente veo un poquito, lo que esté en foco, y todo lo demás se ve fuera de foco.

Eso es lo que pasa con nosotros. Que en este mundo tan rápido no nos da tiempo de enfocarnos en todo lo demás, solamente nos enfocamos en nosotros mismos. Yo soy lo único que importa, no me importa lo que está alrededor mío. Y yo me convierto en mi Dios. Por lo tanto, esa velocidad es opuesta a Dios, porque Él nos manda que hagamos las cosas en Su tiempo, no en el de nosotros. Y la impaciencia es una manera de decirle a Dios: yo soy mi propio Dios, yo marco la pauta, yo lo estoy dirigiendo.

El año pasado el pastor Miguel predicó un sermón que se llamó "Mi sufrimiento en las manos de Dios" y decía lo siguiente: "La impaciencia es típica de la inmadurez y es la causante de tantos males en nuestras vidas. Las personas impacientes no pueden caminar con Dios porque para ellos Dios es demasiado lento". Dicen los impacientes, sigue diciendo el pastor Miguel: "40 años trabajando en Moisés en el desierto, 40 años más para llegar a la tierra prometida, 70 años en el exilio, miles de años esperando por el Mesías que fue anunciado por primera vez en Génesis 3:15, y han pasado dos mil años esperando su segunda venida y no acaba de llegar".

Pero, hermanos, los impacientes no son cosa nueva, no son de esta generación, no son de la anterior. Lo nuevo es un mundo con un sistema que valora, promueve, estimula, premia, incentiva y prioriza la velocidad. Pero peor que eso, todo lo que es opuesto es menospreciado. Margina todos los valores que van contrarios a ella, y todos los que queremos meditar en algo, pensar en algo, pasamos en el mundo por cavernícolas, trogloditas, desfasados, anticuados. Porque constantemente el mundo nos dice: no esperes, no reflexiones, no medites, no pienses, no analices, déjate llevar de tus emociones, fluye.

Hay un término que se llama gratificación inmediata que se empezó a usar en psicología y sociología a partir de la década de los 60. Ese concepto se utilizó para describir el proceso en el cual las personas buscan respuestas inmediatas, aunque sean pocas, en lugar de esperar por recompensas a largo plazo que sean mayores. Y hubo un psicólogo llamado Walter Mischel, que hizo un famoso estudio conocido como el test del malvavisco, realizado en la década de los años 60 y 70. Y en ese test, Mischel exploró la capacidad de los niños para retrasar la gratificación ofreciéndoles una alternativa: recibir una recompensa pequeña de inmediato, por ejemplo una golosina, o esperar un tiempo para recibir una recompensa mayor, varias golosinas.

La mayoría de nosotros nos hemos topado con alguno de estos vídeos en internet, ya que es un experimento que se ha hecho en innumerables ocasiones. Básicamente consistió en poner a un niño de siete u ocho años, según el salón, en una mesa, grabado en vídeo, con un platico y un malvavisco. Y se le decía al niño: "Mira, este malvavisco es tuyo, te lo puedes comer, no hay problema. Pero si tú esperas que yo regrese en cinco minutos y no te lo comes, te voy a dar el doble, dos malvaviscos".

Y resulta graciosísimo ver esos vídeos donde los niños se torturan ellos mismos y se quedan viendo el malvavisco y le dan vuelta y se acercan y lo huelen y lo cogen y lo aprietan. Cierran los ojos, a la meta en la boca, vuelven y lo sacan. Algunos lo ponen por abajo y le dan un pellizquito pensando que no se van a dar cuenta y lo prueban y se quedan, hasta que al final la inmensa mayoría termina comiéndose el malvavisco.

Y las conclusiones de la historia de Mischel son interesantes. Hoy lo que dicen: el doctor Mischel dio seguimiento a estos niños hasta que se hicieron adultos y comenzó a notar una correlación interesante. Los niños que no podían esperar batallaron más tarde en la vida y tenían más problemas de conducta, mientras que los que esperaron tendían a ser más positivos y motivados, tenían mejores calificaciones e ingresos y relaciones más saludables. Y se sigue diciendo en las conclusiones: lo que comenzó como un simple experimento con niños y malvaviscos se convirtió en un estudio histórico que sugería —este es un estudio secular, de médicos— que la capacidad de esperar, o sea, ser paciente, era un rasgo clave de la persona, y este rasgo podía predecir el éxito posterior en la vida.

Bueno, la búsqueda de la gratificación inmediata no es un problema exclusivo de esta generación ni de esa, como vimos. Es un problema que venimos trayendo desde el Génesis. Y el personaje que vamos a ver hoy es un típico ejemplo de lo que implica la búsqueda de la gratificación inmediata. Yo me refiero a la historia de los hermanos Esaú y Jacob y el plato de lentejas.

Así que vayamos a Génesis capítulo 25, leeremos desde el versículo 27. Estaré leyendo la versión Nueva Biblia de las Américas. Dice el versículo 27: "Los niños crecieron, y Esaú llegó a ser diestro cazador, hombre de campo, pero Jacob era hombre pacífico que habitaba en tiendas. E Isaac amaba a Esaú porque le gustaba lo que cazaba, pero Rebeca amaba a Jacob. Un día, cuando Jacob había preparado un potaje, Esaú vino agotado del campo. Entonces Esaú dijo a Jacob: 'Te ruego que me dejes comer un poco de ese guisado rojo, pues estoy agotado'. Por eso lo llamaron Edom, que significa rojo. 'Véndeme primero' —y ese 'primero' en el original es 'hoy'— 'Véndeme hoy tu primogenitura', le contestó Jacob. 'Mira, yo estoy a punto de morir', le dijo Esaú, '¿de qué me sirve pues la primogenitura?' 'Júramelo hoy', replicó Jacob. Y Esaú se lo juró y vendió su primogenitura a Jacob. Entonces Jacob dio a Esaú pan y guisado de lentejas. Él comió y bebió, se levantó y se fue. Así despreció Esaú la primogenitura".

Yo estoy seguro de que la gran mayoría de los que están oyendo este sermón ya habían leído este pasaje en la Biblia, o por lo menos habían escuchado sobre la absurda, ilógica, irracional, incomprensible y desatinada decisión que el infame Esaú tomó ese día, cuando prefirió satisfacer temporalmente su hambre y despreció todos los derechos de ser el hijo primogénito del patriarca Isaac.

Hermano, si cuando tú lees esta historia, inconsciente o conscientemente, te desvinculas del personaje de Esaú y te conviertes simplemente en un espectador crítico de su conducta, tú estás desaprovechando una excelente oportunidad para que la Palabra de Dios obre de manera poderosa en tu carácter y que ella te dé herramientas para evitar que seas víctima del poder engañador de la oportunidad. Así que yo quiero que nos metamos en esta historia con un corazón dispuesto a ser enseñados, a ser ministrados, a ser confrontados y consolados por nuestro Dios.

Pero yo quiero que al entrarnos en esta historia tengamos presente tres elementos. Primero, que esta historia que ocurrió hace miles de años puede ser tan actual como si hubiese pasado el día de hoy, domingo en la mañana. Pueden cambiar los personajes, obviamente, puede cambiar el artículo que está en oferta, puede cambiar el precio de ese artículo, pero la situación y la negociación se repite día tras día en la vida de cada uno de nosotros. Segundo elemento: las estrategias que usó Jacob son exactamente las mismas que usa el mundo el día de hoy. Y cuando digo mundo, no me refiero a un ente abstracto, a una serie de eventos ocurridos de manera aleatoria que provoca una situación específica. No, me refiero específicamente a las estrategias programadas del príncipe de este mundo, de Satanás. Y lo tercero, mi querido hermano, es que tú y yo somos iguales o peores que Esaú. Vivimos en el mundo y hemos tomado decisiones igual de absurdas, ilógicas, irracionales, incomprensibles y desatinadas.

Veamos el versículo 29: "Un día, cuando Jacob había preparado un potaje, Esaú vino agotado del campo". Vamos a extraer de este texto cinco estrategias que Satanás usa para engañarnos a través de la oportunidad.

Primera estrategia: Satanás espera que estemos cansados, cuando nuestras defensas están bajas. El engañador sabe que tiene menos poder con nosotros cuando estamos alertas, cuando estamos fortalecidos por nuestra relación y dependencia de Dios, pero él sabe que si nos agarra cansados, podemos ceder. Hace un tiempo leí un libro, no recuerdo el autor, y tenía una ilustración. Decía que le gustaba mucho correr y normalmente corría alrededor de su barrio en Estados Unidos. Y que un día, no sé si se le acabó la botellita de agua o no tenía, se sintió muy cansado con mucha sed y pasó delante de una casa donde había unas señoras regando las plantas con una manguera. Y él decía: "Yo sé que el agua de grifo de mi barrio no es totalmente potable, pero yo tenía tanta sed y estaba tan cansado que yo me tomé el agua". Y él decía: "¿Qué pasó? Mi cansancio y mi sed nublaron mi entendimiento y yo tomé una mala decisión".

Es importante notar que Esaú no estaba cansado ni de jugar ni de hacer algo indebido. Él estaba legítimamente cansado de hacer su labor: cazar para su familia. Pero el hecho de que su cansancio fuese legítimo no quiere decir que la manera de descansar necesariamente siempre va a ser también legítima. Si yo me meto en ese pasaje, pudiera decir algo como esto: "Un día, cuando Reinaldo llegó agotado a su casa después de pasar un largo día trabajando en la iglesia, Satanás le tenía preparado una trampa".

Y esa es la segunda estrategia de Satanás: Satanás te va a tener preparado algo que realmente tu carne quiere. Y no solamente lo va a tener preparado, va a buscar la manera, créeme, va a buscar la manera de que tú lo percibas, de que tú lo veas, de que tú lo huelas, de que tú lo toques, aunque sea por una fracción de segundo. Como cuando tú entras a las redes sociales para buscar el link de la serie nueva de Emocional o de Integridad y Sabiduría, y de repente te toca una imagen que tú no debes ver. O cuando tú enciendes el televisor porque vas a ver una película familiar y te topas con unos avances de una serie que tú no debes ver. O cuando te topas con ese anuncio de ese artículo, precisamente ese artículo que tú sabes que no debes comprar porque no es parte de tu presupuesto, pero te sale, te sale, te sale, te sale. Satanás va a buscar la manera de tentarte con lo que sabe que tú vas a caer.

Vamos a seguir leyendo el versículo 30: "Entonces Esaú dijo a Jacob: 'Te ruego que me dejes comer un poco, un poco de ese guisado rojo, pues estoy agotado'". La NTV dice: "Me muero de hambre". Y dice que por eso lo llamaron Edom.

Tercera estrategia: te hace creer que solo vas a consumir un poquito, un pellizquito, una ojeadita, una cucharadita, o una sola vez, y ya. Y caemos redondos en la trampa de Satanás.

Cuarta estrategia: te hace creer que tus gustos son tus necesidades y trata de que tus sentimientos sean los que dominan tus decisiones y no tu mente. Esaú no solamente tenía hambre, no. Este corpulento y experto cazador, acostumbrado a estar en el campo quizás por semanas, sentía que estaba a punto de morir de inanición. "Oye, el malvavisco lo necesito".

En el libro de C. S. Lewis, *Cartas del Diablo a Su Sobrino*, hay una carta que a mí me gusta mucho por lo gráfica que es. El sobrino demonio se le acerca a su tío, más experimentado, y le dice: "¡Oh, mi paciente se ha encaprichado ahora con ir a la biblioteca, leer libros, y tengo miedo de que se encuentre con una Biblia y todo el trabajo que hemos hecho se vaya a pique! ¿Tú no puedes hacer algo como que los libros se caigan y tapen la Biblia?" Y el tío le dice, muy experimentado: "No te compliques, ¡es más fácil que eso! Cuando él esté en la biblioteca, hazle sentir que tiene hambre, hambre, hambre, y él no se va a concentrar. Se va a parar y va a ir a buscar comida. Desde que él salga de la biblioteca, el hombre ya murió. Ya no tenemos que hacer nada. Vamos a convencerlo de que se deje gobernar por su sentimiento, no por su mente."

Ahora, quinta estrategia. Y hermano, aquí viene la jugada final de Satanás, por lo cual yo hice mucho énfasis en esa introducción del mundo en que vivimos, que todo está centrado en la velocidad. El golpe maestro: Satanás sabe que estamos cansados, débiles, con las defensas bajas. Él sabe que percibimos, aunque sea de refilón, lo que él nos quiere vender. Él nos hizo creer que solamente vamos a consumir un poquito y nos minimiza el pecado. Y luego, que ya nos convenció de todo eso, nos hace creer que es necesario para nosotros, para mantener nuestra vida o para ser felices, o que nos lo merecemos porque trabajamos mucho, que es vital para mí. Y cuando ya él tiene preparado el terreno con nuestro corazón y nos tiene exactamente donde él quiere, nos dice: "Necesito que decidas ya. Esta oportunidad es por tiempo limitado. Solo tienes un chance. ¡Aprovéchalo!"

¿Qué hizo Jacob? Versículo 31: "Véndeme hoy." Ahora, la reina valera sesenta dice: "En este día tú me vendes tu primogenitura." Le contestó Jacob. "Mira, yo estoy a punto de morir," le dijo Esaú. "¿De qué me sirve la primogenitura?" "Júramelo hoy," replicó Jacob. Esaú se lo juró y vendió su primogenitura a Jacob.

Bueno, Esaú sabía los beneficios de ser primogénito. Sabía que le tocaba el doble que a su hermano. No estamos hablando de beneficios espirituales, que Esaú pudiera decir "eso es muy intangible." No, no. En tierra, en ganado, en posesiones: el doble que su hermano. Pero también se iba a convertir en el líder de la familia, el que iba a tomar las decisiones luego de que su padre Isaac muriera. Y también iba a ser el líder religioso. Pero no solamente eso, sino que su descendencia, a partir de ahí, iba a tener las primogenituras de la familia. Pero Jacob le dijo: "Ahora. Decide ahora. No lo pienses mucho. No te acuerdes de los beneficios. No lo medites. No lo ores."

Como nos dice el diablo: "No pidas consejo. Confía en ti mismo. Ya tú eres hombre maduro en la fe. Esto es una puerta que el Señor te está abriendo. Aprovecha. Esta es la única oportunidad. ¡Hazlo!"

Bueno, a diferencia de Esaú, nosotros tenemos muchos Jacobs alrededor de nosotros. El mundo entero que nos ofrece cada día: "Aprovecha. No lo pienses. Acelera. Muévete con velocidad. Mira a tu alrededor, todo el mundo lo está haciendo. No seas diferente. No seas anticuado. No seas raro."

Y eso me recordó por qué nuestro Señor Jesucristo, cuando oró, intercedió por nosotros al Padre y le pedía: "Señor, yo no te ruego que los saques del mundo, sino que los guardes del maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad. Tu Palabra es verdad." Señor, que tu Palabra esté en su corazón y en su mente, cada vez que vengan estos ataques del mundo que les hagan pensar que ellos son como el mundo.

Pero hermano, ¿cuántas veces nosotros hemos caído en esa trampa? ¿Cuántas veces nosotros nos hemos dejado llevar a aprovechar esta oportunidad y hemos pagado carísimo las consecuencias?

Hace muchos años, mi familia y yo nos encontramos en un proceso de comprar un vehículo. Y teníamos un dinero guardado para ese vehículo, y apareció una excelente oportunidad. Por el mismo precio que teníamos para comprar un vehículo mediano pequeño, nos estaban ofreciendo una yipeta preciosa, blanca, con el interior en piel negro, donde yo me acostaba los cinco sin problema. Pero había algo: había que tomar la decisión ya, porque había muchos interesados detrás de esa oferta. Era un viernes y había un cliente que iba a ir a buscarla el lunes, y para guardarla para mí yo tenía que tomar la decisión ese mismo viernes. Así que tenía que andar rápido, tomar la decisión y aprovechar la oportunidad. Eso no me daba tiempo para investigar mucho, para preguntarle a mis hermanos que saben tanto de vehículos. Solo me daba chance de preguntarle a mi esposa.

Y le conté esta excelente oportunidad que teníamos como familia y cómo el Señor nos había abierto esa gran puerta. Y ella solamente retorció la boca y dijo... Y créanme, una retorcida de boca de mi esposa me pone a pensar más que un capítulo entero de Proverbios. Pero para colmo de mis males, ella me dice: "Amor, ¿y tú crees que el Señor nos va a abrir una puerta hoy y la va a cerrar hoy mismo? Si esa puerta la abrió Dios el lunes, el miércoles, el jueves, el viernes, va a estar disponible la yipeta."

Pero ya Satanás me tenía a mí donde él quería: cansado, tomando una decisión rápida, tomando en cuenta mis emociones, sin orar lo suficiente, sin buscar consejos. Ya había olido el interior de piel de la yipeta. Y no tengo que contar el final de la historia porque realmente me da mucha vergüenza, pero todavía hoy veo una yipeta blanca de esa marca y se me pone la carne de gallina.

Hermanos, el Señor no es como nosotros. Él no juega con nosotros abriendo y cerrando puertas. Ni tampoco sus puertas son como las de los ascensores o los supermercados: se abren, se cierran, se abren y se cierran. El Señor conoce nuestra limitación. El Señor conoce nuestra falencia. Conoce nuestra ansiedad. Él nos ama, nos conoce y quiere lo mejor para nosotros. Él es un Padre que se goza viendo a sus hijos buscando su consejo. Él se complace viendo que sus hijos quieran obedecerle. Él nos dio su Espíritu para que nos llevara de la mano en ese proceso.

Pero este pecado marcó a Esaú para siempre. Ya leímos el versículo 30: "Entonces dijo Jacob: Te ruego que me des a comer un poco de ese guiso rojo, pues estoy agotado." Y por eso lo llamaron Edom. Y aunque la Biblia menciona que Esaú era de color rojizo al nacer, no es hasta este momento que se le empieza a llamar Edom. La versión Reina Valera dice de la misma forma: "Por tanto fue llamado su nombre Edom." Y la Nueva Traducción Viviente lo dice más claro todavía: "Me muero de hambre. Dame un poco de ese guiso rojo." Y entre paréntesis: "Así es como Esaú obtuvo su otro nombre, Edom, que significa rojo."

O sea, para que vean, ese pecado no solamente lo marcó de manera personal, sino que él y toda su descendencia fue identificada por ese pecado. Bueno, wow, toda su descendencia. Por eso miles de años después todos hemos leído en la Biblia acerca de los edomitas, y nunca hemos leído acerca de los "esauitas." Por ese pecado.

Y el pasaje termina con una palabra muy fuerte: "Entonces Jacob dio a Esaú pan y guiso de lentejas. Él comió y bebió, se levantó y se fue. Así despreció Esaú la primogenitura." Y ese "despreció," yo creo que si vemos el término original hebreo, a ver si había uno más suave... No lo hay. Despreció: desechó, repudió, menospreció, se burló, deshonró. Se menospreció. No le dio el valor que tenía a su herencia. Menospreció. Le dio un valor menor que un plato de lentejas.

Pero todavía en el Nuevo Testamento, el autor de la carta a los Hebreos se refiere a Esaú con el siguiente epitafio. Hebreos 12:16: "Cuídense de que no haya ninguna persona inmoral ni profana como Esaú, que vendió su primogenitura por una comida."

Bueno, yo sé que ninguno de nosotros se va a ver en la situación de decidir aprovechar una oportunidad poniendo en juego algo tan grave como una primogenitura. Que la gloria sea a Dios, no podemos poner en juego nuestra salvación. Ni tampoco, gracias al Señor, nuestras malas decisiones nos han dejado marcados de tal forma que hasta nuestros nombres se cambien. ¿Ustedes se imaginan a un nieto mío preguntando: "Papi, ¿y por qué al abuelo le dicen Blanco Lloronio?" "¿Es porque tenía canas de joven?" "No, mi hijo, porque se dejó engañar y compró una yipeta blanca que resultó ser un salvamento."

Ahora, está bien, porque yo no soy el único. Díganme ustedes: piensen ustedes en esa decisión que ustedes tomaron, en esa oportunidad que ustedes aprovecharon que les costó tan cara. ¿Qué apodo les hubieran puesto ustedes? ¿El nombre de un negocio? ¿La marca de un carro? ¿El nombre de un apartamento? Bueno, ¿cuántas veces nosotros hemos despreciado las bendiciones de Dios por algo pasajero y terrenal? Pasajero y terrenal.

Dice el apóstol Pablo a los Colosenses, capítulo 3, versículos 1 y 2: "Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra."

Cada oferta, mi hermano, que se te presente aquí en la tierra tiene un precio terrenal, pero tiene un costo espiritual. Cualquier oportunidad que se te presente, que tú tengas que reaccionar tan rápido que no te permita buscar la aprobación de arriba, no viene de Dios. Dios no trabaja así. Dios quiere que sus hijos vayamos a consultar en la oración, que usemos la comunidad de gracia que Él nos dio para buscar sabiduría.

C. S. Lewis escribió en el libro *Mero Cristianismo* lo siguiente: "Si leemos la historia, veremos que los cristianos que más hicieron por el mundo presente fueron precisamente los que más se ocuparon del mundo venidero. Los apóstoles mismos, que pusieron los fundamentos para la conversión del Imperio Romano; los grandes hombres que edificaron la Edad Media; y los evangélicos ingleses que abolieron la trata de esclavos, dejaron su marca sobre la tierra precisamente porque sus mentes se hallaban ocupadas por las cosas del cielo."

Desde que los cristianos siguen diciendo, Lewis ha dejado de pensar en el mundo venidero, han llegado a ser ineficaces en este mundo. Aspiren al cielo y obtendrán la tierra por añadidura. Aspiren a la tierra y no tendrán ni lo uno ni lo otro. Igual que la cámara, si yo enfoco al infinito, todo lo demás queda enfocado.

Vamos a hacer algo. Imagínense que vamos a cambiar el experimento del malvavisco y lo vamos a hacer de esta manera. Entra el niño, su malvavisco, su platico, y le decimos lo siguiente: "Aquí hay un malvavisco que parece sabroso, pero de verdad que está dañado. Si te lo comes te caerá mal y te sentirás enfermo, y cuando yo regrese te daré no dos malvaviscos, sino todas las golosinas que puedas imaginarte para siempre." ¿Ustedes creen que la reacción de los niños hubiera sido igual? ¿Sí o no? Claro que no. Porque ahora, primero, el niño sabe que el malvavisco hace daño, y aunque se vea bien, aunque huela bien, hace daño. Pero además la recompensa no son dos, es muchísimo mayor. Vale la pena la espera.

Y yo me pregunto, ¿cuál es la diferencia con nosotros? ¿Eso no fue lo que hizo el Señor? ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué nosotros vivimos dándole vuelta o leyendo, viendo, pellizcando el pecado? ¿Es que no le creemos a Dios cuando nos dice lo abominable que el pecado es para Él? ¿No le creemos? ¿O hay que no tenemos certeza de que Él va a volver? ¿O hay que realmente no creemos en las riquezas en gloria que Él nos tiene preparadas? Un poco de palabra. ¿Será, mi hermano, que realmente no tenemos fe? Esa es la certeza. No tenemos fe.

La galería de la fe de Hebreos, cuando habla de Moisés adulto, dice lo siguiente: "Por la fe Moisés, cuando ya era grande, rehusó ser llamado hijo de la hija de Faraón, escogiendo más bien ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los placeres temporales del pecado, considerando como mayores riquezas el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa."

De manera que tú quieres aprovechar la oportunidad. Tú quieres ser reconocido por ser la persona más rápida de mi ciudad al cielo, que te reconozcan por ser la persona que aprovecha cada oportunidad para hablar con su Dios. Tú quieres evitar ser engañado por el poder de la oportunidad. Esa es la respuesta: mantente enfocado en el cielo, mantente con la mirada puesta en la recompensa, y de esa forma ninguna de esas estrategias, ni ninguna otra estrategia de Satanás, te va a poder engañar.

Cuando te sientas cansado, busca descanso en Cristo. Cuando te sientas tentado a probar lo que Satanás te tiene preparado, recuerda, léele a tu carne lo que Dios te tiene preparado. Cuando te estés creyendo la mentira de que un poquito no es nada, repite a ti mismo que tu Dios es Santo, Santo, Santo. Cuando tú te estés dejando dominar por tus emociones y sentimientos, habla la verdad a tu alma y trae tus cargas a la cruz de Cristo. Y cuando el mundo te esté diciendo "no lo pienses tanto, decide ahora," repite una y mil veces: ¿de qué me sirve ganar el mundo si pierdo mi alma? Amén.

Padre, gracias, Señor. Gracias, Padre, porque Tú eres tan bueno con nosotros, Señor. Tú nos das las herramientas, Señor, de que nosotros podamos aprender a conducirnos en esta vida, Señor, sabiendo que no somos de este mundo. Gracias, Padre, porque en el momento que tenemos éxito, Señor, es por tu oración intercediendo por nosotros. Y queremos reconocer, Señor, que te necesitamos, Señor, y que solamente mirando al cielo vamos a poder enfocar correctamente todo lo terrenal. Y cuando demos el justo valor a tus bendiciones, a tus promesas celestiales, el valor de las cosas de la tierra se perderá automáticamente. No permitas, Señor, que nosotros nos desenfoquemos, y ayúdanos, Señor, a que intencionalmente, ayudados por tu Espíritu, nosotros podamos en nuestras vidas buscar tu rostro, Señor, y que toda decisión que nosotros hagamos, Señor, sea guiada por tu Palabra. Gracias, Padre, en Cristo Jesús.

Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que tú puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño conoció al Señor en 1980 y es miembro de la IBI desde 2007. Ha servido en Consejería Prematrimonial, GPS, Escuela Bíblica Dominical, Ministerio de Cárceles y Conferencias Por Su Causa. Desde 2010 dirige, junto a su esposa, la Escuela Bíblica Dominical, y desde 2017 es director del Ministerio Integridad & Sabiduría. Licenciado en Publicidad con maestría en Gerencia de Mercadeo, graduado del Instituto Integridad & Sabiduría y certificado en Educación Cristiana. Casado con Jenny Thompson desde 1993; padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr. Casado con Jenny Thompson desde 1993; padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr.