IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El domingo de resurrección fue un día de profunda confusión para los discípulos. Las mujeres encontraron el sepulcro vacío, Cristo apareció y desapareció, ángeles se presentaron con mensajes, y cuando Jesús finalmente se puso en medio de ellos, su reacción no fue de gozo sino de terror. Pensaron que veían un espíritu. Esta respuesta revela una fe marcada por la inseguridad, la insuficiencia y la inmadurez, a pesar de que habían visto a Lázaro resucitar, habían caminado con Cristo sobre el agua y habían escuchado sus profecías sobre el tercer día.
¿Qué hace que no queramos creer? Dudamos de Dios porque no lo conocemos bien, porque otros nos han fallado y proyectamos esa desconfianza sobre él, y porque nosotros mismos hemos roto promesas y tememos que él haga lo mismo. Los discípulos necesitaron ver las manos heridas, tocar los pies, y hasta ver a Cristo comer pescado para comenzar a creer. Una fe inmadura demanda evidencias visibles, necesita crisis para acudir a Dios, le dicta lo que debe hacer y no sabe esperar.
El cambio vino cuando Cristo les abrió el entendimiento y prometió enviar el Espíritu Santo. Cuarenta días después, al verlo ascender, ya no lloraban: regresaron a Jerusalén con gran gozo. La diferencia fue que sus ojos dejaron de mirar hacia abajo, hacia las circunstancias terrenales, y comenzaron a mirar hacia arriba. La adoración genuina y la obediencia transformaron el lamento en gozo. El mismo Jesús que vieron partir es el que verán volver.
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Lucas capítulo 24, partiendo del versículo 33: "Y levantándose..." —refiriendo a los dos discípulos que iban camino a Emaús y habían llegado a la casa. Ya cuando Cristo se les había revelado en el partimiento del pan, él desapareció. Inmediatamente después ocurre esto: "Y levantándose en esa misma hora, regresaron a Jerusalén y hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: 'Es verdad que el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.' Y ellos contaban sus experiencias en el camino y cómo le habían reconocido en el partimiento del pan."
"Mientras ellos relataban estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: '¡Paz a vosotros!' Pero ellos, aterrorizados y asustados, pensaron que veían un espíritu. Y él les dijo: '¿Por qué estáis turbados y por qué surgen dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies, que soy yo mismo. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.' Y cuando dijo esto les mostró las manos y los pies."
"Como ellos todavía no lo creían a causa de la alegría y estaban asombrados, les dijo: '¿Tenéis aquí algo de comer?' Entonces ellos le presentaron parte de un pescado asado, y él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: 'Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos.' Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras."
"Y les dijo: 'Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas. Y he aquí, yo envío sobre vosotros la promesa de mi Padre, pero vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis investidos con poder de lo alto.'"
"Entonces los condujo fuera de la ciudad hasta cerca de Betania, y alzando sus manos los bendijo. Y aconteció que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba al cielo. Ellos, después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gran gozo y estaban siempre en el templo alabando a Dios."
Padre, una vez más te pedimos que tú puedas tomar este texto conocido, recorrido tantas veces, oído, predicado, enseñado años tras años, y de alguna manera tocar nuestro entendimiento, nuestro corazón y aún más nuestras vidas. Que entendamos cosas que no habíamos entendido. Abre nuestro entendimiento como abriste el entendimiento un día como hoy de los discípulos, y ayúdanos a vivir de una manera diferente por lo que hayamos entendido en este día. En Cristo Jesús, amén.
Bueno, años tras años estos textos son leídos, y cuando los leemos una vez más tenemos la impresión siempre de que, bueno, le conocemos. ¿Qué más voy a aprender? ¿Qué más puedo entender de estas cosas? Ese es uno de los desafíos en tiempos como estos, de celebraciones recurrentes, repetitivas, que a veces al predicador se le hace difícil encontrar una manera de poder tocar el corazón de los que oyen.
Pero esa es la razón cada domingo —yo creo que es la razón, pero especialmente en tiempos como estos— para ir donde Dios y pedirle que abra el entendimiento de aquellos que están revisando pasajes como estos, de tal forma que de una manera fresca, distinta, desde otro ángulo, él pueda mostrar cosas que hasta ese momento no las habíamos visto.
Y quizás la mejor manera de comenzar a hacer eso es tratando de visualizarnos en aquel momento. No sé cuántos de ustedes han hecho el ejercicio, pero yo lo he hecho en más de una ocasión: te pones en ese momento del viernes, ya Cristo ha muerto. Esa noche no creo que nadie durmió. Me imagino que estaban fijos, recordando las palabras, comentando el dolor, el sufrimiento, viendo la imagen de ese rostro que Isaías describe como totalmente desfigurado, más que cualquier hombre, y su aspecto más que el de los hijos de los hombres. Yo creo que eso solamente —lo que en inglés llaman flashbacks— de esas laceraciones, de los latigazos... Eso, Dios, ha sido difícil esa noche. Independientemente de que ellos le hayan traicionado, yo creo que eso hizo peor la experiencia.
El sábado es el día de reposo. Yo creo que estaban probablemente reunidos también en la misma casa, orando, comentando, lamentando, hasta que llegó el domingo. Pero el domingo, las mujeres se acercan —María Magdalena y la otra María, como Mateo le llama— se acercan no esperando ver lo que vieron, y encontraron un sepulcro vacío.
Lo que está ocurriendo ha sido un domingo de tanta turbulencia que todo es extraño. Porque ellas llegan, encuentran el sepulcro vacío, Cristo se les aparece. Juan 20 relata que Cristo está hablando con María Magdalena; ella no sabe que es Cristo. Y Cristo le dice: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?" Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: "Señor, si tú le has llevado, dime dónde lo has puesto y yo me lo llevaré." María está hablando con Jesús, le está diciendo: "Si tú te has llevado el cuerpo, dime a dónde lo pusiste."
De manera que esto es un momento de mucha confusión. Ellas pudieron haber recordado las palabras del Señor de que él resucitaría al tercer día, pero no lo hicieron. Al contrario, su primera conclusión fue: se robaron el cuerpo, alguien lo movió. Y en medio de todo esto, las dudas asaltaron la mente, el interior de su corazón. Y lo que ellas hacen es que salen corriendo. En medio de la tribulación, Cristo se les ha revelado un poco más adelante. "¡Señor! ¡Raboni!" dice María.
Y aconteció que, estando ellas perplejas —dice Lucas 24, partiendo del versículo 4— perplejas por esto, de pronto se pusieron junto a ellas dos varones con vestiduras resplandecientes. Todavía para más: imagínate que dos ángeles se te aparezcan de repente. Y estando ellas aterrorizadas e inclinando sus rostros a tierra, ellos les dijeron: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de cómo os habló cuando estaba aún en Galilea, diciendo que el Hijo del Hombre debía ser entregado en manos de hombres pecadores, y ser crucificado, y al tercer día resucitar." Entonces ellas se acordaron de sus palabras, y regresaron del sepulcro anunciando todas estas cosas a los once y a todos los demás.
Y salen corriendo. En el camino, en algún momento, el Señor se le revela a Simón Pedro; no sabemos exactamente cuándo, pero después que se le reveló a las mujeres. Y el mismo día domingo, un poco más tarde, el Señor se les presentó a aquellos dos discípulos que iban camino a Emaús. Comienza a conversar con ellos, les pregunta qué es lo que ha pasado. Ellos le dicen: "Entonces tú eres el único que no sabe lo que ha pasado." Y él sigue con ellos, les dice: "Pero ¿no recuerdan cómo se les habló de que esto pasaría y aquello ocurriría?" Y ellos siguen con él, lo invitan a quedarse esa noche, él accede, se sienta a la mesa, y cuando está frente a ellos y parte el pan, es el Mesías, y él se les desaparece.
Esto es un día de turbulencia. ¿Qué es lo que está pasando aquí? El sepulcro vacío, los ángeles se aparecen, él se aparece, se desaparece en medio de nosotros... Ellos salen corriendo para Jerusalén. Y ese fue el texto que nosotros leímos al principio: "Levantándose en esa misma hora, regresaron a Jerusalén, y hallaron reunidos a los once y a los que estaban con ellos, que decían: 'Es verdad que el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.' Y ellos contaban sus experiencias en el camino y cómo le habían reconocido en el partimiento del pan. Mientras ellos relataban estas cosas, Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: 'Paz a vosotros.' Pero ellos, aterrorizados y asustados, pensaron que veían un espíritu. Y les dijo: '¿Por qué estáis turbados y por qué surgen dudas en vuestro corazón?'"
Inseguridad. Esa fue la primera reacción en el corazón de los discípulos ese primer día. No tenían ni idea de lo que estaba pasando. Debería haber un poco de idea, pero no tenían ni idea. Y si hubo algo que marcó el testimonio de los discípulos en esos primeros días, primeras horas, fue precisamente la inseguridad. Y esa fue una de las características de su fe: una fe insegura.
Ahora, hay que darles cierto crédito, porque no es todo los días que tú estás a puerta cerrada, cuando nadie toca, nadie abre la puerta, y de repente hay una persona enfrente de ti. Y mucho menos cuando la última vez que viste a esa persona fue muerta sobre la cruz.
Pero por otro lado, no es cierto que ellos no tenían ninguna experiencia con gente de ultratumba. Ellos vieron al hijo de la viuda, del cual habla Lucas 7, resucitar, y probablemente hablaron con él. Ellos vieron a la hija de Jairo, de la cual habla Lucas 8, y probablemente hablaron con ella. Y con toda certidumbre vieron a Lázaro resucitar cuatro días después de muerto. ¡Cuatro días después de muerto! Y seis días antes de esta Pascua en la que Cristo muere, se sentaron con él a la mesa —con Cristo— y Lázaro estaba ahí, y pudieron hablar de dónde estaba, de dónde vino, cómo lucía y qué hizo en esos cuatro días. O sea, que ellos tenían alguna experiencia con gente de ultratumba.
Sí, pero pasó. Pero que se les apareciera así de la nada... Bueno, sí, eso como que aterrorizaría a cualquiera. Pero eso tampoco era como nunca antes visto, porque tenemos que recordar que un día, de la nada, en medio de la noche, la tercera vigilia, en medio de lluvia, de viento, de tempestad, donde la barca está a punto de hundirse, él se aparece de la nada también. En cuyo caso también pensaron que era un espíritu. Esta gente como que tiene una fiebre de fantasmas. "¡Uy, espíritu!" Y esa vez no era un espíritu. Cuando él se aparece: "¡Otro espíritu!" Como que en la tradición de los pueblos se piensa que los espíritus son los que pueden hacer ese tipo de cosas. Y no sé, a lo mejor es cierto.
Cristo los preparó para estas experiencias, y ellos tuvieron experiencias similares. Mirar que su sentido de asombro se entiende, pero al mismo tiempo es algo como que nos deja a nosotros pensando: ¿hasta dónde yo había creído lo que se le había enseñado? La palabra que Lucas usa es "aterrorizados", o sea que esto no era un temor chiquito. Yo me imagino agarrándose la rodilla para que dejaran de temblar.
¿Qué es lo que aterroriza al hombre? Y es bueno hacer esa pregunta: ¿qué es lo que nos llena de miedo? Porque ellos no son los únicos que han estado con miedo. Yo no creo que hay una persona aquí que no haya experimentado miedo en alguna ocasión. Si hay alguien que dice que no, está mintiendo. Pero todo lo que el hombre no puede explicar tiende a llenarlo de... le produce una sensación como de misterio, y las cosas misteriosas como que al hombre le causan miedo. Y esa es la razón por la que en varias ocasiones tú lees en los evangelios que después que Cristo hizo milagros se llenaron de miedo. Tú dices: "Pero debería ser de fe, no de miedo." Porque no lo podían explicar.
Todo lo que el hombre no puede controlar lo llena de pánico, porque es algo que él sabe que está fuera de control, de su control. Y como no puede controlarlo, lo llena de cierto pánico. Todo lo que el hombre no puede entender le atemoriza. Y es por eso que nosotros preferimos nuestras explicaciones de la ciencia, porque la puedo entender, la puedo explicar, lo puedo duplicar incluso. Preferimos eso a lo que es la revelación de Dios. Mejor que explotó el universo de la nada y no que Dios nos creó, porque lo que yo puedo entender me resulta como más comprensible y algo que yo puedo agarrar mejor.
Ahora, yo no creo que Cristo tiene tanto problema, o Dios, la Trinidad, con nuestros miedos, con nuestras inseguridades. Él sabe que nacemos llenos de miedo, que tenemos grandes inseguridades. Es la razón por la que el mandato más frecuente en la Palabra de Dios, en sus diferentes formas, es este: "No temas." La primera vez que eso aparece tú lo encuentras en el libro de Génesis, y hemos hablado de esto en otras ocasiones. Dios hablándole a Abraham en Génesis 15:1: "Abraham, no temas, yo soy un escudo para ti." Dios conoce que nuestras incertidumbres del medio en el que vivimos nos llenan de miedo. Yo no creo que ese sea su problema.
Yo creo que Dios tiene más problemas con nuestras dudas que con nuestros temores. Porque mis temores, ¿de dónde vienen? ¿Qué soy yo? Ser humano, caído, indefenso. Mis temores son explicables, pero mis dudas acerca de su Palabra, de su revelación, de sus obras, cuestionan lo que Él es, y eso es otra cosa. Una cosa es tener miedo; eso habla de mí, de lo que soy o de lo que no soy. Y otra cosa es dudar su revelación y su obra, porque eso pone una sombra sobre su fidelidad, sobre su carácter y sobre su poder.
Por eso la fe que los discípulos tuvieron en principio era una fe primeramente insegura y en segundo lugar insuficiente. Y como era insegura los llenó de miedo, y su insuficiencia en la fe los llenó de dudas. La primera pregunta que Cristo les hace a los discípulos es: "¿Por qué están turbados?" Y luego: "¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?" Es como que creen, pero no creen. Es como que mi corazón quiere creer, pero mi mente no me deja. Y la duda con relación a lo que estaba pasando, la duda de la veracidad de lo que ellos estaban viendo, fue la característica número uno de estas horas. "No, no, no. Un fantasma." "Mira, mira, ¿quién soy yo? Soy yo. Es más, voy a comer con ustedes." "Pero yo no creía."
Y hay una sensación, cuando tú lees los relatos de los tres o cuatro evangelios juntos, te das cuenta como que no era solamente que no creían, era que no querían creer. Déjame leerte varios de esos relatos rápidamente, uno detrás del otro. Mateo 28:16-17: "Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había señalado. Cuando le vieron, le adoraron;" punto y coma, "más algunos dudaron."
Marcos 16, a partir del versículo 11: "Cuando ellos oyeron que Él estaba vivo y que ella le había visto, se negaron a creer." Lo marco más enfático: se negaron a creer. "Después de esto se apareció en forma distinta a dos de ellos cuando iban de camino al campo" —esos son los dos discípulos de Emaús— "y estos fueron y se lo comunicaron a los demás, pero a ellos tampoco les creyeron. Después apareció a los once mismos cuando estaban sentados a la mesa, y los reprendió por su incredulidad" —escucha, porque vamos a volver aquí luego— "y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado."
Y llegamos a Juan, el último de los evangelistas, 20:25: "Entonces los discípulos le decían a Tomás: 'Hemos visto al Señor.' Pero él les dijo: 'Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y pongo la mano en su costado, no creeré.'" Oye, como que Tomás lo dice: "Si no veo en su mano la señal de los clavos..." En otras palabras, por si acaso a Cristo se le ocurre resucitar sanado de las heridas, yo no voy a creer eso. Tiene que ser un Cristo con ellas. "Si yo no meto la mano en la señal de los clavos en la mano..."
Muchos creen, y así yo lo creo también, que es el único cuerpo glorificado que va a retener sus heridas por el resto de la eternidad. Nosotros no vamos a resucitar cojos, mancos, ciegos, heridos. Pero este es la prueba de lo que Él hizo, y fue requerida en un momento dado. No querían creer.
La pregunta es: ¿qué hace que tú y yo no queramos creer? Tenemos que preguntarnos eso, porque ninguna experiencia humana nos es ajena. La primera cosa por la que nosotros dudamos de Dios es porque con frecuencia dudamos de alguien cuando no le conocemos bien. Y esa es la primera razón de las dudas en los hijos de Dios con relación a su Dios: es que no le conocen bien. Porque donde Dios se ha revelado mejor es en su Palabra. Y si comparamos, contamos, o hacemos la matemática del tiempo que los hijos de Dios se exponen a la revelación de lo que Él es, y lo comparamos con el resto de lo que ellos se exponen, es ínfimo. Por tanto, como no le conocen bien, tú no puedes confiar mucho en alguien a quien tú no conoces bien.
Nosotros tenemos relaciones de amistades, y nuestra generación es una generación caracterizada frecuentemente por relaciones superficiales. Y nuestra superficialidad nos lesiona, porque si yo no puedo desarrollar una relación profunda con mi cónyuge, con mis hijos, con mis hermanos en la fe, con mis familiares, con mis padres, a quienes yo veo —y esto no lo estoy dando como una dificultad, lo estoy dando como una imposibilidad— que yo pueda desarrollar una relación profunda con el Dios a quien yo no veo. Y la mayoría de nosotros no tenemos relaciones profundas con personas visibles, mucho menos una relación profunda con una persona invisible como Dios es. Y por tanto, la relación de la mayoría de los hijos de Dios con relación a su Dios es una de distancia, es distante. No le conocemos bien, por tanto no le podemos confiar bien.
Número dos: nosotros dudamos de Dios porque otras personas en quienes hemos confiado nos han fallado, a todos nosotros, y subconsciente o suficientemente comparamos a Dios con los otros. De hecho, Dios sabe también eso, esa es, que hasta lo escribió. En Salmo 50:21 dice: "¿Pensaste que yo era tal como tú?" Tú me juzgas como si yo fuera tú. Tú me juzgas por tus experiencias, tú me juzgas por tus emociones, tú ves al otro y entonces me juzgas a mí. Y como otros nos han fallado, y yo no confío tanto en otros ahora, no puedo confiar en Dios porque quizás Él me falla también. Mi desconfianza hacia los demás llega hasta Dios.
Y la tercera razón por la que dudamos de Dios es porque con frecuencia —para traerlo ahora más cerca todavía— nosotros mismos hemos hecho promesas con nuestras mejores intenciones en el momento de hacerlas y hemos fallado a nuestras promesas. Pues si yo me fallo a mí mismo, pues yo tengo de manera subconsciente una duda de que el otro no me vaya a fallar. Y esas experiencias nos han marcado y han afectado el desarrollo de nuestra fe.
Ahora, ¿qué ocurre? Otros me han desilusionado. No nos gustan las desilusiones. Para yo ilusionarme mejor, no comienzo. Jesús está apareciendo; para no ilusionarme, porque el Viernes Santo ya yo tenía una ilusión de que finalmente... ¿Recuerdas el Domingo de Ramos cuando Cristo estaba entrando y lo proclamaron? Estábamos ilusionados de que ya finalmente llegó el momento de proclamarlo como Rey. Se me cayó la ilusión, y ahora, ¿ya ilusionarme otra vez? A mí hay que enseñarme los clavos. Y todo eso dándole color a su fe.
Pero eso afecta nuestra relación con Dios y afecta lo que es el desarrollo de la madurez de nuestra fe. Eso es lo que tú tienes en esta fe de los discípulos en un principio: es insegura, los llena de miedo; es insuficiente, los llena de dudas; su inmadurez hizo que ellos todo el tiempo tuvieran una fe dependiente de señales. Y continuamente tenían que estar pidiéndole señales al Señor. Los judíos siempre quieren señales, decía Pablo. Todavía años después los judíos todavía estaban pendientes de señales. "Nosotros necesitamos señales. Ahora dame una señal para saber que Tú estás conmigo." Una fe inmadura que no cree lo que su Palabra ha revelado: "Nunca te dejaré ni te desampararé."
Y Jesús condescendió, y antes y después de la resurrección continuó dando las señales en la inmadurez de su fe. Cuando ellos dudaron y cuando Cristo dice: "¿Por qué surgen dudas en vuestro corazón?", el texto inmediatamente después, oye lo que Cristo hace: "Mirad mis manos y mis pies, que soy yo mismo. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo." Y cuando dijo esto les mostró las manos y los pies. Les mostró evidencias, lo que ellos necesitaban en su inmadurez. "Soy yo." Tenían a Cristo de frente, tenían la profecía de que iba a resucitar.
Él está resucitado, no creen. Él les habla, no creen. "Mira, aquí están mis manos", no creen. "Mira, aquí están mis pies". Ven, tocan. Me faltarme, uno diría: "¡Wow! Ya finalmente sí, sí, ya, ya, ya creímos". Pues sí, con qué ántico. Como ellos todavía no lo creían, aquí a causa de la alegría y que estaban asombrados, les dijo: "Oye, mira, ¿qué más tuve que hacer? ¿Tenéis algo de comer?". Entonces ellos le prepararon parte de un pescado asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Es como que ya estaban diciendo: "Vamos a ver si se lo va a comer, si se lo va a tragar, pues los espíritus no tragan. Si se lo traga, ya eso no vuelve a salir, es Cristo". Las señales de los clavos tampoco fueron suficientes. Hubo que comer y tragar para convencer.
¿Y qué es lo que hace que nosotros seamos tan duros para creer? Y Él tuvo que presentarle una y otra vez evidencias visibles, palpables. A pesar de eso, así somos nosotros. A pesar de que la Biblia define la fe de manera totalmente opuesta: es la certeza de lo que no se ve. De manera que cuando yo le digo a Dios que yo quiero señales, cosas que yo pueda palpar, tocarlo, ¿qué le estoy haciendo a Dios? Es: yo no quiero fe, yo quiero evidencias, yo quiero lo que la ciencia me puede dar, cosas verificables. Y Él dice: "Tu relación conmigo no es con un científico, es con Dios, y tu relación conmigo es por medio de la fe, y la fe es la evidencia de lo que no se ve. Si tú quieres evidencia, pues ve y adora a tu ciencia. Si tú quieres un Dios, pues ven y desarrolla tu fe". Ahí está la diferencia.
Este predicador bautista, Amzi Clarence Dixon, de principios del siglo veinte, del siglo mil novecientos, era muy conocido en esa ocasión. Llegó a pastorear la iglesia del Instituto Moody de 1906 a 1911 y luego pasó al famoso Tabernáculo Metropolitano de Spurgeon, nada más y nada menos, del año 1911 al 1919. El predicador predicó un sermón en una ocasión llamado "The Growing Faith", una fe que crece. Y yo estaba revisando ayer o anteayer, no recuerdo, y en ese sermón él habla de cuatro características de una fe inmadura y cuatro características de una fe madura. Y me voy a limitar a las primeras cuatro porque tiene mucho que ver con lo que estamos hablando.
La primera característica que él da de esa fe inmadura es precisamente el demandar evidencias visibles. Tomás: "No, no, no, a menos que yo vea y meta mi mano en la herida, no voy a creer". Y Cristo, ¿cómo se sintió? Y le permitió a Tomás que hiciera eso en la inmadurez de su fe. Pero eso no es una fe madura, la que requiere señales y evidencias.
Número dos, dice Dixon, es una fe que tiene que ser llevada a Dios siempre en medio de grandes necesidades. En otras palabras, es el cristiano, el hijo de Dios, que cuando las cosas están bien, siempre está tranquilo, no se acuerda de Dios. Ahora, de vez en cuando va a la iglesia, pero no tiene ese fervor, y Dios tiene que orquestar en su vida problemas en su matrimonio, en su familia, en su negocio, en sus amistades. Tienen que estar dificultades para finalmente llevarlo de rodillas hasta donde Dios, en medio de grandes necesidades, porque a menos que esté en necesidades, no está acudiendo a Dios. Es una fe inmadura.
Dixon nos da una tercera y una cuarta señal. Número tres, es una fe que le dicta a Dios lo que le debe hacer. Los hijos del trueno, Jacobo y Juan, le dijeron a su mamá: "Habla con el Mesías, porque como vamos a pedir una cosa para nosotros, no, otra vez ve tú y pide". ¿Y qué decir? "Bueno, una cosita nomás, que nos siente a mano derecha y a mano izquierda cuando Él venga en Su reino". Una pequeña cosa. Bueno, la mamá no lo pudo conseguir de esa forma. En el aposento faltan horas para que Él se muera. "No podemos dejar que Él se vaya sin nosotros pedirle eso". Entonces yo directamente: "Maestro, concédenos..." ¿Y qué es lo que le dijeron? No le dijeron: "Maestro, queremos estar contigo en Tu reino por donde Tú quieras". No, le dictaron al Maestro: "A mano derecha y a mano izquierda, ahí es donde nos toca, donde queremos". Una fe inmadura le dicta a Dios.
¿Tú quieres una fe madura? Tú la encuentras en Getsemaní, de rodillas: "Padre, si es posible que pase de mí esta copa, pero al fin de cuentas, no te voy a dictar nada, Padre. Que se haga Tu voluntad y no la mía". Eso es una fe madura. No le dicta a Dios lo que tiene que hacer.
Y número cuatro, es una fe impaciente. No sabe esperar. "Yo quiero lo que yo quiero y lo quiero ahora. Yo tengo una semana orando y Dios no me ha respondido. Yo tengo un mes. Yo tengo un año orando y Dios no me ha respondido". Y sin embargo, Dios dice: "Yo tengo una eternidad haciendo, y el problema es que tu calendario no es el mío y tus pensamientos no son los míos, y tus maneras no son mis maneras". Es una fe impaciente. No sabe esperar. Los discípulos: "¿Y cuándo es que Tú vas a hacer? ¿Y por qué no Te manifiestas?". "Todavía no ha llegado mi hora. Por favor, ¿cuántas veces tengo que decirlo?". De hecho, va a ascender a los cielos: "Maestro, ¿es ahora que Tú vas a instaurar el reino?". "Por Dios, a ti no te toca saber el día ni la hora. Eso le corresponde a mi Padre nada más". Y se fue. Al ascender todavía estaban con la impaciencia.
Pero yo voy a agregar algo más de esa fe inmadura. La fe inmadura no oye, no cree lo que oye ni lo que ve. Lo que quiere oír, eso es lo que cree. Estos discípulos oyeron lo que Cristo les había dicho más de una vez. ¿Oyeron? Lo creyeron. Ahora Cristo está frente a ellos resucitado. Ellos no lo creyeron. La fe inmadura oye lo que quiere oír y no lo que se está diciendo. Y eso a veces lo vemos en mensajes donde alguien dice: "Pastor, sí, porque aquello que usted dijo el domingo..." "¿Yo dije eso? No, yo dije todo lo opuesto el domingo".
Esta gente, cuando Cristo comienza a reprenderlos, ¿sabe por dónde Cristo comienza? Cristo no comienza a decir: "Ah, no pudieron entender, déjame revelarles algo nuevo". Lo que Cristo les dice, Lucas 24:44: "Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros, que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos". "Yo se los dije, yo les dije que era necesario que el Hijo del Hombre fuera a Jerusalén a sufrir a manos de las autoridades". No lo creyeron. "Yo les dije que yo iba a ser crucificado". Y Isaías también se los dijo setecientos años antes. No lo creyeron. "Yo les dije que al tercer día iba a resucitar". No lo creyeron.
Entonces, ¿qué es lo que creyeron? ¿Lo oyeron? Ahora lo están viendo y no lo creen. ¿Qué creyeron? Lo que querían creer. ¿Y qué era lo que querían creer? Que el Mesías sería un mesías político que reinstaurara a Israel en el dominio sobre las naciones y que esa era nuestra oportunidad de gobernar. Eso es lo que traían. Por tanto, con Cristo ahí de frente, ahí no lo están creyendo.
Su fe no solamente era insegura, insuficiente e inmadura, era incapaz de entender. Por la fe, dice Hebreos, entendemos que Dios hizo el universo por el poder de Su palabra. ¿Cómo lo entendemos? Por la fe. De lo contrario, somos incapaces de entender. Lucas 24:45: "Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras". Si Dios no nos da entendimiento, nosotros permaneceríamos en la ignorancia.
Nosotros somos totalmente incapaces de principio a fin, de cabo a rabo. Somos incapaces de elegir a Dios, por eso Dios tiene que hacer la elección por nosotros. Nosotros somos incapaces de producir en nosotros el querer y el hacer, Dios tiene que ponerlo en nosotros. Nosotros somos incapaces de comprender, Dios tiene que abrirnos la mente. Nosotros somos incapaces de tener motivaciones puras, Dios tiene que darnos mejores motivaciones.
Pero de nuevo, Dios, estoy convencido, tiene menos problema con nuestra ignorancia, porque Él sabe lo ignorantes que somos. Donde Él tiene más problema es con nuestra prepotencia. Porque nosotros, ignorando muchas veces, creemos que sabemos. Otras veces, sabiendo a medias, creemos que lo conocemos todo. Y llegamos entonces a conclusiones en base a la ignorancia, y eso es lo que yo entiendo que Dios le llama prepotencia, y es con eso que Dios tiene problema. Una cosa es ignorar y saber que ignoramos, y otra cosa es ignorar y creer que sabemos. Dios no tiene tanto problema con nuestra ignorancia, sino con nuestra prepotencia. Nosotros somos incapaces de comprender lo que Dios está haciendo. Somos finitos. Confesemos nuestra insuficiencia.
Y es por eso que este pasaje de Jeremías 33:3 se ha hecho tan cercano a mi corazón últimamente: "Clama a mí y yo te responderé, y te revelaré cosas que tú no conoces, cosas inescrutables".
Cuando el Señor les abrió el entendimiento, las cosas comenzaron a cambiar. Cuando Cristo se les apareció, noten lo que Él no hizo, por lo menos en lo que está registrado en el Evangelio: Él no les habló de nada nuevo. Él les repitió lo mismo que ellos ya habían oído, pero les abrió el entendimiento y les dijo, versículo 46: "Así está escrito que el Cristo padeciera todo esto y que resucitara de entre los muertos al tercer día, y que en Su nombre se predicara el arrepentimiento para el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén".
Escuchen ahora, versículo 48: "Vosotros sois testigos de estas cosas". "Lo que yo les estoy diciendo, ustedes son los primeros testigos de que esto se escribió en el Antiguo Testamento, de que yo se lo dije ahora en el Nuevo Testamento, y ahora me han visto resucitar. Ustedes son los testigos. ¿No lo creen? Aquí no hay sorpresas, discípulos. Aquí no hay nada nuevo. Aquí es simplemente la misma revelación anterior ahora entendida, porque yo les estoy abriendo el entendimiento".
Hay una relación entre lo que yo puedo ver, entre lo que yo puedo entender de Su revelación, y mi grado de fe. La persona que yo mejor veo con su fe inquebrantable en el Nuevo Testamento es el apóstol Pablo, pero él es el único que fue llevado al tercer cielo, es el único que tiene revelaciones que luego él dice: "A mí no se me permitió ni siquiera poderlas seguir revelando más adelante". Y mientras más entiendo de Su revelación, mejor es mi fe en Dios.
No es mientras más entiendo de lo que a mí me está pasando, sino de su revelación, de lo ya revelado, de lo que sí se conoce. Y así era su fe, me asegura: insegura, insuficiente, inmadura, incapaz. Y ahora hay algo que va a pasar que la va a cambiar. Dimos cuatro de esas "i's", por así decirlo: insegura, insuficiente, inmadura, incapaz. Ahora yo quiero que veamos la última: el impulso de la fe, que es lo que volteó a su fe.
Lucas 24:49: "Y he aquí, yo enviaré sobre vosotros la promesa de mi Padre, pero vosotros permaneced en la ciudad hasta que seáis investidos con poder de lo alto." Ahí está. La promesa de mi Padre: yo voy a enviar el Espíritu Santo, y cuando descienda sobre ustedes y los llene, esa llenura del Espíritu va a cambiar su fe, la va a transformar. Y ellos llegaron a ser otros individuos a partir de esta experiencia, y tú lo ves de una manera completamente diferente.
Antes de que ocurriera este descenso del Espíritu Santo, ya eran hombres bien ordinarios, comunes y corrientes, con múltiples dudas e inseguridades. Y traidores también, traicionaron al Mesías. Y después de eso es lo que le da el impulso a su fe. Y ahora qué es lo que tú encuentras, escúchame ahora: su fe perdió su inseguridad, y eso les permitió vivir o morir como mártires. Su fe no solamente perdió su inseguridad, su fe terminó con sus dudas, de tal manera que ahora creían lo que Cristo había revelado para el reino futuro, esperando su segunda venida, aunque dos mil años después todavía no ha llegado.
Su fe, ese impulso que el Espíritu de Dios le dio, hizo que su fe fuera suficiente ahora. Perdió su insuficiencia, suficiente para sostenerlos de nuevo en la tribulación, en las dificultades, de la soledad y de las cosas que vendrían más adelante en contra de ellos. Y su fe maduró hasta el punto que ya no pedían señales ni exigían señales; ellos hacían las señales. Ellos eran las señales de que realmente esto es real. Ya no había más necesidad de que les siguieran confirmando las cosas.
Todo esto que comenzó el domingo de resurrección con los discípulos de Emaús corriendo a Jerusalén, y que Lucas continuó relatando como si hubiese ocurrido todo lo que estaba hablando en un solo día, pasó en cuarenta días. Porque el próximo versículo que les voy a leer ahora es cuarenta días después: "Entonces los condujo fuera de la ciudad" —no el domingo de resurrección, cuarenta días después— "hasta cerca de Betania, y alzando sus manos, los bendijo."
Cerca de Betania. El libro de los Hechos dice que es en el Monte de los Olivos. ¿Es una contradicción? El Monte de los Olivos está cerca de Betania. Consulte eso en Lucas 19:29, dice que el Monte de los Olivos estaba cerca de Betania. Y aquí les está llevando cerca de Betania. "Y aconteció que mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado arriba al cielo." Eso representa su ascensión a la mano derecha del Padre.
El día más importante, en un sentido, de toda la historia redentora, porque es este día que Jesús asume su posición a la diestra del Padre. Es este día donde él está diciendo a los discípulos en Mateo 28: "Toda autoridad me ha sido entregada de lo que está en el cielo y en la tierra, con mi ascensión." Es este día donde a Cristo le ha sido otorgada toda la autoridad cósmica, de tal manera que de ahí en adelante no había muerte ni había vida que no dependieran de él. No habría accidentes, catástrofes, desastres, eventos que no dependieran de él. No habría más relaciones de amigos, de novios, de esposos, de presidente con ciudadanos que no dependieran de él. No iba a haber absolutamente nada que no estuviera bajo su señorío. Ese día ocurrió.
Ese es el día en que él pasa a ser mi gran Sumo Sacerdote. Ese es el día en que él pasa a ser mi abogado defensor al lado del Padre. Y este es ese día en que él se va, e incluso los discípulos entendieron que mejor que se vaya. Porque en Juan 16 él dice: "Es mejor que yo me vaya."
Y esta es la cronología. Domingo de resurrección: imagínate que estamos en el primer siglo y que este es el domingo en que les apareció. Domingo de resurrección es hoy; cuarenta días después ocurre su ascensión a los cielos, y diez días después, el Pentecostés, el descenso del Espíritu Santo. Cincuenta días después de la resurrección ocurrió Pentecostés. De ahí su nombre: Pentecostés, cincuenta. Esa es la cronología: resurrección, cuarenta días después ascensión, diez días después Pentecostés.
Y él se fue. Uno esperaría ahora que si ellos habían estado tristes el día que él resucitó viéndolo, cuando él se fuera, ¡ah, qué debió haberse puesto la cosa! ¡Qué más triste esa hora! Sin embargo, mira lo que el texto dice en los versículos finales: "Ellos, después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gran gozo, y estaban siempre en el templo alabando a Dios." Esto como lo contrario, ¿cómo es la cosa? ¿Qué aparece triste, confuso, turbado? Te vas gozoso.
Sí, cuarenta días después hemos entendido muchas cosas y hemos madurado muchas otras. Y ahora es otra fe, ahora es otro individuo, ahora es otro entendimiento. Su fe ha madurado, las experiencias por las que han pasado, las vergüenzas que han pasado, que han atravesado. Muchas veces es como Dios nos madura. Nosotros hacemos un juicio, nunca hemos estado ahí, pasamos una vergüenza y decimos: "Wow, no quisiera volver a pasar por ahí otra vez." O decimos: "Yo no sé cómo fulano estuvo en esa situación dudando y con tanta cosa." Y luego a mí me toca vivir esa situación, y yo tengo la misma duda o el mismo temor, y digo: "Ah, ya, no sabía que era así." No, no sabía, por eso el juicio, por eso la conclusión. Pero ya ellos han pasado por experiencias que los han ido madurando; ellos comprenden otras cosas.
Y ahora, en vez de seguir viviendo con su mente puesta aquí abajo —que es lo que crea todas estas insatisfacciones y falta de gozo y falta de paz— es que vivimos viendo para aquí abajo, como si esto fuera lo que importara y como si este fuera el final de la historia. Cuando Jesús comenzó a ascender, ellos estaban viendo hacia arriba, y eso es una buena ilustración de que cuando ellos cambiaron los ojos de ver hacia abajo y comenzaron finalmente a ver hacia arriba, hacia el reino venidero, hacia lo que realmente vale, hacia lo que tiene valor eterno, pues finalmente se llenaron de gozo.
Y no sé cuál es tu experiencia en el día a día, pero si tu experiencia en el amor del Señor… de la manera más pastoral que te lo puedo decir: si tu experiencia día a día no es una de gozo pleno —oye, ¿cómo es eso de pleno? Está fuera del Señor tu Dios—. "Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia." Y hay dos o tres posibilidades. ¿O estoy en desobediencia? Porque Cristo dijo: "Estas cosas os he hablado" —y lo que había hablado era obedecer el mandamiento— "para que mi gozo sea completo." De hecho, dice "sea perfecto." Cristo entiende: la obediencia a mis propósitos produce gozo por diseño. Tan sencillo como eso, número uno.
Número dos: no tengo aceptación de los acontecimientos que Dios ha orquestado que a mí me ocurran para él formar su imagen en mí, y eso me roba algo. O número tres: yo estoy viviendo con los ojos puestos aquí abajo. Y esto es lo que importa, esto es lo que me afecta, esto es lo que valoro, esto es lo que me hiere, esto es lo que me molesta, esto es lo que me incomoda, esto es… en vez de tener los ojos puestos en Jesús. La diferencia entre Cristo y nosotros, entre Pablo y nosotros, con pleno gozo, era simplemente eso: aceptación, obediencia y los ojos para arriba.
Estos discípulos que Marcos… déjame leerte lo que Marcos dice cómo estaban ellos en el día de la resurrección, rápidamente. Marcos 16 dice cuál era la emoción, aparte de turbados y todo eso que hemos venido describiendo: "Y ella, María Magdalena, fue y se lo comunicó a los que habían estado con él, que estaban lamentándose y llorando." Domingo de resurrección: lamento y lloro. Cuarenta días después regresaron a Jerusalén con gran gozo. ¿Qué cambió el llanto en gozo? Una fe que maduró y unos ojos que comenzaron a mirar hacia arriba.
Pero el texto dice: "Después de adorarle, regresaron a Jerusalén con gran gozo." Ahí está la otra clave: adoración. Lucas finalmente usa la palabra adoración en su evangelio. Finalmente, cuando ellos le adoraron por lo que era, experimentaron, tuvieron experiencia de cosas. Y eso es otra cosa: si no tengo una vida de adoración… Tu vida, no importa si eres ama de casa, mecánico de carros, ingeniero, plomero, abogado, dentista o médico, tu vida, tu servicio, debe ser uno de adoración a Dios. Y la vida de adoración, por diseño, si es real, produce gozo; es parte del diseño de Dios.
Sus discípulos se van, ahí están mirando hacia el cielo. El libro de los Hechos da la continuación al texto de hoy, para ir cerrando. Y el libro de los Hechos, capítulo 1, versículos 9 al 11, continúa la historia diciendo: "Después de haber dicho estas cosas, fue elevado mientras ellos miraban, y una nube lo recibió y lo ocultó de sus ojos. Y estando mirando fijamente al cielo mientras él ascendía" —te imaginas, tú estás aquí, Cristo está ascendiendo y tú estás como: ¡Está subiendo! ¡Se está yendo!— "mientras él ascendía, aconteció que se presentaron junto a ellos dos varones en vestiduras blancas, que les dijeron: Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, vendrá de la misma manera, tal como le habéis visto ir al cielo."
Como le viste, vendrá. Todo ojo le verá. Y cuando él venga, él mostrará que ciertamente él es el mismo ayer, hoy y siempre: "Yo soy el que era, el que es y el que ha de venir." No estéis asombrados, no estéis cabizbajos, no estéis tristes. Dejad de mirar hacia arriba, comenzad ahora a trabajar aquí abajo, puesta la mente y el corazón en los cielos, de tal manera que tengan la certidumbre de que el Cristo que ustedes vieron ir es el mismo que verán venir. Él es, él era, él es y él vendrá.