IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El pacto que el pueblo de Israel firmó tras regresar del exilio revela las dos áreas donde más consistentemente fallamos en nuestra relación con Dios: la familia y las finanzas. Nehemías 10 recoge ese compromiso solemne donde el pueblo, tras confesar públicamente sus pecados, decide consagrarse —apartarse para uso exclusivo de Jehová— y andar en su ley. No simplemente cumplir requisitos, sino vivir en ella las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana.
La primera área del pacto toca el legado familiar: no dar los hijos a los pueblos paganos ni tomar sus hijas. Detrás de esta prohibición no hay racismo sino la preocupación de Dios por la santidad futura. Si hoy estás bien pero te unes a lo mundano, mañana no lo estarás. Y aquí viene la pregunta incómoda: si comparamos las conversaciones, los entretenimientos, las ambiciones y las celebraciones de quienes están dentro de la iglesia con quienes están fuera, ¿cuánta diferencia encontraríamos? El problema no siempre es el alcohol o las drogas; muchas veces son mundanalidades más sutiles que aprendemos del mundo sin cuestionarlas.
La segunda área es financiera: el pueblo había violado el día de reposo comerciando, había cultivado la tierra el séptimo año por avaricia, y había retenido los diezmos y las primicias. Setenta años de exilio correspondieron exactamente a los años de reposo que robaron. Dios no entra en transacciones comerciales —dame y te devuelvo—, pero sí promete que quien confía en Él no tendrá que temer por la provisión de mañana.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En el documento sellado estaban los nombres de Nehemías, el gobernador, hijo de Hacalías, y Sedequías. Que hay bien en todos sus nombres hasta el versículo 27. El resto del pueblo, los sacerdotes, los levitas, los porteros, los cantores, los sirvientes del templo, y todos los que se habían apartado de los pueblos de la tierra a la ley de Dios, sus mujeres, sus hijos y sus hijas, todos los que tienen conocimiento y entendimiento, se adhieren a sus parientes, sus nobles, y toman sobre sí un voto y un juramento de andar en la ley de Dios que fue dada por medio de Moisés, siervo de Dios, y de guardar y cumplir todos los mandamientos de Dios nuestro Señor y sus ordenanzas y sus estatutos.
Y que no daremos nuestras hijas a los pueblos de la tierra ni tomaremos sus hijas para nuestros hijos. En cuanto a los pueblos de la tierra que traigan mercancías o cualquier clase de grano para vender en el día de reposo, no compraremos de ellos en día de reposo ni en día santo, y renunciaremos a las cosechas del año séptimo y a la exigencia de toda deuda.
También nos imponemos la obligación de contribuir con un tercio de un siclo al año para el servicio de la casa de nuestro Dios, para el pan de la proposición y la ofrenda continua de cereal, para el holocausto continuo, los días de reposo, las lunas nuevas, las fiestas señaladas, para las cosas sagradas, para las ofrendas por el pecado, para hacer expiación por Israel, y para toda la obra de la casa de nuestro Dios.
Asimismo, echamos suertes para la provisión de madera entre los sacerdotes, los levitas y el pueblo, para que lo traigan a la casa de nuestro Dios conforme a nuestras casas paternas, en los tiempos fijados cada año, para quemar sobre el altar del Señor nuestro Dios como está escrito en la ley. Y para traer cada año los primeros frutos de nuestra tierra y los primeros frutos de todo árbol a la casa del Señor, y traer a la casa de nuestro Dios los primogénitos de nuestros hijos, de nuestros ganados, como está escrito en la ley. Los primogénitos de nuestras vacas y de nuestras ovejas son para los sacerdotes que ministran en la casa de nuestro Dios.
También traeremos la primicia de nuestra harina y nuestras ofrendas del fruto de todo árbol, del mosto y del aceite, para los sacerdotes, a las cámaras de la casa de nuestro Dios, y el diezmo de nuestro suelo a los levitas, porque los levitas son los que reciben los diezmos en todas las ciudades donde trabajamos. Y un sacerdote, hijo de Aarón, estará con los levitas cuando los levitas reciban los diezmos, y los levitas llevarán la décima parte de los diezmos a la casa de nuestro Dios, a las cámaras del almacén. Pues los hijos de Israel y los hijos de Leví llevan la contribución del cereal, del mosto y del aceite a las cámaras. Allí están los utensilios del santuario, los sacerdotes que ministran, los porteros y los cantores. Así no descuidaremos la casa de nuestro Dios.
No sé cuántos de ustedes, al leer este texto, pudieron entender dónde el pueblo de Israel había violado la ley de Dios, y si usted pudiera agruparlo en categorías, cuántas categorías usted haría. En esencia, hay dos categorías básicamente de violaciones. De una manera u otra, esas son las únicas dos categorías, y son las mismas dos áreas que si alguien me preguntara cuáles son o dónde radican los problemas fundamentales de las familias, de la iglesia de Cristo en general, hoy en día yo diría que radican en esas mismas dos áreas que este pacto representa. Una tiene que ver con la familia, el legado familiar, lo vamos a ver en un momento. Y la otra área es finanzas. Esas son las dos áreas.
Lo vamos a ver en detalle ahora, pero es increíble que el pueblo de Dios no cambia. Él continúa cometiendo las mismas faltas y violaciones en esas mismas dos áreas que están representadas en este pacto.
En el capítulo anterior nosotros vimos cómo el pueblo estuvo confesando públicamente. Primero leyó la ley, adoraron, confesaron públicamente, pero al terminar su confesión pública, ellos no quisieron detenerse ahí, sino que quisieron hacer algo más. Hicieron entonces un pacto de compromiso, un pacto de consagración, que es el que nosotros acabamos de leer. De hecho, el último versículo del capítulo anterior lee de la manera siguiente: "A causa de todo esto, nosotros hacemos un pacto fiel por escrito, y en el documento sellado están los nombres de nuestros jefes, nuestros levitas, nuestros sacerdotes." Y después de eso, el próximo capítulo, que es el que yo acabo de leer, abre diciendo: "En el documento sellado estaban los nombres de Nehemías, el gobernador, hijo de Hacalías, Sedequías." Y a partir de ahí, entonces, los nombres de los líderes principales que representaban al pueblo y que en esta ocasión pusieron sus firmas.
Pero junto con ellos, entonces, vinieron, de acuerdo al versículo 28 y 29, grupos de sacerdotes, levitas, porteros, cantores, todos aquellos que servían en el templo. Y dicen también que se adhirieron los parientes, sus hijos, sus hijas. De manera que esto nos da a nosotros una idea de que hubo una participación masiva en la firma de este nuevo compromiso con Dios, de tal manera que ellos pudieran hacer un juramento, versículo 29, de andar en la ley de Dios.
La participación no sabemos si fue completa, pero sabemos por lo menos que fue masiva. Y nos dice entonces que participaron, sellaron, firmaron —escucha la frase— todos los que se habían apartado de los pueblos de las tierras a la ley de Dios. El texto no nos dice exactamente si todos se separaron, pero sí sabemos que todos aquellos que decidieron separarse de los pueblos de las tierras, de los pueblos paganos, de los pueblos extranjeros, ese día hicieron un pacto de consagración.
Paso número uno: consagración. Se consagraron, y consagrar implica apartarse para un uso exclusivo de algo o de alguien. Cuando los instrumentos musicales eran consagrados en el templo, eran separados para uso exclusivo de la música en el templo. Cuando Dios consagra una pareja, que es el contexto del matrimonio, la palabra implica separarlos: el esposo para uso exclusivo de la esposa y la esposa para uso exclusivo del esposo.
En este caso, la consagración de este pueblo está implicando que ellos se van a apartar de las costumbres paganas de los pueblos extranjeros para servirle exclusivamente a Jehová. Y en esto consiste precisamente el pacto. Consagrarse implica separación, implica comprometerte a no violentar la ley de Dios, implica separación de todo aquello que es pecaminoso, todo aquello que luce como pecado, todo aquello que no corresponde a la ley de Dios.
Y una cosa que nosotros vemos continuamente en la Palabra de Dios es que Dios no solamente está interesado en mi santidad hoy; Él está interesado en que yo no me contamine mañana. La separación de los pueblos extranjeros no tenía nada que ver con racismo. Dios no es un Dios racista. Tenía que ver con el hecho de que si estás bien hoy y te unes a ese pueblo pagano, casi podemos garantizar que no estarás bien mañana. Y esa es la preocupación de Dios: la santidad de hoy y la no contaminación en el día de mañana. Dios es como el cirujano.
Cuando realiza su cirugía en un ambiente estéril y termina, él no solamente está preocupado con que su herida y su procedimiento de una hora, dos o tres o más, haya sido llevado a cabo estérilmente. Él no se preocupa solamente con la esterilidad de lo que él hizo hoy. Cuando él termina, él cubre la herida para separar su herida limpia del resto del cuerpo contaminado, de tal forma que él sigue preocupado con la posible contaminación de su herida en el día de mañana.
Y ese es exactamente como Dios es. Él no santifica, nos consagra el día de nuestra salvación; Él me venda, como el cirujano, por así decirlo, simbólicamente hablando. Me cubre con su Espíritu Santo, y ahora Él permanece preocupado por la posible contaminación del día de mañana. Y por tanto me ordena que tome pasos hoy para que yo mañana no termine de esa forma. El cirujano es una buena ilustración.
Has un número uno: consagración. Paso número dos: el caminar en su ley. Escucha cómo el texto del versículo 29 dice que el compromiso se hizo para que ellos pudieran andar en la ley de Dios. Me gusta esa expresión: andar en la ley de Dios. ¿Y saben por qué? Porque estamos más acostumbrados a la expresión "cumplir con la ley", que es correcta, está en la Palabra de Dios múltiples veces. Pero cuando usamos la palabra "cumplir con la ley de Dios" muchas veces, tácitamente eso como que nos da una idea a nosotros de que esto es algo pesado, es un deber, es algo que yo tengo que hacer, cumplir con ese deber.
Mientras que cuando hablamos de andar en la ley, eso nos transmite otra idea. Nos da una idea de algo continuo, algo que yo hago día a día, es un compromiso 24/7, veinticuatro horas al día, siete días a la semana. ¿Por qué? Porque ando en ella. No es algo que yo vengo y hago mi vida cristiana. No es algo que yo realizo de esta manera: vengo a la iglesia el domingo o el miércoles, cumplo con deberes, con requisitos, con obligaciones, y luego entonces voy y vivo de otra manera. Esto es lo que a veces nos da la idea, la frase "cumplir con Dios, cumplir con su requisito". ¿Cuáles son? Uno, otro, cuatro...
Pero andar en la ley es otra cosa. Andar en la ley de Dios es vivir en ella, vivir por ella, de tal manera que tú nunca andas fuera o lejos de lo que es su rostro, su presencia, su inspección, su examinación, su santificación.
De hecho, Dios llama a Abraham. Y lo que llama a Abraham... años pasan, doce o trece años pasaron, y luego es que lo circuncida. En el momento que Dios lo circuncida, lo consagra. Y la circuncisión era tipificación, símbolo de esa consagración. La circuncisión lo separaba, separaba esa parte del cuerpo del resto del cuerpo. Doce o trece años después de que Dios le ha enseñado algunas cosas a Abraham, después que Dios le ha ido quitando cosas a Abraham, Él está listo para un verdadero uso exclusivo de parte de Dios. Dice que Abraham ahora está muy listo para hacer concesión, está muy listo para circuncidarse, separar, consagrar.
Y cuando Dios lo llama en ese capítulo 17, oye cómo lo dice: "Cuando Abraham tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso." Escucha ahora: "Anda delante de mí y sé perfecto." Dios no le dice: "Abraham, cumple mis requisitos." No le dice: "Abraham, cumple con mi ley", aunque él tenía que hacer eso, y de hecho está tácitamente implícito ahí con el "sé", "sé perfecto", "camina completamente conmigo delante de mi ley". Pero me encanta la expresión: "Anda delante de mí." Tómate de mi mano, camina conmigo, no te despegues, procura siempre estar cercano a mí. Recuerda que esto es una cuestión de cumplimientos de obligaciones. Esto es un estilo de vida 24/7, andando delante de mí, en mi ley, continuamente.
Y eso es lo que el texto de hoy dice: que esta gente vino y se separaron de tal manera que ellos pudieran andar en la ley de Dios, versículo 29.
El resto del texto, lo que nos deja ver, el resto del texto que yo leí hoy es el punto de vista histórico donde ellos habían violado el pacto, y entonces en ese momento con qué cosas estaban comprometiendo a cumplir para no volverlas a violar. Y vamos a ver eso, al mismo tiempo tratar de inmediatamente irla aplicando a nuestras vidas. Pero yo decía que estas violaciones están agrupadas básicamente en dos áreas, en dos grandes áreas: mi legado familiar y mis finanzas.
Versículo 30: "No daremos nuestras hijas a los pueblos de la tierra, ni tomaremos sus hijos para nuestros hijos." Legado familiar.
Dios está interesado en que cuando Él consagra, separa, aparta para uso exclusivo a uno de sus hijos, y ellos tienen hijos, Él está interesado en que ellos a su vez consagren a sus hijos, los separen de la misma manera para Dios, para el Señor, para Jehová, porque en último caso Él se los dio. El pueblo judío tenía la instrucción de parte de Dios de que sus hijos no debían ser dados al mundo extranjero, no debían ser dados a los pueblos paganos. Lo hicieron una y otra vez, y ahora este día dicen: "No daremos ya nunca más nuestros hijos a los pueblos de la tierra, ni tomaremos sus hijos para nuestros hijos."
Ellos violaron eso tan recurrentemente, y sin embargo, de regreso de Babilonia, una enorme cantidad, millones sin exagerar, de judíos hoy en día rehúsa casarse fuera de su raza. Aunque ellos lo ven más como un asunto racial, Dios no lo ve como un asunto racial; nunca lo vio así, sino como un asunto de fidelidad a Él. Dios espera, padres aquí que me escuchan, que usted consagre a sus hijos. Esa prohibición de yugo desigual permanece en el Nuevo Testamento, pero en realidad, detrás de la prohibición de yugo desigual lo que existe es una prohibición a entrar en relaciones mundanales que puedan alejar a sus hijos de Jehová, que ustedes mismos no quieren. Y eso es lo que el pueblo hizo una y otra vez, y eso es lo que Dios quiere que hoy en día el pueblo de Dios cuide.
Lamentablemente, nosotros estamos tan desensibilizados y tan adaptados a la forma de vida, de ser, de lo que es el pueblo que está allá afuera, no de la comunidad creyente, que muchas veces creemos que si logramos mantener a nuestros hijos lejos del alcohol, lejos de las drogas y lejos de la pornografía o la promiscuidad, como que estamos, tenemos un buen average. Y no se olvide que la mayoría de las prácticas mundanas de nuestros hijos muchas veces tienen poco que ver con alcohol, con drogas. No puedo decir hoy pornografía, porque eso está en común hoy, pero con esa promiscuidad a la que usted le teme. Y lo que les hace caer son las mundanalidades de otro tipo, más común, más frecuente, y de hecho quizás hasta menos conocida.
C.J. Mahaney, en su libro "Worldliness" (Mundanalidad), hace un buen ejercicio. Y otra vez, es una buena manera de nosotros como padres, y luego ver a nuestros hijos: revisemos nosotros y luego revisemos los hijos. Debemos hacer esta una comparación, que es lo que Mahaney propone en su libro. Dos listas: miremos la lista de la gente que está en el mundo, y otra lista que va a representar la gente que está dentro de la iglesia. Y deshagamos esta lista y comparemos: las conversaciones, actividades en el internet, forma de vestir, de peinarse, lo que oyen en su iPod, lo que ven en televisión, sus hobbies, en lo que invierten su tiempo de ocio, sus transacciones económicas, sus pensamientos, sus pasiones, sueños, ambiciones, sus celebraciones. Y hacemos eso, esas dos listas, y las comparamos: ¿cuánta similitud encontraremos entre una lista y la otra? En esa lista no hay nada de alcohol, nada de droga, nada de pornografía. Y lamentablemente, como hemos hablado en otra ocasión, en lo menos, lo que es que frecuentemente hay una enorme similitud entre ambas cosas.
Y la pregunta es: si lo que yo pienso, lo que hago, lo que me gusta hacer, eso, lo que sea, usted piensa ahora ahí en su interior, que se lo traiga su mente, eso, ¿dónde yo lo aprendí a hacer? ¿En el mundo o en una comunidad santa de creyentes? Porque aquello que yo aprendo a hacer en el mundo es mundano por definición; no hay otra forma de verlo. Y aquello que yo aprendo a hacer dentro de la comunidad santa de creyentes, eso corresponde a Dios, es santo.
Me decía una joven de nuestra iglesia esta semana que muchas, muchas que no tienen novios, ya saben el color de su vestido, cómo hacer su ceremonia, cómo va a ser la boda, y múltiples otros detalles que ya me dan a mí de ese preparar de todo momento. ¡No tienen novio! ¡Ni novio tienen! Y gastamos tanto tiempo en conversaciones triviales de esa naturaleza, que no nos parece nada mundanal. Pero yo me pregunto si cuando hacemos eso hemos gastado el mismo número de horas de esfuerzo al leer, al buscar revista y demás, leyendo acerca de cómo yo quiero educar a mis hijos de tal manera que yo pueda consagrar sus vidas al Señor.
Porque detrás de esta prohibición de yugo desigual no es racismo lo que existe; lo que existe es una preocupación continua de parte de Dios, que aquello que comienza como una pequeña apertura se convierte en todo un huracán posteriormente de mundanalidad. Y así vivió el pueblo judío, y así comenzó el pueblo judío.
Un ejemplo sencillo: el descontento del cristiano es mundanalidad. "Sí, mira, bueno, pastor, este paso, bueno, santidad no es." Y si el mundo... El mundo pregunta la próxima pregunta: ¿el mundo vive contento con lo que tiene, con lo que puede, con lo que puede hacer? No. Pues si el descontento del mundo es el mismo descontento cristiano, el cristiano es mundano en esa área de su satisfacción, de su contentamiento, de aquello que él debiera tener o no tener, soñar o no soñar. Esa es la preocupación de Dios.
Nosotros no podemos ver una película simplemente porque está de moda, le dieron tres Oscars, o mi actor favorito está en ella, sin nunca cuestionar el contenido de la película, sin nunca analizar el efecto que esa película tendrá sobre mi vida, y en muchos casos, la vida de mis hijos. No puedo leer ni siquiera una revista sin cuestionar su contenido, analizarlo. Y muchas veces no he visto nunca una persona más interesada que el cristiano de hoy de encontrar una forma, "entre comillas," ahora "santificada," de él justificar su pecado.
Pero me llama más la atención, más que eso, me llama más la atención lo siguiente: ¿cómo es que tenemos diez años, quince, veinte, veinticinco años de pendiendo en la fe cristiana con buena enseñanza? Si digo veinticinco años, incluso ya no estoy hablando ni siquiera de nuestra iglesia, para no se piensa que cuando digo buena enseñanza digo la divina. Buena enseñanza en cualquier sitio donde usted sea expuesto a buena enseñanza. ¿Cómo podemos tener todo ese tiempo de buena enseñanza y luego persistir en formas mundanales de vivir?
Le ha vuelto a la cabeza por varios meses, a la verdad que sí, quizás más de varios meses, quizás el último año o dos. Y he llegado a la conclusión de que la razón es bien sencilla: es que escuchamos las enseñanzas o leemos los textos, y al mismo tiempo que lo estamos haciendo, estamos encontrando las razones por las cuales mi actitud y mi forma de pensar no son pecaminosas. Estamos leyendo, oyendo los mensajes, y encontrando las razones. "Porque sí, no, pero lo mío es... Eso lo que están hablando, lo mío es muy diferente, muy diferente." O si alguien viene y me habla, me confronta a lo que se dijo ayer o la semana pasada: "Sí, pero esto es distinto, no me confunda."
Entonces tenemos estos mecanismos justificadores de santificación, creemos nosotros. Y muchas veces entonces oímos los mensajes, leemos los libros, oímos los mensajes ahora vía iPod, computadora, lo que usted quiera, no para nosotros ver dónde tenemos que corregir, sino para ver dónde estoy en desacuerdo con el expositor, de tal manera que yo pueda construir mi razonar y racionalización y continuar en camino, de tal forma que el instructor, expositor, no me cambia. Yo creo que realmente, aunque no lo pensamos con estas palabras, de ahí donde está la hermenéutica de la santidad.
El pueblo judío no había entendido la preocupación de Dios de mantener a sus hijos separados de esas prácticas. Y el pueblo de Dios hoy necesita entender, si realmente va a aplicar estas enseñanzas al día de hoy, necesita entender la hermosura y la implicación de estas palabras de Levítico 20:26: "Me seréis pues santos, porque yo el Señor soy santo," coma, escucha ahora, "y os he apartado de los pueblos para que seáis míos."
¿Entendemos la hermosura y la implicación de esa última frase de Levítico? "Los he apartado de los pueblos." Pero yo no simplemente los he apartado para que no sufran consecuencias. Es que yo los he apartado para que seáis posesión mía. ¿Sabes el privilegio que es ser posesión del Creador del universo? Entonces, la responsabilidad que implica ser posesión del Creador del universo, hasta el punto que diga: "Ese es uno de los míos."
Perdón, una vez más la ilustración con relación a mi padre, pero yo recuerdo en más de una ocasión haber hecho algo yo, de ocho, nueve, diez años, y mi padre sentarse conmigo, explicarme lo que hice, y decirme: "Yo no creo que un hijo mío hizo eso." Y eso era un mero mortal, muy amado por mí, no hay duda, pero mortal al fin de cuentas, que había dicho que no entendía cómo, con su ejemplo, un hijo de él podría hacer eso. Yo me imagino a Dios sentado en su trono diciendo: "Yo no puedo creer que un hijo mío hizo eso, porque ya os he apartado de los pueblos para que seáis míos."
Y cuando nosotros no andamos de esa manera, no cuidamos nuestras vidas de esa manera, y queremos ser suyos pero lucir como ellos, ser suyos pero lucir como los demás, como los de otros, los de ellos, eso es altamente ofensivo para Dios.
El pueblo abrió los ojos en este arreglo del pacto. Nehemías, versículo treinta: "No daremos nuestras hijas a los pueblos de la tierra, ni tomaremos sus hijas para nuestros hijos." Entendieron: esto es serio. Dios quiere que consagremos no solamente nuestras vidas, sino la vida de nuestros hijos a Él.
Y la segunda área tiene que ver con finanzas. Dios quiere que consagremos nuestras finanzas a Él. De una u otra manera lo va moviendo. Esto que sigue, el resto del pacto, está relacionado a administración de finanzas. Todo el resto del pacto.
Versículo treinta y uno, primera parte: "En cuanto a los pueblos de la tierra que traigan mercancías o cualquier clase de grano para vender en el día de reposo, no compraremos de ellos en día de reposo ni en día santo." No compraremos. Dinero, finanzas. En el día de reposo el pueblo judío había violado la provisión que Dios le había hecho de que en día de reposo ellos no trabajaran, no hicieran este tipo de intercambio. Dios dedicó, de las diez leyes, de los diez mandamientos, la diez, la primera diez leyes, traer, dedicó un día a santificar su día. Y en un día no solamente de reposo, pero era un día donde Él entendía que su pueblo debía venir.
A honrar de manera especial, y no quería que la santidad de su día pudiera ser contaminado con algo tan de este mundo como una actividad comercial de comprar de pueblos extranjeros. Dios quería que ese día nosotros tuviéramos en mente cuáles son las prioridades, y que todas sus actividades fueran prioridades, y que sus actividades no pudieran ser comprometidas por otras actividades.
No hay razón para que el cristiano, salvo circunstancias necesarias como pudiera ser la de una enfermera, la de un médico y cosas similares, tenga que trabajar en el día que Dios ha diseñado no solamente para reposar, sino para dedicarle tiempo, esfuerzo, disposición de mi vida a ser ministrado por él, a escuchar, a aprender su ley y a recordar su ley. No hay razón para que nosotros hagamos y comprometamos ese día del Señor en ese tipo de actividades porque hoy me es conveniente hacer eso, porque mañana voy a tener muchas cosas.
Quizás estos pueblos venían en día de reposo, traían estas cosas a ellos, y quizás para ellos les era conveniente por la razón que fuera. Para esta familia le era conveniente comprar ese día, pero nuestra relación con Dios no es una cuestión de conveniencia, es una cuestión de relación santa con él. Los profetas de manera repetitiva denunciaron las prácticas violatorias del pueblo judío con relación a ese día de reposo. Amós 8 lo hace, Isaías 56 lo hace, Isaías 58 lo hace, Jeremías 17 lo hace. Denunciaron al pueblo una y otra vez porque habían entrado en una mundanalidad, y detrás de esa mundanalidad de violación de su día había una rebelión. Ese es el problema: había una rebelión contra Jehová que había dictaminado, prescrito otra cosa.
La segunda mitad del versículo 31 nos deja ver en qué otra área ellos habían violado la ley, y también relacionada esa violación al dinero. Escucha: "Y renunciaremos a las cosechas del año séptimo y a la exigencia de toda deuda." Levítico 25 tenía estipulado que el pueblo iba a trabajar seis años; el séptimo año iba a reposar la tierra. El pueblo iba a tener que confiar en la provisión de Dios. El pueblo no podía cosechar ese año, vender la cosecha, hacer dinero. El pueblo iba a tener que dejar la tierra tranquila, que la tierra creciera y produjera salvajemente, si puedo usar la palabra.
Y ellos tenían el derecho de comer de la tierra, pero también darle el derecho a todo el mundo, al extranjero, a todo el mundo que viniera y comiera de esa tierra que estaba produciendo salvajemente. E incluso Dios le dijo: incluyendo los animales salvajes de por ahí, ellos déjenlos comer de esa tierra también. Con lo cual Dios estaba diciendo: yo te voy a probar que yo voy a cuidar de la tierra en ese séptimo año mejor que tú. La voy a hacer producir para ti, para el extranjero, para todo el mundo. Hasta los animales pueden comer y aquí no va a faltar provisión.
¿Qué hizo el pueblo en su avaricia, en su rebelión? Cultivó la tierra el séptimo año de cada ciclo de siete años. Y detrás entonces de esa violación de violentar el día de reposo, más que la tierra y que ese cultivo, es que hay una avaricia en el corazón. Y no solamente eso, hay una falta de confianza en el Dios que ha prometido tu provisión. Y ese es exactamente el mismo pecado de las familias de Dios hoy. Hay avaricia que no nos deja tomar decisiones, hay deseo de acumular, deseo de producir, deseo de mantener un estatus, un estilo de vida que no nos deja hacer recortes, que no nos deja renunciar a profesiones, actividades, aventuras, a una serie de cosas. ¿Por qué? Porque tenemos el miedo de que me puede faltar mañana.
La misma avaricia y la misma falta de confianza que los llevó a ellos a violentar el reposo del séptimo año es la misma avaricia y la misma falta de confianza que lleva al cristiano de hoy, que no está sujeto a esa ley de Moisés, pero que tiene los principios detrás de la ley de Moisés que están todavía vigentes. Y entonces él entra en prácticas también mundanas que violentan la ley de Dios y violentan también el corazón de Dios.
El pueblo estaba supuesto no solamente a que el séptimo año de cada ciclo de siete años no iba a cultivar la tierra, le iba a dejar tranquila, sino que el pueblo estaba supuesto también a tener una celebración cada cincuenta años. Tú tienes un ciclo de siete años, y luego que pasen siete ciclos de siete años hay cuarenta y nueve años. El próximo año tú ibas no solamente a no cultivar la tierra; todas las deudas que tú tuvieras tenías que condonarlas, y los esclavos que tú tuvieras tenías que dejarlos ir libres. Y este era el famoso año del jubileo, que apuntaba hacia la persona de Cristo que venía a liberarnos a nosotros de nuestros pecados, a liberar nuestra deuda, pero que al mismo tiempo representaba para el pueblo de Dios una necesidad de confiar de nuevo en la provisión de Dios.
Porque escucha, cuando llegara al séptimo ciclo de siete años, el año cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete, cuarenta y ocho, cuarenta y nueve... El año cuarenta y nueve él no puede cultivar la tierra, pero después de ese año viene el año cincuenta donde él tampoco puede cultivar la tierra. Él tiene que confiar en Dios ahora por esos dos años, aparte de que él va a comenzar a plantar posteriormente y la cosecha vendrá después, y dejó de plantar en el año anterior. Casi tres años él tenía que prácticamente confiar en la provisión de Dios, y su avaricia y su falta de confianza hizo que ellos violentaran el día del año del jubileo.
Dios espera que el pueblo hoy viva confiado en él, en su provisión para el día de hoy, y no viva preocupado para el día de mañana, porque cada día tiene su propio afán. Y Cristo vino y lo dijo, y lo mostró, y lo enseñó hermosamente. Ustedes conocen el texto también como yo, en Mateo 6, donde les habló de que él se encarga, su Padre se encarga de vestir las aves del campo, se encarga de vestir las flores del campo, de alimentar las aves, de vestir las flores. Y ni siquiera Salomón en todo su esplendor se ha vestido con tanta hermosura como Dios viste su naturaleza.
¿Tú sabes cuánto le costó al pueblo judío violentar los años de reposo? Cada séptimo año que fue violentado fue pagado en consecuencia. Segunda de Crónicas 36:21: "Para que..." —esto es cuando él envió a Babilonia setenta años— "para que se cumpliera la palabra del Señor por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubiera gozado de sus días de reposo." ¿Cuánto tiempo? "Todos los días de su desolación reposó hasta que se cumplieron los setenta años."
Si tú multiplicas ahora, o sea, seis años, séptimo año, un día de un año de reposo violado, un año de esclavitud; seis años, próximo año, un año de reposo violado, otro año de esclavitud. Tú multiplicas setenta por siete: cuatrocientos noventa años de violación de la tierra. Tú le das para atrás en el cronograma y llegas a los días de Elías. Tenían todo el tiempo haciendo esto. Nunca confiaron en la provisión de Dios, nunca tuvieron la sumisión para someterse precisamente a sus reglamentos o instrucciones.
Y te das cuenta entonces que ahora el pueblo entiende: wow, nosotros teníamos casi quinientos años de violación de estas instrucciones, y todo tenía que ver con dinero. Porque al fin de cuentas, falta de confianza, su avaricia, falta de confianza y su rebelión. El libro de Levítico ya había advertido que Dios haría exactamente eso que a ellos les ocurrió. Levítico 26, versículos 34 y 35: "Entonces la tierra gozará de sus días de reposo todos los días de su desolación, mientras que habitéis en la tierra de vuestros enemigos. Entonces descansará la tierra y gozará de su día de reposo. Durante todos los días de su desolación la tierra guardará el descanso que no guardó en vuestros días de reposo mientras habitabais en ella."
Y si lo analizas bien, a la luz del resto de lo que el Antiguo Testamento tiene que decir, ciertamente esta esclavitud de setenta años de todo un pueblo tenía exclusivamente que ver con que se cultivara una tierra o no se cultivara cada siete años, algo que hoy en día nosotros ni siquiera tenemos que observar. No, el problema es que detrás de esa prohibición había un pecado de avaricia y una falta de confianza y un pecado de rebelión. Y eso es lo que Dios está purgando, eso es lo que Dios está castigando, eso es lo que Dios está disciplinando: la falta de observación de su ley. Eso es lo que Dios hoy nos vuelve a decir: cuando por tu falta de confianza en mi provisión, cuando por tu avaricia, cuando por tu rebelión haces caso omiso a mis principios de santidad y entras en prácticas, o no te atreves a dar pasos que yo te estoy llamando a que des, yo lo observo desde el cielo y yo lo voy a disciplinar también.
"Nos imponemos..." Nota que todo esto tiene que ver con dinero. Versículo 32: "También nos imponemos la obligación de contribuir con un tercio de un siclo al año para el servicio de la casa de nuestro Dios, para el pan de la proposición y la ofrenda continua de cereal, para el holocausto continuo, los días de reposo, las nuevas lunas, las fiestas señaladas, para las cosas sagradas, para las ofrendas por el pecado para hacer expiación por Israel, y por toda la obra de la casa de nuestro Dios."
Ahora se va a tomar un tercio de un siclo, es otra ofrenda, una vez al año para la manutención del templo. En realidad, esta ofrenda así de esa manera no estaba en la ley. Había una ofrenda similar en Éxodo 30 donde se iba a tomar no un tercio de un siclo sino la mitad de un siclo, y no una vez al año sino cada vez que se hiciera un censo, y era para la manutención del templo. Sin embargo, dentro de los diezmos recogidos por el pueblo de Israel había un diezmo destinado precisamente a la manutención de los levitas, y un diezmo destinado a los gastos del templo, y un diezmo cada tres años destinado a la ayuda a los pobres.
Y el pueblo entonces descuidó la manutención de la casa de Jehová en violación a su pacto una vez más. Y en esta ocasión, entonces, al firmar un nuevo pacto de compromiso de consagración, el pueblo entra en un compromiso que ellos hicieron. Es un compromiso que va un poco más allá: no de medio siclo sino de un tercio, pero no cuando hiciera un censo sino todos los años, y si hubiera censo o no, para mantener el templo que había sido tan descuidado. Al mismo tiempo, el pueblo, todavía dentro del área de las finanzas, había descuidado las primicias de sus frutos, y al manejar sus finanzas no había traído el diezmo a la casa de Jehová.
Versículo 35 al 37: "Y para traer cada año los primeros frutos de nuestra tierra y los primeros frutos de todo árbol a la casa del Señor, y traer a la casa de nuestro Dios los primogénitos de nuestros hijos y nuestros ganados, como está escrito en la ley. Los primogénitos de nuestras vacas y de nuestras ovejas son para los sacerdotes que ministran en la casa de nuestro Dios. También traeremos las primicias de nuestra harina y nuestras ofrendas del fruto de todo árbol, del mosto y del aceite, para los sacerdotes, a las cámaras de la casa de nuestro Dios, y el diezmo de nuestro suelo a los levitas, porque los levitas son los que reciben los diezmos en todas las ciudades donde trabajamos."
Todo este diezmo, en parte de dinero pero en parte en producción agrícola y ganado vacuno y ese tipo de cosas, era correspondiente a la economía que ellos tenían. Era una economía eminentemente agrícola, de manera que ellos no van a estar hablando de dinero, de papeletas; están hablando de lo que ellos tenían como economía. El diezmo del suelo, de lo que ellos produjeran de su suelo, y al mismo tiempo las primicias, lo mejor para nuestro Dios. Y esa es un área donde el pueblo de Dios ha violentado también la Palabra de Dios.
Ciertamente nosotros no tenemos el sistema tributario que existía en el Antiguo Testamento con relación al diezmo como fue especificado en el Antiguo Testamento, pero nosotros tenemos los mismos principios detrás del diezmo en el Nuevo Testamento. El diezmo básicamente en el Antiguo Testamento cumplía con: uno, la manutención de los levitas y sacerdotes que vivían del ministerio; dos, la manutención del templo; y tres, ayuda a los necesitados. Las mismas tres cosas que tenemos hoy en todas las iglesias: personas que trabajan por un sueldo porque a eso es que Dios les ha llamado a vivir, y que Pablo afirma y defiende posteriormente en el Nuevo Testamento; dos, necesidades de lo que es el templo de Dios; y tres, ayuda a los necesitados.
El pueblo continuamente, año tras año, le robó a Dios del diezmo de su provisión. Y Malaquías es el profeta —no hemos hablado mucho de Malaquías— pero Malaquías es el profeta que está en los tiempos de Nehemías. En este tiempo que se está firmando el pacto, Malaquías es el profeta que ha estado hablando al pueblo de parte de Dios. Y de acuerdo a lo que el pueblo ha oído, no solamente de Nehemías sino de acuerdo a la reprensión del profeta Malaquías, el pueblo responde y están firmando estos pactos y están firmando este tipo de compromiso.
Malaquías 3. Dios le hace al pueblo la pregunta en versículo 8: "¿Robará el hombre a Dios?" Dios responde: "Pues vosotros me estáis robando." Pero decís: "¿En qué te hemos robado?" Dios responde: "En los diezmos y las ofrendas." Dios continúa: "Con maldición estáis malditos, porque vosotros, la nación entera, me estáis robando."
Pero hay un segundo dato antes del próximo versículo. Dios dice: "Yo he dado una disposición y detrás de la disposición le he dicho a mi pueblo: diezma, confía en mí." El pueblo, en su avaricia, se ha retenido dinero, y en su falta de confianza en mí ha cuestionado si ciertamente este diezmo no pudiera hacerle falta mañana. "Y me estáis robando." Y eso ha hecho entonces que con maldición estéis malditos por avaricia, por falta de confianza.
Dios dice ahora en ese contexto: "Yo sé que ustedes tuvieron setenta años en Babilonia y han regresado. Relativamente son un pueblo pequeño y quizás están llenos de miedos. Quizás tuvieron setenta años de esclavitud donde no tenían dinero, donde no tenían provisión, donde vivieron quizás hasta de lo que otros les daban, de limosnas. Y ahora al regresar quizás estos miedos los han invadido. Si tu problema es miedo, si tu problema es la pregunta de si esto no me va a hacer falta mañana, respuesta: Trae todo el diezmo al alfolí para que haya alimento en mi casa, y ponedme ahora a prueba en esto, dice el Señor de los ejércitos, si no os abriré las ventanas del cielo y derramaré para vosotros bendición hasta que sobreabunde."
Esto no es una promesa de prosperidad. Esto no es una promesa de que cuando yo diezmo tú me devolverás. Esto no es una promesa de que cada vez que yo diezme habrá sobreabundancia. Pero esto sí es una promesa categórica de parte de Dios de que si tu problema es miedo, no tienes nada que temer; de que si tu problema es si yo te voy a proveer mañana y este diezmo pudiera hacerte falta mañana, Dios te dice: "No, dámelo y te pruebo que te voy a sobreabundar si ese es tu problema." Pero no como un cheque en blanco de que me diezmas y te prospero, me diezmas y te prospero. Eso no es lo que el texto dice. El texto tiene un contexto de una explicación para un pueblo entonces amedrentado que acaba de venir, que tiene duda de la provisión de Dios, que había violentado el día de sábado, y dice: "No, no, entra en miedo, dámelo, yo te voy a probar, tú te darás cuenta que tu problema no es un problema."
¿Saben quién está ahí para probar eso? Elías y la viuda. Elías llega donde está la viuda. Una porción tenía la viuda para ella y su hijo. Elías, que representa a Dios, llega ese día y le dice a la viuda: "Dame eso que tú tienes." "Pero cómo, ¿cómo te lo voy a dar si esto es lo único que tengo? Es para un solo día, es para mi hijo y para mí, y ya mañana no hay más." "Dámelo, yo estoy enviado por Dios, dámelo." Para qué, y la viuda entregó, no su diezmo, muestra de confianza, y Dios proveyó para los tres todos los días.
Lamentablemente el pueblo de Dios, cuando ha dado, ha dado con motivaciones equivocadas. Hay tres, que hayan otros, pero hay tres. Número uno: el dar con la motivación incorrecta para que Dios me bendiga, Dios me devuelva, Dios me prospere. "Comencé un negocio hoy, vieja, cuida el diezmo para que el Señor nos prospere mañana." Tú puedes tener garantizado que si es por eso no va a haber prosperidad. Dios no entra en transacciones comerciales con nadie. Tú das tu diezmo, tú le das tu ofrenda al Señor, y el Señor decide cómo, cuándo y dónde te bendice. Primer error: dar con la motivación equivocada.
Segundo error: creer que cuando yo doy mi diez por ciento yo puedo hacer lo que yo quiero con el noventa por ciento que me queda. Si hay algo pecaminoso es esa idea, porque esa idea le usurpa la posición de dueño del cielo y la tierra a Dios. Dios es dueño del diez y del noventa, y Él tiene que dejarte saber cómo administrar el noventa que te queda. Y si Él quiere que lo regales, lo regalas. Si Él quiere que lo saques de un lugar y lo pongas en otro lugar, lo sacas de ese lugar y lo pones en otro lugar. Él es dueño del cielo y tierra, y si tú lo dices, tu vida tiene que demostrarlo. El pueblo no vivía de esa manera.
Tercera actitud: ver si me sobra final de mes para ver si le doy a Dios su diezmo. En otras palabras: yo no confío en que si yo cumplo contigo tú me puedes ayudar a cumplir con los demás. No, me quedo y cumplo con los demás, y como tú no hablas día a día audiblemente, yo me las juego contigo. Entonces mejor cumplo con los demás y contigo no. Y Dios dice: "Bueno, hay muchas Babilonias esperando a mucha gente," porque es una falta de confianza en su fidelidad, su carácter, su provisión. Ahí es donde está el meollo del asunto.
El pueblo había deshonrado a Dios al no traer las ofrendas. No solamente el diezmo; sus ofrendas no representaban lo mejor de su producción, los primogénitos. La primera vez que nosotros leemos en el Antiguo Testamento acerca de un acto de adoración es en Génesis 4, donde se nos habla de Caín y Abel. Y de Abel se nos dice que él trajo de los primogénitos de sus ganados, de sus animales, y de la grosura de los mismos: lo mejor de lo mejor para Jehová. De Caín lo único que nosotros leemos es que él trajo de los frutos del campo. No hay alusión ni a los primogénitos, las primicias de los frutos, ni hay alusión a lo mejor de los frutos, sino una porción de los frutos.
Eso es exactamente lo que el pueblo estaba haciendo en su avaricia. Ellos entendían qué es lo que hay que hacer: sacrificar a Jehová. "Siempre lo vamos a sacrificar, pero no lo mejor. Le traemos un cordero cojo, nadie va a pagar mucho por eso. Le traemos un cordero ciego, nadie va a pagar mucho por eso. Lo otro lo vendemos." Y entonces lo racionalizamos y decimos: "Así podemos producir más corderos y traer más sacrificios a Jehová." ¿Qué pensamos? ¿Se acuerdan de esa forma santificada de racionalizar nuestro pecado? "Hay, vendemos lo mejor, le traemos los cojos, los ciegos a Jehová, y como vamos a producir más, podemos comprar más corderos y por tanto sacrificarle más a Jehová."
Malaquías habla de parte de Dios otra vez. Malaquías 1:6 al 9, en este contexto de Nehemías, el contemporáneo de Nehemías: "El hijo honra a su padre y el siervo a su señor. Pues si yo soy padre, ¿dónde está mi honor? Y si yo soy señor, ¿dónde está mi temor? dice el Señor de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre."
¿Se acuerdan cómo hablamos la semana pasada de lo interesado que Dios ha estado todo el tiempo de que su nombre sea santificado? En el Antiguo Testamento hay todo un mandamiento para santificar su nombre. En el Nuevo Testamento hay toda una instrucción de parte de Jesús de cómo nosotros santificamos su nombre. El salmista escribe acerca de Dios, o Dios escribe a través de él, de que Él ha exaltado su nombre y su Palabra por encima de todo.
Aquí está Dios diciendo a los sacerdotes: "Una vez más, es contra vosotros que estoy, que menospreciáis mi nombre." Pero vosotros decís: "¿En qué hemos menospreciado tu nombre?" En otras palabras: "Nosotros estamos bien, yo no entiendo. Nosotros vamos al templo todos los sábados, nosotros ofrecemos, nosotros traemos sacrificios a ti. ¿Y tú dices que estamos menospreciando tu nombre? ¿En qué?"
"Ofreciendo sobre mi altar pan inmundo." Y vosotros decís: "¿En qué te hemos deshonrado?" "En que decís: la mesa del Señor es despreciable. Y cuando presentáis un animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Y cuando presentáis el cojo y al enfermo, ¿no es malo? ¿Por qué no lo ofreces a tu gobernador? ¿Se agradaría de ti o te recibiría con benignidad? dice el Señor de los ejércitos. Ahora pues, ¿no pediréis el favor de Dios para que se apiade de vosotros? Con tal ofrenda de vuestra parte, ¿os recibirá Él?"
Con benignidad dice el Señor de los ejércitos. Te está viendo lo que Dios está diciendo: si tú me traes aquello que es plato de segunda mesa —Antiguo Testamento implica un animal cojo, un ciego, un enfermo; Nuevo Testamento, tú eres el cordero— y cuando tú me das el tiempo que te sobra, cuando tú me das las horas que te sobran después que tú has atendido todas tus actividades cotidianas, cuando tú me entregas para leer la Palabra el tiempo que estoy aburrido, "déjame leer la Palabra, si mucho que no la leo", tú representas para mí en el altar un cordero cojo, ciego y enfermo. Y yo no recibo corderos que ni al gobernador te recibiría.
Y Dios le dice a través de Malaquías algo más. Dios le dice: ok, tú trae esto, esa ofrenda. Oye, el último versículo que yo leí, versículo 9: "No pediréis el favor de Dios para que se apiade de nosotros." En otras palabras, cuando tú me das lo de segunda mesa, el segundo plato, plato de segunda mesa, el tiempo que te sobra, no pensarás que voy a oír tus oraciones con mi bondad. Próxima pregunta: "¿Con tal ofrenda de vuestra parte, con esto que tú me das a medias, a bien?" A la pregunta: "¿Os recibirá con benignidad?" dice el Señor de los ejércitos. Con eso que me ofreces de tu vida, con eso del día que tú me das, cuando yo he visto lo que le has dado a otras personas, el esfuerzo que has dado, el sacrificio, los dones, los diezmos —no se lo has dado en dinero, se lo has dado en esfuerzo, en esmero, en dedicación— y luego tú vienes a traer esto, ¿con tal ofrenda tú piensas que voy a hacer bendigno contigo?
Y como la iniquidad de los padres es visitada hasta la tercera y cuarta generación, por aplicación, ni con tus hijos tampoco. No esperes mi bondad ni mi bendigo andar con una vida de santificación al nivel al que tú la vives, porque esa santificación es de segunda, es plato de segunda mesa, es algo que cuando te sobra tiempo, esfuerzo, tú piensas: "Ahí sí tengo que cumplir con Dios." Y Dios me dice: "No, yo te he llamado no a cumplir conmigo; yo te he llamado a andar delante de mí de tal manera que no es una cuestión de cumplir requisitos, es de vivir una vida de relación."
Permíteme repetir: los veinticuatro siete, que no haya algo que tú pienses hacer, que quieras hacer, que puedas soñar, que puedas visionar, que puedas ver hacia el futuro, que tú no lo veas a través de mí, mi plan, mi expectativa, mi Palabra. Puede ser que no te guste, puede ser que tengas miedo, puede ser que tengas vergüenza, puede ser que tengas dudas, pero si esos son los requisitos, trata, empeñate. No te empeñes en cumplirlos, porque con una ofrenda de la otra manera no esperes venir mi bondad de parte mía hacia ti.
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