Integridad y Sabiduria
Sermones

El corazón de un hombre que conoce a su Dios

Miguel Núñez 3 mayo, 2009

Nehemías era copero del rey Artajerjes, un hombre de posición y confianza en la corte persa, pero su corazón no había olvidado a su pueblo. Cuando unos hermanos llegaron de Jerusalén y le contaron que el remanente vivía en gran aflicción y oprobio, con las murallas derribadas y las puertas quemadas, Nehemías no respondió con indiferencia ni con un "oraré por ustedes" vacío. Se sentó, lloró, hizo duelo por días, ayunó y oró. Esa es la primera marca del corazón que conoce a Dios: una preocupación genuina por el pueblo, un dolor real por su condición espiritual.

Lo que sigue en su oración revela quién es el Dios a quien Nehemías servía. Lo llama Señor, Dios del cielo, grande y temible, fiel al pacto, misericordioso. No hay vacilación en sus palabras, sino certeza de que ese Dios escucha y responde. Y cuando confiesa el pecado, no habla en tercera persona: "Yo y la casa de mi padre hemos pecado. Hemos procedido perversamente contra ti". Se apropia de la falta colectiva, ve su pecado como perverso, no como un desliz menor.

Nehemías conocía las Escrituras y se las devolvió a Dios: si tu pueblo vuelve a ti, tú prometiste recogerlo. No manipula; simplemente ora conforme a la voluntad revelada. Y cierra con urgencia: "Haz prosperar hoy a tu siervo". Esa oración no fue respondida de inmediato; pasaron cuatro meses hasta que Dios orquestó la oportunidad. Pero el hombre que conoce a su Dios sabe esperar, porque confía en quien escucha.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Nehemías, capítulo 1. Vamos a leer todo el primer capítulo para luego exponer la palabra de Dios.

Palabras de Nehemías, hijo de Hacalías. Aconteció en el mes de Quisleu, en el año veinte, estando yo en la fortaleza de Susa, vino Hanani, uno de mis hermanos, con algunos hombres de Judá, y les pregunté por los judíos, los que habían escapado y habían sobrevivido a la cautividad, y por Jerusalén. Me dijeron: "El remanente, los que sobrevivieron a la cautividad allí en la provincia, están en gran aflicción y oprobio. La muralla de Jerusalén está derribada y sus puertas quemadas a fuego."

Y cuando oí estas palabras me senté y lloré, y me dolí algunos días, y estuve ayunando y orando delante del Dios del cielo. Y dije: "Te ruego, oh Señor, Dios del cielo, el grande y temible Dios, que guarda el pacto y la misericordia para aquellos que le aman y guardan sus mandamientos. Que estén atentos tus oídos y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que yo hago ahora delante de ti día y noche, por los hijos de Israel tus siervos, confesando los pecados que los hijos de Israel hemos cometido contra ti. Y yo y la casa de mi padre hemos pecado. Hemos procedido perversamente contra ti, y no hemos guardado los mandamientos ni los estatutos ni las ordenanzas que mandaste a tu siervo Moisés."

"Acuérdate ahora de la palabra que ordenaste a tu siervo Moisés diciendo: Si sois infieles, yo os dispersaré entre los pueblos. Pero si volvéis a mí y guardáis mis mandamientos y los cumplís, aunque vuestros desterrados estén en los confines de los cielos, de allí los recogeré y los traeré al lugar que he escogido para hacer morar allí mi nombre."

"Y ellos son tus siervos y tu pueblo, los que tú redimiste con tu gran poder y con tu mano poderosa. Te ruego, oh Señor, que tu oído esté atento ahora a la oración de tu siervo y a la oración de tus siervos que se deleitan en reverenciar tu nombre. Haz prosperar hoy a tu siervo y concédele favor delante de este hombre." Era yo entonces copero del rey.

Gracias por revelarte a nosotros a través de la oración de uno de los tuyos. Yo quiero pedirte, Dios, que tú uses este texto para enseñarnos acerca de quién eres y de cómo orarte, Dios. Del corazón que quieres en nosotros, del siervo que andas buscando, de la vida que te complace, Dios. ¡Oh Dios! Ayuda a tu siervo a proclamar tu palabra, la palabra que tú has engrandecido por encima de todo, y que tu siervo no es capaz de predicar a esas alturas. Pero ten compasión de él, Dios, y por medio de tu Espíritu encúmbralo a lo alto, Señor, y permite que desde tu altura él pueda honrar tu nombre. En Cristo Jesús, amén.

Habíamos comenzado la serie con el libro de Esdras hace unas semanas atrás, libro que terminamos hace un par de semanas, y hoy continuamos con el libro de Nehemías. Habíamos dicho desde el inicio que estos dos libros forman una sola unidad. De hecho, en la Septuaginta, que es la traducción al griego del Antiguo Testamento hecha alrededor del año 250 antes de Cristo, el libro de Nehemías es conocido como el segundo libro de Esdras. En la Vulgata, que es la traducción en latín en los años 400 de esta era, también aparece el libro de Nehemías como el segundo libro de Esdras. Y es aceptado ampliamente por la comunidad judía y por la comunidad cristiana que Esdras es el autor de ambas obras, pero que con toda probabilidad él hizo uso de las memorias de Nehemías. Y eso explicaría entonces por qué en varias ocasiones Nehemías aparece hablando en primera persona.

Cuando tú tomas el libro de Nehemías y lo divides, o lo miras panorámicamente, lo puedes dividir en dos. La primera parte, del capítulo 1 al 7, trata con la reconstrucción de las murallas de Jerusalén. La segunda parte, del capítulo 8 al 13, con la reconstrucción de la vida espiritual del pueblo.

Ahora, para que entendamos dónde comenzamos, yo necesito revisar en los primeros minutos una serie de datos o detalles históricos que le van a ayudar a situarse en el día de hoy. Recordemos que el pueblo de Jerusalén había sido enviado al exilio por setenta años. El tiempo se había cumplido y había comenzado a regresar. El primer regreso ocurrió bajo la dirección de Zorobabel, y al llegar a Jerusalén él contó con la ayuda del sumo sacerdote Josué. El segundo retorno ya había ocurrido bajo Esdras, quien al llegar a Jerusalén encontró la ayuda de los profetas Hageo y Zacarías. Y ahora nos vamos a embarcar en el estudio del tercer retorno bajo la dirección de Nehemías, que al llegar a Jerusalén va a contar con la ayuda de Esdras, que ya estaba allá como sacerdote y como escriba, y del profeta Malaquías.

Ahora, del punto de vista de los reyes que hemos visto, para quien entienda, ahora el rey bajo el cual Nehemías va a hacer todo lo que va a hacer: nosotros hemos hablado de cuatro reyes. Ciro, Darío, Asuero o Jerjes, y Artajerjes. Ciro es el primer rey que Dios mueve para dar permiso para que Zorobabel pudiera regresar y comenzar a reconstruir el templo y las murallas de Jerusalén, lo cual comenzó pero fue detenido a causa de la oposición. Y ustedes recordarán esos pasajes cuando los estuvimos visitando. Ciro muere y Darío surge. Bajo el reinado de Darío también se quiso hacer oposición a la reconstrucción, pero cuando Darío ordena una investigación se descubre que ciertamente hubo un decreto con anterioridad que Ciro había dado, dando permiso para la reconstrucción. Y entonces Darío permite que se continúe la construcción del templo, lo cual ocurrió y terminó bajo su reinado.

Cuando Darío muere, surgió otro rey, el rey Asuero, el rey Jerjes, que es el rey que aparece en el libro de Ester. Y ustedes recordarán que en algún momento el rey Jerjes tomó a Ester como reina, la hizo su esposa. Bueno, este rey Jerjes había tenido un hijo de nombre Artajerjes, y había tenido ese hijo con la reina Amestris. Pero cuando Ester pasa a ser la esposa de Jerjes, eso la convirtió en la madrastra de Artajerjes. Y Artajerjes es el rey que da permiso, que exonera de los impuestos, que ayuda tanto a Esdras como a Nehemías a regresar y reconstruir Jerusalén, teniendo como madrastra a una judía, nada más y nada menos que Ester. Dios sabe cómo hace las cosas y dónde pone a su gente. Este es el rey con el que Nehemías va a lidiar, y por eso quería darles esos detalles.

Pero Nehemías, cuando comienza a orar, comienza a revelar algunas cosas, no solamente acerca de Dios, sino acerca de su propia vida. Yo he dicho dos veces ya en el día de hoy que este es un pasaje al que yo he regresado, yo no sé cuántas veces, en mi vida cristiana. En los últimos veinte o veinticinco años yo he perdido la cuenta literalmente de cuántas veces yo he estado en Nehemías uno. Y es un texto al que yo regreso cada vez que necesito ser recordado de quién es el Dios a quien yo le sirvo. Es un texto al que yo regreso cada vez que necesito ser animado, estimulado, cuando estoy cabizbajo, por la manera en que este hombre ora.

Y hay dos cosas que tú puedes ver claramente en este texto: el corazón del adorador y el carácter del Dios a quien él le ora. Y estaba tentado a una vez más revisar el carácter de ese Dios, pero como lo hicimos en Esdras, decidí tomarme el resto del tiempo para ver el corazón de un hombre que conoce a su Dios y cómo ora este hombre.

Y con eso realmente entonces comencemos con el texto, que dice que en el mes de Quisleu, en el año veinte, estando yo en la fortaleza de Susa. El mes de Quisleu corresponde al final de noviembre, principio de diciembre de nuestro calendario, en el año veinte del reinado de Artajerjes, según vamos a ver en el próximo capítulo. Estando Nehemías en la fortaleza de Susa, Susa era la ciudad o el lugar de residencia de los reyes en el invierno. Susa es la ciudad donde Daniel estaba cuando recibió la visión que él describe en el capítulo 8 de su libro. Susa es la ciudad donde los eventos del libro de Ester tienen lugar.

Estando Nehemías en esa ciudad importante en el invierno, sirviendo al rey como copero, él tiene un encuentro con estos hermanos que han regresado de Jerusalén. El historiador Josefo cuenta, no sabemos si fue exactamente así, pero que estando él trabajando en la fortaleza, él oyó unos hombres que hablaban en hebreo y se acercó a ellos. Y estos hombres eran estos que se refieren aquí: Hanani y estos otros hermanos. Y tan pronto él entra en contacto con ellos, su primera pregunta es: ¿Cómo están mis hermanos, los que han sobrevivido a la cautividad, los que están allá en Jerusalén? ¿Y cómo está Jerusalén?

Y es impresionante para mí, por lo menos, que este hombre, que era nada más y nada menos que el copero del rey. Los escritos antiguos nos dicen que el copero del rey no era simplemente la persona que probaba el vino y la persona que probaba la comida del rey de tal manera que no fuera a ser envenenado, sino que era un personaje de importancia. Era la persona de confianza del rey, que con frecuencia era la persona que guardaba el sello con el que se firmaban los documentos oficiales, que con frecuencia era la persona que llevaba las cuentas del rey, que era la mano derecha del rey.

Estando en esa posición de confianza, de cierto rango, de cierta fama, de cierta reputación, este hombre no se había olvidado de aquellos que estaban a mil quinientos kilómetros de distancia. Y lo primero que hace es preguntar por su condición. Y ahí tú comienzas a ver la primera característica del corazón de un hombre que conoce a su Dios, y es que ciertamente revela, tiene, experimenta una preocupación genuina por el pueblo al cual él pertenece.

Nehemías no dice como muchos hacen: "¿Cómo estás?" "Bueno, no tan bien." "¿Qué te pasa?" Bueno, y le cuenta, y le digo: "Yo oraré por ti." Seguimos caminando y más nunca se vuelve a acordar de esa persona. No, Nehemías no hace eso. Nehemías, al contrario, cuando él pregunta acerca de cómo está el pueblo, él inmediatamente tiene una reacción profunda de dolor. ¿Por qué? Porque él tiene una preocupación genuina por el pueblo del Dios a quien él le sirve.

Y cuando en ocasiones yo no tengo esa carga, esa preocupación, ese peso por el pueblo de Dios, eso revela una de tres cosas. O no soy nacido de nuevo, y por tanto no puedo preocuparme por una familia a la que yo no pertenezco. O quizás soy nacido de nuevo, pero no he cultivado una relación cercana con Dios, y por tanto no me voy a cargar con algo que sí carga el corazón de Dios, pero con ese Dios ya no tengo una relación íntima, personal y continua diaria. O tres, quizás he vivido tan centrado en mí mismo que solamente tengo tiempo para ver mis problemas y no puedo ver la condición espiritual del otro. Pero el hombre que conoce a su Dios, él desarrolla una preocupación genuina con la condición de su pueblo, del pueblo del Dios a quien él le sirve.

Nehemías pregunta, y esto es lo que le contestan: "El remanente, los que sobrevivieron a la cautividad allí en la provincia, están en gran aflicción y oprobio, y la muralla de Jerusalén está derribada y sus puertas quemadas a fuego". Y cuando oí estas palabras, me senté y lloré, e hice duelo algunos días, estuve ayunando y orando delante del Dios del cielo. Una vez más, Nehemías no se limitó a decir: "Bueno, ellos están en mala condición, pero es a causa de su pecado. Bueno, lamentablemente sufren las consecuencias del pecado". No, este hombre tiene una reacción inmediata de duelo, de llanto, de dolor, que lo lleva a orar y a llorar. Daniel hace exactamente lo mismo: cuando él piensa en su pueblo y escucha acerca de su pueblo, él hizo duelo por tres semanas. ¿Por qué? Es la condición del corazón de un hombre que ciertamente conoce a su Dios.

Ahora, no creamos que Nehemías está llorando por unas murallas que fueron destruidas hace 140 años atrás por Nabucodonosor. Es que él sabe que Zorobabel regresó hace 90 a 100 años, Esdras regresó hace 13 años, y un siglo después, cuando él quiere regresar, el pueblo todavía permanece en oprobio y aflicción, la muralla sin construir, y eso le duele y carga su corazón. Él está preocupado con la condición espiritual del pueblo, porque cuando ciertamente tú conoces a tu Dios, no solamente tú tienes una preocupación genuina por el pueblo, tú sientes el dolor del pecado del pueblo. Y tú ves eso en esta oración de Nehemías, tú ves eso en la manera como él reacciona tan pronto recibió la noticia.

Él comenzó a orar, a ayunar, él supo qué hacer. Él no fue paralizado por su dolor, porque si hay algo que sabemos de aquellos que verdaderamente conocen a su Dios, es que ellos no son paralizados por sus circunstancias. Su vida de oración no se enfría cuando las presiones aumentan, su vida de oración no entra en un invernadero cuando está en dificultad, en depresión, tristeza. No, al contrario, su vida de oración se fortalece, se crece, entra en intimidad más continua en la medida en que él experimenta las tribulaciones.

Tú encuentras a Job de rodillas cuando le anuncian que sus diez hijos murieron. Job no dice: "¿Cómo está Job? Aquí está sufriendo, imagínate con esta tristeza". No, tú lo encuentras de rodillas. Tú encuentras a Daniel de rodillas en la tribulación, tú encuentras a Esdras, tú encuentras a Nehemías, tú encuentras al Señor Jesús de rodillas ante la cruz en el huerto de Getsemaní. Ante la prueba, cuando estos hombres experimentan tribulación, ellos saben qué hacer y ellos saben dónde ir y saben en qué posición estar: de rodillas.

Pero la persona que experimenta un enfriamiento de su vida de oración producto de las dificultades, hay una vez más una de tres posibilidades. O él no conoce a su Dios, no ha nacido de nuevo, por tanto él no puede tener esa dificultad. O él nació de nuevo, pero él no ha cultivado una relación, ni ha cultivado una vida de oración; eso no va a comenzar ahora ante la prueba. O él ha vivido tan centrado en sí mismo que el tiempo que le queda libre solo le alcanza para quejarse de su Dios, de la vida, de los demás y de lo que está ocurriendo. Solamente personas que no tienen una relación estrecha, íntima y que no conocen verdaderamente a su Dios, experimentan enfriamiento de su vida de oración ante la tribulación. Los demás tú los encuentras como Nehemías: de rodillas delante de su Dios y en medio del dolor.

El hombre que está modelando no solamente tiene una preocupación genuina por el pueblo y siente un dolor por la condición espiritual del pueblo, sino que es un hombre que no es paralizado por las circunstancias en las que él se encuentra, y él sabe mantener una comunión estrecha con su Dios todo el tiempo.

"Te ruego, oh Señor", versículo 5, "Dios del cielo, el grande y temible Dios, que guarda el pacto y la misericordia para con los que le aman y guardan sus mandamientos". Este es el versículo al que yo regreso una y otra vez cuando estoy cabizbajo, cuando estoy triste, cuando estoy en necesidad. ¿Ves que he recordado quién es mi Dios? Nehemías le llama Señor en mayúscula, reproduciendo el nombre Jehová, Yahvé, el nombre que Dios les revela a Moisés, el nombre del Dios del pacto, el Dios de la autosuficiencia, del gran Yo Soy que no necesita nada.

Así es como Nehemías comienza su oración: "Oh Yahvé, Dios del cielo, el grande y temible". Él le llama fiel porque le llama el Dios que guarda el pacto, le llama misericordioso, el Dios que guarda la misericordia con los que le aman. Y tú sientes el corazón de este hombre palpitar en su oración. Jesús hizo lo mismo, oró de la misma manera. Cuando los discípulos se acercaron y le dijeron: "Señor, enséñanos a orar", Él dice: "Padre nuestro que estás en los cielos". Nehemías le llama Dios del cielo, exactamente lo mismo con otras palabras. "Santificado sea tu nombre", que es lo que Jesús está haciendo: proclamando el carácter, la santidad de su Padre. Y Nehemías dice de ese mismo Dios que Él es el Dios grande, temible. Pero lo que hace a Dios grande y temible es su santidad, que lo convierte en un fuego consumidor. De esa manera ora Jesús, de esa manera similar Nehemías ora.

Nehemías sabe cómo orar, sabe qué decir. ¿Por qué? Porque cuando conoces a tu Dios no necesitas hacer un curso para aprender a orar. Tus palabras reflejan al Dios a quien tú conoces, y no importa cuán rudimentarias o sencillas sean tus palabras, ellas reflejan al Dios que has conocido. Dios grande, temible, que guarda el pacto, que guarda la misericordia. Bajo eso sientes el corazón de Nehemías. Ese es un hombre preocupado por el pueblo de Dios, que siente el dolor por su condición espiritual, que no es paralizado por su circunstancia, un hombre que cuando ora, ora de una manera conmovedora y revela la grandeza del Dios a quien él le sirve.

"Te ruego". Escuchen, escuchen la intensidad de su "te ruego". "Que estén atentos tus oídos y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que yo hago ahora delante de ti día y noche por los hijos de Israel tus siervos". No sé si tú ves lo que yo veo, pero en estas palabras yo siento la certidumbre de un hombre que sabe que su Dios le va a escuchar y que le va a responder. Si hay algo que yo aprecio de los salmistas en cada salmo, es que tú puedes sentir el corazón del salmista, y estos son hombres que escribieron con la certidumbre de que el Dios a quien ellos escribían era un Dios que les oía y les respondía. Tenían certeza.

Si hay algo que confunde a Job en un momento dado, es que Job es uno de estos salmistas si tú quieres. Él escribe, él cree en un Dios que le va a escuchar, le va a responder. Él sabe, él dice: "Yo sé que mi Redentor vive". Lo extraño es que no me ha hablado, porque eso no es característico de mi Dios. Él va a responder, él tiene certidumbre de ese Dios. Y en Nehemías yo siento eso. Dice: "Que estén atentos tus oídos y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo, que yo hago ahora". ¡Que me responda ahora, Dios! Este hombre conocía al Dios con el que se relacionaba. No hay lugar en la vida de estos hombres para el cuestionamiento, la duda, la inseguridad, la desconfianza. La infidelidad de Dios no es parte de la vida y la experiencia y el testimonio y el legado de la vida de estos hombres. Nunca jamás.

Escucha la seguridad ahora: "Estén atentos tus oídos y abiertos tus ojos para oír la oración de tu siervo". Hay una intensidad y un sentido de urgencia: "Que yo hago ahora delante de ti día y noche". Eso es intensidad, eso es urgencia. Y si hay algo que caracteriza a estos hombres que caminan con Dios, es un sentido de urgencia y un sentido de intensidad: vivir la vida reflejada al orarle a Dios. Encuentras todo eso en Nehemías, encuentras todo eso en un solo corazón. Un hombre preocupado por el pueblo, un hombre en dolor por el pecado y la condición del pueblo, un hombre que cuando habla con Dios expresa seguridad en ese Dios, un hombre que cuando habla con Dios lo hace de una manera intensa, con sentido de urgencia, y que cuando le habla a Dios lo hace de una manera que mueve el corazón de Dios. No es que dobla el corazón de Dios, pero Dios es tan complacido con su oración que su corazón es movido por sus palabras.

Y Nehemías dice al continuar: "Confesando los pecados que los hijos de Israel hemos cometido contra ti. Sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado". Esto es extraordinario. Nehemías nació en Jerusalén y fue deportado muy joven, o nació en Babilonia después de la deportación. Pero en cualquiera de los dos casos, cuando ocurrió la deportación, Nehemías era un niñito o no había nacido, uno de esos dos casos. Y él dice, con relación a la deportación: "Sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado contra ti". Él se apropia del pecado de sus padres, de su generación, de su comunidad.

Si hay algo que el pueblo judío tuvo, yo creo que sigue teniendo de otra manera pero sigue teniendo, y que la iglesia de hoy no tiene, es su sentido de comunidad. Tu pecado es mi pecado, mi bendición es tu bendición, tu invitado es mi invitado.

Literalmente era así: cuando yo recibía un invitado a mi casa, todo el pueblo lo entendía, que ellos tenían que al mismo tiempo atender a mi invitado, porque era invitado de la comunidad. El sentido de pertenencia. Eso es lo que hace que Esdras pueda apropiarse del pecado del pueblo, dañe él también, Nehemías también, y orar de una manera similar.

Ahora, este es un hombre honesto consigo mismo. "Yo, sí, yo he pecado, junto con la casa de mi padre." Y cuando comienza a hablar de su pecado, él lo hace de una manera que nadie hace. Yo conversaba con alguien esta semana y, diciendo que iba a predicar sobre este texto, le decía: "¿Cuál fue la última vez que tú oíste a alguien orar de esta manera?" Yo te lo voy a leer en un segundo. Y esa persona decía: "No, nunca." Exactamente, nunca. Porque cuando Nehemías dice "sí, yo y la casa de mi padre hemos pecado," escucha lo próximo que le dice: "Hemos procedido perversamente contra ti."

¿Cuál fue la última vez que tú escuchaste a alguien, o a ti mismo, decirle a Dios con relación a tu pecado: "Esto es perverso"? No lo hacemos porque, como no hemos visto la santidad de Dios como realmente lo es, tampoco vemos el pecado nuestro por lo malvado que es. Podemos cantar como cantamos hace un rato: "De tu amor y tu gracia que cubren toda mi maldad," y lo cantamos y le pasamos por alto, ni nos percatamos de lo que cantamos. En el primer culto, cuando yo cantaba esa oración de que tu amor y tu gracia cubren toda mi maldad, tuve que hacer un esfuerzo extraordinario para no llorar, porque ciertamente es así: es la maldad del hombre que ha sido cubierta por la gracia y por el amor de Dios. No es simplemente mi pecado, es lo perverso de mi pecado que ha costado esa sangre. Por eso el precio ha sido tan alto y tan caro, pagado en la cruz. ¡Wow!

Y sabes que si tú nunca has visto tu pecado como perverso, tú nunca has visto tu pecado. Y si tú nunca has visto tu pecado, hay una de tres posibilidades. O no he nacido de nuevo. O nací de nuevo, pero no tengo una relación estrecha con Dios; por tanto, yo no conozco su santidad de la manera que él quiere que la conozca, y como no conozco su santidad de esa manera, tampoco conozco mi pecaminosidad de la manera que Dios la ve. O estoy tan centrado en mí mismo que ni siquiera me he dado cuenta de lo mal que estoy o que he estado.

Y así somos. Hablando con esta persona, estábamos hablando de un asunto, una situación que no estaba bien, y luego de describírmela, le decía: "¿Sabes qué? La situación ni siquiera era el problema. Permíteme decirte de corazón dónde está el problema: es que esas palabras que has usado para describir, de hecho, la situación, han sido como lijas sobre mi corazón. Esas no son las formas como hijos de Dios hablan. Y si le duele a mi corazón, imagínate cómo le duele al corazón de Dios." Pero no nos percatamos ni siquiera de cómo nuestras formas de hablar son así de perversas. Eso no es de una persona. Si me escuchas, por favor, eso es de una gran mayoría del pueblo de Dios.

Pero el hombre que conoce a su Dios muestra, en primer lugar, esa preocupación genuina de que hablamos. El hombre tiene un dolor espiritual por el pecado del pueblo. Proclama la grandeza de Dios cuando ora. Ora con reverencia, pero él tiene sentido de urgencia al orar. Hay una intensidad y un sentido de urgencia en sus palabras. Él sabe cómo conversar con Dios en medio de la tribulación, y él sabe cómo hacerlo de una forma que mueva al corazón de Dios, reverentemente hablando. Y ese hombre conoce su pecado, y mientras más conoce a Dios, más perverso le luce su pecado a su propio ojo.

Y yo no sé si tú has estado ahí, pero yo he estado ahí. Y cuando tú lo ves por primera vez, es como si hubiesen cogido una daga y te atraviesan. Eso es de doloroso, pero eso es de bueno, porque hasta que eso no ocurra, yo voy a continuar incurriendo en el mismo pecado una y otra vez. Es la realización, la realidad de lo perverso de mi pecado, que hace que yo no quiera volver ahí, porque ahora me resulta... ¡Wow!

Nehemías conoce su pecado, y el pecado del pueblo, él le llama perverso: "Hemos actuado perversamente contra ti." ¿Y qué es lo que ha pasado, Nehemías, que tan perverso lo dices? "No hemos guardado tus mandamientos, ni los estatutos, ni las ordenanzas, que mandaste a tu siervo Moisés." Cosa que el pueblo de Dios hace continuamente, que no ve de esa manera. Nehemías dice: ¡Eso es perversidad! ¡Wow!

"Acuérdate ahora de la palabra que ordenaste a tu siervo Moisés, diciendo: Si sois infieles, yo os dispersaré entre los pueblos; pero si volvéis a mí, y guardáis mis mandamientos y los cumplís, aunque vuestros desterrados estén en los confines de los cielos, de allí los recogeré y los traeré al lugar que he escogido para hacer morar allí mi nombre."

Nehemías cita de Levítico 26:33-45 y de Deuteronomio 4:25-31 de una manera abierta, con cierta libertad, pero lo que él está haciendo es que ha tomado las palabras de Dios y se las devuelve a Dios. Él está recordando a Dios sus propias palabras. Ahora, cuando Nehemías hace eso, porque no quiero que me malentiendas, Nehemías no está tratando de decirle a Dios: "Como se te han olvidado tus palabras, yo te las voy a recordar." No, esa no es la manera, ni la forma, ni la motivación. Nehemías tampoco le está diciendo a Dios: "Tú estás obligado a cumplir lo que tú has dicho." No, no es lo que Nehemías está haciendo.

Lo que Nehemías está haciendo es algo que el apóstol Juan nos enseñó posteriormente, y es que si pedimos cualquier cosa según su voluntad, él nos oye (1 Juan 5:14). La oración más poderosa, la oración más efectiva, la oración que garantiza los resultados, es la oración que toma las palabras de Dios y se las devuelve a Dios. Dios está comprometido con su palabra, y esa es la oración más efectiva.

Tú tienes que identificar cosas que tú sabes sin lugar a duda que es parte de la voluntad de Dios. Eso puede ser: "Señor, yo quiero pasión por tu palabra." ¿Es eso parte de la voluntad de Dios? Tú puedes estar seguro que sí. Si Dios dice que si tú oras conforme a su voluntad él te escucha, ¿cuál es el chance de que yo ore y permanezca orando para tener una pasión por la palabra de Dios y que no ocurra? Cero. Dios se comprometió a responder a su palabra. ¿Y por qué no está ocurriendo? Porque se lo pedimos tan ocasionalmente, se lo pedimos tan superficialmente, tan vacíamente, ya vacíamente, que Dios no nos responde. Pero cada vez que nosotros oramos la palabra de Dios conforme a su voluntad, tenemos garantía de que nos escuchará. Eso es lo que Nehemías está haciendo: devolviendo a Dios su palabra.

Y entonces por eso Nehemías dice: "Acuérdate ahora de la palabra que ordenaste a tu siervo, de que si sois infieles os dispersaría, pero acuérdate, oh Dios, que tú dijiste que si ellos estaban desterrados pero volvían a ti, tú los ibas a recoger."

Y entonces le dice: "Ellos son tus siervos y tu pueblo, los que tú redimiste con tu gran poder y con tu mano poderosa." ¿Qué es lo que Nehemías está haciendo? Nehemías dice: "Tú eres su redentor. Tú eres quien les has librado. Y si tú eres su redentor, yo sé que ellos están en tu corazón, y como están en tu corazón, tú lo has puesto en mi corazón, y yo te estoy orando por el pueblo de tu corazón. Tú lo redimiste, son tu pueblo, son tus siervos. Tú vas a escuchar esto porque, al fin de cuentas, tú lo pusiste en mi corazón porque ellos están en el tuyo primero."

El hombre que conoce a Dios de esa manera, el hombre que conoce la palabra de Dios... Tú tienes que conocer la palabra de Dios para devolvérsela a Dios, y si no la conoces, no se la puedes devolver. El hombre que conoce la palabra de Dios de corazón, y no simplemente de manera cerebral, tiene un camino íntimo con Dios y una vida de oración poderosa.

Te ruego, terminamos el texto: "Oh Señor, te ruego que esté atento tu oído ahora a la oración de tu siervo, y a la oración de tus siervos." Escucha lo que Nehemías está a punto de hacer. Nehemías está diciendo una vez más con intensidad a Dios: "Te ruego, oh Señor, que tu oído esté atento ahora." Ahora cuenta para siempre, Dios. Ahora. Ahora. Está atento a lo que te voy a decir. Escúchalo ahora. "A la oración de tu siervo, y a la oración de tus siervos."

Pero nota cómo Nehemías califica a los siervos de quienes él está hablando a Dios. Está diciendo: "Dios, yo no te estoy diciendo que escuches la oración de personas, de siervos, que de vez en cuando se acuerdan de ti. Yo no te estoy diciendo que escuches la oración de personas que dicen ser tus siervos, pero cuyo testimonio no está tan santo como tú quieres. Yo te estoy hablando de siervos que se deleitan en reverenciar tu nombre." ¡Wow!

No es ni siquiera para beneficio del pueblo; eso es secundario. Es que queremos la gloria de tu nombre, y el pueblo en aflicción y oprobio, si es tu pueblo, no puede representarte dignamente ante las demás naciones, y tu nombre está por el suelo. Nosotros queremos... Dios, nosotros no solamente reverenciamos tu nombre, nos deleitamos en reverenciarlo. Levanta tu nombre, Dios, y con ello levanta a tu pueblo. ¡Wow!

Tú vas a decir si Dios se deleita en esa oración: "Haz prosperar hoy a tu siervo." Intensidad, urgencia. Escucha ahora. Prospera a tu siervo hoy. No mañana, Dios. Hoy. Escúchame, Dios. Escúchame hoy. Hoy cuenta para siempre, Dios. "Y concédele favor delante de este hombre."

Nadie se refería al rey como "este hombre." Un judío, su copero. Pero cuando tú estás delante del Rey de reyes, Artajerjes no es más que "este hombre." Y creo que está puesto en buen lugar, porque él sabe... Por eso se refirió a Artajerjes como "este hombre." Nehemías no está diciendo que él tiene mérito para que le escuche, de que él tiene el derecho. Nehemías está diciendo: "No, no, no, Dios, tú sabes que nos deleitamos en que tu nombre sea reverenciado. Haz esto por tu pueblo para que tu nombre sea levantado."

El hombre que conoce a su Dios no solamente se preocupa por el pueblo de ese Dios, siente dolor por su condición espiritual, proclama la grandeza de ese Dios, tiene reverencia y seguridad al clamarle a Dios conociendo que le responderá. No solamente tiene intensidad y urgencia en sus palabras, no solamente sabe conversar con Dios de una manera que mueva su corazón, no solamente es un hombre que conoce su pecado y mientras más conoce a Dios, más perverso le luce su pecado, pero es un hombre que conoce la Palabra de Dios y por eso se la puede devolver a Dios, y es un hombre finalmente que se deleita en reverenciar el nombre de Dios.

¡Wow! ¿Pero es esa la manera como vemos nuestro pecado, como malvado y perverso? ¿Es esa la manera como oramos, donde mi preocupación primera es el carácter de Dios, la proclamación de sus atributos, las necesidades de los demás, el pueblo que está en aflicción y oprobio, y mis oraciones, en vez de estar llenas de mis necesidades, están llenas del carácter de Dios y llenas de las necesidades de los demás?

¿Es eso como oramos? ¿Es nuestra vida de oración una caracterizada por urgencia, intensidad y pasión? ¿Ciertamente tengo yo un peso por la condición espiritual del pueblo que Dios ha redimido? ¿Conozco yo la Palabra de Dios lo suficiente para devolvérsela a Dios con seguridad y certidumbre en reverencia, conociendo que Él me escuchará y me responderá de la mejor forma posible?

¿Tengo yo la confianza para hablarle a Dios diciendo: "Ahora, Dios, escúchame ahora, que tus oídos estén abiertos, tus ojos abiertos, tu oído atento ahora"? ¿Tengo yo la suficiente intimidad con Dios para decirle: "Dios, haz prosperar hoy a tu siervo delante de este hombre", porque delante de ti no es más que un simple hombre?

¿Tengo yo la paciencia de Nehemías para esperar? Porque esta oración no va a encontrar respuesta hasta dentro de cuatro meses, cuando un día el rey Artajerjes verá su rostro, verá su tristeza y le dirá: "Nehemías, ¿qué te ocurre?" Cuatro meses de espera.

Este hombre oró por una oportunidad para hablarle al rey. Dios orquestó la oportunidad y puso en el corazón del rey que le hablara a Nehemías de una manera que Nehemías pudiera explicarle a qué se debía su tristeza. ¿Te das cuenta cómo Dios escucha, cómo el corazón de Dios es movido a orquestar eventos cuando ve a su siervo confiar en Él, proclamar su carácter, reverenciar su nombre y cargado con su propia causa?

No hay nada que complazca a Dios más que ver a uno de los suyos cargado con la causa del pueblo de Dios, por el cual Él derramó sangre. ¿Es ahí donde tenemos que estar? Es ahí donde Dios nos quiere ver.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.