IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El perdón es una de las enseñanzas más distintivas del cristianismo, pero también una de las más difíciles de vivir cuando la herida es profunda. Es fácil perdonar un empujón accidental en el supermercado; otra cosa muy distinta es perdonar a quien nos ha traicionado, abandonado o destruido algo que amábamos. Corrie ten Boom, sobreviviente del Holocausto, lo experimentó cuando un antiguo guardia nazi le pidió perdón después de un servicio en Berlín. Ella recordaba el sufrimiento de su hermana moribunda por culpa de ese hombre, y su corazón se resistía. No podía perdonarlo; solo podía odiarlo.
La historia de José en Génesis 50 revela el corazón del verdadero perdón. Después de ser vendido por sus hermanos, esclavizado, calumniado y encarcelado durante años, José tuvo el poder para vengarse cuando finalmente se encontró en posición de autoridad sobre ellos. Sin embargo, su respuesta fue radicalmente distinta: "¿Acaso estoy yo en lugar de Dios? Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien." José entendió que él no era el juez, que Dios gobierna soberanamente todas las cosas, y que su bondad puede transformar incluso el mal más profundo.
El verdadero perdón no niega la ofensa ni minimiza el dolor, pero tampoco guarda registro de las faltas ni busca venganza. Se manifiesta con humildad, reconociendo que todos estamos bajo el mismo Rey. Y va más allá de las palabras: José no solo perdonó a sus hermanos, sino que proveyó para ellos y los consoló. Así perdonó Cristo en la cruz, y así está llamada a perdonar su iglesia.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Quería meditar con ustedes en algo, y es una de las realidades más crudas que Jesucristo dejó como parte de su enseñanza. Al finalizar incluso sus días, fue que "en el mundo tendréis aflicción". Gracias a Dios, y gracias a Él, no se quedó en esa parte, sino que dijo: "Pero confíen, que yo he vencido al mundo".
Esta aflicción que Él mencionaba es sin duda muy real para todos nosotros. La vemos en nosotros, la vemos alrededor nuestro, la vemos en las noticias, en el internet, en otros lugares del mundo. En fin, el pecado, la maldad, ha afectado a toda la creación. Pero aún más, el pecado del hombre afecta, marca, impacta a otros hombres y mujeres. El resultado son heridas, son marcas también en el alma, en el corazón, en la vida, que a veces son permanentes y son difíciles de superar.
Si nosotros revisáramos la historia de la humanidad, hubiera muchos eventos, pero para mí uno de los más oscuros y más desgarradores ocurrió al finalizar la Segunda Guerra Mundial en 1945. En toda guerra hay destrucción y muerte, y en esta no fue poca. Pero lamentablemente algo se añadió a eso, que ya es una guerra, y es que mientras los soldados aliados conquistaban ya el resto de Europa que estaba en posesión nazi, fueron encontrando campos de concentración. Y en esos campos, pilas y montañas de cadáveres estaban arrinconados. Y ellos no solamente se encontraron cadáveres, sino sobrevivientes, pero que parecían cadáveres también. Hombres y mujeres que, según describen ellos en los registros, eran calaveras andantes, se apoyaban el uno al otro para no caerse, con evidencias claras de tortura, desnutrición y abuso de todo tipo. La maldad del hombre en su máxima expresión. Ese tiempo de guerra y de maltrato a millones de hombres y mujeres se dio entre 1941 y 1945, llamado el Holocausto, era el Holocausto judío.
Muchos también sobrevivieron, y lo hicieron milagrosamente. Una de esas sobrevivientes fue una mujer cristiana llamada Cornelia Arnolda Johanna ten Boom, su apodo: Corrie ten Boom. Ella fue capturada por los nazis porque escondía a judíos junto a su padre y a su hermana, en su propia casa, para salvarles la vida. Y ellos lograron salvarle la vida a más de 800 judíos en su lugar secreto en su casa. Ella fue, como dije, librada milagrosamente, y cuando fue librada y la guerra terminó, ella fue por muchos países contando su testimonio.
Uno de esos países fue la misma Alemania, en Berlín, y allí ella tiene un encuentro que la marcó profundamente. Ella lo relata en un audio que encontré en YouTube, de su propia voz, y dice así: "Estaba en Berlín cuando se me acercó un hombre al finalizar un servicio en la iglesia y me dijo: 'Ah, señorita ten Boom, me alegro de verla. Usted me conoce'. Y de repente", dice ella, "reconocí a ese hombre. Era uno de los guardias más crueles del campo de concentración donde estábamos mi hermana y yo".
"Y ese hombre continuó diciendo: 'Ahora soy cristiano, hermana. He encontrado al Señor Jesús. He leído mi Biblia y sé que hay perdón para todos los pecados del mundo entero, también para mis pecados. Tengo perdón por las crueldades que he cometido, pero le he pedido a Dios la gracia de tener la oportunidad de poder pedir perdón a una de mis propias víctimas. Y señorita ten Boom, ya que usted ha sido perdonada, ¿me perdona a mí?'. Dijo esto extendiendo su mano para estrechar la mía, y no pude. Recordé claramente el sufrimiento de mi hermana moribunda por la culpa de ese hombre".
"Pero cuando me di cuenta que no podía perdonar, de repente recordé: yo misma entonces no tengo perdón, porque Jesús dijo: 'Si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus transgresiones'. Y supe en ese momento: ¡oh, no estoy lista para ver a Jesús cuando venga! Porque entonces no he sido perdonada por mis pecados. Pero no podía perdonarlo, solo podía odiarlo".
Es una realidad, hermanos, de un corazón marcado por el dolor, el resentimiento, por el pecado de otro. Algo importante es que esta historia es contada por una mujer cristiana que se peleaba dentro de sí con el llamado claro que Dios le daba de ofrecer perdón, pero ya estaba en un momento, como muchos de nosotros hemos podido estar, donde la herida parece ser demasiado grande como para perdonar.
El perdón es una de las enseñanzas distintivas del cristianismo. Está en toda la Biblia, está como mandatos directos y está representado en historias que reciben el perdón de Dios y de hombres, pero también de hombres y mujeres que otorgan perdón a otros. En algunos momentos tú y yo sabemos que el perdón es fácil de otorgar. Vamos por un supermercado, en una fila chocamos con alguien y ese alguien nos dice: "¡Hey, perdóneme, señor!" Y tú a media también le dices: "¡No, no hay problema, tranquilo!"
Pero tú y yo sabemos que hay otros momentos que ese perdón no solamente parece difícil, sino inconcebible. ¿Cómo? ¿Cómo voy a perdonar? C. S. Lewis decía: "Todo el mundo dice que perdonar es una idea maravillosa, hasta que tiene algo que perdonar". Desde fuera pudiéramos decir: "¡Ah, perdona!" Pero cuando nos toca a nosotros, parece una montaña muy grande, muy grande que escalar.
En el texto de hoy nosotros recordaremos una de esas grandes historias bíblicas que muestran el perdón entre un hombre y otros hombres. La idea es sacar de allí lecciones y características de cómo se ve, cómo luce, cómo se puede vivir el perdón como Dios lo desea, para nosotros poder vivirlo también. Así que acompáñame a Génesis 50, versos 15 hasta el 21, para tratar el tema: el corazón del verdadero perdón.
Verso 15: "Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, dijeron: 'Quizás José guarde rencor contra nosotros y de cierto nos devuelva todo el mal que le hicimos'. Entonces enviaron un mensaje a José diciendo: 'Tu padre mandó a decir antes de morir: Así dirán a José: Te ruego que perdones la maldad de tus hermanos y su pecado, porque ellos te trataron mal'. Y ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre". Y José lloró cuando le hablaron. Entonces sus hermanos vinieron también y se postraron delante de él y dijeron: "Ahora somos tus siervos". Pero José les dijo: "No teman. ¿Acaso estoy yo en lugar de Dios? Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien, para que sucediera como vemos hoy, y se preservara la vida de mucha gente. Ahora pues, no teman. Yo proveeré para ustedes y para sus hijos". Y los consoló y les habló cariñosamente.
Si ustedes tienen buena memoria, ustedes saben que en enero de este año el pastor Chacho —cariñosamente Héctor, sí, porque nadie le dice Héctor— estuvo hablando de la vida de José y abarcó toda su vida desde el capítulo 37 hasta el 50, y entró en muchos detalles. Un sermón excepcional donde él resaltaba la confiabilidad de nuestro Dios. Que está presente, digno de nuestra confianza en cada momento de nuestras vidas, aunque no lo entendamos. Y Dios siempre estuvo con José en sus duras pruebas. Si usted quiere conocer en detalle cuáles son esas pruebas, vaya al sermón "El Dios confiable".
Pero en resumen, José experimentó celos de sus hermanos, traición de parte de ellos, odio, planes para matarle. Fue vendido por ellos, pero también vendido por los mercaderes a quienes ellos lo vendieron. Fue esclavo en la casa de un oficial egipcio, calumniado por la esposa de ese oficial, preso injustamente por años, y olvidado por más años por alguien que le prometió que le iba a ayudar a salir.
José tenía, hermanos, muchas razones para estar resentido y amargado. Como sabemos y escuchamos en ese sermón, él podía haber estado amargado contra sus hermanos —obviamente ellos iniciaron todo—, podía estar amargado contra los mercaderes porque abusaron de este jovencito y lo vendieron como una mercancía, contra la esposa de Potifar que lo calumnió, contra el mismo Potifar que no le creyó a él, contra el copero que se olvidó de él, contra Dios que había permitido todo eso.
Sin embargo, no vemos en ninguna parte del registro bíblico que José haya albergado rencor. No había ninguna evidencia, o no la hay, de que él había acusado a Dios por lo que le estaba pasando. Todo lo contrario.
En el primer encuentro, después de muchos años de haber sufrido cárcel, esclavitud, olvido, José se encuentra con sus hermanos. Y en ese primer encuentro, que no está aquí en el capítulo 50 sino en el 45, leemos lo siguiente: "José dijo a sus hermanos: 'Yo soy José. ¿Vive todavía mi padre?' Pero sus hermanos no podían contestarle porque estaban atónitos delante de él. Y José dijo a sus hermanos: 'Acérquense ahora a mí'. Y ellos se acercaron, y les dijo: 'Yo soy su hermano José, a quien ustedes vendieron a Egipto. Ahora pues, no se entristezcan ni les pese haberme vendido aquí, pues para preservar vidas me envió Dios delante de ustedes. Porque estos dos años ha habido hambre en la tierra, y todavía quedan otros cinco años en los cuales no habrá ni siembra ni siega. Dios me envió delante de ustedes para preservarles un remanente en la tierra y para guardarlos con vida mediante una gran liberación. Ahora pues, no fueron ustedes los que me enviaron aquí, sino Dios. Él me ha puesto por padre de Faraón y señor de toda su casa, y gobernador sobre toda la tierra de Egipto'".
Estas palabras, hermanos, que parecen sencillas, pero que muestran un conocimiento de Dios increíble. De Dios y de sus planes, de cómo Él obra, pero también muestran un corazón perdonador excepcional.
En el día de hoy nosotros vamos a hacer un zoom, verdad, como le decimos, a un espacio de la vida de José que fue este capítulo 50. Vamos a hacer un acercamiento y entraremos en detalles de cómo José manifiesta su perdón, qué características tiene ese corazón que muestra un perdón verdadero como el de José. Y vamos a revisar seis características, y las seis vamos a dividirlas en dos sombrillas grandes. Hay tres que describen un corazón del verdadero perdón, pero que asume su posición en relación con Dios para perdonar. Es una posición vertical con referencia a Dios: yo estoy en este lugar y Dios está allí.
La segunda sombrilla es que un corazón del verdadero perdón asume una apropiada actitud, ya no solo ante Dios, sino ante aquel que le ofendió, y allí veremos tres características más. Así que vamos inmediatamente a la primera sombrilla: el corazón del verdadero perdón asume una actitud apropiada con relación a Dios.
Verso 15: "Al ver los hermanos de José que su padre había muerto, dijeron: Quizás José guarde rencor contra nosotros y de cierto nos devuelva todo el mal que le hicimos." Hermanos, habían pasado diecisiete años desde que sus hermanos se habían encontrado con José la primera vez, que lo leíamos en el capítulo 45, y José les había dicho: "No teman, Dios estuvo en control de todo esto. Él llevó a cabo su plan." Pero en esos diecisiete años, increíblemente, esos hermanos como que no creían. Llevaban ahí: "No, él no perdonó", y estaban, como decimos los dominicanos, chivos, mosca y todo animal e insecto que usted se imagina. Estaban sospechosos: "¿Será verdad?" "Espera, ahora que papá se murió, ahora sí. Era por el papá que José no había hecho nada, pero viene ahora."
Dice aquí: él va a devolver todo el mal que le hicimos. José se va a vengar, él va a retribuir, y va a hacer lo que nosotros conocemos que pasa en este mundo: la ley del talión, ojo por ojo, diente por diente. "Tú me hiciste algo, espera lo que... yo no me quedaré con los brazos cruzados." En nuestro país dirían: "Yo no me voy a quedar dado." Y ese es el hombre natural que piensa así. Lo normal en esta tierra, en este mundo, es que la persona no se quede ofendida, sino que devuelva la ofensa de la misma forma, o incluso aún mayor, para que aprenda a no meterse conmigo. Eso es lo natural.
Incluso, cuenta una historia que había tres hombres con aspecto de brabucones y cara de malos, de actitud agresiva, que llegan en sus motocicletas a una estación de camioneros, a una cafetería donde los camioneros comían. Entran por esa puerta y había allí un camionero de estatura baja. Estaba ahí sentado almorzando tranquilamente, y estos brabucones lo vieron, se acercaron, le quitaron la comida de la mesa, la tiraron al suelo, la tiraron a la basura y se rieron en su cara. El camionero no dijo una palabra, se levantó, pagó su comida a la camarera y se fue. Uno de los motociclistas, descontento por no haber logrado que este pequeño hombre decidiera pelear con ellos, se acercó a la camarera y, jactándose, dijo: "Este tipo no es un hombre de verdad, mira cómo salió por ahí." La camarera le respondió: "Bueno, parece que no, yo supongo." Ella se quedó mirando la ventana hacia afuera y dijo después: "Pero mira, supongo que tampoco es un buen conductor de camiones, porque acaba de atropellar tres motocicletas que estaban allá afuera."
Eso es lo normal, ¿verdad? En este mundo, me hiciste algo, espéralo, que vengo, vengo para atrás. Y esta era la expectativa de los hermanos de José. O sea, viene para atrás con venganza, él está resentido pero está esperando que papá muera. Incluso se inventan una historia, ¿verdad? Creemos que es un invento porque no tenemos registro, pero pudo ser verdad, de que su papá deja una nota, un mensaje para José: "Perdona a los hermanos."
Aunque parecen historias o cosas, las realidades son que muchos de nosotros que estamos aquí, que estamos escuchando, hemos vivido resentimiento, amargura, ofensa, pecado que nos ha marcado, herido. En el pasado, o puede ser que ahora mismo esté ocurriendo, o lo viviremos. Esto es una realidad de la que nadie puede escapar, y esa realidad puede ser que muchos de nosotros tengamos años ahí, guardando ese corazón con dolor y rencor porque "mira todo lo que hicieron conmigo." Pero tú y yo debemos estar conscientes de que Dios no nos quiere en ese lugar. Él no nos quiere viviendo con un corazón amarrado, atado al dolor, al resentimiento, sino que él quiere que, así como José, lleguemos a un perdón completo.
En los versos 16 al 18, los hermanos expresan perdón y le llevan el mensaje del papá. Perdónalos, ellos han fallado. Ellos mismos le piden perdón a José y se postran delante de él ofreciendo ser sus siervos o esclavos. José reacciona llorando, dice el pasaje. Y en el verso 19 dice: "Pero José les dijo: No teman, ¿acaso estoy yo en lugar de Dios?"
¿Qué quería decir José con eso? Él era el segundo hombre más poderoso de la nación más poderosa del mundo. A la orden de José ellos podían morir inmediatamente, pero José estaba claro de que él no ocupaba un lugar que es quien toma la decisión final, y es el lugar de Dios. "Yo no estoy ahí, yo no soy el juez de los pecados de este mundo, solo Dios lo es." Y yo creo que esta pregunta que hace José, "¿Acaso estoy yo en lugar de Dios?", es una que tú y yo debiéramos o deberíamos traer a nuestra mente en el momento en que somos tentados a no perdonar: ¿Estoy yo en el lugar de Dios?
Ahora, si nosotros nos detuviéramos a ver qué quiere decir José con eso, pudiéramos, como les dije, en esta sombrilla ver que él toma en cuenta tres actitudes que nosotros deberíamos conocer y asumir ante Dios y nuestra relación con él. Primero, él conoce que Dios solamente es el juez y no él. Entonces, algo nuevo: Romanos 12:19 pudiéramos leer, y dice: "Amados, nunca tomen venganza ustedes mismos, sino den lugar a la ira de Dios. Porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor."
Muchos de nosotros estaríamos tentados a quitar ahí las palabras "mía" y "yo", y poner "yo", "pagaré yo", "yo", "él", y "la venganza es de yo", "él también". Pero no, es de Dios. Dios es el único juez competente porque él es el único que conoce las intenciones, los pensamientos, los detalles y las tramas que tú y yo no conocemos. Y él es el único que puede tratar correctamente con el pecado de los otros sin excederse ni tampoco ser flexible. Por eso no estamos en lugar de Dios. Dios, si pudiéramos hablar de esto como de una compañía, Dios es el único encargado de la cuenta por cobrar que nosotros quisiéramos cobrar de las ofensas que nos han hecho. Nosotros tenemos un rol dado por él, y es no cobrar esas cuentas, sino otorgar el perdón que él me pide. Esto es lo primero que él ve o muestra de Dios, o su posición ante Dios: yo no soy Dios el juez, por tanto, no puedo juzgarlos.
Lo segundo que está debajo de esta sombrilla de una actitud correcta y apropiada delante de Dios es reconocer que Dios, además de ser el juez, él ha gobernado y gobierna todos los aspectos del universo y de mi vida. No se escapa nada, y por eso, como no se escapa nada, esto que ha ocurrido entre esta persona y yo, Dios lo conoce. Romanos 8:28, famoso, leemos o dice: "Y sabemos que para los que aman a Dios todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito."
Dios está allí como orquestador haciendo que todo en mi vida coopere para bien. Él está seguro: hasta esto que me duele, Dios orquesta, Dios gobierna y lo lleva para bien. Oh, hermanos, cuántas historias hemos nosotros escuchado aquí en el país y fuera del país de la gran bendición que fue la pandemia para muchos. ¿Qué? Pero murieron muchísimas personas, familiar mío murió. Y sí, pero Dios puede utilizar el más profundo y oscuro evento para traer bien en muchos, en nosotros.
Por eso, dice en el verso 20: "Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien para que sucediera como vemos hoy y se preservara la vida de mucha gente." Esta es la perspectiva divina que Dios pide que nosotros tengamos. Aunque no somos Dios, como le conocemos, sabemos quién él es, sabemos cómo él gobierna, y entonces otros pueden pensar y hacerme mal, pero Dios puede tornarlo en bien.
¿Te ha ocurrido lo siguiente, hermano? Porque a mí me ha pasado muchas veces: que un mal en mi vida me llevó a crecimiento y madurez; que un mal que hicieron contra mí produjo en mí arrepentimiento, porque yo me di cuenta de lo pecador que soy. En los días de bautismo nos damos cuenta de que un mal, que un dolor, que una ofensa, que una circunstancia difícil, produjo conversión y salvación. ¿Puede Dios tornar la maldad en bondad? Él es Rey soberano y experto en eso. Puede llevarnos a depender más de él, puede llevarnos a conocerle más, a confiar más en él, a purificarnos, etcétera, etcétera, etcétera. La gran pregunta es: ¿Confiaremos en el Dios que reina para tener una actitud apropiada en el perdón?
Yo quiero aclarar algo, hermanos, y es que yo no digo todas estas cosas con ligereza. Las ofensas y las heridas son reales y profundas. Hay lágrimas y hay dolor inmenso que uno no se imagina cómo pudiera llevarlo, y que otros lo están llevando. Hay misioneros que salieron con ilusiones de llevar el evangelio, que allá murieron, y su familia se quedó sin padre, sin padres. Hay líderes con autoridad que han abusado de esa autoridad y han dejado huellas en iglesias, en compañías, en familias. Hay cónyuges que han quedado devastados por la traición de su pareja. Hay personas indefensas, niños, mujeres, jóvenes, cualquier indefenso, que han sido abusados, atropellados por otros que se han aprovechado de su debilidad. Hay padres que se supone que debieron estar ahí todo el tiempo, desaparecieron y abandonaron a sus hijos dejándoles sin apoyo emocional ni material. Y la lista puede seguir y seguir. El dolor es real.
Pero, hermanos, aunque tal vez de este lado de la gloria nosotros no lleguemos a conocer todas las explicaciones, los lindos porqués, tal vez será del otro lado de la eternidad cuando estemos con él. De este lado tenemos que reconocer, creer y decidir: mi Dios gobierna y lo hace bien. Yo creo en él. Para perdonar como él quiere que tú perdones, tienes que confiar en la mano que reina sobre todo el universo.
Hay un tercer aspecto en esta actitud que debiéramos tener delante de Dios o en relación con Dios. Dios es el juez, fue el primero. Dios es soberano y yo me someto a su soberanía. Y tercero, Dios es siempre bueno. "Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios lo cambió en bien." Su soberanía está atada a su bondad, y su bondad a su soberanía.
Ningún atributo de Dios está desconectado de otro atributo de Dios. Todos los atributos de Dios permean los demás atributos. Dios es santo y amoroso, y su amor es santo y su santidad amorosa. Dios es soberano y bueno; su soberanía es bondadosa y su bondad es soberana siempre.
Pero yo mencioné en algún momento que José no estuvo resentido contra hombres de esta tierra ni tampoco con Dios. Y creo, hermanos, que una de las tentaciones más grandes que tú y yo debemos evitar o guardarnos es de esa tentación que Satanás mismo llevó a Eva para distorsionar en su mente la idea que ella conocía de Dios. "Dios tiene malas intenciones, por eso es que Él no le permite disfrutar de todas esas cosas." Y en medio de situaciones como esas, donde otros nos han hecho daño, ese mismo enemigo susurra a nuestra alma, a nuestro corazón, a nuestros oídos: "Mira, si Dios realmente se interesara en ti, Él no habría permitido que esto ocurriera."
Al pasar de los años yo me he dado cuenta de que muchos de nosotros pudiéramos llegar a reconocer: "Mira, sí, he de ver a tu resentido contra fulano o contra fulana." Pero pocos de nosotros nos atrevemos a reconocer: "Mira, yo con quien yo estuve resentido fue con Dios, porque Él fue quien permitió todas estas cosas." Y allí, en ese lugar de duda, de acusación ante Dios, allí en ese lugar es justamente donde el enemigo nos quiere para destruir toda fe que pudiera haber en nuestra vida, en nuestro interior, y consecuentemente destruir nuestra alma si fuera posible.
La solución ante un posible corazón que duda de la bondad de Dios en medio de situaciones donde no parece haber algo bueno es afincar profundamente nuestras convicciones en lo revelado, en algo que no se mueve como nuestras emociones que pueden estar aquí y ahora sí, aquí no. En algo que es permanente como la Palabra de Dios que nunca cambia. En algo que es confiable, no como nuestros sentimientos; su Palabra es eterna y veraz.
Ustedes conocerán una mujer llamada Elisabeth Elliot, ¿verdad? Ella fue misionera con su esposo, primer esposo misionero, y lamentablemente él junto a otros perdieron su vida en Ecuador tratando de llevar el evangelio. Ella se volvió a casar años después y su segundo esposo entonces padeció de cáncer y murió también. Ella dice con respecto a la bondad de Dios: "Las experiencias de mi vida no son tales que pueda inferir de ellas que Dios es bueno, clemente y misericordioso necesariamente. Haber tenido un marido asesinado y otro desintegrado en cuerpo, alma y espíritu por un cáncer no es lo que yo llamaría una prueba de amor de Dios. De hecho, hay muchas veces en que parece exactamente lo contrario." Y termina la cita diciendo: "Mi creencia en el amor de Dios no es por inferencia o por un instinto, es por fe en lo que Él me ha revelado, lo que Él me ha mostrado."
En la luz creemos la verdad de Dios, en los tiempos buenos. Y ahí de verdad nos nutrimos con ello, nuestra fe aumenta y decimos amén. La prueba, la oscuridad, a veces tendemos ahí a irnos a los sentimientos y vamos a abandonar la verdad de Dios, pero debemos volver a ella.
Entonces, en nuestra primera sombrilla hemos visto que para tener un corazón con el verdadero perdón tenemos que tener una actitud apropiada en relación con Dios: Dios es el juez, Dios es soberano y me someto a su reino, y Dios es siempre bueno. No importa que yo no entienda, Él llevará esto para bien.
La segunda sombrilla: el corazón del verdadero perdón asume una actitud apropiada con relación al otro que me ha ofendido. Eso lo vemos en la vida de José también. Y en José vemos varias cualidades aquí, pero una de ellas es la principal para perdonar que muestra José: es humildad. Nosotros como seres humanos, lo primero que reacciona en nuestra vida, el primer pecado que sale a la luz es orgullo. "¿Cómo va a ser que él o ella me hizo esto? Yo nunca le haría eso a alguien." En resumen, verás, él ha llegado a una bajeza tan grande que yo no estoy... yo estoy en una condición moral mucho más elevada que él o ella. "¡Increíble lo que hizo!"
¿Cómo se puede ver mostrada la humildad en el momento de perdonar? ¿Cómo lo hizo José? No exaltándose a sí mismo por encima del otro. Ya no sé si ustedes recuerdan, hermanos, pero el pasaje dice que los hermanos vinieron y se postraron delante de José. José estaba de pie, y allí hubiéramos nosotros podido recordar algo. ¿Se estaba cumpliendo un sueño de alguien? El sueño de José. Cuando era jovencito, él había soñado que sus hermanos se iban a postrar delante de él y él iba a estar allí de pie como gobernante. En ese tiempo eso hirió el corazón de sus hermanos y querían agarrarlo y matarlo, y lo odiaban. En este momento se hizo realidad, y allí José hubiera aprovechado y hubiera dicho: "¿No se los dije, ellos? Ven, ustedes qué tan equivocados estaban, yo estaba en lo correcto. ¡Cójanla ahora!" No hizo eso. La humildad se muestra no exaltándome yo mismo por encima del otro en el momento en que debo de otorgar perdón. Yo estoy en la misma posición debajo del Rey de reyes. Todos los demás estamos en la misma: pecadores.
La segunda forma en que esta humildad se muestra en José, vemos que él no usa su poder para que la otra persona pague por lo que hizo. Si algo tenía José era poder, hermanos. Él hubiera podido decir cualquier cosa y esto era y van a ser esclavos, prisioneros o muertos, ¿verdad? Pero lo que él hizo fue decirles dos veces: "No teman. Dios lo tornó para bien, no teman, yo les voy a proveer." Increíblemente tenía la oportunidad para decir: "Ahora es." Y a veces nosotros tenemos el poder para mediar en medio de esa ofensa, poder vengarnos y hacerle cobrar al otro, que lo pague, que sufra ahora.
El pastor Steven Cole dice de una forma tan clara, dice: "La verdadera prueba de que has perdonado a alguien es cuando tienes el poder de hacer que la otra persona pague, pero decides no usarlo." ¿Quién, llamado Rey de reyes, hizo lo mismo? Quien tenía el poder para mandar fuego del cielo o legiones de ángeles, clavado en una cruz, y hacer consumir a todos los que estaban allí debajo golpeándole, escupiéndole, burlándose de Él. Pero lo que salió de Él fueron estas palabras en Lucas 23:34: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen." Eso lo hizo Dios contigo. Él podía cobrarte todo lo que le has hecho, pero Dios no lo hizo, o sea, está haciendo lo mismo.
Otra forma de mostrar la humildad que José claramente evidencia es que él no lleva un registro de las ofensas que estos hermanos le habían hecho. Él pudo haber sacado una notita y verás, y decir la lista: "Bueno, lo primero que ustedes me hicieron..." Porque ustedes se quedaron cortos diciendo que ustedes hicieron un pecado y maldad. No, no, no, espérate. Primero, ustedes sintieron celo contra mí porque mi papá me consideraba el favorito. Segundo, ustedes comenzaron a tramar cosas para matarme, me odiaban como Dios. También me tiraron en el pozo vacío y me dejaron ahí por horas. Después me vendieron. La lista y la lista.
Y tú sabes qué, hay personas, cristianos en medio nuestro, entre ellos puede ser yo también, que tenemos listas. Y a veces las listas son con otros cónyuges, ¿verdad? "Pero yo te he dicho que también... no me gusta eso." "Pero verás, pero fue hace mucho que yo no..." "¿Cuándo fue?" "No, hace dos años tú me hiciste eso." "Pero hablamos de eso y tú me perdonaste así." "Pero tú no has cambiado." Porque la lista está ahí, el registro está ahí, sacamos a la luz. Y estoy exagerando con el tiempo y las situaciones, pero la idea es que a veces tenemos ese registro de lo que me hizo y de cómo me lo hizo, y no lo olvido porque está presente. Y a pesar de que él se mostró como bueno, pero no, no, no, cuidado si tiene algo más, y la lista sigue. Y no puedo olvidar, no puedo olvidar lo que me dijo esa persona en la iglesia, lo que habló de mí. No importa que la persona ya como que se arrepintió y buscó perdón; cuando me acerco a otra persona soy como una vaca que rumia de nuevo el alimento y le digo: "Mira, ¿tú sabes lo que me hizo fulana? Sí, cuídate de él. Ya yo lo perdoné, pero cuídate de él."
Lo peor es que si realmente ese resentimiento o rencor es contra otro hermano en Cristo, yo creo que hay un agravante significativo, porque por ese hermano en Cristo, ese Cristo estuvo dispuesto a morir. Por ese que tú le guardas rencor, ese Cristo hoy le ama profundamente, y tú y yo lo odiamos. Alguien dijo: "Es algo terrible odiar a un hijo a quien Dios no puede dejar de amar." Imagínate, Dios no puede dejar de amar a esa persona que tú y que yo no la soporto, no lo soporto. ¿Quién está mal? ¿Dios? ¿O tú y yo?
O sea, su posición fue olvidar. El nombre de su primer hijo, Manasés, significa "hacer olvidar", y él explica: "Porque Dios me hizo olvidar todas las angustias, todo el trabajo que pasé." Lo maravilloso de todo esto es que Dios hace lo mismo: olvidar mis ofensas según la Biblia. Isaías 43:25: "Yo soy el que borro tus transgresiones por amor a mí mismo, y no recordaré tus pecados."
¿Qué significa esto? ¿Quiero decir que Dios tiene como amnesia divina, que digo como que se dijo "¿qué fue lo que tú hiciste?"? ¿Y que yo también tengo que tener amnesia de los pecados del otro? No, hermano, tú sabes que no. Yo recuerdo cada detalle. Pero olvidar las faltas significa que se toma la decisión intencional de dejar el incidente atrás y no volver a sacarlo a relucir nuevamente. Ya pasó, está clavado en la cruz, yo lo perdoné y no voy a hablar de eso. Está perdonado. ¿Por qué hacerlo? Porque Él lo hizo contigo y conmigo. Él no lo vuelve a traer. ¿Podrás, podremos hacerlo con otros?
La primera cualidad, verdad, de esta actitud hacia otro fue la humildad. La segunda es expresar la verdad en amor. Ojo, hermanos, en varios pasajes aquí los hermanos, ellos mismos, utilizando la supuesta carta o mensaje de su padre, reconocen que hicieron maldad. Verso 15: "El mal que le hicimos." Verso 17: "La maldad de tus hermanos y su pecado, te trataron mal, la maldad de los siervos del Dios de tu padre." Ellos saben que pecaron.
Y José, aunque perdona, no niega la realidad de que le ofendieron. Esto es importante. Dios no nos está pidiendo a nosotros que cuando el ofensor venga a decir "mira, te ofendí", nosotros les respondamos "no, qué va, tú no me hiciste nada, tranquilo". No, no es eso lo que dice José. José dice, ¿verdad?, vamos a ver, es el verso 20: "Ustedes pensaron hacerme mal". Eso es una verdad. La Nueva Traducción Viviente dice: "Ustedes se propusieron hacerme mal". O sea, ustedes tenían la intención, el plan, toda la maraña estaba armada para hacerme maldad. No hay duda de eso, pero gracias a Dios, Él lo tornó para bien.
O sea, que el verdadero perdón, hermanos, no niega que le ofendieron. Sí, ¿verdad? Yo fui herido. Sí, es verdad. Eso me afectó. Pero lo que no hace es ser áspero, restregándole al otro en su cara lo que le afectó, sino que lo reconoce, pero se continúa hasta otorgar el perdón.
La tercera cualidad en esta última sombrilla es que tenemos que tener una actitud hacia el otro al perdonar que ofrece un perdón no verbal simplemente, sino un perdón que bendice. Ojo, último verso. Increíble lo que hace José: "Ahora, pues, no teman, yo proveeré para ustedes y para sus hijos". Y los consoló y les habló cariñosamente. Pero no estoy entendiendo. O sea, ellos ofendieron a José. José debió ser el que esté golpeado y que necesita consuelo por lo que le hicieron. Pero el corazón perdonador es capaz no solamente de decirte "te perdono", sino de bendecir al otro con consuelo y hasta con provisión, hacerle bien.
Huye, hermanos. Yo sé que estoy llegando a un punto difícil. Yo te seguía hasta el punto en que tú decías "perdónalo", pero ¿que le haga bien? Lo que yo puedo decir es como se pudo haber dicho en su carne, ¿verdad? "Mira, está bien, te perdono, pero váyanse de aquí, no los quiero ver más. Eso puedo hacer". Lo que puedo hacer es decir "bueno, yo lo perdono, pero para mí están muertos". Pero para Dios, hermanos, las palabras "te perdono" no significan nada si no están acompañadas de acciones que soporten esas palabras. José las dijo y las amparó con acciones.
Pero no solo José. Tu Dios, tu Dios no solo te perdonó. Dios pudo haberte dicho: "Está bien, te perdono por todos los años de ofensa que tú me has hecho, estás libre, ahora resuelve tu vida". ¿Así fue que lo hizo Dios? No. Cristo no solo pagó por nuestros pecados, sino que gracias a Él yo tengo vida nueva, yo tengo un amor que no cambia y permanece, y por ese amor Él me perdona. Yo tengo la habitación del Espíritu Santo dentro de mí que me capacita, yo tengo el fruto del Espíritu que se manifiesta en mí para bendecir a otros. Yo tengo no solamente promesas para esta vida terrenal pasajera, sino promesas para la vida eterna y para estar con Él. Eso es perdón que bendice, y ese es el perdón que José manifiesta y que tú y yo estamos llamados a manifestar. Si dices que perdonas a alguien pero no te importa lo que le pase después, no es verdadero perdón. El corazón del verdadero perdón se manifiesta con acciones.
Hay tantos pasajes, hermanos, que no voy a entrar en ellos, pero hay uno que no quiero dejar pasar, que relaciona todo esto con nuestro perdón de parte de Dios. Efesios 4:31-32: "Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, y así toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo". Ahí está el punto de referencia. El estándar más alto y supremo del perdón es el estándar que nosotros debemos aspirar al perdonar a otros.
¿Sabes qué pasa en nuestras vidas, hermanos? Que a veces no tenemos claro o clara la dimensión y la magnitud del perdón que recibimos. Cuando ese perdón de Cristo hacia mí se ve pequeño, ¡ah, qué voy a perdonar a nadie como Cristo! Ni tanto. Sí. Pero cuando ese perdón me abruma, me sobrecoge, me humilla y me hace decir "yo no lo merezco", entonces cuando lo tengo que dar a otro, solamente puedo recordar que yo recibí algo más de lo que le estoy dando.
El doctor en consejería Heath Lambert dice una cita un poco fuerte, pero que me tocó el corazón y tal vez a ustedes les sirva. Él dice: "Muéstrame a una persona que no perdona y que se aferra a estar amargada, y yo te mostraré a una persona arrogante, sin ningún espacio en su corazón para considerar todo cuanto ha sido perdonada y que solo piensa en lo que le han hecho".
Voy a usar palabras directas. Cuando llegamos a ser de esas personas que nos aferramos a la amargura y a guardar rencor y no perdonar, es porque hemos cerrado cualquier espacio para considerar y hemos sido arrogantes, cuánto hemos sido perdonados, y nos quedamos solamente pensando en lo que me han hecho y no en lo que Dios me ha dado.
Amados, basta ya de vivir resentido con alguien que te hizo algo. Basta ya de vivir una vida atada que Dios no quiere que tú vivas. Esta mañana puede ser la ocasión que, gracias a la misericordia de Dios que Él te ha dado a ti, tú puedas ser libre para perdonar a otros completamente. Es posible que muchos de los que están aquí tengan la oportunidad de perdonar porque la persona todavía está en su círculo cercano, y Dios te permita perdonar completamente, no solo en el corazón, sino de forma personal.
Pero tal vez nosotros no tengamos la oportunidad de tener a esa persona cerca. Vive lejísimos y ya yo no sé de esa persona, pero mi corazón sigue con la herida y lo recuerdo y me hace daño. Tal vez esa persona ni siquiera viva, ya falleció. Aun así, hermano, hoy, por lo que has recibido, porque tú no eres el juez, Dios lo es, porque Él es el soberano y siempre bueno, tú puedes ser humilde, tú puedes reconocer que te ofendieron, pero tú puedes otorgar un perdón que libere no solo al otro, sino a ti mismo.
Corrie ten Boom seguía de pie delante de este guardia que le extendía la mano pidiéndole perdón, y ella decía: "No puedo perdonarlo". Y continúa el relato: "Y luego llegó a mi mente uno de los hermosos textos, uno de los recursos ilimitados de la Escritura, Romanos 5:5: 'Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado'. Y dije dentro de mí: 'Gracias, Jesús, porque Tú has traído a mi corazón el amor de Dios a través del Espíritu Santo que me fue dado. Y gracias, Padre, que Tu amor es más fuerte que mi odio y resentimiento'. En ese mismo momento fui libre y pude sentir y decirle a ese hombre: 'Hermano, dame tu mano'. Y nos dimos la mano, y fue como si hubiera sentido el amor de Dios correr por mis brazos. Y nunca yo había sentido y tocado las señales del amor de Dios como cuando tú y yo llegamos a perdonar a nuestros enemigos".
Y termina diciendo en su relato: "Y tú puedes perdonar". Ella continúa diciendo: "No, yo tampoco puedo, pero Él sí puede, y puede usarte a ti y a mí para dar ese perdón".
Oremos. Oh, Padre, no hay duda que por lo menos para mí hablar de ese tipo de temas no es algo simple. Pero según lo que vemos en Tu Palabra, el perdón que Tú nos mandas a otorgar no está amparado en emociones o como yo me sienta. No está parado como una plataforma que se mueve fácilmente de un día y a otro ya no está. El perdón que Tú me mandas a dar está parado en una columna robusta, en un cimiento profundo y firme que es el grandioso amor de Cristo que lo abarca todo y cubre toda falta. Señor, perdónanos aquellos que hemos tenido un corazón con cuentas pendientes para con otros. Señor, Tú solo sabes lo esclavo que es vivir de esa forma. Tú solo entiendes esa condición, y por eso nos llamas a nosotros a ser libres, a soltar las amarras, a dejarte a Ti ser el juez y nosotros ser simplemente un canal del increíble e ilimitado amor de Cristo. Ayúdanos, Rey. Permite que Tu iglesia sea una iglesia que viva el Evangelio que ha creído, en el nombre de Jesús. Amén.
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Joel Peña es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad. Sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Es pastor de los ministerios de jóvenes de la Iglesia Bautista Internacional y completó una Maestría en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.