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Sermones

Jesús, ¡ten misericordia de mí!

Joel Peña 24 agosto, 2025

Fanny Crosby quedó ciega a las seis semanas de nacida por un tratamiento mal aplicado, y sin embargo consideraba su ceguera un regalo de Dios que le permitió enfocarse en las verdades espirituales. Memorizó los cuatro evangelios, el Pentateuco, Proverbios y Cantares antes de los quince años, y compuso más de nueve mil himnos. Su vida ilustra una verdad incómoda: se puede estar ciego físicamente y ver con claridad espiritual, mientras que muchos con ojos sanos viven en profunda oscuridad interior.

Esa misma tensión aparece en Marcos 10 cuando Jesús pasa por Jericó camino a Jerusalén. Un mendigo ciego llamado Bartimeo escucha que Jesús de Nazaret se acerca y comienza a gritar: "Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí". La multitud intenta callarlo, pero él grita aún más fuerte. Su clamor revela tres cosas: conocía quién era realmente Jesús —el Mesías prometido, no simplemente un maestro—, reconocía su propia indignidad al pedir misericordia en lugar de reclamar justicia, y entendía la urgencia de su necesidad.

Jesús, en camino al evento más importante de la historia humana, se detiene. Donde la multitud ve un estorbo, él ve a alguien digno de compasión. Le pregunta: "¿Qué deseas que haga por ti?" Bartimeo responde: "Raboni, que recobre la vista". Y Jesús declara: "Tu fe te ha sanado". El verbo griego abarca tanto sanidad como salvación. Bartimeo no solo recuperó la vista; dejó su manto, abandonó su lugar junto al camino y siguió a Jesús glorificando a Dios. Fue sanado y salvo al mismo tiempo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Bien, antes de leer el pasaje de Marcos capítulo 10, quisiera contarles un poco acerca de una mujer llamada Frances Jane Van Alstyne. Ella es mejor conocida como Fanny Crosby. Nació en 1820, pero cuando era bien pequeñita, solamente seis semanas de nacida, Fanny tuvo un resfriado que le causó inflamación en los ojos. El doctor de la familia lamentablemente no estaba cerca, estaba fuera de la ciudad, así que un hombre de la comunidad, de esos que saben o creen saber de medicina, sugirió un tratamiento que le dañó los nervios ópticos y la dejó ciega por el resto de su vida. En ese mismo año, en 1820, también su padre fallece, así que la niña fue criada por su madre y su abuela materna, quienes le inculcaron la fe cristiana. Desde allí ella comenzó a conocer la Palabra y a seguir los pasos del Mesías, pero ella era una niña muy especial y lo van a saber ahora mientras les cuento todo lo que podía hacer.

Fanny comenzó a memorizar largos pasajes de la Biblia, y a los 15 años solamente ya había memorizado los cuatro Evangelios, el Pentateuco, o sea los primeros libros de la Biblia de Moisés, el libro de Proverbios, los Cantares y algunos Salmos. Definitivamente Dios le había dado una gracia muy particular. Además, la joven aprendió a tocar piano, arpa, guitarra y órgano. Dios la usó tanto que ella ha sido considerada como una de las más prolíficas compositoras de himnos cristianos. Se dice que aproximadamente ella compuso, escribió, más de 9,000 himnos cristianos. Muchos se cantan todavía en la iglesia hoy. Recientemente, bueno, no está reciente, pero para mí sí lo es que yo soy mayor que algunos, en 1975 fue incluida en el Salón de la Fama de la música gospel.

Pero lo interesante, lo que llama la atención de Fanny, no es todo esto que ya logró, sino que ella era ciega desde que tenía razón y ella vio su ceguera no como una desgracia. Ella misma decía que consideraba su ceguera como un regalo de Dios, que le permitió centrarse en las verdades espirituales y poder servir a Dios. Ella decía que la ceguera la mantenía enfocada en Dios y no distraída por las cosas de este mundo físico. ¿Te imaginas? "Gracias, Dios, por esta ceguera." Eso decía ella. Lo tomaba con gozo. Incluso hay una cita de ella que decía: "Bueno, lo más importante de esta ceguera es que me va a permitir que lo primero que yo vea cuando pueda ver sea el rostro de mi Señor." ¡Qué forma de pensar, verdad!

Pero esta vida de esta mujer nos enseña que se puede estar ciego físicamente pero ver con toda claridad espiritualmente. La ceguera espiritual es mucho más peligrosa y lastimosa que la ceguera física. Muchos ven con sus ojos físicos claramente, pero están ciegos en oscuridad profunda espiritualmente. Eso lo vemos en la vida de Fanny, cómo podía ver más allá de lo que sus ojos podían ver, y lo veremos en la historia del hombre de hoy en Marcos 10:46-52, la famosa historia de Bartimeo el ciego. Vamos a estar hablando acerca de ese mismo clamor que él tuvo: "Jesús, ten misericordia de mí."

Yo quiero hacer una excusa de antemano: si usted me oye mencionar a Timoteo, no es de Timoteo que estoy hablando, es de Bartimeo. Me equivoqué como cuatro o cinco veces en el primer servicio, tengo que decirlo ahora. Olviden esos errores humanos que tengo muchos.

Así que vamos a leer, vamos a leer ese pasaje, Marcos 10:46 en adelante: "Entonces llegaron a Jericó, y cuando él salía de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un mendigo ciego llamado Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino. Cuando oyó que era Jesús el Nazareno, comenzó a gritar y a decir: '¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!' Y muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba mucho más: '¡Hijo de David, ten misericordia de mí!' Jesús se detuvo y dijo: 'Llámenlo.' Y llamaron al ciego, diciéndole: 'Anímate, levántate, que te llama.' Arrojando su manto, se levantó de un salto y fue a Jesús. Y dirigiéndose a él, Jesús le preguntó: '¿Qué deseas que haga por ti?' Y el ciego respondió: 'Raboní, que recobre la vista.' 'Vete, tu fe te ha sanado,' le dijo Jesús. Al instante el ciego recobró la vista y lo seguía por el camino."

Esta maravillosa historia está en tres de los cuatro Evangelios de la Biblia. Marcos aquí, Lucas y Mateo narran la historia con detalles, incluso algunos que ilustran un poco más lo que es el significado de la misma. En Mateo incluso se menciona que había dos hombres ciegos al lado del camino, pero tanto Marcos como Lucas se enfocan en solo uno de ellos: Bartimeo. Incluso Marcos es el único que dice su nombre, revela su nombre: Bartimeo.

Asombrosamente, mientras estudiaba estos pasajes, pude encontrar que no hay ningún otro milagro de sanidad en el cual se mencione el nombre de la persona. Es el único milagro donde se sana a alguien que conocemos el nombre de ese alguien. Siempre es un hombre, el hijo de fulano, la hija de fulano, la suegra, lo que sea, pero nunca el nombre. Bartimeo es conocido. Se dice que esta es la intención de darlo a conocer, porque Bartimeo se mantuvo siendo creyente mientras crecía la iglesia. Pasó Jesús, y la iglesia primitiva creció en Jerusalén, y Bartimeo fue conocido en medio de esa iglesia. Por tanto, Marcos está trayendo a alguien aquí que es una figura conocida en medio de los hermanos, y escribe acerca de él.

El verso 46 habla de dónde estaban: llegaron a Jericó. Muchos de nosotros sabemos de Jericó incluso de la historia de niños, ¿verdad? Jericó, aquella ciudad donde tenía el pueblo de Israel que entrar a conquistar la tierra prometida, y esta era la primera ciudad, y Dios les ordena dar vueltas a esa ciudad por siete días, y al final de los siete días los muros de esa ciudad cayeron y fue destruida.

El Jericó de Jesús es la misma, pero está un poco más al sur, donde ya al pasar los años se conglomeró la población. Era una ciudad como pocas en ese lugar desértico. Era como un oasis: había palmas, manantiales, la tierra fértil en medio del desierto. Por eso los historiadores califican a Jericó como una de las ciudades más antiguas, que tiene población desde hace miles y miles de años, porque era un lugar muy especial. Estaba a más o menos 30 kilómetros al norte de Jerusalén.

Importante esto, porque Jesús viene de trayecto desde el norte de Israel, cruzando todo Israel para llegar a Jerusalén, donde iba a morir en la cruz y entregar su vida para el perdón de los pecados. Él tenía que pasar por Jericó, y es justo lo que hace, y allí se encuentra con este hombre ciego, Bartimeo.

Podemos ver esto en Marcos 10:33: "Ahora subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles. Se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán, y tres días después resucitará." Esto lo decía Jesús varias veces antes de que llegara ese momento en la cruz, y ahora en el trayecto él dice: "Vamos a Jerusalén y esto me ocurrirá," aunque los discípulos no lo entendían bien.

Y Jesús dice en este pasaje que iba acompañado de sus discípulos, pero también de una gran multitud en el trayecto hacia Jerusalén. Y uno se pregunta: ¿por qué tanta gente? Bueno, Jesús en ese momento de su vida era muy famoso. Ya su popularidad había crecido. Lo que él enseñaba, lo que había hecho, era conocido por muchos y tenía muchos seguidores. Incluso, si ustedes conocen un poco de la historia de la Biblia, podrán entender que cuando él entra a Jerusalén se arma una fiesta recibiéndole: "¡Hosanna al que viene en el nombre del Señor!" Era popular. Pero además era el tiempo de la Pascua, una celebración judía donde se celebraba la liberación de Israel de Egipto, y todos los judíos anhelaban ir a Jerusalén a celebrar allí la Pascua. Por tanto, el número de personas era grande que seguía a Jesús en el camino.

Es ahí en Jericó donde Jesús también se encuentra a otro personaje muy famoso: Zaqueo. Zaqueo era un hombre pequeñito, pequeñito era él, y cuando... ya, es una canción de niños. Zaqueo era este hombre bajo, pero que quería saber acerca de Jesús. Pero debido a la multitud que iba pasando, no podía ver por su estatura, y sube a un árbol para ver a Jesús. Y Jesús lo llama y tienen un encuentro de salvación con él. Este es el contexto de dónde están, para dónde van. Jesús con la carga de que iba a morir en la cruz, pero se detiene ante este hombre clamándole.

Vamos a dividir el contenido de nuestro mensaje en cuatro partes. Primero: Bartimeo, quién es y su condición. Segundo: el clamor revelador de Bartimeo. Tercero: la reacción misericordiosa del Mesías. Y por último: la sanidad maravillosa de la ceguera.

Comenzamos por Bartimeo y su condición. Verso 46 una vez más dice, la parte B: "Y cuando él salía de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un mendigo ciego llamado Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado junto al camino." Bartimeo. Marcos está utilizando la misma palabra de su nombre, se llamaba así, pero su significado, el nombre significaba "hijo de Timeo." "Bar" significa "hijo" en arameo. Timeo, el nombre de su padre. Y era de entenderse, porque Marcos estaba escribiéndole no a judíos sino a gentiles. Esa era su audiencia para escribir este Evangelio. Por tanto, él quería aclarar esas palabras y dice: "Este es Bartimeo, el hijo de Timeo."

Ahora, nosotros vemos que la condición descrita aquí es que él es un mendigo ciego, y no había otra solución para un ciego que no fuera mendigar en ese tiempo. Era una calamidad muy seria, mucho más que en nuestros tiempos, y hoy es seria. Las implicaciones de la ceguera en esos tiempos eran que los ciegos eran considerados como malditos por Dios, como hombres o mujeres que Dios había castigado debido a su maldad o a la maldad de sus padres o su familia. Entonces tenían esta consecuencia de parte de Dios. Esto era lo comúnmente creído, pero no era lo que Dios decía.

Incluso si recordáramos, vamos a Juan capítulo 9, verso 2. Recordarán en ese momento cuando dice: "Y sus discípulos le preguntaron: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?" Ellos también tenían ese concepto de que si este nació ciego, alguien pecó: él o sus padres. Este no era Bartimeo, que se menciona en Marcos, sino que era otro ciego. Pero Jesús le aclara en Juan 9:3, y dice: "Ni este pecó ni sus padres, sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él." No tiene que ver esto con su pecado ni por el pecado de otro, de generación en generación. No, Dios tiene un plan soberano que llevará a su gloria.

Pero esta, lamentablemente, era la forma de pensar de la mayoría. Y tú te puedes imaginar cómo vivía un ciego entonces: rechazado, marginado, solo, porque nadie quiere estar con un maldito. La única solución para sostenerse era mendigar, pedir limosnas, y por eso estaba allí sentado junto al camino. Junto al camino era un lugar muy importante, o por lo menos ventajoso, porque allí pasaba mucha gente. Sobre todo en Jericó, que tenía una ruta comercial que llegaba hasta Jerusalén. Allí pasaban mercaderes, y más ahora que había una multitud pasando por la Pascua y por este Jesús. Era momento para obtener limosna, pero él se entera quién está pasando por ahí.

Y vamos a la segunda parte: el clamor revelador de Bartimeo. Verso 47: "Cuando oyó que era Jesús el Nazareno, comenzó a gritar y a decir: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!" Este clamor, hermanos, sabemos de dónde viene: viene de un corazón muy necesitado, pero revela muchas cosas de Bartimeo.

Algunas de esas cosas son, primero, el conocimiento que él tenía de Jesús. Lucas nos da un poco más de detalles de cómo él se entera de que Jesús está pasando por ahí. En Lucas 18:36-37 dice lo siguiente: "Al oír que pasaba una multitud, preguntó qué era aquello, y le informaron que pasaba Jesús de Nazaret." Él se entera a través de otros: hay una bulla, hay una caravana y mucha gente, y él lo escucha. Entonces comienza a preguntar: "¿Qué es esto? No es normal lo que está pasando." Y le dicen: "Jesús de Nazaret está pasando por aquí."

Y es increíble cómo, al parecer, él atacó en su mente: "¡Jesús de Nazaret aquí, pasando por el camino donde yo estoy!" Él conocía muchas cosas de Jesús, tal vez las historias de los milagros, tal vez sus enseñanzas de cómo él lo hacía con autoridad. Pero lo más importante es que él creía mucho de lo que Jesús decía ser. Por eso él no dice ni clama: "Jesús de Nazaret, ten misericordia de mí." No, él dice: "¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!"

Este título, ¿de dónde sale? Un hijo de alguien pudiera ser descendiente de alguien, y efectivamente, Jesús era un descendiente de David, humanamente hablando. Desde el lado de María era descendiente de David; desde el lado de su padre terrenal humano, José, también era descendiente de David. Sabemos que José no fue su padre, Dios lo engendró en María, pero humanamente hablando también descendía de David. ¿O sea que pudiera significar esto solamente eso? No. Los hebreos, los judíos, sabían muy bien que ese título significaba algo mucho más que descendiente.

En diecisiete versículos del Nuevo Testamento se describe a Jesús como Hijo de David, y es un título que hace referencia al Mesías prometido para Israel, que vendría del linaje de David y que iba a ser un rey, y su reino iba a permanecer para siempre. El gran descendiente prometido de David que se sentaría en el trono real: el Hijo de David. Durante el ministerio de Cristo en la tierra, nosotros vemos que ese título que le decían a él, Hijo de David, era sinónimo a Mesías, como lo es desde 2 Samuel capítulo 7.

Nosotros podemos recordar ese momento que mencioné cuando él entró a Jerusalén y le decían, en Marcos 11:10 de nuevo: "Los que iban delante y los que seguían gritaban: ¡Hosanna! ¡Bendito el reino de nuestro padre David que viene! ¡Hosanna en las alturas! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" Este Jesús está entrando por allí, y una vez más mucha gente clama diciendo: "Por ahí viene el reino de nuestro padre David, viene el Mesías."

En Mateo nosotros también vemos algo similar, pero ahora de los fariseos, quienes se indignan porque le llaman a Jesús el Hijo de David. Mateo 21:15-16: "Pero cuando los principales sacerdotes y los escribas vieron las maravillas que había hecho, y a los muchachos que gritaban en el templo y decían: '¡Hosanna al Hijo de David!', se indignaron." Se indignaron porque estaban llamando a Jesús, ese hombre, ese maestro, Hijo de David, el Mesías.

Entonces el ciego mendigo entendía y comprendía que el Jesús que pasaba por allí en Jericó no era nada más que el mismo Mesías, el Ungido de Dios para establecer su reino. Es increíble cómo este cieguito podía ver mucho más que los que tenían ojos. Muchos no consideraban a Jesús más que un maestro que iba a pasar, y hasta un necio o un loco. Pero en su ceguera física, Bartimeo pudo ver la realidad espiritual que estaba envuelta en la persona de Jesús de Nazaret. No podía ver, ni siquiera podía ver dónde estaba, ni había visto a Jesús antes, pero sí había conocido de él. Y por eso gritaba: "¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!"

Es decir, este clamor revela que él conoce mucho más de Jesús de lo que uno pudiera imaginar. Lo segundo que este clamor revela es que el objetivo de este clamor es misericordia. Pedir por misericordia implicaba, hermanos, reconocer que él no merecía nada de lo que Jesús podía darle. Es un favor, es una gracia, es un milagro, es todo lo que Jesús podía darle, pero él era indigno de recibir eso. No era que él estaba allí reclamando: "¡Qué injusta es la vida! Por favor, a mí justicia y sácame de esto." No, no, no, no. Él se consideraba indigno, él no consideraba que él era alguien muy especial. Lo que yo te pido entonces es: "Ten misericordia de mí. Yo no lo merezco, pero tú puedes dármelo. Ten misericordia de mí."

Hermanos, yo no sé si tú has tenido momentos en que lo único que te sale de tu boca o de tu corazón para orar a Dios son esas palabras: "Señor, ten misericordia de mí." Porque de alguna manera Dios te ha permitido ver que tú eres más pecador de lo que tú pensabas, que tú estás muy limitado en cumplir lo que él desea. Y que cuando te acercas a él, porque tienes que acercarte como hijo, lo único que puedes hacer referencia es: "Señor, ten misericordia de mí, porque si no, yo no tengo futuro. Si no tienes misericordia de mí, yo estoy perdido, estoy muerto. No me queda otro recurso que no sea que tú tengas misericordia de mí."

Es lo mismo que cuando David clamó cuando había pecado. Hace unas semanas atrás Dios nos habló acerca del Salmo 51, cuando en el verso 1 él dice: "Señor, ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a lo inmenso de tu compasión, borra mis rebeliones." Yo no tengo nada en mi cuenta, en mi bancaria espiritual, para traer delante de ti para pedirte algo. Sino yo te pido que tú me des de tu abundante misericordia, que tienes mucha, entonces me la otorgues.

Esa es la condición de Bartimeo delante de Jesús: humilde, indigno e inmerecedor de cualquier cosa que Jesús pueda darle. Es como si él entendiera lo que dice el Salmo 63:3: "Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán." ¡Oh, el valor, el atesoramiento de la misericordia de Dios! ¿Y cómo es eso? ¿Mejor es la misericordia que la vida? Es imposible. Si no, yo no tengo misericordia. Bueno, la realidad es que sin su misericordia no podrías estar vivo tampoco. Por eso, conociendo el valor de esta misericordia, nuestros labios pueden alabarle.

Entonces ese clamor, "Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí", revela que él le conoce mucho más, revela también que es un clamor por misericordia, pero también revela la urgencia de su necesidad. Ya la había pedido, ¿verdad? O había gritado: "¡Hijo de David, ten misericordia de mí!" Ahora, en el verso 48, dice: "Y muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba mucho más." Agárrense los oídos. No, no voy a... "¡Hijo de David, ten misericordia de mí!" Nadie me va a callar. Por ahí está pasando el único que puede sacarme de esta condición, y la condición en la cual yo estoy es muy seria, y estoy desesperado, y él es la solución. Por eso: "¡Hijo de David, no importa, ten misericordia de mí!"

Él sabía que era urgente, él sabía que era inmediata su acción para poder tener una solución. Era la oportunidad de su vida y él no pensaba desaprovecharla. Oh, hermanos, ¡cuánto, cuánto a veces nos falta conocer esas dos cosas que Bartimeo conocía! Que él estaba en una profunda necesidad, y quién, el único que puede satisfacerla, es ese Jesús de Nazaret. Por eso él grita, por eso él clama sin cesar.

Y que nunca tú y yo conoceremos a Jesús como una realidad de nuestras vidas hasta que no le reconozcamos como nuestra mayor necesidad. Voy a seguir con varios "nunca". Nunca clamarás por un Salvador hasta que no se basquete a lo profundo y oscuro de tu pecado y cuánto necesitas ser salvado. Nunca buscarás a Jesús con la devoción y entrega que él amerita hasta que no te veas como un desahuciado espiritual cuya única salida y rescate se encuentra en él. Nunca tendrás esa devoción o esa pasión hasta que no te des cuenta de eso. Nunca le clamarás por misericordia hasta que no reconozcas que eres indigno de todo lo que él te pudiera dar. Nunca pedirás para que él te permita recobrar la vista hasta que no estés consciente de que estás ciego.

¿Y ustedes saben que a veces somos tan ciegos que no podemos ni siquiera saber que estamos ciegos? Que Dios tiene que intervenir y traer esa convicción. Y hasta que esa convicción no esté, Jesús será simplemente otro maestro más cruzando la calle de Jericó, y no el Mesías y Redentor de nuestra alma. Otro más, otra religión más. Pero esa no era la actitud de este hombre. Él gritó aún más, con más persistencia: "¡Hijo de David, ten misericordia de mí!"

Hasta ahora hemos visto a Bartimeo, su condición y su clamor, todo lo que revela.

Pero ahora pasamos a la tercera y cuarta parte: la reacción misericordiosa del Mesías y la sanidad milagrosa, maravillosa, de la ceguera.

Versos 49: "Jesús se detuvo y dijo: Llámenlo. Y llamaron al ciego, diciéndole: Anímate, levántate, que te llama." Jesús se detuvo. Uno pudiera pasar eso por alto muy fácilmente. Se sucede, tú, pero espera, recuerda bien. Jesús va camino a la acción, al evento más importante, no solamente de su vida aquí en la tierra, sino de toda la historia de la humanidad. Él iba a morir en la cruz para redimir a todos los pecadores que creyeran en él. Él iba en esa labor, en ese trayecto. Una muchedumbre le seguía, paso por paso, para ir hasta ese lugar. Toda una caravana de cientos de personas, pero Jesús se detiene ante alguien insignificante que era una molestia para muchos de los que estaban allí. Pero Jesús se detiene.

Mientras la multitud mira a Bartimeo como un estorbo, Jesús lo mira con ojos de compasión. Es que el amor, la gracia y la misericordia que son parte de la naturaleza de Cristo, lo movieron a romper la agenda redentora, si se pudiera llamar así, romper, a cambiar el programa, a obviar el calendario para atender a un hombre indigno como Bartimeo. Y así lo hace contigo y conmigo. Ustedes conocerán la frase que se ha mencionado mucho de este púlpito: el amor complica la vida del que ama y descomplica la vida del amado. A Jesús no le importó complicar su agenda, romper el calendario, lo que sea para descomplicar la vida de Bartimeo.

Y esa cualidad maravillosa de nuestro Señor es una cualidad que deben tener todos aquellos que dicen ser sus seguidores. Es lo que dice Primera de Juan, capítulo dos, cinco al siete. Dice: "Pero el que guarda su palabra, en él verdaderamente se ha perfeccionado el amor. En esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él debe andar como él anduvo." Si tú dices que guardas su palabra, entonces su amor se ha perfeccionado en ti, el amor de él en ti, y entonces andas como él anduvo. Haces lo que él hizo, dices y tratas a otros como él lo hizo. Esto es lo que hace Jesús aquí y es lo que nos llama a nosotros.

Pero no solamente Jesús se detiene, sino que también les dice: "Llámenlo, que venga." Y yo me imagino lo vergonzoso, lo incómodo de los que estaban allí, porque hace poco le estaban rechazando: "¡Silencio! Sí, sí, sí, aquí estamos en algo, estamos con Jesús, hay mucha gente que va por un sitio, ¿qué es lo que está siendo ahí?" Y de repente Jesús comienza a decirles: "Llámenlo." "Un momento, ¿me va a decir qué, Señor?" "No, que lo llamen, que venga." "Sí, que lo llamen." "Bueno, como te sigo diciendo, tú sabes que el Señor te llama. Sí, sí, lo voy a... que la bulla ahorita nos... me estaba dejando, pero te está llamando, así que venga, anímate, muévete, vamos." Imagínate. Eso lo hace Jesús de verdad.

Esto parece que me dio jocoso, pero a la vez es un poco triste porque yo me ponía a pensar: oye, tal vez podría ser yo uno de esos que mandaran a callar a Bartimeo. "Tú sabes que estamos en una cosa seria aquí, estamos haciendo algo para Dios, o sea que no hay tiempo para ti ahora mismo. Lo siento, quédate por ahí a un lado, que esto es más serio." A veces los mismos hijos de Dios somos el mayor estorbo para que los que no son hijos de Dios vengan al reino de Dios. Porque no mostramos su amor, su misericordia, su paciencia, porque no rompemos nuestro calendario por ir a mostrar a Cristo a otros. Porque tal vez nuestra vida tampoco es coherente, como él anduvo, entonces somos estorbo más para aquellos que quieren llegar a donde está Jesús. O tal vez es muy complicado: "¿Quién se va a poner a hablarles a gente, invitarle a la iglesia y que salir con ellos, ir a comer?" Si tú estás aquí invitado, te van a... Pero es ese complicado, sí, claro que es complicado, porque esto es imitar a Jesús. Y esto cuesta.

Pero entonces Jesús se detiene y le llama. La historia inicia con Bartimeo llamando a Jesús y ahora es Jesús quien está llamando a Bartimeo. Oh, bendito Señor.

¿Cuál fue la respuesta de Bartimeo cuando supo que Jesús le llamaba? Verso 50: "Arrojando su manto" —en buen dominicano, jondeando su manto, dándole un zumbón a su manto— "se levantó de un salto" —yo estoy ciego pero no inválido— "y fue a Jesús." Ahí tú te das cuenta, hermano, que este hombre sabía: ese es quien tiene mi solución, mi esperanza. Bartimeo no tenía muchas cosas en la vida, él era un mendigo, tal vez lo que tenía puesto era lo que tenía: una ropa, verdad, maloliente, sucia, rota, ese manto que estaba ahí, que tal vez donde le echaban las monedas. Pero cuando Jesús lo llamó, todo lo que tenía dejó de ser relevante.

Vamos allá. Mi hermano, mi hermana, o mi amigo que estás aquí, cuando Jesús llama es necesario que se muestren estas características de Bartimeo. Primero, estás consciente de una necesidad imperante en tu vida, y es: "Señor, ten misericordia." Y lo segundo es que conoces que Jesús es quien puede y está dispuesto a satisfacer esa necesidad.

Yo lo voy a decir de otra forma. Cuando alguien no responde ni viene a Jesús cuando él le llama, se debe primero a que la persona no se da cuenta de lo grande, profunda y urgente que es su necesidad. Por eso no le busca. Él no sabe que está perdido, no sabe que está ciego, que es un esclavo a su pecado, que vive por vivir, que vive para lo vacío, lo vano, carente de propósito, y está en camino a la perdición eterna. Y no se da cuenta o no quiere aceptarlo. Por eso no responde al llamado de Jesús que dice: "Ven, que te llamo." No entiende que su gente... no entiende que hay necesidad.

Por otro lado, la persona no atiende al llamado de Jesús por la siguiente razón: puede ser que la persona sí ya ha llegado a entender que "yo necesito algo, como vacío, qué sentido tiene esto, y yo como que me siento mal espiritualmente." Sin embargo, lo que no ha llegado a entender es que Jesús es quien puede satisfacer esa necesidad. Busca desesperadamente otras fuentes para saciar eso que tiene dentro: otras fuentes, personas, relaciones, su trabajo, profesión, hijos, viajes, pasatiempos. Busca y busca lo que solo se encuentra en Cristo. No entiende o no cree que solo Jesús puede y está dispuesto. Por eso, ante su llamado, no responde o pone excusas.

Hermano, o amigo, si tú estás allí, date cuenta de dónde estás, en qué condición estás, y ven a quien tiene mucho más que darte. Es posible que hoy, al igual que en el camino en que Jesús andaba, él se detiene y comience, a través de la predicación de su palabra, a llamar a algunos que están aquí. Yo no sé, eso Dios lo sabe, pero cuando él te llama, tú lo sabes, tú sabes que él te está buscando. Y es bueno recordarte que, a pesar de tu condición, él tiene misericordia abundante y compasión sin medidas para escuchar cuando clames: "Señor, pero es que yo soy indigno. Ten misericordia de mí." Él puede escuchar ese clamor, él puede detenerse, y él puede llamarte y sanar tu ceguera de corazón y espiritual.

Por eso entonces la última parte es la sanidad maravillosa de esa ceguera, cuando Bartimeo sí escucha el llamado de Jesús. Verso 51: "Y dirigiéndose a él, Jesús le preguntó: ¿Qué deseas que haga por ti? Y el ciego le respondió: Raboni, que recobre la vista. Vete, tu fe te ha sanado, le dijo Jesús. Al instante el ciego recobró la vista y lo seguía por el camino."

Qué pregunta más extraña esta, verdad: "¿Qué deseas que haga por ti?" Algunos jóvenes dirían: "¡Dah! Obvio." Pero Jesús tenía una intención con esta pregunta. Si tú hubieras leído el capítulo completo 10, tú te darás cuenta que Jesús hace esa misma pregunta versículos antes a otras personas, y eran dos de sus propios discípulos. "¿Qué quieren que haga por ustedes?" Verso 36.

¿Cuál era el contexto ahí? Bueno, en el verso 35, oigan bien lo que hacen estos barbarazos, como decimos. Marcos 10:35: "Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús diciendo: Maestro, queremos que hagas por nosotros lo que te pidamos." ¿Se siente la humildad que trabaja? ¿Se siente la sencillez y la humildad? ¿Quién es o metido, como decimos, verdad? Pero lo extraño, lo más increíble, es la humildad extraordinaria con que Jesús los trata. "¿Qué ustedes quieren que haga por ustedes?" El digno de ser servido, Rey de reyes, Señor de señores, está aquí en servicio del hombre, del pecador. Y ellos le dicen: "Mira, lo que queremos simplemente es que nos pongas a tu izquierda y a tu derecha en tu reino, allí en la posición, verdad, de renombre, de prestigio, de poder. Somos los hijos de Zebedeo, tú sabes quiénes somos, pues."

Y Jesús, verdad, también con gracia, con paciencia, les responde: "Eso no soy yo quien lo ha decidido, eso está preparado por mi Padre." Pero por el otro lado: "Quiero dejarles una lección." En este capítulo 10, verso 43, él sigue diciendo: "Entre ustedes no es así, sino que cualquiera de ustedes que desee llegar a ser grande será su servidor. Y cualquiera de ustedes que desee ser el primero será siervo de todos. ¿Por qué? Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos." Yo soy el estándar del caminar y del andar.

¿Qué es lo que desean? Y aquí hay un contraste. Yo creo que por eso Jesús hace la pregunta aquí nuevamente: "¿Qué deseas que haga por ti?" Porque lo que deseaban aquellos era nombre, posición, orgullo detrás. Pero ahora este simple hombre ciego, cuando Jesús le hace la pregunta, él no desea una posición elevada o prestigio, no desea poder. Eso lo quería ver. Eso lo quería: una de las necesidades o privilegios que tienen muchos, pero yo no lo tengo. Ellos vinieron con aire de grandeza reclamando lo que creían merecer, pero Bartimeo se acerca con humildad suplicando por un favor inmerecido: "Ten misericordia de mí."

Y el ciego le responde: "Raboni, que recobre la vista." Raboni es traducido como maestro, pero hay otra palabra que es la más frecuente usada: rabí.

Raboni entonces tiene otra connotación especial, y esto es importante porque habla de cuánto este ciego apreciaba a este Señor. Raboni era más bien "mi maestro, mi señor, que recobre la vista". ¿Cómo es que este hombre, sin haber visto a Jesús, sin haber estado con él nunca antes, simplemente por lo que ha oído de él, llega a la conclusión de que él es el Hijo de David y ahora él es Raboni? "Tú eres mi maestro, mi señor". Este hombre conocía mucho del Señor. Eso es importante, o central, o indispensable para cualquier fe que agrade a Dios: conocimiento de quién es él.

"Que recobre la vista", y aquí el verbo de recobrar es anablépo, eso es griego, pero lo que significa es eso mismo: recobrar. Quiere decir que este hombre tenía vista en un momento y después la perdió por accidente, por enfermedad, por lo que sea, pero ya no la tenía por un buen tiempo. Este no era un ciego de nacimiento como hay otro en la Biblia; él era un ciego que había visto antes. Y yo no sé cuál es la peor condición: si haber nacido ciego y nunca haber visto, o haber visto por un tiempo y después nunca más ver. Pero lo que sí se está mostrando con esta petición de Bartimeo es una confianza increíble en el poder de Jesús para hacer lo imposible. Humildad, pero también fe increíble en ese Jesús. Él le pide que sane sus ojos, que restaure su anatomía oftalmológica, como decimos, pues dicen los doctores, que estaba dañada, y haga el milagro de volverlo a hacer funcionar.

Jesús responde: "Vete, tu fe te ha sanado", le dijo Jesús. Al instante el ciego recobró la vista y lo seguía. Y la palabra clave ahí es "tu fe te ha sanado", porque "sanado" es clave. Interesantemente, Jesús no utiliza el verbo que regularmente se usa para sanar, que es usado específicamente para sanar, que es iáomai, sino que utiliza otro verbo que es sózo, que abarca sanación pero salvación también. O sea que esta fe que Bartimeo había depositado en Jesús le había servido como medio para llegar a su sanidad y a su salvación.

Lo que estaba ocurriendo aquí era más que una sanidad física, mis hermanos. El verso 22 nos dice esas dos cosas que están pasando: primero la sanidad, al instante el ciego recobró la vista, y después la salvación, y lo seguía por el camino. Lucas 18, que tiene este mismo relato, verdad, abunda un poco más: "Y al instante recobró la vista y lo seguía glorificando a Dios". Ahora este Bartimeo dejó de estar junto al camino con sus mantos y sus limosnas, y su vida cambió. Conoció a Jesucristo, fue sanado, pero ya no volvió a estar allí, no volvió a su casa. Siguió a Jesús por el resto de sus días, según la historia cristiana. Su confianza le había salvado. Bartimeo fue sano y salvo al mismo tiempo. Dios lo curó de la ceguera física y la espiritual.

Ahora, hermanos, estamos llegando a la conclusión, y yo creo que es bueno recordar que todos los que estamos aquí hemos nacido con ceguera de nacimiento. Nacimos ciegos espiritualmente debido a nuestro pecado y no podemos ver a menos que Dios nos ayude. No podemos ver nuestra condición y lo que Dios quiere para nosotros. ¿Qué necesitan los ciegos que nacen así entonces para poder ver? Bueno, lo que hizo Bartimeo: debes venir a Jesús y clamar por misericordia, reconocer que no mereces esa misericordia, y entonces responder a su llamado con fe, decirle "Señor", y seguirle hasta el final.

Pero esta historia tiene un recuerdo para nosotros los que somos creyentes, y es que Jesús aún escucha nuestro clamor por misericordia. A él le importa todavía nuestra necesidad. Jesús aún hoy se detiene a atender nuestro ruego. Él sigue escuchando nuestra más limitante condición. Jesús sigue restaurando al caído. Jesús sigue salvando al perdido.

Volvemos a Fanny Crosby, pero en este momento ya está en una prisión. Fue a esa prisión a predicar el evangelio a los que estaban allí. Llevó algunos de sus cantos, enseñó, y en la primavera de 1868, cuando ella salía de esa cárcel, se oye una voz de uno de los que están allí en la cárcel gritando suplicantemente: "¡Señor mío, no me pases de largo!" Cuando ella salía y salió de la prisión, se quedó con esa expresión: "Señor mío, no me pases de largo". Y ella fue inspirada para escribir un himno tomando como referencia ese clamor, pero también recordando a Bartimeo. Y ese himno fue el primero que alcanzó notoriedad internacional. Se llamaba, o se llama, "Pass Me Not, O Gentle Saviour", "No me pases de largo, oh gentil Salvador". Una estrofa, que es lo único que podemos leer ahora, dice así: "No pases, oh tierno Salvador, escucha mi humilde clamor. Mientras a otros llamas, no me pases de largo. Salvador, Salvador, escucha mi humilde clamor. Mientras a otros llamas, no me pases de largo".

Vamos a orar. Señor, poéticamente esta mujer de manera figurada está diciendo que tú pudieras estar pasando por un lugar y hay un necesitado y no llamarlo y pasar de largo. Pero eso es una poesía, porque conocemos que bíblicamente todo lugar donde tú pasas tienes un objetivo y te vas a detener para llamar a aquel que va a ser tu hijo o que es tu hijo. Así que, Señor, si a ti te place pasear por este lugar y llamar y detenerte para observar a algunos y decirles "ven, que te llamo", Señor, permite que el corazón que escuche tu llamado hoy pueda tener esa sed que tenía ese prisionero y este ciego: "Señor, no pases de largo".

Señor, ten misericordia de mí. O si tú eres un no creyente hoy, pero Dios te ha hablado y te está llamando, y hoy quieres venir y responder a su llamado, háblale y dile: "Señor, ten misericordia de mí. Ya está bueno, tú me estás buscando. Yo quiero que tú seas mi Raboni, mi Señor, mi maestro. Yo sé que no soy digno, yo sé que te he faltado, pero le escucho al Mesías misericordioso, al Mesías paciente. Hoy tengo la confianza de decirte: Señor, atiende mi clamor. Quita mi ceguera y ayúdame a ser tu seguidor por el resto de mi vida".

Señor, hoy, hoy tú tienes el mismo poder para salvar que lo tenías cuando pasabas por Jericó. Salva, Señor. Tú eres el autor de salvación. Salva, Padre, a través de tu Hijo. Restaura los corazones, Señor, que piensan que tú no escuchas el clamor por misericordia. Señor, que hoy te puedan decir con toda confianza: "Ten misericordia de mí, Señor", y puedan entender que esa misericordia es abundante, sin medidas. Abrázanos, Señor. Gracias, Señor. En el nombre de Jesús. Amén.

Joel Peña

Joel Peña

Joel Peña es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad. Sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Es pastor de los ministerios de jóvenes de la Iglesia Bautista Internacional y completó una Maestría en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.