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Sermones

Y esto eran algunos de ustedes

Joel Peña 28 abril, 2024

La iglesia de Cristo no es una reunión de personas perfectas, sino una congregación de pecadores convertidos. Esta verdad atraviesa 1 Corintios 6:9-11, donde Pablo enumera una lista severa de quienes no heredarán el reino de Dios: inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, difamadores y estafadores. Pero la lista no termina en condenación; termina en transformación: "Y esto eran algunos de ustedes, pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo".

Corinto era conocida como la ciudad de la fornicación, con templos dedicados a Afrodita donde miles de prostitutas ejercían como parte de cultos paganos. En ese contexto, Pablo escribe a creyentes que antes participaban de todo aquello. Su advertencia es clara: no se dejen engañar. Aunque médicos llamen enfermedades a estos pecados, los jueces los aprueben como legales o la sociedad los normalice, Dios sigue llamándolos por lo que son. Sin embargo, el énfasis no está en la condenación sino en el poder transformador de la gracia.

La vida cristiana es el proceso continuo de llegar a ser lo que ya somos en Cristo. Como un príncipe de diez años que hereda el trono: ya es rey, aunque sus acciones todavía no reflejen madurez real. La gracia que rescata es la misma que transforma. Todo creyente es un "ex" de algo: ex adúltero, ex mentiroso, ex idólatra. La pregunta no es si el pecado sigue presente en la lucha diaria, sino si hubo un quiebre real, un antes y un después que marca una nueva dirección hacia Cristo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vengan! ¡Eh! La semana pasada, hermanos, nosotros escuchamos un sermón muy confrontador y sobrio. El pastor Miguel nos estuvo hablando en un sermón titulado "El ocaso de una civilización", basado en los últimos versículos de Romanos capítulo 1. Fue sobrio y confrontador porque nos recordó la condición oscura en la que se encuentra el hombre que ha decidido rechazar y cambiar la gloria del Dios creador por la creación, la criatura. Ese hombre ha decidido cambiar la verdad inmutable de Dios por la mentira, y ese hombre no tuvo en cuenta reconocer a Dios ni darle gracias por quien Él es, sino que no lo hizo.

Y el sermón y el pasaje nos recordaban que Dios hizo en respuesta. Dios lo soltó —en dominicano— en banda. Dios los entregó. Los entregó a que, bueno, tú quieres lujuria: la lujuria de tu corazón, te entregó a la lujuria de tu corazón, haz lo que quieras. Los entregó a pasiones, y dice que la característica es pasiones degradantes, bajas. Específicamente, Pablo en Romanos decía: hombres con hombres y mujeres con mujeres teniendo relaciones, pasiones degradantes. Los entregó, por último, a una mente depravada, una mente depravada que es caracterizada —dice el versículo— por hacer lo que no conviene; no saben ni siquiera lo que les conviene y lo hacen, porque no reconocen lo bueno de lo malo ni la verdad de Dios.

Nuestro pastor terminaba diciendo: "Ahora, la iglesia no se puede entretener señalando los pecados de los que están afuera e ignorar los pecados de los que estamos dentro." Y terminaba, verdad, con un pasaje de Pedro, haciéndonos recordar que el juicio comenzará por la casa de Dios.

Durante los días que pasaban, yo recordaba, verdad, esas palabras finales; yo reflexionaba, y con la ayuda de la oración y entendiendo la dirección del Espíritu, me llevó a una verdad. Y es que, aunque tú y yo ya no estamos en el mundo como estábamos antes —los que hemos creído—, cuando sí estábamos, nuestro caminar era alejado de Dios. Están profundamente, en muchos casos, cosas que también experimentamos: dar rienda suelta a nuestros deseos, y vivimos sumergidos en esa forma de caminar. Otro de nosotros, ese camino nos llevó a pasiones degradantes, profundas, lejanas de Dios y de Su diseño, y nuestra mente también estaba corrompida o depravada, hasta que Cristo nos salvó.

Y esto es, hermanos, lo que es la iglesia de Dios. La iglesia de Cristo no es más que la congregación de pecadores convertidos por Cristo. Aquí no están los perfectos congregados para adorar al Dios perfecto, ¿no? Aquí están pecadores y pecadoras, pero que un día encontraron a Cristo y fueron convertidos, transformados, perdonados, y adoran a ese Dios en gratitud por lo que hizo.

La siguiente historia creo que nos refleja claramente esta idea. Buenos años atrás, un joven conoció al Señor a través de una de las grandiosas campañas de Billy Graham en Estados Unidos.

Él decidió, después de esa conversión en ese día: "Yo tengo que ir a la iglesia." Incluso el pastor Billy Graham le invitaba a eso a todos los que estaban allí, y él decidió ir a la iglesia, pero fue con temor. Fue como quien va por primera vez, diciendo: "Nunca en mi vida he pisado una iglesia, tengo miedo." Hasta temblaba, porque no sabía lo que se iba a encontrar allí.

Comenzó el servicio, comenzó la adoración, comenzaron las partes de lo que es el culto a Dios, y en un momento el pastor de la iglesia se pone de pie, toma la Biblia y lee 1 Corintios 6:9-11. Lee allí la lista de pecados que se encuentran en esos pasajes, pone la Biblia en el púlpito nuevamente, levanta la vista a la congregación y, con una sonrisa medio tímida, dijo a todos los que estaban allí: "Yo tengo curiosidad: ¿cuántos de ustedes tienen uno o más de estos pecados que yo leí en sus antecedentes? Y si es así, ¿te puedes poner de pie?"

En ese momento, al escuchar la pregunta, ese joven que estaba ahí por primera vez se asombró de lo que el pastor estaba haciendo y comenzó a mirar alrededor para ver si alguien se iba a poner de pie. Al principio nadie se ponía de pie, pero luego fue parándose un señor allá, una joven allá, una mujer acá, una pareja, hasta que la mayoría de los que estaban allí congregados estaban de pie. Y él se dijo a sí mismo: "Esta es mi clase de gente", y se puso también de pie. Porque él se sentía que era tan pecador, no sabía cómo era esto de ser cristiano, pero si los que son parte de la iglesia reconocen que estaban mal y Cristo los salvó, y la lista es seria —como lo vamos a leer—, pues yo soy uno de esos y me identifico.

Cristo nos sacó de ser pecadores culpables y sin esperanza, a pecadores hoy redimidos y perdonados, y con la esperanza eterna de estar con Él. Es por eso que hoy vamos a leer esos pasajes justamente: 1 Corintios 6:9-11, para tratar el tema "Y esto erais algunos de vosotros."

Así que acompáñenme a 1 Corintios 6:9-11:

"¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios? No se dejen engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto eran algunos de ustedes; pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios."

Amén. Bendito pasaje que muestra una gran realidad: éramos, pero ya no somos, porque Cristo interceptó nuestras vidas para transformarnos.

Ahora bien, es bueno conocer cuál es el hilo conductor que lleva a Pablo a este momento. Nosotros sabemos que la carta a los corintios fue dirigida a esta iglesia en medio de una sociedad muy pagana y muy carnal, con prácticas sexuales de las más bajas —y más adelante vamos a describir un poco esto—. Pero ese contexto lleva a Pablo a llamar la atención, a abrir los ojos a esta iglesia, a no conformarse a ese mundo que le rodea, sabiendo que muchos de ellos practicaban todas esas barbaridades; ahora son creyentes y no pueden ser igual a como eran antes.

En el capítulo 1, a pesar de ser una sociedad e iglesia afectada por esos pecados, Pablo inicia dando gracias a Dios por ellos, reconociendo las cosas asombrosas que Cristo había hecho en ellos. Y esto habla de un corazón sumamente pastoral, realmente, porque si uno —como veremos más adelante— conoce los pecados que esta iglesia practicaba, era mejor e iniciar inmediatamente con reprensión, con fuego, con firmeza. Pero eso no es lo que hace Pablo. La obra de Jesucristo los llamó e incluso los santificó, dice el versículo entre el capítulo 1 y el 2.

Entre el capítulo 1 y el 2, Pablo inicia entonces a confrontarles, y comienza con una confrontación que tiene que ver con divisiones. La división era la siguiente: "No, porque yo soy cristiano, pero yo soy de la línea de Pablo, me gusta la forma en que ese hombre predica." "No, no, no, pero tú te estás exagerando. Apolos es mejor, un predicador increíble, yo soy de Apolos." Y otro: "No, yo soy de Cefas, Pedro." Y otros: "No, no, yo soy de Cristo, señores." Y Pablo les confronta: "Miren, hermanos, ¿qué madurez es esta? Son carnales. ¿Cuál es el enfoque de sus vidas? ¿Quién les dijo a ustedes que nosotros somos algo?" Incluso en el capítulo 3 concluye diciendo: "Ni el que planta ni el que riega es algo, sino Dios que da el crecimiento." Así que Él es quien merece la gloria, y a Él es a quien debemos seguir.

En el capítulo 4 confronta entonces esa forma de sabiduría mundana que ellos estaban teniendo, y les invita a exaltar y vivir la sabiduría que es divina, la de Dios. En el capítulo 5, previo a las palabras que nosotros leímos hoy, Pablo aborda un tema muy serio, y es el siguiente, versículo 1 del capítulo 5: "Se oye que entre ustedes hay inmoralidad", y ojo, ¿qué tipo de inmoralidad? "Una inmoralidad tal como no existe ni siquiera entre los gentiles", al extremo de que alguien tiene la mujer de su padre —en la iglesia, dentro de la iglesia—. Inmoralidad extrema que no es comparada con los gentiles, los que no son judíos, pero en este caso ni siquiera creyentes, cristianos. Y el ejemplo, o la situación real que estaba pasando, es que alguien se acostaba y tenía relaciones con la esposa de su papá.

Pablo entonces les remueve y les dice: "¿Cómo va a ser que ustedes no hacen nada? ¿Cómo va a ser que ustedes, en vez de juzgar y tomar cartas en el asunto, lo que hacen es incluso ignorar esa situación?" Y entonces llegamos al capítulo 6, donde después de abordar ese tema tan profundo, él va a un dilema ya ético: hermanos cristianos se están demandando legalmente los unos a los otros por situaciones del día a día. Había disputas personales e interpersonales entre los creyentes que eran llevadas a tribunales del mundo con jueces no creyentes —o como les dice Pablo, incrédulos—. ¿Cómo es eso posible?

Y es que, como dice el versículo 6: "¿No da vergüenza que entre ustedes no haya gente sabia, de peso, que pueda sentar a esos dos hermanos y decirles: 'Vengan, vamos a la Palabra, ustedes son cristianos'? ¿No hay nadie así? Eso es de vergüenza, que ustedes tengan que llevar eso a gente que no tiene como parámetro a Dios."

Ya en los versículos 7 y 8, previos a los versículos de hoy, Pablo dice: "Miren, no importa quién gane en ese tipo de pleito, es una derrota para ti, para el otro y para la iglesia. Quien quiera que gane, ambos lados pierden, porque el testimonio del cristiano y de Cristo está por el suelo." Se pudiera dedicar todo un sermón solo a ese tema, a sus ejemplos y a sus aristas, pero no es el tema de hoy.

Sin embargo, Pablo termina en el versículo 8 diciendo lo siguiente: "Por el contrario, ustedes mismos cometen injusticias y defraudan, y esto aun a sus propios hermanos." Es verdad que ustedes están demandando el uno al otro, están en pleitos, pero la característica que estoy viendo en ustedes como creyentes, como iglesia, es que están cometiendo injusticias —algo que no debe ser, porque ustedes no son injustos si están en Cristo— y están defraudando a sus propios hermanos. Ustedes, siendo cristianos, cometen injusticias. Esta es la realidad que Pablo resalta en el comportamiento de los cristianos de Corinto en esta parte, y no es posible entonces que, siendo salvos, se comporten como injustos teniendo a Cristo.

Justamente así es que vamos a dividir hoy nuestro mensaje en dos partes que tienen que ver con los injustos, porque ellos se estaban comportando así. La primera parte va a hablar de que Dios condena a los injustos que son culpables, y por otro lado, Dios transforma a los injustos que han sido perdonados.

Hermanos, la primera parte habla de injustos que son culpables, y es tan importante para todos nosotros los creyentes que realmente tengamos un sentir de la culpa que trae el pecado. Eso debe ser una marca distintiva del creyente: que esté consciente de que el pecado está en él y que eso le hace culpable, y por eso necesita a Cristo como Salvador y Abogado. Cuando eso no es así y esa marca no existe, se pudiera preguntar uno si realmente hay fe allí.

Como ilustración: en una ocasión, en una iglesia —no voy a decir nombre ni nada—, después de escuchar un sermón sobre la culpa, un miembro le dijo a su pastor: "Mira, pastor, yo estoy de acuerdo en que tú hables de este tema del pecado y todo eso, pero yo les quiero decir algo: mira, yo he pecado recientemente de esta forma y yo no siento culpa. ¿Qué me dice usted?" El pastor simplemente le respondió con una pregunta: "Mira, ¿qué pasaría si tú colocaras un peso aplastante sobre una persona muerta? ¿Lo sentiría?" El hermano no respondió nada. Simplemente oró por él, porque el pastor estaba diciendo: "¿Qué pasaría si un peso grande, como la culpa del pecado, está sobre alguien que está espiritualmente muerto? No lo sentiría. Lo muerto no siente." Por tanto, si el pecado no afecta nuestras vidas, no nos hace ver nuestra gran necesidad de Dios, entonces definitivamente necesitamos vida espiritual. Porque cuando la tenemos, entonces abrimos los ojos y podemos cantar: "Sublime gracia, que salvó a un infeliz como yo; estaba ciego, pero ahora veo."

Entonces Pablo inicia inmediatamente expresando lo que hace Dios con aquellos injustos que no han reconocido su culpa. El pasaje dice, versículo 9: "¿O no saben que los injustos no heredarán el reino de Dios?" Esta es la tercera vez que Pablo usa esa expresión, pero la usa más adelante también en este capítulo. En el versículo 2 dice: "¿O no saben que los santos juzgarán al mundo?" Escúchenme: "¿No saben?", primero, que los injustos no van a heredar el reino de Dios; y segundo, que los justos, los santos, tienen la responsabilidad más grande, que es la de juzgar al mundo con Dios en algún momento de la historia. Y ustedes no se están atreviendo a juzgar a los hermanos en su día a día y en la iglesia para ayudarles a salir. Ustedes no...

Limpio y párrafado el fragmento:

Lo saben, acaso. El verso 3 dice: "¿No saben que hemos de juzgar a los ángeles?" Hermano, yo no entiendo bien cómo va a ser eso, sinceramente. He hablado con los pastores que saben de escatología y esas cosas, yo no sé de los tiempos finales, pero la Palabra dice: "¿Ustedes acaso no saben que el lugar de sentado o justificación que Dios les ha puesto como creyentes está a tan alto nivel que ustedes juzgarán al mundo y juzgarán a los ángeles?"

Y que los que no son justos no heredarán el reino de Dios. ¿Qué es esta palabra "heredarán"? Bueno, el que hereda es porque es hijo, es familiar del que tiene la raíz. Los injustos no lo heredarán porque no fueron hijos, no son hijos. Y hay otro "no saben" que está en el verso 19 del mismo capítulo, que dice: "¿O no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en ustedes, el cual tienen de Dios, y que ustedes no se pertenecen a sí mismos, porque han sido comprados por un precio?" ¡Bendito sea Dios!

Es importante saber lo que somos, y es importante saber lo que Dios ha dicho que va a hacer con lo que somos y lo que no son justos como Él desea. El saber y conocer la verdad de Dios que profesamos es esencial, hermano, para una vida de piedad. Y hermano, de verdad, yo me quedo pensando en la forma en que él se expresa: "¿Y ustedes no saben?" ¿Cómo es que no lo van a saber?

Es que es totalmente claro. Tú te has rodeado de injustos, tú te has metido en una sociedad donde eso no es nada, no te creas que para Dios no es nada. ¿Tú no sabes que aquellos que se caracterizan por vivir de esa forma no heredarán el reino de Dios? Pues no te unas a ellos. ¿O no sabes que tu cuerpo es templo del Espíritu, como dice ese verso 19, que está en ustedes y que ustedes no se pertenecen a sí mismos?

Bueno, ¿alguna vez tú has ido al espejo como cristiano y te has mirado allí, y te has quedado así, diciendo: "Yo, él, eso que tengo ahí no me pertenece, eso es de Dios, no soy yo, soy de Él"? ¿Acaso no sabes eso? Eso es lo que Pablo está tratando de recordar y recordar, porque depende de lo que sepamos, eso haremos; o esa es la expectativa, porque lo otro es que, si sabemos, no deberíamos dejar de hacer lo que sabemos.

Santiago 1:22 lo dice de otra forma. Dice: "Pero sean hacedores de la Palabra y no solo oidores, engañándose a ustedes mismos." Si ustedes la escuchan y la conocen, no se queden allí; hagan lo que esa Palabra dice, para que no se engañen. Entonces nosotros vemos aquí que él dice: "¿No lo saben?" La pregunta es: ¿qué es lo que implica un injusto? ¿Qué? ¿Hasta dónde llega esa palabra?

En griego es "adikos", sin justicia, "adikos", y se refiere a un carácter moral malvado, a gente que desea hacer el mal, a los incrédulos, porque en el verso uno de este capítulo esa palabra "incrédulos" es "adikos" también, injusto, pero es traducida así para mejor comprensión. Son aquellos que están inclinados a perjudicar a otros. Consultando el comentario de Simon Kistemaker sobre esta carta, tomo esta cita: "Pablo no se refiere a quienes pecan, se dan cuenta de sus errores y se arrepienten." No, eso no es lo que son los injustos; si fuera así, todos fuéramos injustos y mereceríamos condenación, no importa que tuviéramos a Cristo.

No, él no se refiere a quienes pecan, se dan cuenta de sus errores y se arrepienten. Más bien, sigue la cita, apunta a los que voluntariamente continúan en sus pecados y se glorían de ellos. Esos son los caracterizados como injustos. Y era un término legal, como cada vez que se usa algo relacionado con justicia, donde se decía que alguien era culpable y el otro inocente o justificado. Así que Pablo está poniendo a Dios como el juez de todo, y quien determina quién es el justo y quién es el injusto. Y esos no heredarán el reino de Dios.

Dios es quien determina, y no importa los siglos que pasen, Él determinó que el injusto no heredará el reino de Dios. Sin embargo, el justo, que también se caracteriza por ser pecador pero que se arrepiente, que sabe que está en bancarrota espiritual, que va en arrepentimiento a Dios y dice: "Señor, necesito tu perdón, tu salvación", ese tiene ese perdón. Mateo 5:3, y Jesús lo decía de una forma mucho más clara: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos." Los pobres de espíritu son aquellos que saben que están sin recursos delante de Dios para decir: "Merezco tu perdón." "Yo soy pobre, Dios, me arrojo a tu misericordia." Y ese recibe no solamente el reino, sino al Rey mismo. Que Dios nos lleve a ese tipo de actitud.

En otras palabras, hermanos, son bienaventurados aquellos que reconocen su pecado. Pero ¿cuál es el carácter entonces, cómo se describen los injustos en este pasaje? Bueno, aquí está la lista, y la lista comienza desde el verso 9 hasta el verso 10, con muchas características de esos injustos.

Sin embargo, él menciona antes de la lista una expresión: "No se dejen engañar". No se desvíen de la verdad, la virtud o la seguridad que Dios ha establecido. Y no es la primera vez tampoco que Pablo usa esa expresión. Yo voy a ir a un par solamente para que ustedes tengan una idea. Primera de Corintios 15:33 dice: "No se dejen engañar, las malas compañías corrompen las buenas costumbres." Gálatas 6:7 dice: "No se dejen engañar, de Dios nadie se burla, pues todo lo que el hombre siembre eso también segará."

No caigas en el cuento de lo que todo el mundo quiere creer. Tú tienes la verdad. Y en estos ejemplos pudiéramos tomarlo y decir: mira, no te dejes engañar. Por más que tú digas: "No, que no me está afectando juntarme con otros mundanos y saliendo con ellos todos los días", no, no te engañes. Yo digo que las malas compañías corrompen las buenas costumbres. No te engañes. No te dejes engañar, de Dios nadie se burla, pues todo lo que el hombre siembre eso también segará. No nos pasa nada si decimos: "Dios, yo he hecho algunas cosas malas y todavía todo me va bien." Mira, no te dejes engañar. Ese Dios que es Rey, que es Juez, está en su trono y de Él nadie se burla. Esa es la expresión de Pablo aquí.

Cualquier hermano que te haga pensar que puedes vivir como quieras y estar bien con Dios es un mentiroso. No te dejes engañar. Y si ese alguien eres tú mismo, que te está diciendo eso, es un mentiroso, porque Dios no ha revelado eso.

No se dejen engañar. Les diría entonces, diría Pablo, ¿quién no está en el reino? Y aquí comienza la lista desde el versículo 9: "Ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los difamadores, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios." Una lista de diez vicios, severa advertencia.

Porque cuando nosotros comenzamos a leerla, él comienza con un término muy general que pudiera servir de sombrilla para todos los demás: los inmorales. Pero tiene una connotación que es inmoralidad sexual, porque la palabra ahí es de la raíz de *porneia*, que usamos hoy en día para "porno" o "pornografía". Tiene que ver con esos deseos sexuales ilícitos delante de Dios, satisfechos inmoralmente, todo lo que está afuera de los parámetros de Dios.

Déjame detenerme un poco ahí, en los inmorales. No describí con mucho detalle a Corinto antes porque quería hacerlo en este momento, y es porque esta palabra aquí define claramente a Corinto. Algunos autores, historiadores griegos y romanos llamaban a Corinto de la siguiente forma: la ciudad de la fornicación y la prostitución. Quien iba por allí y pasaba por ahí tenía un interés de fornicar o prostituirse o buscar de ello. El pastor mencionaba en sus sermones pasados a Las Vegas, la ciudad del pecado que hoy es llamada por esas siglas. Bueno, pues Corinto era eso en los tiempos de Pablo. Incluso se le acuñó un término griego que significaba "vivir al estilo corintio". Corintianizarse era como vivir de la forma en que los corintios vivían, describiendo la inmoralidad de esa ciudad.

Tenía allí el famoso templo de Afrodita, la diosa del amor, donde había cientos y hasta miles, según algunos, de prostitutas y prostitutos para, dentro de sus cultos paganos, tener relaciones. Era una sociedad degradada, y a tal punto, hermano, que no solamente era inmoral sexualmente, sino también pagana en cuanto a sus ídolos, idolatría completa en esa ciudad. El comentarista Simon Kistemaker dice: "Corinto daba la libertad para que diferentes grupos religiosos practicaran su fe." Oye, suena positivo, ¿o no? Pero hay más. No solo estaba el culto a Afrodita, donde había prostitutas y un templo para hacer eso. También se adoraba a Asclepio, a Apolo y a Poseidón, dioses también de la mitología griega. También había altares y templos para deidades griegas como Atenea, Hera y Hermes. Otros altares estaban dedicados a los dioses egipcios Isis y Serapis. Los judíos eran otro de los tantos grupos religiosos que también estaban asentados allí.

Ahí se aceptaba lo que fuera. Si tú crees eso, no hay problema, y las prácticas que esos dioses pedían se realizaban a toda luz del día. Incluso, como veremos más adelante, algunos de esos dioses y sus prácticas requerían eunucos. El eunuco es aquel que tenía una cirugía, con el término de hoy en día, transgénero, y se castraban para practicar sus actos sexuales de forma homosexual. Esa era Corinto.

Y yo me hacía la pregunta: ¿cuántas veces yo he dicho y he escuchado a otro hermano que en estos días no es fácil ser creyente? Tú sabes lo corrupto que está este mundo. Esto no es nuevo, brother. ¿Te imaginas en ese tiempo ser cristiano e ir en contra de todo eso y decir: "Ustedes se van al infierno y a condenación si no se arrepienten"? Como le ocurrió a Pablo, que lo apedrearon. En fin.

Los inmorales. Los idólatras, y esto está claro aquí, ¿verdad? Adoraban a dioses falsos. Los adúlteros, que tienen relaciones sexuales con alguien que no es su pareja, su esposo, su cónyuge, deshonraban el matrimonio. Los ladrones, que se llevan lo que no les pertenece. Los codiciosos son personas materialistas que nunca están satisfechas con lo que tienen. Los borrachos están ahí: no entrarán al reino de Dios. Sí, hermano. Es que nosotros a veces llamamos de una forma a alguien y decimos: "Qué pobre, está adicto", pero es un pecado lo que lo ha llevado a esa adicción, y debido a ese pecado han llegado a ser caracterizados como borrachos, alcohólicos testarudos que no quieren salir de esa condición. Los difamadores, los abusadores verbales que usan la calumnia para cancelar y maltratar a otros. Los estafadores son malversadores y extorsionadores que se aprovechan económicamente de otros. Y ahí terminó la lista.

Ahora bien, yo me salté un par. Me las salté porque evidentemente esas otras características son, en otros tiempos, consideradas tan malas como las demás, pero hoy en día se nos quiere vender que estas otras no son tan malas, que hay que aceptarlas, que hay que aprobarlas, que hay que aplaudirlas y que tenemos que unirnos ahí. Pero eso es algo serio.

Dice una de las características: los afeminados. El griego *malakos*, que significa "los delicados". Era un peyorativo para hombres que eran delicados o afeminados, que actuaban o hablaban como mujeres, se vestían como mujeres, y frecuentemente eran también homosexuales, pero de la parte pasiva. Hombres en prostitución en esos templos que le decía. Hombres, en nuestros días y en esos tiempos también, travestis, transgéneros, aquellos que se ofrecían a sí mismos al homosexual agresor. Eso eran los afeminados. Esos no entrarán en el reino de Dios si no hay arrepentimiento. Lo que necesitan es arrepentimiento y necesitan a Cristo. No necesitan aprobación. Nos identificamos porque muchos de nosotros, como veremos más adelante, éramos o participábamos de todo eso, y somos pecadores en necesidad de transformación.

Por último, los homosexuales. Esta es una palabra compuesta, en nuestro idioma también lo es, ¿verdad? Pero en griego es *arsenokoitai*, que significa, por un lado, masculino —*arseno*— y cama —*koitē*—. Por eso muchas traducciones dicen "los que se echan con varones", "los que se acuestan con varones", por esa traducción, porque tiene que ver con toda relación sexual íntima fuera de los parámetros de Dios que se realiza con personas del mismo sexo. Una relación sexual entre esas personas es una afrenta a Dios, como lo es el pecado de todos nosotros.

Sin embargo, es relevante hoy en día porque, a pesar de que en República Dominicana todavía no ha llegado una obligación de este tipo, ustedes conocen que en otros países ya se obliga a que no se debe hablar de esto como pecado ni que la persona debe convertirse o arrepentirse de esa forma de vida. Y la pregunta grandiosa es: si eso llega acá, ¿qué vamos a hacer? ¿Llamaremos al pecado como Dios lo llama, pecado, o nos amoldaremos al mundo por temor a las consecuencias? Pablo no tenía ese temor. Pablo lo sabía.

Aquí hay un par de aclaraciones importantes que yo quería hacer, ¿verdad? Yo no quiero sonar enjuiciador, porque yo no soy el juez. Es Dios quien está diciendo esto. Yo estoy del lado de que soy un pecador con debilidades serias, y que necesito todos los días, desde el día de mi salvación hasta el final, a Cristo para perdón, para restauración y para transformación. Así como lo necesitan todos los que están aquí. Pero hay que aclarar algo importante. Todos estos pecados, como dije, siguen siendo pecados hoy, aunque los médicos los llamen enfermedades, aunque los jueces los aprueben como legales, aunque la sociedad los normalice, los terapeutas los consideren como un comportamiento normal, o las encuestas de opinión general puedan considerarlos aceptables. Dios los llama por lo que son: pecados. Y un pecado es una rebelión directa al carácter de Dios, a su ley, a su naturaleza y a su deseo para con el hombre. Por eso, porque está en contra de Dios, diametralmente opuesto a su diseño, es que los que practican esas cosas no heredarán el reino de Dios.

Otra aclaración importante es que esta lista es representativa y no exhaustiva. O sea, aquí no están todos los pecados. Y te digo: ¿y yo lo puedo deducir? Verdad que para hacer el mal y cometer y vivir de esa forma hay que ser un orgulloso, hay que ser un rebelde, sí, ese es un pecado serio; hay que vivir en la mentira, claro, es un mentiroso. Pero hay otros pecados que no están allí. Esta lista no pretende presentarlos a todos. Sin embargo, sí podemos estar seguros de que si tenemos un pecado favorito que no está incluido en esa lista, pero ese pecado nos gobierna, pues tiene el poder para arrastrarnos al infierno también, si no es llevado a Cristo.

Lo que el texto entonces sí dice, y está diciendo verdad, es que cualquier persona cuya vida está caracterizada por estos actos contaminosos y piensa que va al cielo se engaña. No te dejes engañar: Dios sigue siendo Dios, el pecado sigue estando mal a sus ojos. No te dejes engañar. Eso es lo que cubre el primer punto: Dios condena a los injustos que son culpables.

Pasamos al segundo y último punto, al glorioso último punto: Dios transforma a los injustos que han sido perdonados. Hay algunos de nosotros que seguimos siendo pecadores —algunos, no todos—, pero como los corintios hemos sido llamados santos. Sí, porque Dios nos tomó, nos separó y nos hizo posesión suya: "Te quiero para mí, y tú eres santificado." Hemos sido llamados justos porque alguien pagó nuestra deuda y ya no hay nada en contra nuestra. Tú eres justo por el que lo pagó. Y aunque hoy sigues manifestándote como pecador, Dios no te ve de esa manera.

Voy a utilizar ahora una ilustración del pastor H. B. Charles sobre este texto. Dice: cuando un rey muere y le sucede su hijo, imagínense un príncipe de diez años. La actitud, el comportamiento, las palabras, la forma de proceder de este reycito de diez años no parecen las de un rey. Sin embargo, años más tarde, unas décadas después, él crece y madura, y de repente todo en él es real, es regio, es majestuoso; él maduró, él asumió su rol de rey.

Ahora bien, él no es más rey como hombre que cuando era niño; cuando era niño, él ya era rey. Y eso es lo que ejemplifica la vida cristiana. Escuchen bien lo que dice este pastor: la vida cristiana es el proceso continuo —y yo le añado: intencional— de llegar a ser lo que ya eres en Cristo. Repito: la vida cristiana es el proceso continuo e intencional de llegar a ser lo que ya eres en Cristo. Has sido declarado justo y ahora entras en un proceso de vivir, continua e intencionalmente, hacia esa estatura de justicia que solo tiene Cristo. Pero vas para allá.

Somos convertidos por esa gracia soberana de Dios que nos rescata inicialmente y nos introduce en un proceso de transformación, de moldeamiento, que nos llevará a un fin último. Y ahora, hermanos, llegamos a la frase más gloriosa de este pasaje, que se encuentra en el versículo 11. Dice: "Y esto erais algunos de ustedes, pero fueron lavados, pero fueron santificados, pero fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios."

Que muchos de los corintios que estaban ahí leyendo esta carta pudieran haber dicho: "Sí, yo era uno de esos. Sí, yo era uno de esos. Sí, yo era uno de esos, pero ya no." Y no con un solo "pero", sino con tres peros. Yo pensaba que la santidad elevada a la tercera potencia era lo único que había, pero aquí hay un "pero" elevado a la tercera potencia, hermanos. Pero fuiste lavado, pero fuiste santificado, pero fuiste justificado.

Esta lista en pasado existe porque hubo una ruptura definitiva, un quiebre decisivo, una separación irrevocable, gracias a que Cristo vino y rompió esas cadenas. Oh, hermano, es importante que tú recuerdes lo que eras. Es importante. Pero recuerda aún más que en Cristo ya no eres lo que eras.

De alguna forma u otra, todo cristiano que está aquí es un ex. Un ex adúltero, un ex inmoral, un ex ladrón, un ex idólatra, un ex homosexual, un ex avaro, un ex afeminado, un ex abusador verbal. Pon la raya que tú quieras, pero tú eres un ex. Tu vida debe estar cada vez más caracterizada por ser un ex del mundo, un ex del diablo, de sus planes, un ex de los deseos de tu carne.

¿Alguna vez has hablado con otra persona que ha mencionado a su ex? Hay problema —no en todos los casos, pero sí en la mayoría— cuando uno habla con la otra persona y dice "mi ex", y por ahí viene, y lo hace de cierta forma. Bueno, que el mundo, el infierno, el diablo y sus demonios puedan decir: "Por ahí va un ex. Ese lo tenía en mi reino, y ahora por donde va camina con el Rey." Yo soy un ex, y tú eres un ex por Cristo, por su gracia soberana que rescata a los que vienen a Él.

¿Cómo podemos saber que hemos recibido esa gracia, esa gracia que rescata, que salva, que viene a través de Cristo? Cuando la gracia rescatadora de Dios llega a una vida, inevitablemente esa gracia rescatadora se convierte en gracia transformadora.

La gracia que te rescata es la gracia que te transforma. Es verdad que la gracia rescatadora ocurrió en un momento: pasamos de muerte a vida, nacimos de nuevo, vino la luz al ciego. Pero la gracia transformadora es un proceso de toda la vida que te va tallando a la imagen de tu Señor, que va tomando tiempo. Sin embargo, en el mismo momento en que la gracia rescatadora o salvadora llega a tu vida, hermano, en ese mismo momento la gracia transformadora comienza su trabajo, comienza a tallarte.

Y Dios no te dejará igual que como te encontró. Me voy a decir esto de la forma más sobria posible: Él utilizará lo que sea para cambiarte. ¿Cómo lo tengo? Algunos están diciendo: "Sí, yo fui una..." Lo que sea, Él lo utilizará. Hijos, lo utilizará. Matrimonios, lo utilizará. Trabajos, lo va a usar. Tu salud, lo va a usar. Tus recursos o la ausencia de ellos, los va a usar. Pero Él te va a tallar si tú eres su hijo. La gracia transformadora no deja de hacer su trabajo.

Y es verdad que nos encuentra en cualquier condición. El peor pecador puede tener la seguridad de que si viene a Cristo hoy, tú puedes entrar, tú puedes venir, porque su gracia te rescata. Pero Dios te ama tanto que no te permitirá quedar igual como te encontró. La salvación que Cristo ofrece, hermano, no es simplemente el boleto de ida para el cielo y ya me monté, vámonos. No, no, no. La salvación implica una transformación radical que te llevará a ser como Cristo, y también ir al cielo; pero lo otro es prioritario e innegociable.

¿Qué característica tiene esta transformación? Nos dice Pablo aquí. Bueno, es una transformación que tiene dos características. Uno: es completa. ¿Cómo así? Bueno, ustedes fueron lavados. La palabra ahí es "lavado minuciosamente, profundamente, hasta los huesos." No importa la categoría del pecado, ustedes los que han creído fueron lavados. Viene a ese Cristo y eres lavado. Isaías 1:18 lo dice de una forma tan hermosa y poética: "Vengan ahora y razonemos, dice el Señor. Aunque sus pecados sean como la grana o escarlata, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como el carmesí, como blanca lana quedarán." Porque Cristo y su sangre les lavará y limpiará completamente.

Fueron santificados también: cambiados de una posición donde antes no eran de Dios, y ahora separados para Dios, en un proceso de madurez espiritual de toda la vida. Justificados: otro término legal. Es la imagen de un acusado ahí frente al jurado y al juez, donde él es culpable porque hizo muchas cosas, pero es declarado de repente como justo delante del juez. El fiscal, que es el acusador, está ahí diciendo: "Pero yo, él sí hizo esto; yo, él sí pecó el otro día; yo, él tiene un historial." ¿Cómo que justo? ¿Y por qué es justo? Porque cuando yo veo aquí el expediente, toda su deuda fue pagada, todo lo que él hizo fue remendado, porque el abogado defensor que se llama Jesús lo pagó todo y vivió en su nombre. Y yo soy libertado de las garras de mi acusador para estar en las manos de mi Defensor. ¡Bendito sea nuestro Salvador! ¡Bendito Aquel que nos justifica!

Pregunta de meditación, hermanos: conociendo todo esto, ¿qué te hace pensar a ti que Dios hizo todo esto para salvarte, te santificó y te justificó, solo para dejarte seguir viviendo como lo hacías antes de ser salvo? ¿Qué te hace pensar eso? Si Él hizo todo eso por ti, ¿qué te hace pensar que te va a dejar vivir como antes, cuando no le habías recibido? Eso es anti-Dios. Y Él no dejará de obrar en ti. Pero tú tienes que reconocer si hubo realmente esa ruptura definitiva con lo que antes eras.

Esto no es solamente una transformación completa, sino divina. El versículo termina con estas palabras: "Fueron lavados, santificados y justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios." Fue Él, no fuiste tú. Fuiste tú, pero no fue la autoayuda, el autoesfuerzo, la justicia propia. No, no, no, no, no. No llega ni a dos centavos lo que tú hagas. Tú fuiste —verbo pasivo— lavado. No te lavaste tú. Fuiste santificado. Fuiste justificado en el nombre de Aquel protagonista, Jesucristo, y en el Espíritu Santo, quien da el poder para ese lavamiento, esa regeneración.

Y lo más hermoso: la santificación que viene todavía. El Espíritu Santo de Dios. "En ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en el cual podamos ser salvos." Es Cristo. En su poder, en su gracia, nos lavó y nos perfecciona cada día más.

Vamos cerrando, pero quería decirles esto: cualquiera que sea la categoría de nuestro pecado, Cristo puede convertirme a mí, de un injusto culpable, a un injusto perdonado, redimido, santo, justo y lavado, dándome Él una nueva vida santa con una justicia perfecta que es la suya. Aquí el rol de la Trinidad es impresionante: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo trabajando para nuestra regeneración y santificación.

Hermanos, yo te dejo con esto. Primero, como una pregunta: ¿realmente reconoces que ha habido un quiebre, un rompimiento de lo que antes eras, y Cristo te convirtió en otro? Ojo, no estoy diciendo que seas perfecto ni santo; eso no es el tema. Pero, ¿sientes que eres diferente, que no eres el mismo de antes de Cristo? ¿Hubo ese quiebre? ¿Sientes la carga y el dolor cuando pecas, o el pecado sigue y no te afecta? Si realmente eres salvo, Él se encargará de que no estés satisfecho en el pecado. Y no lo estás si eres su hijo, y estás luchando con eso si eres su hijo.

Pero la grande y maravillosa noticia es que el poder que cambió a un ignorante, inmoral y listo para la condenación en un justo, santo, santificado y lavado, es el mismo poder que está disponible para seguir trabajando en el pecado perdonado de hoy. No te rindas. Hay poder para cambiar, hay esperanza para cambiar. El proceso transformador sigue en tu vida.

¿Qué debes hacer entonces? Sigue peleando la buena batalla con valentía y confianza en tu Señor. Sigue huyendo del pecado con las más fuerzas que tengas, y viniendo con el corazón quebrantado en arrepentimiento si le has fallado. Algunos de nosotros van a necesitar hablar con alguien, y van a tener que decirle a alguien más maduro: "Mira, necesito que me recuerdes la verdad de Dios, porque estoy mal. Necesito cambiar." Lo que me dijeron hoy, o lo que Dios me dijo hoy, es que hay poder para cambiar en Él. No te rindas, hermanos. Tú, el que me escuchas, puedes cambiar por el mismo poder que resucitó a Cristo de entre los muertos. En el nombre de Jesucristo, tú puedes cambiar.

"Y esto eran algunos de ustedes, pero ya no lo son." No vivas como lo que eras, sino como lo que eres.

Déjame cerrar con una breve historia. Otro joven, diferente al del inicio, confió en Cristo para su salvación. En una iglesia, decidió ser miembro, como aquí muchos de los que estamos entramos al proceso de membresía. En un momento es entrevistado, como lo hacemos aquí también, y el entrevistador le hace las preguntas. La primera fue: "¿Tú admites que eras pecador antes de recibir al Señor Jesucristo?" Y él respondió: "Sí, señor, sí lo era." "¿Te pregunto: hoy en día, sigues siendo pecador?" Y él toma unos segundos en silencio y dice: "Bueno, para decir la verdad, siento que soy más pecador ahora que nunca."

El entrevistador se queda con medio asombro, medio dudoso: "Okay, explíqueme un poco más a qué tú te refieres. ¿No se supone que hubo un cambio real en tu vida, que tú has experimentado?" Y el joven comienza a explicarle: "Miren, yo no sé cómo explicarlo, pero tal vez la forma más fácil sea la siguiente: antes de conocer a Cristo, yo era un pecador que corría y buscaba el pecado. Pero ahora que he sido salvo, soy un pecador que corre aún más fuerte para alejarme de ese pecado. Y por eso siento que soy más pecador, porque cada día quiero luchar más para alejarme de él."

Esa es nuestra condición, hermanos. No dejes de correr. Corre lejos del pecado, pero corre hacia la cruz, donde se pagó por tu pecado. Y allí, en la cruz, encontrarás a ese grandioso Abogado, Jesús. Y en Jesús tienes vida, tienes Dueño, y eres querido.

Oremos. Señor, lo maravilloso de tu Palabra es que ella llega a personas que nosotros no nos pensamos ni planeamos, y ella nunca vuelve vacía. Señor, en el día de hoy Tú nos has querido recordar el gran poder, la maravillosa gracia que hay y se ha manifestado a aquellos que hemos creído en Ti. Hemos pasado de ser muertos a estar vivos por tu gracia. Hemos pasado de ser adúlteros, fornicarios, mentirosos, difamadores, ladrones —la lista sigue y sigue— pero eso antes éramos. Mas en Cristo, Tú nos recordaste todo lo que somos hoy: lavados, santos y justos por su amor y su obra.

Oh Señor, tal vez hay alguno de nosotros aquí que todavía está en la lista y se reconoce hoy: "Mira, yo todavía estoy ahí, y yo no puedo decir 'antes yo era', sino que todavía soy." Pero hoy, escuchando la Palabra de Dios, quiere responder: quiero arrepentirme, quiero dejar el pecado y correr hacia Cristo. Si tú eres alguien así hoy, yo te quiero invitar a orar conmigo. Tú puedes poner las palabras que tú quieras, pero quiero darte unos principios para orar, y estas palabras serían las siguientes: "Señor, me arrepiento de todo mi pecado, de toda una forma de vivir que ha sido en contra de tu voluntad. Tú me has buscado, Tú me has llamado antes, y yo he sido rebelde y he huido de Ti. Pero hoy quiero venir, pedirte perdón, reconocer mi pecado, y pedirte que seas mi Señor, el Dueño de mi vida; que ya yo no me pertenezca, que seas quien me salve, que yo pueda entregar el resto de mis días para Ti, para tu gloria."

Pero tal vez haya otros que "antes eran", pero hoy están luchando y están envueltos en ese pecado, y tienen la convicción de que solo en Cristo hay salvación, y han venido en arrepentimiento y lo hacen, pero sus fuerzas se han debilitado. Y hoy Dios ha querido recordarles que hay poder para cambiar, hay poder para transformar, que la historia no se ha acabado, que el que comenzó la obra la terminará. Si tú eres así, ora ahora conmigo: "Señor, perdóname. Perdóname principalmente por las dudas que he tenido, porque he pensado que mi pecado es más fuerte que tu gracia. Pero tu gracia es mayor."

Tu poder es mayor, Señor. Aumenta mi fe y dame levantarme de esta condición, y a seguir corriendo la carrera, a seguir peleando la buena batalla, a seguir creyendo en un Cristo que salva, que sana, que restaura; en un Cristo que murió por mí porque me ama, y que yo soy suyo porque Él me compró. Ayuda a dar los pasos necesarios para levantarme, en el nombre de Jesús. Amén.

Dios les bendiga. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te invito a que te suscribas a este canal, de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Joel Peña

Joel Peña

Joel Peña es ingeniero industrial con estudios de posgrado en Productividad y Calidad. Sirvió en su profesión por 13 años antes de dedicarse al ministerio pastoral. Es pastor de los ministerios de jóvenes de la Iglesia Bautista Internacional y completó una Maestría en Divinidad en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Angélica Rivera y juntos tienen dos hijos, Samuel y Abigail.