IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La vida cristiana no es un paseo cómodo ni una pasividad moralista: es una carrera que requiere intensidad, disciplina y determinación. La palabra griega para "carrera" en Hebreos 12 es *agón*, de donde viene "agonía", lo que revela que seguir a Cristo implica esfuerzo sostenido. No se trata de una carrera de cien metros que termina rápidamente, sino de un maratón que dura hasta el último aliento. Pablo mismo lo expresó al final de su vida: "He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe."
La motivación para correr viene de una gran nube de testigos que nos precedieron. No se trata de santos sentados en gradas celestiales observándonos, sino de mártires cuyas vidas de fe nos confrontan y elevan. Abraham salió sin saber a dónde iba; José resistió la tentación más intensa; Moisés persistió cuarenta años con un pueblo que solo se quejaba. Fueron apedreados, aserrados, destituidos, y de ellos el mundo no era digno. Si ellos vencieron, nosotros también podemos.
Para correr bien hay que hacerlo ligero, despojándose de todo peso y del pecado que fácilmente nos envuelve. No todo peso es pecado: un carro lujoso, ropa de marca o juegos electrónicos no son malos en sí mismos, pero si alimentan el orgullo o consumen el tiempo que pertenece a Dios, se convierten en obstáculos. El pecado, por su parte, tiene asiento en el corazón y opera mediante el engaño, racionalizando actitudes orgullosas, lujuriosas o egoístas. La santificación no es un regalo pasivo como la salvación; es algo que debemos buscar diligentemente, rechazando el pecado de manera agresiva e inmediata, tomando decisiones en dirección contraria.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bien, pues yo quisiera por favor que vayamos a Hebreos 12. Vamos a leer cuatro versículos, los primeros cuatro versículos de Hebreos 12. Yo estoy seguro que cuando lo leamos van a reconocer un texto muy familiar para muchos. Quizás es uno de los pasajes que más fácilmente nos memorizamos porque tiene mucha lógica interna el pasaje, y es un pasaje también que nos da fuerza, nos da mucha fuerza y mucha determinación a los creyentes.
Vamos a leer los primeros cuatro versículos: "Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de él soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Considerad pues a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os canséis ni os desaniméis en vuestro corazón, porque todavía en vuestra lucha contra el pecado no habéis resistido hasta el punto de derramar sangre."
Señor, yo te pido que ese pasaje tú lo despliegues delante de nosotros y lo despliegues con una agudeza que solo tú lo puedes hacer. Señor, te pido tu asistencia y tu sabiduría, en el nombre de Jesús. Amén.
Como les decía, es un pasaje muy conocido. Es uno de mis pasajes preferidos. Me lo sé hace muchos años porque tiene una lógica muy hermosa dentro del pasaje, como vamos a ver en un momentito, y cuáles son las diversas partes que el pasaje tiene en esos primeros cuatro versículos. Y aunque yo me propuse inicialmente hace un par de semanas cuando quería hablar de este texto, y el objetivo era predicar los cuatro versículos completos y explicar lo que implicaban, realmente no me fue posible poder condensar en un solo sermón todo lo que estos cuatro versículos contienen. Lo que voy a hacer es dividirlo en dos sermones. En el día de hoy posiblemente exponga el versículo número uno, y en un próximo sermón pues hablaría del dos, el tres y el cuatro.
Este pasaje que se nos presenta hoy es común en la Biblia, en la Palabra, encontrar este tipo de figuras del lenguaje. Esto es una metáfora: se compara la vida cristiana con una carrera, la cual nosotros tenemos que correr y estamos llamados a correr. El uso de figuras del lenguaje facilita el entendimiento del lector ante lo que se está presentando y nos permiten entender cosas que de otra manera no entenderíamos, a menos que se nos haga la comparación.
Por ejemplo, en Romanos 6 se nos habla de la vida cristiana como una relación de esclavitud, donde Cristo es nuestro Señor y nosotros somos sus siervos. En Romanos 7 se nos habla de la vida cristiana como un matrimonio, donde nosotros la iglesia nos hemos casado con Cristo y él es nuestro esposo, y la iglesia es esposa, y estamos sometidos y le debemos sujeción a él como esposo. En Primera de Corintios 9, versículo 26, se nos habla de la vida cristiana como una lucha de cuerpo a cuerpo. Literalmente Pablo dice: "Por tanto, yo de esta manera corro" —ahí está otra vez la metáfora de la carrera— pero dice: "no como sin tener meta; de esta manera peleo, no como dando golpes al aire." O sea, representa la vida cristiana y su deseo de santificación, y él dice: "Yo corro de esta manera, no como dando golpes al aire, no haciendo cosas sin sentido, sino que cada cosa que hago, cada golpe que doy, lo hago con determinación, con intensidad, de tal manera que sea productivo y provechoso para mi vida."
En Efesios 6 también se presenta una figura tipo lucha. Se conoce este pasaje como el pasaje de la guerra espiritual, y Pablo dice en Efesios: "Porque nuestra lucha no es contra sangre ni carne, sino contra principados y contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes." En la lucha, Pablo en otra ocasión le dice a Timoteo, en Segunda de Timoteo, que es un soldado de Cristo, y compara entonces la vida cristiana con una especie de guerra en la cual estamos. Y por último, en Segunda de Timoteo también se presenta la vida cristiana como una especie de operación agrícola, donde yo siembro y cosecho lo que siembro, y donde tengo que estar sembrando para mi santidad y estar cosechando también hábitos de santidad para mi vida.
Si se fijan, todas las figuras de lenguaje usadas para representar la vida cristiana, todas tienen que ver con realidades —una guerra, una lucha, o una operación agrícola, la que sea— con realidades que implican un esfuerzo de nuestra parte, una disposición de nuestra parte, intencionalidad de parte de nosotros.
Pero la más usada, la figura más usada, la metáfora más usada, es la metáfora de la carrera. Se usa por lo menos cuatro o cinco ocasiones a lo largo de la Escritura, incluyendo Hebreos 12, que se nos habla de la vida cristiana como una carrera. También en Primera de Corintios 9, Pablo dice literalmente esto, versículo 24: "¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero solo uno obtiene el premio? Corred de tal modo que ganéis. Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo; ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, nosotros lo hacemos para recibir una corona incorruptible." En Gálatas 5, Filipenses, también está la figura de la carrera cristiana o de la carrera del creyente para representar lo que significa, lo que es nuestra vida.
Y yo diría que a simple vista es muy útil esta forma de representar la vida cristiana. Primero, porque al igual que una carrera, la vida cristiana implica disciplina, implica determinación en lo que nosotros hacemos, y es una de las razones por la que Pablo sobre todo es el que más usa esta figura. Usa la figura de la carrera para hablar de la vida cristiana: toda carrera, así como la vida cristiana, implica disciplina y preparación.
Número dos: toda carrera, y así también la vida cristiana, implica que nos abstengamos de ciertas cosas con el objetivo de disciplinarnos y lograr la meta.
Número tres: toda competencia, y así la vida cristiana, implica que todo el que compite en la carrera tiene alguna intención de ganar. En algunas ocasiones vemos estos maratones donde la gente corre por correr y nadie... mucha gente nada más, hay un par de personas que corren para ganar, pero la mayoría de los maratones que se corren en Nueva York, en Chicago, en California, miles de personas corren por ahí, muchos de ellos que no corren para ganar. Ellos corren simplemente para sentir la satisfacción de que corrieron el maratón famoso de tal ciudad. Pero en la mayoría de los casos, todo el que se prepara para una competencia, todo el que está compitiendo, lo hace con una intención expresa de ganar. Y el hecho de que yo tengo una intención expresa de ganar implica que yo voy a poner interés, enfoque, determinación en lo que estoy haciendo.
Y de la misma manera, en la vida cristiana se nos llama a nosotros a correr de tal manera que ganemos. No nuestra salvación, porque nuestra salvación no es por obras, no la obtenemos así. Pero aun aunque la salvación de nosotros está garantizada por la cruz de Jesucristo —aquellos que hemos puesto nuestra fe en el sacrificio redentor de Jesucristo tenemos nuestra salvación ganada—, todavía hay algo que ganar en esta vida, y es santidad en nuestra vida. Hay algo que ganar, y es gloria, traerle gloria a aquel que ya nos salvó en la cruz, y proponernos como meta en nuestra vida que mi vida transmita o comunique la mayor gloria posible de mi Dios. Esa es mi meta, ese es mi premio. El gozo que Dios pone en mí cuando yo camino de una manera que le agrada también es parte de mi premio. Entonces todavía hay cosas que ganar aunque mi salvación está garantizada, y de esa manera se nos habla entonces en la Palabra de esta carrera.
Este texto, en sus cuatro versículos de Hebreos 12 que leímos, tiene seis aspectos, seis puntos, y yo voy a cubrir tres en el día de hoy y tres en un próximo sermón.
En primer lugar, hay un llamado a correr. Y el llamado a correr está claro en el versículo uno: "Por tanto, puesto que tenemos en derredor tan grande nube de testigos, corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante." Ese es el llamado a correr: hay una carrera que correr, y ese es el llamado.
Número dos: hay una motivación para correr. ¿Cuál es la motivación? Tenemos una nube de testigos que nos motivan a correr. Los tenemos alrededor de nosotros, en un sentido. Corramos la carrera.
En tercer lugar, hay una recomendación de cómo correr: "Despojémonos de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera." Esa es la recomendación de cómo correr: ligeros, livianos, dejando el pecado, dejando el peso de nuestra vida atrás.
Número cuatro: hay un ejemplo a seguir. "Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe." Ese es el ejemplo a seguir: el corredor que corrió la carrera de manera perfecta ha dejado unas huellas en las cuales nosotros podemos pisar también.
Número cinco: se presenta el premio a obtener. Dice que Cristo soportó la cruz por el gozo puesto delante de él y se sentó en la diestra de Dios en las alturas. El triunfo y el gozo es el premio a obtener.
Y número seis: hay una reflexión final por si no queremos correr. Y el autor nos dice: "Ustedes en su lucha por el pecado, o con el pecado, todavía no habéis llegado a derramar sangre." Tú, ¿crees que tu lucha es grande? Considera a aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores. Eso es para los que no queremos correr todavía.
Entonces se fijan: hay un llamado, una motivación, una recomendación, hay un ejemplo a seguir, hay un premio a obtener, y una reflexión final. Todo esto en estos cuatro versículos. Ya entienden por qué yo no lo puedo predicar todo junto, no solo en un sermón.
Pero en primer lugar, comencemos con el llamado a correr. Tratemos de hablar un poco acerca de esta exhortación, de esta petición del autor de que corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. ¿Qué implica esto para nosotros?
Y antes de hablar de la carrera en sí, yo quisiera hablar brevemente de a quién es que le dice "corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante". Es importante aquí a qué audiencia se está dirigiendo, a ver dónde estamos nosotros y cómo nos identificamos con esa audiencia.
En primer lugar, a lo largo del libro de Hebreos hay una dificultad, y eso le ha dado mucha agua de beber a algunos teólogos, porque hay varios grupos a los cuales este autor de Hebreos se dirige. Y entonces, a lo largo del libro de Hebreos le habla a uno o a otros indistintamente. Entonces uno tiene que por el contexto determinar a quién le está hablando. ¿Le está hablando a los judíos que no son cristianos todavía, o le está hablando a los judíos que ya son cristianos? Lo que sí sabemos es que le está hablando a los judíos, judíos todos, porque la carta se llama la carta a los hebreos. Y son judíos todos, pero hay dos grupos.
Un primer grupo es un grupo de cristianos ya creyentes, judíos creyentes que han creído en Cristo como Mesías, pero que han comenzado a retroceder en su carrera. Han comenzado a claudicar, han comenzado a desmotivarse por la oposición que han comenzado a recibir. Y entonces vemos que este pasaje, como vamos a plantear dentro de un momentito, se dirige también a ese grupo. Por eso se dirige al otro también, pero este primero: muchos de nosotros podemos estar en una condición similar. Hemos creído en Jesucristo como Señor y Salvador, hemos decidido entregar nuestra vida, pero por razones diversas hemos retrocedido en nuestra carrera. Hemos disminuido el paso, hemos disminuido la intensidad con la que vivimos la vida cristiana. Estamos un poco desanimados, desmotivados, desincentivados a continuar la vida cristiana de una manera intensa. Y ese es un primer grupo al cual de hecho le escribió este autor.
Y sabemos eso porque si nosotros nos leemos los primeros cuatro capítulos del libro de Hebreos, todos esos primeros cuatro capítulos son una demostración a estos judíos cristianos de que Cristo es un mejor sacrificio, es un mejor sacerdote que los que ellos tenían, representa también la presencia misma de Dios que se representaba en su templo, es un mejor pacto. El pacto de la gracia es superior al pacto anterior que tenían los patriarcas, el pacto de la ley. Entonces ese primer grupo eran esos judíos cristianos que habían comenzado a claudicar en su caminar y habían perdido intensidad. A ese grupo le dice: corramos la carrera que tenemos por delante, corrámosla con paciencia, puestos los ojos en Jesús.
Pero hay otro grupo que eran judíos no cristianos, pero era gente que había entendido el mensaje intelectualmente, cranealmente. Había entendido que Jesús es el Mesías, y ciertamente Jesús es el Mesías, Jesús es Dios, y lo entiendo. Pero no habían decidido entregar su vida al Señor, no habían decidido entregar su vida de manera personal a Jesucristo, y por lo tanto se mantenían en una especie de periferia. Quizás asistiendo a algunas reuniones, quizás estando presentes en las cosas de la iglesia en ese momento, pero por presión de los demás, por presión de que tenían que cambiar su vida, por lo que sea, no habían decidido dar el paso. A esos también les cabe perfectamente el llamado de la recomendación: corramos la carrera que tenemos por delante.
Entonces este pasaje tiene aplicación para ambos grupos: aquellos que todavía no han decidido venir a la carrera cristiana y entregar su vida al Señor Jesucristo, y que permanecen en esa periferia convencidos intelectualmente de que sí es cierto, es la verdad, pero no han decidido dar el paso. Corramos con paciencia la carrera. Pero también está este grupo de cristianos que ya lo habían hecho. A ese grupo se le llama a correr bien la carrera, a apurar el paso, a incrementar su intensidad, a ser fieles al llamado que han recibido. Entonces eso es básicamente lo que hace el autor de Hebreos y a quién escribe el autor de Hebreos.
Pero veamos ahora la figura de la carrera. ¿A qué se llama? ¿A qué se nos llama a nosotros, los creyentes o no creyentes? Es a correr una carrera. Y cuando se piensa en esto, en correr una carrera, obviamente uno piensa inmediatamente en intensidad, en disciplina, en velocidad. Uno piensa en una serie de cosas que vienen a la cabeza. Ciertamente la figura de la carrera de la vida cristiana implica que este no es un llamado al ocio y a la comodidad. Inmediatamente yo descarto esa opción porque es una carrera.
Pero más aún la descarto por algo muy específico. La palabra en el original para carrera es "agón", de donde viene la palabra agonía. En otras palabras, si lo leemos en griego, esto diría: venga a la agonía y tengamos la agonía con paciencia. De ahí yo descarto inmediatamente que la carrera cristiana es un sentarme a echarme fresco, a oír a la hermana o el sermón, a salir de ahí como que la cosa estuvo muy bonita, muy bien. Sí, eso es cierto, Dios ha resuelto gran parte de nuestros problemas que tienen que ver con nuestra eternidad, pero hay una carrera que correr primero. Hay una carrera que correr en pos de la santidad, comenzando por ahí. Hay una carne que vencer, hay una sociedad que enfrentar, hay una familia que levantar, hay una vida que vivir de tal manera que honre a Dios en cada aspecto. Hay una carrera que correr. Requiere intensidad, requiere entrega, disciplina, determinación.
Y alguien decía que este llamado de correr la carrera, de venir a la agonía, sería muy bueno para un sticker en un carro: "Bienvenido a la agonía cristiana, a correrla", o una especie de membrete en un polo o camiseta: "Bienvenido a la agonía cristiana". Pero eso es lo que significa en el original.
Pero no solamente eso. Nos dice: vea la agonía, una de la agonía, porque hay una agonía en el sentido de que requiere determinación y persistencia. Pero más aún, se nos dice que la corramos con paciencia, y eso significa persistencia. La carrera cristiana, la vida cristiana, no es una carrera de cien metros. No es que yo tomo una determinación ahora y una semana, en dos semanas, en un mes, yo estoy en otro lado haciendo otras cosas, viendo otras cosas, tomando otras decisiones. Se supone que yo la corro de manera persistente.
Hay muchos corredores en la vida cristiana que son corredores de corta duración, de carreras cortas. Oyen un sermón que les traspasa, les traspasa el corazón, y a las dos semanas están haciendo exactamente las mismas cosas que se supone que en el sermón oyeron que iban a hacer. "Yo voy a un seminario, vengo con las emociones infladas, tomo una serie de decisiones, y a las tres semanas estoy en las mismas cosas, viviendo la misma vida, teniendo el mismo tipo de reacciones que yo tenía antes de oír el sermón". Son corredores de una carrera corta, de cien metros, de doscientos metros. Pero se supone que la carrera cristiana es una carrera, es una agonía que se vive con determinación y persistencia.
¿Y hasta cuándo dura? Hasta que me muera. Hasta ahí dura. Y no lo digo yo, lo dice Pablo en 2 Timoteo 4. Dice literalmente: "Porque yo ya estoy para ser derramado como una ofrenda de libación" —es una manera bonita de decir "yo ya me estoy muriendo"—, "y el tiempo de mi partida ha llegado. He peleado la buena batalla, he terminado la carrera, he guardado la fe". ¿Cuándo se va a acabar la carrera? ¿Cuándo se va a acabar la agonía? ¿Cuándo se va a acabar la intensidad con la que tenemos que hacerle frente al pecado en nosotros, al pecado fuera de nosotros? Cuando nos muramos. Entraremos en gloria, entraremos en el descanso de aquellos que Dios ha redimido. Pero mientras tanto hay una intensidad y una disciplina y una determinación y una persistencia que se requiere de cada uno de nosotros, en cada uno de los aspectos de nuestra vida. De lo contrario, no estamos corriendo la carrera.
La carrera no se refiere tanto a las obras que yo hago. Vamos a suponer: "Bueno, para el predicador es fácil decir todo eso porque tiene responsabilidad en la iglesia, tiene que apurarse para preparar el sermón, tiene que preparar esta enseñanza". La carrera no tiene tanto que ver con las obras que yo hago como con la santificación que yo experimento. La carrera que tenemos por delante es mi carrera por la santidad, por obtener la imagen de Jesucristo en nosotros. Esta es la carrera, es el objetivo último de mi carrera: que todo lo que me sucede y todo lo que Dios orquesta alrededor de mi vida tenga el propósito —y yo puedo darme cuenta— de que Dios está trabajando para empujarme hacia la imagen de Jesucristo.
Obviamente, en la medida que esa imagen es formada en mí, el yo personal, mi yo anterior, debe morir. El llamado principal de Jesús a seguirlo es: "El que quiere venir en pos de mí, tome su cruz y sígame cada día". La implicación directa de eso nosotros no la entendemos muy bien, pero la cruz para el judío era símbolo de muerte. Lo que Cristo está diciendo es: el que quiere venir en pos de mí, muera a sí mismo y sígame.
Pero yo siento que mucha gente no ha matado el yo. El yo no está muerto, está preso. Mantenemos al yo preso y de vez en cuando sale bajo fianza, o sale por —¿cómo le dicen?— esos tipos de salidas que aquí la gente, los presos, salen y pasean en eso. Pero el yo, el yo que se supone que debe estar muerto, está preso, y de vez en cuando sale. Y entonces hay muchas reacciones que corresponden al muchacho anterior, al yo anterior, que yo digo: "Bueno, ¿por qué me salió esa reacción que era de mi pasado? Perdón". Pero debería estar muerto, debe estar muerto. ¿Qué pasó? No lo maté.
El yo no puede morir por inanición, o sea, no puede morir gradualmente. El yo tiene que ser asesinado agresivamente. Cuando yo me doy cuenta de que hay algo en mí, yo en mí, que es ofensivo a Dios, que es pecaminoso —una ira no controlada, una lujuria no manejada, una reacción no agradable a Dios— yo tengo que rechazarla inmediatamente. Me doy cuenta de que está presente en mí, tiene que ser matado inmediatamente, agresivamente, súbitamente, no gradualmente. De lo contrario, siempre, siempre estaré luchando con las mismas cosas.
Yo decía que la salvación es un regalo de Dios; la santificación es algo que yo obtengo. Dios me provee los mecanismos para yo hacerme cada vez más santo. Por ejemplo, Él pone su Espíritu a habitar en mí, y eso es una enorme ayuda.
Indispensable ayuda, pero Dios ha dicho: "Sed santos porque yo soy santo". Ustedes se han lanzado a la carrera cristiana, pero no todos están tan interesados en ganar su santidad como deberían estar. No todos están tan interesados en correr la carrera con la intensidad que necesita y merece ser corrida. Hay timidez, hay palidez, hay falta de intensidad en esa carrera de agradar a Dios, de santificarnos para traerle gloria. Y entonces, en ese sentido, nos quedamos cortos en el tipo de carrera que el autor de Hebreos quiere que nosotros corramos. ¡Agón! Vengan a correr agónicamente, infatigablemente. Es otra palabra que se usa para describir esta palabra agón: infatigablemente. Esta carrera tenemos que tener una intención de ganar, aunque tengamos la salvación asegurada. Yo quiero traer la mayor gloria posible mientras pueda a mi Señor.
Si el objetivo es la imagen de Cristo y no vamos a obtener esa imagen hasta que lleguemos a la gloria, eso es cierto, eso es una verdad bíblica. Pero yo quiero aquí hacer todo lo posible, todo lo que esté a mi alcance, para llegar lo más parecido posible a la imagen de Cristo que yo pueda aquí en la tierra, para que cuando venga el Señor a buscarme mi cambio ya sea relativamente pequeño.
Pablo le dice a Timoteo, incluso le compara, compara la vida del cristiano, la vida del creyente, con un soldado. Y literalmente le dice en Timoteo, le dice que tú tienes que vivir como un soldado y no comprometerte con los negocios de la vida que te enredan y que te impiden servir a aquel que te reclutó como soldado. Pero cuando yo veo la vida de mucha gente y de muchos de nosotros, yo veo más gente preocupada en esconder sus pecados que en querer descubrirlos para eliminarlos. Y a veces vamos donde alguien y le decimos, lo confrontamos con algo pecaminoso que está haciendo, con algo incorrecto que está haciendo, y vemos la reacción inmediata de esas personas a defenderse, a justificarse, a explicar, a proponer, y a decir que todo lo que el otro piensa no es así, sino que trata de manejar las cosas para no ser vulnerable y decir: "Sí, estoy mal, tengo que cambiar".
Veo mucha gente preocupada por su reputación, por lo que el otro dice, más que por su carácter. ¿Por qué es que importa lo que el otro dice si lo que Dios dice es malo? Y vemos mucha preocupación en quedar bien con el otro y no quedar bien con Dios. ¿Y lo que el otro piensa y lo que Dios piensa, en dónde queda eso? Veo mucha gente preocupada con cumplir con sus responsabilidades dentro del reino más que amar a Dios. Y a veces nos limitamos a lo que estrictamente dice nuestra responsabilidad, lo que me toca hacer. Queremos cumplir con Dios y no amar a Dios de una manera que le glorifique.
En resumen, yo veo poca hambre de santidad. Vemos poca hambre de santidad en nuestras vidas. Vemos pocos esfuerzos de santidad. Veo poca gente corriendo como para ganar. Y esto es una carrera, y ojalá ver el mismo apetito, el mismo hambre que Pablo tenía por ganar. Ojalá que la tengamos todos. A veces esos ejemplos de la Biblia, cuando ponemos a Pablo, ponemos a Moisés, se nos hacen tan lejos, pero están ahí precisamente para que nos sirvan de ejemplo. Pablo dice: "A mí, mírame a mí, yo a Cristo ya gané". Sí, es un ejemplo, está lejos de nosotros, pero es un ejemplo. Y qué bueno que fue fijado bien alto para que por más que trabajemos tengamos que trabajar, y por más que logremos tengamos todavía algo que lograr.
Es increíble ver, señores, es increíble ver lo que los atletas están dispuestos a hacer para ganar una medallita que se va a poner verde en cuatro meses. Increíble. Claro, ellos no corren por la medallita, ellos corren por el reconocimiento. En la época de Pablo, en los juegos griegos, la gente lo que ganaba era una especie de ramita de olivo y una cosita porque era el reconocimiento lo que les importaba. Para el final Pablo dice: "Pero esta gente está dispuesta a abstenerse de todo". Abstenerse de todo, señores. Eso es como un sacerdocio. El ser un atleta olímpico de élite, de competición, es como un sacerdocio. Este individuo se dedica a eso como un ministerio. Él deja su carrera, deja su familia, se va fuera a prepararse. Es como un seminario evangélico para prepararse para batir patrones, cosas así. Y deja todo en su vida. No puede comer nada, no puede coger sol, no puede estar incluso con una persona sentimentalmente, aun sea su esposa, antes de la carrera. Se debilita. Y él lo deja, y el entrenador le dice: "Tú no puedes comer esto, tú no puedes hacer esto, tú no puedes hacer aquello, así y asá, o hay problema". Entrenador. Lo que esta gente es capaz de hacer por entrenarse para ganar un reconocimiento, una plumita o una medalla.
¿Y cómo nosotros? ¿Cómo nosotros entonces, teniendo esta extraordinaria tarea, esta extraordinaria carrera de ser santificados cada vez más para traer la mayor gloria posible a nuestro Dios, no estamos dispuestos a dejar cosas pequeñas atrás y avanzar agónicamente hacia adelante con paciencia, con persistencia? Esa es la carrera. Esa es la carrera a la que estamos llamados a correr.
Pero el autor incluye una motivación para correr. La Palabra de Dios tiene la suficiente autoridad para decirnos sencillamente: "Corran como locos, corran con toda la intensidad posible". Pero es la gracia de Dios que se muestra cuando Dios apela a nuestra naturaleza y sabe que nosotros necesitamos motivación. Y dice entonces la motivación: "Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan grande nube de testigos, corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante". Es la motivación: la gran nube de testigos que tenemos, que nos han precedido.
Si ustedes leen el capítulo 11 de Hebreos, que es el capítulo que antecede este capítulo, es lo que le llamamos el salón de la fama de la fe. Hay una lista de todos los hombres y mujeres que murieron confiando en Dios en el pasado y que nos sirven de estímulo a nosotros. Pero es interesante que muchos de los comentarios que revisé acerca de esto mencionan la falsa creencia que existe de que esta gran nube de testigos son los santos del Viejo Testamento y los santos de la iglesia que nos han precedido, y que están en una especie de grada celestial viéndonos para acá, viendo lo que yo estoy haciendo y lo que yo estoy viviendo y cómo yo estoy haciendo las cosas. Y mucha gente lo cree. Mucha gente cree que es una especie de palco celestial donde la gente está entusiastamente viendo para acá abajo, y estos santos están haciéndonos así a nosotros, entusiasmándonos con la carrera.
Y obviamente eso no tiene bíblicamente mucho sentido, porque Dios no se va a llevar esta gente, sus santos, al cielo para que sigan viendo para la tierra. En el cielo hay demasiadas cosas que contemplar y ver, incluyendo la majestad de nuestro Dios, que para estar viendo el sermón que se ha hecho, el canto. Además, cuando yo pienso en eso, yo me imagino que Moisés viéndome aquí a mí... Ese... Yo me sentiría avergonzado delante de Moisés. Y si Moisés está viendo para acá, obviamente Dios me está viendo. Solo tenemos por sentado. Pero cuando uno le pone nombre a las cosas, en ese que Moisés me está viendo a mí, el gran Moisés me está viendo a mí acá abajo. No, Moisés, no me veas, porque estas nimiedades mías... Yo me quejo de esta cosa. Tú, tú diste cuarenta años con un pueblo que parecía olvidar lo imposible, y tú fuiste fiel. ¡Wow!
Obviamente no se refiere a una grada celestial. Más bien la palabra testigos, esta gran nube de testigos, es esta gran nube de mártires que se han ido, que nos han precedido. En otras palabras, lo que nos está diciendo es que pongamos nuestra vida al lado de estos mártires que nos han precedido, para que cojamos, para que nos entusiasmemos con la vida de fe. Esta gente confió en Dios, depositaron confianza en Dios, estuvieron ahí persistiendo a pesar de la dificultad. Crisis tras crisis, crisis tras crisis, y persistieron. Ustedes deben hacer lo mismo.
En el colegio se nos inculcaban los valores patrios. Dentro de los valores patrios estaba esta idea de que la sangre de nuestros padres de la patria debía llevarnos a nosotros a mantener los ideales patrios. A veces la gente que dice ciertas cosas que pasan en nuestro país: "Ay, si Duarte estuviera vivo...". La sangre de los mártires de la Iglesia, la sangre de los mártires de Dios, su vida de fe, nos confronta y nos eleva. Nos debería elevar.
En otras palabras, este texto, más que decirnos que hay una gran nube de testigos viéndonos a nosotros, lo que nos está diciendo es: véanlos a ellos, miren a esta gran nube de testigos que los precedió, para que se animen, para que cojan ánimo, para que se den cuenta que sus luchas son mínimas ante lo que esta gente pasó, para que se den cuenta que hay una carrera que correr, un propósito que perseguir.
Hebreos 11, de hecho, agrego que por esas razones Hebreos 12 comienza: "Por tanto, puesto que tenemos en derredor...". Por tanto. Que "por tanto" se lleva para atrás, es una conclusión del capítulo 11. Y el capítulo 11 leemos que por la fe Abel ofreció sacrificio; por la fe Noé fue llevado al cielo; por la fe Noé, porque se le ha dicho, construyó un arca que no sabía; por la fe Abraham fue llamado y obedeció sin saber a dónde iba, habitó como extranjero en la tierra de la promesa porque esperaba la ciudad que tiene cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios; por la fe Jacob; por la fe José; por la fe Moisés; por la fe Rahab. Y dice el autor de Hebreos en el versículo once, en el capítulo anterior: "¿Y qué más diré? Pues el tiempo me faltaría para contar de Gedeón, de Barac, de Sansón, de David, de Samuel, de los profetas". Todos están en el capítulo 11 anterior.
Por tanto, como tenemos esta gente que nos ha dado un ejemplo, un testimonio de que la vida de fe es la vida que merece ser vivida, la vida de confianza en Dios, corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, confiados en que si ellos vencieron, nosotros también venceremos.
Y agregan en el versículo 33 del capítulo 11: "Estos por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia, obtuvieron promesas, cerraron bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada siendo débiles, y fueron hechos fuertes, se hicieron poderosos en la guerra".
Pusieron en fuga a ejércitos extranjeros por la fe, en la confianza incondicional en Dios, y que Dios era su Señor, su Dios, su refugio, su fortaleza y su castillo. Vean, esta gente que les sirva de ejemplo. Corran con paciencia, con persistencia, la carrera que nosotros tenemos por delante. ¿Cómo puede ser que este ejemplo no nos empuje más allá de nuestras debilidades personales, de nuestras crisis personales?
Y yo no sé, pregúntense: ¿cómo fue que Dios permitió esto? ¿Cómo fue que Dios permitió que todos sus santos, sus hijos, la gente que le fue fiel, esta gente sufrió lo indecible? Lo indecible sufrió para dejarnos un ejemplo. Y fíjese que yo me voy a tomar la libertad de leer un poco más. Ustedes saben que en clases de predicación le dicen que no puede leer esto, es tan largo porque la gente se pierde, pero esto hay que leerlo. Esto hay que leerlo para que uno entienda lo que esta gente pasó.
En Hebreos once sigue hablando de esta gente. De poca fe, vi todos sus nombres. Dice: "Otros, versículo 36, experimentaron vituperios y azotes, y hasta cadenas y prisiones. Fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espada. Anduvieron de aquí para allá cubiertos con pieles de ovejas y de cabras, destituidos, afligidos, maltratados, de los cuales el mundo no era digno, errantes por desiertos y por montañas, por cuevas y cavernas de la tierra. Y todos estos, habiendo obtenido aprobación por su fe, no recibieron la promesa, porque Dios había provisto algo mejor." ¡Wow! Qué ejemplo.
Y yo me pregunto: ¿cómo es que Dios permitió que todo esto le sucediera a su gente? ¿No corro yo la misma suerte? Yo no quiero ser aserrado, vituperado. Señores, pónganse a pensar. A veces a nosotros nos da trabajo dejar un hábito, dejar una costumbre. Entendemos que debemos cambiar ciertos hábitos o ciertos lugares a los cuales yo voy, que debemos cambiar por mi fe, porque no es conveniente para el testimonio de los demás. Y sin embargo nos cuesta, por Dios. Y si tuviésemos el martirio enfrente, ¿qué haríamos? Si nos tocara martirizarnos por nuestro Dios como otra gente lo hizo, ¿qué haríamos?
Y yo me pregunto: ¿por qué Dios permitió esto? Y estoy convencido que la razón fue para crear esta nube de testigos. Esto fue una especie de: "Yo quiero inyectarle una gasolina a mi iglesia, y yo voy a trabajar con un grupo de hombres y mujeres que los voy a forjar y los voy a poner a sufrir." ¿Pero para qué? Eso tiene un propósito. No fue arbitrario. Fue para crear una nube de testigos que les diga a gran voz: la fe en Dios es la vida que vence, es la vida que va más allá de nuestras fuerzas, es una vida que trasciende lo terrenal, vale la pena vivirla.
Y que en los momentos de incertidumbre podamos tener a un Abraham que fue llamado y salió sin saber para dónde iba. Cuando yo tengo esa incertidumbre, yo sepa que hubo un hombre de Dios, un hijo de Dios que hizo lo mismo y más allá de lo que yo estoy experimentando. Que en los momentos de tentación podamos recordar a un José que fue tentado hasta más allá de lo que un hombre puede ser tentado, y resistió, y huyó de la tentación. Que en los momentos de enfrentamiento y hostilidad hacia nosotros podamos recordar a Elías, que se enfrentó con cuatrocientos enemigos solo, y los enfrentó. Que en los momentos de desánimo podamos recordar a un Moisés que tuvo cuarenta años con un pueblo que lo único que hacía era quejarse y quejarse y quejarse, y persistió fielmente, y murió con gozo sabiendo que iba a ver a Dios. Que en los momentos donde el enemigo me abruma, yo pueda recordar a un Gedeón que se enfrentó a un ejército extranjero con trescientos, con trescientos, dos gatos, y venció.
La gran nube de testigos nos sirve para vivir nuestra vida y es una motivación extraordinaria para que mi vida aumente su intensidad realmente. Y que entendamos que la carrera cristiana no es permanecer en una pasividad moralista, donde yo me quedo quieto tratando de vivir la vida lo mejor posible y lo más tranquila posible. Hay una verdad que levantar, hay un reino que defender, hay una familia que levantar, una familia que glorifique a Dios, hay un pecado interno personal contra el cual luchar. Y eso requiere intensidad y disciplina y determinación. De lo contrario, seremos vencidos.
Por último, luego de esta exhortación: lo primero que vimos fue la carrera, el llamado a correr; lo segundo que vimos fue la motivación que usa el texto de la gran nube de testigos para motivarnos a coger la carrera nuestra con paciencia y determinación. Pero en tercer lugar hay una recomendación de cómo correr la carrera. Y yo voy solamente a esbozar esto porque quisiera en el próximo sermón dar un poco más de detalle.
Pero la recomendación está también en el mismo versículo uno: "Puesto que tenemos en derredor tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso, también de todo peso del pecado que tan fácilmente nos envuelve." En otras palabras, la recomendación es: corran ligero. Corran ligero. Hay pesos en su vida y hay pecados en su vida que le pesan, que le dificultan la carrera cristiana. Desháganse de ellos, pónganlos aparte. Eso es literalmente lo que dice este texto.
Y hay dos cosas que me llaman la atención sobre las que quiero comentar. En primer lugar, se hace una diferencia entre peso y pecado. Y número dos, se dice del pecado que fácilmente nos envuelve. Y yo quisiera hablar de esas dos cosas porque creo que dan mucha luz acerca de las luchas que nosotros tenemos personalmente con nuestro propio pecado.
En primer lugar, la diferencia entre peso y pecado. La realidad es que nadie corre una carrera con mucho peso, y sobre todo una carrera de maratón. No sé si ustedes se han dado cuenta de la diferencia entre el corredor de cien metros y el corredor de maratón. El corredor de cien metros es corpulento, fuerte, pesado, necesita grandes músculos para poder arrancar rápido y llegar. El corredor de maratón parece enfermo, si se fijan. ¿Cómo puede ser que ese individuo corra veinticinco kilómetros? Uno cree que se va a caer en el primer kilómetro. Gente pálida, flaca, delgada, calva algunos. ¿Cómo si no tuviera? Digo, los calvos no se sientan aludidos, bueno, son corredores de maratón incluso. O sea, uno percibe una debilidad tal. Y la ropa que usan, bueno, los griegos era en cuero que corrían, pero ahora le han puesto una ropita ahí para guardar la compostura. Pero es como el tipo de ropa que uno a veces cuando ve al vecino buscando el periódico uno lo ve así, un pantaloncito que uno hace así.
La cuestión del peso, la cuestión del manejo del peso, es vital para el corredor de maratón: el peso personal y el peso de su ropa. Es vital. Y en la vida cristiana la cuestión del peso es vital. Pero fíjense que él separa peso de pecado. No todo el peso es pecado. Hay cosas que son peso y que no son pecado.
Por ejemplo, yo puse ese ejemplo porque es un ejemplo que a mí me ha servido personalmente: ¿es pecado tener un carro lujoso? No, siempre y cuando eso no te enorgullezca. Si tú crees que por tener un carro lujoso tú eres más que el otro, véndelo. Deshazte de ese peso que te dificulta en tu carrera de la santidad. Si te hace daño el carro, deshazte de él. ¿Es pecado ponerse ropa de marca? No, siempre y cuando tú no creas que cuando tú te pones ropa de marca tú vales más. Si tú sientes que tú vales más porque te pones ropa de marca, no persigas la marca. Te está enorgulleciendo, estás encontrando valor en cosas que no dan valor, estás siguiendo una mentira. Deshazte de ese peso. ¿Es pecado participar de esta o aquella actividad? Por ejemplo, ¿es pecado jugar juegos electrónicos? No, siempre y cuando eso no se te convierta en que te absorba todo tu tiempo libre, que tú no tienes tiempo apenas para leer la Biblia. Es un peso.
Y así ustedes ponen el nombre a lo que les parezca. Pueden haber relojes que son pesos para nosotros, que no los hemos pesado. También protejamos el peso espiritual, el peso espiritual que tiene. Si tú al poner tu reloj tú haces así para que lo vean, déjalo en la casa. Eso es un peso espiritual para ti. Te enorgullece. Piensas que obtienes valor con él. Y así podemos analizar lugares, hábitos, prácticas que no son pecado en sí mismas, pero son un peso para mi carrera de santidad.
La mamá de Juan Wesley, el famoso predicador John Wesley, y también madre de Charles Wesley que fue un teólogo muy famoso, su hijo Juan le dijo: "Mamá, yo quiero que tú me des una definición de pecado. ¿Qué es el pecado para ti?" Una mujer brillante, le dijo lo siguiente: "Toma esto como regla: cualquier cosa que debilite tu razón, que afecte la ternura de tu conciencia, que oscurezca tu percepción de Dios, o quita tu deleite en las cosas espirituales; en resumen, cualquier cosa que incremente la fuerza y la autoridad de tu carne sobre el espíritu, eso es pecado para ti, independientemente de cuán bueno parezca."
Eso es un excelente criterio. Porque cuando tú sientes que hay cosas, hábitos, prácticas, lugares que te desvían, eso es un peso. Quítalo, aunque no sea en sí mismo pecaminoso. Quítalo. Corre ligero, corre liviano, y verás cómo Dios honra eso.
Y esa es la primera cosa interesante que vemos en esta diferencia entre el peso y el pecado. Pero hay otro aspecto. En el caso de los judíos a los cuales se les escribe, el gran peso, el mayor peso de ellos, era el peso del legalismo judío que les impedía lamentablemente entender la salvación por gracia. Y muchos de nosotros también estamos pensando, vivimos la vida cristiana en una especie de legalismo, no judío pero sí cristiano, pensando que las cosas que hacemos nos ganan el favor de Dios. Venir a la iglesia, hacer esto, hacer aquello. ¿Será que Dios no está buscando que tú hagas algo, sino que tú seas algo? Por más que tú hagas, si no eres, Dios no está agradado.
Tú vienes a la iglesia disciplinadamente los domingos, los miércoles, cada vez que hay grupo de parejas. No sé, puedes ir a todas las actividades, puedes participar de todas las cosas, pero si el lunes tú no vives en tu día a día con tus empleados, con tus clientes, con la gente con la que tú te contactas, con tu familia, si tú no vives una vida de obediencia a Dios, no importa lo que tú hagas, legalismo es lo que estás viviendo. Es una vida transformada lo que Dios quiere, no es una agenda transformada de actividades. Claro, cuando mi vida cambia, mi agenda cambia, pero las agendas no cambian el corazón. Yo puedo cambiar mi agenda y añadir las actividades de la iglesia, y si no estoy dispuesto a ceder en mi corazón a las cosas que son pecaminosas en mí y los pesos que hay en mí, yo no voy a cambiar. Y por más actividades de la iglesia que yo haga, yo no estoy agradando a Dios.
Literalmente, Dios le dijo eso por los profetas, le dijo: obediencia quiero y no sacrificios. Yo no quiero, yo no estoy detrás de sacrificios, yo no estoy detrás de una promesa, yo no estoy detrás de que vengan arrodillados de un lugar a otro, yo no estoy detrás de eso. Yo quiero obediencia en su vida diaria, que sean representantes míos aquí en la tierra, aquellos que hemos obviamente entregado nuestra vida al Señor.
Se hace una diferencia entre el peso y el pecado. Y la segunda cosa que me llama la atención de la forma de cómo correr esta carrera es: primero lo ligero, pero segundo, se nos dice del pecado que nos envuelve con facilidad. Literalmente la palabra, la expresión aquí que se usa para envolver, es como si yo me pusiera un abrigo de cuerpo completo. Es la palabra que se usa en el original, como si tú trataras de correr con un abrigo que te llega del cuello a los pies. Si tú corres apresado vas a fracasar, si corres así vas a fracasar. El pecado nos envuelve, pero la expresión "con facilidad" nos habla de esa realidad, y realmente esa es una característica del pecado en nosotros. Nos envuelve con facilidad porque no estamos lo suficientemente pendientes de lo que el pecado hace en nosotros. Somos muy ingenuos en tratar con el pecado. Nos damos cuenta que tenemos un pecado, ya nos han dicho varias personas, y no tratamos con él, no lidiamos con él, no nos resolvemos, no nos arrepentimos, no tomamos decisiones para movernos en la dirección contraria. Y lo dejamos ahí como una especie de, como yo le decía, está preso pero no muerto, y sale de vez en cuando a hacer de las suyas.
Lo primero que tenemos nosotros que entender es que el pecado, cualquiera que sea, grande o pequeño —nosotros somos los que le damos categorías a los pecados, Dios no—, Dios dice: el pecado me ofende, transgrede mi ley. Lo primero que tenemos que tener en cuenta para luchar contra el pecado es que la gravedad del pecado no puede medirse. Tú no puedes medir qué tan grave es tu pecado con respecto a lo que el otro hace. "Lo que yo hago, bueno, yo ando más o menos bien porque aquel pecado..." No. El pecado tiene que ser medido con respecto a la dignidad del Ser contra el cual se comete, que es Dios. La dignidad de Dios es infinita, la santidad de Dios es infinita. Contra ese Ser es que tú tienes que medir el pecado, porque es contra Él que se comete, no es contra el otro. Hay cierta implicación de que cuando yo ofendo a otro, yo he pecado contra el otro, pero en primera instancia yo desobedecí primero a Dios al ofender a esa persona. Y eso yo tengo que asimilarlo y entender la gravedad independientemente del tamaño del pecado. Dios se duele con mi pecado, no solamente le disgustamos, se duele personalmente. El Espíritu Santo, Efesios 4:30 nos dice que el Espíritu Santo se contrista, se entristece dentro de nosotros cuando nosotros le damos espacio al pecado.
Y Jerry Bridges en su libro En pos de la santidad dice: la experiencia de la santidad no es un regalo que recibimos de la misma manera que la experiencia de la salvación, sino que es algo que se nos manda a buscar afanosamente, o más bien diligentemente. "Sed santos, porque yo soy santo, sean santos ustedes." Pedro dice más adelante que Dios ha provisto todo lo necesario para vivir la vida de piedad, la vida de santidad. Por lo tanto, añadid a vuestra fe virtud, a vuestra virtud conocimiento, a vuestro conocimiento amor fraternal, con amor añadid. Ustedes añadan, esfuércense, peleen contra el pecado, háganle frente, rechacen el pecado en cualquiera de sus formas, por pequeño o grande que sea, rechácenlo y tomen decisiones en la dirección contraria. Entréguenlo a Dios y Dios honrará la vida que quiera hacer eso.
Pablo decía: así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí. El mal está presente en mí. ¡Guau, Pablo! Y ahora es la cosa que tenemos que entender cuando lidiamos con el pecado: es que el pecado tiene asiento en nosotros. Imagínense ustedes que ustedes quieren pelear contra un enemigo cuyo centro de operaciones es tu corazón. Llevémoslo al arte de la guerra y hagámoslo metafóricamente. Los enemigos quieren, yo quiero, los Estados Unidos quieren pelear contra un enemigo, y sucede que el enemigo está dentro de sus cuarteles. ¿Cómo tú peleas con un enemigo así? Bueno, tú tienes que estar muy advertido y tienes que ser muy agudo para detectar quién es el enemigo, para entonces salir de él y poder oponerte a él.
El asiento del pecado es el corazón, pero el problema es que el corazón es engañoso, nos dice Jeremías 17. En otras palabras, tú tienes un enemigo dentro de ti, que es tu carne, que es tu pecado, que te hace luchar contra la manera como tú quieras vivir ahora para agradar a Dios. Y eso muchas veces hace uso del engaño para engañarte en cierta dirección. Yo voy a ilustrar eso con ciertos aspectos.
Por ejemplo, yo estoy predicando y en la medida que yo predico y digo algo que fue significativo, que valió la pena que quedara dicho, y yo hoy veo las caras de ustedes que asienten a lo que estoy diciendo, o no dicen amén y demás, créanme, ha pasado que hay visos de orgullo en mi corazón en el medio de la prédica. "Uy, qué bien, muchacho, qué bien dicho." Si yo no me doy cuenta, si yo no reconozco que el pecado está presente en mi corazón y que me engaña, yo puedo caer presa del orgullo, y cuando yo baje de aquí yo creo que yo dije el mejor sermón de la tierra. Y es por la gracia de Dios que estamos aquí. Y me ha pasado en medio del mensaje, yo predicando, yo adentro, en mi mente, diciendo: perdóname, Señor.
El pecado es así, engañoso, es esquivo. No me doy cuenta. A veces tenemos actitudes orgullosas, actitudes egoístas, egocéntricas, actitudes de lujuria, de materialismo, que se introducen y no nos damos cuenta. Juzgamos al otro, chismeamos, no nos damos cuenta cómo se introducen estas cosas. Tenemos que decir: oops, ahí está presente. Señor, perdóname. No voy a volver a hacer ese tipo de comentarios. Decisiones tomadas para alejarnos del pecado, eso es el arrepentimiento: ir en dirección contraria a lo que entiendo debo cambiar.
El pecado entonces, muchas veces, el corazón nos engaña y a veces lo racionalizamos, le ponemos otro nombre, hasta le buscamos versículos bíblicos para mantenerlo. A veces nosotros pensamos que si yo no tengo deseos de algo, yo no lo debería hacer. Por ejemplo, "tú tienes que decirle más frecuentemente a tu esposa que tú la amas", "pero yo no lo siento". Y ahí entonces buscamos la Biblia y decimos: porque Dios es el que pone en nosotros el querer como el hacer. Y si Dios quiere que yo le diga a mi esposa que yo la amo, Él debería poner en mí que se lo diga. "Señor, ayúdame a dejar de fumar." Y Dios dice: deja de fumar. "Señor, ayúdame a dejar de fumar." Deja de fumar. Yo te he dado mi Espíritu, está en ti si eres mi hijo. Deja de fumar, créeme que si lo haces en fe yo te daré la fuerza, pero déjalo.
Y así vivimos por deseos y entendemos que si no sentimos algo no lo debemos hacer, y el corazón nos engaña y nos dice: "esto hasta base bíblica tiene". ¿Se fijan que el corazón del hombre es engañoso? Que el asiento del pecado está en nosotros. Trabaja a través de nuestros deseos muchas veces. A veces tenemos hambre y nos airamos, "hangry" ese. Trabaja a través de nuestros deseos. A veces tenemos deseo de superarnos y entonces lo que desarrollamos es un materialismo. Pero es un deseo natural, normal, legítimo del ser humano superarse, si no se pone cuidado, se puede transformar en materialismo y ambición pecaminosa. A veces tenemos deseo de que nuestra esposa nos sirva, pero cuidado que se puede transformar en machismo.
Es que hay que estar advertidos de que tenemos un enemigo, un enemigo presente en nosotros. ¿Y cuándo se va a acabar eso? Y yo lo dije al principio: eso se va a acabar cuando entremos en gloria. Ahora hay una esperanza y es que mientras más le hagamos la contra, más cederá el enemigo ante la lucha que le presentemos.
Entonces hay una última cosa que hace el pecado en nosotros y es que engaña la razón. El pecado sabe que la razón es su enemiga. Fíjense, cuando ustedes están a punto de cometer un pecado, a punto de pecar, fíjense la lucha que se da entre su razón y su corazón y su deseo. En diversas cosas puede ser. Puede ser un pecado de la lujuria, se da muy frecuentemente la lucha del hombre: la veo, no la veo, la veo, no la veo, no la veo... la vi. Se venció la lucha. ¿Quién está luchando? El pecado, o la naturaleza pecadora, y tu razón redimida por Dios que te dice no. Pero ¿qué pasa? En ese proceso nosotros muchas veces somos engañados y las razones nuestras engañadas de dos maneras. En primer lugar nos pasa que a veces nos sentimos tan confiados en un área de nuestra vida que bajamos la guardia, quitamos los límites y pensamos que ahí no vamos a volver a pecar. Cuidado con eso.
No, yo estoy seguro. Mira, yo en el tema... Hay hombres con los que yo he hablado: "No, yo con el tema de la lujuria no tengo problema. Yo podía ver una película más o menos sensual y a mí no me está pasando nada. Yo no tengo problema de inclinación hacia la infidelidad. Yo puedo salir con una mujer sola, comer, eso no importa, que no sea mi esposa." Bajamos los límites. Tu corazón te engaña, te dice que tú estás más fuerte de lo que realmente eres, y de pronto, cuando tú tienes que ver, resbalaste.
Yo estoy poniendo eso porque como hombres es fácil ese tipo de ejemplo, si lo podemos ver claramente. Para muchos otros, en muchas áreas de nuestra vida se da así. Pero lo segundo que pasa en cómo el corazón se engaña, es que lo engañamos pensando que Dios y su gracia será suficiente para perdonarnos una vez pequemos, y pecamos premeditadamente sabiendo que después le pediremos perdón a Dios por el arranque de ira, por la lujuria que vimos, por el materialismo que consumimos y todo lo demás. "Yo después le pido perdón a Dios."
El mandato de Dios del perdón es hacia un arrepentimiento genuino. Pero si yo estoy haciendo eso de manera regular para buscar el perdón de Dios, yo estoy buscando un problema con Dios. Y Dios se me va a poner en contra y Dios me va a disciplinar, porque yo no estoy arrepentido, porque el arrepentimiento es ir en dirección contraria a lo que yo quiero dejar.
Bien, entonces, ¿cómo es esta carrera del creyente? Es una carrera que requiere intensidad, determinación, persistencia, adornada con una gran nube de testigos que ya nos han informado a nosotros de que la vida de fe es una vida que vale la pena ser vivida. Pero tenemos que correrla, la tenemos que vivirla de una manera ligera, dejando el peso atrás. Así como los atletas se quitan el peso, se quitan las cosas que dificultan la carrera, quitándonos el peso, el pecado que fácilmente nos envuelve, estando pendientes de cómo el pecado nos engaña, nos afecta, nos induce a hacer cosas que ofenden a Dios y nos disminuyen la velocidad de la carrera. Y al final Dios no es glorificado en todo lo que pudiera ser en nuestra vida.
Ojalá esas verdades se hagan parte de nosotros y podamos, entonces, decidir hoy: yo correré la carrera lo mejor que pueda, lo mejor que pueda dentro de mis posibilidades. Dios te juzgará en función de lo que son tus posibilidades, y que Él sea glorificado.
Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.