IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La crianza de los hijos no consiste en dominar cientos de técnicas sino en sostener la vida familiar sobre principios bíblicos fundamentales. Efesios 6:4 condensa una sabiduría profunda en pocas palabras: los padres deben criar a sus hijos en la disciplina e instrucción del Señor. Esta disciplina no se refiere primariamente al castigo, sino a la formación rigurosa del carácter, a enseñarles a vivir de una manera que agrada a Dios.
El hogar cristiano debe funcionar como un ecosistema donde la Palabra gobierna cada interacción: cómo se aprovecha el tiempo, cómo se resuelven los conflictos, cómo se practica la hospitalidad, cómo se enfrenta la adversidad. Cuando hay enfermedad o escasez, los hijos ven a sus padres acudir a Dios; cuando hay bonanza, escuchan gratitud genuina. Esta dinámica los forma más que cualquier sermón. La disciplina correctiva tiene su lugar cuando hay pecado, pero requiere discernimiento: no todo error infantil es rebelión. Un niño que trae malas notas quizás no necesita castigo sino ayuda para organizar su tiempo. Y la amonestación debe ser oportuna y amorosa, como la de un padre que advierte antes de que sea demasiado tarde, no como Elí, que confrontó a sus hijos cuando ya era tarde.
Pero el objetivo final trasciende formar personas de buen comportamiento. Todo este esfuerzo prepara el escenario para que los hijos abracen voluntariamente la fe en Cristo. Y aquí viene lo decisivo: el mensaje que no se vive no convence. Si Dios no es refugio para los padres en la angustia, difícilmente lo será para sus hijos. La crianza transforma a los hijos solo cuando primero ha transformado a los padres.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, ustedes recordarán, hermanos, que hace aproximadamente unos dos meses me tocó también compartir la Palabra, y en esa ocasión traje un mensaje relativo a la crianza de nuestros hijos. En ese momento dije que serían dos mensajes en lugar de uno, y pues vengo a cumplir esa deuda que adquirí en ese momento. Les prometí que tendría una segunda ocasión de compartir con ustedes.
En ese primer sermón, en ese primer mensaje, decíamos que curiosamente la Biblia no tiene muchos pasajes específicos acerca de la crianza. Son pasajes escasos, y no solamente escasos, sino que están dispersos a lo largo de la Escritura. Tener una enseñanza concreta de la crianza requiere que hagamos una colección o recolectemos múltiples pasajes a lo largo de la Palabra. Y creo que una de las razones por la escasez de pasajes de crianza y por la dispersión también es que, en realidad, si lo pensamos, si nosotros como padres sometiéramos nuestra vida en todos sus aspectos al gobierno de la Palabra de Dios, no habría que decirnos mucho acerca de cómo ser padres, porque sencillamente una buena paternidad brotaría de nosotros de manera natural. Lo que hace un hombre santo lo hace buen padre, y creo que por ese motivo y esa razón es que no tenemos tantos versos o tantos pasajes específicos acerca de la crianza.
Y como les decía, nuevamente hablaremos de este tema haciendo uso del mismo texto que usamos el domingo 11 de agosto, que fue el texto de Efesios 6:4, que yo entiendo, considero ese texto el pasaje más completo de la Palabra acerca de este tema de criar. Y aunque breve, contiene una gran sabiduría, por así decirlo, empaquetada en torno a esta hermosa labor, sublime y desafiante labor de criar a nuestros hijos. Leamos entonces Efesios 6:4 y luego pasaremos a su exposición.
Efesios 6:4 dice lo siguiente: "Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor."
A mí me impresiona cómo Dios puede comprimir tanta sabiduría en tan pocas palabras. Este brevísimo verso tiene una gran cantidad de sabiduría contenida, y su brevedad de hecho no lo hace para nada superficial. De hecho, creo que su brevedad es parte en sí mismo del mensaje que nos quiere comunicar la Biblia acerca de la crianza: y es que la crianza no se trata de muchas cosas, de ofuscarnos con cientos y miles de detalles que pueden ser aparentemente importantes en criar. La crianza de los hijos tiene que ver con que sostengamos esa labor en algunos principios generales fundamentales, que son los que eventualmente tendrán un impacto en el carácter de nuestros hijos. Y como les decía, la brevedad no lo hace superficial, sino que la brevedad lo que nos comunica es que la crianza tiene que ser gobernada por principios generales bíblicos, y que eventualmente entonces, como decía, tendrán un impacto en el carácter de nuestros hijos.
En ese mensaje del 11 de agosto vimos tres componentes a partir de Efesios 6:4, y luego continuaremos a partir de ahí donde lo dejamos. Decíamos que el primer componente que vemos en este texto tiene que ver con la propia primera palabra, cuando dice: "Y ustedes, padres."
Pablo convoca a los padres a la labor de criar. La crianza es una responsabilidad nuestra, no de la iglesia, no del colegio, no de nuestros padres, de los abuelos, no de nadie. La crianza es una responsabilidad que reposa en los padres, y los padres requieren de ellos una presencia abundante, una presencia conectada, una presencia comprometida. Es absolutamente necesario para la salud, por así decirlo, emocional y espiritual de nuestro hogar. Es una falacia o es falso pensar que si le damos buena calidad de tiempo a nuestros hijos, aunque sea muy escaso, con eso es suficiente. Realmente nuestros hijos necesitan mucho tiempo del bueno, mucho tiempo bueno, y la presencia de los padres es, por así decirlo, insustituible. Y esa primera palabra de este verso, "y ustedes, padres", es una convocatoria a los padres a involucrarse en la vida de sus hijos, y otros pasajes corroboran esta idea de que esto tiene que ver con la presencia.
Luego pasa Pablo y les dice: "No provoquen a ira a sus hijos". Y ese es el segundo componente. Es como que Pablo les está dando un mandato negativo: "Mira, eviten, procuren no hacer esto". Algunos han llamado a este segundo componente el mandato negativo de la crianza: "No hagan esto". Yo lo llamo preparación del terreno del corazón, porque cuando un padre o unos padres llevan a cabo su labor de una manera insensible, dictatorial, intimidante, arbitraria, injusta, favoritista, cuando todo eso está en la paternidad, eso resiente a los hijos, eso los hiere de manera innecesaria, y eso lo que produce es como lo que produce la maleza en el terreno. Eso se produce en el corazón de nuestros hijos. Todas estas cosas pecaminosas de los padres en su paternidad siembran una especie de maleza en el corazón que boicotea la labor de criar. Y por eso Pablo, antes de decir cualquier cosa, lo que dice es: "Padres, no provoquen a ira a sus hijos. Cuiden ese terreno, cuiden ese corazón, de tal manera que lo que ustedes tengan que hacer pues caiga en buena tierra".
Luego Pablo sigue diciendo, y procede y dice: "Sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor". Y esa palabra "críenlos" decíamos en esa ocasión que tiene que ver con devoción. Es el tercer componente de la crianza. El primero es presencia, el segundo preparar el terreno, el tercero es devoción. Literalmente en el original significa esmero, dedicación, entrega. La crianza de los hijos no es como un árbol silvestre, una hierba mala. La crianza de los hijos es como el cultivo de una orquídea que requiere una atención esmerada, una dedicación especial. Ya sabemos que las orquídeas son muy quisquillosas, muy delicadas. No es que estoy diciendo que mimemos a nuestros hijos o que seamos indulgentes con ellos, no, sino que requiere un esmero y una dedicación. El pastor Ray traducía esa frase, esa palabra "críenlos", como "ayuda a florecer", y creo que recoge muy bien el sentido original.
Y si seguimos entonces este mismo orden, estos tres componentes de presencia, preparar el corazón y devoción, bueno, ¿qué es lo que Pablo dice? "Sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor". Eso es lo que sigue en el texto y eso es lo que yo quisiera exponer en el día de hoy. Al igual que las frases anteriores, esta frase de criarlos en la disciplina y en la instrucción del Señor está cargada de significado e implicaciones para nosotros los padres. La crianza es entonces un proceso de formación, de educación, de forjar el carácter de nuestros hijos de manera devota. Y las herramientas, los instrumentos que nosotros vamos a usar para hacer eso, es la disciplina e instrucción del Señor. Por eso Pablo dice: "Críenlos en la disciplina y la instrucción del Señor". Es como que yo le digo a alguien: "Mira, esa planta que yo te voy a dejar aquí en tu casa, aliméntala con abono y agua". Ya él sabe: "Bueno, ¿en qué consiste el alimento? Consiste en el proceso de poner agua y abono". De la misma manera, la crianza consiste en el proceso de yo aplicar a la vida de mis hijos la enseñanza o la disciplina y la instrucción del Señor. Eso son las herramientas, es como el agua y el abono del árbol. Así es la disciplina y la instrucción del Señor en el caso de la crianza.
Yo quisiera entonces verlo por partes. Primero, ¿a qué se refiere Pablo con la disciplina del Señor? Cuando nosotros escuchamos la palabra disciplina, lo que viene a nuestras mentes es el concepto de la disciplina como sanción de un mal proceder, es el castigo que imponemos cuando hay un desvío por parte de nuestros hijos. De hecho, podemos hablar de la disciplina incluso en el contexto académico. Hay un departamento de disciplina en los colegios, en las instituciones educativas, que está dedicado a que cuando un muchacho hace lo que no debe, lo ven brillando por los pasillos, le echa algo al baño que no debió, le aploma a un profesor, usted va a disciplina, ¿verdad? Al departamento de disciplina que está encargado de sancionar. De la misma manera vemos en los contextos militares, la disciplina militar también impone sanción.
Pero en realidad la palabra disciplina aquí no significa primariamente sanción, significa formación, estructura. En el original, en el griego, era la palabra *paideia*. Quizás algunos maestros o gente que está dedicada a la academia conozca esta palabra porque es muy conocida, se usa de hecho así mismo como *paideia*, que es el proceso de formación de una persona, en este caso el proceso de formación de los niños. Y el término en el original implica una formación rigurosa, pero tiene un matiz positivo, tiene un matiz más que sancionador o reprensivo, un matiz positivo. Aunque la *paideia* en el original podría incluir cierta reprensión, pero su matiz es más positivo que reprensivo, de acuerdo.
Entonces, a eso se refiere Pablo. De hecho, él usó esa misma palabra en otro pasaje, en 2 Timoteo 3:16, cuando él dice lo siguiente. Es un pasaje muy conocido por nosotros. Dice: "Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia". *Paideia* en justicia, para formar a una persona en justicia, en rectitud de vida. Una traducción consultada traduce esto como "enseñar a vivir de una manera que agrada a Dios", enseñar a vivir como Dios manda. Entonces, en Efesios 6:4, la disciplina del Señor sería el proceso en el que nosotros nos invertimos, en el que estamos intentando enseñar a nuestros hijos a vivir como Dios manda, a vivir de una manera que agrada a Dios. En eso consiste la disciplina del Señor. Y de hecho, acompañado con el otro término de disciplina e instrucción, las dos forman una especie de plan de formación de los hijos.
Yo quisiera entonces, en lo que sigue, hablar de cuatro componentes de ese plan de formación de nuestros hijos a la luz de este significado de *paideia* y de instrucción del Señor que nos dice Pablo en Efesios 6:4.
El primer componente de un plan de formación de crianza tiene que ver con hacer a nuestros hijos practicar normas y ejercicios de vida que se adecúen a la vida que Dios quiere, que se adecúen al molde que Dios quiere que sean nuestras vidas. El hogar cristiano se rige por principios bíblicos en todo su funcionamiento, en todas sus interacciones, en lo que persigue, en lo que valora, en lo que aprecia, en la manera como se relacionan unos con otros. La Palabra de Dios es como la ley, las normas de donde emana todo lo que es el funcionamiento del hogar.
Algunos ejemplos. Por ejemplo, valga la redundancia, el hogar cristiano aprovecha el tiempo. Y lo aprovechamos porque la Biblia dice que el tiempo es escaso, que la vida es un soplo, que estamos aquí por un tiempo y que tenemos ciertas oportunidades y momentos para hacer lo que Dios nos ha mandado hacer. Por lo tanto, el tiempo hay que aprovecharlo, no hay tiempo que perder, por así decirlo. Claro que hay lugar para el descanso, para el entretenimiento, pero en general el hogar cristiano se rige por una norma y un principio de aprovechamiento del tiempo.
En el trato mutuo se responde al principio de la regla de oro: no le hagas al otro lo que no quieres que te hagan a ti, y trata al otro como tú quieres que te traten a ti. Aquí nos servimos los unos a los otros porque la Palabra nos manda a servirnos unos a otros. El ser humano no puede vivir ensimismado. Cuando el Hijo del Hombre, según Marcos 10:45, no vino a ser servido, sino que el Hijo de Dios vino a servir y a entregar su vida, ¿qué nos queda a nosotros que somos sus siervos?
Cuando hay conflictos en el hogar cristiano hay una norma: los conflictos se reconcilian. Aquí no le damos lugar al resentimiento, al rencor, a la distancia, al "yo no te hablo", al "tú no me hablas". No podemos dar espacio para que la gente acomode sus emociones. Por aquí vamos a hablar de lo que pasó y yo te voy a pedir perdón si te ofendí, aun siendo el padre o la madre, y tú me vas a pedir perdón si tú me ofendiste, cualquiera que sea la ocasión. Ese es otro principio que gobierna el hogar. Estos son ejemplos simplemente que estoy poniendo de cómo el hogar cristiano se desenvuelve, se desarrolla basado en principios bíblicos.
El hogar cristiano cultiva la hospitalidad, la practica. Somos gente que nos gusta tener gente en la casa. Miren que yo no soy el más extrovertido de los que estamos aquí, pero amigos, como que me está gustando el asunto de recibir gente en la casa. Nos debería gustar, debería gustarnos porque es parte del corazón de Dios. Dios es dadivoso, Dios es generoso, Dios es hospitalario, Dios acoge en su seno a nosotros que éramos sus enemigos. La hospitalidad es parte del carácter de Dios y debe ser practicada en el hogar cristiano. Y cuando hay visita en la casa, los hijos deben participar en la medida de lo posible, si es que no estamos hablando de un tema que los excluya, pero deben participar no solamente en las conversaciones. Deben participar en la puesta de la mesa, en la recogida de los platos, en la atención a los invitados, en la búsqueda de la bebida. Y si no viene solamente una persona a comer o a cenar, sino que viene a quedarse con nosotros, también ellos deben ver que aquí se acoge a la gente porque es un principio bíblico que queremos implementar en el hogar.
En esta casa, decimos nosotros, para los cristianos aquí se ve la iglesia, aquí se honra la iglesia local. Este es el cuerpo de Cristo. Hacemos comunidad, nos tratamos de integrar, amamos a los hermanos. No somos perfectos ninguno, nos amamos a pesar de nuestras diferencias. Y le enseñamos eso a nuestros hijos. Cuando escuchamos los sermones, lo tomamos en serio, lo comentamos en la comida, lo comentamos mañana: "¿Ustedes escucharon lo que el pastor dijo? ¿Qué aprendieron en la escuela dominical? ¿De qué manera pueden ellos incorporar estas enseñanzas?" O sea, estamos metiendo, por así decirlo, la Palabra en nuestras dinámicas diarias.
Con todo esto que estoy diciendo, en esta casa lo bien hecho es estimulado y aplaudido, y el pecado es confrontado y reprendido amorosamente, como Dios lo hace con nosotros según Hebreos 12. Cuando hay desdichas, cuando hay infortunios, cuando hay enfermedad, cuando hay escasez, cuando hay ansiedad por cualquier motivo, los hijos ven a los padres: "Vamos a pedirle a Dios que esté con nosotros, que nos dé fortaleza, que nos dé sabiduría, que nos dé paz en medio de la turbulencia." Ellos ven entonces a padres que dependen de Dios. Y ¿qué van a hacer ellos cuando ellos mismos también estén en las mismas situaciones? Bueno, acudir a Dios.
En la bonanza, el hogar cristiano apunta al cielo como el benefactor. Dice: "De Dios recibimos todo esto, no merecemos nada, pero Dios nos lo ha concedido." Se cultiva la gratitud, se cultiva la humildad en medio de la bonanza también.
Bueno, todas estas cosas yo pudiera seguir diciendo y diciendo. Todas estas cosas, practicarlas, hacer que el hogar funcione en base a ellas, forma a los hijos. Es un régimen de formación de la vida que Dios quiere que nosotros tengamos, de vivir como Dios manda. En resumen, los padres deberían procurar que todo el funcionamiento de su hogar esté basado en principios bíblicos, y que toda su interacción familiar y toda circunstancia que la familia experimente entrene a los hijos de alguna manera a vivir en el Señor, porque la disciplina es en el Señor o del Señor. Y ese es el primer componente: que toda nuestra dinámica funcione de esa manera.
El segundo componente de un plan de formación de nuestros hijos, para que disciplina e instrucción sean del Señor, implica que en el hogar cristiano a los hijos se les impondrán consecuencias ante sus desvíos y sus pecados. Esto tiene que ver con la aplicación de la disciplina correctiva en el hogar, y es un tema yo diría difícil y desafiante para los padres: la aplicación de la disciplina correctiva.
La realidad, hermanos, es que nuestros hijos, por más que los amemos, ellos no son perfectos. No solo no son perfectos, sus corazones según la Biblia son pecadores, incluso podemos decir perversos. Como mi corazón era perverso también, y si no me acojo al plan de redención de mi Señor Jesús, y si no me someto a su transformación por medio de su Espíritu, mi corazón tiene inclinaciones que yo no quiero y que no son deseables para ninguno de ustedes. De la misma manera nuestros hijos.
Entonces, ¿qué haremos cuando nuestros hijos se desvíen, pequen contra nosotros o contra otros? Bueno, la Biblia nos instruye a que manejemos eso de manera pronta y diligente, y debe haber un régimen de consecuencias. En algunas ocasiones, en momentos de rebelión abierta y de desafío a la autoridad de los padres, en las primeras etapas de desarrollo de los hijos, quizás es pertinente una pela. Es un punto muy delicado, muy sensible para algunos. Quizás la Biblia nos manda a considerar la vara en algunas ocasiones. Y de hecho, oigan cómo lo dice Proverbios 13:24: "El que evita la vara odia a su hijo, pero el que lo ama lo disciplina con diligencia."
Sí, habrá ocasiones en que, bajo ciertas condiciones, cuando el papá y la mamá no están gobernados ni por su ira ni por su frustración, puede proceder a un azote, en el entendido de que le ha explicado a su hijo por qué lo está haciendo y que lo ama a pesar de lo que está haciendo. Nosotros tenemos esta idea de que el que ama no produce dolor, pero eso no es lo que la Palabra de Dios nos dice. De hecho, el dolor en nuestras vidas es quizás el mejor maestro que Dios tiene para nosotros.
Entonces, la aplicación de la disciplina correctiva es compleja por varias razones. Y ojo, cuando hablo de disciplina correctiva o de azote, no me refiero solamente al castigo físico, que puede ser pertinente para algunas etapas de la vida. No creo que más allá de cierta etapa de la vida, ya cuando se entra en la adolescencia y demás, sea apropiado. Y no puedo extenderme todo lo que quisiera en este tema. Pero hay ocasiones en que podemos azotar a nuestros hijos de otras maneras que no son el castigo físico, como Dios lo hace con nosotros. Dios castiga y azota a todo el que toma por hijo. De hecho, en Hebreos 12 nos dice: "¿Qué padre hay que no disciplina a su hijo?" Porque Proverbios dice que si yo no lo disciplino es porque no lo amo.
¿Por qué la disciplina correctiva es compleja o desafiante de aplicar? Bueno, porque primero, cuando nosotros respondemos a un desvío de nuestros hijos, a una impertinencia pecaminosa de nuestros hijos, tenemos que lidiar con nuestra propia frustración ante esa situación. Y muchas veces nuestra respuesta es tan pecaminosa como lo que estamos corrigiendo, paradójicamente. Entonces, por eso es difícil la aplicación de la disciplina correctiva: porque no siempre estamos en la mejor postura emocional para nosotros ser los jueces de nuestros hijos. Y eso tenemos que cuidarlo, tenemos que atenderlo, porque posiblemente si procedemos a corregir a nuestros hijos llenos de frustración, llenos de decepción, llenos de impaciencia, lo que vamos a hacer es más mal que bien.
Pero también la aplicación de la disciplina correctiva es un desafío no solo porque tenemos que ver muy bien cómo estamos nosotros en ese momento, sino también porque nos podemos equivocar en la proporción de la sanción. Se cometió un delito familiar y nosotros como jueces tenemos que emitir sentencia en proporción al delito. A veces hay padres que somos muy flojos, y ante un delito mayor aplicamos una disciplina que no produce ninguna transformación. Nos equivocamos, nos pasamos de flojos. Quizás el temor a que mi hijo me desapruebe, quizás el temor a lo que hoy en la sociedad, no me deja actuar con determinación y decisión ante el pecado de mi hijo. Pero hay otras ocasiones donde no nos pasamos de flojos, sino que nos pasamos de rígidos, y nuestra sanción es desproporcionalmente mayor a la falta cometida. Mi hijo no saludó a su tío y le pongo dos meses sin televisión, por ejemplo. Hay una desproporción.
De ahí que la instrucción en Levítico de "ojo por ojo y diente por diente" no es una licencia para la venganza. Eso era una medida legal para que nadie pusiera a otro a pagar más allá del delito. Eso era justo: no me puedes hacer pagar con que me vas a matar un hijo porque yo te herí un ojo. ¿Me explico?
En este caso entonces tenemos también este desafío: no solamente el desafío de controlarnos nosotros, el desafío también de la proporción de la falta. Pero hay un tercer desafío en la aplicación de la disciplina correctiva, y es que muchas veces nosotros corregimos lo que no necesita ser corregido.
Yo lo veo de la siguiente manera: nuestros hijos nacen con tres condiciones. Nosotros nacemos con tres condiciones lamentables. Nacemos ignorantes: no conocemos nada, no sabemos nada, hay que informarnos de todo, ¿cierto? Al niño se le enseña a hablar, se le enseña a caminar, se le enseña a escribir, se le enseña cultura, se le enseña historia. Él nace ignorante, no sabe cómo relacionarse con los demás, etcétera.
No solamente él nace ignorante, él nace inmaduro. Él no sabe controlarse a sí mismo, él no sabe lo que es un deber y diferenciarlo de un deseo. Entonces él está confundido muchas veces porque él quiere lo que quiere porque lo quiere, pero él no sabe que eso quizás no le conviene, porque él no es maduro.
Pero lo peor de todo eso es que él no solamente es ignorante e inmaduro, él nace pecador. O sea que él tiene inclinaciones que lo conducen en una dirección que, si él supiera lo que va a pasar producto de esa mala decisión, pecaminosa decisión que va a tomar, él no lo hiciera. Pero no actuamos así, y a veces nuestros deseos, aun sabiendo la consecuencia de nuestro mal proceder, nuestros deseos pecaminosos nos llevan en esa dirección. Entonces, como si todo eso fuera poco —ignorancia, inmadurez y pecado—, nuestros hijos están envueltos en un ambiente corrupto: el mundo en el que vivimos.
Entonces, digamos que de todo eso hay cosas que a veces nuestros hijos se equivocan, o son imprudentes, o desatinados, no necesariamente porque se equivocaron moralmente, porque están cometiendo un pecado, sino porque son inmaduros o ignorantes. Yo recuerdo en una ocasión con un amigo, estuve intercambiando una situación que él tenía con su hijo. Su hijo estaba trayendo malas notas a la casa, muy malas notas. Y yo le preguntaba a mi amigo: "Pero ¿tú lo ves estudiando?" "Sí, yo lo veo estudiando, pero no rinde." "¿Y qué tú estás haciendo?" "Bueno, yo lo he puesto en disciplina." "Pero ¿tú has investigado, indagado, profundizado por qué es que no le está yendo bien? Porque quizás lo que él necesita es ayuda y no disciplina, porque él quiere que le vaya bien pero no está rindiendo."
Y después de una serie de conversaciones, él se dio cuenta de que él estaba castigando el hecho de que su hijo no sabía manejar su tiempo. Y lo que él necesitaba era una especie de padre que se sentara junto a él y que lo ayudara: "Mira, tú tienes que organizar tu tiempo así." Enseñarlo a estudiar, qué seleccionar, qué tomar y qué hacer. En ese caso, la disciplina correctiva no era lo que procedía; era que yo ayudara a mi hijo, porque él era un ignorante de cómo manejar su tiempo.
Era lo que había que señalar, pero a veces nuestros hijos... Yo ponía el ejemplo de que un hijo puede tomar, un niño puede tomar a los dos años un crayón y rayar esa pared, ¿verdad? Él viene inspirado, quizás es un niño con vena artística, y ve el lienzo y él dice: "¡Wow! Yo nunca he visto un lienzo tan grande". Y él tiene un marcador permanente en su mano que se lo dieron de acuerdo a un local y se lo llevó, y viene y pinta a papi, a mami, al perrito y a él. ¡Qué desatino! decimos. Bien, el padre avergonzado frente a la congregación, y el padre por la vergüenza experimentada y lo que puedan decir, que mi hijo es un incontrolable, yo lo disciplino. Pero lo que hizo fue una manifestación de su ignorancia. No sabe qué es un lienzo, es una pared, es un niño que pintó eso ahí. Lo que hay que decir es: "Ven papito, pásame ese marcador". Y: "Mi hijo, no se pintan las paredes, ni los carros, ni los muebles, ni los hermanitos. Tú no los pintas".
Entonces hay momentos en que el padre necesita determinar si la sanción es penal o civil, si es un pecado a corregir o es una falta producto de la ignorancia y la inmadurez. Que el niño no saluda, ¿usted cree que es un pecado? Y yo soy introvertido, yo no saludo a veces porque estoy muy introvertido. Entonces tenemos esta implicación de la disciplina correctiva: a veces nos equivocamos porque procedemos mal, porque no nos controlamos a nosotros mismos; a veces nos equivocamos porque no somos proporcionales en la sanción; y a veces nos equivocamos porque hay cosas que corregimos que no son corregibles, que no es eso lo que se necesita.
Por todo eso es necesario que hagamos como una especie de... discernamos, discernamos bien qué es lo que tenemos que hacer ante cada situación de frustración, de molestia, de disgusto con nuestros hijos, y que eliminemos esa idea de que bueno, todo lo que le produce dolor a mi hijo no tiene lugar. Porque hoy en día escuchamos tantas cosas acerca de esto.
Yo recuerdo en una ocasión que yo caminaba con Charuel y estábamos, recuerdo que estábamos con Diego, el mayor nuestro. Él era chiquito todavía, tenía quizás tres o cuatro años, quizás tres años en ese momento. Y caminábamos por una zona residencial fuera del país; eso fue cuando fuimos a estudiar a Chicago. En ese momento Diego tenía tres años. Y nosotros caminando por la acera, sale corriendo rápido, y sale corriendo y va a cruzar la calle. Y en ese momento justamente venía un carro, y yo inmediatamente, o sea, me avalanzo contra él, lo cojo, lo atraigo, le cojo el bracito y se lo jalo. Casi se lo descoyuntó de acá, se lo descoyuntó de aquí porque lo haló duro. Y él lloró, y obviamente se dio cuenta después de lo que había pasado, pero él lloró y fue doloroso para él. Pero cuando yo vi que su camino y su trayectoria iba a producir un daño mayor en su vida, yo prefiero el dolor que yo le produje en el brazo y no que lo atropellara el bus.
De la misma manera, hay ocasiones en que nuestros hijos están yendo en una dirección que, si los dejamos seguir en esa dirección, van a sufrir un daño mayor. Y es mejor producirles un poco de dolor temporal, pero es un dolor que los salva de su trayectoria. O sea, que el dolor muchas veces es bueno cuando se trata de la disciplina correctiva, y cuando estamos corrigiendo tendencias pecaminosas en nuestros hijos. Porque nosotros sabemos que los pecados tienen consecuencias, y si no los detenemos en su error, vamos entonces a verlos sufrir más adelante.
Este es el segundo componente de este plan de formación. El primero dijimos que es que el hogar, perdón, se sostenga en múltiples principios y que su dinámica esté determinada por la Palabra en todo lo que se hace y toda la dinámica que se tiene. Número dos: tener un esquema de disciplina correctiva que sea sensato, que sea sabio, que sea oportuno.
Y el tercer componente entonces es precisamente la palabra que Pablo usa: disciplina e instrucción del Señor. ¿A qué se refiere Pablo con la instrucción del Señor? ¿Y a qué se refiere este término de manera específica? Y nuevamente, aquí a veces hay una confusión de términos. Así como la disciplina nosotros la asociábamos con sanción, pero realmente aquí tiene que ver con formación, aquí la palabra instrucción que aparentemente significa enseñanza, aunque tiene algo de eso, tiene un matiz un poco distinto a enseñanza per se. Y vamos a ver eso en un momento. Puede entenderse como entrenamiento por medio de la palabra, ya sea de estímulo o, si es necesario, de reprensión o amonestación.
Ahora, si ustedes buscan esa palabra original, que es nouthesía, la buscan en el Nuevo Testamento, cada vez que nouthesía es usada usualmente es una palabra de advertencia, de cuidado, de reprensión amorosa que se le da a múltiples personas a lo largo de la Escritura. Entonces es la razón por la que algunas Biblias, si no estoy mal recordando, la Reina Valera habla de disciplina y amonestación del Señor. Amonestación en lugar de instrucción. Y me parece que la palabra amonestación es una mejor traducción que instrucción, porque tiene ese matiz. La amonestación es ese llamado de atención sensible que yo hago con alguien ante un posible desvío, ante un potencial camino que esa persona pueda tomar.
Y esa es la palabra que quisiera utilizar. En nuestros hogares tiene que haber una decisión de parte de los padres de que vamos a amonestar, a advertir a nuestros hijos tanto como sea necesario, de conductas que ya pasaron o de conductas que pueden estar en el futuro en sus vidas.
Y en cuanto a la amonestación, yo quisiera subrayar dos aspectos. Porque cuando nos sentamos con nuestros hijos a advertirles, a llamarles la atención, a decirles que no lo hagan y por qué no lo deben hacer, lo primero es que tenemos que ser amonestadores oportunos. Oportunos. ¿Y a qué me refiero con esto? Quiero tomar un ejemplo de la misma Palabra que nos ilustra lo que estoy tratando de decir.
En Primera de Samuel se nos cuenta la historia del sacerdote Elí, que era el sumo sacerdote de Israel, ya de avanzada edad, y tenía dos hijos adultos. Pero sucede que estos dos hijos adultos crecieron y se desviaron del camino del Señor, y eran dos perversos, literalmente. Ustedes leen la historia desde el capítulo tres de Primera de Samuel, y es lamentable lo que estos muchachos hacen. Tan lamentable que Dios decide matarlos. No puedo entrar en la explicación teológica de que Dios decide matar a gente. Dios, Él decide lidiar con ellos, juzgarlos por su perversión. Se ponían en las puertas del templo, hacían actos inmorales con mujeres que iban al templo, tomaban de los diezmos, de las ofrendas del pueblo para beneficio personal, etcétera, etcétera, etcétera.
Y Dios le dice entonces a Elí, su papá, a través de un profeta: "Le he hecho saber a Elí que estoy a punto de juzgar su casa para siempre a causa de la iniquidad que él sabía, de la cual él sabía. Pues sus hijos trajeron sobre sí una maldición, han hecho esto, y él no los amonestó". No les advirtió, no les dijo. En otras traducciones dice: no los molestó en su pecado.
Cuando nuestros hijos llevan una trayectoria de pecado, nosotros debemos ser como una piedra en el zapato, molestos para ellos. Es incómodo. Eso no quiere decir que yo no sea amoroso al hacerlo, pero el que está en una trayectoria de pecado y es reprendido y es confrontado y es amonestado, eso es molesto aun cuando tú lo hagas con todo el amor del mundo. Porque a nadie le gusta que le digan que está mal.
Entonces, que se entienda esta historia para cerrarlo ahí, porque es interesante: Elí los reprende, pero muy tarde. Nosotros sabemos un poco más adelante, no en Primera de Samuel tres sino en Primera de Samuel dos, que él les dijo eso sobre Joví: "Si, hijo, ¿pero por qué te das en eso? ¿Cómo va a ser que tú has ofendido a Dios de esta manera y se han aprovechado del pueblo?" Pero lo hizo muy tarde. Por eso la amonestación paterna o materna a nuestros hijos tiene que ser oportuna, pronta, diligente. Y para eso tenemos que estar involucrados en la vida de nuestros hijos. Tenemos que ver en qué están, qué ven, qué hacen, con quién andan, para dónde van. Obviamente no vamos a convertirnos en padres controladores y temerosos. No, no, no, no. Estar enterados, estar involucrados en la vida de nuestros hijos, hablar con ellos y poder detectar cualquier desvío que requiera una amonestación oportuna antes de que sea demasiado tarde.
Pero esta amonestación no solamente debe ser oportuna, sino que debe ser hecha de una manera amorosa. Ellos deben entender que esto es una expresión de nuestro amor hacia ellos. Una amonestación brusca o burda o insensible puede conducir a nuestros hijos a que hagan otra cosa a la que nosotros queremos. La amonestación debe estar envuelta en amor, en estímulo.
Miren cómo Pablo, al escribirle a los corintios, les dice lo siguiente. Nosotros sabemos que la carta a los Corintios, tanto la primera como la segunda carta, son dos cartas duras. Ustedes la leen, ustedes se van a dar cuenta que Pablo los reprende, los reprende, los reprende. Pero él, cómo comienza, diciendo en capítulo cuatro: "No les escribo esto para avergonzarlos, sino para amonestarlos como a hijos amados". Envolvió su reprensión en una envoltura de amor, como un padre a un hijo que amonesta, no para que te avergüences, sino para amonestarte, para que tú desistas de tu mal camino, como un padre lo hace con sus hijos. Le pone: como a hijos amados. No hay ninguna otra forma más sensible de poner esto en palabras. Entonces la amonestación tiene que ser oportuna y amorosa.
El cuarto y último componente de nuestro plan de formación de nuestros hijos, y esto está implícito en casi todo lo que he dicho, es que debe haber en nuestro hogar una enseñanza regular de la Palabra de Dios. No hay manera de criar a nuestros hijos en la disciplina y la instrucción del Señor si la Palabra no es la que dicta, no es el telón de fondo de todo lo que se hace, de las cosas, de cómo se procede, de cómo se vive la vida, de cómo se experimenta la vida. La Palabra de Dios tiene que ser nuestro alimento. Pero en este sentido yo...
Quisiera hacer algunas consideraciones generales, porque aunque hayamos hablado de la Palabra de manera implícita, déjenme decir algunas cosas. En primer lugar, como padres cristianos, sepamos que los responsables primarios delante de Dios de la formación espiritual de nuestros hijos, bíblica de nuestros hijos, no es la iglesia, no es el colegio: somos nosotros. Nosotros somos, y eso representa en sí mismo un desafío para nosotros, porque si nosotros no conocemos la Palabra, si a nosotros no nos apetece la Palabra, si nosotros no la estudiamos y no la abrazamos como nuestra norma de vida, es poco probable que nuestros hijos lo vayan a hacer también. Eso representa un desafío para mí, pero lo primero que quería era ponernos el dedo a los padres: que los responsables del crecimiento y la formación espiritual de los hijos, y bíblica de los hijos, somos nosotros. No el colegio, no la iglesia, no ninguno de estos mecanismos que Dios en su gracia ha permitido.
Pero dicho eso, hay ciertamente mecanismos que Dios nos ha regalado a través de los cuales nuestros hijos pueden ser formados. Yo tengo una recomendación en ese sentido: mecanismos formales de instrucción bíblica que ustedes conocen. Bueno, comenzamos con la iglesia; la iglesia es un mecanismo de formación espiritual. Comenzamos con el colegio también; el colegio, si es que estamos en colegios cristianos, nuestros hijos también es una fuente de instrucción. Pero también el devocional que podemos tener en el hogar, un devocional familiar, un tiempo —para los que no conocen el término— donde separemos a la semana, puede ser diario, puede ser interdiario, puede ser semanal, para reflexionar con nuestros hijos acerca de una porción de la Escritura, hablar con ellos de qué les parece y ver cuál es su sentir en ese sentido. Esos son los mecanismos formales: devocional, iglesia, colegio.
Lo que quería señalar en este sentido es que muchas veces nuestros hijos participan de este mensaje, o de la escuela dominical, o del colegio cristiano, y rara vez nosotros como padres interactuamos con ellos acerca de lo que aprendieron, de cómo el Señor les está hablando, de cómo están creciendo, si han identificado algún área en su vida que necesita ser cambiada, de qué les pareció el mensaje. Cuando no hay esa interacción, no hay ese rumiar la Palabra familiarmente hablando, estamos por así decirlo desaprovechando esas fuentes de instrucción en nuestros hijos, porque no estamos por así decirlo moldeando su forma de pensar a la luz de todo lo que ellos están recibiendo. Y mi recomendación es que seamos más intencionales con nuestros hijos en hablar con ellos de lo que ellos están aprendiendo de las Escrituras en estos mecanismos formales a los cuales ellos están expuestos: sea el mensaje, sea la escuela dominical, sea el colegio, lo que sea. Podamos hablar con ellos al respecto.
El segundo mecanismo, no tanto formal sino informal, yo lo he llamado de una manera un poco sofisticada, pero no es sofisticada realmente, es algo muy sencillo. Yo le he llamado "instrucción existencial de la Palabra". Ahí se oye muy fino, pero en realidad es simplemente que nosotros estemos atentos de todas las oportunidades que la vida nos ofrece para hablar con nuestros hijos desde un punto de vista bíblico. Deuteronomio 6 habla de la instrucción de los hijos, pero dice que nosotros tenemos que instruirlos cuando te sientes, cuando estés en tu casa, cuando estés en el camino, cuando te acuestes, cuando te levantes. Es en todo lugar, en todo momento; tenemos que estar interactuando con nuestros hijos acerca de la ley de Dios, de los principios de Dios, de las verdades de Dios.
¿Y cómo se hace eso? De manera muy natural. Hace un tiempo atrás —es el último momento memorable, han habido otros, muchos otros que hemos compartido en nuestra familia— pero recuerdo cuando estalló la guerra de Rusia y Ucrania. Uno de mis hijos, estábamos hablando en la mesa, y dice: "Bueno, porque eso puede desatar la tercera guerra mundial, ¿qué tú crees?", me pregunta a mí. Y yo dije: "Bueno, yo no sé, eso puede ser, yo no sé tanto de geopolítica, tengo algunos conocimientos generales, pero yo no sé si va a desatar la tercera guerra mundial". Y él me expresó cierta preocupación, cierto nivel de ansiedad a producto de esa guerra, la tercera guerra mundial. Imagínense, para un muchacho pensar en una tercera guerra mundial en la que él puede estar dentro, es angustiante.
Y yo le dije: "Bueno, yo no sé si se va a desatar una tercera guerra mundial. Yo sí sé, por el libro de Daniel, que nuestro Dios controla las cosas, que Dios quita y pone reyes, y que es Él el que gobierna los asuntos de los hombres", dice el libro de Daniel. "Pero no solamente eso, el Salmo 46 nos dice que aunque la tierra sufra cambios, la tierra se estremezca, yo estaré tranquilo en mi Señor. Porque al final, ¿qué es lo peor que puede pasar? Que nos vayamos con el Señor. Eso es lo que estamos esperando". Y cuando yo terminé me dice: "Sí, sí, sí, sí, sí, sí". Una manera muy natural de compartir las realidades de la vida, las noticias que escuchamos, lo que está pasando. Lo que ellos... vamos a darle un sazón bíblico a eso, una respuesta consistente de la Palabra a su inquietud, a su necesidad, a su incertidumbre.
El teólogo Albert Barnes decía: "Si un hombre no le enseña la verdad a sus hijos, otros le enseñarán el error". Pensemos: ¿qué le estás enseñando a tus hijos? ¿Cómo cazar? ¿Cómo jugar golf? En mi caso yo diría cómo jugar tenis, cómo animar a su universidad en un juego de fútbol. Amado, por muy buenas que sean esas cosas, eso es válido, es legítimo hacerlo. Oigan, lo que les digo: el tiempo de los padres con los hijos es un tiempo precioso, atesorable. Asegúrate de que los eventos temporales estén siempre sazonados con una buena dosis de Palabra eterna. Y yo creo que eso debe ser una consigna en los hogares cristianos: hablemos con nuestros hijos de manera natural, no tenemos que predicarles un sermón, pero dejémosles saber cómo un cristiano ve la vida, con todos sus aspectos, con todos sus departamentos, con todas sus inquietudes, cómo nosotros la vemos y cómo ellos deberían también verla.
Entonces, hasta ahí nosotros hemos visto estos cuatro componentes de un plan de formación para nuestros hijos. Primero, un conjunto de normas y ejercicios de vida basados en la Palabra que determinan toda la interacción del hogar: interacción con ellos, la interacción de ellos con sus hermanos y con el mundo. Todo se determina ahí primero. Segundo, debemos disponer de cómo abordar los desvíos de nuestros hijos, la disciplina, sea correctiva o sea una disciplina preventiva, pero cómo vamos a lidiar con los desvíos que vamos a tener que enfrentar con nuestros hijos. En tercer lugar, el lugar de la amonestación, el lugar de advertir oportunamente, amorosamente, un posible camino, una posible trayectoria dolorosa para su vida, y que yo pueda detenerlo de su mal camino. Y número cuatro, la enseñanza regular de la Palabra de Dios, compartiendo con ellos las oportunidades que la vida me da para estar en constante comunión con ellos y que ellos estén lidiando con las verdades bíblicas en su día a día.
Pero ya quisiera terminar con dos aspectos que no son diferentes a lo que he dicho, pero simplemente subrayar un par de cosas que es necesario al final. La frase "del Señor". Recuerden que Pablo dice: "Críenlos en la disciplina y la amonestación del Señor". Y todo lo que yo he dicho está bien porque estaba citando la Palabra, pero podría interpretarse que estamos criando muchachos que se porten bien, que sean respetuosos, que sean buenos prójimos, que sean obedientes a nosotros. Nuestro objetivo no es ese, aunque eso es bueno que se produzca y es necesario que se produzca. Pero nuestro objetivo con nuestros hijos, nuestro primer, primer objetivo con nuestros hijos, es más trascendente que eso, y es que ellos lleguen a tener una relación personal, por su lado, con Cristo. Esa debe ser nuestra mayor aspiración.
Y todo lo que yo acabo de decir es simplemente el escenario que preparamos, el lugar que se prepara, como un escenario se prepara para presentar el satisfacción, y que cuando el satisfacción se haya presentado en esa casa, en ese hogar que camina de esta manera, ellos hayan captado el sentido de abrazar la fe cristiana. Esa es la idea.
¿Y por qué yo digo eso? Y de hecho se deriva de la expresión "del Señor" al final de Efesios 6:4. ¿Por qué se deriva de ahí? Porque literalmente, cuando Pablo nos dice "críenlos en la disciplina e instrucción del Señor", algunas traducciones lo dicen de esta manera: "Críenlos en la disciplina y la instrucción que quiere el Señor". Una traducción consultada dice: "Críenlos en la disciplina e instrucción que proviene del Señor". Es decir, que yo estoy criando a mis hijos como si Cristo mismo los estuviera criando. Esa es la manera como yo lo hago, criar.
Y yo le pregunto lógicamente: si Cristo estuviera criando a nuestros hijos, ¿cuál creen ustedes que sería su principal objetivo? Que le conozcan a Él como Redentor y Salvador y Señor. Él nos preguntó en Mateo 16: "¿De qué le vale al hombre ganar el mundo si pierde su alma?". ¿De qué nos vale a nosotros tener hijos bien portados, buenos profesionales, buenos deportistas, buena gente, que todo el mundo los aplauda, un muchacho buenmozo, bonito, y algunos no tanto, pero me da igual honestamente? ¿De qué nos vale? Piensen, ¿de qué nos vale a nosotros si nuestros hijos tienen un buen desempeño aquí abajo cuando su eternidad está comprometida? "¿De qué le vale al hombre ganar el mundo si se pierde su alma?".
Entonces, la principal aspiración de un padre cristiano es hacer todo esto que yo describí, prepararles el escenario para que el satisfacción sea aceptado de manera voluntaria. Y nosotros sabemos que la salvación es del Señor; nosotros no podemos hacer que nuestros hijos se conviertan, ni tenemos que tener cuidado en ese sentido de querer imponer nuestra fe a nuestros hijos. No. Nosotros preparamos el escenario y hablamos del satisfacción, le hablamos de la Palabra, permitimos que la casa funcione según las Escrituras. Cuando él peca decimos: "Tú eres pecador igual que yo, por eso necesitamos a Cristo". Los conducimos al Señor.
Nuestra oración es: Señor, conviértelo. Señor, hazlo nacer de nuevo. Señor, abre sus ojos como Tú lo hiciste conmigo; hazlo con ellos. Esa debería ser nuestra principal aspiración.
Pero no solamente eso, y este es el segundo aspecto que quería subrayar. Hermanos, tus hijos no van a abrazar la fe que tú no vives, el mensaje que tú no vives. Deuteronomio 6, cuando Dios le habla a Moisés y le dice "dile esto al pueblo con respecto a la crianza", le dice lo siguiente: "Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón, y las enseñarás diligentemente a tus hijos". Fíjense que dice: las enseñarás a tus hijos, bravo, diligentemente. Pero lo primero que dice es: estarán en tu corazón. El mensaje que no se vive no convence. El mensaje que no se vive no convence, y no convence a nuestros hijos.
Ralph Waldo Emerson decía: tus actos hablan tan alto que no puedo escuchar lo que dices. Tu vida habla como un megáfono, pero cuando tú dices algo que no es coherente con lo que tú vives, eso no se escucha. Si Dios no es importante para ti, es poco probable que lo sea para tus hijos. Si Dios no es refugio para ti en momentos de angustia, es probable que ellos se refugien en otra cosa. Si tú no pides perdón cuando pecas contra ellos, ellos no van a pedir perdón ni entre ellos ni a ti cuando ellos pecan contra ti. Si tú muestras irritación y queja y frustración ante las constantes ocasiones que esta vida nos presenta para hacerlo, ellos también van a ser muchachos desagradecidos, frustrados e irritados constantemente, que no van a disfrutar la vida. El mensaje que tú quieres que ellos asimilen y copien y asuman, no solo que copien, sino que abracen, tiene que ser vivido primero.
Hermanos, con esto concluyo. Los padres debemos entender que, si bien la crianza está destinada a formar a los hijos, ella no prospera si los padres no son transformados primero. Quiera Dios que eso sea así en nuestros casos, en nuestros hogares.
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Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.