IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Desde el Edén, la humanidad vive en un estado de enemistad con Dios. La caída de Adán y Eva no fue simplemente una desobediencia pasajera: rompió la armonía entre el Creador y la criatura, y esa ruptura se evidenció en el velo del tabernáculo, en la pared que separaba a judíos y gentiles, en el sistema de sacrificios que requería sangre derramada una y otra vez. Todo estaba diseñado para comunicar una realidad dolorosa: estamos separados de Dios, somos sus enemigos, y su ira permanece sobre quienes no han sido reconciliados con él a través de Cristo.
Pero cuando Cristo murió, el velo se rasgó en dos. La pared fue derribada. Y ahora, quienes depositan su fe en él reciben tres dones extraordinarios: paz, gracia y esperanza. La paz no es un sentimiento circunstancial que depende de que las cosas vayan bien; es un estado objetivo de reconciliación con Dios que no puede romperse. La gracia es el terreno firme donde el creyente permanece sostenido, no por su propio esfuerzo, sino por un Dios que intercede, acompaña y guarda hasta el final. Y la esperanza no es un deseo incierto, sino la certeza de que compartiremos la gloria misma de Dios.
Estas verdades no nos sacan de la tribulación, pero nos permiten atravesarla de manera diferente. La tribulación produce paciencia, la paciencia forja carácter probado, y ese carácter alimenta una esperanza que no desilusiona. Como ilustra el pastor Núñez, la paciencia es al alma lo que el gimnasio al cuerpo: desarrolla los músculos espirituales necesarios para correr el maratón de la vida cristiana hasta el final.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
El mensaje de hoy tiene un cierto inicio que conecta con situaciones que estaban ocurriendo en el mundo. Yo creo que todos nosotros estamos apercibidos de que el mundo vive un estado de agitación. No importa a qué área del globo terráqueo tú dirijas tu atención, puede ser Estados Unidos, puede ser Francia, España, Alemania, Ucrania, Rusia, el Medio Oriente. El Medio Oriente parece ser el lugar de mayor atención ahora mismo, donde todos los ojos están puestos. Y aún en las últimas 48 horas, 72 horas, nosotros vemos movimientos que nos dicen que algo significativo pudiera estarse gestando. Washington Post reportó el viernes que Estados Unidos estaba moviendo otro portaviones más al norte de Irán, acompañado de seis destructores, y que estaba moviendo 12 barcos de guerra más hacia el área, previendo un posible enfrentamiento entre Hezbolá en el Líbano, Israel e Irán. De manera que nosotros tenemos una idea de que es un área caliente como que nunca acaba de enfriarse.
Pero yo no sé cuánto nosotros estamos tan apercibidos de que la agitación en el mundo parece haber ido en aumento en la medida en que los países, las naciones, se han ido alejando cada vez más de Dios, o por lo menos de los valores que Dios nos dio como seres humanos, como raza humana. Y eso es algo de lo cual la Biblia puede testificar. Yo menciono esto porque al momento de la creación, esta creación existía en completa armonía con el Creador hasta el día que Adán y Eva violaron la ley de Dios. Y de repente la armonía fue interrumpida. Eso irritó a Dios en gran manera, hasta el punto que nosotros leemos al final del capítulo 3 de Génesis, donde se nos describe la transgresión de Adán. Al final de eso, nosotros leemos cuál fue la reacción última de parte de Dios. Esto es lo que el versículo 24 nos informa: "Expulsó, pues, Dios al hombre, y al oriente del huerto de Edén puso querubines y una espada encendida que giraba en todas direcciones para guardar el camino del árbol de la vida."
Yo creo que eso puso en evidencia que algo había ocurrido, y desde ese momento en adelante el hombre y Dios, el Creador y la criatura, no continuarían en armonía. Primero la criatura le dio la espalda a Dios, y con eso, Dios le dio la espalda a Adán y Eva. Unos versículos más adelante, nosotros vemos que la enemistad con Dios trajo enemistad y conflictos entre los hombres. Y el primero de esos conflictos fue cuando vemos a Caín matar a su hermano Abel. La primera agresión física entre dos seres humanos, hermanos, ocurre cuando la armonía entre Dios y el hombre fue interrumpida. Y la única explicación que nosotros tenemos fue el hecho de la rotura de la paz que la raza humana disfrutaba en un principio con el Creador.
Como dijimos, la violación de la ley de Dios por parte del ser humano trajo grandes consecuencias, y la Biblia testifica de esto. Cuando tú vas a Romanos 5, se nos dice que nosotros éramos enemigos de Dios. No neutrales. Nosotros no simplemente estábamos en un estado de pasividad con relación a Dios. No, nosotros somos o éramos enemigos de Dios antes de venir a Cristo. Por eso mucha gente se irrita cuando tú le hablas de Dios, porque le estamos hablando de un enemigo de acuerdo a la Palabra. Pero si llegas ahora a Romanos 8:7, el apóstol Pablo nos dice que la mente del hombre pecador, la mente del hombre que no conoce a Dios, es enemiga de Dios. Pablo usa las palabras exactas para transmitir la idea de qué realmente pasó con la caída, porque no creo que nosotros estamos muy apercibidos de la profundidad del impacto. El hombre inconverso, con frecuencia, no quiere que le hablemos, que le presentemos de la manera como ese Dios ha tratado de hacer las paces con él; más bien lo irrita.
Entonces ahora, nosotros seguimos explorando la violencia y nos encontramos que no solamente está el hombre contra Dios, está Dios contra el hombre. De hecho, el Salmo 7:11 nos dice que Dios es justo y que es un Dios que se indigna cada día con el impío. Algunas traducciones dicen que Él es un Dios que se aíra todos los días con el impío. Quizás tú no lo ves, quizás tú no te percatas de eso, pero eso es lo que Dios declara. Nosotros podemos ver esa ira de Dios cuando Pablo nos dice en Romanos 1:18, del cual ya hablamos hace semanas atrás, que la ira de Dios se manifiesta desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que con su injusticia suprimen la verdad. Dios manifiesta esa ira.
La podemos ver también en el Evangelio del apóstol Juan, capítulo 3. Al final, el versículo 36 nos dice que el que no cree en el Hijo no verá la vida eterna. Escucha ahora: sino que la ira de Dios permanece sobre él. De tal manera que hasta que yo conozca a Cristo, yo tengo una ira de Dios que está sobre mí, una ira que se manifiesta todos los días contra aquellos que suprimen la verdad. Ese estado de no reconciliación permanece hasta hoy, a menos que algo ocurra entre el Creador y la criatura.
La razón para volver a traer a Génesis es para que podamos entender, podamos poner juntas una serie de piezas de rompecabezas que nos permitan ver mejor la revelación de Dios. Porque Pablo, entendiendo este estado de enemistad entre Dios y el hombre, cuando le escribe a los corintios en su segunda carta, capítulo 5, versículo 20, esto es lo que les dice: "Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros. En nombre de Cristo les rogamos: reconcíliense con Dios." En otras palabras, tú y yo, Dios nos ve como embajadores de paz enviados a un mundo en guerra, enviados a un mundo que está irreconciliado con Él, para predicar el Evangelio. Y de esa manera poderles decir mediante el Evangelio: hermanos, hermanas, reconcíliense con Dios, porque no están en paz con Él.
Yo creo que eso nos da un mejor entendimiento del lenguaje que la Palabra de Dios usa para referirse a este estado de no paz entre Dios y el hombre. Y esa enemistad, y esa es la palabra que el apóstol Pablo usa, es la palabra que el Espíritu de Dios inspiró a Pablo para usar para definir cuál es la situación entre un hombre y una mujer que no conoce a Dios: enemistad. Ese estado de enemistad termina solamente el día en que ese hombre o esa mujer entiende su condición, que es una condición pecadora, corrompida, y va delante de Dios con un corazón contrito y humillado, entendiendo que no tiene ningún mérito para que Dios lo reciba. Pero que al mismo tiempo entiende que Dios es misericordioso, y en su misericordia nos envió a su Hijo. Y su Hijo vino, se encarnó, cumplió la ley y fue a la cruz y derramó su sangre. Y esa sangre derramada no solamente puede limpiar de pecado al pecador, sino que también la sangre puede quitar la culpa de ese pecador. Y entonces en ese momento Dios, por amor, por gracia, por misericordia, lo declara justo sin serlo. Él no es inocente, él es culpable, pero como ha depositado la fe en Cristo, Dios toma su fe depositada en Él, en su Hijo, por buena y válida, lo declara justo. Y esa es la justificación por la fe de la cual habla el apóstol Pablo durante todo el capítulo 4, y que él ahora quisiera hablarnos de las bendiciones que la justificación por la fe trae al que ha creído.
Entonces, cuando Pablo termina de definir e ilustrar y afirmar esa doctrina de la justificación por la fe que Dios originó en la Reforma Protestante, él inicia con el capítulo 5 de Romanos, que es nuestro texto para hoy. Y escucha lo que él dice: "Por tanto, habiendo sido justificados por la fe" —en el capítulo 4— "tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien también hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia carácter probado, y el carácter probado esperanza, y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado."
Mientras tratamos de desempacar este pasaje, yo quiero llamar la atención en primer lugar a tres palabras que aparecen en los primeros dos versículos: paz, gracia y esperanza. Paz, gracia y esperanza. Debido a esas tres palabras, yo he titulado mi mensaje en esta mañana: "Cristo, la fuente de paz, gracia y esperanza." Él es la fuente de esas tres cosas. La realidad detrás de esas tres palabras es lo que nos prepara para nosotros seguir viviendo en un mundo que está en ebullición, en tribulación, de manera que la tribulación termine produciendo en nosotros paciencia, la paciencia termine produciendo en nosotros un carácter maduro, y entonces ese carácter termine produciendo en nosotros una esperanza. Y eso es exactamente lo que Pablo nos dice del versículo 3 al versículo 5.
Y con eso entonces vamos a ver si podemos comenzar con la primera palabra: paz. Notemos en el versículo 1 que para estar en paz con Dios algo tiene que ocurrir primero. Versículo 1: "Habiendo sido justificados por la fe" —eso es primero— "tenemos paz" —eso es secundario— "para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo."
Hermanos, no sé si tú has notado, pero hay cosas que yo sé que tú conoces. Lo que yo quiero ver es si tú has podido poner estas verdades juntas, armarlas. Hasta la venida de Cristo, la adoración de Dios y el perdón de pecados de los hombres fue diseñado para ilustrar de forma real la separación entre Dios y el hombre. Esto no fue borrón y cuenta nueva cuando Adán y Eva pecaron. No, esa separación persistió.
Cuando tú entrabas al tabernáculo, tú te encontrabas con dos espacios distintos: uno era el lugar santo y otro era el lugar santísimo. En ese lugar santísimo estaba simbólicamente reposando la presencia de Dios, y ese lugar santísimo estaba cerrado por un velo, dividido del resto del tabernáculo por un velo. Detrás del velo solamente podía entrar el sumo sacerdote, y solamente una vez al año, simbolizando que no estamos en paz, que no estamos juntos como estuvimos en el Edén. Estamos separados.
Cuando ese tabernáculo dio pie a la construcción de un templo, entonces en el templo se construyó una pared, y esa pared separaba a los gentiles de los judíos. En esa pared había una advertencia de que si cualquier gentil, cualquiera que no fuera judío, iba más allá de esa pared, entonces la persona sufriría la muerte.
¿Qué ocurrió entonces? El día que Cristo murió, Lucas 23:45 nos relata cómo el velo se abrió en dos, y ahora hubo acceso a la presencia de Dios por medio del sacrificio, la vida, la muerte y la resurrección de Cristo. Eso es en cuanto al velo, pero ahora Pablo nos recuerda cuando le escribió a los efesios, en el capítulo 2 versículo 14, que cuando Dios extendió su salvación del pueblo judío a los gentiles, entonces escucha qué pasó. Efesios 2:14: "Porque Él mismo, Cristo, es nuestra paz, y de ambos pueblos, judíos y gentiles, hizo uno, derribando la pared intermedia de separación". De manera que en la mente de Dios, la pared que separaba a judíos y gentiles con la advertencia de que no pasaran más allá, también quedó destruida.
Pero la adoración y el perdón de pecados se diseñó para que pudiéramos entender lo que pasó en el Edén. No fue cosa pequeña que esta criatura hecha del polvo, a quien Dios le dio su aliento de vida, haya tenido la osadía de desafiar su ley, poner toda la creación en un estado de ebullición y romper la armonía. No es algo que Dios estaba dispuesto a pasar de un día para otro.
Si tú piensas ahora cómo diseñó Dios el perdón de pecados, cómo lo hacemos hoy no es como se hacía antes, porque hoy lo estamos haciendo post Cristo. Como es post Cristo, el velo está roto, tenemos acceso, podemos hablar con Dios, podemos pedir perdón a Dios. Pero anterior a Cristo no era así. Yo tenía que venir como pecador, me hacía consciente de un pecado que necesitaba perdón, y yo venía al sacerdote. Yo no podía hablar con Dios directamente, estamos separados. Yo hablaba con el sacerdote, le confesaba mi pecado, traía mi sacrificio, mi cordero. El sacerdote imponía las manos sobre la cabeza del cordero, como simbólicamente transfiriendo los pecados del pecador al animal. Y ahora, como el animal era culpable, él tenía que morirse. Sacrificaba el animal y la sangre era derramada como pago por el perdón de los pecados.
El problema era que ese perdón era temporal, porque si mañana o pasado o la próxima semana yo volvía a pecar de una manera similar o distinta, yo tenía que regresar con otro cordero y hacer exactamente la misma cosa. Porque como dice el autor de Hebreos en 10:4, la sangre de los toros y los machos cabríos era imposible que pudiera remover o perdonar los pecados, y mucho menos traer o calmar la conciencia del pecador. Tú ves cómo Dios diseñó un sistema de perdón temporal hasta que viniera el Verbo de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para comunicar claramente: ustedes se dividieron de mí, ustedes me dieron la espalda, y yo les he dado la espalda a ustedes.
Pero cuando Cristo vino, las cosas comenzaron a cambiar. Tú puedes ver en el lenguaje que se usa en los evangelios de qué manera Cristo representó el cambio. Cristo representó la bisagra que le dio la vuelta. Cristo es el evangelio, Cristo es el mensaje de salvación, por medio de quien nosotros podemos encontrar paz. Y de ahí que Pablo dice que somos embajadores de Cristo como para proclamar al mundo: "Reconcíliense con Dios", diciendo eso de parte del mismo Dios.
Pero nota, nota cómo en un momento Cristo está, describe Lucas capítulo 7, Cristo está cenando con Simón el fariseo. En esa cena vino una mujer pecadora que entra y comienza a lavar sus pies, enjugar sus pies con sus lágrimas, y los seca con sus cabellos. Esta mujer está en un acto de adoración. Simón el fariseo al fin la condena, al igual que otros, pero Cristo, que conoce el corazón, que sabe lo que está pasando en el interior, dice lo siguiente. Ve a la mujer y le dice, Lucas 7:50: "Tu fe te ha salvado, vete en paz". Tú no entraste aquí en paz con Dios. Nadie tiene paz con Dios hasta que sus pecados no son perdonados por Cristo. Pero ella pudo escuchar de parte de Cristo: "Vete en paz, sus pecados han sido perdonados", porque el perdón de mis pecados por parte de Cristo restaura la paz que se había perdido en el Edén. Cristo es el restaurador de la paz con Dios. Eso es importante si queremos seguir entendiendo de qué manera el Nuevo Testamento usa la palabra paz.
Tú recordarás que cuando Cristo se encarnó, estaba ahí en un pesebre en Belén. El texto de Lucas capítulo 2 nos dice que afuera, a la intemperie, en un lugar abierto, había unos pastores cuidando de las ovejas, y se aparecieron unos ángeles. Escucha las palabras de estos ángeles: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres en quienes Él se complace". La paz que se había perdido ahora está representada en este bebé en ese pesebre, de manera que paz a los hombres en quienes Dios se complace. El resto permanece sin esa paz que fue perdida en el Edén. Los ángeles proclamaron el regreso de la paz a la tierra por medio de un Redentor: Jesús.
Esa es la misma paz que Cristo proclama cuando está a punto de salir de la tierra. La paz es proclamada, Él representa la paz, la paz con Dios, la paz en Dios. Entonces la paz es proclamada a su entrada, la paz es proclamada a su salida. En las últimas horas, Él está reunido, Él está cenando en la última cena, el último momento que Él pasaría con sus discípulos, cenando con sus doce. Él está conversando acerca de su salida, ahí están un poco perturbados. Escucha lo que Él les dice: "La paz les dejo, mi paz les doy. Yo me voy, se las dejo, se las doy a ustedes. No se las doy como el mundo la da. No se turbe su corazón ni tengan miedo".
Cristo establece una diferencia entre su paz, la paz que Él da, y la paz que el mundo da. La paz que el mundo da es muy circunstancial. Yo la experimento siempre y cuando las cosas vayan en mi dirección, las cosas vayan como yo quiero que salgan. Eso es circunstancial, eso es sentimental, emocional. Yo no doy ese tipo de paz. Mi paz es objetiva, porque mi paz representa un estado de reconciliación o de amistad permanente, no perdible, entre el Creador y la criatura, como resultado del arrepentimiento de la criatura delante de su Dios, por medio de su Hijo, quien perdona sus pecados. Y ahora la criatura rebelde pasa a ser el hijo amado o la hija amada.
Esa es la razón por la que nadie se dirigió a Dios de manera personal como Padre hasta que Cristo viene y comienza a enseñar una forma de orar que ellos no conocían. ¿Qué fue lo que le dijeron al Señor? "Señor, enséñanos a orar, porque no sabemos cómo orar". ¿Y cómo Él comienza? "Padre nuestro que estás en los cielos". De ahí en adelante, del momento en que tú pasas a ser hijo de Dios, Dios quiere que tú entiendas que te dirijas a Él como un Padre, lo veas como un Padre, lo entiendas como un Padre amoroso, y que dejes de verlo como un Juez airado contigo cada vez que tú no cumples cabalmente con la ley de Dios.
Por eso es que el autor de Hebreos otra vez, en 4:16, nos invita a venir con confianza al trono de la gracia para el oportuno socorro. Si tú has tropezado, si has pecado, si has fallado, si has caído, adonde tienes que ir no es a la corte a encontrarte con el Juez. Si tú eres hijo de Dios, es adonde el Padre, a contarle tu historia, a arrepentirte delante de Él para recibir su perdón, porque eso es lo que un Padre hace con un hijo. Él estableció una paz que no es rompible de ahí en adelante.
Ahora, pastor, pero no me encuentro en paz. Si eso pasa, el sentimiento de paz interior, no el estatus de paz, el sentimiento de paz interior se nos puede ir, y se nos va en ocasiones porque estando en pecado no nos sentimos arrepentidos, o no queremos abandonar el pecado, y no puedo entonces experimentar emocionalmente, espiritualmente, la realidad de una paz que ya Cristo compró para mí. Ya yo soy hijo de Dios y me toca ir a hablar con mi Padre.
Ahora, tampoco Dios quiere que lo pensemos como un dispensador de bendiciones, de manera que yo toco el botón de Dios y Dios me hace llegar bendiciones, porque eso sería Dios el dispensador, y no es así. Es Cristo el Redentor.
Otras veces perdemos el sentido interno de paz que Cristo ganó para nosotros cuando se nos olvida que el que fue a la cruz y perdonó mi pecado y me reconcilió con Dios, Él es el soberano del cielo y de la tierra, quien orquesta, controla, gobierna, ordena todos los acontecimientos del globo terráqueo. Esa es la razón por la que horas antes, estando en el aposento alto y antes de irse, Cristo les dice: "Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tienen tribulación, pero confíen en mí, yo he vencido al mundo".
En medio del torbellino en que el mundo anda, camina, se encuentra en estos días, en la introducción hablaba de esa ebullición. En medio de eso, Cristo les dijo: ustedes pueden tener paz, pero es en mí, no en las circunstancias, no en el mundo. En mí ustedes pueden tener paz, si eres un verdadero hijo de Dios.
Ahora, el sentimiento de paz interna de nuevo lo podemos perder cuando en ocasiones vivimos en violación de la ley moral de Dios, o cuando violamos sus diseños, o cuando estamos fuera de sus propósitos, o cuando perseguimos las metas erradas que Dios no nos ha otorgado, no nos ha dado. Entonces perdemos la paz. Pero una paz que Dios estableció con aquellos que han venido delante de Cristo y han sido limpiados, esa no se quiebra. Es un estado permanente de aquí en adelante hasta no haber final, donde puedo estar en paz con Dios de la manera que Adán y Eva estuvieron antes de la caída. Esa es la primera palabra.
La segunda palabra de la que hablamos es la palabra gracia. Recuerda, el hombre no tenía acceso a Dios, y por medio de la gracia de Dios en Cristo él gana acceso. Pero allá hay algo más que esa gracia. Escucha: "Por medio de Cristo hemos obtenido entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes." Dos cosas me dice el apóstol Pablo acerca de esa gracia. Número uno, que cuando yo pongo mi fe en Cristo, yo entro no simplemente a Dios o a su presencia, yo entro a la gracia de Dios, al estado de gracia que viene acompañado con una serie de riquezas en gloria. Y que en esa gracia a la que yo entro, yo estoy firme.
Hermano, si tú piensas que te vas a encontrar firme básicamente por tu esfuerzo a obedecer, con frecuencia vas a perder tu estado de paz. Porque tú tienes que sentirte confiado en la gracia de Dios que te empodera para vivir la vida cristiana. Y Pablo dice: es en esa gracia que tú estás firme, si la conoces y si la vives.
Bueno, ¿cómo es eso, pastor? ¿Cómo es que esa gracia a la que yo entro por la fe en la persona de Cristo me ayuda a estar firme? Bueno, piensa por un momento que en Mateo 28:20 Cristo prometió que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Su compañía, si la creo, debe darme un sentimiento de firmeza. Estoy firme, estoy seguro, Él está conmigo, no me ha dejado. Considera que en Romanos 8:34 dice que Cristo intercede por nosotros continuamente. Continuamente, cuando estoy obedeciendo y cuando no estoy obedeciendo, Cristo está intercediendo por mí. De tal forma que cuando estoy en desobediencia intercede por mí de tal manera que Dios pueda disciplinarme. La Trinidad decide disciplinarme por amor para atraerme de regreso al camino, de manera que yo pueda disfrutar otra vez la paz, el sentimiento de paz que perdí, aunque siempre se mantuvo la relación con mi Dios.
Recuerda algo más: que en Romanos 8:31 Pablo nos dice que Dios está por nosotros. Eso es por gracia. Cuando yo entro al estado de gracia delante de Dios, eso me da un Dios que está por mí. De nuevo, aun la disciplina que Dios me aplica está por mí, por mi mayor bien. De tal forma que aunque yo no lo sienta como algo disfrutable, cuando yo mire atrás y vea la justicia que eso ha cultivado en mí, fruto de justicia, de piedad, de santidad, yo pueda celebrar la disciplina de Dios.
Piensa por otro lado que cuando yo entro al estado de gracia en el que estoy firme, eso conlleva, me lleva al hecho de que Dios dice: "Sabes qué, Miguel, yo no voy a permitir que ninguna tentación más fuerte de la que tú puedas soportar llegue a ti. De manera que si yo permito que llegue a ti, tú puedes. Y si tú puedes soportarla, aun así, como estoy por ti, te voy a abrir una puerta por donde tú puedes salir de esa tentación." Todo eso implica las riquezas en gloria, parte de las riquezas en gloria a las que yo entro cuando tengo entrada a la presencia de Dios por medio de Cristo. Y es ahí, en esa gracia, donde yo me puedo encontrar firme.
Mira cómo Pablo lo explicó a Timoteo en su segunda carta, en 1:12: "Porque yo sé" —no "yo pienso", "tengo la idea"— no, no, "yo sé en quién he creído, y estoy convencido de que Él es poderoso" —Él es poderoso, no yo— "para guardar mi depósito hasta aquel día." Timoteo, no temas. Yo no temo. ¿Entonces por qué, Timoteo? Porque el día que yo vine a los pies de Cristo, yo deposité mi vida en Él, yo deposité mi salvación en Él. Y Él, no yo, Timoteo, no tú, es poderoso para garantizar que lo que yo le entregué no se pierda. Eso es fruto de estar en paz con Dios, pero es fruto también de haber entrado a un estado de gracia que te permite a ti vivir con tal firmeza.
Que Pablo puede escribir a los romanos en 8:38: "Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo porvenir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús, Señor nuestro." ¡Nada me podrá separar! Este es el estado de gracia en el que vivo. ¡Nada me puede separar! Hermano, tú fuiste unido a Cristo. Cuando Cristo murió, tú moriste. Cuando Cristo resucitó, tú resucitaste con Él. Eso es lo que se llama en teología la unión con Cristo, inseparable de Cristo.
Para el verdadero creyente, la salvación está asegurada; no es algo que yo pueda perder. Ahora, algunos que no creen estas cosas dicen: "Bueno, por eso es como darte licencia para pecar". No, no, no, no es darte licencia para pecar. La garantía de la salvación es darte libertad para no pecar. Eso es lo que mi salvación y la santificación hacen: me van dando libertad para no pecar. Hermanos, entraste por gracia y permaneces en un estado de gracia en el que tú puedes estar firme. Fuiste elegido por Dios en la eternidad pasada por gracia, fuiste justificado en la cruz por Cristo por gracia, fuiste redimido de la esclavitud del pecado por medio de su sangre por gracia, y estás siendo preservado hasta el final por la misma gracia. Y finalmente seremos glorificados con él, en él, para él, por gracia. Estás en un estado de gracia en el que debes estar firme.
Y ahora el apóstol Pablo nos dice todavía en el versículo 2 —no nos hemos salido de ahí— que debido a todo eso nos gloriamos, nos regocijamos, celebramos. Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Ahí está la tercera palabra: esperanza. Nos regocijamos en la esperanza de la gloria de Dios. La esperanza en términos bíblicos es una certeza, no es como nosotros usamos la palabra esperanza: "Bueno, voy a hacer un viaje, yo espero que se dé", "Yo tengo la esperanza de conocer, no sé a quién, el día de mañana". No, no, esto es una certeza de que en el día final —lo que Pablo está diciendo— entraremos a la gloria de Dios y compartiremos su gloria. Eso es lo que significa el gloriarnos en la esperanza de la gloria.
Hermano, yo no sé si tú lo sabes así, si lo entiendes así: tú fuiste creado para gloria. Cuando Dios creó a Adán y Eva, los creó a su imagen y semejanza, y su imagen es una de gloria. Ahora, cuando ellos pecaron, ¿qué es algo que pasó? Romanos 3:23 nos dice: fueron destituidos de la gloria de Dios. Muchos leen ese texto y piensan que eso significó que cuando ellos pecaron Dios los sacó de su presencia, lo cual es verdad, pero esto es mucho más que eso. No es simplemente que Dios los sacó de su presencia, sino que el grado de gloria que el Creador infundió en las criaturas sin pecado, ese grado de gloria fue empañado. De manera que ahora la mente entenebrececida, ciegos de entendimiento, corazón endurecido, voluntad esclavizada —todo eso era parte de la gloria que ellos disfrutaban— todo eso se perdió. Y por eso quedaron destituidos, despojados del grado de gloria con el que fueron creados.
Ahora Cristo viene para restituir, redimir la imagen de Dios en nosotros y devolvernos la gloria, de manera que nosotros vamos camino a la gloria. Escucha cómo Pablo lo explica en Romanos 8, versículo 17: "Si en verdad padecemos con él, a fin de que también seamos glorificados con él". Versículo 18, el próximo: "Pues considero que los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria que nos ha de ser revelada". Cuando comparas este mundo en decadencia, en ebullición, en división, Pablo dice: no le pongas bastante mucha atención, porque esto, cuando tú lo pones al lado de la gloria que se te va a revelar, en la que tú vas a entrar y que vas a compartir y disfrutar, este mundo no va a valer la pena ni un berro. Versículo 21, Romanos 8: "La creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios". ¡Wow! Fuimos creados para gloria, empañamos su gloria, y ahora estamos siendo redimidos para eventualmente ser glorificados nuevamente.
John MacArthur comenta acerca de este texto, nos dice lo siguiente: "El cristiano no tiene ninguna razón para temer el futuro, pero tiene todas las razones para confiar en ese futuro porque tiene la esperanza divinamente asegurada de que su destino final es compartir la gloria misma de Dios". Tu destino final es compartir la gloria misma de Dios. Jesucristo garantiza la esperanza del creyente porque él mismo es nuestra esperanza, 1 Timoteo 1:1. En su hermosa oración sacerdotal, Jesús le dijo a su Padre celestial: "Y la gloria que me diste, yo se la he dado para que sean uno, así como nosotros somos uno". La gloria que tú me diste, que yo compartí, que yo tuve contigo desde la eternidad, esa es la misma gloria que estoy pasando a mis discípulos que tú me diste.
Un creyente, comenta MacArthur, no gana su gloria futura en el cielo, sino que la recibirá de la mano misericordiosa de Dios, tal como recibió la redención cuando confió por primera vez en Cristo y la santificación desde entonces. De manera que vivir con acceso a Dios es tener garantizada nuestra herencia de la gloria de ese Dios.
Y ahora Pablo, contemplando todo lo que es estar en paz con Dios, y esta gracia de Dios, y esta esperanza en lo que ha de venir —conociendo y viendo las realidades detrás de estas tres palabras— él ahora nos completa la idea de que esas tres cosas vienen entendidas: paz con Dios, la gracia de Dios que nos mantiene firmes en ella, y ahora la esperanza de gloria de lo que ha de venir. Que esas cosas, entendidas correctamente, nos permiten vivir en este mundo de tribulación.
Esto es como él lo dice: "Y no solo esto". Además de esta verdad, eso no es lo único. No solamente nos gloriamos en la esperanza de la gloria que ha de venir, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones. Déjame terminar el texto: "Sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia, carácter probado, y el carácter probado, esperanza, y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado".
Pablo dice: mira, además de yo gloriarme en la esperanza de la gloria, yo me glorío en una cosa más, y es en las tribulaciones. Con esto, lo que Pablo no está diciendo es que la tribulación en sí es buena. No está diciendo que es gozosa. No está diciendo que a mayor tribulación él experimenta mayor gozo. No. Lo que él dice es: yo reconozco el diseño de la tribulación, número uno; yo reconozco quién orquesta, controla y dimensiona la tribulación, número dos; y yo también conozco, por lo que he leído en la Palabra, lo que Dios me ha revelado, los resultados de la tribulación. Y esto es lo que yo tengo para decirte: la tribulación produce paciencia.
Entonces, ¿qué es la paciencia? Bueno, no sé cómo tú la imaginas, pero escucha, a la luz de la Palabra, lo que sería la paciencia: es la capacidad para esperar por las promesas de Dios bajo grandes presiones, con tranquilidad y esperanza, para ser obtenidas en el tiempo de Dios y a la manera de Dios. Es una capacidad de poder esperar en Dios, en el tiempo de Dios, por las promesas de Dios, con tranquilidad. Tú no necesitas, como a veces me dicen por ahí, sangre de maco. No es sangre de maco lo que tú necesitas. Lo que tú necesitas es entender las verdades bíblicas, creerlas y aferrarte a ellas.
Escucha lo que el diccionario de la Academia dice de la paciencia, para que tú puedas ver que aun el mundo secular se ha percatado de que la paciencia no es tan superficialmente como nosotros la vemos. Primera definición: capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Notas: sin alterarse. Segunda definición: capacidad para hacer cosas pesadas o minuciosas. Tercera definición: facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho. Cuando algo se desea mucho. Quizás esa es la razón por la que nosotros no podemos disfrutar de esta paz: es porque nosotros no anhelamos el cielo tanto como para esperarlo con paciencia, sin alterarnos.
Tú recuerdas la historia en el Antiguo Testamento de Jacob, que esperó, ¿cuántos años esperó Jacob? Catorce años. ¿Por quién fue que esperó? Por Raquel. Primero esperó siete años, y cuando le dijeron a los siete años que fue a buscar a Raquel y estaba Lea en el tálamo, le dijeron: si tú no trabajas siete años más... y él trabajó siete años más, catorce años. Y luego dice que él esperó tanto tiempo y que le pareció como poco, porque la amaba mucho. De manera que si tú amas mucho al Señor, tú vas a esperar con paciencia hasta que él llegue. Y si él no acaba de llegar, cuando mande a buscarte, no te preocupes.
Escucha algunos de los sinónimos de paciencia en el diccionario secular: tolerancia, calma, perseverancia, soportar. Hermanos, sin esas cualidades que involucran a la paciencia, tú no terminas la carrera. Tú no la terminas bien. Tú la terminas con grandes consecuencias, porque la vida es una larga carrera de tribulación, y para terminar la carrera y terminarla bien, tú y yo necesitamos paciencia.
Tú sabes que la gente que va al gimnasio, los que van al gimnasio quieren desarrollar sus músculos, y luego entonces, cuando desarrollan sus músculos, ya tienen la capacidad de levantar más peso o de correr más que muchos de nosotros y todos los demás. Bueno, la tribulación es el gimnasio espiritual de Dios. En la tribulación, Dios procura desarrollar tus músculos emocionales y espirituales para que tú puedas correr el maratón de la vida cristiana, donde hay subidas que son rompecorazones como la del maratón de Boston, tengo entendido. De manera que la tribulación produce la paciencia que me va a mantener en la carrera a un buen paso hasta el final.
Entonces mira cómo es que la paciencia nos ayuda, porque es lo que la paciencia hace. Es que la tribulación produce paciencia, pero la paciencia va a producir un carácter. Vamos paso por paso. Entonces, la paciencia nos ayuda a esperar en Dios cuando la solución a un problema no llega. Yo tengo un problema y no llega, estoy orándole a Dios y no llega. Bueno, la paciencia te va a ayudar a esperar en Dios y no a salir corriendo como hizo Sara y tomar un atajo en vez del camino real. La paciencia nos ayuda a esperar por las promesas de Dios. Y hermano, muchas de las cuales no las vamos a recibir aquí. Hay promesas para este mundo y hay promesas para aquel mundo, y a veces las confundimos. Hay promesas que no las vamos a recibir hasta que entremos en gloria.
La paciencia nos ayuda a esperar por el retorno de Cristo, que fue anunciado hace dos mil años y no acaba de llegar. De hecho, los profetas anunciaron la primera y la segunda venida de Cristo miles de años atrás. La paciencia es necesaria para soportar el sufrimiento de buena manera, para sufrir bien, y que ese sea mi testimonio o mi adorno de la fe.
Yo leía esta madrugada, creo que fue, leía una historia de un misionero que estaba en Estados Unidos y estaba preguntándose que si Dios estaba amando a la iglesia en China, ¿por qué permitía que la persiguieran? Y entonces él va a la China, conoce un número de cristianos, conoce la calidad de la fe de esta gente y regresa a Estados Unidos y le dice a la persona con quien estaba hablando: "¿Sabes qué? Yo estaba pensando, si Dios está amando a la iglesia norteamericana, yo no sé por qué no permite la persecución. Por la calidad de la fe que yo vi allá, yo no la encuentro aquí."
Pedro nos dice en su primera carta, en el capítulo dos, versículo veinte: "Pero si cuando hacen lo bueno sufren por ello y lo soportan con paciencia, esto halla gracia con Dios." Cuando tú sufres por hacer lo bueno y lo soportas con paciencia, Dios te da una medida extra de esa gracia. Y la manera como el hijo de Dios enfrenta el sufrimiento es importante, vital, porque con la paciencia testificamos del Dios en quien hemos depositado la fe y testificamos de la fe en la cual nosotros hemos creído. Nuestra paciencia en medio de la tribulación habla de que tenemos un Dios digno de confianza.
Y cuando nosotros no tenemos paciencia, sobre todo en la tribulación, frecuentemente manifestamos, expresamos un estado de insatisfacción y de ira. Estamos airados. Entonces, ¿sabes qué? Nada hace lucir peor a la fe cristiana y a nuestro Dios que un hijo de Él insatisfecho y airado. Un hijo de Dios insatisfecho y airado, ¿para qué le sirve el sacrificio de Cristo? ¿Para qué le sirve el Espíritu Santo que mora en él?
Ni tú ni yo, nadie ha sufrido bien sin paciencia. Sufrir es doloroso, hermano. No es que yo le dé la bienvenida al sufrimiento, pero déjame decirte, sufrir es doloroso. Ahora, si tú sufres impacientemente, esto es lo que va a ocurrir. Ya lo hemos dicho en otras ocasiones, de acuerdo a algo que Paul Tripp dijo en una ocasión: cuando tú no sufres bien, cuando tú sufres impacientemente, tú sufres lo que sufres, pero además tú sufres eso que estás sufriendo por la manera como estás sufriendo lo que sufres. Déjame decirlo otra vez, porque eso multiplica el dolor por mucho. Del uno al diez, estoy sufriendo algo grado ocho. Ok, estoy en grado ocho de sufrimiento, pero resulta que ahora estoy insatisfecho, estoy airado, estoy impaciente y comienzo a sufrir ese grado ocho de una manera que no me ayuda. Y ahora estoy experimentando la misma tribulación o problema como en grado quince, porque no solamente sufro lo que sufro, sino que sufro lo que sufro por la manera como sufro lo que sufro. ¿Me entendieron?
En medio de la persecución, el apóstol Pablo, en medio de persecuciones, prisiones, naufragios, azotes, acusaciones, insultos, abusos, injusticia, nada de amargura. ¿Y de dónde salió este hombre? Déjame leer eso otra vez: persecuciones, prisiones, naufragios, azotes, acusaciones, insultos, abusos, injusticia, y nada de amargura. Entonces fueron donde Pablo y le dicen: "Pablo, explícanos, ¿qué es esto?" "No, son aflicciones leves y pasajeras." "¿De dónde tú saliste, Pablo?" "No, es que yo he entendido de dónde me sacaron. Yo iba para la condenación eterna, bien merecida. Y ahora yo he entendido también para dónde voy. Yo voy para la gloria que ha de ser revelada, la gloria venidera, donde yo voy a estar. Yo voy a disfrutar de la gloria de Dios por la eternidad. Claro que es pasajera. Y el peso de gloria que ese mundo tiene, comparado con estas aflicciones por las que estoy pasando, claro que son leves." Lo que necesitas es perspectiva, lo que necesitas es fe, lo que necesitas es creer en las promesas de Dios, en la revelación de Dios, y eso te permitirá ver las cosas como leves y pasajeras.
La paciencia entonces es fruto de la tribulación, pero esa paciencia produce carácter probado. ¿Sabes que la palabra carácter ni existía antes del apóstol Pablo? La palabra usada, de la manera como los metales eran probados en la antigüedad, su pureza, para referirse a esa prueba se usaba una palabra que es dokimazo. Entonces el carácter es dokime, que es como algo de calidad que resulta después de haber pasado una prueba. Lo que Pablo está diciendo es que la paciencia te permite pasar por la prueba, y cuando has cruzado de aquel lado, lo que te queda es un carácter probado por la prueba. ¿Me entendieron?
Entonces, ¿de qué manera la paciencia me desarrolla el carácter? Déjenme darles varias ilustraciones. La paciencia te permite soportar injurias, y cuando las soportas, eso desarrolla en ti un carácter manso, pero fue la paciencia que te llevó al carácter manso. La paciencia te permite poner la otra mejilla cuando alguien te ha golpeado en la contraria, y eso te permite desarrollar un carácter perdonador. La paciencia te permite permanecer firme en la tentación hasta que llegas a desarrollar un carácter piadoso, pero tienes que tener firmeza o paciencia para no ceder, y eso produce un carácter piadoso. La paciencia te permite no ser comprado cuando aumentan las ofertas: cien dólares, mil dólares, diez mil dólares, y si las puedes soportar, eso termina produciendo en ti un carácter íntegro. La paciencia te permite absorber la culpa del otro cuando quizás pudieras destruirlo, y cuando no lo haces desarrollas un carácter no vengativo, porque aprendiste a absorber la culpa del otro. La paciencia te permite tolerar, soportar el pecado del otro, y ¿qué hace eso entonces? Te permite desarrollar un carácter que ama incondicionalmente.
Esa paciencia que desarrolló el carácter, este carácter probado ahora produce esperanza. Termina Pablo diciendo en el versículo cuatro, termina produciendo esperanza que no desilusiona. Y entonces esa esperanza, versículo cinco, Pablo dice no desilusiona porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado. De nuevo, cuando la Palabra de Dios habla de esperanza, esa no es la tercera palabra con la que ya lidiamos, pero cuando la Palabra de Dios habla de esperanza implica que tú crees firmemente, con certeza, sin duda, de que todas las promesas de Dios serán cumplidas, de manera que ni una tilde pasará o dejará de cumplirse de aquello que Dios ha revelado y prometido. Que antes de que una tilde no se cumpla, pasará el cielo y la tierra, pero Su Palabra no pasará. Que tú crees eso hasta la médula de tus huesos. Esta es la esperanza.
Y esa esperanza no desilusiona porque Dios ha derramado Su amor sobre nosotros o en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado. Dios derramó Su amor sobre ti el día que Cristo vino y se encarnó. Tanto amó Dios al mundo, amó Dios al mundo que nos dio a Su Hijo unigénito. Dios derramó Su amor en ti el día que Cristo fue a la cruz y derramó Su sangre para perdonarte, redimirte, justificarte, todo en la cruz. Eso es amor a la enésima potencia. Pero ahora Pablo dice que Dios ha derramado ese amor sobre nosotros porque después de todo eso ahora nos ha dado Su Espíritu Santo que mora en nosotros. Y ese Espíritu Santo no solamente es la garantía del depósito primero que hicimos el día de nuestra salvación, sino que durante toda la carrera el Espíritu Santo que mora en mí sabe lo que yo necesito, sabe de mi flaqueza, sabe de mi debilidad, y Él está encargado de fortalecernos, de guiarnos, de corregirnos, de darnos convicción de pecado, de iluminar la mente para entender mejor Su revelación. Cuando tengo duda de eso, ¿hijo de Dios o no hijo de Dios?, Romanos ocho nos dice que el Espíritu da testimonio a mi espíritu de que somos hijos de Dios, para que no pierdan la esperanza, para que sigan corriendo. Y eso nos hace perseverar en la carrera, nos advierte los peligros en la carrera, nos provee fortaleza y me sostiene en medio de la prueba y de la tentación.
¿Tú quieres más evidencia y demostración de que Dios derramó Su amor sobre nosotros? Y si encima de eso Pablo nos dice, o Dios nos dice por medio de Pablo, que pienses esto, que no olvides esto en Romanos 8:32: "El que no escatimó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él junto todas las cosas?" ¿Cómo se te ocurre pensar que Dios dio a Su Hijo, lo más preciado, lo más valioso de todo el cielo y la tierra, lo entregó en una cruz por hombres viles y pecadores, y que cuando tú eras Su enemigo, y que ahora que tú eres Su hijo, cómo se te ocurre que Dios no va a darte, proveer todas estas cosas que tú verdaderamente necesitas? ¿Cómo se te ocurre tal pensamiento? Pero es que tal pensamiento, diría alguno, ¿cómo puede eso entrar a tu mente?
Su Hijo es la dádiva de Dios. En Su Hijo, por Su Hijo, yo tengo, tú tienes todo lo que tú necesitas. No tienes todo lo que tú y yo deseamos, pero tú tienes todo lo que tú y yo necesitamos. Y la satisfacción en esta vida, en la tribulación o no, se encuentra cuando nos satisfacemos de las cosas que Su Hijo nos provee, que Él sabe que conforme a quien yo soy, de dónde vengo y para dónde voy, que yo necesito. Y ahí debe estar mi contentamiento, ahí debe estar mi gozo, mi paz. Y así es mi esperanza: Cristo en ti, tu esperanza de gloria.
¡Padre, gracias! ¿Qué Tú no nos has dado en Tu Hijo? ¿Qué Tú no estés dispuesto a darnos si es algo que Tú entiendes obrará para mi bien? Perdónanos cuando hemos buscado nuestras propias vidas y hemos decidido lo que necesitamos, hemos decidido el camino a recorrer, hemos decidido lo que queremos y lo que deseamos, en vez de abrirte los brazos y decirte: "Señor, heme aquí. Envía a mi vida todo lo que Tú entiendas yo como Tu hijo necesito, y aquí están mis manos abiertas para que tomes de mi mano todo lo que Tú entiendas a Ti no te agrada y que a mí me hace daño." Te amo. Gracias por ayudarnos a correr.
Y a correr bien hasta el final. Ayúdanos a correr la carrera con los ojos puestos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, y ayúdanos a deshacernos del pecado y de todo el peso que nos asedia y nos estorba en la carrera, como instruye el autor de Hebreos. Te lo pedimos en Cristo, por Cristo, porque somos de Cristo. Amén, amén.
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