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Sermones

¿Cuál es tu excusa?

Héctor Salcedo 20 enero, 2008

Dios ha extendido una invitación extraordinaria a la humanidad: compartir intimidad con Él, recibir perdón de pecados, vivir con propósito y habitar eternamente en su presencia. Esta invitación llegó de manos de su propio Hijo y fue firmada con su sangre en la cruz. Sin embargo, la parábola de Lucas 14 revela algo desconcertante: cuando el anfitrión envió a decir "venid, que todo está preparado", todos los invitados comenzaron a excusarse. Uno había comprado un terreno, otro cinco yuntas de bueyes, otro se había casado. Excusas que al analizarlas resultan absurdas —¿quién compra un terreno sin verlo primero?— pero que representan las razones que el ser humano sigue dando para rechazar a Dios: las posesiones, el trabajo, las relaciones familiares.

Lo que hace tan ofensivo este rechazo es todo lo que Dios preparó para poder decir "venid". Durante siglos anunció la venida de un Salvador, preparó corazones para sentir la necesidad de Él, se encarnó en un ser humano, vivió treinta y tres años en medio del pecado y murió en la cruz. Solo después de todo eso pudo extender la invitación. Rechazarla equivale a despreciar la obra maestra del Creador.

Hay quienes aceptan la invitación pero quieren ir vestidos como les parezca, sin arrepentimiento genuino. Otros quieren llevar algo, como si sus buenas obras pudieran aportar a la salvación —tan ridículo como presentarse con un litro de Coca-Cola a una cena con la Reina de Inglaterra. La invitación tiene un protocolo: arrepentimiento y fe en Cristo. Quien la rechaza, sea abiertamente o en sus propios términos, eventualmente escuchará las palabras del anfitrión: "Ninguno de aquellos hombres probará mi cena".

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Lucas 14, versículo 15, vamos a leer. Cuando uno de los que estaban sentados con él a la mesa oyó esto, le dijo: "Bienaventurado todo el que coma pan en el reino de los cielos." Pero él le dijo: "Cierto hombre dio una gran cena e invitó a muchos, y a la hora de la cena envió a su siervo a decir a los que habían sido invitados: 'Venid, porque ya todo está preparado.' Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: 'He comprado un terreno y necesito ir a verlo, te ruego que me excuses.' Y el otro dijo: 'He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos, te ruego que me excuses.' También otro dijo: 'Me he casado y por eso no puedo ir.' Cuando el siervo regresó, informó de todo esto a su señor. Entonces, enojado, el dueño de la casa dijo a su siervo: 'Sal enseguida por las calles y callejones de la ciudad y trae acá a los pobres, los mancos, los ciegos y los cojos.' Y el siervo dijo: 'Señor, se ha hecho lo que ordenaste y todavía hay lugar.' Entonces el señor dijo al siervo: 'Sal a los caminos y por los cercados y oblígalos a entrar para que se llene mi casa, porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron invitados probará mi cena.'"

Esta es una parábola muy chocante para el pueblo judío, es una parábola chocante para el contexto en el cual está dicha. ¿Por qué? Porque si nosotros leemos en el versículo 15, el que se sienta al lado de Jesús, después que oye sus enseñanzas, le dice: "Bienaventurado todo el que coma pan en el reino de los cielos." Esta persona, aparentemente, se sentía seguro de que él iba a compartir esa cena del reino de los cielos. Era una persona que se sentía, probablemente, firme en que él era uno de los hijos de Dios que iba a ser convocado a esa cena. Y Jesús, de una manera magistral como siempre lo hacía, le ilustra que él está muy equivocado y que de hecho la nación judía, más que aceptar la invitación de Dios, lo que ha hecho es rechazarla.

Entonces esta parábola tiene su aplicación primera al pueblo judío y qué pasó con él cuando Dios le invitó y cómo rechazó al Mesías. Pero tiene también una aplicación para nosotros, y la razón por la que tiene una aplicación para nosotros es porque la reacción de la gente ante la invitación de Dios hoy en día sigue siendo muy parecida a la que tuvo el pueblo judío en ese momento. Y yo quisiera entonces, antes de explicar todos los componentes de la parábola, que hablemos primero de la invitación y del anfitrión: quién es, qué hace la invitación y qué tipo de invitación es.

Nosotros, cuando vamos a ir a una actividad o a algún compromiso, normalmente pensamos dos cosas antes de ir. Primero pensamos en quién invita. A veces nosotros, cuando consideramos eso, obviamente vamos a la invitación porque le tenemos aprecio al anfitrión, le tenemos aprecio a quien nos está invitando, le tenemos afecto, le tenemos amor. Puede ser un familiar, puede ser un amigo cercano. Pero muchas veces nosotros lo hacemos por puro compromiso. A veces vamos a la actividad porque quien nos está invitando es nuestro jefe, es una persona a la que le debemos un favor, o es una persona de la cual queremos algo, y vamos entonces a buscar algo también. Pero ciertamente es el primer criterio que muchos de nosotros usamos a la hora de asistir o no a una actividad: ¿Quién es que invita? ¿Quién es el anfitrión? ¿Quién es que me está convocando a esta actividad?

Es frecuente hoy en día ver invitaciones de empresas a ciertas actividades donde literalmente la invitación dice: "Don Fulano de Tal, el dueño de la empresa, le invita al lanzamiento de su producto tal cosa", como una forma de generar un mayor compromiso en los invitados. Y el principio que hay detrás es que mientras más importante es quien convoca, es más probable que los invitados vengan. Cierto, si convoca el presidente de la República, hay que estar ahí. En este caso, en el caso de la parábola, claramente ese hombre que invita a una gran cena es Dios mismo, representa a Dios, y no hay que decir mucho acerca del peso que tiene una invitación hecha por Dios mismo. La persona más extraordinaria del universo ha sido la que ha invitado a esta gran cena.

Y esta invitación tiene una serie de características que son sumamente importantes que las entendamos. En primer lugar, la invitación que cualquiera de nosotros recibimos normalmente la trae un mensajero, la trae el correo, a veces las recibimos por mail; el que convoca normalmente busca la manera más fácil, más sencilla, de hacer llegar la invitación. En el caso de la invitación de Dios, Él ha hecho llegar esa invitación en manos de su propio Hijo. Y su propio Hijo ha venido y ha convocado y ha invitado al hombre a tener una relación con Dios, y esa invitación ha sido firmada nada más y nada menos que con la sangre del Señor Jesucristo. Esa ha sido la rúbrica, esa ha sido la forma de Dios firmar la invitación en la que Él convoca esta cena que estamos hablando, lo que simboliza, lo que representa: es la convocatoria de Dios a tener intimidad con Él, a conocerle, a tener una relación con Él. Y nos ha llegado esta invitación por mano de Cristo, nos ha llegado la invitación firmada por su sangre.

Algo más acerca de la invitación. Normalmente nosotros, cuando invitamos a una persona, yo mencioné algo de eso, lo hacemos por algo de interés. Y a veces quizás, si vamos a hacer una boda, por ejemplo, para algún hijo o una hija —mi hijo no está en esa etapa todavía—, pero cuando la haga, quizás decía que hay invitados, hay cuarenta, en los cuales nos sentimos interesados en que asistan porque tenemos algún interés en invitar a esa persona. Otra característica de la invitación de Dios es que es diferente a eso: la invitación de Dios no se hace por interés, no se hace por obtener absolutamente nada de nosotros, porque lógicamente hablando, ¿qué podemos nosotros devolverle a Dios? ¿Qué podemos nosotros darle a Dios que Él ya no tenga?

A veces nosotros nos hemos visto en esa posición, verdad, que tenemos que regalarle algo a alguien, pero esa persona tiene todo, y uno dice: "¡Qué difícil es regalarle algo a Fulano! Porque es que Fulano, ¿qué necesita? ¿Qué no tiene que yo le pueda agregar?" Y yo me pregunto, en el caso de Dios, ¿qué podemos nosotros agregarle a Dios? ¿Qué podemos nosotros devolverle a Dios? Obviamente hay una sola cosa que Dios no necesita pero le agrada, y es nuestra vida. Y en eso hacemos entonces. Esta invitación la hace de manera desinteresada, de manera sacrificada, porque costó la sangre de su Hijo, y convoca a seres humanos que no tienen nada que devolverle. Así es la invitación de Dios.

Entonces estamos viendo que la invitación de Dios hacia el hombre, esta invitación que Dios hace, que Dios extiende para que el hombre comparta con Él primero, que se tenga intimidad con Él primero, ha venido de Dios mismo. Es un anfitrión pesado el que la está haciendo, y segundo, la forma como llega es de una manera extraordinaria. ¿Cuál sería nuestra reacción el día de mañana si hacia nosotros nos llega una invitación personal a nuestro nombre de parte del presidente constitucional de la República Dominicana? Lo invita a compartir en su casa, en su mesa, una cena especial. Todo se suspende, todo se para, hay que estar. Cierto, ¿porque le damos tanta prioridad a algo que el presidente de la República convoca? Porque es el presidente de la República. ¿Y qué es la invitación de Dios? ¿Qué ha sido entonces la invitación de Dios cuando nos convoca a compartir con Él una relación de intimidad, de cercanía? Esa es una pregunta que la desgajaremos, que la vamos a ver más adelante.

Pero aparte de la invitación, aparte de quién invita, yo considero también: ¿qué tipo de actividad es que se va a hacer ahí? ¿Qué tipo de contenido va a tener esa actividad? Yo siempre recuerdo que cuando se lanzó uno de los proyectos de Cap Cana se hizo un concierto de Juan Luis Guerra y se trajo una porción del Cirque du Soleil, que es un circo famoso a nivel mundial. La gente estaba deseosa de ir. La gente que se iba a ir no conocía a la familia que estaba detrás de Cap Cana, la gente no le debía nada, pero la gente estaba deseosa de participar en la actividad: una tremenda actividad. Ese contenido yo no me lo quiero perder: Juan Luis, Cirque du Soleil, entre otras cosas. ¡Ahí hay que estar! Yo supe de gente que vendió la invitación en cinco mil, diez mil pesos para que otro fuera, no porque lo necesitaba, sino porque no podía ir. Porque la gente que recibió la invitación —obviamente yo no recibí la invitación—, pero el que la recibió quería ir, e hicieron sus reglas para no ir: "Ahí hay que estar", porque el contenido de esa actividad es extraordinario.

Bueno, la invitación que Dios nos ha hecho, aparte del peso que tiene el hecho mismo de que fue Dios que nos la dio, Dios nos ha invitado a que participemos de una relación de cercanía con Él. Y el contenido de esa cena con Dios es el siguiente. Dice así la tarjeta: "Te invito a que me aceptes como pago a tus pecados en la cruz. Te invito a acercarte al ser más extraordinario que existe. Te invito a que tu vida terrenal pueda estar llena de propósito y de sentido. Te invito a que dejes que mi Palabra guíe tus pasos y te garantizo que no tropezarás. Y al final de tus días, te invito a que pases a habitar eternamente en la morada que yo mismo he preparado para ti en mi presencia."

Yo me pregunto: ¿quién, en pleno uso de su facultad mental, en su sano juicio, rechaza una invitación que viene de Dios mismo y que viene con este contenido? Este es el contenido del que vamos a disfrutar. ¿Quién en su sano juicio rechaza algo así? Según la parábola, el rechazo de la invitación de Dios fue unánime. Según la parábola, si nos vamos al versículo 18, dice literalmente: "Y todos a una comenzaron a excusarse." Obviamente la primera aplicación de esta parábola, como les dije, es para el pueblo judío. El pueblo judío casi unánimemente rechazó la persona de Jesucristo.

Y esa es la aplicación inmediata de la parábola, pero ciertamente hoy en día el rechazo al Evangelio de Cristo, el Evangelio puro y simple de Cristo, sigue implicando un rechazo en el corazón de mucha gente. Para ese absurdo, después que analizamos quién es el que invita, para ese absurdo, qué es lo que se invita. Así de absurdo es el pecado, así de irracional nos hace actuar el pecado a los seres humanos.

Y para que entendamos qué tan grave ha sido este rechazo, es importante que veamos cómo se hace la invitación en ese momento. En el tiempo de Jesús existía la costumbre de doble invitar. La persona recibía primero una invitación y se le decía: "Mira, vamos a celebrar la boda de mi hija y quiero que estés con nosotros." Pero no se le hablaba ni del día ni de la hora precisa, porque se requerían tantos preparativos en esa época para hacer cualquier actividad, sobre todo con esas actividades que duraban varios días. Lo que se hacía era que la persona decía: "Sí, yo voy", y ya se contaba con que esa persona venía y se hacían los arreglos de comida, de bebida y de estadía muchas veces. Porque había gente que venía y se desplazaba y duraba varios días de trayecto, y tenía que encontrarse una habitación a la persona para que se quedara con nosotros.

Por lo tanto, cuando una persona había sido invitada, como dice el pasaje en el versículo 17: "A la hora de la cena envió a su siervo a decir a los que habían sido invitados..." O sea, esta es la segunda vez que viene y se le dice: "Venid, que todo está preparado." Ya se le había dicho una vez, se le había convocado una vez, y en el último minuto esta gente se excusó. Es altamente ofensivo para el anfitrión. Era ofensivo porque el anfitrión se había pasado todo un tiempo organizando, orquestando, matando ovejas, matando becerros, preparando morada para que la gente viniera, y a última hora, después de haber aceptado, tú me dices a mí que tú no vas a venir.

Es altamente ofensivo. Pero imagínense, si es altamente ofensivo esa preparación que era puramente de alimentos y de morada, ¿qué es lo que Dios ha hecho para poder decirnos a nosotros los seres humanos: "Venid, que todo está preparado"? ¿Cuál ha sido la preparación que Dios ha hecho? ¿Qué es lo que Dios ha hecho para que Él pueda decir la expresión: "Venid, seres humanos, vengan a tener una relación conmigo, vengan a tener una cena conmigo, porque todo está preparado"?

Eso implicó muchas cosas. Lo primero que implicó: durante cientos de años Dios estuvo anunciando la venida de un Salvador, la venida de un Mesías. Gradualmente, progresivamente, fue revelándola al pueblo de Israel, posteriormente a los pueblos gentiles, que gradualmente venía un Salvador. Número dos: además de preparar al pueblo para que entendiera que venía un Salvador, Él preparó al pueblo para sentir la necesidad de un Salvador. Y sucede hoy en día, como a muchos de nosotros nos sucedió, que nosotros venimos a Dios muchas veces en momentos de necesidad: en momentos de necesidad económica, con un problema de salud, con una pérdida reciente de algún familiar cercano. Muchas veces Dios usa situaciones difíciles para acercarnos a Él, y es la naturaleza humana. Nosotros buscamos a Dios cuando le necesitamos, pero muchas veces esa situación difícil es precisamente la cuerda de amor que Dios usó para atraernos a su presencia.

Pero ¿qué pasa? Dios prepara el corazón de la gente para recibir un Mesías, Dios crea la necesidad para recibir un Mesías, Dios mismo se encarna en un ser humano, vive por 33 años en medio del pecado, pasa por el sufrimiento, por la pasión de la cruz, muere en la cruz. Y luego de que Cristo muere en la cruz, entonces Dios puede decir al ser humano: "Venid, porque todo está preparado." Antes de que Cristo muriera en la cruz, eso no era posible decirlo, porque nosotros no podemos tener una relación con Dios a menos que nuestros pecados sean pagados por alguien, porque la justicia de Dios así lo demanda, la santidad de Dios así lo demanda. Ese "venid, que está todo preparado" implicó todo eso.

Imagínense entonces qué tan ofensivo es para Dios que el ser humano rechace su invitación después de los arreglos que ha hecho. Después de los años de revelación, de los siglos de revelación, después del sacrificio y la encarnación de su propio Hijo, que yo diga: "Dios, gracias, pero mira, tengo algo más importante que hacer." Es altamente ofensivo lo que el ser humano le dice a Dios cuando desprecia el sacrificio que Dios ha hecho por nosotros.

Ahora vayamos un poquito más al tema de las excusas. ¿Cuáles son las excusas que la gente presenta? Y en términos generales, lo primero que debo decir es que está claro en el texto que las excusas ninguna fueron aceptadas por el anfitrión. Ninguna de las excusas fueron aceptadas por el anfitrión. ¿Y por qué yo digo eso? Bueno, porque cuando nos vamos al versículo 21, dice: "Cuando el siervo regresó, informó de todo esto a su señor", o sea, que la gente había rechazado la invitación. "Entonces, enojado el dueño de la casa, dijo a su siervo..." Enojado el dueño de la casa.

Imaginemos que nosotros hacemos una cena en la casa y invitamos a un grupo de amigos, y hay uno de esos amigos que nos llama y nos dice: "Chacho, mi mamá acaba de morir, no puedo ir a la cena." ¿Cuál es mi reacción? "¡Oye, pero después que yo compré todo ese pollo y todo ese pavo, y ahora tú me dices que tú no vienes!" Se le murió la mamá. Mi reacción natural, aun siendo nosotros seres caídos y pecadores, es llamar a fulano: "¡Cuánto lo lamento! Te entiendo perfectamente. No te preocupes, estoy contigo espiritualmente hablando. En este momento no puedo estar, pero estoy contigo." Cuando la excusa es válida, yo la acepto y no me enojo.

El hecho de que el Señor se enojara es una evidencia de que él consideró que las excusas que le dieron ninguna fueron válida. De lo contrario, no se hubiera enojado, y sobre todo tratándose de Dios. Si nosotros lo hacemos y somos empáticos cuando alguien tiene una excusa legítima, cuánto más Dios. Pero obviamente la parábola nos conduce a que ninguna excusa que el ser humano pueda presentar para rechazar la invitación que Dios hace es válida a los ojos de Dios. Ninguna excusa es válida, y eso es lo que la parábola quiere dejarnos.

Entonces, ¿cuál es la primera de ellas? La primera excusa, el versículo 18. El primer hombre le dice... Obviamente, esta gente son tres hombres que representan tres grupos de personas, tres excusas que son típicas en la gente para evitar el compromiso con Dios. El primero le dijo: "He comprado un terreno y necesito ir a verlo, te ruego que me excuses." Un terreno, compró un terreno y necesita ir a verlo. Lo primero que salta a la vista es que estamos hablando de una posesión, algo material, algo que la persona posee, y eso que la persona posee le impide ir al compromiso o cumplir su compromiso.

Y obviamente Cristo habló muchísimo en contra del amor a las cosas materiales. En una ocasión, Cristo dice literalmente que nadie puede servir a dos señores, y pone el caso de las riquezas y Dios, porque o servirá a uno y aborrecerá al otro, o viceversa. Cristo habló mucho acerca del efecto que tienen las posesiones en el corazón nuestro, en el corazón del ser humano, y cómo muchas veces las posesiones, el deseo de tener, de acumular, de poseer y de proteger lo acumulado, nos aleja, nos impide que nos acerquemos a Dios de la manera que Él quiere que nos acerquemos a Él. Y idolatramos lo material y rechazamos la oferta llena de gracia, de favor que Dios nos ha hecho a cada uno de nosotros. Las posesiones han sido y seguirán siendo un obstáculo para que el hombre acepte la invitación de Dios.

En Lucas 12, versículo 15, Cristo dice: "Estad atentos y guardaos de toda forma de avaricia." Avaricia es amar el dinero, las posesiones, "porque aun cuando alguien tenga abundancia, su vida no consiste en sus bienes." ¿Cuántas veces se nos ha dicho eso? ¿Cuántas veces hemos escuchado directamente el efecto que las posesiones tienen sobre nosotros? Es un efecto que muchas veces es contrario a la voluntad de Dios. Y obviamente no estoy predicando en contra de tener; estoy predicando en contra de que las posesiones me tengan a mí y tengan un poder sobre mí que me desvía de lo que verdaderamente es prioritario en la vida.

En este caso, este hombre rechazó la invitación por cuidar... "Necesito ir a ver mis posesiones." Pero claramente es una excusa absurda. Porque fíjense en lo que él dice: "He comprado un terreno, necesito ir a verlo." ¿Momento? ¿Tú no lo has visto? ¿Ya lo compraste? Es lo primero que salta a la vista. ¿Tú lo compraste sin verlo? Si lo compraste sin verlo, bueno, entonces es un poco tonto el individuo. Pero asumamos que sea tonto. Pero si ya lo compraste, ¿cuál es el problema? Ve a la actividad y mañana tú lo vas a ver, porque el solar no se va a mover. No es una carroza que se mueve, ¿verdad? Un solar, es un terreno. Tú lo vas a ver mañana o pasado o tras pasado. ¿Cuál es la urgencia?

Para mí, esta excusa es una mentira. Tiene forma de mentira, tiene forma de excusa para poder sacar los pies y poder evitar el compromiso que le están haciendo. Aparentemente era una mentira para poder sacar el cuerpo del compromiso que ya él había hecho. Porque veis que él había sido invitado, probablemente la aceptó, y fue una segunda invitación a la que él rechazó. Y eso pasa con nosotros. Ponemos excusas que nos parecen válidas a nosotros, pero que son una mentira, porque lo que queremos sencillamente es evitar el compromiso. Hay cosas más importantes que tenemos que hacer, y existe una indiferencia natural en el ser humano a postergar las cosas que tienen que ver con Dios.

Existe una indiferencia natural en el ser humano a postergar las cosas que tienen que ver con Dios, a subestimar las cosas que tienen que ver con Dios. Eso es una tendencia natural, producto del pecado en nosotros, que está presente en mucha gente y en muchos de nosotros, en todos.

Segunda excusa: "He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos; te ruego que me excuses." Es igual y similar a la otra. Ya tú compraste las yuntas de bueyes y no las has probado, tú eres un tonto. Pero si ya las compraste, entonces ¿cuál es el punto, cuál es la urgencia de ir a verlas? Pero esto, a diferencia del otro —el otro se presentaba posesiones, posesiones— este representa actividad, trabajo. "Tengo otra cosa que hacer, tengo cosas urgentes que resolver. No tengo tiempo para Dios, no tengo tiempo para las cosas del alma, las cosas del corazón." El otro se preocupaba por lo que tenía; este se preocupaba por lo que tenía que hacer. Y cuánta gente, ¡guau!, cuánta gente pasa a un plano secundario de su agenda, pasa a un plano quizás terciario de su agenda, todas las cosas que tienen que ver con Dios.

En una ocasión, un capitán de barcos —es una historia real— está en su casa y le llega una visita, un cristiano amigo. Y este cristiano amigo le pregunta: "Fulano, ¿cómo está tu alma?" Uno pudiera decir: "Bueno, pero es una pregunta como que no parece real," pero esto es del siglo XIX. Hoy en día sabemos que esas preguntas no se hacen; lo que se pregunta es cómo tal cosa, cómo tal negocio, cómo tal asunto. Pero no se preguntan cosas verdaderamente importantes. "¿Cómo está tu alma?" Y el capitán responde: "Pero si yo apenas tengo tiempo para ocuparme de mis buques, ¿qué tú me preguntas a mí del alma? No tengo tiempo para ocuparme del alma."

Y yo me pregunto si habrá cosa más importante en la vida de un ser humano que su alma. ¿Habrá un tiempo mejor empleado que aquel que empleamos en el cuido del alma, del ser eterno, de aquel que va a permanecer, de ese ser que va a permanecer luego de que muramos, que irá a la presencia de Dios o irá al infierno, pero irá a algún lado? ¿Habrá algo más importante que el cultivo de esa alma? Yo creo que no. Yo creo que todo lo demás palidece cuando hablamos del alma. Almas fue lo que vino Cristo a salvar, seres humanos, almas. Es lo que tiene gran importancia para Dios. Pero muchas veces nosotros, por asuntos puramente temporales, pasajeros y triviales, decimos: "No, tengo otra cosa que hacer, no me puedo ocupar del alma ahora." Esa es la segunda excusa.

Tercera excusa: "Me he casado y por eso no puedo ir" al compromiso con Dios, a la invitación que me hacen. Este, fíjense, no pide excusas. A diferencia de los otros dos, que en el texto dice "te pido que me excuses," este no pide excusas. Aparentemente, en este caso, él entendía que su excusa era tan legítima; se trataba de su esposa, se trataba de la familia. Sucede que muchos de nosotros pensamos que cuando de la familia se trata, Dios es secundario; que cuando estamos hablando de mi esposa, de mi hijo, de mi esposo, de mi familia —"tengo algo con ellos"— Dios lo entiende, Dios lo entiende porque eso es prioridad, la familia es prioridad, eso está antes que la familia.

Bueno, es así: aun la familia está en un lugar secundario cuando de Dios se trata. De hecho, si nosotros leemos inmediatamente después de esta parábola, en el versículo 25, el título que aparece ahí es "El costo del discipulado," y ahí Cristo dice que el que quiere venir en pos de Él tiene que estar dispuesto a rechazar, a renunciar a su familia, a su padre, a su madre, a su hijo, a su esposo, a todo el mundo. Obviamente no está diciendo que los ignoremos y los rechacemos y no les amemos; lo que está diciendo es que no los podemos poner delante de Él, no los podemos poner por encima de Dios. Este tampoco, aun tratándose de la familia, era a los ojos de Dios una razón válida para no tener una relación con Él. La familia, el trabajo, las posesiones son impedimento muchas veces para yo aceptar el llamado de Dios.

Pero bien, de algo hay que estar claros: estas son excusas, estas no son las razones reales; estas son las formas como la gente entiende que puede salir del compromiso. Pero hay algo detrás de estas excusas que es más significativo y que es bueno que veamos. Hay dos cosas que yo entiendo que son muy sutiles pero que muchas veces nos suceden y que representan también un rechazo al llamado de Dios.

La primera de esas cosas es que mucha gente aparentemente ha aceptado la invitación de Dios, pero quieren ir vestidos como ellos quieran. Entonces, saben, ustedes reciben una invitación a una boda, a unos quince años, a una actividad protocolar, y normalmente dice: vestido formal, semiformal, etiqueta tropical. Tiene un contenido protocolar; se supone que usted debe vestirse de una manera apropiada a la ocasión, ¿cierto? Pero mucha gente está invitada a la cena de Dios, pero quiere ir vestida de la manera que a ella le parezca. Mucha gente no entiende por qué el ser cristiano implica un cambio de vida, por qué yo tengo que arrepentirme de mis pecados y cambiar la vida. De hecho, muchos predicadores hoy en día son muy hábiles en presentar el evangelio de una manera tal que le dicen a la gente: "Tú lo tienes todo a cambio de nada."

Y yo estoy de acuerdo que la salvación es por gracia y nada podemos agregar a la salvación, pero ciertamente el llamado de Dios a nuestras vidas es un llamado radical, es un llamado a un cambio en la vida, es un llamado al arrepentimiento. El protocolo, la invitación de Dios, está firmada por Dios con su sangre. Dice todo eso que dijimos hace un momentito: "Te he salvado, te invito a que tengas una relación conmigo, te invito a dirigir tu vida." Vestido, el protocolo implica arrepentimiento. No hay ninguna forma en la que yo me pueda acercar a Dios a menos que yo me arrepienta de mi vida anterior y cambie mi vida anterior. De hecho, el contenido de la palabra arrepentimiento implica eso: yo doy una vuelta, un cambio en mi forma de caminar. Cuando yo vivo una vida cristiana y nada en mi vida ha cambiado, yo no estoy viviendo la vida cristiana; yo estoy viviendo una vida religiosa, yo estoy viviendo una vida de actividades religiosas, pero no estoy viviendo la vida cristiana. El cristianismo implica cambio, arrepentimiento, modificación de mi conducta. Ese es el protocolo.

Pero mucha gente acepta la invitación —lo vemos en la iglesia— pero no hay un cambio, no hay un arrepentimiento genuino en su corazón de su vida pasada. Y esos implícitamente han rechazado la invitación porque no han venido según el protocolo. Es como si a mí me invitan a una actividad de mucha importancia, de mucha categoría, dicen protocolo smoking, y yo me aparezco en short, con chancleta. ¿Qué me van a decir? "No, mira, da vuelta y ponte algo." Si eso se trata del ser humano, ¿qué será cuando Dios traza una línea y dice cuál es el protocolo? Su justicia implica, demanda, que ese sea el protocolo. Hechos 17:30 dice: "Por tanto, habiendo pasado por alto los tiempos de ignorancia, Dios declara ahora a todos los hombres en todas partes que se arrepientan."

La otra forma en que muchas veces nosotros rechazamos la invitación de Dios implícitamente son aquellos que entienden: "Me han invitado a una celebración, yo tengo que llevar algo." Esa costumbre es muy típica entre nosotros. Tenemos que llevar algo: una bebida, una comida, un plato, una picadera, algo a la cena, algo que yo aporte. Y esto es un simbolismo —yo lo he usado así— un simbolismo para aquellos que quieren salvarse en base a sus obras. Ellos quieren traer algo a la cena de Dios, ellos quieren aportar algo, ellos quieren que haya algo de ellos que represente algo en la cena que se está haciendo.

Yo lo ilustro como que a ustedes los invitan: "La Presidencia Nacional de la República le invita a recibir a Su Excelencia la Reina de Inglaterra el próximo miércoles a las seis de la tarde en el Palacio Nacional." Y usted se cambia, respeta el protocolo, pero usted toma un doble litro de Coca-Cola y se va a la fiesta para recibir a la Reina de Inglaterra. Y va con su doble litro de Coca-Cola, y ahí usted va a saludar al presidente, a su esposa, a la Reina, y usted va con su doble litro de Coca-Cola. Obviamente, en la mente de todos los que están viendo: "Este ridículo..." "No, no, porque esto es algo, venía para acá, yo quería aportar algo." Así de ridículo se ve el ser humano que entiende que él puede traer algo a la salvación y que él se puede salvar y que él puede aportar algo a la salvación que Dios ha hecho.

Dios ha dicho: "Venid, todo está listo." "Venid, todo está listo." Se les llama a los hombres a venir, a venir en arrepentimiento, a venir a Dios. Y esa convocatoria es suficiente para entender lo que estamos haciendo. Pero a veces lo hacemos de esa manera, y es una manera también de rechazar la invitación de Dios: porque en un caso no aceptamos el protocolo, y en otro caso pasamos por ridículos porque queremos aportar algo que no tiene absolutamente ningún valor en una fiesta de esa categoría.

Y muchos entienden lamentablemente que, bueno, "si yo camino bien con Dios, yo estoy bien, Dios debe..." O sea, un hombre que haya sido buen esposo, buen padre, un hombre trabajador, responsable, que pague sus deudas, se va para el cielo. Eso no es siempre lo que nos han enseñado; eso no es lo que la Biblia dice. Lo que la Biblia dice es que se requiere un protocolo de arrepentimiento, de aceptación de la cruz en beneficio de mis pecados, y entonces yo voy a la presencia de Dios. Después de eso, puede ser que mi vida cambie y yo comience a ser un buen padre, un buen esposo, pero eso no es lo que me salva; eso es evidencia de que yo soy salvo.

Entonces, muchos han sido convocados, se han venido así a Dios. Algunos han dado excusas y otros sutilmente han dicho no. Pero yo voy vestido como yo quiera, yo soy cristiano sí, pero a mi manera. O yo quiero llevar algo porque yo soy bueno, yo hago esto, yo hago lo otro, yo... Dios tiene que aceptarme. No, eso no es así.

La importancia de esta invitación es que aquí el importante no es el invitado, es el anfitrión. El anfitrión tiene tal categoría que él puede decidir qué protocolo va a poner, independientemente de que los invitados lo acepten. Y así es humanamente como se hacen las cosas. Cuando se trata de un rey, de una reina, de un presidente o de lo que sea en la tierra, a veces las exigencias son tan rigurosas que usted tiene que dejar el carro a doscientos metros o más y venir caminando. Bueno, tratándose del rey, tratándose del presidente, lo hacemos, ¿no? Y tratándose de Dios, ¿por qué el ser humano se resiste e intenta no aceptar los términos de Dios?

Y eso es sumamente... A veces lo hacemos por ignorancia, a veces lo hacemos porque no tenemos una idea de lo importante, de lo pesado que es Dios, de lo extraordinario de su llamado. A veces lo hacemos por puro orgullo, puro orgullo. Yo no quiero que me pongan reglas, yo he oído eso una y otra vez: yo no quiero que me pongan reglas. La verdad es que gracias a Dios por las reglas, porque aun los que no quieren vivir con reglas, cuando les roban el carro, protestan. ¿No? Pero tú quieres vivir sin reglas. Encontraste un colega tuyo que también quiere vivir sin reglas y se robó tu carro. No, pero tampoco así. Ah, que hay reglas a las que tú no te quieres someter, las que te afectan a ti, que inciden directamente. Por puro orgullo no nos queremos someter a las reglas.

A veces es incredulidad. A veces la gente no cree este mensaje del que estamos hablando, no cree que Dios ha hecho esta invitación, y de hecho no cree que los términos de la invitación sean a través de Cristo. Eso de que sea a través de Cristo nada más, ¿y qué pasa con toda esa gente que está buscando a Dios también en otras religiones, de otras formas? Son gente noble, morales. Sí, reconocemos que son gente noble y morales, pero a los ojos de Dios, todos, nuestra moralidad es como un litro de Coca-Cola en la fiesta de la Reina: no sirve delante de Dios, no tiene la categoría para pasar la santidad de Dios.

A veces por amor al mundo, por amor al mundo, yo no me comprometo con Dios. Me gusta tanto lo que estoy haciendo. Y qué entendimiento tan errado tienen aquellos que entienden que el llamado al cristianismo es un llamado a una renuncia del disfrute, que el ser cristiano es no disfrutar de la vida. Yo he oído esa excusa: no, yo no puedo ser cristiano porque yo no voy a disfrutar la vida. ¿Saben una cosa? Dios no nos llama a una renuncia del disfrute. Dios nos está llamando a un disfrute mayor, un disfrute que no se disfruta en el mundo, algo que no se experimenta en el mundo. Claro, el disfrute de Dios tiene que ver con cosas no materiales, ciertamente, eso sí es cierto, pero Dios no nos ha llamado a vivir una vida de no disfrute, de renuncia al gozo. Todo lo contrario: el gozo en la presencia de Dios, dice el Salmo 16, es extraordinario. Delicias a tu diestra, plenitud de gozo a tu diestra. Entonces es un mal entendimiento el que tenemos aquellos que aman tanto al mundo, que creen que hacerse cristianos o hacer un compromiso con Dios va a implicar una renuncia al disfrute, cuando es todo lo contrario.

Y a veces por simple rebeldía. Yo he visto en varias ocasiones a la presidenta o directora de la Asociación de Ateos Americanos. Hay una asociación de ateos en Estados Unidos, y esta señora, uno la ve explicando, y la molestia, la ira, aquella rebeldía no es consistente con lo que ella profesa. Porque yo digo, si Dios no existe, ¿por qué tú estás tan airada? Usted la ve hablando, y eso es... pero esto es inconcebible, que Dios... Pero tranquila, Dios no existe. Si tú entiendes que Dios no existe, ¿por qué te aíras tanto? No, yo creo que ella tiene una rebeldía en su corazón de no aceptar lo que es evidente, de no aceptar lo que es obvio. Y vemos a muchos de nosotros... A ver, hay muchos, ahí me excluyo porque yo creo en Dios, hay muchos que por simple rebeldía no aceptan estas verdades.

Charles Spurgeon decía: pisotea bajo tus pies si quieres las magnificencias de la creación, pero te suplico que te acuerdes de que menospreciando la salvación del Evangelio, desprecias la obra maestra del Creador, que ha costado más trabajo a su alma que crear miles de mundos, porque le costó la sangre de su Hijo.

Tú puedes despreciar lo que tú quieras, pero cuando tú desprecias esta invitación que Dios te ha hecho, a que tengas comunión con él, por la excusa que fuese —total, ninguna es válida a los ojos de Dios—, tú estás despreciando la obra maestra del Creador. Y eso tiene consecuencias significativas, porque el versículo 24 del texto que leímos dice: "Porque os digo que ninguno de aquellos hombres que fueron invitados probará mi cena." ¿Qué sucedió con los judíos que rechazaron una y otra vez la gracia de Dios? Dios los juzgó y Dios les dijo: "Ninguno participará de mi cena." Y es como dijo un gran autor: que la gracia despreciada es una gracia prohibida.

Cuando yo rechazo la gracia, rechazo el llamado. Estamos haciendo un llamado, de hecho, a la reflexión, a interiorizar si yo he aceptado o no esa invitación que Dios me ha extendido. Yo puedo hoy en día rechazarla o aceptarla. El rechazo de la gracia una y otra vez, eventualmente Dios va a decir: "Se acabó mi gracia. Juicio." Eso es una realidad que está en la Palabra.

Entonces, increíblemente, luego de que esta gente rechaza la invitación de Dios, oigan lo que dice el Señor en el versículo 21: "Sal en seguida por las calles y los callejones de la ciudad y trae acá los pobres, los mancos, los ciegos y los cojos." Esta gente no quiere aceptar la gracia extendida, la invitación. Busca gente que sí lo necesite, busca gente que sí aprecia la invitación que se le está haciendo. Esos son los cojos, los mancos, los ciegos: la gente que está consciente de su necesidad, la gente que está consciente de que ser invitado a tal cena es un privilegio. Esto sí, esta gente que venga.

Y esta gente obviamente hace alusión, en el pueblo judío, a los pecadores, las prostitutas, los publicanos, que compartían con Cristo y que de hecho a él lo acusaron por eso: "Tú sí compartes con esta gente." Claro, que ustedes no aceptan la gracia, les ha sido predicada a ellos entonces.

Y no solamente se quedó ahí. Dijo el Señor, versículo 22: "Se ha hecho como ordenaste y todavía hay lugar." Entonces el Señor dijo al siervo: "Sal a los caminos y por los cercados y oblígalos a entrar, para que se llene mi casa." Esto es una alusión a nosotros los gentiles. Los judíos, la nación judía me rechazó, pero los pecadores, los cojos, los mansos, esa gente aceptó. Pero queda lugar. Vamos a la gente que está por los caminos, gente que viene del extranjero que cruza: los gentiles, nosotros. Y el evangelio nos fue extendido a nosotros.

Ahora la invitación ha sido colocada sobre nosotros, y hay algunos que están recurriendo a las mismas excusas de la parábola: "No tengo tiempo, tengo muchas cosas que cuidar, tengo relaciones que cuidar, no puedo comprometerme con Dios." O a veces queremos ir en nuestros términos, bajo nuestro propio protocolo, vestidos como queramos. Y así no es que está hecha la invitación. La invitación es una invitación que va cargada de la gracia de Dios, que ha sido sellada por la sangre de su Hijo, pero tiene sus condiciones. Así nos debemos acercar.

Charles Spurgeon, en un culto, concluía decía: "Oh divino Redentor, herido por mis rebeliones, ¿se puede hallar en el mundo un pecador tan vil que no te haga caso? Cuando te contemplo magullado y ensangrentado bajo los malditos azotes de los soldados de Pilato, me pregunto: ¿puede haber un alma tan endurecida que desprecie a tal Salvador? Y cuando en el Calvario te veo clavado en el madero, muriendo en las torturas y lanzando este grito: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?', me pregunto todavía: ¿es posible, oh víctima santa, burlarse de tu cruz?"

El rechazo a la invitación que Dios le ha hecho al hombre tiene consecuencias eternas, hermanos. Yo quiero que me pongan mucha atención, porque una de las cosas que nos impiden a nosotros aceptar estos mensajes es que muchas veces somos muy superficiales, no interiorizamos lo que estamos hablando. Yo no estoy predicando este mensaje porque a mí me beneficie personalmente. Yo no estoy predicando este mensaje porque a mí me guste sembrar culpa en la gente. No, quiero que haya una reflexión sobre la invitación que Dios te ha hecho y que le ha hecho a cada uno de los que están aquí: aceptar una relación con él.

El que no acepta esa relación con Dios de manera genuina, de manera prioritaria, va a pagar consecuencias. Pero en primera instancia no quiero que sea esa la motivación. No quiero que sea el miedo a las consecuencias lo que te lleve a una decisión por Cristo. Si es lo único que te lleva, bueno, porque también sirve. Pero el contenido de la invitación —una vida llena de propósito, de dirección, con tus pecados pagados, con salvación y redención— es suficiente para motivar a cualquiera de nosotros a aceptar esta invitación. Ojalá la ignorancia, ojalá el orgullo, ojalá la rebeldía no te impida hacer eso, como le impidió a la nación judía, y fue juzgada.

Entonces yo quisiera que profundizáramos e interiorizáramos esto. No se trata de una mañana más. Ojalá no sea una mañana más para los que están aquí que no han hecho un compromiso con Dios. No quiero que nadie... Yo quiero que hoy todo el que no tenga un compromiso personal con Cristo, en esta mañana sepa que usted va a salir de aquí de una de dos maneras: o usted está rechazando abiertamente la invitación de Dios, o usted la acepta. Pero quiero que quede consciencia de lo que están haciendo.

Quiero ser lo suficientemente claro como para que quede claro eso: que si usted sale y lo rechaza, no hay problema, pero que usted sabe que se le ofreció. Está consciente de que se le ofreció, está consciente de que Dios le ha convocado y Dios le ha dicho: "Ven a mi mesa, en mis términos. Ven, por amor te lo digo, ven." Pero si no lo hace, después no culpe a Dios o culpe a otro de que no se le hizo.

Y yo creo que la razón por la que hago este alto así de esa manera es porque a veces nosotros predicamos y hablamos, y la gente no se va clara en los términos que estamos hablando. Por la propia superficialidad de nuestra mente, nos impide aplicar esto a nosotros y decir: "Ah, lo que me están diciendo es que tengo que tomar una decisión." Eso es lo que yo quiero que tú entiendas. Yo te estoy diciendo que tienes que tomar una decisión, positiva o negativa, pero que sepas que se te está llamando a tomarla.

Entonces yo quisiera que todos los que han sentido que de alguna manera no han hecho un compromiso con Cristo... Yo voy a orar. Quiero que me acompañen en esa oración. No tienen que pararse, no tienen que venir. Es una cuestión entre usted y Dios. El anfitrión, que es Dios, sabe la intención de su corazón y la conoce. Y si esa oración se hace de manera genuina, usted ya está cenando con Dios, porque la cena, lo que representa, es la invitación a una relación con Dios. Eso era lo que representaba la cena en el pueblo judío: una invitación a la intimidad.

Vamos a orar. Señor, en esta mañana te damos gracias por tu presencia, por la invitación que has extendido a muchos en este día. Señor, yo quiero que tu Espíritu en este momento abra los ojos, el corazón, el entendimiento de los que están aquí que no han visto todavía la gracia de tu nombre, que no han visto todavía la gracia de tu oferta, que no han visto lo apetecible que es ser tu hijo. Y yo quiero, Señor, que esos se comprometan hoy contigo.

Y si ese es tu caso, yo quiero que repitas esta oración: "Señor, te doy gracias por la oportunidad que me has dado en este día. Te doy gracias por hablarme claramente y exponerme lo que ha sido tu gracia y tu invitación. Te pido perdón, Señor, por mis pecados. Me quiero arrepentir por la vida que he llevado hasta ahora. Quiero comenzar a vivir de una manera diferente, para honrarte y para agradarte. Señor, ayúdame a caminar de una manera diferente. Yo quiero que te transformes en el único Señor de mi vida." Y gracias te doy por este momento, en el nombre de Jesús. Amén, amén.

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo

Héctor Salcedo es economista de profesión y pastor de corazón. Posee una maestría en Estudios Bíblicos del Moody Bible Institute de Chicago y estudios de posgrado en Macroeconomía Aplicada. Es pastor de la Iglesia Bautista Internacional desde 2004, donde supervisa áreas administrativas, financieras y el ministerio de jóvenes adultos (M-Aquí), además de predicar regularmente. Está casado con Chárbela El Hage y tienen dos hijos, Elías y Daniel.