Integridad y Sabiduria
Sermones

Cuando decimos “No, señor”, al Dios de las segundas oportunidades

Reynaldo Logroño 24 septiembre, 2023

Decir "no" es una de las palabras más poderosas que existen, capaz de marcar territorio y establecer voluntad. Pero cuando esa palabra se dirige a Dios, surge una contradicción profunda: "No, Señor" une dos términos incompatibles, porque si alguien es verdaderamente nuestro Señor, no deberíamos negarle obediencia. A lo largo de las Escrituras, hombres que conocían a Dios y reconocían su poder le dijeron que no en momentos cruciales, y sin embargo, encontraron en Él un Dios de segundas oportunidades.

Moisés, frente a una zarza que ardía sin consumirse, escuchó el llamado divino a liberar a Israel. Pero en lugar de obedecer, presentó cinco excusas consecutivas: no era nadie importante, no sabía el nombre de Dios, nadie le creería, no tenía facilidad de palabra, y finalmente suplicó que enviara a otro. Dios respondió cada objeción con paciencia, revelando su nombre, prometiendo señales y asegurando su presencia. Incluso antes de que Moisés expresara su última queja, Aarón ya venía en camino porque Dios conoce nuestras excusas antes de que las pronunciemos.

Pedro, después de tres años junto a Jesús, lo negó tres veces en una sola noche. Pero la mirada que Cristo le dirigió no fue de condena sino de compasión y gracia. Tras la resurrección, el mensaje del ángel incluyó específicamente a Pedro, mostrando que Dios no descalifica a quienes fallan. El mismo patrón aparece en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo arrepentido. El llamado es a dejar de decirle "no" a un Dios tan fiel y amoroso, y responder hoy: "Sí, Señor".

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Hermanos, bendiciones. Iglesia, es de nuevo un privilegio estar aquí con ustedes. Yo quisiera hoy empezar mi sermón hablando de una palabra. Una palabra que yo entiendo es una palabra poderosa, quizás debe ser una de las palabras más poderosas que una persona puede decir, no importa el idioma. Y digo eso porque son muchos los idiomas y dialectos en que esa palabra se dice de la misma manera. Y es la palabra no. La palabra no. No solamente que se dice exactamente igual en muchos idiomas, y con unas pequeñas variantes se dice en más idiomas todavía, sino que no importa que en ese idioma no se diga igual. Yo estoy seguro que cuando estamos en alguna región y nosotros decimos no, la gente entiende lo que le estamos diciendo. Y es que esa palabra en sí misma tiene mucho poder.

Dice la Real Academia Española que con su solo uso da un sentido contrario a lo que estamos expresando. O sea, si yo digo quiero y digo no quiero, me gusta, no me gusta, voy, no voy. Normalmente usamos la palabra no para marcar nuestro territorio, para marcar nuestra voluntad. Y a lo largo de la historia hemos visto poderosas campañas de comunicación que usan la palabra no y nos enseñan a usarla. Yo recordarán una campaña internacional que decía simplemente: di no a las drogas. Más recientemente una campaña que no tiene que explicar mucho, solamente di no, porque no es no.

No es una palabra que nos evita muchos inconvenientes. Cuántas veces me he dicho: ¿por qué no dije no y me metí en esto? No es una palabra que nos aleja de situaciones complejas. No es una palabra que nos va a alejar del pecado. Incluso los mandamientos del Señor, de los diez, ocho comienzan con la palabra no.

Ahora, el problema es cuando decimos no a Dios. El problema es cuando decimos: no, Señor. Y no, Señor, es una frase corta pero que en sí misma tiene muchas contradicciones. Tiene dos palabras solamente, y como ya dijimos, una palabra muy poderosa: no. Y con esa palabra no estamos diciendo: hasta aquí, de aquí hacia adentro mando yo. Pero la otra palabra, Señor, implica todo lo contrario. Cuando decimos que alguien es nuestro Señor, estamos diciendo: tú tienes mi control, tú eres el que manda, tú eres el que gobierna. Entonces es un absurdo. Muchas veces en nuestro caminar cristiano reconocemos quién es nuestro Señor, pero por las cosas que hacemos constantemente le mantenemos diciéndole no.

En el día de hoy yo quisiera que revisemos cuatro personajes que en un momento crucial de sus vidas dijeron no al Señor. Ellos sabían quién era Dios y ellos reconocían su señorío, ellos reconocían su poder, pero en un momento se negaron a obedecerle. Pero lo importante de este recorrido que vamos a ver no es solamente concentrarnos en cómo son esos cuatro personajes, sino cómo es el carácter del Dios de esos cuatro personajes. Por eso yo he titulado mi sermón: Cuando decimos no, Señor, al Dios de las segundas oportunidades.

Y el primero de estos cuatro personajes es un personaje real que se encuentra en el Antiguo Testamento, y es Moisés. Y la historia de Moisés es bastante conocida por todos nosotros. Yo pudiera resumir la vida de él en cinco puntos. Primero: Moisés sobrevive el mandato de Faraón de que todo niño varón del pueblo hebreo tenía que morir, porque los egipcios tenían miedo de que el pueblo hebreo estaba creciendo en número y en fortaleza. Dos: su madre lo pone en una cesta, la hija de Faraón lo ve y lo saca. La hermana de Moisés le dice a la hija de Faraón que puede buscar una niñera, y así, por la pura providencia del Señor, Moisés crece criado por su familia pero con todos los privilegios de ser llamado hijo de la hija de Faraón. Tercero: Moisés crece y se hace un hombre sensible y celoso de su pueblo. Cuarto: a los cuarenta años asesina a un egipcio que abusaba de un hebreo y tiene que huir de Egipto para no ser matado por Faraón. Y quinto: en el desierto Moisés rehace su vida, olvida todo lo que quedó atrás en Egipto, crea una familia y aprende el oficio de pastor. En esos cinco puntos podemos resumir los primeros cuarenta años de la vida de Moisés.

Ahora, los siguientes cuarenta años los podemos resumir más todavía. De hecho, el mismo Moisés escribiendo el Éxodo resume estos próximos cuarenta años en dos versículos. En Éxodo capítulo 2, del 21 al 22, dice lo siguiente: "Moisés accedió a morar con aquel hombre, Jetro, y este le dio a su hija Séfora por mujer a Moisés. Ella dio a luz un hijo y Moisés le puso por nombre Gersón, porque dijo: Peregrino soy en tierra extranjera." Cuarenta años ahora viviendo una vida normal, trabajando, manteniendo su familia y dejando atrás todo lo que vivió en Egipto.

Hasta un día. Un día que parecía para Moisés como un día cualquiera. Entonces estaba apacentando las ovejas del rebaño de su suegro, y pasó lo siguiente. Vamos a ver Éxodo capítulo 3, los primeros tres versículos. Los estaré leyendo en la Nueva Traducción Viviente. Dice: "Cierto día Moisés se encontraba apacentando el rebaño de su suegro Jetro, quien era sacerdote de Madián. Llevó el rebaño al corazón del desierto y llegó al Sinaí, o Monte Horeb, el monte de Dios. Allí el ángel del Señor se le apareció en un fuego ardiente en medio de una zarza. Moisés se quedó mirando lleno de asombro, porque aunque la zarza estaba envuelta en llamas, no se consumía." "Esto es increíble", y la Nueva Versión de las Américas dice: "Esto es una maravilla." Se dijo a sí mismo: "¿Por qué esta zarza no se consume? Tengo que ir a verla de cerca", y la Nueva Biblia de las Américas dice: "Tengo que desviarme para ir a verla."

A Moisés le llamó la atención un arbusto que ardía completamente, sin embargo, no se quemaba, no se consumía. Y me imagino que para darse cuenta de que no se estaba consumiendo, tuvo que durar un tiempo fijada la vista en él. Y por eso le llamó la atención y dice que se desvió, dejó sus rebaños, se desvió para subir al monte y ver de cerca la zarza.

Continúa diciendo el pasaje, versículo 4: "Cuando el Señor vio que Moisés se acercaba, se desvió, dice la Nueva Biblia de las Américas, para observar mejor, Dios lo llamó desde el medio de la zarza: ¡Moisés! ¡Moisés! Aquí estoy, respondió él. No te acerques más, le advirtió el Señor. Quítate las sandalias porque estás pisando tierra santa. Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Y cuando Moisés oyó esto, se cubrió el rostro porque tenía miedo de mirar a Dios."

Entonces, Moisés se acaba de dar cuenta que este arbusto es mucho más increíble de lo que él pensaba. No solamente arde y no se consume, sino que habla. Y no solamente que habla, sino que conoce su nombre: ¡Moisés! ¡Moisés! Y no solamente que conoce su nombre, sino que era alguien conocido por él, el Dios de sus padres. Yo me imagino que cuando Moisés escucha "el Dios de sus padres", habrá venido de repente toda la historia que le hicieron en su casa sobre los patriarcas, sobre las aventuras de sus antepasados. Todo lo que él aprendió los primeros cuarenta años de vida. E inmediatamente dice el texto que Moisés tuvo temor porque se da cuenta de quién es que está frente a él.

Continúa diciendo el pasaje en el versículo 7: "Luego el Señor le dijo", y pongan mucha atención en los verbos, "ciertamente he visto la opresión que sufre mi pueblo en Egipto. He oído sus gritos de angustia a causa de la crueldad de sus capataces y estoy al tanto de su sufrimiento. Por eso he descendido para rescatarlos del poder de los egipcios, sacarlos de Egipto y llevarlos a una tierra fértil y espaciosa. Es una tierra donde fluye la leche y la miel, la tierra donde actualmente habitan los cananeos, los hititas, los amorreos, los ferezeos, los heveos y los jebuseos. Mira, el clamor de los israelitas me ha llegado y he visto con cuánta crueldad abusan de ellos los egipcios." Dice versículo 10: "Ahora ve, porque te envío al Faraón. Tú vas a sacar de Egipto a mi pueblo Israel."

Y pensaríamos que Moisés está escuchando una oración contestada. No solamente de él, sino de todo su pueblo por más de cuatrocientos años. Nuestro Dios no nos ha olvidado, nuestro Dios ha visto nuestro sufrimiento, nuestro Dios ha oído nuestros gritos, nuestro Dios es cercano, ha descendido a rescatarnos. Mi pueblo va a ser libre de los egipcios y yo tengo el privilegio de ser su enviado. Gracias, Señor, por este llamado inmerecido que me honra. Pero eso no fue lo que dijo Moisés.

Sigamos leyendo el versículo 11: "Pero Moisés protestó." ¿No, Señor? "¿Quién soy yo para presentarme ante el Faraón? ¿Quién soy yo para sacar de Egipto al pueblo de Israel?" Es como si Moisés le decía: ¿yo? A mí ya nadie me conoce, ya hace cuarenta años que yo no voy por allá. Yo no soy nadie, yo no tengo fuerza, yo no tengo armas, yo no tengo ejércitos, yo no tengo nada, yo no puedo yo solo.

Y Dios en el versículo 12 le contestó: "Yo estaré contigo. Y esta es la señal para ti de que yo soy quien te envía: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, adorarán a Dios en este mismo monte, mi monte santo." Dios le dice a Moisés: Moisés, es que tú no vas solo, tú no necesitas armas, tú no necesitas ejército, tú solamente necesitas al Yo Soy, y yo voy contigo. El Dios de sus padres le está demostrando que es celoso por su pueblo, que tiene cuatrocientos años esperando para libertar a su pueblo, le está hablando con poder a través de un arbusto encendido que no se quema, le está diciendo: yo voy contigo.

Para ese día la respuesta automática de Moisés debía ser: listo, ¿cuándo nos vamos? Pero dice el versículo 13: "Pero Moisés volvió a protestar." Por segunda vez: no, Señor. "Si voy a los israelitas y les digo: el Dios de sus antepasados me ha enviado a ustedes, ellos me van a preguntar: ¿y cuál es el nombre de ese Dios? Entonces, ¿qué les voy a responder?" Oye, Dios de mis padres, ¿quién tú eres? ¿Cómo tú te llamas? ¿Cuál es tu nombre? Porque nosotros tenemos cuatrocientos años viviendo con un pueblo que tiene muchísimos dioses, todos tienen nombre. ¿A cuál de ellos tú te pareces? ¿Anubis, Osiris, Isis, Ammit, Aset, Horus, Ra, Neftis, Maat, Amón-Ra, Thot, Hathor, Sobek, Sejmet? ¿A cuál de ellos?

Y Dios, pacientemente, le contestó a Moisés en el versículo 14.

Yo soy el que soy. Dile esto al pueblo de Israel: Yo Soy me ha enviado a ustedes. Dios también le dijo a Moisés: así dirás a los hijos de Israel, Yahvé, el nombre impronunciable, no como esos que tú puedes tener en mente. El Dios de tus antepasados, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes. Ese es mi nombre eterno, el nombre que debes recordar por todas las generaciones, no todos los otros.

Y durante el resto del capítulo 3 de Éxodo, Dios continuó dando instrucciones detalladas a Moisés de todo lo que él tenía que decirle al pueblo. Detalle por detalle, como es nuestro Dios, cuidando cada cosa importante, preparando, instrumentando, para que nosotros simplemente dependamos de Él. Y podríamos pensar que el capítulo 4 de Éxodo empezaría con algo como esto: entonces Moisés, el siervo del Señor, hizo conforme al mandato de Dios. ¿No? ¿Tú sabes cómo comienza Éxodo 4? Sin embargo, Moisés protestó de nuevo. Una zarza ardiendo, Dios en fuego que está hablando, y él está contradiciendo. Señor, ¿y qué hago si no me creen o no me hacen caso? ¿Qué hago si me dicen que eso son cuentos tuyos y que el Señor nunca se te apareció? ¿Y si me dicen: pruébame que se te apareció y te envió?

Y del versículo 2 al versículo 9 de ese capítulo, Dios le muestra tres diferentes señales que Moisés iba a poder hacer para demostrarle al pueblo y a los egipcios que realmente él era el enviado de Dios. Todos conocemos ese pasaje. Una vara convertida en serpiente, que cuando lo hizo Moisés de una vez tuvo mucho miedo; su mano se volvió leprosa y luego sanó; y le dijo que si él cogía agua del Nilo y la tiraba en el suelo, se iba a convertir en sangre. En resumen, Dios le estaba diciendo: Moisés, mira, mira la prueba. Yo te voy a dar el poder de tú controlar las cosas. Lo que tú tengas en la mano es como si yo lo tuviera en la mano. Pero yo voy a tener control de tu cuerpo, de tu salud, de mi pueblo. Yo te puedo enfermar, pero te puedo sanar. Pero sobre todo, yo voy a tener control de todo lo que pasa en Egipto. Su sagrado río Nilo, yo voy a hacer con él lo que yo quiera.

Ya entonces, ¿ya Moisés resuelto? No. Pero el versículo 10 dice: pero Moisés rogó al Señor: Oh Señor, no, no, yo no tengo facilidad de palabra, nunca la tuve ni siquiera ahora que me has hablado, se me traba la lengua y se me enredan las palabras. Ahora la nueva excusa de Moisés es la siguiente: Señor, ok, para que no te sientas mal, Señor, ya yo sé quién tú eres, yo sé cómo tú te llamas, yo sé que tú conoces a mi pueblo, tú me conoces a mí, yo sé que tú quieres lo mejor de nosotros, yo sé que tú tienes el poder para liberarnos, tú me has demostrado que me vas a dar de tu poder para hacer la misión. Pero... Y aquí suena una excusa como que alguno ha usado: es que el problema no eres tú, el problema soy yo, que yo no sé hablar en público, yo no tengo la capacidad, yo no tengo los dones. Señor, yo te voy a hacer quedar mal a ti.

Y entonces el Señor le respondió con uno de los pasajes más poderosos que tiene la Escritura: Moisés, ¿quién forma la boca de una persona? ¿Quién decide que una persona hable o no hable, que oiga o que no oiga, que vea o que no vea? ¿Acaso no soy yo, el Señor? Ahora ve, yo estaré contigo cuando hables y te enseñaré lo que debes decir. Y La Nueva Biblia de las Américas dice: ahora pues, ve, y yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de hablar. Yo te he dicho, Moisés, no es solamente que yo estaré contigo, es que yo estaré en tu boca. Y créeme, Moisés, no te va a ser falta elocuencia si tú hablas con mi poder.

Pero el versículo 13: pero Moisés suplicó de nuevo, de los ruegos: Señor, manda a otro. Le dijo: déjame aquí con mi vida tranquila de pastoreo. No me metas en ese lío de Egipto. Aquí yo no tengo enemigos, yo estoy tranquilo. Por favor, manda a otro.

En el versículo 14, el Señor, su paciencia... dice: entonces el Señor se enojó con Moisés y le dijo... Y La Nueva Biblia de las Américas dice: entonces se encendió la ira del Señor. O sea, imagínense, la zarza ardiendo, el Señor hablando, y todavía no tenía ira. Es ahora que se enciende la ira. De acuerdo, ¿qué te parece tu hermano Aarón el levita? Yo sé que él habla muy bien. Mira, ya él viene en camino para encontrarse contigo y estará encantado de verte. Habla con él y pon las palabras en su boca, y yo estaré con los dos cuando hablen y les enseñaré lo que tienen que hacer.

Y entonces, yo no sé si porque le dio tranquilidad que su hermano iba a ir con él, o simplemente tomó terror cuando oyó a Dios hablar así, que Moisés entendió, se arrepintió y obedeció. Pero Moisés le dijo que no al Señor cinco veces, y el Señor lo soportó con paciencia. Y puso todo tipo de excusa para negarse a hacer la voluntad de Dios. Excusas que yo quiero pensar que solamente unos pocos de nosotros las conocen. Señor, yo no soy nadie, a mí nadie me conoce, no me van a oír, no me pongas a hablar en esa aula, no me pongas a hablar en esa oficina. Señor, es que yo no conozco mucho de Dios. Oye, yo ni tu nombre lo sabía. Deja que me ponga en el instituto y me gradúe. Señor, yo no tengo prueba para presentar a los hebreos de que soy el enviado de Dios. O diríamos nosotros: Señor, tú sabes que yo voy a la iglesia, pero mi testimonio no hay como que tan... que cuando yo hable de ti, no van a entender, wow. O Señor, me faltan dones, talento ministerial para yo hacer esa misión. Por eso yo no quiero servir en ese ministerio.

O por último, desde lo más profundo de su corazón, Moisés expresó que él prefería que mandara a otro y que el Señor lo dejara en su vida cómoda y tranquila. Eso es lo que yo quiero: ir a la iglesia domingo, miércoles, todos los días por su casa, pero déjame mi vida tranquila. Yo no tengo enemigos, yo no le hago mal a nadie. Eso sí, todo el mundo me conoce y sabe que yo soy una persona de valores, que no robo, que no digo mentira, que no le soy irrespetuoso, que no le soy infiel a mi luz, pero déjalo ahí. No me pongas a hablar de ti, no, no, déjame ahí.

Pero realmente lo interesante es ver que Moisés al final obedeció, el Señor lo usó de una gran manera, y Moisés aprovechó esa segunda oportunidad. Moisés aprovechó esa oportunidad para conocer más a su Dios, para tener realmente una relación con Él. Dice la Biblia en Éxodo 33 que Dios acostumbraba a hablar con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo. Fíjense el tipo de relación que Moisés construyó con su Dios.

Moisés también aprovechó esa oportunidad y dejó que Dios moldeara su carácter. Ese hombre terco, dice Números 12:3, que Moisés se convirtió en un hombre muy manso, más que todos los hombres que había en la tierra. ¿Ustedes también entendieron? Ese Moisés se convirtió en el hombre más manso que había sobre la faz de la tierra.

Pero Moisés también aprovechó esa oportunidad para modelarle al pueblo cómo era su Dios. Moisés solamente escribió un salmo, y este salmo más que una canción de adoración es una oración, y fue el Salmo 90. Y en esta oración, Moisés enseñó a su pueblo a orarle a Dios. Y en esta oración de este salmo es evidente el cambio de Moisés, de ser un hombre terco a ser un hombre manso y totalmente dependiente de Dios.

El Salmo 90 tiene 17 versículos. Yo solamente quiero leer los primeros. Dicen lo siguiente, para que ustedes entiendan esa reunión de Moisés con Dios y cómo con los años Moisés cambió: Señor, tú has sido un refugio para nosotros de generación en generación. Antes que los montes fueran engendrados y nacieran la tierra y el mundo, desde la eternidad y hasta la eternidad, tú eres Dios. Haces que el hombre vuelva al polvo y dices: vuelvan, hijos de los hombres. Porque mil años ante tus ojos son como el día de ayer que ya pasó y como una vigilia de la noche. Tú los has barrido como un torrente, son como un sueño, son como la hierba que por la mañana reverdece, por la mañana florece y reverdece, y a la tarde se marchita y se seca. Porque hemos sido consumidos con tu ira y por tu furor hemos sido conturbados. Has puesto nuestras iniquidades delante de ti, nuestros pecados secretos a la luz de tu presencia.

Es una oración donde Moisés le enseña al pueblo a darle la alabanza por los cuidados que tuvo con ellos, le enseña a darle la gloria por su eternidad, le enseña a reconocer su poder absoluto y soberano sobre toda su creación, le enseña a reconocer la infinita desproporción que hay entre Dios y los hombres, porque mil años ante tus ojos son como el día de ayer que ya pasó y como una vigilia de la noche. Les enseñó a reconocer su pecado y venir delante de Dios en arrepentimiento, porque al final de toda forma Él lo sabe, ya Dios lo conoce. Les enseñó a darle a Dios que va delante, que ve nuestro futuro como si fuera ayer, como si ya pasó.

Y yo no sé si prestaron atención a lo que yo dije, pero en la última queja de Moisés, Dios le dice: ¿qué te parece tu hermano Aarón el levita? Sé que él habla muy bien. Mira, ya viene en camino para encontrarte. Y dice el texto: y estará encantado de verte. La Nueva Biblia de las Américas dice: al verte se alegrará su corazón. Habla con él y pon las palabras en su boca.

Dios ya sabía cuáles iban a ser las excusas de Moisés desde antes que él las expresara, como dice el Salmo 139: aun antes de que haya palabra en mi boca, oh Señor, ya tú lo sabes todo. Todavía Moisés no había expresado su excusa de que no quería ir solo, y ya hace rato que el Señor había acordado con Aarón, y Aarón venía en camino. Antes. Hermano, ese es nuestro Dios. Dios nos conoce y Dios nos ama.

Y esa cualidad de nuestro Dios la podemos ver en nuestro segundo personaje. Este segundo personaje no es un personaje real y se encuentra en algunas de las parábolas que Dios, o Jesús, con las que nos ilustra de una manera puntual cómo somos nosotros y cómo es nuestro Dios. Y es la parábola del hijo pródigo. El hijo pródigo lo tenía todo. O mejor dicho, no todo lo que él quería; tenía todo lo que su padre entendía que él necesitaba y le convenía.

Pero este hijo quería más, o mejor dicho, quería algo diferente. Quería experimentar cosas nuevas, quería tomar decisiones él que no fueran las de su padre. Es ese hijo que nació bajo las bendiciones de vivir en la casa de su padre, pero ahora quiere probar qué se siente afuera. "Yo nací en el Evangelio, yo no sé de lo que me estoy perdiendo. Yo veo a amigos míos que nunca han ido a la iglesia y su vida como que es más divertida que la mía. ¿Qué pasa si yo salgo de abajo del ala de mi papá? ¿De qué yo me estoy perdiendo?"

El hijo pródigo se sentía infeliz y vivía en constante queja, y decidió aventurarse, dejarlo todo, liberarse, probar nuevas experiencias. Que nadie me lo cuente, que nadie me limite, y hacer lo que él quisiera. Pero como era de esperarse, su plan falló. Y todos conocemos la historia: se sumió en un espiral descendiente que lo llevó a darse cuenta al punto de comer alimento para cerdos. Y cuando no hubiera otra salida, puso en marcha el único plan que le quedaba: pedirle una segunda oportunidad a su padre.

Dice Lucas 15:17: "Entonces, volviendo en sí, el hijo pródigo dijo: ¿Cuántos de los trabajadores de mi padre tienen pan de sobra, pero yo aquí perezco de hambre? Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Yo no soy digno de ser llamado hijo tuyo, pero por lo menos hazme como uno de tus trabajadores."

Mira qué interesante cómo está la parábola. Jesús nos enseña el proceso de un verdadero arrepentimiento. Dice primero "volviendo en sí". Eso tiene que ponerlo el Señor en el corazón, porque nosotros estamos fuera de nuestro cabal cuando estamos muy inmersos en el pecado. Dice que volviendo en sí pensó, analizó, reflexionó, recordó, comparó lo que él tenía con lo que tiene ahora. Pero no se quedó ahí en pura reflexión. Dice: "Me levantaré, iré y le diré." Esa reflexión, el hijo pródigo quería ponerla en acción.

Y me encanta cómo dice "hazme como uno de tus trabajadores", porque implicaba que él estaba dispuesto a aceptar la consecuencia de su pecado. Él no esperaba que su padre lo restituyera con todas las bendiciones y con todos los rangos que implicaba ser su hijo. Si no: "Llévame, recíbeme, que aunque yo sea el peor de tus esclavos, voy a estar mejor de lo que yo estoy ahora."

Dice versículo 20: "Levantándose fue a su padre, y cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión por él, y corrió y se echó sobre su cuello y lo besó." Hermanos, así es nuestro Padre. Él ve la intención de nuestro corazón, Él ve que nos vamos a disponer a pedir perdón y Él nos ayuda, Él nos sale al encuentro, no se queda esperando pasivamente.

Dice versículo 21: "Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti, ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Pronto, traigan la mejor ropa y vístanlo, pongan un anillo en su mano y sandalias en sus pies. Traigan el becerro engordado, mátenlo, y comamos y regocijémonos, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron a regocijarse.

Igual que en el caso de Moisés, el padre del hijo pródigo tuvo la misma reacción: al verle se alegró su corazón. La experiencia que tuvo Moisés con Dios duró un día, de hecho duró un momento, pero en ese solo momento Moisés se las ingenió para decirle que no al Señor varias veces. Moisés se arrepintió, obedeció, y Dios le dio una segunda oportunidad. El hijo pródigo conocía a su padre de toda la vida, había experimentado las bendiciones de ser su hijo por mucho tiempo, no solamente por un día, no eran promesas. Y aun así, le dijo que no a su padre también y no valoró lo que tenía. Sin embargo, su padre también le dio una segunda oportunidad.

Un caso similar sucedió con nuestro tercer personaje. Este personaje sí es real, se encuentra en el Nuevo Testamento, y es el apóstol Pedro. El apóstol Pedro: tres años al lado del Señor, parte de su círculo más íntimo, testigo de sus grandes milagros, recipiente de la mayoría de sus enseñanzas. Es la persona que más se menciona en los cuatro evangelios aparte del Señor Jesucristo. Se podría decir que Pedro estuvo al lado del Señor desde el día uno de su ministerio.

Él menciona en su segunda carta que él escuchó al Padre cuando dijo: "Este es mi Hijo amado en quien me complazco", cuando Cristo fue bautizado. Pedro fue el discípulo que caminó sobre las aguas. Pedro fue el discípulo que vio a Cristo transfigurado. Fue quien le dijo a Jesús: "A mí tú no me lavas los pies", y cuando Jesús le dice: "Si no te lavo no estarás conmigo", dijo: "A mí tú me bañas entero." Es conocido por ser quien le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote. Y en casi todas las ocasiones donde se mencionan en un listado de los discípulos apóstoles, el primer nombre a la cabeza, ¿cuál es? Pedro.

Pero lamentablemente para Pedro, uno de los eventos que más se recuerda de él es cuando negó a su Maestro, cuando le dijo no. Y lo triste es que el Señor se lo había advertido. Dice Marcos capítulo 14: "Jesús le dijo: Todos ustedes se apartarán, porque escrito está: Heriré al pastor y las ovejas se dispersarán. Pero después de que yo haya resucitado, iré delante de ustedes a Galilea." "Aunque todos se aparten, yo sin embargo no lo haré", le dijo Pedro. Tenía que ser Pedro el que se levantara a opinar.

Y Jesús le contestó: "Oye, en verdad te digo que no el mes que viene, el año que viene, no. Hoy, esta misma noche, antes de que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces." Pero Pedro con insistencia repetía: "Aunque tenga que morir junto a ti, no te negaré." Y después todos también: "Yo también, yo también."

Lucas capítulo 22, desde el versículo 54, nos narra la negación de Pedro. Dice versículo 54: "Después de arrestar a Jesús, se lo llevaron y lo condujeron a la casa del sumo sacerdote, y Pedro lo seguía de lejos. Después que encendieron una hoguera en medio del patio y se sentaron juntos, Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta, al verlo sentado junto a la lumbre, fijándose en él detenidamente dijo: También este estaba con él. Pero él lo negó diciendo: Mujer, yo no lo conozco. Un poco después otro, al verlo, dijo: Tú también eres uno de ellos. Hombre, no es cierto, le dijo Pedro. Pasada como una hora, otro insistía diciendo: Ciertamente este también estaba con él, pues él también es galileo. Pero Pedro dijo: Hombre, yo no sé de qué hablas. Y al instante, estando él todavía hablando, cantó un gallo."

"Hoy yo no sé quién es Jesús, yo no tengo nada que ver con él, no me asocien con él." En ese momento Pedro dio más valor a todo lo que él tenía: su vida, su profesión, su futuro, su familia. Pedro pensó que en ese momento el precio que él tendría que pagar por seguir a Cristo sería demasiado costoso, él entendía que tenía demasiado que perder. "¿Cómo yo me voy a identificar con un hombre que lo están llevando a flagelar? Que quizá lo maten. Esto no es inteligente de mi parte, yo tengo una familia, yo tengo que cuidarme."

Y el versículo 61 nos da un detalle del momento que solamente el Evangelio de Lucas recoge. Pero veámoslo desde el versículo 60. Dice: "Pero Pedro dijo: Hombre, yo no sé de qué hablas. Y al instante, estando él todavía hablando, cantó el gallo." Y dice versículo 61: "El Señor se volvió y miró a Pedro. Entonces Pedro recordó la palabra del Señor, de cómo le había dicho: Antes que el gallo cante hoy, me negarás tres veces. Y saliendo fuera, lloró amargamente."

Te imaginas esa escena. Esa escena yo ya la tengo muy clara porque hace muchos años yo me topé con un cuadro que ahora buscaba en internet. Aprendí que el autor se llama Carl Bloch, que es un pintor danés del siglo XIX, y es un cuadro que se llama "La negación de Pedro". Y siempre me llamó la atención los detalles que tiene el cuadro.

Primero me llamó la atención el ángulo en que está pintado. El contraste que hay entre el área donde está el Señor, oscuro, y el área donde está Pedro. Me llama la atención cómo el Señor va hacia una dirección y Pedro se inclina hacia la opuesta. Me llama la atención la mirada del Señor que se voltea buscando los ojos de Pedro. Y me apasiona ver cómo el artista, para hacernos entender el drama del momento, usó los mismos colores en Pedro, en Cristo y en el gallo, como diciendo: en esta tríada está todo lo que está pasando aquí. Todos los demás elementos, la mujer que está ahí, no tienen que ver. El drama que hay entre Cristo, su hijo y el gallo que representa su negación. Y esa mirada, esa mirada de Cristo a Pedro.

El comentarista Matthew Henry escribe sobre el drama de esa mirada y dice lo siguiente:

Solamente Lucas nos ha conservado este precioso detalle. Aunque Pedro acababa de negarle tres veces, Jesús, olvidándose de sí mismo como siempre y pensando solamente en Pedro, se dignó dirigirle una mirada de tristeza y de ternura, lo suficiente para llegar a Pedro al corazón. Aunque Pedro acababa de negar a Jesús, Jesús no iba a negar a Pedro.

Y dice Matthew Henry: "¡Qué consuelo es para nosotros saber que aun cuando nosotros le somos infieles, él permanece fiel!" Continúa diciendo Matthew Henry: "Bastó una mirada de Jesús para enternecer a Pedro. Solo Pedro podía conocer el alcance de esa mirada." Y Matthew Henry dice que esa mirada tenía un alcance de cuatro maneras diferentes.

Dice primero: era una mirada de reprensión, como si le dijese: "¿De verdad, Pedro, que tú no me conoces? Pedro, en serio, pues yo sí te conozco a ti. Pedro, ¿cómo tú has podido negarme? Precisamente tú, que fuiste el primero en confesarme como Mesías, Hijo de Dios, y que prometiste antes y más solemnemente que otros que no me negarías nunca."

Pero también era una mirada de compasión, como si Cristo le estuviera diciendo a Pedro: "Pobre Pedro, qué bajo has caído. ¿Qué sería de ti si yo no te ayudo en este momento de tu vida?"

Pero también era una mirada de dirección, pues Jesús estaba guiando con la vista a Pedro para que se retirase a reflexionar por unos momentos sobre lo que acababa de hacer, como que decía con esa mirada: "Ya pasó, yo te lo advertí, ya vete y reflexiona."

Pero dice que también era una mirada de gracia. El canto del gallo no habría sido suficiente para provocar el arrepentimiento en Pedro, a no ser por la gracia que Cristo podía conferir en una mirada para que el corazón de Pedro diera completamente la vuelta. Y hasta ahí la cita de Matthew Henry. ¡Wow! Los detalles de nuestro Señor, la paciencia de nuestro Señor.

Pero hablando de detalles, no se quedó ahí. Por si acaso Pedro no entendía completamente las implicaciones de esa mirada, el Señor sí se encargó de que no le quedaran dudas a Pedro de que su Dios le iba a dar una segunda oportunidad. Y el capítulo 16 de Marcos nos cuenta lo que vieron las mujeres al entrar por primera vez a la tumba vacía. Dice Marcos 16, versículo 5: "Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, vestido con ropaje blanco, y ellas se asustaron. Pero les dijo: No se asusten. Ustedes buscan a Jesús el Nazareno, el que fue crucificado. Ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo pusieron. Pero vayan, digan a sus discípulos y a Pedro: él va adelante de ustedes." Él conoce tu futuro como si fuera ayer. "Él va a estar en Galilea y allí lo verán y celebrarán juntos, como él se lo dijo." Y yo quiero que Pedro esté ahí celebrando conmigo. Él quería celebrar con su discípulo, igual como con Moisés, igual como con el hijo pródigo. Cuando Jesús viera a Pedro, se alegraría en su corazón. Hermano, sin reproches, sin reprimendas, sin acusaciones, solamente lleno de gracia y bondad.

Yo recuerdo en mi época de colegio una de las grandes diferencias que había entre la primaria y la secundaria. Para mí era que en primaria podíamos hacer nuestros trabajos y exámenes con lápiz, pero en secundaria era obligatorio hacerlo con bolígrafo. Yo decía: "¡Wow, qué espectacular!" Quiere decir que en primaria siempre había un chance para una nueva oportunidad, una nueva oportunidad de borrar nuestro error y escribir la respuesta correcta. Entonces en primaria, en el colegio, no solamente era importante tener un lápiz, sino tener un buen borrador. Un borrador que borrara completamente el lápiz, que no dañara el papel. Y recuerdo que en mi época eran, para el lápiz, borradores de leche. Nunca entendí por qué se llamaba así, un borrador de leche blanco que borraban como que nunca pasó nada ahí. Bueno, Dios borró la negación de Pedro con su borrador divino y le dio una segunda oportunidad.

Pedro fue otro hombre totalmente diferente a partir de ese día. Pedro entendió que no había nada comparado con el gozo de seguir a su Maestro, no importa dónde lo lleve. Quizás recordó cuando su Maestro le dijo: "Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, ese la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se destruye o se pierde?" Pedro entendió la famosa ecuación eterna: Cristo más nada es igual a todo; todo menos Cristo es igual a nada.

Y lo entendió tan claro que, menos de dos meses después, luego de haber recibido el Espíritu Santo en Pentecostés, el capítulo 3 del libro de los Hechos recogió el siguiente evento: "Cierto día Pedro y Juan subían al templo a la hora novena, la hora de la oración. Y había un hombre cojo de nacimiento, al que llevaban y ponían diariamente a la puerta del templo llamada la Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban al templo. Y este, viendo a Pedro y a Juan que iban a entrar al templo, les pedía limosna. Entonces Pedro, junto con Juan, fijando su vista en él, dijo: Míranos. Y él los miró atentamente, esperando recibir algo de ellos. Pedro le dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, anda. Y tomándolo de la mano derecha, lo levantó. Al instante sus pies y tobillos cobraron fuerza, y de un salto se puso en pie y andaba, y entró al templo con ellos caminando, saltando y alabando a Dios." No tengo nada, sin embargo lo tengo todo.

La paciencia de nuestro Señor. Dios no se desesperó con Moisés. Él pudo haberlo fulminado desde el primer "no" de Moisés. Tampoco se desesperó con Pedro. No lo descalificó de su equipo ministerial. Todo lo contrario, Dios les enseñó a ellos que era un Dios fiel y paciente con los suyos.

Ese mismo Pedro, décadas después, escribiría en su segunda carta, hablando en el contexto de la segunda venida, pero nos enseña el carácter del Señor. Dice 2 Pedro 3:8-9: "Pero, amados, no ignoren esto: que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día." ¿Quién dijo eso? Moisés, en su oración. "El Señor no se tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente con ustedes, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento."

Y esa paciencia del Señor nos lleva a nuestro último personaje: un personaje real que se encuentra sentado en tu silla. Tú, mi hermano. Yo te tengo dos buenas noticias hoy. La primera es que, como te habrás dado cuenta, Moisés y Pedro no eran personajes extraordinarios. Eran hombres falibles, imperfectos como tú y como yo, pero que tenían un Dios extraordinario. Tomé mucho tiempo describiendo cómo fue esa primera interacción de Moisés con Dios, porque ustedes saben en quién se convirtió Moisés, mejor dicho, en quién Dios lo convirtió. Tomé tiempo para que vieran el drama de cómo se sintió Pedro en su peor día, porque ustedes saben quién fue Pedro para la iglesia. Para que tú sepas que Dios sabe que tú y yo hemos dicho muchas veces: "No, Señor."

Y como decía al principio, no decimos solamente "no", decimos "no, Señor", porque nuestro problema no es reconocer que él es Dios, que él gobierna, que es todopoderoso. Simplemente decimos que no porque no queremos obedecerle. Y nos pasamos la vida haciendo una pregunta quizás muy similar a la que pudieron haberse hecho Moisés y Pedro: "¿Quién me manda a mí a desviarme a ver esa zarza? ¿Por qué yo no me quedé al lado de mis rebaños, haciendo lo que yo tenía que hacer en la comodidad de mi vida? ¿Por qué cuando el Señor me dijo 'sígueme, que te haré pescador de hombres' yo lo seguí? ¿Por qué yo no me quedé con mis redes, en mi barca, que ahí era que yo era bueno? ¿Por qué yo seguí viniendo a la iglesia? ¿Por qué yo conocí el evangelio? ¿Por qué yo decidí confesarlo con mi boca? ¿Por qué ahora ya yo no puedo seguir haciendo las cosas que yo hacía tranquilamente sin sentirme cargado? ¿Por qué ahora mi corazón se duele cuando yo te desobedezco, Señor? ¿Por qué yo no me conformo con ser un cristiano que viene el domingo a la iglesia todos los domingos? ¿Por qué mi vida es un constante 'tengo que hacer, tengo que hacer, tengo que leer, tengo que orar' y yo no tengo gozo en mi vida?"

Señor, ¿por qué yo siento que a veces tú no me dejas tranquilo? Hermanos, si tú te has hecho ese tipo de pregunta, lo más seguro es que el Espíritu Santo que mora en ti te está dando convicción de pecado, porque ahora ya tú no tienes una excusa válida. Tú conoces la verdad, tú conoces quién es el Dios que está detrás de la zarza, tú conoces quién es el Dios que habló desde el cielo, tú sabes quién es el Dios que caminó en el agua.

Mira, si tú eres sincero contigo mismo, tú sabes que tú mismo has caminado sobre agua en tu tempestad por su poder en un momento dado. Pero tú también sabes que muchísimas veces, a la hora de la verdad, tú has fallado. Tú lo has negado, te has quedado callado cuando tenías que hablar, y has huido de esa situación. No como Pedro una noche, quizás no como el hijo pródigo que se fue por meses; tienes años diciéndole que no al Señor, años diciéndole no o diciéndole ahora no, cuando tú sabes que el Espíritu te dice que es tiempo de decirle sí Señor, ahora. Porque yo no te lo tengo que decir, porque tú lo sabes, porque tú has valorado más tu comodidad, tu independencia, tu estatus, tus posesiones. En pocas palabras, tú te has valorado más a ti que a Dios. Tú conoces esa ecuación, hermano.

Pero Dios sigue ahí, fiel, paciente y bondadoso. Y esta es la segunda gran noticia: el Dios extraordinario de Moisés y Pedro es tu mismo Dios, y Él sigue ahí en su trono, gobernando su creación, cumpliendo con su pacto. Su fidelidad continúa persiguiéndonos, su bondad nos sigue rodeando. No podemos salirnos de su bondad. ¿Qué te queda a ti por hacer? Venir delante de Él y decirle: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, perdóname, perdóname. Y créeme, Él te dará una segunda oportunidad, Él te la dará. "No, lo que pasa es que ya me ha dado muchas". Oye, si tú estás aquí oyendo esto, es porque Él quiere, porque Él te espera para darte una segunda oportunidad. Él te la dará.

Porque tu Dios es el mismo Dios que convirtió al Pedro que lo negó la noche más oscura en el predicador del sermón más grande que recoge la historia de la iglesia. Tu Dios es el mismo Dios que convirtió a un hombre mentiroso y cobarde como Abraham en el padre de la fe. A un engañador como Jacob lo convirtió en una nación santa. Usó a un profeta amargado como Jonás para traer salvación a toda una ciudad, la más grande de su tiempo. Hizo a un adúltero y homicida como David un hombre conforme a su corazón. A un Saulo despiadado y cruel lo convirtió en el gran apóstol Pablo. Ese es tu Dios.

No te castigues con lo que te voy a decir, pero imagínate de lo que tú te puedes estar perdiendo en esta vida por no decirle a tu Dios: sí Señor, úsame. Quizá no está en juego tu salvación, pero está en juego el deleite de vivir una vida en obediencia a tu Señor. Y no importa cuántas veces lo hayas hecho, hoy es ese día. No importa cómo esté tu matrimonio, hoy puede ser el día en que tú digas: sí Señor. No importa cómo esté tu vida espiritual, hoy puede ser el día en que tú digas: sí Señor. No importa cómo estén tus relaciones, hoy puede ser ese día. Dios te está esperando. Decide hoy que Dios tome el borrador y borre donde tú escribiste no, y comprométete tú hoy a tomar el lápiz y escribir: sí Señor.

Padre, ¿qué podemos hacer sino reconocer que tú eres un Dios de misericordia? Bueno, Señor, que tu bondad no falla, Señor, que tú no violas tus pactos, Señor, que tú eres un Dios fiel. Que aunque nosotros te demostramos día a día que somos hijos infieles, tú siempre estás ahí para darnos segundas, terceras, cuartas oportunidades, Señor. Pero hacernos reconocer que esas oportunidades van a llegar hasta un día, y que nosotros debemos aprovecharlas, Señor.

Señor, permite que esto que hemos revisado, Señor, trabaje con nosotros como trabajó conmigo primero, Señor. Y que cada hermano que esté aquí, que conoce su condición, que conoce su relación con Dios, pueda entender, Señor, que ya está bueno de decirle no a un Dios como tú. No por tu poder, no porque lo sabes todo, sino por lo amoroso que has sido con nosotros, por lo fiel, Señor. Que solamente con agradecimiento deberíamos obedecerte, Señor.

Señor, haz que hoy sea ese día en que pongamos a un lado el atrás y hagamos nuestro plan: me levantaré e iré a mi Padre y diré, Padre, he pecado contra ti. Con la certeza, Señor, de que tú nos encontrarás en el camino. Gracias, Padre, porque tú eres bueno. En tu Hijo, Señor. Amén.

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Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño

Reynaldo Logroño conoció al Señor en 1980 y es miembro de la IBI desde 2007. Ha servido en Consejería Prematrimonial, GPS, Escuela Bíblica Dominical, Ministerio de Cárceles y Conferencias Por Su Causa. Desde 2010 dirige, junto a su esposa, la Escuela Bíblica Dominical, y desde 2017 es director del Ministerio Integridad & Sabiduría. Licenciado en Publicidad con maestría en Gerencia de Mercadeo, graduado del Instituto Integridad & Sabiduría y certificado en Educación Cristiana. Casado con Jenny Thompson desde 1993; padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr. Casado con Jenny Thompson desde 1993; padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr.