Integridad y Sabiduria
Sermones

Cuando Dios te deja sin excusas

Joan Veloz 3 abril, 2022

Cuando Dios llama a alguien a una tarea, no acepta excusas. Puede parecer válido argumentar falta de identidad, de autoridad, de credibilidad o de habilidad, pero ante el Dios que creó la boca del hombre y sostiene todas las cosas, ninguna objeción se sostiene. Moisés lo descubrió en el desierto de Madián, cuando después de cuarenta años como pastor de ovejas, Dios lo llamó desde una zarza ardiente para liberar a Israel de Egipto.

Moisés presentó cinco excusas consecutivas: no tenía identidad suficiente, carecía de autoridad, nadie le creería, no sabía hablar bien, y finalmente confesó la verdad desnuda: simplemente no quería ir. A cada objeción, Dios respondió con paciencia pero con firmeza. A su crisis de identidad le dijo "yo estaré contigo"; a su falta de autoridad le reveló su nombre propio, "Yo Soy"; a su temor de incredulidad le dio señales milagrosas; a su supuesta incapacidad le prometió poner las palabras en su boca. Pero cuando Moisés pidió que enviara a otro, la ira de Dios se encendió.

La lección atraviesa los siglos: Dios no busca personas capaces sino corazones dispuestos. Las habilidades, discapacidades y circunstancias de cada uno están ordenadas por él para cumplir su plan perfecto. Como Rubén, el joven con discapacidades motoras que cada domingo abraza a los pastores y comunica el amor de Dios, cualquier creyente puede ser instrumento en las manos divinas. La garantía del éxito no depende del instrumento sino de quien lo utiliza. La pregunta que queda es personal: ¿cuál es tu excusa para servir al Señor?

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Muy bien, el día de hoy yo quiero tomar prestado al pastor Miguel, si él así me lo permite. Yo quiero tomar prestado al pastor Miguel, uno de los "cuándo" del pastor Miguel. No sé si se han percatado, pero el pastor Miguel ha iniciado toda la serie de Gálatas titulando un mensaje con un "cuándo". Y en el día de hoy, yo queriendo ser como el maestro, he tomado prestado un "cuándo" y he titulado mi mensaje el día de hoy: "Cuando Dios me deja sin excusa", o "Cuando Dios te deja sin excusa".

Hay un dicho dominicano que dice que desde que se inventaron las excusas, nadie queda mal. Pero cuando es Dios que nos está llamando, esto no aplica. A Dios no le interesa que le presentemos excusas acerca de nuestro pasado, acerca de nuestra crianza, acerca de nuestro temperamento. No es que yo soy introvertido, que yo soy muy extrovertido, acerca de que yo tengo una agenda muy ocupada, yo tengo muchas cosas. Cuando Dios nos está llamando a una tarea, Él no quiere excusas, Él quiere siervos obedientes.

En el día de hoy es mi deseo que podamos estudiar y revisar el llamado de un hombre de Dios, que no fue un hombre cualquiera. Fue un hombre que Dios utilizó poderosamente para libertar a su pueblo de la esclavitud. Un hombre que cuando recibe este llamado duda, se excusa, presenta un grupo de objeciones, pero que cuenta con un Dios paciente, amoroso, que le habla verdad, pero le instruye cómo él debe obrar según sus planes y su buena voluntad.

Yo quiero pedirles, por favor, que me acompañen a estudiar el llamado de Dios a Moisés y las muchas excusas que él presentó delante de Dios. Vamos al libro del Éxodo; estaremos revisando el capítulo 3, del versículo 11 al 15, y luego nos moveremos al capítulo 4, estaremos viendo del versículo 1 al 17. Pero antes de entrar a la Palabra, antes de leer estos textos, es bueno que entendamos un poco el contexto en el cual se encontraba Moisés cuando Dios lo llamó.

Moisés, antes de este evento, cuarenta años antes, se encontraba disfrutando de Egipto. Él era príncipe en Egipto; él fue un hebreo, un israelita criado por la hija de Faraón como hijo de Faraón. Y él, en un momento, decide: déjame ir a ver cómo están mis hermanos los israelitas. Y cuenta Éxodo que él decide bajar, y en ese momento él ve que hay un egipcio golpeando a un israelita. Él, tratando de defenderlo, golpea al egipcio, mata al egipcio, y con temor oculta el cuerpo. Al día siguiente, Moisés, pensando que eso iba a pasar desapercibido, bajó una vez más, y ahora ve a dos israelitas peleando. Él decide intervenir, y uno de ellos le responde: ¿Quién te ha puesto a ti como príncipe o juez sobre nosotros? ¿Acaso nos vas a matar como hiciste con el egipcio?

Cuando Moisés escucha esto, ¿qué hace? Se asusta. Dice: probablemente esto va a llegar a los oídos de Faraón, me van a perseguir, me van a matar, he matado un egipcio. Moisés se asusta, sale huyendo y se va a la región de Madián, que hoy para nosotros sería lo que es Arabia Saudita. Y allí Moisés se radica por cuarenta años, tiene familia, tiene hijos, y de ser príncipe en Egipto pasó a ser pastor de ovejas. Un cambio interesante de trabajo.

Y estando ahí como pastor de ovejas, cuarenta años después, haciendo su profesión, Dios decidió hablarle a Moisés. Y vemos en Éxodo 3 ahora cómo él está pastoreando las ovejas de su suegro, y en un momento ve una zarza, es decir, un grupo de arbustos que estaban entrelazados, prendidos en fuego, encendidos en fuego. Pero era algo raro, porque este fuego no botaba humo y no se consumía. Y Moisés dice: pero qué raro está esto. Y como curioso al fin, fue y se acercó a la zarza. Y estando ahí, desde la zarza, Dios le habla a Moisés. Él dice: Moisés, quítate las sandalias porque estás pisando tierra santa. Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y yo he escuchado el lamento de mi pueblo, he escuchado el gemir de mi pueblo, y yo le voy a dar una tierra nueva, yo lo voy a libertar, le voy a dar una tierra nueva, una tierra donde mana leche y miel.

Y hasta ahí me imagino que para Moisés el discurso iba bien. "Oh, Señor, qué bueno, me parece. Dios me está hablando y está diciendo que va a sacar a mis hermanos, los israelitas, de Egipto, que están esclavizados. Qué bueno." Lo que Moisés no sabía era cómo Dios lo iba a hacer. Y dice el versículo 10: "Ahora pues, ven, y te enviaré a Faraón para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto." Espera, espera. Ok, ok, estaba muy interesante: tú vas a sacar a tu pueblo. Pero, ¿cómo que yo venga y vaya yo? Para Moisés probablemente esto fue algo abrumador.

Y él, Moisés, al escuchar esto, ¿qué hace? Él comienza a presentar excusas delante de Dios. Y vemos cómo en el versículo 11, cuando Moisés escucha esto, dice: "Pero Moisés dijo a Dios: ¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar a los israelitas de Egipto?" Moisés está en shock aquí ahora. Y si suena su pregunta "¿quién soy yo?", él dice: Señor, Señor, yo tengo una objeción contra ti, y es que yo no soy nadie. ¿Qué identidad tengo yo para ir ahí? Esa es una excusa válida. ¿Quién soy yo?, se pregunta Moisés. Yo solamente soy un pastor de ovejas, ¿yo hacer una labor como esta?

Y cuando Moisés responde al Señor así, él está haciendo dos cosas interesantes. Número uno: él está reconociendo que es humilde, está mostrando un corazón humilde. Y al mismo tiempo está reconociendo que él mismo no tiene lo que se necesita para hacer esta labor que Dios le está encomendando. ¿Quién soy yo? Y Dios sabía eso, que Moisés por sí mismo no tenía lo que se necesitaba para ser el libertador de Israel.

Y es por eso que el versículo 12 Dios le responde a la excusa de Moisés. Moisés, tú tienes un problema de identidad, ¿verdad? Tú no eres nadie. Pero versículo 12: "Ciertamente yo estaré contigo", respondió el Señor. Moisés, hay algo que tú tienes que entender: tú no eres una persona apta, es verdad. Y muchos se sorprenderían o se sorprenden de escuchar este discurso o estas palabras del Señor, porque este era el momento ideal para Dios darle un discurso motivador a Moisés, no decirle "ciertamente, ¿quién eres tú?" Era el momento ideal para decirle a Moisés algo como: "Moisés, ¿no estás seguro? Pues claro que estás seguro. Tú eres la persona idónea, fuiste instruido en el palacio de Egipto, tú conoces el lenguaje, tú sabes cómo introducirte con Faraón. Moisés, ¿cómo de quién eres tú? Inclusive tú eres ya pastor de ovejas, tú vas a poder pastorear a mi pueblo." Esto hubiera sido un gran discurso motivador; no es un discurso que muchos quisiéramos escuchar, sino nosotros mismos, cuando se nos está llamando a una tarea.

Pero Dios ni menospreció a Moisés ni exaltó a Moisés. Él le dice exactamente lo que Moisés necesitaba escuchar: Moisés, yo estaré contigo. Dios quería, desde el comienzo, hermano, que Moisés supiera que esto que él iba a hacer no se trataba de él, se trataba de Dios. Era Dios que iba a libertar a su pueblo, era Dios que iba a enfrentar a Faraón, era Dios que iba a hacer la obra. Por eso, Moisés, tú no eres nadie, es verdad; yo estaré contigo.

Y desde el comienzo de la historia de Moisés, Dios quería que Moisés tuviera claro que todo lo que él iba a hacer dependía de Dios. Porque, al igual que Moisés, hermanos, tú y yo somos simplemente instrumentos en manos de Dios, no más. Nosotros estamos aquí como actores secundarios en el teatro de la gloria de Dios. Al final, esta es su obra y él hará según lo que le place, según su buena voluntad. Moisés era simplemente un instrumento en manos de Dios.

Y Dios le dice lo que Moisés, y lo que tú y yo necesitamos escuchar cuando somos enviados por Dios o llamados por Dios a servirle: mi hermano, mi hermana, mi hijo, yo estaré contigo. Y no importa la misión, ya sea ser misionero, servir en la iglesia, o cosas a las cuales estamos llamados que también Dios nos encomienda: compartir el evangelio, hacer un devocional familiar. No importa lo que Dios nos esté llamando, ya sea grande o pequeño; para tú poder hacerlo, tú necesitas a Dios, tú necesitas que él esté contigo. Porque la única razón por la cual nosotros podemos ser útiles es porque él es útil, él es capaz, y él nos capacita para hacer la obra. Porque Dios es nuestra suficiencia. Si alguna vez pensamos que podemos hacer las cosas por nosotros mismos, por nuestras habilidades, capacidades o competencias, la Palabra nos enseña claramente: no depende de nosotros, depende de Dios, porque él es nuestra suficiencia.

"Moisés, yo estaré contigo", le responde el Señor. Y la señal para ti de que yo soy el que te ha enviado será esta: "Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, ustedes adorarán a Dios en este monte." Dios le estaba dando una promesa a Moisés aquí. Moisés, llegará un momento donde verás con tus ojos al pueblo salir de Egipto y adorar mi nombre. Ve tranquilo, haz mi obra, yo estoy contigo, tú serás mi testigo. Ciertamente yo estaré contigo.

Y escuchamos estas palabras de Dios y probablemente decimos: ya Moisés no tiene más nada que decir, Moisés va como ciervo mediante a cumplir el llamado de Dios. Sin embargo, no es así. Moisés ahora presentó una segunda excusa para hacer la obra de Dios. Y vemos que él le dice al Señor en el versículo 13: Señor, ¿con qué autoridad voy a hacer yo esto? Mire lo que dice el versículo 13: "Entonces Moisés dijo a Dios: Si voy a los israelitas y les digo 'el Dios de sus padres me ha enviado a ustedes', tal vez me digan '¿cuál es su nombre?', ¿qué les responderé?"

Para Moisés aquí ahora había una cuestión interesante. Él dice a Dios: Señor, imagínate que yo me armo de valor y digo voy a ser obediente y voy a ir. Pero cuando llegue allá, ellos me preguntan quién es que te ha enviado, ¿cuál es su nombre?, ¿qué les voy a decir? Que yo les diga "el Dios de sus padres me ha enviado", eso no basta. Ellos me van a preguntar algo más. Yo tengo que tener otro poco más de información, porque bajo el nombre que yo vaya es bajo la autoridad con la cual ellos me van a recibir. Si yo digo que yo voy bajo un dios extraño, ese no tiene autoridad. Tú tienes que darme tu nombre para yo, bajo tu autoridad, poder ir y que yo sea recibido. Dame tu nombre.

Y desde el punto de vista de la lógica, eso tiene sentido. Yo no puedo pararme en el Palacio Nacional, perdón, y tocar la puerta de seguridad, decirle "yo vengo a ver al presidente." ¿Bajo quién lo envía? ¿Dónde está lo que lo acredita? ¿Bajo qué nombre usted viene? ¿Quién lo representa? Porque el nombre representaba a Dios. Si yo me aparezco en el palacio y me preguntan bajo qué credencial usted viene, es probable que como yo no tengo un nombre que dar, yo termine preso esa noche.

Y por eso, para Moisés era muy importante que Dios revelara su nombre. En la época, según algunos académicos, una deidad existía si tenía un nombre; entonces, si no tenía un nombre, no existía. Por eso Moisés dice: Señor, tienes que darme tu nombre, porque cuando yo me pregunten, yo tengo que saber qué responderles.

¿Y qué hace Dios? Versículo 14: "Y dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los israelitas: Yo soy me ha enviado a ustedes." ¿Tú quieres un nombre? Eso es, yo te voy a dar mi nombre propio: Yo soy. El pastor John Piper dice que esta es probablemente la declaración más grande o revelación más grande que Dios ha hecho a un hombre, porque al revelar su nombre, Dios está revelando quién es, revelando su carácter. Es importante que recordemos que en el contexto bíblico el nombre no era simplemente una etiqueta, sino que revelaba la esencia misma de la persona.

Una etiqueta verbal. Por eso vemos cómo Cristo a algunos de sus discípulos les cambió el nombre: a Cefas le llamó Pedro, a Saulo le cambió el nombre y le puso Pablo. ¿Por qué? Porque el nombre representaba el carácter de esa persona. Y Dios le está diciendo a Moisés: "Moisés, Yo soy el que soy. Yo soy es mi nombre. Yo soy el que fui, yo soy el que seré, yo soy el que será. Yo soy el comienzo de los tiempos, yo soy el final de los tiempos. Yo soy el todo de todo. Diles que Yo soy te ha enviado." Tú querías un nombre, esa era tu excusa. Dales mi nombre.

Pero Dios sabía que probablemente ellos no iban a conocer este nombre, porque era la primera vez que Dios se revela como Yo soy. Y en su gracia le dice a Moisés: "Dijo además Dios a Moisés: Así dirás a los hijos de Israel: El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes. Este es mi nombre para siempre, y con él se hará memoria de mí de generación en generación." Moisés, es probable que ellos "Yo soy" no lo conozcan, pero sí van a conocer quién fue el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Cuando tú les menciones que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob te ha enviado, ellos entenderán. Y ellos sabrán también que de ahora en adelante mi nombre es Yo soy.

Ve, esa era tu excusa. Ve bajo mi autoridad, bajo mi nombre. Ve y habla. Ve y saca a mi pueblo de la esclavitud. Y nosotros vemos más adelante, ahora aquí en el versículo 18, que Dios le dice a Moisés: "Moisés, tú vas a ir y el pueblo va a escuchar. Tú vas a ir bajo mi nombre, bajo mi autoridad, conmigo, y el pueblo va a escuchar."

Y probablemente ahora tú y yo digamos: Dios le ha dicho a Moisés "estaré contigo", le ha dado su nombre como autoridad, le ha prometido que él va a ver las promesas de esa misión que le ha encomendado cumplirse. Le ha dicho "ellos oirán". Probablemente decimos: "Moisés, vamos." Pero no. Moisés sigue presentando excusas.

Y vamos a ver aquí ahora, en el capítulo 4, la tercera excusa de Moisés. Dice Éxodo capítulo 4, versículo 1: "¿Y si no me creen?" Ahora Moisés dice: "Señor, mi excusa es que probablemente no me crean." Y dice: "¿Y si no me creen y escuchan mi voz? Porque quizás digan: No se te apareció el Señor." Ahora Moisés sigue dudando. Ahora Moisés dice: "Señor, pero todo lo que tú me estás diciendo, verdad, todo está muy bien, pero ¿y si no me creen?" Pero Moisés, yo te había dicho ya que ellos van a escuchar tu voz. Versículo 18: "Ellos escucharán tu voz." Ya te lo prometí. ¿Cómo que no te van a creer? Yo te prometí algo, Moisés, que va a pasar, y si yo te lo prometí, tú puedes estar tranquilo.

Ahora, ¿eso no suena familiar a lo que nos pasa a nosotros? Porque vemos a Moisés y decimos: "¿Cómo tú dudas si Dios te lo prometió?" Pero a nosotros nos pasa algo similar. Dios tiene revelada su promesa, su Palabra. Él ha revelado sus planes para nosotros, y aun así solemos dudar. Aun así solemos afanarnos, solemos temer. Aun así cuestionamos, aun así nos inquietamos.

Dios ha hecho su Palabra. ¿No es justo? ¿No está el pajarito ni su familia que me niegue pan? Y muchos de nosotros pasamos los días que se nos está cayendo el cabello, afanándonos porque queremos más y más y más y más. Muchas veces nos preocupamos por la salud, por qué va a pasar mañana, cuando Dios ha hecho su Palabra, ha revelado claramente en su Palabra que por más que yo me afane, por más que yo brinque y salte, yo no voy a agregar un codo a mi vida. Dios le prometió a Moisés cosas, Moisés dudó. Dios ha prometido muchas cosas a nosotros y nosotros hemos dudado.

Y miren lo que Cristo les dice a sus discípulos en un momento similar, confrontando esto. Dice en Mateo 6, versículo 25: "Por eso les digo, no se preocupen por su vida, qué comerán o qué beberán, ni por su cuerpo, qué vestirán. ¿No es la vida más que el alimento y el cuerpo más que la ropa? Miren las aves del cielo, que no siembran ni siegan ni recogen en graneros, y sin embargo el Padre celestial las alimenta. ¿No son ustedes de mucho más valor que ellas? ¿Quién de ustedes, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida? Y por la ropa, ¿por qué se preocupan? Observen cómo crecen los lirios del campo. No trabajan ni hilan, pero les digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si Dios —oigan esta promesa— y si Dios así viste la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, ¿qué hará por ustedes, hombres de poca fe?"

Hermanos, Dios quiere que nosotros tengamos certeza en sus promesas, que confiemos en sus promesas, porque así como Él ha hablado, así sucederá. Raymond Edman, uno de los mentores del evangelista difunto Billy Graham, decía: "Nunca dude en la oscuridad lo que Dios ha revelado en la luz." De hecho, lo que Dios ha enseñado en la luz se volverá aún más significativo en los momentos de oscuridad, porque ahí, en el momento de oscuridad, podremos ver a Dios obrar. Moisés necesitaba no solamente creer en Dios; Moisés necesitaba creerle a Dios. Y esto es lo que nosotros necesitamos también: poder creerle a Dios.

Moisés viene delante de Dios y le dice: "¿Y si no me creen?" Y Dios, en su amor paciente hacia Moisés, sigue quitándole todas las excusas. Y dice el versículo 2: "El Señor le preguntó: ¿Qué es eso que tienes en la mano? Una vara, respondió Moisés." Recordemos que Moisés estaba hablando con Dios en un momento cuando Moisés estaba pastoreando ovejas, por lo cual, ¿qué tenía Moisés en la mano? Una vara de pastor, una vara insignificante. Dios sabía lo que Moisés tenía en la mano. Dios es omnisciente, Dios lo conoce todo. Pero Dios le hace esta pregunta a Moisés porque Dios quería que Moisés entendiera y Moisés viera lo que Dios puede hacer con algo tan insignificante como un pedazo de madera.

Y usando este pedazo de madera, usando esa vara, Dios comienza a presentar señales a Moisés para que Moisés entienda que Dios no necesita grandes cosas para postrar un imperio. Dios solamente necesita un corazón fiel dispuesto a hacer su voluntad. Y Moisés lo vio, porque Moisés pudo ver a todo el imperio de Egipto postrado de rodillas delante de ese palo de madera, de ese siervo inútil, pero sobre todo de ese Dios de gloria que estaba con él.

Ahora, Dios sigue trabajando así. Y Dios le dice, versículo 3: "Echa esa vara en tierra, le dijo el Señor. Y él la echó en tierra y se convirtió en una serpiente, y Moisés huyó de ella." Dios le dice: "¿Tú quieres señales para que te crean? Esa vara que no tiene valor, échala en tierra y verás mi poder."

Es interesante que Dios tomara la forma, tomara la ilustración de una serpiente para convertir esta vara. Es interesante porque para los egipcios —y Moisés fue instruido por los egipcios— una serpiente era un animal que simbolizaba autoridad. Para los egipcios, la serpiente era como ese animal de autoridad que les representaba. Y Dios le dice a Moisés, en pocas palabras: "Moisés, mira mi poder. Lo que para ellos es un símbolo de autoridad, para mí es un pedazo de madera."

Y yo, ese pedazo de madera puedo convertir en serpiente. Moisés ve a la serpiente y ¿qué hace? Huye, sale corriendo, y eso es normal porque imagínese que yo ahora me quito el micrófono y lo tiro al piso y se convierte en un gato. Probablemente aquí se va a armar un huidero y en dos minutos tenemos este salón totalmente vacío. Moisés corre, pero Dios le dice: "Moisés, Moisés, espérate, espérate, cálmate, extiende tu mano y agárrala por la cola." Dios le da instrucciones claras a Moisés, le dice: "Extiende tu mano y agárrala por la cola."

Y este es un llamado interesante, un mandato interesante, porque yo soy Moisés y la pregunta hubiera sido: "¿Cómo así? ¿Que extienda mi mano y la agarre por la cola?" Una serpiente no se agarra por la cola. Aquellos que saben y manejan serpientes saben que las serpientes se agarran ¿por dónde? Por el cuello, de forma tal que no se mueva y no me vaya a morder. Pero Dios le dice: "Agárrala por la cola." Para Moisés cumplir este mandato, él le iba a creer en Dios y le iba a creer a Dios. Había que ver la confianza de parte de Dios, de Moisés para hacer esto.

Pero ¿qué hace Moisés? Entonces dice el versículo 4: "Entonces el Señor le dijo a Moisés: Extiende tu mano y agárrala por la cola." Y eso hizo Moisés. Él extendió la mano, la agarró y se convirtió en una vara en sus manos. A pesar de lo peligroso de este mandato, Moisés no objetó. Aquí no hubo excusa, aquí no hubo cuestionamientos. Dios habló y Moisés actuó. Y si bien Moisés tenía muchas excusas para ser libertador de Egipto, él mostró aquí confianza en Dios, porque si Dios dijo que la agarrara, yo la puedo agarrar porque yo sé que no me va a pasar nada.

E inconscientemente, vamos a decirlo así, Moisés está demostrando que él lo que tenía era lo que llamamos nosotros el síndrome de la obediencia selectiva. "Yo obedezco lo que quiero obedecer. Señor, ¿agarrarla por la cola? Bueno, yo la agarro. ¿Ir de libertador de Egipto? Eso no, eso no, eso no es lo que yo quiero hacer, no es lo que yo quiero hacer."

Dios le da esta señal a Moisés para que él pueda creer, y Él le dice: "Esta señal va a hacer que ellos también te crean. Tú tienes dudas, tú tienes excusas de que no te van a creer. Yo te voy a dar lo que tú necesitas para que crean." Pero es más, es más, esa es una señal. "Yo quiero darte otra señal también, por si acaso, por si acaso no te creen. Yo te voy a dar más señales."

Y Dios le dice en el versículo 5: "Con estas señales que tú vas a hacer, algo va a pasar." Dice el versículo 5: "Por esto creerán que se te ha aparecido el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob." "Y te voy a dar otra señal, Moisés. Ahora mete tu mano en tu seno", añadió el Señor. Y metió la mano en su seno, y cuando la sacó estaba leprosa, blanca como la nieve.

Ahora sí, esto se puso como una película de ficción. "Moisés, te di dos señales. Yo tengo una primera señal para que crean y te digo que por ella van a creer, pero te voy a dar otra señal más. Mete tu mano, saca tu mano: lepra." Imagino que en ese momento Moisés cayó en shock, porque para esa época la lepra era una enfermedad mortal. No había cura para la lepra, y no solamente que no había cura, sino que la persona era apartada por tener lepra, por lo contagiosa que era. Y Moisés ve esto y dice: "Señor, ¿qué haces?" Entiendo que Moisés debió haber entrado en shock en ese momento.

Pero Dios quería que esto fuera simplemente una señal más para Moisés. Se dice en el versículo 7 el mandato de Dios: "Vuelve a meter la mano en tu seno", le dijo Él. Y él volvió a meter su mano, y cuando la sacó se había vuelto como el resto de su carne. Imagino que Moisés ahí respiró. "Esto no es una disciplina por mi incredulidad." Moisés probablemente respiró.

Y Dios le dice: "Moisés, versículo 8, y sucederá que si no te creen ni obedecen el testimonio de la primera señal, quizás crean el testimonio de la segunda señal. Pero voy más allá, Moisés, contigo. Versículo 9: pero si todavía no creen estas dos señales ni escuchan tu voz, entonces sacarás agua del Nilo y la derramarás sobre la tierra seca, y el agua que saques del Nilo se convertirá en sangre sobre tierra seca."

"Moisés, tu duda y excusa de que no te van a creer... Hay dos señales para ti, tres señales para ti de que te van a creer. No es excusa, ya no hay más nada que decir. Moisés, vamos. Lo importante ya tú lo tienes: me tienes a mí, tienes una autoridad y mis señales que acreditan que tú eres mi mensajero. No hay más excusas."

Pero Moisés sigue poniendo excusas, y ahora pone una excusa más personal todavía. Él ahora presenta como excusa delante de Dios su incapacidad personal. Versículo 10: "Entonces Moisés dijo al Señor: Por favor..." Imagino con pavor, debió estar llorando probablemente. "Por favor, nunca he sido un hombre elocuente, ni ayer, ni en tiempos pasados, ni aún después de que tú has hablado a tu siervo, porque soy tardo en el habla y torpe de lengua."

"Ahora, Moisés: Señor, Señor, yo no soy apto para eso, yo soy incapaz para eso, yo soy una persona que no sé hablar, yo no tengo esa habilidad, yo no tengo esa destreza, y lo que tú me estás pidiendo requiere que yo pueda hablar bien, que yo sepa desenvolverme. Yo eso no lo tengo." E inconscientemente también Moisés está diciendo a Dios algo interesante.

Pero cuando nosotros hacemos algo como eso, como lo que está haciendo Moisés, que muchos de los que estamos aquí lo hemos hecho, que Dios nos manda algo y decimos: "Es que yo soy incapaz, es que yo no puedo hacer eso, yo no tengo esa habilidad." Moisés, y nosotros cuando lo hacemos, implícitamente estamos diciendo al Señor: "Tú eres el Creador de todo, que sostienes todo, que eres perfecto. Quiero decirte algo: te equivocaste." Aunque no lo vocalicemos, le estamos diciendo a Dios: "Dios, te equivocaste, cometiste un error. Yo no soy apto para eso, busca a otro, porque yo no soy ese."

Y el error que comete Moisés aquí, que es el mismo que podemos cometer nosotros, es pensar que para Dios hacer su obra a través de nosotros, nosotros tenemos que tener la habilidad para hacerlo, cuando al final no es así. Dios es nuestra suficiencia. Si Él nos llama a una tarea, Él nos capacitará para hacer esa tarea, porque al final esta es su obra, no nuestra. La garantía en el éxito de la obra encomendada no depende del instrumento, depende de aquel que lo utiliza. Y en este caso, quien está utilizando, va a utilizar a Moisés o nos va a utilizar a nosotros, es Dios.

Fácilmente nosotros podemos descartarnos de hacer ciertas cosas. "Necesitamos hermanos que vayan a la cárcel a enseñar." "Yo no tengo esa capacidad." "Necesitamos hermanos que estén en el altar, que consuelen, que sirvan aquí." "Yo no sé hacer eso." Dios nos llama: "Hijo, hijo mío, yo quiero instruirte. Cuando tú estés, tú puedes hacer luz ahí. Predica mi palabra, empieza un devocional, empieza a orar." "No, Señor, es que yo no sé orar bien, yo no sé manejar tu palabra."

Le ponemos muchas excusas a Dios para hacer lo que Él nos manda, entendiendo que no somos capaces. Y Dios quiere que sus hijos sepan de entrada que si Él nos manda hacer algo, y hay muchas cosas que Él nos ha mandado hacer que no estamos haciendo, si Él nos manda hacer algo, Él nos dará lo que necesitamos para hacer lo que Él nos ha pedido, porque esta es su obra.

En el caso de Moisés vamos a ver que le queda verdad. Vamos a ver: Moisés, vamos a comprobarte eso. Es verdad que tú no sabías hablar. Pero la Palabra nos dice en Hechos 7:22 que ya sea de ahí o después de ahí, Moisés era un hombre que sabía hablar. Dice Hechos 7:22: "Moisés fue instruido en toda la sabiduría de Egipto y era un hombre poderoso en palabras y hechos." Moisés, ¿tú no sabías hablar? Moisés, Dios está contigo. Dios te va a poner a hablar, porque Dios aquí al que llama lo capacita.

Y está Moisés descartándose, y Dios vuelve a hablar a Moisés. Versículo 11: "Moisés, tú dices que tú no sabías hablar, y el Señor le dijo: ¿Quién ha hecho la boca del hombre? ¿O quién hace al hombre mudo o sordo, con vista o ciego? ¿No soy yo, el Señor?"

Dios le da una clase de teología sistemática resumida a Moisés ahí, en un solo versículo. Le aplica la doctrina de la creación. "Moisés, fui yo que hice al hombre, yo fui que le puse la boca. Yo soy el que hace al ciego, al sordo, al ciego. Yo soy el soberano. ¿Cómo así, Moisés?"

Y Dios le da tres preguntas retóricas a Moisés para responderle su excusa. La primera que le dice: "¿Quién es que ha hecho la boca del hombre? Soy yo. ¿Quién es que hace al mudo, al sordo, al ciego?" Y yo añadiría: al que tiene autismo, al que tiene síndrome de Down, al que tiene algún tipo de parálisis. "¿No soy yo?"

Dios le está recordando a Moisés, y nos recuerda a nosotros, que nuestras habilidades, incapacidades, o aún nuestras discapacidades, son ordenadas por Dios. Son ordenadas por Dios. Si Dios nos ha formado, no importa la condición que tengamos, para Dios nosotros somos perfectos, porque Él nos hizo para cumplir su plan perfecto.

A menudo muchos de nosotros decimos: "Yo quisiera ser como fulanito de tal, tener la inteligencia, la habilidad, la apariencia de otro." Cuando yo soy como soy porque Dios me formó como Él me formó, y me dio lo que yo necesitaba para hacer lo que Él me había llamado a hacer, en mi contexto, en mi lugar donde me ha colocado, y con las herramientas que Él me ha dado.

En esta iglesia, muchos ustedes lo han visto, hay un jovencito de 15 años que se llama Rubén, que él tiene ciertas discapacidades motoras. Y él, todos los domingos y miércoles, él viene aquí adelante y nos abraza a todos los pastores. Cualquiera puede decir: "Ahí hay un niño con discapacidad." Pero él es perfecto para Dios, y él está cumpliendo su ministerio. Yo le decía en el primer servicio: "Rubén, gracias, porque cada vez que tú me abrazas, yo siento el amor de Dios para mi vida." Rubén es perfecto para Dios.

Y estos hermanos o hermanas que están con una enfermedad, con una condición, que se sienten: "Yo no puedo ser útil para Dios", si se dejan usar por Dios donde Dios los ha colocado, Dios puede usarlos poderosamente.

Y esa enfermedad o discapacidad puede convertirse, y debe convertirse, en un megáfono para que Dios proclame su gloria. Los discípulos en un momento vieron a un hombre ciego de nacimiento, y usted conoce la historia. Cuando lo veían, se preguntaban: "Este fue un error, ¿qué pasó con este?" Juan 9, y lo voy a leer. Dice Juan 9, versículo 1: "Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento, y sus discípulos le preguntaron: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego?" Jesús les respondió: "Ni este pecó, ni sus padres, sino que está ciego —escuchen para qué— para que las obras de Dios se manifiesten en él."

Bueno, se necesitaba entender eso. Tú y yo necesitamos entender eso. Al final no importan las capacidades, discapacidades o habilidades que tenemos. Yo solamente quiero que nos rindamos a Él y le digamos: "Señor, haz conmigo lo que Tú quieras hacer. Úsame, úsame, y permíteme en la condición que Tú me has colocado, de la forma como Tú me has colocado, permíteme ser instrumento en tus manos."

Moisés le da esta excusa al Señor: "Yo no sé hablar, yo no sé hablar." Y Dios ahora le responde con estas palabras que hemos leído. Ya no quiere escuchar más cosas, no quiere escuchar más excusas de Moisés, y le dice en el versículo 12: "Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca y te enseñaré lo que has de hablar."

Moisés, mira, yo no quiero seguir hablando mucho contigo. Y ahora yo no te sugiero, yo te estoy enviando. Ve, y yo no solamente voy a estar contigo, voy a ir más allá, Moisés. La gracia de Dios es abundante y abrumadora. Yo no solamente voy a estar contigo, ¿cómo es eso? Yo voy a estar con tu boca. Yo voy a estar ahí diciéndote lo que tú tienes que decir.

El pastor Ligon Duncan tiene una cita que me llamó la atención cuando la leí. Él dice: "Dios es misericordioso. ¿Cómo es eso? Incluso después de estas preguntas, Él en su gracia y paciencia promete enfáticamente a Moisés ser su portavoz, ser su maestro, ser su proveedor de palabras. Dios promete ser el teleprónter de Moisés." Ahora él no tiene que pensar en nada, Dios va a suplir las palabras que se necesitan.

Moisés, ya no hay excusas. ¿Que quién tú eres? Yo estoy contigo. ¿Que no tengo autoridad? Ve con mi autoridad, ve con mi nombre. ¿Que no te creerán? Ahí están los milagros para que te crean. ¿Que no sé hablar? Yo voy a hablar por ti. No hay excusas.

Pero, ¿qué hace Moisés? Versículo 13: "Pero, ¿cómo es eso? Dijo: Te ruego, Señor, envía ahora el mensaje por medio de quien tú quieras." En el original me encanta cómo está, porque en el original Moisés le está diciendo al Señor: "Señor, te ruego, envía a otro."

Por primera vez, Moisés ahora está siendo honesto delante de Dios. Todas sus excusas eran una simple manera de ocultar su verdadero deseo: yo no quiero ir. Eso que Tú me pides, yo no quiero hacerlo.

El malo es cuántas veces nosotros le hemos puesto al Señor excusas que pueden parecer válidas, cuando al final es una forma de tapar lo que es la realidad de mi corazón: que no quiero hacerlo. Con vergüenza yo puedo decirles que muchas veces yo he estado ahí, hablándome mentiras para excusar cosas que al final no tienen excusas.

Y llega el momento que yo también lo creo: que yo trabajo demasiado, es que tengo mucho compromiso, que mi familia va primero. Y todo eso es verdad, yo tengo que ser diligente con mi compromiso, tengo que ser diligente con mi familia. Pero no podemos poner excusas cuando al final no es mi familia, porque al final yo llego a mi casa y estoy con mis hijos siquiera. Es que no quiero ir, no quiero hacer lo que el Señor me pide. "Yo no tengo la habilidad," pero en mi trabajo soy un león enseñando y haciendo cosas. "No, no, yo no tengo esa habilidad para hacer eso que Tú me pides, Señor," y pongo excusas, pero al final es que no quiero hacerlo, no quiero hacerlo.

Y a nosotros se nos olvida que con Dios no hay tal problema, es que Dios conoce lo profundo de nuestro corazón. Entonces Dios sabía que todo esto que Moisés estaba diciendo eran excusas, como lo sabe cuando nosotros venimos delante de Él con excusas que simplemente son para tapar la realidad: Señor, yo no quiero hacer eso que Tú me pides. No quiero. Yo estoy cómodo donde estoy.

Moisés estaba cómodo donde estaba. Él ya estaba acostumbrado a esa vida de pastor, pastoreaba las ovejas de su suegro, tenía su familia, no había muchos compromisos ni responsabilidades. Él estaba bien, él estaba cómodo. Y muchos de nosotros también estamos muy cómodos y no queremos salir de nuestra zona de confort. Queremos ser de aquellos que celebran los campeonatos, pero no sudan la camiseta. No sudan la camiseta y queremos levantar el trofeo: "¡Soy campeón!" Pero, ¿qué usted ha hecho? No queremos salir de nuestra zona de confort.

Y la realidad, hermanos, es que nosotros estamos viviendo en tiempos de definición, tiempos cruciales, donde nosotros tenemos que decidir qué clase de creyente queremos ser. De esos que vienen a la iglesia domingo a domingo y calientan las sillas, o de esos que son obedientes: "Señor, yo quiero hacer lo que Tú me mandas."

Yo conozco hermanos que están aquí en medio nuestro que tienen más dones y talentos que muchos de nosotros, que saben enseñar la Palabra, que tienen una encomienda clara, pero que probablemente han dicho: "Yo estoy cómodo donde estoy." Y estamos en tiempos que tenemos que definir qué clase de creyente queremos ser. ¿Queremos ser de aquellos que ponen excusas o de aquellos que son obedientes y confían en Dios?

Es importante que tú recuerdes esto: la decisión que tú tomes va a marcar la forma como tú serás recordado. Yo lo voy a tomar de una ilustración que el pastor Miguel hizo en unas reuniones de líderes que tuvimos la semana pasada. Yo voy a presentar una serie de nombres y ustedes me van a decir si los conocen. Nombres que están en la Biblia, de hombres que fueron enviados por Dios, y ustedes van a decir realmente al final si saben quiénes son.

Voy a empezar leyendo los nombres y ustedes me dicen si los conocen. Recuerden, estos hombres fueron encomendados por Dios: Samúa, Safat, Igal, Palti. ¿Los conocen? ¿A esos nombres? No los conocen. Están en la Biblia, los pueden buscar. Están en la Biblia. Gadiel, Gadi —hay un Gadi por aquí en la iglesia— Amiel, Setur, Nahbi, Geuel. ¿Los conocen? Están en la Biblia. Esos nombres fueron enviados por Dios.

Dos más: Josué, Caleb. ¿Los conocen? Los primeros diez pusieron excusas para servir al Señor, temieron a unos supuestos gigantes y no obedecieron el mandato de Dios. Los últimos dos dijeron: "Señor, si Tú dices que esa tierra es nuestra, no importa lo que tengamos que hacer, nosotros vamos a ir." ¿Qué clase de creyente queremos ser?

Dios habló a Moisés, nos habló a nosotros, no nos dejó sin excusa. Sigue diciendo la historia bíblica en el versículo 14, escuchen: "Este impedimento de Moisés de que el Señor mandara a otro, entonces se encendió la ira de Dios contra Moisés." No sé si recuerdan de dónde estaba hablando Dios: de una zarza ardiente. ¿Ustedes entienden lo que significa eso? ¡Se encendió la ira de Dios desde la zarza ardiente! Probablemente eso fue una hoguera en ese momento. ¡Bum! ¡En fuego! Moisés vio a Dios ponerse rojo, colorado, encendido.

No sabemos qué pasó o qué sintió Moisés porque el texto no lo dice. ¿Qué puede haber sentido Moisés al ver la ira de Dios desprendida ahí en la zarza? Lo que sí sabemos es que a partir de ahí Moisés no habló más. De ahí en adelante es un monólogo divino: Dios habla y Moisés escucha.

Es interesante, Dios le dice a Moisés en el mismo versículo 14, Dios airado —eso es bueno que lo tomemos en cuenta para algo que va a decir más adelante— le dice a Moisés: "¿No está allí tu hermano Aarón, el levita? Yo sé que él habla bien, y además ahora sale a recibirte; al verte se alegrará." Le dice a Moisés —es Dios airado en su momento de manifestación de molestia—: "Yo no soy suficiente para ti, parece. Tú necesitas alguien que tú conozcas. Ahí está tu hermano Aarón, te lo voy a mandar. Tú quieres alguien que sepa hablar porque tú dices que tú no sabes hablar. Aarón es levita." Los levitas, ya dentro del pueblo, eran educadores, serán personas que tenían cierto estándar dentro del pueblo. Él es levita, él va a llegar donde tú, él estará contigo y se va a alegrar de verte.

Y vemos esto y pensamos que Dios estaba dándole a Moisés una ayuda. Pero cuando nosotros leemos toda la historia bíblica, nos encontramos que Aarón, más que una bendición para Moisés, fue una disciplina para Moisés por no confiar en Él.

Porque nosotros vemos más adelante a Aarón siendo aquel que hace un becerro de oro y el pueblo lo adora —el becerro de oro— trayendo juicio sobre el pueblo. Vemos a los hijos de Aarón en un momento trayendo fuego extraño a Dios. Vemos a Aarón incluso en el libro de Números haciendo un boicot para, en buen dominicano, destituir a Moisés, para quitarlo del puesto. Aarón fue juicio, disciplina para Moisés, porque Moisés tenía que entender que Dios era suficiente.

Y muchas veces, en nuestra terquedad por no hacer la voluntad de Dios, pedimos muletillas que al final terminan convirtiéndose en parte de la disciplina de Dios para nosotros. Porque lo único que nosotros necesitamos para hacer la obra de Dios es que Él nos envíe. Y si Él nos envía, Él nos va a dar todo lo demás. Él proveerá los recursos, proveerá las habilidades, proveerá la capacitación, Él hará. Porque al final es su obra, no la nuestra. Es su obra, no la nuestra.

Dios termina dando algunas instrucciones finales a Moisés, del versículo 15 al versículo 17. Y Él le termina diciendo: "Moisés, tú hablarás y le pondrás las palabras en su boca. Yo estaré con tu boca y con su boca, y les enseñaré lo que tienen que hacer. Además, Aarón hablará por ti al pueblo; él te servirá como boca, y tú serás para él como Dios. Y esta vara, este pedazo de madera, lo llevarás en tu mano, y con ella harás grandes señales."

Al final, a Moisés, al final, ¿cómo es eso? Dios hizo lo que tenía que hacer. Dios lo envió y le dio las instrucciones que Moisés necesitaba conocer.

Pero, hermanos, yo quiero recordarnos en el día de hoy que Dios a nosotros también nos ha dado instrucciones. Y como a Moisés, fue claro y preciso, exactamente lo que tenía que hacer. Y con nosotros, Dios ha sido igualmente claro y preciso de lo que él quiere para ti y para mí. Él no nos ha hablado a través de una zarza ardiente, pero nos ha hablado de una palabra viva. Y nos ha dicho exactamente lo que quiere que tú y yo hagamos.

Y yo quiero decirles algo que quizás no hemos visto. Lo que Dios nos pide a nosotros es exactamente lo mismo que le pidió a Moisés. ¿No me creen? Mateo 28, versículo 18: "Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y recuerden, yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo."

Cristo aquí nos responde a las excusas de Moisés. "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo." El problema de Moisés, ¿qué es? "Yo ciertamente estaré contigo." A nosotros nos dice: "Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo." ¿Bajo qué autoridad vamos a ir, Señor? Bajo la autoridad que yo te doy, porque toda autoridad, dice Cristo, me ha sido dada a mí. Y vayan, y bauticen, y enseñen en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¿Y no están los milagros y los prodigios que vamos a hacer, las señales? Mírelas ahí. Vidas cambiadas, vidas transformadas. Son los milagros y prodigios para este tiempo. Hombres que andaban perdidos y hoy cambiaron, porque alguien les predicó la palabra de Dios y ellos escucharon. Esos son los milagros que tenemos que llevar a ser.

E interesantemente, la razón por la cual Dios envía a Moisés a libertar de Egipto es la misma razón por la cual Dios nos está llamando a nosotros también. La misma razón. Porque él escuchó el clamor de su pueblo que estaba en Egipto, gimiendo. Y él escucha el clamor de un pueblo que está hoy perdido en el pecado, que se está consumiendo en su pecado. Y Dios nos ha dicho a todos los que estamos aquí, que somos suyos: "Vayan a ganar discípulos en el lugar donde yo les he colocado."

No tiene que ser desde un púlpito. No tiene que ser específicamente un ministerio. No, en el lugar donde yo te coloqué, en tu lugar de trabajo, con la influencia que te di, haz discípulos ahí. José sirve a Dios como primer ministro en Egipto. Daniel sirve a Dios como gobernador en Babilonia. En donde Dios te ha colocado, sírvele. Sírvele. Y sé ese instrumento que Dios quiere usar para dar libertad al pueblo que está cautivo en el pecado, para que ellos puedan hacer lo mismo que el pueblo de Israel necesitaba hacer: adorar el nombre de Dios.

Predica el evangelio de forma tal que ellos puedan escuchar la verdad que les pueda hacer libres. La única verdad que les pueda hacer libres. De forma tal que ellos puedan escuchar la única verdad que les lleve de rodillas y les permita adorar el nombre glorioso de Dios por la obra que hizo en Cristo Jesús.

Dios envió a Moisés a ser libertador de Egipto. En el caso de nosotros, Dios decidió venir él mismo, Cristo, a vivir la vida perfecta y clavarse en una cruz. Y resucitó, y nos ha llamado a nosotros ahora, bajo esos méritos que él tiene, a ser sus instrumentos, a compartir el evangelio.

Muchos de nosotros quizás pudiéramos tener miedo, temores en hacerlo, pero Dios nos enseña el día de hoy: no temas. Lo que tú necesitas para hacer mi obra, yo te lo he dado, que es mi presencia. La autoridad que necesitas para hacerlo, yo te la he dado, que es mi glorioso nombre. Las señales para que otros crean, déjamelo a mí. No importa tu capacidad, no importa tu discapacidad, no importa la condición en la que estés. Simplemente sé fiel a mí. Eso es lo que el Señor demanda de nosotros, y que podamos creer en él, confiar en él, sabiendo que esta es su obra.

Al final, hermanos, yo quiero terminar con esto. Recuerda, esto no depende de nosotros, depende de Dios. Él es fiel, él es el que llama. Y el Dios que llama es el Dios que mueve montañas, el Dios que hace caer gigantes, el Dios que abre mares, el Dios que aún entre las llamas, como cantamos, ha prometido estar con nosotros.

Al estudiar este texto, a mí, a Joán, Dios me ha dejado sin excusa. La pregunta para ti en el día de hoy: Y a ti, ¿cuál es tu excusa para servir al Señor?

Vamos a orar. Señor Dios, gracias. Gracias. Gracias por esta historia que nos recuerda y nos muestra la debilidad de uno de los tuyos, pero tu paciencia con él. Gracias porque podemos ver a Moisés, uno de nuestros héroes, uno de los más grandes que haya caminado sobre esta tierra, podemos verlo en debilidad. Podemos identificarnos con él. Gracias por dejar este ejemplo aquí en tu Palabra. Pero sobre todo, gracias por no dejar a Moisés ni dejarnos a nosotros en nuestras excusas. Gracias por hablarnos en el día de hoy.

Yo te ruego, Señor, que tu Palabra que ha sido predicada pueda ser escuchada por tu pueblo. Y ya sea hoy, mañana, cuando este mensaje pueda ser escuchado, muchos que están sentados con temor, culpándose por sus temperamentos, por sus debilidades, por sus ocupadas agendas, trayéndose excusas con relación a su incapacidad, ellos puedan escuchar que no depende de ellos, sino depende de ti. Que esta obra que tú nos estás llamando a ser no es por nuestras fuerzas, no es por nuestros méritos, sino por aquel que llama.

Oh Cristo, habla a tu pueblo. Y permítenos ser de aquellos que están en aquella lista, donde tenemos que ser recordados. Pero recordados porque fuimos valientes, porque creímos en ti, porque confiamos en que tú eres un Dios que nunca falla y que nunca fallará. Porque nosotros tenemos fe en tus promesas. Estamos anclados en ellas. Gracias por abrazar a tu pueblo. Gracias por bendecirnos, Señor. Te conocemos en el nombre de Jesús. Amén.

Amén. Bendición, iglesia. Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal de forma que tú puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.

Joan Veloz

Joan Veloz

Joan Veloz conoció la gracia de Dios en 2005 en la IBI, es pastor de la Iglesia Bautista Internacional y Vicepresidente de Integridad & Sabiduria. Es abogado con maestrías en Gerencia y Productividad, Estudios Teológicos (MATS) y Divinidad (MDiv) y un Doctorado en Ministerio, todos completados en el Southern Baptist Theological Seminary. Está casado con Michelle Suzaña y tienen tres hijos: Daniella, Camila y Miguel Andrés.