Las tormentas de la vida llegan incluso cuando estamos obedeciendo a Dios. Los discípulos cruzaban el mar de Galilea porque Jesús mismo les había ordenado hacerlo, y en medio de esa obediencia se encontraron atrapados en una tempestad feroz, azotados por olas y vientos contrarios, sin poder avanzar. Así sucede con nosotros: hay aflicciones que forman parte del plan de Dios, una dieta espiritual que incluye vegetales, lecciones que solo se aprenden en la escuela de la aflicción.
Mientras los discípulos luchaban durante horas en la oscuridad, Jesús oraba en el monte. No llegó antes ni después, sino en el momento preciso. Y cuando finalmente vino caminando sobre las aguas, ellos no lo reconocieron; el miedo los hizo gritar pensando que era un fantasma. La respuesta de Jesús fue hablarles: "Tengan ánimo, yo soy, no teman". No calmó el viento de inmediato; primero les habló. La sanación de nuestros temores hoy sigue siendo la misma: escuchar más la voz del Señor a través de su Palabra.
Pedro representa nuestra realidad humana: valiente para lanzarse de la barca, pero temeroso cuando quitó los ojos de Cristo y los puso en las circunstancias. Jesús primero lo salvó, luego lo reprendió. Solo cuando subieron a la barca y el viento se calmó, los discípulos adoraron diciendo: "Verdaderamente eres el Hijo de Dios". Las tormentas tienen un propósito: llevarnos a conocer más profundamente a nuestro Salvador.
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¡Leemos, hermanos, para vivir en Su Palabra!
Bueno, estando en silencio, contamos como un privilegio el poder estar juntos aquí alrededor de Su Palabra, deseosos de que Dios ministre nuestras almas. Si son tan amables, por favor, vamos a Mateo, capítulo 14. Hemos titulado el sermón de esta mañana "Cuando el viento es contrario". Mateo, capítulo 14, verso 22 al 33.
Dice el texto: "Enseguida hizo que los discípulos subieran a la barca y fueran delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Y después de despedir a la multitud, subió al monte a solas para orar. Y a la noche se estaba allí solo. Pero la barca estaba ya a muchos estadios de tierra y era azotada por las olas, porque el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron y decían: '¡Es un fantasma!' Y de miedo se pusieron a gritar. Pero enseguida Jesús les habló diciendo: '¡Tened ánimo! Soy yo, no temáis.' Y respondiéndole Pedro, dijo: 'Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti sobre las aguas.' Y Él dijo: '¡Ven!' Y descendiendo Pedro de la barca, caminó sobre las aguas y fue hacia Jesús. Pero viendo la fuerza del viento, tuvo miedo, y empezando a hundirse, gritó diciendo: '¡Señor, sálvame!' Y al instante Jesús, extendiendo la mano, lo sostuvo y le dijo: '¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?' Y cuando ellos subieron a la barca, el viento se calmó. Entonces los que estaban en la barca le adoraron diciendo: 'En verdad eres Hijo de Dios.'"
Lo que encontramos en esta historia aquí es a los discípulos del Señor atrapados en las garras de una feroz tormenta. Es interesante que la razón por la cual ellos se encuentran aquí es porque el Señor les había ordenado cruzar el mar de Galilea, como veremos en el verso 22. Estos hombres están obedeciendo la voluntad de Dios y en ese proceso de obediencia ellos se encuentran ahora en una gran aflicción. Estos doce hombres están atrapados en una tormenta y no pueden salir.
La pregunta es: ¿alguna vez te has encontrado tú en una situación como esa? ¿Alguna vez te has encontrado atrapado en las tormentas de la vida? Y no importa lo duro que lo intentes, no importa lo que intentes hacer, parece que no puedes salir de ahí, parece que no hay un real progreso. Yo creo que todos nosotros, en algún momento en nuestras vidas, podemos identificar situaciones así. Parece que la tormenta nunca terminará, y lo peor, parece que es imposible que algo bueno pueda derivarse de una situación así.
Sin embargo, Dios en Su Palabra nos presenta una diferente perspectiva. Aunque las tormentas de la vida usualmente no son nada agradables, sí producen algunos beneficios en nuestras vidas que haríamos muy bien en aprender. En el libro de Hebreos, dirigido a creyentes, dice el capítulo 12, verso 11: "Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, les da después fruto apacible de justicia."
El autor de este Evangelio, Mateo, primordialmente está escribiendo a cristianos que están siendo perseguidos, cristianos que están en aflicción. Y se cree que para el momento en que el Evangelio fue redactado, inspirado, escrito, lo más seguro es que ya había pasado mucho tiempo de los sucesos. De hecho, se cree que ya Pedro había sido crucificado. Y esta historia de esta tormenta aquí en el mar aborda los asuntos básicos de la vida de fe: cuando vienen los peligros, cuando surge el miedo, cuando Dios demanda fe para resistir. Y es una historia que trajo mucho consuelo para estos hermanos que estaban siendo perseguidos en gran aflicción.
Y es una historia que también puede traer mucho consuelo hoy para nosotros que enfrentamos aflicciones en nuestras vidas. Mientras no se les ahorró el sufrimiento, mientras muchos no pudieron ni siquiera escapar de la muerte, ellos estaban confiados en que Cristo sería una porción para ellos para atravesar esta situación.
Y lo que yo quisiera hacer en esta mañana es que estudiemos esta maravillosa historia en el orden natural en que se revela en el texto. Y mientras estudiamos, yo quiero destacar esa dinámica simultánea que presenta el texto entre lo que es Jesús y lo que son los discípulos. Es una dinámica impresionante donde se combina la grandeza de Jesús, Su poder soberano, y al mismo tiempo la debilidad de estos discípulos que dependen completamente de Él. Que es lo que queremos ilustrar con nuestro estudio.
¿Cuál es el propósito por el cual estamos aquí esta mañana? Queremos enseñar que aun las tormentas que vengan en esta vida están bajo el control de un Dios soberano, y queremos enseñar que a pesar del dolor natural y temporal que esas tormentas puedan traernos, también contienen algunas bendiciones ocultas para los hijos de Dios que necesitamos aprender. Yo no sé si hoy tú estás enfrentando alguna tormenta especial en esta vida, pero yo te quiero asegurar por la Palabra que Dios tiene un propósito en cuanto a eso. Y es nuestra oración que Dios pueda usar esta porción de la Biblia para traer entendimiento y consuelo a tu alma.
Y vamos a adentrarnos a esta porción de las Escrituras destacando cuatro secciones particulares de la narración, y nos vamos a enfocar a mirar con detención cada una de esas secciones. Yo quiero que miremos primero a Jesús en los primeros dos versículos de aquí, luego una mirada a los discípulos en medio de su turbación desde el verso 24 al 27, más específicamente vamos a dar una mirada a Pedro en su respuesta en esta situación, y finalmente vamos a dar una mirada a los discípulos, ya no turbados sino impactados por el poder de Jesús, unos discípulos que están adorando. Así que nuestro estudio es este: una mirada a Jesús, una mirada a los discípulos turbados, una mirada a Pedro, y una mirada a los discípulos ahora impresionados.
Y eso es la primera porción: una mirada a Jesús, verso 22 y 23. Dice: "Enseguida hizo que los discípulos subieran en la barca y fueran delante de Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud." Esta palabra que aparece ahí, "enseguida", tiene una importancia especial en el texto porque va a conectar esta declaración con lo que Jesús ha venido haciendo anteriormente.
¿Qué había pasado? Bueno, Jesús acaba de realizar uno de los milagros más extraordinarios que se describen aquí en este Evangelio. Con cinco panes y dos peces, de una manera maravillosa, de una manera extraordinaria, Jesús fue capaz de alimentar cinco mil hombres, sin contar las mujeres y sin contar los niños. El texto dice que esta multitud le había seguido, Jesús tuvo compasión de ella, no quería despedir esa multitud hambrienta, pero lo que disponían era de estos panes y de estos peces. Y Jesús no solamente alimentó la multitud, no solamente quedaron saciados, dice la Palabra que sobró de todo eso. Fue un milagro extraordinario, fue un milagro maravilloso. Era una manera maravillosa de terminar un día en uno de sus ministerios terrenales aquí, pero era el final del día.
Jesús como hombre estaba cansado, los discípulos estaban agotados, estaban drenados. Solo ustedes tienen que imaginarse la logística que todo esto involucraba. Algunas veces nosotros aquí tenemos un pasadía y no se imaginan ustedes las horas de organización que toma hacer algo así. Imagínense este evento de alimentar toda esta gente, y ustedes tienen que imaginarse que ahí debía haber gente que no era fácil, como los dominicanos: querían comer de más, querían saltar la fila. No sé cómo era eso, pero agotaba.
Y ahora "enseguida", dice Mateo, que conecta todo esto. ¿Qué hizo Jesús? Bueno, Jesús ahora quiere que los discípulos vayan avanzando en cruzar el mar de Galilea para Él despedir la multitud. Y nosotros insistimos: Jesús sabía lo que les estaba haciendo, Jesús sabía lo que les esperaba a los discípulos. Jesús estaba en control, Jesús tenía un plan. Jesús envió a estos hombres a quienes amaba a sabiendas de que una gran aflicción les esperaba. Y mientras tanto, Jesús despedía la multitud.
De ahí nosotros aprendemos que hay aflicciones en nuestras vidas que son parte del plan de Dios para nosotros. Las aflicciones pueden llegar aun en el camino de la obediencia. A veces a nosotros se nos presenta una dificultad y el pensamiento natural es: "¿Qué hice mal? ¿Qué pequé? ¿Por qué Dios me está castigando?" Pero la realidad es que hay una dieta espiritual que Dios tiene para nosotros, y esa dieta incluye vegetales. Esa dieta incluye lecciones que para aprenderlas hay una escuela que se llama aflicción, y es parte del plan de Dios. Dios está en el negocio de enseñarnos a confiar en Él, y Dios permite circunstancias en la vida de las cuales no vamos a poder escapar, que solo atravesando esas aflicciones nuestra fe será fortalecida.
Hay algo que llama la atención con relación a esta primera parte en una mirada a Jesús. Dice el verso 23 que después de despedir la multitud, subió al monte a solas para orar, y a la noche se estaba allí solo. Solo. Fue un momento que Jesús encontró necesario. De nuevo, había sido un día largo, había sido un día agotador, delineante. Jesús era Dios, era hombre, y como hombre experimentaba las limitaciones naturales de todos nosotros: se cansaba, le daba sed, le daba hambre.
Y es interesante que cuando Jesús finalmente pudo despedir la multitud, pudo despedir a los discípulos, se quedó solo. Y Jesús lo que entendió es que era un excelente momento para orar. Era un tiempo aparte, era un tiempo de reflexión, era un tiempo de intimidad con Su Padre celestial. No había prisa, no había ansiedad, era un tiempo que prometía calidad. Y Jesús, cada cosa que hizo y cada cosa que se registró, tiene el propósito de enseñarnos. Somos sus discípulos, Él es nuestro Maestro, y nosotros aprendemos la importancia, la gran necesidad de orar.
Y ¿qué es esto? Jesús nunca pecó. Y eso significa que había cargas espirituales, emocionales, que Él nunca conoció, que son cosas directamente derivadas de nuestro pecado, de nuestra incredulidad.
Jesús no tenía esas cargas de su ser: Dios y hombre, sin pecado. Y Jesús se encontró necesario orar. La pregunta es: si eso era Jesús, ¿qué cree usted de usted y de mí? Y es interesante que Jesús comienza por ahí. Es como una advertencia a nosotros de decir: siempre, absolutamente siempre, será una buena oportunidad para orar. Porque lo necesitamos, necesitamos refrescar nuestras almas.
Encontramos, en primer lugar, una mirada a Jesús. Jesús, como un buen pastor, despide a la multitud. Jesús, como un buen maestro, despide a los discípulos. Jesús, como un buen discípulo, nos instruye y ejemplifica una vida de oración para nosotros.
Vamos ahora a los discípulos. Esto es como hacen en las películas. El director de una película juega con los ángulos, las cámaras, y básicamente ellos deciden qué quieren que nosotros veamos en la película. Ellos enfocan la cámara. Así que imagínelo: aquí está la cámara enfocada a Jesús, pero mientras estamos viendo a Jesús, los discípulos están en otra situación. Y ahora vamos a ver qué pasa con los discípulos.
Dice el verso 24: "Pero la barca estaba ya muchos estadios de tierra y era azotada por las olas." ¿Por qué? Porque el viento era contrario. Mientras Jesús estaba enfocado en su tiempo de oración, los discípulos estaban en medio de una gran dificultad. Estaban lejos de la costa. El texto dice muchos estadios de tierra. Algunos estudiosos de los tiempos bíblicos coinciden en señalar que quizás los discípulos en este instante estaban como a unos seis kilómetros de la costa. Una distancia significativa para entender la calidad de la barquita en que andaban. Una distancia significativa porque la ocasión era de noche, y una distancia significativa para la tormenta que estaba allí.
¿Cuál era el problema? Dice el texto que ellos estaban azotados por las olas porque el viento era contrario. Su situación era difícil. Su situación era desesperante. Ellos podían percibir que quizás sus vidas estaban en peligro. Deseaban avanzar, pero las circunstancias se combinaban para venir en su contra.
Y así sucede con nosotros. Muchas veces experimentamos esa realidad del viento en contra. A veces tenemos relaciones con gente cercana que deseamos mejorar: con tu cónyuge, tus hijos, un familiar, un amigo. Y parece ser que mientras más intentas progresar, la relación parece que va peor. El viento en contra. A veces la situación económica, y sentimos que más esfuerzo y diligencia que apliquemos, parece ser como si nunca salimos de esa presión, como si no salimos de ese ahogo. Eso puede suceder en nuestra vida espiritual. Queremos y nos proponemos estudiar más la Biblia, integrarnos a la iglesia, pero hay situaciones que percibimos como si cada vez estamos más lejos. Y ese es el tipo de aflicción. Es el tipo de carga emocional que se experimenta cuando el viento es contrario.
¿Qué hizo Jesús? Bueno, dice el verso 25 que Jesús vino a ellos andando sobre el mar. El texto dice que era la cuarta vigilia de la noche. Los estudiosos, otra vez, de los tiempos bíblicos señalan que posiblemente fue un evento que sucedió entre las cuatro de la mañana y las seis de la mañana, cuando la noche está terminando, cuando está más cerca el amanecer. Pero es interesante: si usted calcula más o menos, eso significa que ya los discípulos tenían bastante tiempo. En lo que Jesús se deleitaba en la presencia del Padre, los discípulos estaban mojándose. Los discípulos estaban sucumbiendo.
Jesús, en su soberanía, en su sabiduría, esperó el momento apropiado. Y esa es parte de la situación. Hay un tiempo de espera que Jesús sabe que necesitamos. Hay un tiempo de agonía cuando parece que no hay luz en el túnel, que es necesario para que el alma procese y pueda llegar a una mayor fe. Jesús sabe el tiempo que necesitamos en medio de esa agonía. Jesús nunca llega ni más temprano ni más tarde. Es un proceso que debe esperar. Jesús se tomó su tiempo, el tiempo de Dios.
Llama la atención que es Jesús quien viene hacia los discípulos. Jesús tomó la iniciativa. Y Jesús siempre tomará la iniciativa para auxiliar a los creyentes en medio de la tormenta. Jesús siempre tomará la iniciativa para redimirnos de la aflicción. Jesús siempre tomará la iniciativa para salvarnos.
¿Cómo respondieron los discípulos ante esto? Es una de las cosas más fascinantes en la historia de la Biblia. Dice el verso 26 que los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron. ¿Qué tan grande fue la turbación? Ellos decían: "¡Es un fantasma!" Y de miedo, dice, se pusieron a gritar. Eso no era en estéreo. Eso no era un asunto entre ellos. ¡Qué dificultad tan grande! No era eso. A siete millas de distancia escuchaban los gritos. Desesperados. Y eso pasó justo cuando ellos vieron a Jesús caminando.
Esto es interesante. La tormenta, aunque era muy peligrosa, era algo familiar para ellos. Eran pescadores profesionales la mayoría de los que estaban ahí. Ellos sabían qué esperar de una tormenta. Aunque quizás estaban muy confiados por su experiencia y Dios quiso estrecharlos más, ellos sabían naturalmente las cosas que debían hacer. Ellos tenían nociones de cómo preservar una barca en medio de eso. Lo que ellos nunca habían experimentado es la experiencia de ver un hombre caminando en las aguas, y un hombre que se dirigía hacia ellos. Se turbaron. No les dieron los números. Y dice el texto que tuvieron tanto miedo que pensaron que era un fantasma. Fue una situación desesperante, más compleja: turbación, miedo.
Y la pregunta es: ¿qué hizo Jesús? Porque hemos dicho que lo que la narración presenta de una manera dinámica es lo que es Jesús, lo que somos nosotros los discípulos. La grandeza de un Dios soberano frente a hombres débiles que dependen de Él. En medio de este lío —que conste, señores, esto no es en la IBI que está pasando, esto es en el medio de un mar, de noche, y las olas están por los cielos—. Yo tuve la oportunidad de pasar mucho tiempo en la costa norte del país, y los nativos de la zona que han nacido ahí, ellos se refieren al mar en esta circunstancia y dicen: "El mar está enojado. El mar está enojado hoy." Las olas están volando.
¿Qué hizo Jesús? Dice el verso 27: "Pero enseguida Jesús les habló diciendo: Tened ánimo, soy yo, no temáis." Y esto es muy importante para nosotros. Vea, mi tratado es que Jesús es el médico perfecto de nuestra alma. Cuando nosotros tenemos —y aquí en el contexto nuestro, físicamente hablando— tenemos médicos buenos. De hecho, en la IBI hay muchos médicos; el pastor Miguel es médico. Hay dos cosas que nosotros tomamos en cuenta para calificar la calidad de un médico. Nosotros decimos: un buen médico tiene que ser bueno diagnosticando el problema. Uno va y uno no sabe lo que está pasando, y ellos empiezan a hacer un análisis y son muy certeros para definir el problema. Pero eso es la mitad. Un buen médico no solamente sabe diagnosticar; un buen médico traerá el tratamiento adecuado, específico, para sanar ese mal.
Jesús es el médico del alma perfecto. ¿Qué diagnosticó Jesús en el alma de estos discípulos? El médico del alma dijo: miedo, turbación, agonía de esa espera. Ese fue el diagnóstico. ¿Y cuál fue la prescripción espiritual que Jesús, como médico perfecto del alma, aplicó para el caso? Dice el versículo: Jesús les habló. Eso fue todo lo que Jesús hizo. Jesús les habló. Jesús no calmó el viento aquí; eso viene más tarde. Jesús no proveyó seguridad física para los discípulos en medio de eso. Jesús, al detectar la magnitud de su miedo, Jesús aplicó la mejor medicina que Él podía dar: Jesús les habló.
Eso no ha cambiado al día de hoy. Eso no ha cambiado al día de hoy. La sanación de nuestros temores hoy es escuchar más la voz del Señor cuando nos habla por su Palabra. Lo mejor que podemos hacer cuando estamos llenos de miedo es hablar menos y escuchar más. Es disponer el corazón a los medios de gracia que Dios usa para hablarnos.
Una triple declaración hizo Jesús a los discípulos. Señores, les recuerdo, esto es en el medio del mar. Esto es de madrugada. Las olas están por los cielos. ¿Qué le dijo Jesús? En primer lugar le dijo: "Tened ánimo." Y esa expresión Jesús la usó otras veces en los Evangelios, sobre todo cuando quería infundir aliento a alguien que venía en progreso pero que necesitaba esa motivación. Una vez le trajeron a Jesús un paralítico por un techo, y dice Mateo capítulo 9, verso 2, que para alentarlo, Jesús le dijo al que estaba allí en la cama, viendo la fe de ellos: "Anímate, hijo, tus pecados te son perdonados." La misma expresión: tened ánimo.
Había una mujer que padecía de un flujo de sangre por muchos años. La Escritura dice que había gastado todo lo que tenía. Un día, en una multitud, se encontró con Jesús. De hecho, Jesús iba caminando para ir a la casa de un soldado cuya hija estaba básicamente muriendo. Y ella dentro de sí dijo: "Yo no necesito ni siquiera que Jesús se entere. Si yo toco su manto, ya yo me sanaré." ¡Oye, mira la fe de esta mujer! Y dice que Jesús, volviéndose y viéndola, le dijo: "Hija, ten ánimo. Tu fe te ha sanado." Y al instante la mujer quedó sanada. La misma expresión. Jesús le dijo a los discípulos, en medio de la tempestad: "Tengan ánimo."
Pero no solamente eso. En segundo lugar le dijo: "Yo soy." Es el nombre de Dios. No podía haber una declaración más extraordinaria que Jesús dijera algo así en medio de eso. Dice Éxodo 3:14: "Y dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los hijos de Israel cuando pregunten: Yo soy me ha enviado a vosotros." Una de las cosas que el autor Mateo intenta con su Evangelio es refrescar la identidad de Jesús como Dios. Él es Emanuel, Él es Dios con nosotros. Y Jesús, en medio de ver a sus discípulos llenos de miedo, turbados, agonizando, Él quiso aplicar una de las mejores dosis de medicina. Él dijo: "Yo soy." Nuestros temores desaparecen cuando nos hacemos conscientes de que Jesús está con nosotros, porque Jesús es Emanuel.
Y en tercer lugar, Jesús le dijo: "No temáis." No temáis.
Yo estoy aquí, aunque las cosas que ustedes están viendo representen una real amenaza para ustedes, yo estoy aquí. Esto es importante, porque yo creo que nosotros necesitamos cultivar una mejor teología para interpretar los eventos en nuestras vidas. La adversidad no necesariamente es una señal de que Dios está disgustado, como tampoco la prosperidad significa necesariamente que Dios está contento. Las riquezas no son sinónimo necesariamente del favor de Dios, ni la pobreza es sinónimo de su disgusto. La enfermedad no necesariamente es una señal de que nuestra fe es pobre e inadecuada, como tampoco la salud significa que nuestra fe es grande y poderosa. Porque Dios hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos, dice Mateo capítulo 5, versículo 45.
Hay tormentas en nuestras vidas que pueden ser una señal de real bendición. Hay cosas, situaciones que nos imprimen en el alma una gran necesidad de Dios. Hay situaciones que Dios permite en nuestras vidas que vienen con el propósito de que nos acerquemos más a él, que estemos más conscientes de nuestra necesidad, de que no somos tan grandes como pensamos, no somos tan sabios como pensamos. Dios muchas veces desmonta todo eso simplemente para acercarnos más a él. ¿Qué hizo Jesús allí en medio de un gran miedo y desesperación? Jesús vino a ellos y les dijo: Tened ánimo, yo soy, no temáis.
Pero ahora la narrativa va un poquito más a fondo con uno de los personajes que están ahí, y vamos a hacer una mirada a Pedro. Pedro es una persona muy interesante. Dice el versículo 28: "Respondiendo Pedro, dijo..." Ahí empieza el problema. Pedro está respondiendo y nadie le ha preguntado nada. Pero escuchen lo que Pedro dice: "Señor, si eres tú, mándame que yo vaya a ti sobre las aguas."
Pedro es un personaje con el cual nosotros nos identificamos fácilmente porque él representa nuestra realidad humana en asuntos de la fe. Pedro no es el real nombre de él; eso fue un sobrenombre que Jesús le puso, que significa una roca. Su real nombre era Simón. Y lo interesante de esto es que podemos pensar en este personaje como dos diferentes personas atrapadas en un mismo cuerpo. Esto es impresionante. Dos diferentes, distantes personas, pero que operan dentro de un mismo cuerpo, y los contrastes no pueden ser más marcados.
Justo antes de la crucifixión, Pedro le dijo al Señor: "Yo nunca te negaré." Ese es Pedro. Un poquito más tarde, esa misma noche, lo negó tres veces. Ese es Simón. En Hechos capítulo 2, Pedro, de todos los apóstoles, fue el primero en declarar que Dios había incluido a los gentiles en el plan de salvación. Ese es Pedro, una roca. Sin embargo, un poco más tarde, en el mismo evangelio, Pedro rehúsa juntarse con los gentiles para comer con ellos porque tiene miedo de lo que los judíos van a decir. Tan reprensible fue ese evento que Pablo tuvo que amonestarlo grandemente. Ese es Simón.
Nosotros encontramos en nuestra historia a Pedro decir: "Si eres tú, Jesús, manda que yo vaya a ti sobre las aguas." Ninguno de los que estaban en esa barca se le ocurrió decir algo así. Ninguno mostró la valentía que tenía este hombre. Ese era Pedro. Y un poquito más adelante, en medio de la situación, se llenó de miedo y empezó a hundirse. Ese es Simón. Pedro es la cara de la fe de este personaje. Simón es la cara de la incredulidad.
Es como nosotros. Hoy aquí, domingo, ya condicionados con el sistema de adoración, cantamos y lloramos. Ese es Pedro. Mañana en la mañana, cuando salimos a las presiones de la vida, ese Simón nos sale. Yo creo que todos nosotros tenemos algo de eso. ¿Alguna vez tú has sentido que tú debieras tener dos nombres? Porque parece como que, contradictorio, son dos gentes diferentes. Reaccionan diferente.
¿Cuál fue la petición de Pedro? "Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti sobre las aguas." Eso es impresionante. Lo primero que encontramos es ese discípulo dándole órdenes al maestro. Pedro le dijo: "Mándame a mí." Pedro estaba dirigiendo el negocio, y es parte de la incredulidad.
Encontramos aquí como ese puente entre los discípulos que están turbados y los discípulos que más tarde estarán adorando. Es como la historia de estos creyentes que estaban en persecución, estaban temerosos, estaban confundidos y buscaban algo donde sostenerse en medio de su sufrimiento. Pero en realidad es la historia nuestra, cuando nos balanceamos entre la duda y la fe, cuando estamos en la tormenta viendo a Dios y a veces viendo las circunstancias.
Para Pedro, este era tanto un momento de debilidad como de fortaleza. Tenía duda, pero quería creer. Tenía miedo, pero se atrevió a lanzarse de la barca, a enfrentar la tormenta. Quiso intentar caminar, pero se distrajo viendo los vientos fuertes. Se hundió por su incredulidad, pero su poder decir "Señor, sálvame" tuvo la dosis de fe todavía para confiar. Eso somos nosotros. En el mejor de los casos, nuestra fe es una mezcla de fe e incredulidad. Tenemos un Pedro y tenemos un Simón.
¿Qué hizo Jesús? Jesús fue y lo auxilió. Es interesante que mientras Pedro tenía sus ojos puestos en Cristo, mientras Pedro se dirigía hacia donde estaba Jesús, él pudo caminar sobre las aguas. Pero cuando quitó su mirada de Jesús y la puso en el viento, en las circunstancias, se llenó de miedo. Un miedo tan real que lo hundió totalmente. Cuando nosotros quitamos nuestra mirada de Jesús y la ponemos en nuestras circunstancias exteriores, pasará lo mismo. Nos vamos a llenar de miedo, y el miedo pesará tanto que nos hundirá. No podríamos servir adecuadamente.
El Señor, dice el texto en el verso 31, al instante, extendiendo la mano, lo sostuvo. Jesús estaba lo suficientemente cerca para ayudarlo, lo suficientemente cerca para sostenerlo. Pero también Jesús amonestó a Pedro. Es interesante que el texto dice que le dijo: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" Este es el único sitio donde Jesús le llama "poca fe" a una persona en particular. La idea no es que su fe era corta, que era poca, sino que no era sostenible. Pedro, tu fe no es suficiente para sostenerte en medio de esto.
Yo quiero que notemos el orden en que Jesús ministra. Primero Jesús lo salva, y luego Jesús lo reprende. Nosotros somos al revés. Cuando alguien se está hundiendo, lo seguimos reprendiendo, y se nos ahoga el paciente. Primero hay que salvarlo, primero hay que amarlo, primero hay que traerlo. Y ya cuando esté en situación de seguridad, entonces le decimos lo que hay que decirle. Jesús primero amó ayudando, luego lo reprendió.
Una mirada a Jesús en el inicio, una mirada a los discípulos turbados, una mirada a Pedro aquí. Finalmente, una mirada ahora a discípulos diferentes. Discípulos que ahora son impactados por Jesús. Dice el verso 32: "Cuando ellos subieron a la barca, el viento se calmó. Entonces los que estaban en la barca le adoraron diciendo: En verdad eres el Hijo de Dios."
Ahora es que Jesús calmó el viento. Y la pregunta es: ¿por qué Jesús no hizo eso desde el inicio? ¿Por qué Jesús no calmó el viento desde que él venía caminando? Porque había una lección que necesitaba ser aprendida. Antes de Dios remover la aflicción, debemos aprender las lecciones que Dios quiere enseñarnos. La oración no debe de ser "Señor, sácame de aquí"; esa no es una oración sabia. La oración debe ser: "Señor, muéstrame tu voluntad. Enséñame lo que tú quieres enseñarme." Porque si no aprendemos la lección, no nos van a sacar de la aflicción. Necesitamos aprender esto.
Y dice que ellos adoraron a Jesús, y encontramos aquí entonces la realidad de la historia. "En verdad," dijeron, "tú eres el Hijo de Dios." Este es el propósito de toda la historia. Esta es la razón por la cual todo esto sucedió. Los discípulos necesitaban de esta experiencia para conocer más a fondo a este Jesús. De hecho, déjenme decirles: esta es la primera vez que los discípulos expresan algo así. La primera vez. Había un reconocimiento a Jesús como Hijo de Dios, pero no había venido de los discípulos.
Por ejemplo, Dios el Padre había declarado eso en el mismo bautismo de Jesús. Dice Mateo capítulo 3, verso 17: "Y he aquí se oyó una voz de los cielos que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido." Dios Padre lo había dicho. De hecho, los demonios lo habían dicho. Los demonios gadarenos, en una sobrerreacción, dice Mateo 8:29: "Y gritaron diciendo: ¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios?"
Los discípulos habían visto enfermos ser sanados. Los discípulos habían visto milagros extraordinarios de Jesús. Horas antes, horas antes, el mismo día, ellos habían visto a Jesús alimentar una multitud donde solo hombres eran cinco mil. Y había unos pocos panes y unos pocos peces. Y eso no les fue suficiente. Ellos necesitaban algo más. Ellos necesitaban una nueva experiencia con Jesús. Los discípulos necesitaban conocer más a fondo al que estaba al lado de ellos.
Después de toda esta situación, después de haber sentido la agonía de la aflicción, después de haber percibido un miedo tormentoso que arruinó su paz, después de haber visto la respuesta de este maestro maravilloso en las olas, por primera vez en el relato bíblico los discípulos alcanzan ese grado de fe y dijeron: "Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios." Hay experiencias con Jesús que necesitamos experimentar para poder conocer más a nuestro Salvador.
¿Qué aprendemos de esto? Amigo que estás aquí o que escuchas, tú necesitas a Jesús para poder prevalecer en las tormentas de este mundo. Necesitas a Jesús. Sin Jesús, tú solo tendrás la parte negativa de la adversidad. Sin Jesús, tú no podrás recibir la otra parte de bendición que viene junto a cada aflicción. Sin Jesús, el sufrimiento será solo eso: sufrimiento que no tiene sentido. Sin Jesús, no habrá manera de derivar de ahí alguna bendición.
Tú necesitas rendirte a Jesús. Ese Jesús que gobierna en las tormentas. Ese Jesús que puede tomar la iniciativa para no dejar que te hundas. Ese Jesús que te da la fe para que puedas confiarle. Tú necesitas a Jesús para los desafíos del mundo caído como este. Por tanto, si Jesús te habla hoy, no le cierres tu corazón a él. Hoy es el día aceptable, hoy es el día de salvación.
No navegues por las tormentas de este mundo confiando en ti mismo. Eso es una locura. Necesitas un salvador. Necesitas a Jesús. Y hermanos, nosotros necesitamos confiar más en Jesús en medio de las tormentas de este mundo. Dios sabe lo que está haciendo. Dios está siempre cerca. Dios quiere que crezcamos a su imagen. Él nos está hablando. Dios quiere sanarnos.
Aunque las tormentas de este mundo usualmente no son agradables, Dios las torna para sus hijos de tal manera que podamos alcanzar bendición. Mateo 14:22-33 nos enseña que aun en las tormentas de la vida, Dios sigue siendo soberano en su creación. Dios sabe lo que está haciendo, y que a pesar del dolor temporal que las aflicciones puedan traer a nuestras vidas, contienen bendiciones profundas que necesitamos cultivar y aplicar.
Yo no sé qué tipo de tormenta tú estás enfrentando en este instante en tu vida. Pero yo quiero decirte, Dios tiene un propósito con ella. Dios está en control. Dios quiere que hoy, hoy tú puedas por la fe escuchar la voz que te dice: "Tened ánimo. Soy yo, no temáis."
Y solo cuando vemos a Jesús en la tormenta, podemos ser consolados. Solo cuando veamos a Jesús en la tormenta, podremos ser fortalecidos. Solo cuando veamos a Jesús en la tormenta, seré más capaz de esperar en Él. Que Dios bendiga su satisfacción a nuestros corazones.
Luis Méndez nació en Santiago, República Dominicana, y conoció al Señor mientras cursaba estudios universitarios en 1985. Sirvió como diácono en la Iglesia Bautista de la Gracia desde 1987 y fue llamado al ministerio pastoral en 1997, función que ejerció allí hasta 2006. Ese mismo año se trasladó con su familia a Minneapolis, MN, para recibir formación teológica en el Instituto Teológico de Bethlehem Baptist Church, bajo la guía del pastor John Piper. Tras completar sus estudios, sirvió como pastor y anciano hasta 2016. Actualmente forma parte del liderazgo de la IBI enfocado en consejería. Es miembro de ACBC y Life Coach certificado por la AACC, labor que ejerce parcialmente con organizaciones y personas, incluyendo jugadores hispanos de béisbol profesional. Está casado con Vilma desde 1988 y es padre de Raquel, Eva y Luis Jr. Su residencia se divide entre Arizona, EE. UU., y Santo Domingo, R. D