IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El descontento es una plaga silenciosa que ha dividido iglesias a lo largo de la historia. Comenzó en Jerusalén con las viudas helenistas, continuó en Corinto con los celos y las contiendas, y en Filipos tomó forma en el conflicto entre dos mujeres: Evodia y Síntique. Pablo les escribe desde una prisión oscura y fría, y precisamente por eso se ha ganado el derecho de hablar sobre el gozo. Si alguien puede decir que es posible regocijarse siempre en el Señor, es quien ha naufragado, ha sido azotado y ha conocido tanto la abundancia como la escasez.
La cura que Pablo ofrece tiene varios ingredientes inseparables: estar firmes en el Señor, vivir en armonía, regocijarse siempre, orar con súplica y acción de gracias. Pero la acción de gracias no son palabras bonitas alrededor de la mesa seguidas de quejas sobre la comida; es un estilo de vida que reconoce la soberanía de Dios sobre todas las circunstancias. El pastor Núñez lo ilustra con una historia sencilla: una pareja que huye de un pueblo porque la gente era negativa e ingrata descubre que encontrará lo mismo en cualquier lugar, porque el problema no está afuera sino adentro.
La raíz del descontento es rebelión contra un Dios soberano que orquesta nuestros eventos. Y la única respuesta es sumisión gozosa, como Cristo, quien llamó a su crucifixión "la hora de mi glorificación". Dios es más glorificado en nosotros cuando estamos más satisfechos en él. Esperar que cambien las circunstancias para estar contentos es robarle gloria a Dios.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Capítulo 4 de Filipenses, comenzando en el versículo 1 hasta el versículo 9: "Así que, hermanos míos amados y añorados, gozo y corona mía, estad firmes en el Señor, amados. Ruego a Evodia y a Síntique que vivan en armonía en el Señor. En verdad, fiel compañero, también te ruego que ayudes a estas mujeres que han compartido mis luchas en la causa del satisfactorio junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida. Regocijaos en el Señor siempre; otra vez lo diré: ¡regocijaos! Vuestra bondad sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús. Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad. Lo que también habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, esto practicad, y el Dios de paz estará con vosotros."
Hace un par de domingos atrás predicamos un mensaje que titulamos "La división, la plaga de la iglesia", y en cierta manera este es una continuación de ese mensaje. Cuando nosotros revisamos la historia de la Iglesia, nos damos cuenta que muchas de las divisiones han comenzado precisamente con el descontento. El descontento de una persona, el descontento de una persona que luego pasa a ser el descontento de un grupo, que luego termina dividiendo la iglesia.
Una de las cosas que queremos hacer, y ya lo hemos dicho en más de una ocasión, es precisamente sanar nuestra iglesia, procurar la iglesia en salud. Como dicen, como dicen refiriéndome a los médicos, que podamos vacunar la iglesia y encontrar aquellas cosas que pudiéramos o que no queremos encontrar en medio nuestro, y eso es precisamente lo que queremos hacer. El descontento es visto a lo largo de las páginas de la Biblia como un pecado. Y si es un pecado, la iglesia que está descontenta está en pecado, y si está en pecado no puede ser bendecida, y si no puede ser bendecida no puede ser usada por Dios.
Cuando nosotros revisamos la historia de la Iglesia, tan pronto la iglesia de Jerusalén comienza a formarse, aparece la primera queja, el primer descontento de parte de las viudas helenistas, aquellas que habían salido de Palestina y que habían estado viviendo fuera, que al regresar no estaban siendo tratadas aparentemente de la misma manera que las demás viudas. Y eso generó un conflicto, generó una queja. Aparentemente tenía cierta validez porque los apóstoles terminaron haciendo algo al respecto. Más adelante, Santiago nos habla de cómo aquellos que tenían más comenzaron a sentirse o estar prejuiciados contra aquellos que tenían menos, y eso también generó otra queja en la misma iglesia de Jerusalén.
En la iglesia de Corinto había celos, envidias, contiendas debido al orgullo de los hermanos, y unos comenzaron a decir: "Bueno, yo soy de Pablo", y el otro decía: "No, no, yo no soy de Pablo, yo soy de Apolos". Y realmente esa actitud de egoísmo fue tanta que hacen las cenas del Señor que ellos celebraban, un tanto diferente que la nuestra. Cuando la comunidad venía a cenar, unos comían primero que otros y dejaban poca comida para los demás que venían después.
En Filipo, que es la iglesia que recibe esta carta, hay un problema, y es que hay dos hermanas que están en conflicto. Y Pablo les está escribiendo y les está rogando, si nosotros no sabemos cuál fue la razón del conflicto, que estén en armonía la una con la otra. Pero independientemente de cuál sea la congregación, ciertamente con frecuencia uno pudiera encontrar actitudes de queja en los miembros de la iglesia. Y nosotros tenemos que recordar que esas actitudes de queja, o mejor dicho, que las quejas ocasionalmente son justificadas, pero en su gran mayoría provienen de nuestra mente carnal caída, y son agravadas esas quejas por la lejanía de los propósitos de Dios en la cual nosotros muchas veces vivimos.
Y quizás, a manera de ilustración y de introducción, sería bueno mencionar esta historia de una pareja que está de mudanza. Toman un camión, lo llenan y comienzan a manejar en la dirección de donde iban. Se paran en un momento dado en un poblado, se encuentran con un hacendado, y le dicen al hacendado que ellos estaban mudándose de Brownsville a Johnston. Y dicen: "¿Cuánto me falta?", y le dice el señor: "Bueno, como 30 kilómetros". "Y ustedes saben qué tipo de personas yo me voy a encontrar allá en Johnston?" El señor dice: "Bueno, ¿y qué tipo de persona tú dejaste atrás, de donde tú saliste?" "Bueno, era gente muy negativa, aburrida, engañadora, ingrata. De hecho, esa es la razón por la que estamos saliendo de aquel lugar. Entonces, ¿me puede decir ahora qué tipo de persona me voy a encontrar en Johnston?" Y el señor dice: "El mismo tipo de persona que dejaste atrás". En otras palabras, no tiene que ver con las personas, tiene que ver contigo. Si viste a esas personas de esa manera, las que vuelvas a encontrar las vas a volver a ver de la misma manera.
Nuestras expectativas determinan muchas veces nuestras actitudes, y nuestras actitudes determinan nuestros resultados. Nuestras actitudes son una elección: yo decido actuar así o asado, yo decido reaccionar así o asado, yo decido sentirme así o asado. Y eso lo sé no solamente porque lo he leído, no solamente porque lo he visto en consejerías, sino porque en ocasiones a mí también me ha ocurrido. Ninguno de nosotros está exento de estas debilidades de la carne.
El apóstol Pablo, que está escribiendo este texto bajo la inspiración del Espíritu Santo, él se ha ganado el derecho de poder hablarnos acerca de la cura del descontento. Porque esta carta, como hemos oído en otras ocasiones, es la carta del gozo, es el himno del gozo. Es escrita desde una prisión oscura, fría, subterránea, y desde allí Pablo escribe la carta de mayor gozo que pudiera ser considerada, un himno al gozo. Y lo hace desde esas condiciones, de manera que si hay alguien que se ha ganado el derecho de poder hablarle a la iglesia acerca de la cura del descontento para la iglesia, es este apóstol Pablo.
La insatisfacción interior con la cual nosotros decidimos vivir genera muchas veces en nosotros ese espíritu de queja que no nos permite entonces glorificar a Dios, y tampoco nos permite mantener la congregación en unidad. Hemos de recordar que fue precisamente ese espíritu de queja lo que hizo que el pueblo de Dios que salió de Egipto no pudiera entrar a la tierra prometida.
Y meses atrás, estando precisamente, creo que fue en el aeropuerto de Miami, pasé por un lugar donde me encontré con libros. Y déjenme decirles que raramente yo le puedo pasar por el lado a los libros sin detenerme a ver qué son. Y me encontré con este libro de James MacDonald que se llama "Lord, Change My Attitude" (Señor, cambia mi actitud). Y él, reflexionando precisamente acerca de la experiencia de los judíos en el desierto, decía que aquellos que escogen la queja como su estilo de vida pasarán el resto de su vida en el desierto. El desierto espiritual es caracterizado porque no estamos en la arena de Egipto, pero ese desierto espiritual es caracterizado por una especie de sequedad, de aridez, donde no tenemos deseo de meditar en la Palabra ni de estar con Dios, y eso genera espíritu de crítica.
Con eso entonces como introducción, yo quiero comenzar, como hacemos, a ver este texto de Filipenses capítulo 4. Y lo primero a lo que quiero llamarle la atención es a la salutación: "Así que, hermanos míos amados y añorados, gozo y corona mía". Tan pronto tú comienzas a leer este capítulo, tú dices: "¡Wow! Ese es un corazón de pastor". Este hombre que ya está lejos de ellos cuando les escribe, pero mira cómo les llama: amados, les llama añorados, gozo y corona mía. En otras palabras, la razón por la que estoy preocupado por ustedes es precisamente por la manera en que les amo. Y yo quiero que ahora, cuando yo comience a hablarles y quizás a amonestarles en algunas áreas, que ustedes entiendan que mis palabras vienen de un corazón que ha sido formado por Dios para amar las ovejas, y que solamente por mi preocupación por su estado espiritual es que les estoy escribiendo lo que les estoy escribiendo. La salutación en primer lugar.
En segundo lugar, yo quiero que veamos entonces la amonestación: "Estad firmes en el Señor. Ruego a Evodia y a Síntique que vivan en armonía en el Señor". Nota cómo Pablo comienza diciendo: "Estad firmes en el Señor". No hay otra manera de estar firmes. Si tú quieres estar firme lejos del Señor, no agarrado del Señor, fuera de la voluntad del Señor, ese terreno te resultará arena movediza. Hay una sola manera en la que yo puedo sentirme estable, firme, y es precisamente en el Señor. Y la razón por la que tú y yo necesitamos hacer eso es porque nuestras condiciones de vida son muy cambiantes.
Nuestro archienemigo Satanás es muy astuto. Él juega sucio, no tiene moral, y con frecuencia nos acecha, nos persigue, nos observa, nos estudia. En el momento de tu mayor debilidad te asesta el mayor golpe, el mayor ataque sobre tu vida. Y si tú y yo vamos a sobrevivir a sus ataques, la única manera como lo vamos a poder hacer es estando firmes.
Y Pablo, en media también te pasa decir, "Ruego a Evodia y a Síntique que vivan en armonía", una vez más, "en el Señor", la segunda vez que vuelve a mencionar la frase. Estas hermanas están fuera de la voluntad de Dios, no están en el Señor. La frase "en el Señor" muchas veces en el Nuevo Testamento implica estar en Su voluntad. Pablo no les está escribiendo a creyentes e incrédulos, él está escribiendo a creyentes solamente, y les dice: "Ustedes necesitan estar en armonía, pero en el Señor, porque es la única manera como lo pudieran estar".
La condición de estar firme depende de que estén en armonía, y en ambos casos, en el Señor. De manera que quería que viéramos, o que prestáramos atención, a la salutación, a la amonestación y a la apelación a un tercero para que ayude a estas hermanas a estar reconciliadas.
Hoy, como Pablo dice en el versículo 3: "En verdad, fiel compañero, también te ruego que ayudes a estas mujeres que han compartido mis luchas en la causa del satisfacción, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida." Pero aquí hay algo interesante. Es que Pablo apela a un fiel compañero. La palabra ahí en el griego es "syzygos", y un syzygos es alguien que está unido contigo en un yugo. Pablo le está diciendo: "A ti, compañero fiel, que está unido conmigo en un yugo por la causa de Cristo." Pero la mejor comparación de este yugo es el hombre y la mujer que se unen en el matrimonio, en yugo igual, como una sola carne. Eso es más o menos lo que este fiel compañero, este syzygos, representa. Pablo le está diciendo: "A ti yo te apelo y te ruego que hagas lo indecible para que tú puedas unir a estas dos mujeres. No permitas que esta actitud se propague, que esta división cobre fuerza, porque puede dividir la iglesia." Pablo está muy consciente del efecto que esas divisiones o descontentos pudieran tener.
Pero nota algo. Cuando Pablo se refiere a estas dos mujeres, nota cómo no le dice a este fiel compañero: "Ya ves si tú puedes reconciliar a estas dos mujeres superficiales." Nota cómo no le dice: "Mira a ver si tú puedes reconciliar a estas dos mujeres carnales." Tampoco le dice: "Nota, trata de reconciliar a estas mujeres que no acaban de hacer un compromiso." No, en vez de eso, las llama y les dice que ellas han compartido sus luchas en la causa del satisfacción. En otras palabras, estas mujeres, que aparentemente tenían cierta madurez, habían caminado con Pablo, habían luchado con él. Ahora, por razones de la carne, precisamente se encuentran en posiciones encontradas. Y Pablo dice: "Fiel compañero, trata de unirlas, porque eso nos va a debilitar como iglesia."
Pero no hay una apelación necesariamente al pastor de la iglesia ni a los ancianos, sino a un fiel compañero, a alguien que quizá era la persona más cercana a estas dos mujeres. Nosotros tenemos el llamado, la obligación de ser agentes de reconciliación. Y en cualquier iglesia, el mejor agente de reconciliación no tiene que ser el pastor. El mejor agente de reconciliación es la persona que mejor se puede parar en la brecha entre las personas que están en contiendas. La persona que más se haya ganado su amistad, su relación, su amor. La persona que más fácilmente podría ser oída por el uno y por el otro. Y tú tienes un llamado, no solamente universal, sino que tienes un llamado local en la iglesia, de que en cualquier momento que te sepas, que te enteres que haya dos hermanos con quien tú tengas cosas muy en común, tú tienes un llamado de pararte en la brecha y tratar de crear la reconciliación entre ellos. Porque de esa manera estarías actuando como Cristo lo haría, en beneficio de su novia, que es la iglesia. Y tú tienes que hacer lo mismo, y yo también.
En cuarto lugar, yo quiero que veamos no solamente la salutación, la amonestación y la apelación a un tercero, sino la exhortación. "Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez lo diré: ¡Regocijaos!" Ahí aparece la frase "en el Señor" por tercera vez. Regocijaos en el Señor, y siempre. Y como decía hace un rato, si hay alguien que se ha ganado el derecho de decir: "Yo puedo decirles que es posible regocijarse siempre en el Señor, soy yo." "Yo escribo desde una cárcel. Yo he estado en alta mar. Yo he naufragado, he naufragado otra vez. Me han dado treinta y nueve latigazos más de una vez. Yo he sabido vivir en la abundancia, he sabido vivir en la escasez. He estado en alta mar toda una noche. He estado sin alimentos. Y yo puedo decirles que el regocijo de Dios es posible tenerlo todo el tiempo, porque es algo que no depende de lo que está pasando a mi alrededor, sino de lo que está pasando en mi interior." Es más importante lo que pasa dentro de mí que lo que pasa alrededor de mí.
Pero esas cosas tienen que ser hechas en el Señor. Y eso es una frase que pudiera, en muchos casos, ser traducida: "Si estás en su voluntad." La voluntad de Dios, escúchame ahora, la voluntad de Dios no garantiza el que yo esté libre de tribulación. Lo que la voluntad de Dios garantiza es que en medio de la tribulación yo pueda tener paz y gozo. "En este mundo tendréis tribulación, pero en mí tendréis gozo." Cristo garantizó la presencia de tribulación, pero en Él, en su voluntad, en su presencia, en su dirección, en su poder, Él dice que es posible tener gozo. Y cuando a ti se te va el gozo, o a mí se me va el gozo, y a ambos nos ha pasado en alguna ocasión, eso significa que estamos fuera de su voluntad.
La frase "en el Señor" aparece en primer lugar en relación a estar firme, en segundo lugar aparece en relación a estar en armonía, y en tercer lugar aparece en relación a estar gozosos. Y las tres condiciones son requisitos, o requieren, estar en el Señor. Cuando te sientes tan vacilante, no estás en el Señor, no estás en su voluntad, porque en medio de su voluntad Él te estabiliza. Sus propósitos me dan estabilidad de vida. Cuando yo me siento fuera de armonía con alguien, estoy desreconciliado con alguien. Uno o los dos no están en el Señor, porque es imposible estar en Él, en su voluntad, en su obediencia, y tener enemistad con la otra persona. Quizás los dos no están, o uno no está, pero alguien está fuera de esa voluntad.
De hecho, el profeta Isaías, en el capítulo 26, versículo 3, dice que el Señor guarda en perfecta paz a aquellos que en Él confían. Otra traducción dice: "Aquellos que permanecen en Él." La traducción en inglés todavía nos comunica algo más. Dice que el Señor guarda en perfecta paz a aquellos que tienen una mente steadfast: fija, firme, determinada, inamovible. Steadfast, fija en el Señor. Esos permanecen en perfecta paz. Cuando la paz se me va, se me ha ido la mente fija, determinada, estable, y he comenzado a pensar de otra manera.
Si tú no estás experimentando el gozo del Señor, no estás en su voluntad. Es su voluntad la que garantiza el gozo del Señor. ¿Y cómo yo lo sé? Porque la Palabra lo dice. Oye lo que el salmista dice en el Salmo 16, versículo 11: "En tu presencia" —que es similar a en tu voluntad— "en tu presencia hay plenitud de gozo, en tu diestra deleites para siempre." El estar en la presencia de Dios es sinónimo de gozo. El estar a la diestra de Dios es sinónimo de deleite para siempre. Lo opuesto también es cierto: la ausencia de deleite, la ausencia de gozo, es sinónimo de estar fuera de su presencia, fuera de su diestra, fuera de su bendición, fuera de su voluntad. Y tú y yo tenemos que recordar eso para poder chequear continuamente dónde estamos.
John Piper, que hemos citado últimamente en diferentes ocasiones, dice que nuestro Dios —y esta frase aparece en cada uno de sus libros probablemente; si no aparece la frase, aparece la idea, y es raro oírlo hablar sin que haga la mención—: "Nuestro Dios es más glorificado en ti cuando tú estás más satisfecho en Él." ¿Te das cuenta de qué es que se trata? No está más glorificado en el pastor Núñez cuando está predicando. No. Cuando el pastor Núñez está más satisfecho en Él. Cuando tu vida está completamente satisfecha en Él. Cuando no necesitas de nada ni de nadie, ni de cambio de pareja, ni de cambio de oportunidad, ni de lugar de residencia, ni de novio, ni de novia, ni de esposo, ni de esposa, para estar satisfecho en Él. Él es tu suficiencia. Y Dios es más glorificado en ti cuando tú estás más satisfecho en Él.
Oye, si estás esperando un cambio de situación, de trabajo, de suegros, de país, si tú estás esperando cualquiera de esas cosas para sentirte más satisfecho, escúchame: ¡tú eres un ladrón! "Pastor, ¿por qué dice eso? Yo no vine aquí a que me insultaran tampoco. Esa palabra es fuerte." No, pero no es tan fuerte como lo que está ocurriendo. Si Dios es más glorificado en ti cuando tú estás más satisfecho en Él, y tú estás esperando que esto cambie, que aquello cambie, para aumentar la satisfacción, tú eres un ladrón. ¿A quién estás robando? ¡A Dios! ¿Y de qué le estás robando? ¡De su gloria! Eso es como ocurre, y tú lo puedes hacer, y yo lo puedo hacer también.
Dios quiere, Dios dice: "¡No! Esas circunstancias que estás esperando que cambien son cisternas que no retienen agua. Yo soy tu satisfacción. Yo soy tu refugio, tu fortaleza, tu gozo, quien levanta tu cabeza, quien te fortalece, quien te levanta, quien enjuga tus lágrimas." Dios es suficiente para cada necesidad, y la insatisfacción se vuelve gozo en su presencia.
En quinto lugar, yo quiero que veamos la invitación. "Por nada estéis afanosos. Antes bien, en todo, mediante oración y súplica, con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios." Esa es una invitación especial. La palabra para "ansioso" es "merimnate" en griego, y Warren Wiersbe dice en su comentario que esa palabra traducida como "ansioso" significa el ser halado en diferentes direcciones. Mi ansiedad frecuentemente depende de que mis deseos carnales me arrastran, me empujan, me halan en una dirección, y la voluntad de Dios me empuja, me hala en otra dirección. Y ahora yo quisiera ir en dirección de los deseos carnales o en la dirección de la voluntad de Dios. No sé si por la derecha, si por la izquierda. Estoy ansioso, no sé qué hacer. Estoy siendo halado en diferentes direcciones.
Pero cuando encuentras, persigues, buscas y disfrutas la voluntad de Dios, entonces estás siendo halado en una sola dirección. Eso te da estabilidad, elimina la ansiedad, y tú comienzas a tener la paz de que habla la Palabra de Dios. "Por nada estéis afanosos. Antes bien, en todo..." Escucha ahora cómo es que vamos a hacer esto, porque lo vuelvo a decir según la Palabra.
Una señora me decía en el primer culto: "Pastor, me encanta esto porque es lógico". Y se lo decía: es lógico, es absolutamente lógico. Mira cómo funciona esto, cómo yo voy a hacer eso. Metodología, aquí mismo está: mediante oración, súplica y acción de gracias. Hay tres palabras diferentes.
La oración quizás es esa cosa sencilla, petición sencilla, que le llevamos a Dios con frecuencia cuando quizás las cosas no andan tan mal: "Gracias, Dios, protege a mi hijo, protege a mi esposo o esposa". Oraciones de ese tipo, más o menos rutinarias, no malas, no pecaminosas, no deshonrosas, pero más o menos cotidianas.
Pero hay momentos en tu vida en que la batalla arrecia, en que las cosas se ponen difíciles, y en ese momento ya no es tiempo de simplemente orar. Ahora tienes que suplicar. ¿Y cuál es la diferencia, pastor? La intensidad de tu oración, la longitud de tus oraciones, la frecuencia de tus oraciones. Quizás la acompañas con ayuno, pero tú necesitas prepararte con oraciones extensas, quizás en medio de ayuno, para dificultades extensas o significativas, o períodos prolongados de prueba que bien pudieran ocurrir también.
Pero eso no es suficiente. Yo puedo orar, yo puedo suplicar, y si eso no es acompañado de acción de gracias... Ahora nota qué me gusta de esta frase: que no dice acompañada de palabras de gracias, sino acción de gracias. Y lo ilustraba en el día de hoy y lo he ilustrado otras veces por igual. Tú te puedes reunir alrededor de la mesa: "Te damos gracias, Dios, por los alimentos. Gracias, Señor, por estos alimentos que tú has provisto. Bendito sea tu nombre, Dios. Tu provisión, tu misericordia es nueva cada mañana". Y estamos: "¡Guau, está muy impresionado! En el nombre de Jesús, amén". Entonces: "Está desabrido". Gracias a Dios, esas fueron palabras de gracias acompañadas de acciones de ingratitud.
Tú necesitas oración, súplica, tú y yo por igual, y acción de gracias. Es un estilo de vida, una forma de pensar, es una forma de reaccionar. Es dar gracias a Dios continuamente, reconociendo que Él es soberano por encima de nuestras circunstancias: las que nos parecen buenas, las que nos parecen malas. Y en ocasiones las malas son las mejores, y las que nos parecen mejores son las peores.
Lo ilustraba porque mi esposa trajo un libro ayer a la casa, y había una frase al principio del libro, mejor dicho una portada, que decía: "Pensamientos no religiosos acerca de la vida cristiana". Y pensé: "¿Qué es esto? Yo tengo que leer este libro primero". Y me puse a hojear el libro antes de que nadie más lo pudiera hojear, y me encontré con que el autor decía algunas cosas buenas. Entonces hay algunos dibujos, y lo primero que me encuentro es un dibujo de un conejo. El conejo se ha enamorado de una zanahoria súper sexy, y el conejo comienza a perseguir la zanahoria. Y uno va pasando las páginas, es bien gracioso, y uno ve el cambio de la cara y todo eso, ya como cuando está súper cansado, que ya está a punto de dejarlo, pero agarra la zanahoria. Bueno, y la va a disfrutar ahora. Entonces el autor pone otro dibujo donde dice: "Conclusión: si tú permaneces en tu esfuerzo continuamente y no te rindes, usualmente consigues lo que quieres". Entonces tú pasas la página y hay otro dibujo que dice: "Y el conejo se comió la zanahoria, y la zanahoria lo ahogó". Segunda enseñanza: muchas veces aquello que nosotros más queremos termina matándonos.
Más de eso que tú persigues, que tú buscas —que es dinero, que es placer, que es lo que tú quieras, que es fama, hacer un nombre, una profesión, a veces otra mujer, a veces otro hombre— muchas veces termina matándome la relación con Dios, matándome la relación de matrimonio, matándome la relación de familia, matándonos relaciones, matándonos reputación, matándonos. Si el profeta Isaías dice en el 5:20: "¡Ay de aquellos que al bien llaman mal y al mal llaman bien!". ¿Te das cuenta cómo somos, cómo necesitamos cambiarnos a otra forma de vivir?
Tú puedes pedir todo lo que quieras. Tú puedes ayunar todo lo que quieras. Si eso no va acompañado de acción de gracias, eso va a producir en ti una actitud de crítica, de condenación, de ingratitud. La gratitud en la presencia de Dios es el antídoto, es el antídoto para las murmuraciones, para los celos, las envidias, el egoísmo, el legalismo, y cada una de las cosas que tienden a producir en nosotros actitudes de descontento. Es el antídoto. Es la cura, es la vacuna.
Déjame decirte lo que este doctor no cristiano encontró en un estudio. El doctor Fink escribió un libro que se llama "Release from Nervous Tension", o sea, "Liberado de tensión nerviosa". Él estudió dos grupos de pacientes, miles de pacientes en cada grupo. Él observó que había un grupo de pacientes que vivía muy ansioso, perturbado, no podía estar tranquilo, sufría de ansiedad. Y él observó que había otro grupo de pacientes, de miles, que vivía más o menos tranquilo, sin tanta ansiedad. Entonces él comenzó a notar los resultados de su estudio, y oye lo que dice: aquellos que sufrían de ansiedad eran personas que con frecuencia vivían encontrando faltas en los demás, muy críticos de las personas a su alrededor y de las circunstancias en su entorno. Las personas libres de ansiedad eran personas que por lo general vivían libres de la crítica y de la queja. ¡Guau!
Yo no sé dónde tú estás aquí en término de este estudio, pero seguro que nosotros estamos en un grupo o en el otro, en un sentido general. Y quizás es buena pregunta, buena revisión: si yo correspondo al grupo con ansiedad, altamente crítico, o al grupo con poca ansiedad o ninguna, libre de la crítica y libre de la queja.
El problema del hábito de la queja es que es destructivo. Destruye mi salud, destruye mis relaciones interpersonales, pero destruye también mi relación con Dios, destruye mi paz, mi seguridad. Y si es tan destructivo, entonces ¿por qué lo hacemos? ¿Qué es, casi como un masoquista? Porque yo creo que aquí todo el mundo sabe que eso sí es destructivo y lo seguimos haciendo. Ah, pero es que esa actitud de queja es lo que nos permite a nosotros sentirnos justificados en nuestras acciones. No importa si tú lo haces o si yo lo hago, ninguno es inmune. Yo lo he hecho, pero tengo que admitir lo que eso es como es.
En sexto lugar, yo quiero que notemos ahora la bendición de vivir correctamente. Oye, ¿cuál es? "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús". La bendición de todo esto es que la paz que trasciende el entendimiento, la paz que cuando otros te ven dicen: "Pero eso es increíble, mira ese señor, mira esa señora, mira ese amigo mío, que en medio de todo esto mira cómo lo está llevando, como si no estuviera pasando".
Es lo que el dominicano en la calle llama: "Tienes sangre de maco". No, quizás él tiene mejor entendimiento de la sangre, pero no de maco, sino de Jesucristo en él, que le ha lavado, y después de lavarlo le ha ayudado a entender existencialmente, en su día a día en el que él existe, lo que significa vivir bajo la sombrilla de lo que es su redención.
Esa paz que te puede acompañar de esa manera es el resultado —escúchame, ya lo he dicho muy bonito— de estar firme, de estar en armonía con los demás, de regocijarnos en el Señor, de vivir en oración y de vivir agradecidos. Es el resultado de estar firme en primer lugar, pero eso requiere una acción. Cada una de esas cosas requiere una decisión y una acción. El estar firme requiere precisamente que yo no me despegue del Señor, porque es en el Señor que puedo estar firme. El estar en armonía requiere que yo no viva irreconciliado con nadie. El estar regocijado en el Señor depende de cómo yo haya decidido ver o no el resto de las bendiciones de Dios.
No sé cuántos de ustedes leyeron el libro de Robinson Crusoe. Yo lo leí cuando tenía... bueno, no voy a decir cuántos años porque entonces me van a adivinar la edad, pero lo leí como niño. Entonces él llega a esta isla y no tiene ropa que ponerse, porque hay una franja, y él podía decidir ahora: o quejarse de que no tenía ropa, o decidir: "Gracias a que aquí no hay nadie que me pueda ver, estoy desnudo". Entonces depende de cómo yo decida ver la vida. De esa manera yo voy a poder regocijarme o no.
El vivir en oración requiere día a día tiempo con Dios, tiempo con Dios y tiempo de meditación con Dios. El ser agradecido requiere precisamente una actitud de espíritu. Si las actitudes —oye lo que las actitudes representan, que pueden ser buenas o malas— es una disposición de mi forma de ser frente a la vida, que usualmente comenzó a formarse años atrás, que formó patrones de pensamiento, de conducta, de ver la vida, de evaluarla y de reaccionar ante ella. Eso crea una actitud, buena o mala, y esa actitud con el paso de los años se va arraigando, se va profundizando, y forma, cuando son negativas, lo que Pablo llama fortalezas.
Las fortalezas me impiden pensar correctamente, las fortalezas me impiden actuar correctamente, hasta que sean destruidas por Cristo precisamente. Y por eso Pablo dice que nuestras armas no son carnales, sino que son armas poderosas en Cristo Jesús para destrucción de fortalezas. En ese contexto, cuando tú lo lees, no está hablando de guerra espiritual; está hablando de actitudes, forma de pensamiento, estilo de vida, filosofías, creencias, hábitos formados por mucho tiempo que hoy me hacen vivir de una manera o de la otra.
Depende de cómo yo decida vivir. Con espíritu de crítica o con una actitud de agradecimiento. Yo le hago el coro a Satanás, o le doy el honor y la gloria a mi Dios. Una refleja más la imagen caída del hombre; la otra refleja más la imagen redimida de ese hombre en Cristo Jesús por el Espíritu de Dios.
Tú y yo tenemos que decidir, hermano. Y a veces nos desviamos, créeme, a mí me ha pasado. Pero tan pronto lo vemos tenemos que volver y rendirnos, porque tú y yo fuimos creados no para hacerle coro a Satanás, sino para reflejar la imagen de Dios en nosotros.
Y lo contrario, entonces, podemos estar en el desierto como los judíos, y esos desiertos pueden ser muy largos y muy secos.
Oye, el apóstol Pablo está escribiendo a los corintios, mil quinientos años más o menos, después que estos judíos perecieron en el desierto. Y hoy lo que él dice en la primera carta, capítulo 10, a partir del versículo primero: "Porque no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube y todos pasaron por el mar. Y en Moisés todos fueron bautizados en la nube y en el mar. Y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo." Sin embargo, escucha, pon atención ahora: Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, pues quedaron tendidos en el desierto. Escucha mejor ahora: "Estas cosas sucedieron como ejemplo para nosotros, a fin de que no codiciemos lo malo como ellos lo codiciaron."
Escuchen. Esta gente salió de Egipto, comieron el mismo pan espiritual, bebieron la misma bebida espiritual, fueron guiados por la misma roca espiritual, quien estuvo con ellos. Sin embargo, la gran mayoría de ellos no entró a la tierra prometida. Por su espíritu de crítica perecieron en el desierto. Pero escucha qué es más amedrentador para mí. Es el último versículo: "Estas cosas ocurrieron como ejemplo para nosotros." Me aterra pensar que un día, producto de mi desvío, producto de mi terquedad, producto de mi rebelión, Dios tenga que disciplinarme de tal forma que Él me discipline como ejemplo para las generaciones que vienen.
Yo no sé si tú piensas así, pero yo pienso así. Ananías y Safira dieron el espíritu a la vida como ejemplo para los que estaban alrededor. La rebelión de Coré, y las personas que murieron, cómo los enterró vivos como ejemplo para aquellos que estaban alrededor. A mí me ha atemorizado constituirme en ejemplo de otros. Yo no quiero estar ahí ni por un segundo. ¿Te das cuenta? Esto es serio. Pero Dios quiere curarnos, Él es solo bueno. La mala noticia es que es serio, la buena noticia es que no quiere que yo viva ahí.
En séptimo lugar, notemos la meditación requerida para mantener este estado. En otras palabras, una vez que disfruto de la paz que trasciende el entendimiento, estoy firme en el Señor, estoy en armonía, estoy tranquilo, estoy gozoso, ¿cómo yo mantengo eso? Eso está aquí, aquí mismo, lo que yo tengo que hacer. Escucha, versículo ocho: "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad."
Y quizás uno se está diciendo: "Yo no me la llevo, pastor." Bueno, ¿qué es lo que nos quita muchas veces la tranquilidad y la paz que conseguí en un momento? Es que no estoy pensando correctamente. Como diría en inglés: correctamente pensando, correctamente viviendo; incorrectamente pensando, incorrectamente viviendo. Y muchas veces lo que estamos pensando, que es lo que Pablo dice, "todo lo que es verdadero", muchas de las cosas que estamos pensando no son verdaderas. Tú y yo asumimos cosas que no son. Tú y yo vemos cosas distorsionadas, la realidad distorsionada. Nuestra carne, nuestro miedo, nuestra inseguridad, Satanás, todos esos agrupados en un solo lugar, y la distorsión de la realidad. Y eso nos roba el gozo de nuestra salvación.
Y Pablo, por eso, dice: "No, no, no, tú tienes que pensar en todo lo que es verdadero." Y no solamente en lo que es verdadero, tú necesitas pensar también en todo lo que es digno. Imagínate que tu mente y la mía estuvieran continuamente llenas de pensamientos dignos de la presencia de Dios. ¿Te imaginas el deleite de eso? Que cada cosa que yo pienso y entra a mi mente pueda ser digna de ser compartida con Dios y que Dios se sintiera honrado. Pero muchas veces nuestros pensamientos son indignos.
Y lo voy a desglosar como una longaniza. Si ahorita yo terminé la idea de una pelea de lengua, eso es indigno. Eso nos roba precisamente la relación con Dios, y cuando me roba la relación con Dios, pierdo precisamente lo que había ganado: la estabilidad, el gozo del que habíamos estado mencionando. Tengo que pensar en todo lo que es justo. No puedo actuar con injusticia. Todo lo que es puro, necesito pensar en cosas santas para mí y para el otro también.
Cuando tú y yo no estamos pensando de esa manera, todo lo que es amable, todo lo que es honorable, muchas veces nuestras formas groseras, claro que no son amables. Y mucho menos honorables. Y todo eso se conjuga en una sola mente, en una sola vida, en un solo corazón, en un solo momento de tu vida, y rocías a otros de todo eso que estaba dentro de ti o dentro de mí. Al llenarte de su mente, tú tienes que llenar su mente, o tiene que llenar tu mente de su Palabra, de su pensar, de sus mandatos, de su verdad.
Y si acaso a Pablo se le quedó algo, dice: "Si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad." Pablo dice: "Oye, oye, es que lo único que debería tener cabida en nosotros son pensamientos dignos de elogios." En eso meditad. Si pasas tu vida meditando en esas cosas, podrás mantener, retener la estabilidad, la paz, el gozo y la armonía que habías conseguido y de la cual veníamos hablando en los versículos anteriores. En esto pensad.
Y el versículo 8, al cual estoy aludiendo, me ayuda a entender entonces que la forma de pensamiento determina mis actitudes, y mis actitudes determinan mi modus vivendi, la forma como voy a vivir. Oye, lo que yo escuché recientemente de el hijo de R.C. Sproul, que se llama igual, R.C. Sproul Jr., él está hablando acerca de cosmovisiones. Y una cosmovisión es una manera de ver la vida, tu forma de pensar, eso es, en términos sencillos.
Entonces, él decía, mira qué es lo que ocurre con nosotros los seres humanos: nosotros pecamos, y después que pecamos, desarrollamos una forma de pensar que justifica nuestro pecado. Déjame ilustrártelo por si no me entendiste. Rousseau, el precursor de la Revolución Francesa, la precedió como diez años, pero él fue la mente, el genio detrás de muchas cosas y sus ideas. Él tuvo cinco hijos ilegítimos; a cuatro ni nombre les puso, los abandonó en un asilo, en un orfanato, supuestamente a uno o dos cuadras de los orfanatos, y ni iba a ver a sus hijos. Y luego que él pecó de esa manera, él desarrolló toda una teoría de que el Estado era el responsable de criar los hijos. Pecamos y luego desarrollamos una cosmovisión, una forma de ver la vida que justifique nuestros pecados.
A menos que tú y yo hayamos decidido: "Yo sé que esto es así, yo necesito esta cosmovisión de la Biblia para que examine mi forma de ver las cosas, de reaccionar, y ella me apruebe o me condene en la manera en que estoy viviendo." Yo creo que eso es una buena práctica que debiéramos desarrollar.
Al final de todo, cuando todo es dicho y hecho, tenemos que reconocer, hermanos, porque tú no eres diferente que yo ni yo diferente de ti, en el sentido de que venimos del mismo tronco caído de Adán y Eva. Tenemos que reconocer que al final de cuenta todo esto se resume en una palabra, y es rebelión contra la soberanía de Dios, que orquesta mis eventos, los que parecen buenos y los que no parecen tan buenos. Entonces, ¿cómo yo voy a contrarrestar la rebelión? Sumisión a su voluntad.
Porque nosotros, si no hacemos eso, nos va a pasar como Jonás. Jonás obedeció porque él fue, o lo hicieron ir, pero fue. Y hasta el último momento estaba acusando a Dios en su rostro, de Él ser el culpable de mi desdicha. "Jonás, ¿y por qué tú estás tan enojado? ¿Tienes acaso tú razón para estar enojado?" "Sí, tengo razón hasta morirme." ¡Oye, Jonás, es con Dios que tú estás hablando! Pero así somos. Hay un pequeño Jonás dentro de nosotros, de cada uno de nosotros, loco por salir continuamente. Y la manera de destruir eso entonces, es la sumisión.
"Bueno, pastor, pero usted no diría que Jonás se sometió." No, no, no, no, no, se sometió. Lo sometieron, que no es lo mismo. "Bueno, ¿y cuál es la diferencia?" Bueno, hay diferentes definiciones de sumisión, pero aquí hay una que encuentro que mejor encaja: sumisión es hacer la voluntad de Dios con plenitud de gozo. Con plenitud de gozo.
Mejor ejemplo: Cristo en la cruz. Cuando Cristo está crucificado, traspasado, herido, deshidratado, desangrado, escupido, lacerado, burlado, avergonzado, Cristo llama esa hora, no la peor hora de su vida, no la hora de la victimización del Hijo del Hombre, no la hora de la victimización del Mesías. Cristo llama su crucifixión la hora de mi glorificación. Que Cristo sabía que en ese momento su dolor, su sacrificio, su determinación, su paciencia, su perseverancia, estaba trayendo la mayor gloria sobre su Padre. Porque su justicia que condenaba el pecado estaba siendo glorificada, su misericordia que perdonaba el pecado y su gracia estaba siendo glorificada. Y mientras más glorificado era su Padre, más satisfecho Él estaba en Él.
Dios está más glorificado en ti cuando tú estás más satisfecho en Él, y yo también. Cristo les dice a los apóstoles: "Si guardaréis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor." Escúchame ahora: "Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea perfecto." Perfección de gozo depende de obediencia a los mandamientos. Ahí está claramente expresado por el Señor.
Y para cerrar, en octavo y último lugar: estas actitudes de vida no son algo que yo hago un día, ese día, y ya termina. Esto es algo que yo tengo que permanecer haciendo. El último versículo del texto de hoy me lo dice, Filipenses 4:9: "Lo que también habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, esto practicad." Y el Dios de paz estará con vosotros. La paz, la presencia de Dios, su gozo, su certidumbre, su estabilidad, depende de que estas cosas dichas sean obedecidas y practicadas.
Hoy, pastor. No, todos los días. ¿Hasta cuándo? Hasta que entre en gloria. Y entonces el Dios de toda consolación, el Dios de toda paz, el Dios de todo gozo, el Dios de todo propósito estará con nosotros.
Ojalá que en esta mañana Dios te haya podido hablar, que tú hayas decidido no salir de este lugar sin entregar tu voluntad por completo a Dios. Déjame decir eso un poquito más específico: sin entregar la última fibra de tu voluntad a Dios. Si entregas la mayor parte de las fibras y dejas una fibra de la voluntad sin entregar, esa fibra se fortalece, se multiplica y divide tu corazón una vez más. Por absoluto, por completo, necesitas entregar eso en el altar.
Decidí: hasta aquí llegué, hasta aquí estuvieron mis fuerzas. Hoy te lo entrego, te lo entrego todo. Te entrego mi voluntad, por el gozo y el deleite de estar en tu presencia.